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Miro con ojos curiosos el alboroto que había afuera, solo un pequeño y selecto grupo de niños había podido estar presente en el evento que se estaba presenciando enfrente del orfelinato, y por supuesto, no lo habían elegido a él. No es como si lo hubiera deseado en algún punto, no le apetecía fingir estar feliz frente a un montón de cámaras, de hecho, no le apetecía fingir frente a nadie.
¿por qué estaba espiando el evento desde la ventana del tercer piso cuando no había querido ir? Bueno, incluso para alguien como él, ignorar a Sarah Wayne era difícil. Los chicos del orfanato habían crecido escuchando sobre Bruce Wayne, el huérfano multimillonario, él era como ellos, solamente que con más privilegios, pero... Le admiraban, por qué les hacía creer que había más para ellos allá fuera, que podían salir de ahí y triunfar.
Pero su hija le resultaba un misterio, había aparecido repentinamente y se había hecho de conocimiento público que su madre había sido asesinada dejándola ... Sola. Aún no podía decidir si ella también era huérfana, después de todo Bruce Wayne solo figuraba como desaparecido. Siguió estudiando a Sarah Wayne desde su posición, sonreía afable mientras escuchaba las muestras de agradecimiento del reverendo Mckoy, y las infinitas alabanzas del alcalde Freeming, río secamente, por supuesto que el alcalde estaba lamiéndole los zapatos a Wayne.
Con nueve años, y después de poner a industrias Wayne nuevamente en su prestigio internacional de antaño, la heredera volvía a los titulares por haber cerrado un contrato; obviamente multimillonario, con la aeronáutica militar del país. No entendía del todo la máquina que estaban construyendo para el gobierno, pero aparentemente iba a ser la más rápida en su tipo, con sistemas de nueva generación, y armamento único en su tipo.
Era increíble lo que una niña de nueve años estaba haciendo. John, con sus doce años,envidiaba ese talento. Las cosas que haría si tuviera su capacidad intelectual... seguramente no tendría problemas con álgebra.
Había algo intangible en Sarah Wayne, algo que solo propagaba su curiosidad, no dejaba de mirarla temiendo que pudiera perder pista de aquello que le impedía descartar a la joven heredera de sus pensamientos. Observarla fue lo que hizo, incluso cuando el alcalde se marchó, y cuando los periodistas se saciaron en fotos de ella y también siguieron su rumbo... John simplemente la miro, y finalmente por un segundo, un pequeño instante, encontró su respuesta.
Sarah Wayne no era menos huérfanos que ellos, no si sabia usar la misma máscara que le decía al mundo que todo estaba bien cuando en el interior solo había conflicto. Lo pensó con detenimiento ¿como podía ser Bruce Wayne su padre cuando jamás lo había visto? Podía quererlo, pero solamente por recuerdos ajenos, no propios. Su madre había sido todo lo que había tenido y se había marchado en un instante, Bruce Wayne era un figura ajena, y lo más cercano a ella ahora solo era el viejo mayordomo de la familia ¿si quiera era suficiente para llenar el hambre de amor paterno? Tal vez hasta algún punto, pero John que lo había perdido todo sabía que jamás dejaría de desear tener a sus padres. Era egoísta siquiera pensar que se podía estar bien, no importaba que tanto sonreías, el pesar de esa pérdida siempre sería como un fantasma en el corazón.
La vio despedirse del reverendo, quiso apartar la mirada y volver a sus asuntos, pero un impulso le hizo abrir la ventana y asomarse por la cornisa.
—¡hey!—grito desde su lugar—¡¿nos das todo ese dinero, y no piensas mirar en lo que estás invirtiendo?!
A penas reparo en la mirada sorprendida del reverendo, no podía cuando le sostenía la mirada a la joven Wayne casi retándola a que le llevará la contraria, pero no lo hizo, simplemente le miro con semblante estoico.
—¡tal vez tengas razón, Robin!— grito de vuelta para su sorpresa.
Pero que respondiera no fue lo que casi lo enmudeció.
—¡¿como sabes mi nombre?!
—¡tengo una lista de fotos y nombres! ¡tal vez no sepa en qué estoy invirtiendo, pero si se en quienes!
La miro en silencio por un segundo, a los ricos normalmente no les importaba saber a dónde paraba su dinero, solamente querían la atención mediática para que sus amigos pensaran que eran caritativos.
—¡llámame John, John Blake!
Era extraño como una tarde de lo más incomoda se volvería la base de su amistad, pero las cosas grandiosas raramente comenzaban de la manera habitual.
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—dime ¿por qué estoy aquí?— pregunto tomando otro canapé.
—eres mi amigo, y los amigos te ayudan cuando necesitar ir al estanque de pirañas— susurro Sarah mirando a su alrededor.
—no, los amigos te dicen que no vayas al estanque— corrigió John— y a cambio ellos no tienen que salvarte— tomó otro canapé— ¡dios! Esto es deliciosos.
Sarah sonrió para sus adentros, estos eventos eran más pasaderos con John a su lado, pero prefería mil veces visitarlo en la casa hogar, o invitarlo a la mansión.
—cuidado, no queremos que te pongas rellenito— bromeó picándole un costado.
—volví a crecer otros tres centímetros, al paso que voy tendré que preocuparme por no parecer una aguja—rebatió con otro canapé en mano— tal vez deberías comer, sigues igual de enana que cuando te conocí.
—solo por qué creces muy rápido, con cada centímetro que gano tú ganas el doble— refutó con un mohín— tal vez deberías seguir comiendo, no queremos que te pongas escuálido.
Parpadeo, y la miro estupefacto.
—tu léxico me hace sentir como el menor de ambos, que vayas a la universidad no ayuda— confesó antes de sonreír pícaramente— pero ¿ya te dije gracias por ayudarme en matematicas? La señorita Leighn casi se desmaya cuando vio mi impecable examen... Por cierto, mi maestra de literatura me felicito por mi fino lenguaje—río— pasar tanto tiempo contigo hizo que abriera un diccionario y lo leyera, no puedo preguntarte todo el tiempo que es de lo que hablas.
—sabes que lo digo inconscientemente—recordó sonriendo— pero es bueno que estés dedicado a esta amistad.
John se removió incomodo mientras evitaba ruborizarse.
—si, bueno—carraspeo— tiene sus ventajas, como la comida... Es asombrosa — evitó mirarla mientras pensaba como irse por la tangente— es increíble como decidieron cambiar el evento para hacerte venir.
—la excusa de que tengo que dormir temprano no funciona en un almuerzo—suspiro— desde que los Saint Claire lo descubrieron parece que se convirtió en una moda entre la alta sociedad de Gotica—en cuanto llegaron habían sido bombardeados con mimos, solo a penas los habían dejado respirar en paz—las docenas de cenas que se llevaban en un mes se redujeron a un par desde que todos decidieron empezar a invitarme a sus eventos matutinos.
—no olvides como todos tratan de presentarte a sus retoños— río para sí mismo— todos quieren que sus hijos sean tu mejor amigo, pensando tal vez que la inteligencia es contagiosa, pero todos sabemos que esos niños pretenciosos a penas y ven más allá de sus narices— chasqueo la lengua al recordar algo poco agradable— la mitad de estas personas solo quieren casarte con sus hijos.
—una docena trato de firmar un acuerdo prenupcial con Alfred— río incrédula— es increíble el nivel de avaricia.
John la miro en silencio, entre tantas reuniones había oído un par de desagradables comentarios... 'Yo no me entusiasmaría tanto con esa niña, Bruce Wayne seguramente vuelve a mandarla a su nido de ratas a su regreso' 'realmente dudo que tenga opinión en la junta directiva, pero nunca está de más caer en la buena gracia de un Wayne' ojalá eso hubiera sido lo peor que había escuchado '¿Wayne? Podrá llevar el apellido, pero nunca será digna de el, esa niña no es más que una bastarda con suerte'
—Sarah—susurro— no son buenas personas, prométeme que vas a tener cuidado ¿de acuerdo?
En cuanto vio su mirada supo que ella tampoco había ignorado los comentarios que flotaban a sus espaldas, maldijo internamente a la gente sin escrúpulos que los rodeaban, Sarah no merecía tratar con tanta hipocresía, era demasiado buena para todas esas personas.
—hey—llamo su atención mientras la abrazaba por los hombros—recuerda que tienes Alfred, a Giorgio y Maria, Rachel, al profesor Makoto, al señor Fox, incluso al señor Frederricks, y por supuesto a mi... Todos te queremos Sarah— quiso decirle que no necesitaba a Bruce, pero era mentir —no te pongas triste.
—John.. ¿Crees que va a estar orgulloso de mi?
Sabía de quién hablaba, y lo entendía, quien no anhelaba la aprobación de su padre.
—sería un tonto sino lo estuviera.
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La acomodo en sus brazos, depósito un suave beso en su frente, y con suma delicadeza apartó las hebras de cabello que caían por su rostro.
—no he hablado con él en un largo tiempo— confesó Elena en un susurro—me marché cuando tenía diecisiete.
Acarició su hombro mientras la acercaba más a su pecho.
—¿lo extrañas?
Sabía que la madre de Elena había fallecido cuando era niña, pero raramente mencionaba a su padre, o al menos hasta la noche anterior. Por lo que entendia no habían hablado después de haber tenido una gran pelea, Elena era renuente a decir el motivo, pero sospechaba que era por decisiones que ella no apoyaba.
—si—confirmó débilmente— por mucho tiempo fue mi único hogar.
—Elena— susurro en la oscuridad de su habitación— me alegra haberte conocido.
La sintió removerse entre las sabanas, el calor de su piel contra la suya era lo más satisfactorio que jamás había experimentado, y el que constantemente buscará mirarlo fijamente a los ojos solo hacía más dulce la experiencia. Observo sus cerúleos irises, le sonrío mientras bajaba traviesamente su mano por el costado de su espalda, complacido escucho como reía ante el leve cosquilleo que provocaba por su cintura... Era simplemente hermosa.
—Bruce...
Su nombre fue el último eco que surco la noche, con un fuego latente Elena se lanzó a besarlo y él correspondió con igual devoción.
Se agitó entre las sabanas antes de mirar adormilado los primeros rayos de sol, nuevamente había soñado con Elena, y como las veces anteriores, solo podía reflexionar sobre lo mucho que la extrañaba. Dio un tirón de su cuerpo hasta quedar sentado en el viejo catre donde había caído dormido, observó las manchadas paredes, y por un segundo se permitió imaginar que no estaba ahí, sino en un balcón a la orilla de un perlada arena y un abundante mar azul, mirando al sol aparecer tras el oleaje. Oiría el rumor del agua mientras los tonos naranjas y rojizos, incluso rosados, comenzaban acentuarse en la marea, pero solo el momento se completaría cuando un par de femeninos brazos lo rodearan por la cintura. Era casi como un rito sentir su tersa piel contra su espalda, la suave caricia de su beso... Un hombre morirá por tener algo así, y él lo había dejado escapar.
Pero había tomado su decisión, tal vez no la mejor, aunque sí la necesaria. Sabia que no podía vivir una mentira, el hombre que era hoy y el que había sido entonces no lograban hallar paz interna ¿por qué hacerla la única luz en su camino? ¿acaso Elena no merecía que él también iluminara el suyo? No era justo. En aquel entonces, cuando le reveló que anhelaba una vida con él, no pudo resistirlo, tenía que confesarle que él jamás sería capaz de darle lo que ella quería... Una familia ¿como? si a penas podía pensar en sus padres sin recordar el trágico accidente.
Recordarla entre sueños le traía sosiego, solo por meros instantes, irremediablemente siempre terminaba recordando lo que había perdido,y aquel dolor, le impedía siquiera pensar en lo que pudo ser si se hubiera quedado a lado de Elena.
—Lo lamento— murmuró al vacío.
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El CEO de industrias Wayne aumentó la velocidad de sus pasos hasta llegar al más recóndito lugar del restaurante al que había reservado. Había poca luz, era un espacio perfecto incluso para evitar oyentes ajenos. Tal precaución había tomado que había ordenado con anticipación para evitar que algún camarero les atendiera.
—buenas noches, señor Earl— llamo una voz entre las sombras.
—vaya—dijo sorprendido de no haberle visto— llego más pronto de lo que esperaba.
—me gusta la puntualidad— se limitó a decir— ¿tiene un asunto con nosotros?
Pregunto el hombre mientras tomaba asiento al lado opuesto de él. A penas distinguía sus facciones, pero logró ver un corto cabello castaño, y un par de ojos grisáceos que lo evaluaban. Había algo extraño en su sonrisa, su semblante se mezclaba entre la burla y la ironía, sin embargo su penetrante mirada era lo que le resultaba más incomodo.
—tal vez quiera probar la comida— sugirió falsamente calmado— no hay apuro de ir tan rápido a los negocios.
—no—dijo filosamente el invitado— nosotros sabemos lo que quiere, nos interesa, de otra manera mi jefe jamás me habría mandado para verle— le dio otra sonrisa escalofriante— mientras esté dispuesto a pagar nosotros solucionaremos su problema, ya todo está planeado, en cuanto se haga la transferencia comenzaremos el trabajo.
—¿como...? ¿como piensan deshacerse de ella—musitó el señor Earl.
—ese es nuestro problema— argumento sin dejar de sonreír— ¿contamos con su transferencia antes de media noche?
—por supuesto—asintió sin dejar ver su terror—delo por hecho.
—muy bien— se levanto de un golpe y comenzó a caminar antes de girar a vele por la comisura del ojo— a mi jefe le interesa saber por qué quiere desaparecer a la niña, no se ofenda, pero su empresa ha tenido más utilidades desde su llegada.
El señor Earl se quedó quieto, antes de suspirar, y finalmente decidirse a responder.
—su abuelo y su padre jamás se interesaron por el imperio, siempre me pareció bien, no es como si los hubiera querido husmeando en mi empresa— tomo un sorbo de vino— tal vez ahora me sea útil, pero en el futuro va a ser una amenaza, he mantenido el control de industrias Wayne por años, su nombre podrá estar en el edifico, pero por lo que a mí concierne, ese lugar es mi derecho.
—ah—asintió comprendiendo— le estorba, no hay duda de que en unos años pudo haber tomado su puesto—otra sonrisa apareció en su rostro— gracias por su cooperación, un placer hacer negocios con usted.
Gregory Earl observó en silencio como desaparecía como un fantasma. Suspiro relajando su postura, como si aquello jamás hubiera ocurrido volvió a tomar un sorbo de vino y se dispuso a comer.
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Faltaba una semana para Navidad, la mansión Wayne no solo relucía nieve en su fachada, también un sin números de luces y adornos navideños. Dentro, junto a la chimenea, un colosal pino lleno de rojos y plateados adornos se erguía imponente, a sus pies había contados obsequios que esperaban a ser abiertos a primera hora de Navidad.
Sarah se encontraba acurrucada en el sillón, arropada en una frazada mientras tomaba pequeños sorbos de chocolate caliente, en su regazo tenía una caja de madera, sobre la cual acomodaba una nueva hoja de papel y su pluma favorita.
—hey, Sarah— escucho la voz John llamarle— ¿ya viste esta preciosura?—dijo emocionado— Alfred la tenía guardada en el ático.
Volteo a ver de qué hablaba. Era un trineo de roble, tallado finamente, y con las iniciales B.W enmarcadas en dorado. Sonrío, era hermoso, e irónicamente de la persona a la que escribía su carta.
—hay que usarlo— declaró emocionada.
John sonrío pícaro, esta iba a ser la mejor semana de Navidad de todas.
—Sabía que había un motivo para tener una amiga con una colina en el jardín—bromeó mientras corrían al jardín trasero.
Ambos salieron riendo, tan solo reparando en saludar al viejo mayordomo mientras este les veía con una sonrisa. Alfred se acercó a la sala a recoger las cosas que Sarah había dejado en su emoción, con cuidado guardo la pluma, y la carta dentro de la caja de madera. Sabía que la pequeña ya tenía más de unas cuantas docenas de cartas escritas para Bruce, una costumbre que había adquirido incluso antes de establecerse en la mansió había querido que tuviera alguna clase de contacto con su padre, aunque fuera unilateral, y era así como había impulsado a la joven señorita a escribir cartas para su padre.
Sería otro año sin el joven Bruce, podía presentirlo. Aunque también sería una navidad más con Sarah, hornearían galletas y prepararían el desayuno para ambos, Alfred contaría un par de anécdotas de su juventud, y por la tarde irían a dar un recorrido por el parque central, tal vez, y si Alfred no sentía sus articulaciones crujir, patinarían un rato por la pista de hielo que instalaban cada temporada invernal.
Aunque aquel año había surgido con una alegre sorpresa, durante la semana hasta la víspera de Navidad, contarían con la presencia del joven Blake en la mansión. El orfelinato había permitido que pasara esos días de descanso con ellos, y desde el día anterior, Sarah y él se la habían pasado haciendo un sin fin de cosas. Era agradable oír risas, los años de más absoluto silencio ahora parecían lejanos, nuevamente la mansión se llenaba de felicidad.
Observo sus siluetas deslizarse por la nieve, incluso desde su lugar pudo oír cómo gritaban extasiados, Alfred río, era encantador. Imagino al joven Bruce disfrutar de la nieve junto a su hija, podía casi ver cómo ambos rodarían en el frío blanquecino, sonriendo y abrazándose, sin duda sería el mejor regalo que Alfred podría obtener.
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Nota de autora.
muchas gracias catalinaorrego y amatista1996 por comentar.
Espero que el capítulo les haya gustado.
realmente tengo que confesar que escribir los momentos de Elena con Bruce me alegran de sobremanera, pero también me llenan de pesar... Él aún no sabe que fue asesinada *suspiro*
En el próximo capítulo se vienen cosas interesantes, y ojalá les guste.
