Capitulo IV Reflexiones

La anciana vio en Candy tanta gentileza y bondad que le recordaban a Rosemary. Recordó cuando se opuso a que una mujer Ardley tuviera un trabajo como cualquiera y nunca se imaginó que gracias a que la rubia era buena enfermera ella estaba recuperándose. Tuvo tiempo suficiente de reflexionar y poco a poco su duro corazón se fue ablandando y su actitud comenzó a cambiar.

Durante la tercera semana, Candy notó una leve mejora en el semblante y espíritu de la anciana, y le pidió que juntas tomaran pequeñas caminatas en el jardín de rosas para tomar sol y respirar aire puro.

La tía accedió con agrado. Juntas paseaban después del medio día. Candy le mostraba las "dulce Candy" que Anthony cultivó para ella. Notó nostalgia en la mirada de la anciana pero parecía que ya no la culpaba por la muerte de Anthony ni de Stear, por lo menos no lo decía. En ocasiones, la abuela veía que Candy, como una niña, se alegraba por cosas tan pequeñas como el aire fresco o una colorida mariposa o una ardilla subiendo a un árbol. Vio el bonito contraste, entre una niña ingenua y una mujer fuerte y preparada para afrontar la vida.

En ocasiones Albert las acompañaba en sus paseos por el jardín y ambas se mostraban más que encantadas por su presencia.

Durante este tiempo, Albert notó que la correspondencia entre Michael y Candy se hizo más frecuente. La veía correr al el bosque con papel y lápiz para contestar las cartas y regresando entusiasmada y de estupendo humor. Su pequeña prefería tomar la cena en su cuarto alegando cansancio. El rubio sentía la distancia aumentando entre ellos y dañando seriamente su relación.

Recordaba con nostalgia la proximidad que había existido entre ellos desde siempre, especialmente cuando compartieron el apartamento y durante los meses que se escribieron. Aquella Candy había quedado totalmente atrás, ésta era lejana, ya no compartían poemas, palabras, amistad, miradas, no compartían nada.

Una noche en su habitación, Candy pensaba en todas las cosas que Michael compartía con ella en sus cartas, algunas experiencias de cuando sirvió en el frente, otras en el hospital de Paris, hablada de su vida cotidiana, de teatro, literatura y de cualquier otra cosa.

Por medio de cartas, había descubierto que Michael era un hombre tierno, amable, inteligente, valiente y muy educado. Sentía que podía confiar en él plenamente, se había convertido en un gran amigo y quería conocerlo más.

Después recordó la amistad que siempre existió entre ella y su príncipe de la colina y su corazón se llenó de tristeza. Recordó las cartas que compartieron por meses, de un pequeño estuche las sacó y comenzó a leer algunas de ellas mientras sus ojos se llenaron de lágrimas. Luego sacó el emblema que se le cayó a su príncipe la primera vez que lo vio, lo apretó junto a su pecho y lloró más.

Extrañaba mucho a Albert, a su amigo, el hombre quien vivió con ella en Chicago, la persona que ella quiso tanto. Lamentaba no poder conocer mejor a su príncipe y no poder amarlo, porque Albert y el príncipe eran una sola persona, su padre.

Comenzó a escribir unas líneas para expresar su tristeza, guardaría la carta para ella, sólo necesitaba desahogarse, luego la guardó en su libro de poemas y aún con lágrimas en su rostro se quedó dormida.

En la última visita a Lakewood, el doctor Ross expresó su satisfacción por los cuidados de las enfermeras, dijo que el mayor problema había pasado, de seguir con la rutina, la abuela continuaría mejorando y tendría un buen prospecto de vida bajo cuidados.

¡Candy irradiaba felicidad! Dio instrucciones para que se preparara una cena especial como celebración, sería una cena entre familia por lo que Archie invitó a Annie, su prometida y los Leagan fueron invitados por cortesía.

Esa noche, Candy se esmeró por lucir hermosa. Quería mostrarle a la abuela lo contenta que estaba por su recuperación. Eligió un vestido verde esmeralda y se recogió el cabello. Sabía que se veía más madura con ese peinado y que la tía aprobaría su atuendo. Cuando la rubia entró al comedor, todos notaron lo bella que se veía, especialmente Albert quien sonrió de medio lado al quedar fascinado por su belleza. No dejó de sentir tristeza porque extrañaba conversar con su pequeña, estaban tan distantes que se sentía como un extraño ante ella.

Poco a poco la familia se reunió puntual a las 8:00 de la noche. La señora Leagan llegó con sus hijos Neal y Elisa, su esposo no atendió debido a que se encontraba en un viaje de negocios. Albert y Candy los recibieron al entrar.

- Buenas noches tío William- dijo Elisa en tono altivo ignorando a Candy.

- Buenas noches Elisa.

- ¿No comentas nada sobre mi aspecto? – preguntó coqueta.

- Siempre tan elegante Elisa – respondió cortésmente

- ¿Cómo estás tío William? - saludó Neal amablemente.

- Muy bien Neal, bienvenido a casa.

- Candy, te ves preciosa - añadió Neal galante.

- Gracias Neal, buenas noches.

- Señora Leagan, bienvenida - dijo Albert.

- Gracias por la invitación William -respondió ignorando a la rubia.

Procedieron al comedor, Albert asignó los asientos correspondientes y pidió que todos se mantuvieran de pie para el brindis:

- Familia, brindemos y demos gracias a Dios por la mejora de nuestra querida tía abuela Elroy. ¡Que su buena salud dure para siempre! -inmediatamente todos dijeron ¡salud!- Después tomaron asiento y la cena comenzó.

No se podían quejar, estuvo deliciosa y la conversación fue placentera. Al finalizar, el grupo se dirigió al salón de té.

- Tía Elroy, el doctor Ross no pudo darnos mejor noticia que su recuperación. Si continuamos con la rutina establecida seguirá recuperándose poco a poco -dijo Albert sonriente mientras sostenía una taza de té.

- Sí tía, estábamos muy preocupados por usted, pero gracias a Candy y al doctor Ross usted ya está mejor -añadió Archie entusiasmado mientras sostenía la mano de Annie entre las suyas.

- Debemos de dar gracias a Dios primero, además la tía puso todo de su parte ¡ella es fuerte!- dijo Candy sonriéndole a la tía.

- Candy, tengo que agradecerte. Cuidaste muy bien de mí, gracias.

Todos se sorprendieron ante tales palabras viniendo de la siempre orgullosa y altiva tía abuela Elroy. Candy se sintió conmovida, sonrió levemente y se quedó en silencio.

Albert estaba una vez más sorprendido por la modestia y sensibilidad de la rubia; su belleza y valiosas cualidades le atraían y más que nunca quiso acercarse a ella y recuperar la amistad y cercanía que había existido antes entre ellos.

Los Leagan, al escuchar las palabras de agradecimiento de la tía hacia Candy permanecieron callados como tumbas porque aunque eran familia cercana nunca se preocuparon verdaderamente por la salud de la ella hasta el punto de cuidarla.

Esa noche, Candy fue admirada por los caballeros de la familia por su capacidad como enfermera, su bondad y belleza. Annie permanecía callada y se limitaba a sonreír. Notaba la admiración que Albert y Archie desplegaban hacia su amiga, incluso Neal no le quitaba los ojos de encima. Annie también sentía admiración por su hermana pero al ver que los ojos de Archie continuamente se dirigían hacia Candy y no hacia ella, se sintió desconcertada y triste.

Los Leagan se apartaron del grupo un poco, Neal les dijo a su hermana y su madre que ya era inútil hacer algo en contra de Candy porque la tía estaba del lado de ella y se burló porque todas las intrigas pasadas no habían servido para nada.

Las damas Leagan se retorcieron de rabia al darse cuenta que las palabras de Neal eran ciertas. Decidieron que era más conveniente dar una tregua; más tarde le cobrarían a la recogida la humillación que Neal soportó cuando desmintió su compromiso con ella.

Era ya de noche, Archie llevó a Annie a su casa y los Leagan se despidieron. La tía Elroy se retiró a su cuarto donde otra enfermera la esperaba para darle sus medicinas y acostarla.

Albert y Candy decidieron salir brevemente al jardín. Era una noche cálida, no había luna y solo las luces lejanas de la mansión alumbraban un poco en la oscuridad.

- Candy, gracias, sabía que con tus cuidados la tía se pondría mejor- dijo Albert mientras caminaban despacio entre las rosas.

- ¿Lo sabías?

- Lo esperaba, cuidaste a la tía con tanto cariño, con tanto amor y el amor lo puede todo Candy. ¡No sabes cuánto te admiro pequeña! -¡deseo tanto que seas mi esposa! – pensó mientras la veía fijamente a los ojos.

- La tía es fuerte, debemos seguir cuidándola –dijo Candy con cierto entusiasmo pero bajando la vista ante los penetrantes ojos celeste viéndola.

- Es fuerte igual que tu.

- Yo he sido afortunada porque en los momentos más difíciles, siempre he tenido a alguien que me ha ayudado y esa persona fuiste tu Albert, gracias- añadió la rubia mientras buscaba su mirada.

- ¿Fui? ¿no lo soy más? - contestó sorprendido - Candy, durante las últimas semanas te has mantenido alejada de mí, algo ha cambiado en ti. Extraño nuestras conversaciones ¿ya no confías en mí como antes? - se quejó con un tono de preocupación en su voz.

- Nunca dejaré de confiar en ti. Es solo que he estado muy ocupada, debo de concentrarme en ayudar a la abuela, además eres un hombre muy ocupado y no quiero molestarte con mis cosas.

- No hables así Candy, no sé que ha pasado, entre nosotros siempre hubo una profunda amistad. Dime… ¿cómo va tu amistad con Michael?

- Muy bien, es un gran amigo, le tengo mucha confianza y admiro su trabajo en el Hospital de Paris. Nos entendemos muy bien, ojala algún día puedas conocerlo, dijo la rubia sonriente.

Albert se detuvo, ella hizo lo mismo, la vio fijamente a los ojos.

- Antes derramabas tu corazón conmigo, ahora lo haces con Michael- dijo el joven con voz tenue y un dejo de reclamo y tristeza mientras se acercaba más a ella.

- El... es un buen amigo… – dijo la rubia dulcemente como dándole una explicación mientras bajaba su rostro sumisa a sus sentimientos por el joven en frente de ella.

- Una vez nos prometimos ser más amigos y compartir juntos nuestros problemas y tristezas ¿lo recuerdas pequeña? – murmuró mientras la tomaba de la barbilla y le levantaba el rostro.

- Lo recuerdo como si fuera ayer, fuiste tú quien no cumplió su promesa – añadió Candy un poco molesta mientras lo veía fijamente a los ojos- no confiaste en mí tus problemas, te fuiste y me dejaste más sola que nunca – hizo una pausa y dio un paso alejándose de él- Sabía que cuando recuperaras la memoria te irías como siempre lo hiciste antes, después de ese día, todo cambió.

Albert la buscó de nuevo, se paró en frente de ella y la tomó de las manos.

- Entiendo que me reproches, no podía quedarme más contigo porque te quería y te ponía en riesgo que hablaran mal de ti, también no quería ocultarme más.

- Yo hubiera entendido si me hubieras explicado lo que te pasaba. Te necesité tanto, además la muerte de Stear fue un golpe muy duro para mi sola – dijo un poco angustiada.

- Perdóname Candy, no pude estar contigo en esos momentos no me lo permitieron.

- No quiero sufrir más, toda la gente que quiero se va, todos se han ido. Tu me dejaste sola aquel dia, no lo puedo olvidar.

- Yo estoy aquí Candy contigo, eres tú quien ha cambiado conmigo.

- Yo no he cambiado Albert, sigo confiando en ti. -Las cosas ya no son igual que antes, no lo son - pensó.

No quiso seguir viéndola triste y decidió cambiar el tema a uno más ameno mientras le indicaba el camino de regreso a la mansión.

- No pensemos en cosas tristes, dime, ¿has visto como la tía ha cambiado contigo?, aunque no dice mucho, está agradecida por tus cuidados. Te las has ganado, ni siquiera Elisa o su madre han hecho por ella lo que tú has hecho-dijo el rubio tratando de animarla.

- Si, me alegra mucho…

- Candy… me gustaría que compartiéramos más tiempo juntos ahora que la tía está recuperada. ¿Te gustaría si después de la hora del té, caminamos por el jardín y paseamos por el bosque? Podemos cabalgar, pasear por la cascada y por la casita de campo. ¡Tengo tantas cosas que contarte! ¿Te gustaría Candy? -pregunto sonriente.

- Si Albert, ¡me encantaría! ¿Cuándo comenzamos? –exclamó realmente entusiasmada.

- ¡Mañana! -Contestó el en el mismo tono.

- Te veré en el jardín entonces -dijo sonriendo

- Entremos a casa Candy.

Ambos se sentían felices por la recuperación de la abuela y porque pasarían las tardes juntos. Candy no podía luchar contra sus sentimientos, extrañaba la compañía de Albert y añoraba reanudar su amistad con él, sin embargo había algo dentro de ella que no coincidía, que no concordaba y la perturbaba.

***

Continuara...

Calemoon mil gracias.