IV

LA CURIOSA ÁGUILA


La hierba estaba húmeda de la lluvia de la noche anterior por lo que, cuando Rowena se sentó sobre ella, se empapó todo el trasero. La joven apenas percibió ese suceso, pues estaba ensimismada observando un papel en el que tenía dibujado un objeto mágico que había creado. No estaba convencida del todo con el resultado y, de hecho, aún seguía dándole retoques una y otra vez con la pluma. No paró hasta que tuvo los dedos llenos de tinta y el dibujo era indescifrable. Frustrada, lanzó la hoja lejos de ella mientras se tumbaba sobre la hierba terminando de mojarse todo el vestido.

Cerró los ojos procurando pensar la forma de encauzar el torrente de ideas que pasaba por su cabeza, intentaba recordar la información necesaria para poder esbozar la idea, pero no conseguía atraparla, se le escapaba entre los dedos como si fuera agua.

Las gotas de lluvia que cayeron sobre su rostro actuaron como botón para poner a funcionar su cerebro y unir los cabos sueltos. Levantándose como un resorte, corrió hacia su habitación, con toda la parte de atrás empapada, y se sentó en su escritorio a dibujar, concentrada en cada trazo que llevaba a cabo. Añadía retoques a cada momento y ponía instrucciones o ideas en los laterales. Poco a poco su idea iba tomando forma en el dibujo, lo que le provocaba una gran satisfacción. Terminó su dibujo y vio como la corona relucía en el papel. Una sonrisa invadió el rostro de Rowena mientras inflaba el pecho lleno de orgullo. Cogió el papel y lo guardó junto a los demás dibujos de sus inventos.

Algún día, cuando esté lo suficientemente preparada en cuanto a hechizos y conocimientos se refiere, llevaría a cabo todos sus inventos y sabía que no faltaba mucho para ese momento.

Se cambió y se bañó, aprovechando para ir a la biblioteca de sus padres y buscar información sobre aquel objeto, tenía la sensación de que ya había leído algo así antes, que había un hechizo especial para ello y necesitaba encontrarlo.

No tardó mucho en dar con ello, pues recordaba el libro en el que creía haberlo visto. Haciendo caso omiso de la regla que sus padres habían impuesto de no sacar los libros de la biblioteca, llevó el volumen hasta su cuarto y apuntó la nueva información detrás del dibujo, intentando que quedara lo mejor explicado para el futuro.

Cuando terminó, un pequeño sentimiento de soberbia la invadió. ¿Por qué esperar tanto si ya sabía todo lo que había que hacer? Se preguntaba confusa. Dejando de lado el libro, se acercó a su baúl y sacó una pequeña tiara que su padre le había regalado de pequeña, releyó de nuevo las instrucciones y se propuso llevarlo a cabo.

Minutos después, la tiara estaba completamente derretida y ella se había quemado parte del vestido y del pelo. Tanto que se le había quedado irregular.

Regañándose internamente por ser una impaciente y decepcionada por no haberlo podido lograr recogió el estropicio y se cortó el pelo para regularlo. Cuando se giró para coger el libro y devolverlo a la biblioteca, se dio cuenta que este había sido reducido a una montañita de papeles.

—Me van a matar—musitó Rowena.