Silke Dietrich, enfundada en un abrigo de piel de armiño, con el cabello del color más intenso del tabaco rojo, entró taconeando en los más caros Louboutin, con su característica suela roja y su piel negra. Erwin estaba tan furioso que cuando salió, su hombro chocó contra el de la chica, que por su porte tenía una indefinible edad.
Pese al empujón, Silke se ciñó el abrigo y encaró a Smith atravesándose.
- ¿Qué demonios le pasa? ¿No sabe tratar a una dama?
Mike de inmediato detectó el inconfundible olor de la heroína recién sintetizada y mezclada con perfume. Un caro y delicioso perfume que dejaba la reminiscencia de Channel No. 5.
- Señorita, es mejor si se aparta de mi camino, no sabe con quién está… - De pronto, el ceño de Erwin, antes de verla, fruncido, se tornó en un gesto de agrado al ver la fisonomía frustrada de la chica. Ahora sabía que era una chica que conocía- ¡Silke! ¡Es un placer verte! – y su sonrisa traspasó los límites de la cordialidad. Mike hizo un gesto de molestia, pues por muy hermosa que fuese una chica, si era amiga, conocida o siquiera Erwin Smith la hubiera visto antes que él, estaba fuera de su liga - ¡Veo que prosperas!
Silke se deshizo el moño de cabello que llevaba en lo alto de su cabeza y su precioso cabello de un tono de arándano, ondeaba despidiendo un olor exquisito.
- ¿Erwin Smith? – y sin poder ocultar lo atractivo que le parecía, sonrió encantadora. Sus rasgados ojos de un color entre verde y café parecieron sonreírle también – Hace… Por lo menos diez años que no te veía… Era una niña cuando decidiste dejar Austria. ¡Vaya que hemos crecido, hombre! – y se acercó de inmediato besándole las mejillas, tratando de alzarse sobre sus puntas, Erwin por lo menos le sacaba veinte centímetros - ¿Y qué haces en un lugar como éste? – dijo con asco evidente – Un hombre de tu nivel, perteneciendo a la familia que perteneces en un tugurio como éste es extraño…
- Quiero este tugurio, el dueño me debe muchísimo dinero…
- Erwin, no has cambiado nada – y sonrió como aprobando sus métodos – Toma una copa conmigo, puede que tú y yo podamos hacer negocios esta noche.
- ¿Tú y yo? Silke, tú no tienes… - Calló. En realidad Silke lucía preciosa y por lo caro de su atuendo sólo podía sugerir que su prosperidad se debía a sus propios medios. O era prostituta o tenía una red de ellas o de drogas. En Berlín no había otra forma – Bien, puede que podamos… Comentarlo. Mike – y se volteó hacia él – Llévanos al hotel – y la miró a ella - ¿Te molesta si cenamos allí?
- Para nada. Pero antes necesito ver algo aquí.
- ¿Qué cosa?
- Me han hablado de una bailarina. La mejor bailarina de Berlín. Su nombre es Hanji Zoe y me gustaría que enseñase a mis chicas – dijo sin molestia alguna en confesarse a Erwin – tengo una casa de citas y las quiero bailando a todas en poco tiempo. Incluso podría aprender algunas cosas si es que es tan buena como dicen – y arqueó una ceja - ¿La conoces?
Erwin sonrió.
- Es demasiado buena.
- Vaya, a ti también te gusta. ¿Es realmente buena bailando?
- Ya lo has dicho tú, esa mujer es la mejor.
- No ha competido conmigo. Puede que esta noche te dé una sorpresa.
- ¿Eres bailarina?
- Era. De algún modo había que llegar alto en este negocio y así lo hice. Ahora regresa conmigo a esta pocilga y te demuestro a ver si soy un poquito mejor que ella – dijo esto con un dejo de arrogancia que hizo a Erwin lanzar una carcajada sonora.
Erwin le tomó el brazo, impositivo pero suave.
- Vamos. Puedes hacerlo en cualquier otro día. Hace frío y quizá podamos hablar al calor de la chimenea.
Silke entendió de inmediato la invitación implícita.
Le sonrió. No esperaba encontrarse tan agradable compañía pero había descubierto algo mejor. Erwin representaba poder. Un poder al que nadie podía imponerse.
"Justo lo que necesito".
Tomó su brazo y sus tacones delinearon el camino a las baldosas de la calle donde un chofer le abrió la puerta del más lujoso de los Lincoln que había visto en toda su vida.
Le tendió la mano a Smith y al subir, el auto se dirigió a gran velocidad a la Postdamer Platz, en pleno centro de Berlín. Smith pidió entonces los llevasen al Mandala Hotel, importante centro de negocios y spa, una variación de los baños públicos pero con la mayor privacidad, una mezcla de hotel y centro de descanso, sumamente costoso. Se decía, el más costoso de Alemania.
"Este hombre se pudre en oro" – rió Silke para sus adentros.
Hanji miró a Levi con fijeza, jadeando mientras éste lamía con dulzura la piel de su hombro. Sabía que el rubor en su rostro la delataba. Sabía que no podía ocultar que la atraía con profundidad a un pozo sin fondo del que no pretendía salir.
Levi quitó un mechón de cabello de su rostro y nuevamente tocó con sus labios la delicada piel de su cuello, aspirando su aroma como el más delicioso de los perfumes.
- ¿Te molesta si continúo?
Pero Hanji tenía la cabeza echada atrás, dejándole hacer, ansiosa, deseando que no se detuviera. Su cabello castaño, destellando a las luces mortecinas del espejo de su camerino, se desparramaba sobre el brazo del silloncito mientras Levi acariciaba sus mejillas intensamente ruborizadas.
- No me molesta… ¿Te ha… Gustado el baile, no?
Y Levi sonrió atrapando sus labios.
- Habia estado esperando bailar contigo los últimos dos años.
- ¿Qué? ¿Tanto tiempo?
- Sí… Te lo dije, yo permanecí aquí por ti.
- ¿Estás enamorado de mí en serio? – preguntó aludiendo a la aseveración que hizo cuando aún estaban en su casa.
- Eso creo. Estás en mis pensamientos por lo menos el noventa y ocho por ciento del tiempo.
- Vaya, muy exacto – y fue ella la que ahora lo besó echándole los brazos al cuello - ¿Crees que esto nos de suficiente tiempo para pensar en algo sobre cómo ayudar al viejo? –dijo pensativa.
- Nos da suficiente tiempo para acabar la noche… Si tu quieres… - Y sonrió de lado, confiado, dejando de lado su semblante, por lo común, serio.
La parte superior del bikini desapareció casi al instante y Levi resoplaba sobre sus pechos, aspirando su aroma, lamiéndolos con frenesí descontrolado. No le importaba demostrar cuánto la deseaba y cuánto se había guardado las ganas de poseerla antes de ese momento. Hanji entrelazaba los dedos en su cabello negro y fino, atrayéndola a su pecho. Nadie, además de ella misma, jamás había tocado los firmes pezones, la curvatura delicada de sus pechos que se erigían ansiosos sobre su cuerpo delgado, dispuestos a ser tocados y provocados. Pero además, nunca había sentido nada como lo que ahora Levi le estaba haciendo sentir.
Sus manos se apoyaban firmes en su cuerpo, parecían más juguetonas y bailaban al ritmo de una música que antes ya habían escuchado.
Pronto Levi sostuvo la línea de su bikini y lo deslizó sobre las piernas de ella, largas, fortalecidas de bailar, llenándolas de besos, de ligeros toques de su lengua cálida. Hanji resoplaba y gemía a la menor muestra de él. Su mente se negaba a funcionar. El bar no era el bar, sino un extraño recoveco en cualquier parte, dónde fuese, pero al que sintió que siempre había pertenecido. Ése pequeño hueco en las inmediaciones de Berlín ya no era Paradies, era otro lugar, era otro momento… Era otra ella. Y él era el mismo él.
Cuando por fin su cuerpo estaba completamente desnudo, se irguió contemplándola. Su mirada denotaba satisfacción, admiración y un poco de asombro. "Imposible. Es más hermosa aún de lo que yo creía…".
Los muslos de Hanji rodearon su rostro, el que Levi hundió, aspirando entonces el aroma del triunfo que ésa estrecha cavidad que ahora se ofrecía ante él, jamás explorada por nadie más, le regalaba. Exacto. Era un regalo. El regalo de pureza y virginidad que ella le estaba entregando.
Su lengua entonces se internó entre sus labios vaginales, carnosos, que cubrían un pequeño botón de placer que sabía de sobra cómo usar, pero que perteneciendo a ella, era aún mucho más precioso. Deslizándose entonces entre sus líquidos , encontró lo que buscaba y succionó despacio, intercalando toques de su lengua y pequeñas mordidas delicadas. Estaba consiguiendo enloquecerla.
Hanji se tocaba a sí misma, ofreciéndole entonces el espectáculo más excitante: verla ansiosa, tan excitada apretando sus pezones, respirando pesadamente y con dificultad. Los ojos entornados, las mejillas rojas, la lengua relamiéndose los labios de puro placer. No podía pedir más y dudaba poder detenerse en ese punto.
Cuando tensó la lengua y comenzó a entrar y salir de ella, Hanji pareció tensarse. Estaba al borde del orgasmo y entonces se detuvo. Ella lo miró desconcertada.
Levi se levantó y retirándose el corto pantaloncillo que enfundaba su miembro rígido, lo liberó de la prisión de cuero y Hanji lo miró embelesada.
- ¿Cabrá todo eso en mí? – Su rostro de pronto se veía tan vicioso, tan excitado y libidinoso que Levi se excitó aún más y solo asintió, acercando la punta de éste a su entrada y acariciando sus paredes suavemente antes de entrar, se aseguró de que estuviese húmeda. Se sorprendió cuando su miembro parecía deslizarse con mucha suavidad, pues para ser su primera vez, podía ser bien distinto.
- Creo que sí… No tengas miedo… Prometo… Prometo ser tan gentil como me sea posible y… Si duele, debes decírmelo y me detendré…
Pero Hanji entonces acarició su miembro, lleno de sus propios jugos y comenzó a masturbarlo con su mano inexperta, observándolo como si fuese un objeto de experimentación.
- Está… Tan duro…
- ¿Te… gusta? – preguntó Levi, tímido.
- Sólo hazlo…
Levi se movió hacia el frente. Su cadera se echó hacia adelante y en un instante, en un vaivén profundamente lento, ingresó a su paraíso.
Hanji lanzó un gemido ahogado mientras a él se le escapó una exclamación de satisfacción.
- Oh… Si… Esto… Tú… - y besó a Hanji de lleno moviéndose mientras ésta gemía sin ningún tipo de dolor debajo de su cuerpo.
Bombeaba una y otra vez… Más lento, casi pausado, mientras repasaba con sus manos y con sus labios los lugares que era capaz de alcanzar en su posición. Podía ver su rostro y eso lo ponía a tono más que el resto de su cuerpo, no porque no fuese bello, sino porque era su rostro el que denotaba más que otro síntoma que estaba disfrutando de él tanto como él de ella. De pronto, Hanji exclamó:
- Más… Más fuerte…
Y Levi se perdió en el momento en que sus embestidas se hicieron tan violentas, que Hanji le rodeó con sus piernas y tembló abrazada a él en su primer orgasmo auténtico mientras éste la llenaba por completo de su líquido caliente y lechoso, sintiendo que por fin pertenecía a un lugar: Donde sea que Hanji estuviese.
Silke sollozaba.
Erwin observaba la delicada y clara piel de su espalda. Sus caderas eran de la misma tonalidad y se abrían dando forma al trasero más bonito que hubiera visto en nadie. A Erwin le gustaban ciertas cosas interesantes y una de ellas era la sodomía.
Sin embargo, Silke no resultó nada fácil de convencer. Alegó que no le gustaba, sin embargo, su poder de convencimiento, como su poder para todo, fue inútil de desafiar.
Contra la pared, pasó su miembro, que erecto tenía una longitud ligeramente excesiva, por entre sus piernas y dejó que sus líquidos lo mojasen, líquidos que escurrían por sus piernas blancas. Era una chica como pocas, húmeda como pocas y tan bella o más que la mayoría. Con paciencia, fue hundiendo la punta en la abertura pequeñísima entre sus nalgas y cuando su miembro hubo entrado a la mitad entre protestas y ligeros sollozos, Erwin caminó tras ella y la apoyo de frente hacia los vidrios de la ventana de cuerpo entero. Silke estaba desnuda y se alarmó porque aunque era de noche, se preocupaba de que la viesen.
- No tienes que preocuparte de eso, seguro tienes conocidos en Berlín y no les importaría tener un poco de espectáculo sin que les cobres un céntimo.
Apretó sus pechos mientras poco a poco se movía hacia ella. Silke se llevó una mano a los labios, mientras Erwin, gimiendo sin control, se movía internándose en ella un poco más, mientras todo el cabello le caía a la espalda y sus pechos y su vello púbico, como el resto de su abdomen, aparecían apachurrados contra el frío cristal. Esto habría excitado más a Erwin Smith de haber podido verlo desde otro ángulo.
Silke era deliciosa. Su trasero abrazaba su miembro y lo apretaba como si quisiera absorberlo y Erwin se dejó llevar por la ardiente sensación de la más estrecha cavidad de la chica que chorreaba líquidos por su entrepierna. Aunque negara que le gustaba, estaba tan excitada por cómo la estaba tomando que no puso más peros y se entregó al sexo más delicioso que jamás nadie le había proporcionado. Y había tenido tantos amantes que habría podido elegir. Pero nadie como Erwin Smith y sus múltiples orgasmos la delataban.
Cuando estaba al borde del tercero, Erwin salió de ella, desconcertándola y la miró un momento, con detenimiento. Sí, esa chica le gustaba mucho o no habría buscado cómo llevársela de inmediato a la cama. A él le gustaba el cortejo, la dificultad. ¿Qué tenía esta chica que lo había llevado hasta el centro de negocios más conocido de Alemania y lo tenía ahora, enloquecido y vuelto un ser insaciable?
Sin poder contestarse internamente, le cruzó ambos brazos por el cuello en silencio y la levantó con sus fuertes brazos abriéndole las piernas. Su miembro, lubricado y poderoso, quería sentir algo más, algo que no le había gustado sentir en ninguna mujer.
De un movimiento, su pene, erguido como una vara de hierro se internó justo en el sexo de la chica que gritó sin poder contenerse, con tanta ansiedad y satisfacción que comenzó a brincar ligeramente mientras con estocadas firmes y profundas, Erwin la hacía suya abriéndola, poseyéndola desde lo más lejano hasta lo más profundo de su cuerpo.
Dándole la espalda a las luces nocturnas de Berlín, Silke se entregó a ése hombre que, no buscaba dar su alma a nadie, pero que se la estaba entregando ahora, como si su alma estuviese entre sus piernas, en bandeja de plata y para siempre.
