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El cielo completamente despejado, disfrutando de ese momento en el que la brisa la abrazaba. Adoraba estar allí, apartada del mundo y recordando a aquellas personas que se encontraban lejos. Cerró los ojos para sentir que flotaba. Se tumbó en la arena y se centró en escuchar el sonido de las olas. Quizá era el sueño de sus hermanos, que de tanto repetirlo, la costa, con su olor a mar le recordaba a una libertad que le era completamente inalcanzable.

El sonido de las gaviotas que revoloteaban encima suya también le recordaba a esa libertad. Le encantaba ir allí a despejarse del agobio de la ciudad y del agobio de la familia, de su situación, para perderse en sus pensamientos y en sus recuerdos. En dos meses podría marcharse y coger completamente las riendas de su reino. Podría empezar a decidir qué era lo que consideraba mejor y qué no. Sin las negativas de Yamato, el cual nunca aceptaba sus ideas. Decía que una reina no podía ir pregonando y cambiando las leyes por mero acto del corazón, que todo debía pensarse y meditarse. No eran pocas las peleas que tenían, pero le tocaba aguantarle al ser uno de los veteranos del reino. Había sido la mano derecha de su abuela y, como tal, era una persona más que confiable para ella y para todo el reino. No obstante, eso no quitaba que sentía que había muchas cosas que cambiar, demasiado desfasadas para ella y, quizá, también para su reino. Había que cambiar muchas cosas que su abuela había hecho y que ella, como tal, consideraba un error.

Chasqueó mientras se giraba para su lado derecho. Ser reina no era fácil y, aunque había recibido toda la educación posible, sentía ciertos nervios para cuando la coronasen oficialmente y le cediesen su pleno derecho a gobernar. Sin duda, se sucederían grandes cambios que favoreciesen a la gran mayoría de su población. Por fin se movería para intentar que gran parte de su gente se sintiese feliz de haber nacido donde nacieron. Desde el reinado de su abuela, a pesar de la fuerza del reino, no era muy gratificante para sus ciudadanos decir que pertenecían al Reino del Fuego. Y eso era algo que no podía permitir como monarca. Uno debía sentirse feliz de pertenecer a donde pertenecía o de haber nacido en un lugar.

—Aquí estás. —Escuchó aquella voz romper sus pensamientos. Sonrió levemente mientras se levantaba con lentitud.

—Aquí estoy, como siempre. —Sonrió ampliamente al verle— ¿Qué tal, Rai? —Preguntó a la vez que daba un par de golpecitos a su lado, ordenándole sentarse a su lado.

—Bien, como siempre. —Respondió aceptando la orden y obedeciéndola— No hay muchos cambios aquí. —Suspiró de forma tendida mientras abría un pequeño paquete de papel.

—La verdad es que no. No me disgusta este lugar, pero me gusta más nuestra isla o Goa, en cierto modo.

Asintió el chico como afirmación a que él sentía lo mismo. Sacó un pequeño bollo de la bolsa y se lo acercó—: Relleno de chocolate, como a ti te gusta.

Le abrazó con una amplia sonrisa— ¡Siempre sabes cómo hacerme feliz, Rai! —Lo cogió animada— Si algún día tengo que devolverte todos los favores, ¡no sé cómo debería hacerlo!

—Exagerada. Es mi deber y lo hago con gusto.

—¿Tu deber es cebar a tu reina con bollos de chocolate? No sé si a Yamato le gustará la idea.

Al pronunciar aquel nombre el silencio se hizo con ellos. No es que estuviesen en su contra, pero ambos sabían que él era un impedimento para que los engranajes del reino empezasen a volver a funcionar. Incluso Dragon le recomendó apartarle del reino. Era un carcamal y sus ideales estaban atrasados con la nueva era que se estaba viviendo. Además, el hecho de la piratería no ayudaba a que se quisiese abrir más al exterior. Un reino cerrado en sí mismo no era del todo bueno. O no a los ojos de los más jóvenes que buscaban cierta libertad en sus vidas.

—La verdad es que tengo dudas… No sé si lo haré bien. —Susurró dejando de comer el bollo y centrando su mirada al horizonte— Tengo miedo a equivocarme por querer llevarle la contraria a Yamato.

—Desde pequeños hemos sentido que así no estaban bien las cosas. Muchos de nuestros vecinos, de nuestros amigos se han ido al odiar la situación. Todos cometemos errores, pero si no lo intentamos, ¿cómo sabremos si están bien los cambios? Lo que no podemos hacer es dejar las cosas como están sólo porque perduraron en el tiempo. Las cosas cambian y muchas de ellas son cambios que tu abuela hizo, sin previo aviso. —Habló con cierto rencor en sus palabras.

—Lo sé, sé que no están bien muchas cosas y espero que los cambios sean aceptados y que sean placenteros para todos nosotros. O, al menos, para la mayoría. —Cogió aire con cierta decisión— ¡Ahora sí quiero que me den los plenos derechos y poder empezar a hacerlos!

—Eres tonta, Chiyo… Cambias de parecer de un segundo a otro.

Al escuchar aquello le sacó la lengua sonriente— ¡Por cierto! ¿Se lo has dicho ya a tu padre? Es algo que hemos estado planeando desde que éramos niños y ahora parece que vamos a poder hacerlo, así que yo creo que ya es la hora de que se lo anuncies.

—¡Lo sé, lo sé! Creo que le hará muy feliz, pero a la misma vez se preocupará por la reacción de Yamato. Ya sabes.

—¡No tienes que preocuparte! Su función ha terminado ya. Se lo agradeceré eternamente, pero él está mayor y no quiero que mi mano derecha sea un carcamal. Además, seguro que no me dejará decidir tranquila y contigo, al menos, podré hablar y podré decidir con más tranquilidad. Y por no hablar de la confianza, que nos conocemos desde niños.

Asentía con cada palabra mientras abría un pequeño bote de zumo— Sí, lo sé. Aunque en ese aspecto también te digo que me da cierto temor. Mi familia siempre ha sido herrera y yo tendría que seguir con la línea, pero ser el mano derecha es mucho más motivador. Además, están mis otros hermanos.

—A Raiko le apasiona el trabajo familiar.

—Totalmente. No sé qué le ve, a mí no logra llamarme nada la atención.

—¡Has perdido esa curiosidad que teníamos de niños! —Le regañó dándole un pequeño golpe en el brazo— Cuando éramos niños nos pasábamos las horas viendo como tu padre manipulaba el material y hacía verdaderas maravillas.

Sonrió levemente— Supongo que si no me hubiese juntado contigo ahora mismo sería casi el maestro de la familia. Pero dejé mi casa para venir aquí a protegerte y… No me va tan mal.

—Te estoy tan agradecida. A ti y a tu familia. Habéis hecho tanto por nosotros que no hay forma de poder agradecéroslo. —Afirmó mientras se levantaba con cuidado— Es hora de irse, tengo que preparar cosas para mañana las clases y seguir con el discurso. Mañana te lo pasaré a ver qué te parece.

—Perfecto. Veo que te has traído la bicicleta. —Afirmó mientras recogía los papeles de la comida que había traído— No hace falta que te lleve, pero te acompañaré hasta casa.

Asintió recogiendo las cosas— Siempre vengo con ella. Me relaja muchísimo montarla. —Carcajeó mientras empezaba a caminar de regreso a su casa.

Desde la primera vez que pisó las tierras de su reino, ella y él congeniaron a la perfección. La miró con la misma mirada de curiosidad y comprensión con la que le miró por primera vez quien más tarde se convertiría en uno de sus hermanos, consiguiendo hacerla sentir cómoda, como que no estaba fuera de lugar. Él iba todas las tardes a visitarla, al principio no le querían cerca de la futura heredera e incluso la reina se oponía a que uno cualquiera fuera a visitarla, pero poco a poco fueron viendo que la relación iba cogiendo más fuerza y descubrieron que ese niño era el hijo del herrero de la familia, por lo que le convertía en un noble para la familia y, como tal, le aceptaron como amigo de la princesa, aunque siempre sintieron que no era aceptado del todo, que intentaban buscarle cualquier fallo para evitar que ella y él se viesen.

Y eso a ella le molestaba bastante. Tener ese apoyo le servía para no sentirse vacía cada vez que abandonaba la casa de aquellos locos que tanto admiraba. La soledad, la tristeza, sólo la sentía cuando viajaba y estaba en Ako, la isla donde la dejaron en adopción. Desde que ocurrió lo que le ocurrió, esa mujer que quisieron hacerle pasar por madre no le transmitía gran cosa y sentía que la vida era realmente difícil. Lo único que conseguía mantenerla con cierta felicidad allí era su hermana, Tomoe, que aunque no era de sangre, la sentía como tal. La cuidó desde que volvió a su casa, cuando tenía dos años ya, y se juró que la cuidaría y protegería de cualquier cosa. No permitiría que nadie le hiciese daño y, quizá por eso, desarrolló una actitud sobre protectora ante aquella niña de seis años.

Caminaron en silencio hasta que llegaron al desvío, donde sus caminos se separaban. Como siempre, no hacía falta que se dijesen muchas cosas. Sus miradas ya daban muestra de todo lo que tenían que decirse. Un «hasta mañana» y ya sabían dónde debían encontrarse y a qué hora. Le vio alejarse con cierta rapidez y negó sonriente. Agradecía muchísimo a los dragones por haberle dado la oportunidad de tener a un amigo como él.

No se quedó mucho más tiempo allí e inició su camino a casa por aquella leve colina. Vivían no muy alejadas de la ciudad, pero se escuchaba parte del bullicio de la misma y eso, junto al ambiente agobiante de aquella casa, hacía que quisiese huir muchas veces de aquella casa a la que tenía que llamar hogar. Dejó la bicicleta apoyada en el árbol de siempre y caminó hacia la puerta. Subió los tres escalones y abrió la puerta. Silencio, como la mayoría de días.

—¿Aki? ¿Tomoe? —Las llamó esperando alguna respuesta— Vale, no hay nadie así que me tocará hacer la cena, como siempre. —Habló en soledad mientras dejaba las llaves y colgaba su mochila en el perchero.

—Toshio presente. —Habló una oscura voz tras de sí.

Su corazón se aceleró al escucharle hablar. Se giró de golpe como respuesta y le observó buscando rápidamente sus ojos. ¿Cómo había logrado entrar y qué hacía ahí? Se quedó sin saber qué decir y empezó a temblar sin poder parar. Había oído hablar de él cosas horribles y todos los mayores con los que se había rodeado le había dicho una y otra vez que debía llevarse cuidado con él si se le acercaba alguna vez.

—No seas maleducada, Chiyo. Dame una bienvenida o algo. —Habló de nuevo mientras hacía una reverencia— Soy Toshio, el rey de la Oscuridad, un placer volver a verte, reina del Fuego.

Observó sus movimientos con temor, temiendo que decidiese hacer cualquier cosa contra ella. No estaba preparada para defenderse y tampoco tenía permiso para usar sus poderes en aquel lugar.

—Ho-Hola, Toshio. ¿Qué haces aquí? —Su voz temblaba sin parar.

Quería gritar y salir corriendo de allí. Quería llamar a Rai, a Yamato o a Dragon. A quien fuera y que, de ese modo, viniesen a ayudarla o que le permitiesen al menos poder hacer uso de la fuerza contra aquella persona en caso de que fuese a atacarla.

—Bueno, he venido a darte la enhorabuena porque sé que en breve ya tendrás tus plenos derechos como monarca. Y eso me alegra muchísimo. Hace tiempo que esperaba que ya los tuvieras para empezar nuestra lucha. —Habló mientras se sentaba con elegancia en el desgastado sofá de la sala.

—No es necesaria ninguna lucha. —Le escuchó chasquear con cierto malestar— Yo no quiero luchar contra ti. En cuanto tenga mi trono me centraré en…

—Mi padre dijo que podrías salir igual de repelente que tu madre y parece que no se equivocó. —La cortó mientras negaba enfadado— ¡Vamos a luchar quieras o no, Chiyo! El destino así lo quiso y habrá que ver cuál de los dos reinos se alzará con la victoria. —Carcajeó de pronto al levantarse.

Sólo pudo ver que se acercaba a ella para, de pronto, todo volverse turbio. Sintió un fuerte golpe en su espalda y que algo le apretaba la garganta, impidiendo poder respirar. Cogió con sus dos manos aquello que la agarraba e intentó zafarse de aquel ser. La había cogido y la había estampado contra la pared sin darse cuenta. No le dio tiempo a reaccionar ante aquello y ahora tenía más miedo que antes.

Pudo abrir un poco los ojos para hacer de nuevo contacto con aquel chico. La miraba de una forma aterradora. Su rostro denotaba rabia hacia ella, como si estuviese esperando ese momento durante mucho tiempo y ahora que lo tenía, en vez de disfrutarlo, sentía que sólo quería verla sufrir más y más para sentirse bien.

Pensaba que se moría. El aire no le entraba y ya notaba que sus fuerzas la habían abandonado. Sus brazos cayeron pesados al igual que lo hicieron un par de lágrimas. Se sintió inútil frente aquel ser.

—Su… Su…

La dejó caer como si fuese un peso muerto. La soltó sin añadir nada más. El silencio se veía roto por su tos ahogada por las ansias de coger aire y por las lágrimas que le caían sin parar. Se preparó para lo siguiente y como reacción cerró sus ojos con fuerza, esperando un golpe o cualquier otra cosa que le provocase la muerte, mas sólo escuchó un golpe débil. Abrió los ojos con fuerza, alzó su mirada y allí le vio, sentado delante de ella. Mirándola fijamente. En su mirada había mil demonios danzándole, que hipnotizaban y te hacían sentir desprotegida. No podía dejar de mirarlos y de sentir como poco a poco iban adentrándose dentro de ella. La oscuridad empezó a abrazarla lentamente. Los demonios bailaban sin parar, mostrando ese odio y repulsión hacia su persona.

Seguía temblando sin parar. No se atrevió a hablar ni a pedir explicaciones y mucho menos se atrevía a negociar una paz. Su respiración se fue calmando poco a poco y, a medida que lo hacía, una sombra tras ese chico iba cogiendo más y más forma en aquella vieja casa. Sus ojos se abrieron de par en par al verla. Daba miedo. No tenía una forma con la que poder definirla. Sólo abrazaba a ese chico que tenía delante, el cual la seguía mirando sin parpadear. Terror, eso fue lo que empezó a sentir ante aquella situación. Su labio inferior empezó a temblarle de forma descontrolada. Aquella sombra había empezado a acercarse a ella. Como pudo, empezó a arrastrarse para atrás, intentando entrar en la cocina, mas ese chico gateó hacia ella sin percatarse. Demasiado rápido y en menos de un segundo su cara se quedó a escasos centímetros de la suya. Quería gritar para avisar a alguien, pero el terror era tal que no pudo emitir ningún sonido.

Sonrió de forma tenebrosa. Notaba su respiración chocar contra su cara. Sentía que iba a desmayarse en cualquier momento como no fuese capaz de cerrar los ojos y canturrear alguna canción, mas la idea de pensar que podría volver a abrirlos y ver algo más terrorífico que aquel chico, cuyas facciones nunca podrían haberle hecho sentir tal terror, hacía que se negase a cerrarlos. Algo, de pronto, le cogió el tobillo y la arrastró. Dirigió su mirada hacia él y la vio: la sombra la había cogido.

—Sólo deja que salga… Nosotros haremos que todos vivan esto… —Le susurró de pronto, sin esperárselo.

Se acabó, algo explotó en su interior y gritó con todas sus fuerzas. El grito se expandió por todo el lugar antes de que todo en ella se desvaneciese. No quería, pero al final no fue capaz de soportar toda aquella oscuridad rodearla. Aquel chico era el terror en estado puro y estaba segura de que sólo había sido capaz de mostrarle un poco. Lo que la terminó de rematar fue aquella sombra que él había formado. Sin saber cómo, había logrado despertar todos sus temores. Incluso aquellos que tenía guardados en su subconsciente.

—Ten cuidado con la oscuridad de Toshio, Chiyo…