Hoy no tengo mucho que decir en realidad. Solo gracias por tomarse la molestia de leer, supongo n.n
I'm not an angel
Parte 4: I should have told you to leave
-Levántate-, exigió, dejando que su voz fuera demasiado desconsiderada tomando en cuenta su condición. Ella abrió sus ojos y lo miró de la misma forma perezosa en que lo había hecho antes, sin contestar a sus palabras y sin siquiera darse por enterada de lo que estaba sucediendo.
-Vamos, levántate-. Ordenó una vez más, tomándola de un brazo y jalándola hacia afuera de la hamaca. Ella forcejeó para que la soltara y quizás fue hasta ese momento la mayor muestra de vida que diera hacia entonces. Zoro la soltó.
Habían pasado ya un par de días en que ella estaba allí, y si bien no había comido tanto como él deseaba que hiciera, cuando menos una fruta al día y un poco de agua sí había consumido. Zoro había pensado que eso había sido una especie de avance pero no tardó en darse cuenta de que ya estaban más que estancados. Era tiempo de que la mujer comenzara a vivir nuevamente, si era posible, por supuesto.
Ella se incorporó lentamente y lo miró con la misma pereza e indiferencia de siempre.
-Levántate, ya te dije.
-No puedo- susurró. La voz le seguía saliendo algo rasposa y Zoro se exasperaba con su actitud, no le creía.
-Claro que puedes. Si pudiste llegar a la comida, entonces puedes levantarte de allí.
Ella volteó hacia la comida que aún estaba en el piso. En realidad tenía algo de razón para pensar que podía levantarse, después de todo no había puesto la canasta lo suficientemente cerca como para que simplemente ella se estirara y comiera. Así que, sí, lo había hecho a propósito y ahora creía estar seguro de que ella podía levantarse.
La mueca permanentemente indiferente de la mujer se deformó en una sonrisa retorcida e irónica, mientras lo miraba con los ojos de algo que Zoro no supo comprender del todo.
-¿Esperas que me arrastre?
No se esperaba recibir esta respuesta. Se sentía molesto, no era posible que tratara de evadirse de ese modo, llevaba mucho tiempo ahí acostada y ya era suficiente.
-¡Espero que te pongas de pie de una maldita vez y dejes de sentir lástima por ti misma!- exclamó en un tono que sonó demasiado severo, y ella siguió sonriendo, de una manera que casi sintió insultante.
-Maldices mucho parea ser un ángel.
Fue la gota que derramó el vaso.
Se acercó entonces a la hamaca. La tomó de un brazo y jaló sin mucha delicadeza.
-Baja de ahí, ¡Vamos! levántate de una vez.
-No me toques- pidió, repentinamente asustada. Pareciera que el contacto supusiera un gran martirio para ella. Zoro no mostró compasión.
Ella apoyó un pie en el suelo y él creyó que sería buena señal, pensó que cooperaría, pero al jalar con un poco más de fuerza, su rodilla se dobló y ella cayó aparatosamente sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. Se había impactado prácticamente de cara contra el piso y ahora estaba allí tirada, sin moverse. Zoro, nervioso, se acercó a ella para tratar de ayudarla a levantarse.
Robin lo rechazó de un manotazo. Zoro pudo ver que sus mejillas estaban rojas pero no supo definir si de vergüenza o de furia.
-¡No me toques!- repitió, muy alterada. Zoro frunció el ceño, recordando su enojo, que ahora estaba teñido de una tímida culpabilidad.
-¡¿Siempre tienes que hacer lo que te da la gana?! ¿Eso es todo lo que necesitas? ¡Bien!
No la obedeció. La levantó en brazos a pesar de las protestas, pero en lugar de obligarla a quedarse de pie la depositó de regreso en la hamaca, casi aventándola.
-¡Quédate todo el tiempo que quieras!
Ella cayó boca abajo en la hamaca y no volteó a verlo. Zoro miró sus puños cerrándose con fuerza sobre una sábana, y su espalda descubierta y arqueada mostraba las dos grandes heridas más temibles que podía tener un ángel.
Zoro recordó con un aguijonazo de culpabilidad que ya era tiempo de poner algún medicamento en sus heridas, pero adivinó que ella no le dejaría acercarse después de semejante escena. Se armó de las últimas reservas de voluntad que le quedaban, se dio la vuelta y se alejó de allí.
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Llevaba un par de horas mirando por el telescopio, y ahora había salido al balcón por el que podía ver toda la ciudad. Se dijo que necesitaba buscar una forma de hacer que la mujer se pusiera de pie y tomara fuerzas, él no podía hacerse cargo de ella para siempre pero tampoco era plausible dejarla morir así nada más –aun cuando parecía que eso era lo que ella estaba buscando.
¿Debería declararse incompetente en esa situación y llevarla de regreso con Nami? O quizás solo esperar. No habían empezado con el pie derecho. ¿Debería pedir una disculpa? No. Rotundamente no. Él cumplía con su deber, era ella quien se ponía terca.
En eso estaba pensando cuando escuchó un ruido muy fuerte de cosas cayendo y creando todo un caos dentro del edificio. Se puso de pie y corrió.
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Se había puesto de pie.
Después de que él se fuera y su presencia dejara de sentirse tan presente alrededor, ella consiguió apoyarse en los pies. Sus piernas no se sentían muy firmes, pero consiguió sostenerse en pie sin que se doblaran sus rodillas, y luego de unos pocos minutos, comenzar a dar unos pocos pasos. Se sentía ridícula, como un bebé aprendiendo a caminar.
Ignoró la bolsa de comida que había en el suelo y se dirigió, poco a poco y sujetándose de los muebles que había a su alrededor, hacia las cosas que estaban amontonadas del otro lado de la habitación. Un sonido pareció llamarla.
Los relojes. Todos esos malditos relojes colgados en la pared parecían querer marcarle un ritmo que ella se negaba a obedecer, los odiaba.
Siguió caminando hacia donde estaban todas esas cosas amontonadas, los mapas, el globo terráqueo, los muebles viejos, las escuadras, las lámparas…
No sabía qué iba a hacer, o qué quería hacer, solo sabía que tenía que llegar allí. Quizás por lo mismo por lo que había accedido a comer un poco, simple curiosidad.
¿Qué tan lejos podía llegar ella? ¿Y qué tan lejos podía llegar él?
Por un momento le sorprendió la fuerza de sus piernas después de tanto tiempo sin ser utilizadas. Sin embargo no pudo avanzar mucho. Sus piernas perdieron toda la fuerza y sus rodillas se doblaron bajo su peso sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo. Trató de sujetarse de algo, una cajonera que estaba cerca pero era más frágil de lo que aparentaba así que cayó también, creando un efecto dominó que hizo que muchas de esas cosas cayeran sobre ella, sobre todo algunas que cayeron sobre su espalda, lo que fue doloroso como nada que ella pudiera recordar en mucho tiempo.
No gritó, únicamente por que su voz no le daba para mucho. Sintió tanta impotencia, pero todo se borró de su mente cuando escuchó que Zoro entraba a la habitación y corría hacia ella.
¿Ya qué podía importar? Ni que tuviera un gran orgullo qué proteger o algo.
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La encontró tirada bajo un caos de cosas viejas que él mismo, un tiempo antes, había amontonado en un extremo de la habitación para tener un pequeño espacio libre, espacio donde ahora estaba la hamaca donde la había puesto a ella.
Robin mostraba un total vacío en sus ojos, y Zoro no comprendía cómo había llegado allí, con qué finalidad, en qué estaría pensando. Le quitó las cosas de encima y la levantó con cuidado. Ella se negó a ser cargada. Para su sorpresa, se siguió apoyando en él, pero obligó a que sus pies tocaran el piso y caminó tímidamente.
Zoro la llevó a otra habitación, la suya propia, donde no había una hamaca sino un bloque de concreto firme en el que se acostaba de vez en cuando. No era para dejarla dormir allí si no para tener una superficie firme en qué apoyarse mientras le aplicaba la medicina que Nami le había dado para ella.
-Acuéstate, boca abajo- le indicó mientras se daba la vuelta buscando la maleta. Mirándola de reojo pudo darse cuenta de que ella obedecía.
Se acercó a ella y deshizo los vendajes que rodeaban su cintura y subían por su pecho. La parte superior de su espalda estaba casi todo el tiempo descubierta, pero le sorprendió cuando miró el resto de su espalda llena de heridas. Sintió un estremecimiento. Supuso que le dolería mucho la curación y se preguntó qué tanto le dolería cuando todas aquellas cosas (en su mayoría objetos pesados y hechos de materiales muy duros) cayeron sobre ella. Robin ni se movió.
Aplicó la medicina ayudado por un algodón. Ella permanecía con los ojos abiertos en silencio.
-¿Qué demonios hacías?- preguntó cuando estaba a punto de terminar.
Como era de esperarse ella no abrió la boca en lo más mínimo.
-Bien. Levántate, debo vendarte de nuevo.
-Debiste dejarme en esa montaña. Si yo me muero estarás mucho mejor. Este mundo estará mejor, créeme.
Zoro había volteado hacia la maleta, pero al escuchar sus palabras se puso alerta, algo dentro de él encendió alarmas.
-No digas idioteces.
Ella se incorporó. Su pecho desnudo quedó expuesto y Zoro notó que ya no parecía tan mal como cuando la había encontrado. Su piel había tomado un tono mucho más cálido y aunque no había aumentado mucho de peso se veía algo más saludable que antes.
Su cuerpo, por ende, era más que precioso y a Zoro, ángel o no, hombre al fin, esto no se le pasó por alto.
Pero si algo sabía hacer él era dominar sus emociones, y esta no iba a ser la excepción. Mujeres desnudas había visto a montones y no iba a ser nada extraordinario en su vida, ya lo tenía decidido.
-Al mundo le importa un comino si mueres o no, no te engañes. Tu mera existencia no hace diferencia alguna, ¿comprendes?- le dijo mientras pasaba el rollo de vendas alrededor de su cuerpo.
-¿Entonces por qué a ti te importa?
-Es mi trabajo.
No lo iba a confundir. Zoro sabía por qué hacía las cosas, no iba a dejar derrumbarse sus convicciones por alguien como ella.
-Supongo que debí decírtelo antes pero te va a costar. Te va a doler. El precio por lo que estás haciendo es alto. Tu vida. Tu alma. Los perderás. Si te acercas más a mi será como si te destruyeras a ti mismo, si te empeñas en mantenerme con vida solo mantendrás viva tu propia maldición. Tus opciones son simples, déjame en esa montaña otra vez o mátame. Si eliges quedarte conmigo eliges la muerte y tu perdición.
A Zoro casi lo derrumba por completo la gravedad de aquellas palabras. Las dijo de una manera tan extraña. Una frialdad sobrenatural se impregnó en cada fibra de su ser y un completo y extraño miedo se abrió paso en su cabeza y en su garganta.
Nunca se había enfrentado a algo como ella, eso era más que seguro. Porque la mujer era como él en cierto modo, debía conocerlo bien de alguna manera, los mismos poderes, la misma naturaleza, quizás ya no era un ángel completamente pero lo había sido, y que su naturaleza ahora mostrara tanta oscuridad solo la hacía más terrible. No parecía muy fuerte físicamente pero sabía que debía haber alguna manera en que ella cumpliera, si así lo quería, esas palabras que más que advertencia habían sonado a amenaza.
Sin embargo ya había tomado una decisión. Se afirmó en sus pies.
La levantó en brazos y la llevó de regreso a la hamaca. Ella no cooperó pero tampoco se negó.
La dejó allí, y sin soltarla, la miró a los ojos, procurando que pudiera comprender al menos un poco de la determinación que ahora él sentía en su interior.
-Que así sea.
Zoro tardaría en comprender que al pronunciar esas palabras había sido como sellar un trato con la mujer, y que al hacerlo prácticamente y de una manera muy ingenua, había firmado su sentencia de muerte.
Continuará
¿Qué rayos pasará con Robin?
Ni yo estoy segura aun. Tengo la idea ya pero necesito darle forma.
Lo más probable es que pueda dilucidarlo pronto.
¿Alguna apuesta?
Gracias por leer n.n Besos!
Aoshika October
