El mirón

A lo largo de las siguientes semanas la relación entre las dos compañeras se intensificó. Su relación era ya de antes tan fuerte como es natural entre las dos únicas aprendices mujeres, que habían compartido tienda desde la llegada de Paula. Había habido algunas otras, pero ninguna más había aguantado todo el tiempo.

Sin embargo, desde aquel beso su unión había adquirido una nueva dimensión, un significado nuevo que se añadió a su relación sin reemplazar los vínculos anteriores. No necesitaban a nadie más, y si no hubiera sido por el férreo empeño de Litsha en convertirse en Santo, lo habrían dejado todo y se habrían apartado del resto del mundo.

Una tarde el entrenamiento terminó especialmente tarde para Paula. La maestra la había estado sometiendo a penalidades físicas, probablemente para de nuevo intentar forzarla a que abandonase. Pero Paula estaba ya determinada a soportar lo que fuera necesario para seguir junto a su amiga.

De vuelta a la zona donde descansaban, vio que Carlos tenía la cabeza pegada a la tienda de ellas. Cuando se dio cuenta de que Paula llegaba, salió corriendo. Se apresuró a acercarse y vio un corte en la tela, que tal vez había provocado el mismo Carlos. Se asomó tras él y vio a Litsha desnuda sobre el camastro. Usó el dedo para abrir más la abertura y avisar a su amiga.

– ¡Litsha! ¡Carlos te estaba espiando a través del agujero.

Como un muelle Litsha saltó de la cama, se colocó la máscara, introdujo las piernas en la especie de corsé que usaba para vestir y se lo terminó de colocar mientras salía corriendo. A Paula le sorprendió la reacción súbita de su amiga, que pareció no necesitar pensar ni un momento. Aunque Carlos llevaba ventaja, Litsha avanzaba imparable como una locomotora, arramblando con las piedras, matojos o personas que estuvieran en medio. Paula intentaba seguirles, pero su cuerpo estaba dolorido por el tormento de esa tarde. Los músculos le dolían y a ratos se mareaba.


Carlos salió del campamento y se adentró en el bosque colindante, y tras él Litsha. Paula los siguió tan rápido como le permitían sus fuerzas. Tenía un mal presentimiento sobre cómo acabaría aquello, y deseó haber detenido a su amiga, o no haberla avisado. Buscó por el bosque y oyó unos gritos terribles. Cuando pudo llegar al lugar Pedro se encontraba tendido en el suelo, con la cara sangrando, y Litsha le sacudía una y otra vez con el puño lleno de la sangre del chaval.

– ¡Para Litsha! ¡Lo vas a matar!

– ¡Pues lo mato! ¡No me digas que no se lo merece!

– ¡Para, por favor! ¡Al final la que sufrirás las consecuencias serás tú!

– Paula, no te metas, estoy harta de que estos simios se crean que pueden abusar de nosotras. Ya verás como no vuelve a despreciarnos ninguno.

Incorporó a Carlos levantándole del cuello de su camiseta y fue a descargar el puño con más fuerza que nunca, pero una piedra le golpeó en la mano con fuerza.

– ¡Ay -gritó volviéndose dolorida hacia el ataque-!

Había llegado Omar al mismo claro del bosque. Omar era uno de los maestros del campamento, precisamente el que instruía a Carlos y Vincent.

– ¿Qué está pasando aquí?

Litsha lo miró sujetándose la mano dolorida. Quizás le había roto algún hueso. Fue a decir algo fruto de la ira, pero Paula se adelantó.

– ¡Carlos estaba espiando en nuestra tienda!

– Apartaros -ordenó el instructor-.

– ¡Y una mierda!

Litsha sólo retrocedió para tomar impulso y lanzar a continuación una patada que le habría abierto el cráneo, si no fuera porque una mano la desvió sujetándola y tirando de su hombro. La maestra había llegado a la escena.

– ¿Qué haces, Litsha -dijo con severidad-?

– ¡Déjame, le voy a dar una lección!

– ¡Estate quieta de una vez, es una orden!

La polaca no dejaba de forcejear. Estaba claro que no se trataba tan sólo de la violación de su intimidad, aquella rabia era la culminación de todas las burlas y desprecios sufridos desde que llegó. Abarcaba incluso la frustración debida a las estrictas normas que la orden de los Santos imponía a las mujeres.

– ¡Todo ha sido culpa de Carlos! ¡Ha sido él!

Todos hacían caso omiso de los intentos de Paula por justificar a su amiga. Omar miró a Carlos y vio que había empezado a incorporarse lentamente. Su estado era lamentable, pero sus ojos brillaban con rabia y orgullo herido.

– Ahora mismo vais a venir los dos enfrentaros a la justicia del Campo -impuso el hombre-. ¡Vamos! ¡Andando!

Paula fue tras ellos, pero la maestra se interpuso.

– Ha dicho "los DOS".

– Maestra, por favor, tengo que explicar...

– Paula, vuelve a tu tienda y no salgas de ella, o será peor para ti y será peor para ella.

A la italiana le costó tragar saliva y se fue a la tienda llena de rabia e impotencia, pero también de una honda preocupación.


Pasó la noche y con la llegada del alba Litsha aún no había vuelto. Paula, que había pasado la noche en vela, se preparó para acudir al entrenamiento. Estaba llena de miedo por Litsha. ¿Qué le había pasado? ¿Estaría cumpliendo algún castigo? Paula esperaba que no estuviera sufriendo, no era justo que pagase lo que había provocado Carlos.

La maestra, mujer que era tan puntual como estricta, no estaba allí. La situación se estaba volviendo todavía más rara. La esperó durante dos horas mientras observaba que el resto del campo se entregaba a su intensa actividad física. Nadie apareció.

Finalmente, decidió no esperar más e intentar buscarla en una pequeña casucha donde vivía cuando estaba en el campamento. Llamó a la puerta y, efectivamente, al rato se asomó la maestra, dejándola entreabierta.

– Márchate, estoy ocupada -dijo en un tono muy cortante-.

– ¿Dónde está Litsha?

Paula no quería estropear más la situación siendo descortés con aquella mujer tan jerárquica, pero no pudo evitar que su tono fuese el de una exigencia.

─ Te he dicho que te largues, tengo cosas que hacer.

─ ¿No se supone que teníamos entrenamiento? ¿Qué estás haciendo?

─ Estoy preparando mis cosas para marcharme.

─ ¿Cómo marcharte? ¿A dónde vas?

─ Elizabeth ya no está en el campo. Y tú nunca has mostrado verdadero interés en convertirte en Santo.

─ ¡¿Cómo que Litsha no está?! ¿Dónde está -Paula estaba desesperándose y la indolencia de la maestra lo hacía aún más difícil-?

─ Fue expulsada anoche y tuvo que irse de aquí.

─ ¿Pero cómo va a ser expulsada? Si todo fue culpa de Carlos.

─ Dejó ver su rostro, y más que el rostro. Eso es motivo de expulsión para una aprendiz.

─ ¡Pero si fue culpa de él!

─ La ley siempre es ley, Paula. La nuestra no es interpretable. Litsha debería haber tenido cuidado o percibir la presencia de otros.

─ ¡No es justo!

─ No he dicho que sea justo, he dicho que es la ley.

─ ¿Y Carlos?

─ Creo que Omar ya está aplicando un castigo a su conducta.

─ ¿Pero él sí se queda en el campo?

─ Creo que sí -dijo sin emoción en la voz-.

Paula se empezó a ahogar. Las lágrimas estaban fluyendo con fuerza y quedaban entre la máscara y su cara. Optó por quitársela y mirar a los ojos a la maestra.

─ ¡Tienes que hacer algo! No puedes consentirlo, es injusto, ¡y tú también eres mujer!

─ No soy una mujer -el tono de la maestra era cada vez más cortante-, soy un Santo. Cuando me puse esta máscara renuncié a mi feminidad, y si te quedas tú también tendrás que hacerlo. No tengo favoritismos hacia los Santos Femeninos ni las aprendices, y soy más estricta conmigo de lo que son los demás.

─ Pero también eres estricta con Litsha. ¿No debería un Santo luchar por la justicia? ¡Sabes que no es justo que sea ella quien pague!

─ La única forma de que te consideren un Santo de verdad es tener una conducta y una reputación intachables, y aún así es difícil que te tomen en serio. Litsha está manchada ya, no le serviría de nada quedarse.

La maestra empezó a cerrar la puerta y Paula se dio cuenta de que no conseguiría su ayuda. No obstante sostuvo la puerta con la mano para que no la pudiera cerrar.

─ ¿Dónde está Litsha ahora? ¿Te vas para entrenarla por tu cuenta?

─ No, qué tontería, es una gran pérdida, pero ya te he explicado lo que pasa con la reputación de los Santos Femeninos. No sé dónde está, sé que anoche la escolté fuera del campamento. Donde haya ido es cosa suya.

─ ¡Ella sola! No... no es posible.

Las lágrimas caían profusamente por el rostro descubierto de la aprendiz.

─ Ya estoy cansada de tus lloriqueos. Litsha es muy capaz y está bien entrenada. Es capaz de sobrevivir por sí misma e ir a donde quiera, eso ya es asunto suyo.

Paula pensó que la maestra debía de estar hecha del mismo material que su máscara. No se trataba de que Litsha pudiera sobrevivir, se trataba de lo sola y abandonada que se debería sentir, y ahora que habían hecho añicos sus sueños. De pronto, recordó que sólo estaba en aquel maldito lugar para estar con su amiga.

─ ¡Voy a buscarla! No puede estar lejos. ¡La habéis abandonado todos, pero yo no! Soy su amiga y no la dejaré sola.

─ Vale, pero recuerda que si sales del campo de entrenamiento no podrás regresar -y cerró la conversación con un portazo-.

- ¡Tampoco tengo ganas -gritó Paula desde fuera sacando un genio hasta ahora desconocido-!