Aclaraciones del capitulo:

Aclaraciones del capitulo:

Hola a tods, y mil gracias por sus comentarios. Este capi contiene lemon, como dice en la advertencia, espero que sea de su agrado, aunque ha tomado tiempo y esfuerzo escribirlo. Ahora sí, a leer!!

CAPÍTULO IV: RITUAL

El cabello desordenado le estaba cubriendo los ojos, se pegaba a su piel por el sudor que desprendía su cuerpo. Milo hizo atrás las hebras de cabello azul con una mano para poder observar cada detalle del rostro de Camus. La luz de luna se había deslizado furtivamente en la habitación, como para espiarlos a escondidas. La iluminación tenue era un deleite para ese momento de intimidad. Así lo pensaba Milo, y también pensaba en lo exquisito que resultaba el color lechoso de la piel de Camus en combinación con el rubor de sus pómulos.

La mezcla de colores, de sonidos y de aromas era irresistible.

El ritual había comenzado.

Su ritual de amor, el que no se repetía desde hace ya doce meses. Demasiado tiempo para ambos, deseando, esperando, soñando cada noche con ese momento. Reviviendo los eventos cada vez que podían y confiando ciegamente en que volverían a repetirse. Aunque los días parecieran interminables, al final la fuerza de sus sentimientos haría posible el reencuentro.

El momento, vivir tan sólo por un momento.

Aunque todo el tiempo restante significara una carga inaguantable de frustración, deseo reprimido y ansiedad. Todo por estar allí, después de todo, valía la pena el sacrificio. Era el destino que habían elegido. Y Milo no lo hubiera cambiado por nada.

Camus tampoco.

Las ropas estaban esparcidas por el piso. Ninguno de los dos se había detenido a pensar donde caían cuando se desnudaban mutuamente. Milo contempló un momento a su amante antes de volver a acercarse, sus ojos brillaron con intensidad, sus pupilas absorbían la luz para convertirlas en zafiros engarzados dentro de los párpados. Camus era hermoso, y ahora estaba sumergido en dos bastos océanos azules.

Milo apenas se movió, deleitándose al observar ese cuerpo desnudo. Vestido de luz de luna y pronunciando su nombre entre gemidos era más hermoso todavía. Milo entendía en esos momentos cómo es que soportaba el tiempo y la inaguantable distancia que los obligaba a estar lejos el uno del otro. De donde era que obtenía fuerzas para continuar cada día sin que la soledad acabara por aniquilarlo. Era por eso. Era una razón superior a todo lo demás.

Parpadeó dos veces, sintiendo que la emoción ascendía a su garganta.

Camus se había convertido en su razón de existir. Aún más, Milo sentía que respiraba a través del cuerpo que ahora estaba recostado sobre la cama y del cual se estaba nutriendo. Era como obtener el sustento vital, carne fresca y sangre recién drenada… Y necesitaba tanto de eso. Su cuerpo se estremecía por cada gemido, por cada tímida caricia y roce. Lo había necesitado todo ese tiempo. No iba a detenerse hasta sentir sus ansias colmadas, porque luego de eso, luego de esa noche el ciclo volvería a repetirse y él tendría que regresar a su lugar de origen. Camus haría lo mismo, iba a sumergirse en la interminable rutina de sus días cumpliendo con los deberes que le habían encomendado. Hasta que pasaran muchas lunas y las condiciones les permitieran repetir el ritual.

Pero hasta ese momento.

La frustración…

La ansiedad…

El deseo.

Milo estrechó los ojos. Noches sin dormir. Noches frías. Los brazos que rodeaban su propio cuerpo y que sólo abrazaban a la nada, los dedos que se extendían en la oscuridad, pretendiendo apresar un sueño, una imagen querida que se diluye con la realidad.

Las reflexiones hicieron que Milo detuviera sus movimientos sobre el cuerpo de Acuario. Las manos ya no lo acariciaban, sino que se habían quedado quietas, congeladas, al igual que el torbellino en los ojos azules que ahora lucían como las aguas mansas de un lago.

Una nube se interpuso en el camino de la luna y cortó el fluir de la luz. Camus observó a Milo y le ofreció una mirada que distaba mucho de ser condescendiente. Él mismo sabía lo que estaba cruzando por la cabeza de Escorpio. No necesitaba de más cuestionamientos, ni reproches, ni tan sólo pensar en lo que harían ellos dos después de aquello y hasta cuando podrían vivir soportando el hecho de estar separados.

En esos momentos la necesidad era demasiado fuerte y el tiempo escaso. El caballero no podía esperar. Ya había esperado mucho. Se sentó en la cama, de tal manera que su torso y el de su compañero quedaran juntos, y lo abrazó fuerte pasando sus dos brazos alrededor de su cintura. Una de sus manos ascendió por sobre su columna para luego alcanzar el cabello en la base de la nuca. Los dedos delicados comenzaron a formar círculos en la piel de Milo y éste se sintió estremecer. Escorpio lo besó en la comisura de los labios, sintiendo lo tibia que era esa boca y lo mucho que le gustaba probarla una y otra vez, lo que había sentido cuando por primera vez rozaba esos labios y los unía a los suyos, con tanto cuidado y esmero como si no fuera suficientemente digno para hacerlo. Como si estuviera cometiendo un sacrilegio.

- No pienses en nada. Sólo en mí. Sólo piensa en mí –Camus le hablaba, muy bajo–. Sólo somos tú y yo. Tú y yo ahora.

Sólo necesitaba una cosa.

Sólo una.

Milo abrió la boca y soltó un gemido al sentir la mano de Camus descendiendo por su vientre para alcanzar el espacio entre sus piernas y apretar su miembro entre sus dedos con fuerza, como si quisiera cortar el flujo de sangre. Mantuvo la presión un momento y luego la aflojó un poco, esta vez para darle un ritmo a su caricia y deslizar su mano de arriba abajo, haciendo que Milo comenzara a gemir y que cerrara los ojos. Era una caricia osada que pocas veces se había permitido ejecutar.

Camus se detuvo. Las reacciones de Milo le provocaron un renovado estallido de excitación. Se acercó para besarlo, empujando con su lengua entre sus labios y forzando su entrada, casi con violencia. Tenía que entrar en él. Doblegarlo. Acuario sentía como si una oleada de poder contenida en su voluntad estuviera sometiendo a su amante. El cambio fue algo tan inesperado y repentino que deseó experimentarlo en toda su dimensión. Se alejó unos centímetros para ver las reacciones del otro caballero. Notó la mirada expectante de Milo, los ojos entrecerrados y los labios apenas abiertos, dejando escapar estelas de tibio aliento. Su expresión era de necesidad. La urgencia inmediata.

Camus lo hizo tenderse en la cama. El cabello azul del caballero de Escorpio se esparcía en las sábanas de blanco lino. Desde su lugar arriba, Camus podía observarlo como antes él mismo había sido observado. Se tomó su tiempo para estudiarlo, para grabar en su memoria los detalles del cuerpo que estaba contemplando. Lo observaba como se mira a una imagen sublime, casi celestial. Una creación divina, perfecta en su composición. Tan perfecta que debía ser tocada y tanteada para verificar su existencia, al extremo que sentía que podía causarle daño con esas manos imperfectas, tan humanas que él poseía. Era inevitable que lo hiciera.

El imponente caballero de Escorpio.

¿Qué es lo que quedaba de él ahora? ¿En qué se había convertido por el amor que Camus le inspiraba?

Un caballero sin armadura, sin pretensión en la mirada, sin una prenda que lo cubriera y con el deseo a flor de piel que lo inflamaba desde adentro. Un cuerpo duro, una conjunción de carne y piel, ahora plasmada en un llamado mudo e instintivo que pedía a gritos ser apaciguado.

Este también era el Milo que conocía, al que amaba.

Camus estaba sentado sobre la cintura del Escorpio, y vaciló un segundo antes de hacer su siguiente movimiento. Una mano blanca de marfil alcanzó el rostro de Milo, los dedos de Camus se pasearon por él, hasta detenerse sobre sus labios. Ahora ejercían presión, como lo había hecho su lengua, para invadir de nuevo su boca. Milo obedeció ante la intención de su amante. Abrió los labios, deseoso, con anhelo. Acuario dejó a sus dedos pasear dentro de su boca, alcanzando su paladar y presionándolo, luego frotaron su lengua. Escorpio cerró los ojos, respondiendo. Comenzó a lamer los dedos de Camus, cubriéndolos con abundante saliva, dejándolos húmedos y apretándolos de vez en cuando entre sus labios. Un calor sofocante lo abrasaba.

Camus gimió para sí, sus ojos estaban clavados en Milo. Ahora no había vacilación en él. Sus dedos hicieron un camino imaginario, desde la boca de Escorpio hasta su vientre, dejando una estela de saliva en medio del torso. Milo observó la marca brillante, como de fuego, dibujada por esos dedos sobre su pecho.

Acuario se inclinó sobre él para robarle un beso, y de allí marcar con su propia boca el lugar donde la saliva había hecho su recorrido. Los labios, el cuello, las clavículas, el torso, el vientre… Milo se mordió los labios y sus manos se pasearon por la espalda de Acuario, haciendo presión en sus músculos, como queriendo capturar el calor. Camus era tan delicado. Tan suave. Entonces se detuvo y lo miró por un momento, queriendo retomar la iniciativa. Milo sintió que los ojos turquesas lo mantenían atado a la cama. No le permitían hacer nada más.

La mirada de Camus era ahora tan contundente que por un momento, en medio de la excitación, Milo se sintió intimidado. Mantuvo su actitud dócil y se preguntó cómo es que la situación había girado hacia eso. No tuvo tiempo de responder, la mano de Acuario había cumplido otro de sus caprichos. Masajeaba su pubis y luego las yemas de sus dedos formaban círculos sobre toda la zona, sensibilizándola. Milo gimió muy fuerte cuando los dedos trazaron el surco de sus ingles. Iba a suplicar a su compañero que se diera prisa, que tocara su sexo que ahora estaba más sensible a cada movimiento. El otro caballero fue lento, con tanta paciencia y dedicación que ahora su roce resultaba doloroso.

El movimiento sobre su miembro fue al inicio ligero, leve. Insuficiente. Milo estaba a punto de protestar, entonces observó como Camus iba agachando la cabeza, con lentitud, y como ahora sus labios hacían el mismo recorrido que sus manos habían hecho, masajeando de forma todavía más experta, haciendo incontenible su necesidad. En ese momento Milo sentía algo parecido a un grito formándose en su mente. Creyó que no estaba pasando. Tan sólo un poco más, más cerca. Su mente se dejó ir, centrándose sólo en su amante. Un poco más, sólo un poco más. Por todos los dioses, que Camus no dejara su tarea a medio terminar. Que concluyera lo que había empezado. Inconscientemente levantó un poco la cadera, imaginando lo maravilloso que se sentiría el que…

El roce suave, como el toque de una pluma. Unos labios de terciopelo acariciándolo, robándose su impulso de refrenar la sensación y de meditar en lo que estaba pasando, sólo dándole placer.

Las manos de Milo se enterraron en el cabello azul acero, mientras se entregaba por completo a las atenciones que estaba recibiendo. Los labios de Camus se ocupaban con esmero su parte más íntima. Subían, bajaban. Apretaban, lo liberaban... Eran tan delicados como sus caricias, como todo lo que provenía de Acuario.

La presión se hizo más fuerte. Los movimientos más intensos. Una de las piernas de Milo se levantó, pasando por sobre encima del hombro del otro. Camus sabía muy bien lo que estaba haciendo.

Milo ahora apretaba los dientes y una de sus manos estrujaba las sábanas entre sus dedos, su cuerpo estaba concentrado en lo que hacía Camus. Completamente abandonado, los gemidos se desprendían de su boca cada vez que Camus lo tocaba, como si respondieran al llamado del caballero de Acuario. El momento duraba más de lo debido. La atención de Camus no disminuía y el frenesí de su movimiento estaba resultando insoportable.

Era demasiado.

- Camus… detente… –susurró Milo, en tanto llevaba un dedo a su boca y lo mordía con fuerza. Levantó el torso, como si algo dentro de él se estuviera revelando a esa avalancha de sensaciones. El pecho le subía y bajaba con rapidez, debido a su respiración.

Camus sabía bien lo que esa frase significaba, así que puso más dedicación en su accionar. Era lo mismo que pronunció él cuando Milo lo había poseído por primera vez y la sensación había sido tan viva que pensó que no iba a poder soportarlo. Aquellas palabras habían significado todo lo contrario.

Lo mismo que ahora.

Milo sentía que iba a explotar de un momento a otro. El movimiento disminuyó de forma gradual, y se convirtió en un toque apenas perceptible, como al principio. Sin embargo para el caballero de Escorpio las sensaciones seguían siendo tan punzantes como cuando las experimentaba.

Milo todavía respiraba con dificultad y le costó algunos minutos volver a llenar sus pulmones de forma habitual. Camus lo estaba observando, a unos centímetros de su rostro. La expresión de Camus le hizo entender que había disfrutado tanto como él, tenía el cabello desordenado, uno cuantos mechones ocultaban la mitad de su rostro, cayendo descuidados hacia abajo. Estaba empapado de sudor, y el aroma de su cuerpo se esparcía por la habitación como lo habían hecho los gemidos de Milo. Acuario entrelazó sus dedos con los suyos.

Había sido algo placentero. De hecho, para Milo más que placentero. Eso había sido maravilloso.

Escorpio pasó una mano por su cabello azul mientras entornaba los párpados y soltaba una exhalación.

- Camus, eso fue… fue… –intentó decir, pero se quedó sin palabras cuando el caballero se tendió sobre su cuerpo.

Acuario recostó la cabeza en el hombro de su amante y aspiró su aroma, su lengua asomó para lamer el sudor que había brotado de él. Se acurrucó y a Milo le pareció un niño ansioso que se estaba esforzando por agradarle. Una de sus manos acarició la piel de su cuello antes de recorrerlo con sus dedos. Había recuperado el aliento y posó sus manos sobre los costados de Camus. Se acercó para susurrarle algo al oído. Esperó unos segundos y pudo sentir la sonrisa de Camus, que se formaba apretada sobre la piel de su hombro. Acuario asintió.

La mano de Milo bajó por la espalda de Camus, con pausa y masajeó los glúteos hasta encontrar su objetivo. Los dedos recorrieron un poco el lugar antes de introducirse con cuidado.

Acuario le regaló un gemido… Camus era suave y cálido. Por fuera. Por dentro. En todo momento observaba las reacciones de su amante. Sintió como Camus se tensaba un poco, como sus labios se apretaban. Se detuvo, luego de unos segundos continuó. Deslizó otro dedo más dentro de él, haciendo que un rubor intenso estallara en sus mejillas como si fueran gotas de sangre esparciéndose en la nieve.

Los labios de Acuario estaban tan rojos como sus pómulos. Cuando los ojos de Camus se abrieron de nuevo Milo sólo pudo distinguir una cosa en ellos: ardor. Le devolvió una mirada idéntica, mientras se movía dentro de él, preparando el camino para lo que iba a ocurrir.

Camus pronunció su nombre, una vez, y alcanzó la rosada tetilla de su compañero para dibujar la redondez del pezón con sus dedos.

Escorpio buscó una mejor posición para poder introducirse en él, haciéndolo sentarse sobre su cintura. Ahora colocó su propio miembro en la entrada de Camus. Comenzó a penetrarlo con suavidad. El preámbulo era muy importante. No quería causarle dolor, por eso debía ser cuidadoso. Comenzó a empujar, con pausa. Camus pellizcó el pezón. Todavía estaba tenso. Los susurros que escuchaba de Milo, sus palabras cariñosas ayudaban a relajarlo. Escorpio continuaba con su acometida.

Las caricias y las palabras surtieron efecto. Milo lo supo casi al instante, cuando el cuerpo de Camus le dio la apertura que necesitaba, sin resistirse más. Completó su invasión, insertándose por completo en él, sin dejar ningún espacio por invadir. Camus sentía su cuerpo vibrar en una sola palpitación vertiginosa que lo recorría de pies a cabeza, como la sangre corriendo en sus venas.

Para ese momento estaba tan excitado que la resistencia inicial se convirtió en una incontenible exigencia. La necesidad corporal lo abarcaba todo en ese instante, desplazando sus pensamientos, su uso de razón. Necesidad de ser poseído y de formar parte del cuerpo de Milo. Sintió a Escorpio moviéndose dentro de él, lo sintió penetrando hasta lo más profundo de su ser y quedándose allí, para proclamar lo que Camus ya sabía. Que le pertenecía, que era suyo. Suyo para amarlo hasta que fueran saciadas sus ansias. Milo iba a arrastrarlo con él a ese abismo de placer a donde él mismo se estaba precipitando.

El caballero de Acuario acompañó el movimiento de su compañero, como si fuera un vaivén, meciendo sus caderas, en sincronía casi perfecta. Eran un solo cuerpo, un solo palpitar. Ahora la comunión estaba en su cumbre. Los gemidos de Camus llenaban la habitación, y estos estaban excitando mucho a Milo. Cogió las caderas de Camus para hacer más acompasado su movimiento, Acuario sintió como Milo se sumergía cada vez más en él, como alcanzaba los lugares exactos que lo hacían enloquecer. Tiró la cabeza atrás dejando a la sensación apoderarse de él. Ahora eran uno solo.

- Camus… Camus… mmmm

Era un largo, prolongado momento. Interminable.

Los gemidos entrecortados pronto se hicieron demasiado fuertes como para dejar que nada más se escuche en la habitación. El sonido de los animales nocturnos se había apagado, así como todas las cosas alrededor habían dejado de existir. En ese momento, en su momento, sólo existían el uno para el otro. Camus estaba concentrado en sentir el placer recorrer su cuerpo y el fuerte lazo establecido con Milo a través de su unión.

Ahora sentía que el poder de haber tenido a Milo bajo su dominio se había diluido y que Escorpio volvía a ostentar el control. Eso lo confirmó cuando Milo lo hizo girarse, para sentarse en la cama, y colocar su espalda pegada a su pecho. Ahora Milo había apartado el cabello de Acuario hacia la izquierda y estaba repartiendo besos por toda la extensión de su nuca. Los besos pronto fueron acompañados por las caricias de su lengua. Milo levantó las piernas de Camus, y entró en él.

Ahora el movimiento era más fuerte, Milo había colocado sus manos debajo de los muslos de Camus para controlar su invasión, haciéndolo entrar y salir de él, tanto como quisiera. Camus sólo quería complacerlo. Volvió el rostro y Milo se prendió de sus labios. Mantuvo sus bocas unidas, ahogando los jadeos de Acuario. Este sintió a su cuerpo abandonarse, ya sin ningún control sobre sí mismo y se separó para pronunciar la súplica brotando desde lo más profundo de su ser.

- Milo, por favor… por favor…

Camus llevó dos dedos a su boca, para morderlos, conforme iba aumentando la sensación que experimentaba. Hilos de saliva se escapaban de entre ellos. Escorpio comenzó morder la piel de los hombros del otro muchacho, y vio como este dirigía sus manos hacia delante, para estimularse así mismo mientras se movía dentro de él. Camus gimió en un tono más alto, pronunciando de vez en cuando el nombre de aquél que lo poseía. Era la sensación de ser acariciado por dentro.

Escorpio fue más rápido, dando embestidas cada vez más fuertes, y en un momento sintió una sacudida en el cuerpo de Camus; no tardó en comprender lo que había pasado. Las manos y piernas de su amante estaban húmedas con su emanación. Camus había salpicado las sábanas.

Milo le ofreció una tenue sonrisa, pero no se detuvo. Siguió acometiéndolo, esta vez levantándole una pierna para poder ir más dentro de él. Conocía demasiado bien a Camus como para permitirse abandonarlo en ese momento. Todavía no.

Camus ya no podía soportarlo. Acababa de desbordarse y no era suficiente para Milo. La sensación creció y creció hasta volverse algo tangible, que ahora percibía no sólo en su cuerpo, sino en su mente. Estalló cuando Milo se vació en él, invadiéndolo. Abrió los labios, y no pudo decir nada. Hubo un momento largo, de contemplación, como si de repente algo fragmentado se estuviera conglomerando en él. Escorpio lo observaba fascinado mientras lo hacía recostarse, con cuidado.

Acuario se dejó ir, como si fuera arrastrado por una ola. La sensación había comenzado en su pelvis, y de allí se fue extendiendo hasta sus piernas, para desplegarse a lo largo de su cuerpo. Luego lo invadió todo. Su espalda se arqueó, sus músculos se contrajeron solos y su rostro se contraía como si fuera presa de un terrible dolor, aunque estaba lejos de sentir eso. Volvió la cabeza de lado a lado, con suavidad, haciendo que el cabello ondulara con su movimiento y proveyera de un marco turquesa el espacio entre su rostro y la almohada.

La luz de la luna ahora brillaba en todo su esplendor. Milo se acercó a él para poder observarlo de cerca. Acarició los labios temblorosos, paseándolos por el puente de la nariz, hasta las mejillas y luego dibujó la forma de las cejas.

Camus ni siquiera lo sintió. Sus ojos entrecerrados parecían haber perdido la capacidad de reconocimiento, ensimismado en su propia satisfacción. Sus pupilas estaban nubladas. Sus labios hinchados, un hilo de saliva los había abandonado. Aquello rozaba los límites de todo lo que había conocido anteriormente, los límites del placer, de la sensualidad, del erotismo y la lujuria, del amor mismo. Todo confluyendo para dotarlo de la suficiente fuerza que hiciera posible esa reacción en él, para conducirlo de un solo impulso hasta los confines mismos del universo. Era como tocar el cielo con las manos. Su cuerpo ya no era su cuerpo, sino que se había hecho uno con una entidad más grande y poderosa que ahora le mostraba la plenitud que significaba el ser parte de otro aquella forma tan íntegra. Parecía envuelto en un trance sensual del que sólo él formaba parte. Su cuerpo se había liberado, pretendiendo alcanzar el absoluto.

Milo tomó algo de aire, todavía disfrutando de su reciente explosión y del orgasmo que experimentaba su amante. Le dio un beso suave, casto, en los labios.

Era un bello espectáculo.

Era la primera vez que lo observaba con esa intensidad.

Y era hermoso, como todo lo que provenía de Camus.

El cuerpo del caballero de Acuario comenzó a relajarse poco a poco, diluyendo la sensación y causándolo un sopor tan fuerte que hizo que sus párpados pesaran como si fueran de plomo, incapaz de decir una palabra más y de pensar en otra cosa.

Milo sonrió a medias y lo miró con ternura. Abandonó el cuerpo de Camus y lo limpió con cuidado, con un trozo de sábana, también se limpió así mismo y cubrió sus cuerpos con el edredón para abrazarlo y amodorrarse junto a él. Camus aún estaba fuera de sí, sus párpados se juntaron, dejando que el sueño lo envolviera, protegiéndolo, como lo hacían los brazos de Escorpio.

"¿Hyoga?"

Hyoga apartó las manos de su rostro. Sus palmas estaban húmedas, empapadas de sudor. Había escondido su rostro tanto tiempo debajo de ellas y permanecido tan inmóvil, que Isaac pensó que se había quedado dormido en esa posición.

La expresión de Hyoga era indescifrable, y junto con la humedad de sus manos el chico de cabello castaño notó que habían gotas de sudor resbalando de su frente. Isaac lo observó durante algunos segundos, para leer en su rostro alguna reacción, más allá de aquella máscara hermética que no le decía nada.

Una gota de sudor resbaló desde la sien del rubio, hacia su barbilla. Era tan gruesa y cargada como una lágrima, observó Isaac. Le siguió otra. Sudaba de forma copiosa, como si hubiera estado entrenando sin descanso durante todo un día.

Isaac lo miró preocupado. Si pudiera distinguir una sola señal de algo, de lo que fuera, en ese rostro, se sentiría más tranquilo. Sin embargo allí sólo habían gotas de sudor y un rostro blanco y terso como la cera. Se volvió un poco para buscar un trozo de tela en la base del armario con el que limpiar el sudor de Hyoga. No encontró nada, así que pensó en limpiarlo con los puños de su chaqueta. Isaac se volvió hacia su dirección, dispuesto a restregar el trozo de tela en el rostro del rubio. Pero este ya no estaba en su posición. Más silencioso que una sombra había abierto la puerta, y aún más rápido, abandonado su refugio.

Isaac apenas si pudo reaccionar. Observaba la espalda del rubio, la silueta de pie enfrente de él, fuera del armario. Isaac sintió que el corazón se le detenía un instante, y que luego sus palpitaciones se disparaban como una flecha. El pulso le retumbaba en la cabeza. Reaccionó más por reflejo que por raciocinio.

Las piernas no lo obedecieron cuando intentó ir detrás de Hyoga, se le habían adormecido. Aún así estiró un brazo lo suficiente como para alcanzarlo a través de la puerta abierta y aferrar su camiseta de mezclilla, la que resbaló entre sus dedos antes de que pudiera hacerse con ella. Hyoga había comenzado a caminar.

"Pedazo de idiota, ¡Regresa!"

Un golpe seco se oyó. Isaac había dado de bruces contra el piso. Sus piernas continuaban dentro del armario, dejándolo en una posición poco digna para un aprendiz de caballero. Levantó el rostro adolorido, apoyándose con los brazos, con la nariz roja como un pimiento debido al golpe. Hyoga ni siquiera se volvió a verlo. No detenía su marcha, pese a los gritos mentales y desesperados que le estaba lanzando Isaac.

"¡Hyoga, imbécil, vuelve aquí!"

Observó cada paso de Hyoga como si fuera una gran distancia lo que recorría y no los escasos metros que lo separaban de la cama. Se dirigía directo hacia donde estaban las dos siluetas.

"Dios, no"

De poder habría gritado, pero por alguna razón sentía la lengua tan tiesa como si le hubieran inyectado una fuerte dosis de novocaína. Debía hacer algo rápido, algo ahora. Hyoga no se detenía, no tenía intenciones de hacerlo. Dio un paso más. Cada vez estaba más cerca.

"Van a descubrirnos"

Dos pasos más…

"Ya deben haberlo visto. Van a descubrirlo todo"

"¿Por qué no se detiene?"

Otro paso, y otro. Uno detrás de otro.

"Dios, no"

El extraño había girado el rostro en dirección de Hyoga. El rubio había acortado tanto la distancia que ya no podía avanzar un centímetro más. Isaac arrastró los pies fuera del armario, que al caer provocaron que un agudo dolor se extendiera a lo largo de sus piernas, sintiendo retortijones como pequeñas descargas eléctricas. Eso era lo de menos. Ahora el pulso le retumbaba también en las muñecas y en las orejas. Sentía la cabeza como una bomba de tiempo a punto de explotar.

"Hyoga… ¿Qué estás haciendo?"

"Dios, dios, no"

"No…"

Notas finales del capítulo:

Hum... Camus es maravilloso, simplemente. Este capi lo escribí en tres versiones, y al final decidí dejarlo tal y como está. Es el primer lemon que hice en mi vida, y ciertamente... es complicado, jajajaja. La culpa la tiene Camus. A ver como salen los dos chiquillos de esta... Bueno, es todo por ahora, nos vemos en el siguiente capi y dejen sus reviews!! Muchos besos a tods!!