Hola a todos(as). No quiero acostumbrarlas a capítulo tan seguido, pero como han sido cortitos me adelanto un día con el siguiente, claro que ahora no habrá capítulo nuevo hasta el otro lunes.

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de Stephenie Meyer. La historia es mía y está protegida en Save creative código 1210082477334.


Capítulo 4

"A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo"

Jean de La Fontaine

Isabella Swan sabe que recordará este día por el resto de su vida. No es que casi atropellar a una loca sea muy trascendental en una niña de quince años, pero podría serlo si esa mujer tiene un hijo que irradia una tensión extraña y que parece generar un campo gravitacional a su alrededor.

Él ni siquiera la mira, está tratando de mover a su madre, mas Isabella no puede dejar de seguirle con la mirada. Es una atracción que ella jamás había sentido, que le retuerce las entrañas y hace sudar su cuerpo más de lo normal.

—Te ayudo —ofrece tímidamente.

Necesita saber más de él. No sabe por qué siente que ese momento es crucial para encontrar todo aquello de lo que huía. Es como si la respuesta a las muchas preguntas que se hace a diario estuviera en lo que él pudiese decir.

—No.

Categórico, enérgico y sin derecho a réplica, nada que ver que el hermoso susurro con el que le habló a su madre. El muchacho no solo esta dando una negativa, sino que además la hace caer una vez más a la realidad, de la que sin darse cuenta había salido.

Todo aquel magnetismo que hace un instante pareció unirla a él debe haber sido solo parte de su imaginación al encontrarse con ese hombre tan atractivo. El chico es un cretino que ni siquiera le agradece antes de subir a su madre a la camioneta. Ella que no es idiota camina hasta su coche desalentada.

Arranca el Mercedes mientras ve como el muchacho sube la moto a la cabina trasera de la camioneta color blanca, pero se detiene cuando al pasar por su lado nota que la camioneta no quiere partir.

—¿Problemas? —grita para hacerse oír, casi triunfante de ver que como dice Renée: el karma instantáneo existe; y la poca amabilidad de él se le estaba devolviendo.

—Nada importante, ok —responde mal humorado.

—No arrancará, tu madre debe haber dejado las luces encendidas —dice con toda normalidad, sonriendo para sí misma cuando lo ve fruncir el ceño e intentar arrancar una vez más la camioneta.

—Si no me lo dices no me entero —la ironía en él es aún peor que su brusquedad.

Isabella piensa que debe irse y dejarlo en medio de la carretera hasta que alguien más lo ayude, pero sin saber por qué, en vez de eso, retrocede un poco, estaciona el vehículo frente a la camioneta y se baja a ofrecerle ayuda.

—Se nota que la diplomacia no es tu fuerte —grita mientras saca del maletero un cable puente de batería—, pero comprendo que no es un buen día para ti —se para delante de la camioneta —. Te pasaré corriente desde mi batería —abre el capó—. No me lo agradezcas, es mi acto de caridad de la semana —agrega cuando le ve con la boca abierta.

Ella conecta con cuidado, negativos y positivos, vuelve a encender su automóvil y se sienta en posición de loto a la sombra de su propio coche a esperar. Siente la puerta de la camioneta y luego como el "chico diplomacia" se sienta a su lado.

— ¿Lo siento? —dice él con voz dulce y rasgada luego de un rato en silencio.

Isabella levanta la vista y voltea a mirarlo. Aprovecha la oportunidad para detallar sus rasgos, aunque sabe que lo reconocería en cualquier lugar. Es alto y delgado, tiene una piel nívea, como si jamás tomara sol a pesar de vivir en Los Ángeles. Sus ojos son grandes de un extraño color caramelo y la miran con intensidad. Tiene una nariz fina, labios carnosos y la mandíbula recta. Nunca se ha sentido atraída por un chico, pero supone que él representa a su tipo de hombre.

Él tose y baja la mirada, llevando su mano a la frente para secarse el sudor. Ella desvía la mirada avergonzada por el escrutinio poco disimulado.

— ¿Dejaste a tu mamá sola? —pregunta preocupada. Él asiente—. ¿No es peligroso?

—Está sedada, dormirá un par de horas —responde sin mirarla—. ¿Cuánto tiempo tiene que estar así? —apunta al capó.

—Quince minutos.

Luego de eso se quedan en silencio. Una vieja canción de The Rolling Stones suena en la radio del Mercedes y ella sonríe cuando lo oye tararear. Se ve un poco menos hosco y más relajado… también más agradable a la vista, obviamente.

—¿Qué? —pregunta él cuando nota que ella le mira sonriente.

—Nada —responde tranquila y él se la queda mirando.

—Tienes los ojos extraños —murmura como para él mismo.

—¿Extraños en qué sentido? —cuestiona levantando una ceja.

—El color, no son negros, pero son de un marrón muy oscuro… ; jamás había visto a alguien con ojos como los tuyos —ella no dice nada, está algo sorprendida de la apreciación del joven—. Además, son profundos y expresivos, sé nota que eres muy joven, pero tus ojos parecen los de alguien mayor.

—Quizás tengas razón —dice avergonzada—. Creo que ya han pasado los quince minutos —agrega sin dar paso a una réplica, no le gusta sentirse expuesta y si sigue conversando con él eso es lo que pasará—. Enciende la camioneta a ver qué tal.

Se levanta y él lo hace también sacudiendo con las manos sus bermudas de mezclilla oscura y su playera blanca. La situación se ha vuelto incómoda de repente y eso aumenta sus deseos de marcharse de una vez.

La camioneta enciende enseguida y ella retira los cables. El chico sale otra vez y cierra el capó; ella hace lo mismo con su coche y se voltea, menos atrevida que antes.

—Adios, Chico Diplomacia —se despide con una sonrisa.

—Adiós —susurra él —y gracias.

Se sube al coche ignorando el vacío en su pecho —Es solo tu imaginación, Isa. Es guapo y es fácil sentirse así con alguien como él —se dice a sí misma.

Vuelve a subir el volumen de la radio y se pone a cantar; es la única forma de dejar de pensar que conoce.

.

Al llegar al departamento, Renée tararea una melodía y baila alrededor de la cocina. El ambiente huele a carne y pasta, e Isabella inmediatamente se crispa porque su madre ha hecho la compra con el dinero del alquiler.

—Isa, cariño —grita eufórica la mujer—. Estoy preparando almuerzo… bueno ya es hora de cenar, pero supongo que no has comido fuera. Demoraste, ¿está todo bien?

Con todo el alboroto del "chico diplomacia" ni siquiera había sentido hambre, pero cuando le llega el aroma de la comida su estómago suena de manera vergonzosa. Renée ríe al escucharlo.

Así es su madre, a veces puede ser muy hiriente, puede hacerla sentir culpable de todas sus desgracias; sin embargo, cuando Isabella la ignora, ella idea una y mil formas de convertirse en la madre que debe ser, aunque es evidente que fracasa siempre. La amabilidad de hoy tiene que ver con eso.

—¿Isa?

Isabella vuelve a la realidad y asiente.

—Sí, todo bien —sonríe porque con Renée no se puede de otra manera.

—Por el dinero no te preocupes… Carlisle me lo ha prestado.

Isabella se muerde la lengua para no decir nada. No quiere que Carlisle se inmiscuya es sus vidas ni menos deberle favores tan pronto. Es verdad que se ha comportado amable con ellas, pero bien puede ser un psicópata drogadicto y suicida que las puede poner en peligro. Ya ha pasado por eso un par de veces y no quiere que se repita.

—No le des tantas vueltas, cariño; recuerda que es el indicado para mamá.

Renée lo dice tan convencida que ella prefiere asentir y entrar al cuarto de baño a lavarse las manos para ayudarla a terminar la comida.


Mil gracias a Catali y Anyreth por los consejos y la ayuda. Espero sus impresiones y agradezco a quienes se han pasado por aquí a dejar su opinión.

Nos Leemos