Título: CUATRO ELEMENTOS
Autora: Clumsykitty
Fandom: Universo Marvel entre Thor y un poco de Avengers, muy poco.
Parejas: muchas pero siempre Thorki.
Disclaimer: Nada me pertenece aunque muera por ellos, todo es de Marvel y Mr. Lee entre otros, lo único mío es esta idea mía convertida en historia. Dicho está.
Warnings: De nuevo tomándome licencias y aportando más ideas atropelladas pero creadas con el más sincero cariño. Los nombres que aquí aparecen están retomados de sus originales históricos sin relación alguna con éstos. Como siempre, habrá situaciones agridulces o desagradables. Sobre aviso no hay engaño.
Gracias por leerme.
Aproximaciones de rangos
Konnungr supremo = rey
Konnungr de tribu = virrey
Jarl de tribu = príncipe
Jarl = general/comandante
Hauldr = capitán/teniente
"Vale más hacer y arrepentirse, que no hacer y arrepentirse." Nicolás Maquiavelo
"Saber es relativamente fácil. Querer y obrar de acuerdo a lo que uno quisiera, siempre es más duro." Aldous Huxley
"La fuerza no proviene de la capacidad física sino de la voluntad indomable." Mahatma Gandhi
PRIMERA PARTE: TIERRA
Capítulo 3. Los devoradores de sombras.
La única medición de tiempo que contabilizaba el Pueblo de los Cuatro estaba impresa en una piel gruesa y antigua de un calendario astronómico que sus observadores hicieran generaciones atrás, llevando con precisión sistemática la cuenta de los días y las noches, el cambio de Messeris y por supuesto, el tiempo que más importaba entre ellos: los días de eclipse solar. Su mundo poseía una docena de lunas distantes unas más que otras, pero había una que era lo suficientemente gigante para ocultar la tenue luz de su estrella durante varios días e incluso un mes. El calendario les marcaba el tiempo cuando llegaba el período más extenso, los Días de la Noche Larga como le llamaban, para prepararse ante el cambio dramático del clima, y de los peligros que ello traía. Mientras el eclipse comenzaba, ellos levantaban sus tiendas con precisión militar para marchar montaña arriba hacia un complejo de cuevas donde se encerraban con una roca previamente tallada en forma circular que fungía de escudo contra el frío mortal que azotaba esas tierras pero también era una protección necesaria contra los Devoradores de Sombras, bestias espantosas tan similares a un felino pero con un lomo de púas que lanzaban cuando se sentían amenazados, clavando un veneno fatal en sus blancos. Eran ciegas pero muy sensibles a cualquier tipo de luz, por ello sólo salían a la superficie cuando llegaban esos períodos de eclipse solar que dejaban en la más completa oscuridad al planeta debido a la lejanía con su sol. Nadie les había visto en realidad, porque su encuentro era la antesala a la muerte. Más grandes que un cazador con la velocidad del viento y un olfato que percibía un cuerpo tibio a kilómetros de distancia, eran los principales causantes de la muerte masiva de pueblos enteros, no solo del Pueblo de los Cuatro.
Siguiendo las órdenes del Konnungr Anund, sus hijos dieron indicaciones al resto de los Jarls para organizar la subida por la montaña, protegiendo a los más vulnerables, niños recién nacidos con sus madres, enfermos y ancianos. El resto de la tribu se repartió a lo largo con antorchas encendidas conforme la luz comenzaba a extinguirse por el inminente eclipse mientras escalaban el camino que serpenteaba por montículos salientes y precipicios hasta la parte alta de la cadena montañosa donde les esperaba la entrada pequeña a la cueva, la cual por dentro era gigantesca abertura con estalactitas del tamaño de una persona colgando del techo con tres bifurcaciones que llevaban a más corredores rocosos que el pueblo utilizaba para diferentes propósitos: almacenamiento de comida y remedios, armas y armaduras, zonas de aseo personal y cocina, entre otros. Era un refugio usado ya por varias generaciones antes del nacimiento de Anund, quien buscó con la mirada a Serrure para llamarle a su lado.
-Ayuda a tu madre con la revisión de los heridos y después encárgate de que se haya sellado correctamente la entrada.
-Sí, padre.
Existían otras tribus que pertenecían al Pueblo de los Cuatro, como los Escanios del oeste, diestros herreros como guerreros que habían creado las mejores y legendarias lanzas de todo el pueblo, o los Blekinges del extremo sur cuyos trineos eran los más rápidos entre ellos, conociendo los intrincados caminos entre las montañas de hielo perpetuo conocidos como Los Arcos. Y estaba la principal, la tribu de Nerike al norte donde vivía la leyenda viviente Adils Aullido de la Montaña, Konnungr supremo. También existían otras aldeas nómadas ajenas a ellos, montañeses o cazadores furtivos que obedecían las órdenes del Pueblo de los Cuatro al no poseer una sociedad estable ni un ejército disciplinado. Eran más indómitos pero no irrazonables, estos pueblos libres los consideraban como los descendientes de los olvidados padres inmortales que un día poblaran aquel mundo cuando los hielos no lo cubrían por completo. Cuando los tiempos eran adversos para todos, aquellos salvajes se les unían para juntos cazar y sobrevivir en las tierras de nieve eterna.
-Te noto distraída, madre, ¿sucede algo?
-Serrure, hijo mío, tengo un mal presentimiento. Una sombra se ha apoderado de mi corazón.
-¿Qué es lo que te dice? –el ojiverde frunció su ceño.
-Algo ocurrirá pronto, pero no sé exactamente qué es. No le digas a tu padre, quizá es la edad que me hace preocuparme más por mi gente. Soy al cabo un Alma de Viento.
-No temas, madre, somos guerreros que los Cuatro han bendecido.
Yngla le sonrió besando uno de sus párpados para dejarle ir. Se decía que cada ser nacía con la bendición de los Cuatro Elementos, pero había uno que era el dominante y que marcaba la personalidad, de ahí el nombre de Alma de Fuego, Alma de Agua, Alma de Viento, Alma de Tierra. La pareja del Konnungr era un Alma de Viento, inquieta y siempre sonriente que sabía adaptarse a cualquier circunstancia, con una energía inagotable para sus hijas e hijos y una voluntad férrea con que gobernar junto a su Anund. Su presentimiento no estaría olvidado cuando Serrure llegara a la entrada de la cueva cuya piedra circular estaba por caer en su sitio, aislándolos del exterior. En ese momento escucharon unos gritos de auxilio que les hicieron detenerse. Nadie faltaba de la aldea así que debía tratarse de los cazadores guerreros de una tribu hermana.
-Detengan la piedra –ordenó Serrure levantando su lanza para salir.
Recibió par de jinetes que de tan solo verle cayeron al suelo, inconscientes, estaban malheridos sin armas que les acompañaran. El ojiverde llamó por ayuda, entrando a la cueva que no fue sellada hasta saber qué sucedía pues reconocieron las ropas de los cazadores, eran de Nerike, la más grande y fuerte de todas las tribus del Pueblo de los Cuatro. Pero los recién llegados no cedieron por completo a la inconsciencia, jalando las ropas de Serrure quien los colocaba en camastros de pieles para atenderlos.
-¡AYUDA! ¡POR LOS CUATRO, AYUDA! ¡ESTÁN EN EL PASO DEL CUERNO! ¡POR PIEDAD!
-¿Quiénes…? –Serrure se quedó sin su respuesta, al fin habían caído desmayados.
Sus heridas eran espantosas y reconocieron que se trataban de Devoradores de Sombras. El Paso del Cuerno ya debía ser tocado por las tinieblas en esos momentos, oportunidad para las bestias de salir a cazar. Sin embargo, no entendían que estaba haciendo un grupo de Nerike tan lejos de sus tierras cuando sabían de antemano que los Días de la Noche Larga comenzaban. No tenía sentido.
-¿Qué fue lo que dijo, Serrure? –preguntó Ingjlad llegando a su lado.
-Quieren ayuda en el Paso del Cuerno, dijo que estaban ahí pero ya no pudo hablar más al respecto. Están muy mal heridos, ni siquiera estoy seguro si sobrevivirán la noche.
-¿El Paso del Cuerno? –Aunend arqueó una ceja- Eso no está lejos de aquí, una hora a caballo… pero, ¿qué hacían ellos ahí? Están a meses de su campamento… -se quedó serio llamando la atención de sus hermanos- Oh, por los Cuatro…
-¿Qué sucede, hermano Aunend?
-El cuervo… hace días encontramos un cuervo con el ala rota… pensamos que era un ave perdida.
Ingjlad frunció su ceño, luego negando. -Lo hablaré con padre. Serrure, atiéndelos lo mejor posible, son hermanos de tribu.
Así lo hizo el ojiverde con la consternación sobre tales revelaciones. Nerike tenía los suficientes cazadores para rechazar un grupo de Devoradores de Sombras de haber atacado uno antes de tiempo, cosa improbable. Pero las evidencias hablaban de otra historia. Cuando terminó vio a un grupo de Jarls preparándose para salir, sus hermanas y hermanos mayores iban en el grupo con otros guerreros. Les alcanzó decidido a acompañarles.
-Iré con ustedes.
-No –Ingjad le miró- Debes quedarte aquí, hermanito.
-Yo conozco el Paso del Cuerno.
-También Jorund.
-Puedo cabalgar a través de él con ojos cerrados –insistió el ojiverde, deteniéndole- Asgeir me enseñó.
Ellos intercambiaron una mirada indecisa antes de que Aune hablara. –Yo estaré siempre a su lado, hermano Ingjlad.
-Bien –éste le apuntó con un dedo- No hagas insensateces.
-No las haré.
Serrure se alistó aprisa, tomando su lanza y su yegua para salir de la cueva con la mirada preocupada de su madre como despedida. La noche estaba por caer, cuando llegaran al Paso del Cuerno todo sería tinieblas y la tormenta de nieve azotaría con mayor fuerza. Estaban preparados con antorchas y flechas con puntas de tela para quemar, además de escudos con doble refuerzo y sus poderosas lanzas. La cuadrilla bajó a toda prisa, cabalgando tan veloces como el viento hacia el Paso del Cuerno con los últimos vestigios de luz perdiéndose en el horizonte. Fueron dejando antorchas de palos largos a lo largo de su camino como guía para el retorno, sabiendo que los Devoradores no las tocarían por la luz de las llamas. El ojiverde apretó las riendas de su caballo, entrecerrando sus ojos al percibir un aura oscura sobre el Paso al que podían ver de lejos por el tamaño de su arco de roca helada. Entre ellos estaba prohibida la práctica de la magia, por considerarla un camino fácil para obtener méritos, así que Serrure se había cuidado de nunca mostrar sus poderes frente a ellos, no que lo hubiera necesitado alguna vez. Pero ahora le servían para detectar presencias que no eran Devoradores de Sombras. Hubiera querido advertirle a sus hermanos pero uno de los guerreros hizo sonar un cuerno al ver al frente lo que parecían ser los restos de una aldea.
Llegaron al Paso del Cuerno deteniéndose al acto. La luz de sus antorchas era suficiente para ver el horror que había caído sobre la tribu de Nerike. Todos estaban ahí, por la dirección de sus trineos quedaba claro que pensaban alcanzarles cuando los Devoradores les salieron en el camino, estaban frente a una masacre. Caballos destajados como cuerpos, trineos deshechos junto a trozos de lo que fueron sus lobos de tiro, carretas hechas trizas, sangre por doquier. Se quedaron atónitos sin saber qué hacer. Yvar fue el primero en escuchar un llamado agonizante, sacándolos de su estado para ir en su ayuda. Había sobrevivientes por todas partes. Ingjlad pronto ordenó que tomaran los trineos que no habían sido destruidos y reunieran todas las provisiones para llevárselos antes de que un grupo mayor de bestias vinieran a ellos.
-Hermano… no vamos a conseguirlo –musitó Jorund con preocupación- Son demasiados, no podrán…
-¡Tendrán que hacerlo! –exclamó el mayor apretando su lanza- No vamos a abandonar a nuestros hermanos de tribu. Podemos hacerlo, pero tenemos que irnos ya. Empieza a dirigirlos.
Serrure también pensaba lo mismo pero el horror en sus rostros era demasiado para dejarles a su suerte cuando habían pedido su auxilio. La larga hilera de sobrevivientes comenzó la dura cabalgata en medio de una naciente tormenta, siguiendo el rastro de antorchas para salir del Paso flanqueados por el ahora pequeño grupo de guerreros que les protegerían. Avanzaron tan rápido como pudieron con una noche sin estrellas y el frío congelándole los huesos. El ojiverde estaba cada vez más inquieto por aquella aura cerca de ellos.
-Hermanito, no te alejes tanto –le habló Aune.
Hubo gritos de angustia que les hicieron alcanzar el principio de la peregrinación. Las antorchas ya no estaban, no tenían manera de encontrar el camino de vuelta hacia la cueva, estaban demasiado lejos y la oscuridad impedía distinguir cualquier geografía de apoyo sin contar que la tormenta había borrado el rastro de los caballos.
-Por los Cuatro… -Aunend abrió sus ojos buscando alrededor con su caballo relinchando inseguro- Ingjlad, ¿qué haremos ahora? Si continuamos a ciegas podemos perdernos.
-Síganme –Serrure adelantó su caballo- Puedo llevarlos hasta la cueva. Yo les dije que conocía estos caminos de ojos cerrados.
-Serrure…
-Ingjlad, es nuestra única opción. Vamos, los Devoradores van a notar que ya no hay antorchas y será nuestro fin.
Haciendo sonar sus cuernos, llamaron a una cabalgata furiosa por sus vidas con el ojiverde a la cabeza con lanza preparada igual que Aune quien le sonrió alistando sus flechas encendidas que fue arrojando conforme su hermano menor le decía para ayudar a los sobrevivientes a cabalgar con mayor seguridad y alejar a los Devoradores, cuyos chillidos que erizaban la piel, comenzaron a escucharse entre gritos de angustia del pueblo azotado de Nerike. Los cazadores se prepararon, dispersándose para abarcar la mayor cantidad posible de sobrevivientes. Serrure azuzó a su yegua apretando los dientes al escuchar el rumor de patas arañando la nieve cada vez más cerca, no les podía ver en aquella oscuridad, tenían la piel oscura como la noche misma. Púas cayeron sobre algunos de Nerike, levantando el terror en la peregrinación que avivó el paso mientras un par de cazadores clavaban las puntas de sus lanzas en una enorme bestia que tiraron a un lado, gritando al resto que avanzara lo más rápido posible. El ojiverde miró por encima de su hombro antes de volverse hacia el frente, estaban casi al pie de la montaña, una vez que estuvieran dentro del bosque los Devoradores no avanzarían tan rápido, su tamaño y lomo espinado les impedía moverse tan rápido como en las planicies blancas. Jadeó al escuchar un silbido apenas agachándose a tiempo antes de que una púa pasara por encima de su espalda.
-¡Eso estuvo cerca, hermanito! –rió Aune maldiciendo después- ¡Ya verás maldita bestia!
Nadie se cuestionó en esos momentos como Serrure sobre la magia que hacía que los Devoradores se acercaran pese a las antorchas. El camino dejó de ser llano para comenzar a ser disparejo, signo inequívoco de que estaban tocando el bosque. Ingjlad se preparó con sus guerreros sacando sus espadas, cortando ramas que entorpecieran el ataque de los Devoradores que rugieron. La estela de fuego que la peregrinación dejaba tras de sí fue apagándose igual que velas que eran sopladas de cerca. Serrure frunció su ceño sin comprender, asustado más que nunca que estuvieran enfrentándose a un enemigo completamente desconocido. Los Devoradores alcanzaron un grupo más de sobrevivientes al arrojarse de lleno contra las ramas y antorchas. Los gritos se hicieron más histéricos conforme pasaban entre los gruesos troncos hacia la subida en el pie de la montaña.
-¡Sigan, sigan cabalgando, no se detengan! –urgió Ingjlad.
La línea de sobrevivientes se agrupó formando ahora una hilera nutrida que comenzó a subir a tropel por la montaña en dirección a la cueva señalada por una pira enorme para alejar a los Devoradores, con flechas de arqueros en la entrada protegiendo sus flancos una vez que los divisaron. Varios ya tenían arañazos en la espalda, brazos o rostro. Caballos sin jinetes fueron presa de los monstruos que los atacaron sin piedad, botando las vísceras a las caras pálidas y aterrorizadas de sus testigos. Anund les alcanzó con otro grupo de guerreros, protegiendo a los sobrevivientes de los monstruos que se lanzaron pese a los árboles y las flechas con fuego. Una de las bestias brincó hacia Serrure, haciendo que su yegua se encabritara tirándole al suelo pesadamente. Aune le gritó antes de rechazar a otro Devorador por su cuenta. El ojiverde se puso de pie de inmediato con su lanza preparada que encontró un cuerpo donde enterrarse, provocando que algo parecido a una cola le diera un traspié en el acto, lanzándolo lejos del grupo de huida.
-¡SERRURE!
Su cabeza golpeó contra una roca, atontándole unos segundos, perdiendo su lanza. Le pareció escuchar unos aullidos y luego sintió el aliento del Devorador al que había herido sobre el rostro, sus colmillos rechinando. Enfocó su vista al frente sin distinguir más que una mancha en la oscuridad. La bestia chilló cuando le enterró una daga que llevaba en el cinto, justo por debajo de su mandíbula, dándole tiempo a usar un hechizo con el que la hirió de muerte sin perder tiempo. Había tenido que usar la magia para salvar su vida. Haciendo a un lado el pesado cuerpo, buscó su lanza antes de que otro monstruo le saltara encima, solo recibiendo la sangre de éste cuando otra lanza diferente llegó a rescatarle. Confundido por el espeso líquido que cayó sobre su rostro nublando su vista, sintió un brazo alzarle del suelo para sujetarle de la cintura y subir a una montura. Devoradores les pisaron los talones pero ya no les dieron alcance, el caballo que les llevaba era sumamente veloz. Serrure se quitó la sangre usando un guante con un gesto de asco, olía y sabía espantosamente amarga. Levantó su mirada hacia su salvador, uno de la tribu de Nerike, notando sus tatuajes y aretes de metal, con medallones sobre su pecho. Al menos era un Jarl pero no le conocía, de hecho no conocía esa tribu, la líder de todos ellos. El guerrero no pareció darse cuenta que lo examinaba. Era más alto, tan alto como Ingjlad e igualmente fornido como se percató por su brazo que seguía sujetándole por la cintura para que no cayera en la carrera. Tenía sus ojos grises como sus cabellos que dejaban ver en sus trenzas dobles con mechones rojizos, probablemente hechos con pintura natural. Tenía una barba discreta en su mentón que subía en una línea delgada hacia sus patillas. Con las marcas sagradas de un guerrero consumado, no le cupo duda alguna que sería pariente cercano de su padre.
-¡HIJO MÍO!
Salió de aquellos pensamientos al escuchar la voz de su madre, habían llegado a la cueva casi sin lesiones. Yngla le abrazó pese a la sangre que le manchaba las pieles, llorando de alegría cuando bajó del caballo sin darle tiempo a agradecer al guerrero que fue recibido por Anund.
-Kodran, gracias por haber salvado a mi hijo. Los Cuatro te bendigan.
-Él salvó lo que queda de mi pueblo, Konnungr. Sin su guía no seríamos más que recuerdos.
-Permítenos revisar tus heridas en pago.
El ojiverde le vio partir mientras era jalado por su madre para curarle. La tribu de Nerike había sido diezmada al punto de haber sobrevivido menos de seiscientas personas, la quinta parte de la población total. El resto había muerto bajo el ataque de los Devoradores de Sombras, entre ellos, el padre de Kodran, Adils Aullido de la Montaña. Cuando los heridos fueron atendidos y los muertos sepultados en catacumbas, escucharon de labios del propio Kodran la historia del por qué habían terminado de esa manera.
Cuando marchaban hacia la alta montaña, el grupo de jinetes a la vanguardia se percató de la presencia de Devoradores a plena luz del día, mismos que les atacaron y fueron abatidos pues Adils en persona los había enfrentado. Sin embargo, durante la afrenta otros monstruos les atacaron tomándolos desprevenidos porque no fueron detectados ni por los lobos que les acompañaban ni por los cuervos. Habían sido bestias con piel de hielo que aplastaron trineos y familias enteras, haciendo que huyeran de la montaña buscando refugio en otro lugar cuando notaron que la oscuridad tocaba a sus tierras. Adils tomó la decisión de alcanzar a su hermano menor en su refugio, huyendo a toda velocidad de los Devoradores. Pero al llegar al Paso casi a punto de llamarles antes de que Svealand entrara a la cueva, las bestias de piel de hielo junto con los Devoradores saltaron desde lo alto de aquellos acantilados y azotaron a la tribu de Nerike. Solamente un par de sus más veloces jinetes pudieron huir para ir con ellos buscando su ayuda. Se hizo un silencio sepulcral en aquella pequeña cueva donde se reunieron el Consejo de Ancianos junto con todos los Jarls de la tribu de Anund. Nadie jamás había escuchado o leído sobre aquellas bestias en tiempos de los Días de la Noche Larga. Ahora ni siquiera estaban seguros que al salir de la cueva estuvieran a salvo e incluso que ahí mismo estuvieran encerrados con el enemigo sin haberse dado cuenta. Kodran miraba el fuego en el centro de la reunión con expresión seria, abatida.
-Konnungr Anund, yo no fui capaz de rescatar a mi propia gente y mi padre perdió la vida protegiéndonos, tú expusiste a tus hijos a cambio de nuestra salvación. No merezco tomar el lugar de Adils, Aullido de la Montaña, te pido frente a tu pueblo y sabios a nombre de los Cuatro que elijas ser nuestro nuevo líder.
Serrure miró asombrado al guerrero y luego a su padre no lejos de él, entre Yngla e Ingjlad. Si Anund aceptaba, sería el Konnungr supremo, con el poder para mandar sobre todo aquel mundo helado. O lo que quedara de los pueblos libres si la historia era temiblemente cierta. Prácticamente se convertía en un rey. Nerike y Svealand serían uno solo por un tiempo, el resto del Pueblo de los Cuatro no tenían líderes más que Jarls de tribu que habían seguido las órdenes de Adils. Se removió inquieto esperando la respuesta.
-Los Cuatro saben que hubiera seguido a mi hermano hasta las batallas más cruentas sin dudarlo. Lloraré su pérdida y honraré su memoria siendo el Konnungr de su pueblo amado hasta que su hijo Kodran, Tormento de las Sombras, haya obtenido el mérito para reclamar lo que es suyo.
Volvieron a sus camastros con la tristeza y las lágrimas en sus rostros, permitiéndose un tiempo de duelo por todos los caídos. Serrure les acompañó con sinceridad, ayudando a su madre a revisar a los heridos una vez más antes de tumbarse sobre sus pieles en una tienda comunal, al fin exhausto luego de una jornada que había traído cambios en sus vidas.
-Hermanito, ¿estás bien? –preguntó Aune cerca de él.
-Lo estoy, hermana.
-Creí que ese Devorador iba a matarte cuando se perdieron en el bosque.
-Estoy bien –sonrió el ojiverde con el corazón agitado- Jarl Kodran llegó a tiempo.
-¿Qué crees esté sucediendo?
-No lo sé, rezo porque los Cuatro nos ayuden.
-Descansa, hermanito.
-Descansa, Aune.
