Capítulo 4

"¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí?" preguntó Miguel, antes de meterse un puñado de cereales en la boca.

Habían aprovechado el descanso propuesto por Diego para desayunar.

"No lo sé, espero que no mucho. Miranda debió llegar hace semanas, ha pasado mucho tiempo, así que, estimo que no más de dos semanas," le explicó Diego.

"A mi me dijeron cinco," objetó Javier.

"No lo creo, pero podría ser," admitió Diego. "En cualquier caso, intentemos mantener cierto orden en la casa. Por cierto, habréis observado que he retirado lo que quedaba del pack de cervezas. No quiero bebidas alcohólicas aquí, no las incluyáis en la lista de peticiones."

Javier recordó el pack de cervezas aún frío, sobre la mesa, cuando llegó y entendió que Diego lo había sacado de la nevera por algo.

"A ver, Tony, ¿has desconectado tu móvil?"

"Sí, iba a conectar los demás, como me dijeron, pero Javier me dijo que tú le habías dicho que no lo hiciera," respondió él. "Pero no sé si quedará registro de ello."

"Me da igual," dijo Diego, en tono molesto. Abriendo la nevera, se quedó mirando, buscando algo que comer, pero no encontró nada que le apeteciera. Sacó la jarra de agua, se sirvió un vaso y miró el reloj. "Las 10:20, voy a encender el televisor," dijo, dirigiéndose hacia el salón con el agua. Dejando el vaso en la mesa, cogió el mando y buscó el canal de noticias que le habían dicho.

"Hoy no va salir nada, no es una buena excusa," escuchó tras suyo. Era Javier. Hacía un rato le notaba especialmente tenso.

"¿Qué?" preguntó Diego, sabiendo a qué se refería Javier.

"No has comido nada, y por lo que me dijo Tony, tampoco dormiste mucho anoche."

Diego no contestó.

"De todas formas no sé para qué me preocupo por ti. La habéis liado bien. No tenéis ni idea de qué hacer con nosotros. Lo que has dicho antes no me ha gustado nada," le increpó Javier.

Miguel y Tony intercambiaron una mirada de preocupación. ¿qué ocurría entre Diego y Javier?

"No sé a qué te refieres," había tensión en la voz de Diego.

"Tony o Miguel puede que estén muy contentos con toda esta aventura. Miguel seguro, de Tony no estoy tan convencido, pero yo estoy aquí en contra de mi voluntad. Se me dijo que volvería a mi trabajo, a mi ciudad, a mi casa, a mi vida. No me vengas ahora a decirme que vas a luchar por lo que escriba en un pedazo de papel, Diego. ¿Vas a decirme que está pas..?"

No pudo terminar la pregunta. El timbre de la puerta, más por inesperado que por otra cosa, les puso en alerta. Diego se dirigió hacia la puerta, aliviado de que Javier no pudiera continuar, mientras Miguel le alcanzaba la lista de peticiones. Abriendo la puerta, un repartidor de pizzas le dejó una funda plástica de color rojo y a su vez Diego le entregó el papel. Sin apenas intercambiar palabras, el joven montó en su motocicleta y abandonó el lugar.

Con la bolsa en la mano, Diego se quedó en la entrada, observando a la gente y los coches que pasaban por la calle en un día cualquiera del mes de marzo de 2006 ajenos a lo que ellos estaban viviendo. Sabía que debía cerrar la puerta y centrarse, dejar las cosas, tomar algo, intentar aclarar las cosas con Javier, continuar con la reunión que habían comenzado un rato antes. Pero, por alguna razón, permaneció como hipnotizado viendo pasar la vida ante él y sin poder unirse a ella. La tensión acumulada, la falta de alimentación y las protestas de su estómago, hicieron que por un momento su vista se nublara y casi perdiera el equilibro. Una mano sobre su hombro, le hizo reaccionar.

"Dame la bolsa," ordenó Javier. Diego se volvió hacia él, le dejó la bolsa y sin mediar palabra, se dirigió lo más rápido que el dolor y el mareo le permitían a su habitación.

Javier cerró la puerta de un portazo y dejó la bolsa sobre la mesa de la cocina, sin disimular su enfado.

"¿Qué pasa?" preguntó Miguel, preocupado.

"No me gusta que me mientan," respondió Javier.

"A mi tampoco me ha querido decir nada," dijo Miguel, "pero eso no es mentir."

"No me refiero a eso," dijo Javier, sacando las cosas de la bolsa. Hizo una mueca al ver un sobre con el membrete de la CIA dirigido a Diego. Seguramente, la información sobre Clara Torres.

"Es nuestro jefe," siguió Miguel. "Seguro que tiene información que no puede darnos. Y se ha arriesgado más que ninguno de nosotros."

"Sí, ese es su trabajo. Pero no el mío. No sé vosotros, pero yo no vine aquí voluntariamente. Me garantizaron que recuperaría mi vida y ahora me encuentro que ni siquiera Diego sabe dar una respuesta clara," siguió Javier.

"Yo tampoco vine voluntariamente," intervino Tony. "Aunque doy por perdido mi trabajo. No sé qué haré ahora, cuando todo esto termine."

Miguel les observó. Ambos parecían realmente preocupados. No lo había pensado, para él era su mundo, era lo que quería hacer, confiaba y entendía a Diego, sabía el significado que tenía ser el jefe de operaciones. Ya lo había visto antes en su unidad.

"Maldita sea," masculló Javier.

Cogiendo el sobre que iba dirigido a Diego, salió y se dirigió a la habitación de su jefe. Tocó en la puerta y entró sin esperar. Como suponía, le encontró encogido en la cama, gimiendo de dolor. "Maldita sea," bramó por segunda vez, mientras buscaba una jeringuilla y un potente analgésico que no pensó tener que usar. Lo preparó rápidamente y cogiéndole el brazo, le inyectó la medicación. Obligándole a estirarse sobre la cama, intentó encontrar dónde estaba el problema en esa ocasión, pero allí poco podría hacer. "Si sigues así, tendrás que ir a un hospital," le dijo. "Aquí no puedo hacer mucho. ¿Has vomitado?"

Diego negó con la cabeza. Notaba como el dolor comenzaba a remitir, al tiempo que el sopor de la medicación le dejaba somnoliento. "¿qué me has inyectado?" murmuró.

"Es un analgésico bestial, te quitará el dolor, pero también te hará dormir," le respondió Javier levantándose.

"No quiero dormir," murmuró Diego mientras se le cerraban los ojos.

Javier le observó un momento desde la puerta, no le quitaría el ojo de encima. Bajó y cogió su portátil. "Voy a trabajar arriba," les dijo a Tony y a Miguel.

"¿Cómo está?" preguntó Tony.

"Si no le baja la inflamación y no come, tendrán que sacarle de aquí y llevarle a un hospital," respondió. "Aquí no puedo hacer mucho por él. ¿Hay arroz?"

"Sí," respondió Miguel, abriendo un armario y sacando un paquete. "Eso me recuerda al arroz con pollo que me daban de pequeño cuando me ponía malo." Hizo una mueca.

"Bien, creo que voy a empezar a trabajar en ese informe," anunció Tony. "Cuanto antes empiece, antes acabaré. Me habría gustado saber qué más tenía que decirnos Diego," siguió.

"Ahora no podrá, se ha quedado dormido con el analgésico que le acabo de dar," le dijo Javier, claramente contrariado. "Tendrás que esperar."

"Seguramente tendrá una explicación para todo esto, Javier." Le animó Miguel. "En ocasiones hemos tenido que hacer alguna instrucción que nos ordenaba nuestro jefe y que aparentemente no tenía sentido pero…"

"Soy marine Miguel," le interrumpió Javier. "En la reserva, pero sé perfectamente la responsabilidad que tiene un jefe de operaciones. No es por Diego, pero él es la CIA y son ellos quienes nos metieron en esto."

"Vale," admitió Miguel, un poco sorprendido por la revelación que acababa de hacer Javier. Sabía que era médico aunque no militar. "No vamos a discutir aquí. Le preguntaremos cuando esté mejor, y tendrá que aclararnos más cosas."

…..

Diego seguía durmiendo cuando Javier entró en la habitación y despejó la mesa. Colocó su portátil y lo encendió. No pretendía cargar contra Diego, pero tenía 45 años y reclamaba recuperar su vida.

Flashback

Orlando, Florida. 13 de junio de 2005

A las 10:30 de la mañana, su turno de 24 horas llegaba a su fin. Estaba cansado, pero su último paciente saldría de la consulta con una sonrisa de oreja a oreja. Peter Andrews, el pequeño de 9 años que un rato antes había entrado en urgencias con un brazo doblado de una forma muy poco natural, salía ahora con una escayola de la que presumir con sus compañeros de clase.

Lavándose las manos, retiró los restos del producto y tras secarse, se quitó la bata y guardó los papeles que tenía sobre la mesa en una carpeta. Apagando la luz, salió de la habitación y se dirigió a su consulta, saludando a varios compañeros en su recorrido. Mientras caminaba, pensaba en el día que le quedaba por delante. Lo sensato sería irse a casa y descansar, pero temía las pesadillas que le asaltarían, algo en lo que había estado pensando todo el día.

Laura estaría comenzando su jornada, aunque recordó que habían quedado para tomar algo en el Starbucks frente a su trabajo. Hacía solo tres meses que la había conocido, una vez que se había forzado a sí mismo a pasar página sin sentir que estaba traicionando sus recuerdos. Pero era su aniversario, el día que todo terminó. Sin pensarlo, se vio girando un anillo inexistente en su dedo, recordando aromas, sonidos, las risas de Patricia mientras su madre trenzaba su pelo y charlaban despreocupadamente, la calidez, su piel, las suaves curvas de su cuerpo que conocía tan bien… la experiencia de la distancia, aquel maldito destino en una base de la OTAN en Alemania… la carta… la renuncia… la muerte… el duelo…

Un carraspeo tras él, le hizo regresar de golpe al presente, a su despacho, al final de una jornada agotadora. "Diga," se dirigió a la enfermera mientras presionaba sus ojos humedecidos por el recuerdo. Ella sabía bien, le conocía hacía años, pero no dijo nada. "Doctor, estos son los expedientes de los pacientes que vendrán pasado mañana."

"Claro, gracias, Louise," dijo, cogiéndolos y metiéndolos en su maletín.

"También he recogido esto para usted," siguió ella tendiéndole un sobre donde pudo leer su nombre.

"¿Lo ha traído alguien?" preguntó, al reparar que no venía de correos.

"La dejaron en mostrador, doctor, un mensajero."

"Bien, gracias," dijo él guardándola en su maletín. "Me voy a casa, ha sido una jornada larga, buenos días Louise."

"Descanse, doctor."

Una hora después, sentado en el Starbucks donde había quedado con Laura, se dio cuenta de que aquel no era su mejor día. Y no era justo que ella lo pagara. Haciendo un esfuerzo, intentó sonreír, y seguir el tema de conversación que ella le daba y al que apenas atendía. Su mente regresaba a aquellos viejos tiempos, ochos años atrás, aquella llamada desde Estados Unidos, el viaje de regreso, la identificación de los cadáveres, la casa calcinada… su mujer, su hija, su mundo. Todo había desaparecido.

"¿Qué?" preguntó, dándose cuenta de que Laura le miraba fijamente.

"¿Qué te ocurre hoy? Estás… estás muy ausente. Oye, debes estar agotado. Mejor, ve a casa y duerme. Yo abro la tienda en 20 minutos y…"

"Perdona, no es culpa tuya. Es que… hoy…hoy es el aniversario de… bueno…" se maldijo de sentirse tan frágil, ella no tenía la culpa y se merecía una explicación.

"Oh, vaya. No lo sabía," ella sonrió adivinando y puso su mano sobre la de él, cálida y confortable, exactamente como habría hecho Eleanor. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Hacía ocho años, y aún no lo había superado. "Lo siento," murmuró.

"Ve a casa, descansa. Te llamaré luego y si quieres, damos un paseo, charlamos, lo que quieras, ¿de acuerdo?" dijo ella.

Se habían conocido por casualidad, cuando había llevado a la consulta a su hijo Andy. El niño no tenía más que unos rasguños tras caerse de la bicicleta, pero ella estaba preocupada. Su padre aprovechaba cualquier incidente por pequeño que fuera para intentar quitarle la custodia del pequeño. Una lucha, en la que aún estaba inmersa.

No recordó la carta que le había entregado la enfermera hasta que, al sacar las cosas de su maletín al llegar a casa, se cayó al suelo.

Recogiéndola, miró el sobre, sin más mancha que su nombre impreso en él y frunció el ceño. Al abrirlo, reparó en el papel oficial de Defensa. Contó mentalmente los años que llevaba en la reserva, no era difícil. Lo había dejado todo con la muerte de Eleanor y Patricia.

La carta iba firmada por un general a quien no conocía y le citaban 24 horas después en una dirección en Nueva York. El corazón le dio un vuelco. ¿qué querrían de él ahora? ¿Y por qué en Nueva York? Junto a la carta, un billete de ida a la ciudad de los rascacielos.

Fin del flashback

¿A partir de donde tenía que comenzar a escribir? ¿Desde que recibió aquella carta? ¿Desde que conoció a Diego? ¿Desde que llegó a la isla? Sí, ese parecía un buen punto de partida.

Dos horas después, había realizado un esbozo de la misión que habían llevado a cabo. Repasando sus notas, se preguntó de nuevo hasta donde Diego había previsto su situación, hasta donde la CIA era capaz de forzar a sus agentes, con el fin de lograr su objetivo. Podían haberle perdido, Diego Hernández por Andrés Miranda. Un escalofrío recorrió su espalda, pensando qué habría sido de ellos si su jefe no hubiera regresado. Únicamente él sabía lo que tendrían que hacer.

El efecto del analgésico empezaba a dejar de hacer efecto y Diego comenzó a revolverse en la cama. Levantándose se acercó a él y cogiéndole el brazo le tomó el pulso. Una mano en su frente le indicó que, por fortuna, no tenía fiebre, lo cual indicaba que no había infección y las heridas curaban bien. Abriendo los ojos, Diego le miró con cierta desconfianza, quizás merecida. La discusión que habían tenido aquella mañana seguía muy viva entre ellos.

"¿Cómo te encuentras?" le preguntó.

"Dímelo tú," gruñó Diego.

"Te dolerá un tiempo, es lo que te puedo decir. Pero creo que te pondrás bien. No tienes infección y no tienes fiebre. La inflamación aún no ha remitido y no puedo decirte exactamente por qué te duele tanto el estómago, pero espero que al bajar la inflamación se te vaya pasando," le dijo Javier. "Pero esa es la apreciación de un médico sin demasiados medios en este momento. ¿Cómo te encuentras tú?"

"Ahora… ahora bien, creo," respondió Diego, frunciendo el ceño.

"Oye, siento lo de antes, pero tienes que entender que tus argumentos son poco consistentes. Y yo necesito respuestas, tan claras como las que acabo de darte yo."

"Esta mañana no me dejaste terminar," empezó Diego incorporándose en la cama. "Que esté enfermo no significa que no pueda hacer mi trabajo, Javier. Como bien me dijiste, el médico eres tú y en ese terreno mandas, pero yo soy responsable de todo el equipo, vamos a estar aquí dentro no sé cuántos días y no puedo permitir que vuelvas a cuestionar mi autoridad de la manera que lo hiciste. Estoy enfermo, pero ni un solo momento he dejado a un lado mis responsabilidades. Creo que… necesito tiempo, pero tiempo es lo que no tengo. Intento mantenerme en pie y activo, quedarme tumbado en una cama no ayudará en nada, menos cuando se cuestionan mis decisiones o mis explicaciones, y esto no se me puede ir de las manos. ¿Te queda claro?"

Javier iba a decir algo, pero en ese momento Miguel asomó la cabeza por la puerta. "Hey, vamos a comer algo, ¿te apuntas?" le preguntó a Javier.

"Sí, claro. Te prepararé algo a ti también," respondió Javier, dirigiéndose a Diego.

"Ahora bajo," dijo él, levantándose, "voy a darme una ducha primero."

Miguel miró a Javier interrogándole con la mirada, pero éste no hizo ningún gesto. La seriedad que había entre los dos hombres, hizo pensar a Miguel que sus diferencias estaban aún lejos de resolverse.

Mientras bajaban, quiso compartir con Javier las impresiones que un rato antes había compartido con Tony.

"Hemos estado trabajando en el informe que nos pidió Diego que elaboráramos y, aunque al principio pensé que se trataría de otra paranoia de Tony, lo cierto es que no le falta razón en su apreciación."

Los dos escucharon como la puerta de la habitación de Diego se cerraba y se miraron con preocupación. Javier movió la cabeza pensativo. "¿Sabes cuál fue la justificación para enviarnos allí?"

"Había un topo, o más," recordó Miguel, con una mueca.

"Sí, y no había tiempo de averiguar en quien podían o no confiar y por eso nos llamaron a nosotros. Y no había tiempo porque a Miranda le estaban dando tantas palizas en prisión que temieron por su vida," le dijo Javier.

Miguel asintió.

"¿Y sabes qué? No recibió ni la tercera parte de lo que le han hecho a Diego. Miranda podía seguir en prisión el tiempo suficiente para investigar, averiguar quien o quienes eran los traidores y sacarle de allí. Aquí pasa algo, Miguel."

"¿Qué sabrá Diego?" preguntó éste.

"Se lo preguntaremos. Antes me dijo que no le dejamos terminar la reunión esta mañana. No está falto de razón, pero me preocupa su salud y no puedo hacer mucho más que observar. Si tiene alguna lesión interna más allá de lo que puedo palpar, no tengo medios de averiguarlo y menos de tratarlo."

"Quizás es pronto," dijo Miguel.

"Espero que sea eso."

Entraban en la cocina cuando escucharon el grito de Diego. Se miraron alarmados, mientras Tony, que estaba en la parte posterior entró rápidamente en la casa.

"¡Tony, sube!" oyeron que llamaba imperiosamente Diego.

Subiendo las escaleras de dos en dos, Tony ni siquiera tocó en la puerta. Miguel y Javier le siguieron.

En la habitación no había nadie, pero el sonido de la ducha, le dio una pista clara. Abriendo la puerta que daba al baño, Tony sintió el vapor del agua caliente y las letras que le señalaba Diego desde el interior, dibujadas en la mampara de la ducha. Leyéndolas del revés, entendió lo que éste le pedía. Asintió rápidamente, no era el único paranoico en aquella casa. "¡Dile a Javier que estoy vomitando sangre!" gritó, "ahggg, me duele mucho!" siguió.

Tony salió de la habitación mientras un alarmado Javier intentaba entrar, pero le hizo una seña. ¿Qué estaba pasando? Mirando a su alrededor, comenzó a mover muebles y retirar cosas, y sólo cuando estuvo seguro, cogió un papel y un bolígrafo y escribió. Se lo enseñó a Miguel y a Javier. Miguel se unió entonces a Tony, mientras Javier seguía el juego. Entrando en el baño, se encontró a Diego que ya había salido de la ducha, con una toalla enrollada a la cintura. "¿Qué te ocurre?" preguntó.

"No sé, no sé… me encuentro muy mal, mi estómago…" se quejó Diego, aunque sólo era su voz la que mostraba dolor.

"Será mejor que te acuestes, esto no me gusta nada, quizás tengas una hemorragia interna. Necesitas ir a un hospital, Diego, aquí no voy a poder hacer nada por ti," dijo entendiendo el juego que pretendía su jefe, aunque sin entender nada.

"¿Me moriré?" preguntó él, mientras se sentaba en la cama, escudriñando a su alrededor. De repente, todo le pareció sospechoso. Se levantó, cogió el arma que despreocupadamente había sacado del armario el día anterior. Tenía sus huellas, pensó. Cerrando los ojos, intentó tranquilizarse. Pero había escuchado las palabras de Miguel cuando abandonaban la habitación y era algo en lo que él había estado pensando mientras la noche anterior redactaba su informe, después de leer los perfiles completos de sus compañeros. Nunca se fió y ahora se alegraba de haber desconfiado y tomado todas las medidas que pudo. Aunque no sería suficiente. Ahora tendría que elaborar otro plan. Un plan para burlar a la mismísima Agencia Central de Inteligencia.

"No voy a decir eso, Diego. En condiciones normales, si estuvieras en un hospital, esto se resuelve operando y listo. Pero aquí… no sé que decirte. Solicitaré una ambulancia y se lo entregaré al mensajero si ese es nuestro único contacto con el exterior."

Escucharon los pasos de Miguel, subiendo las escalera. "No hay nada."

"¿Estás seguro?" preguntó Diego.

"Sí, señor, estoy seguro."

"Bien, bajemos," ordenó Diego con cierto tono de alivio, cogiendo el sobre que le habían dejado aquella mañana. Sin poderlo evitar, se echó a reír pensando en el número que acababa de montar.