Dos voces femeninas se oían desde detrás de la puerta del dormitorio de Integra, donde la novia se estaba acicalando para su futuro esposo:
― Ni hablar, Ceres, no pienso salir ahí fuera con esto.
― Va, no le haga usted el feo al amo. Ha elegido el vestido personalmente.
― ¡Odio el fucsia!
― Por favor, Lady Integra. Si es precioso. Le sienta muy bien, con el pelo rubio; parece un dulce de frambuesas.
Integra emitió un bufido, mientras la Chica Policía oliscaba el perfume que emanaba del elegante vestido de noche con cola que su ama llevaba puesto y sonreía con inocencia.
―Me equivocaba, ama. Es usted un dulce de frambuesas.
La líder de Hellsing pasó por alto el comentario risorio para continuar con el acabado del recogido de la novia.
― Entiendo que el Mayor sea un goloso sin remedio. Pero… ¿Una ceremonia temática de dulces? ¡Eso es pasarse!
― Sí… mi querido Maxy es todo originalidad...― suspiró la teniente, completamente embelesada. Integra le permitió unos segundos más de abstracción, mientras le ponía una última horquilla para asegurar el moño que tendría que sujetar el velo. El vestido, que ya llevaba puesto, era de color blanco inmaculado, como su piel; el cuerpo era liso, la falda le caía sobre el cancán en varias capas de encaje y tul: parecía, muy intencionadamente, un pastelillo de nata.
Mientras la líder de Hellsing le colocaba el velo, olvidó por un momento todos los disparates que se habían amontonado en su mansión en las últimas horas para observar detenidamente a Ceres Victoria: la Chica Policía, como le gustaba llamarla a su amo, parecía una princesa de cuento.
No pudo evitar sentir una punzada de envidia: ¿Se vería ella a sí misma así alguna vez? ¿Vestida con encajes blancos, luciendo el velo y los azahares? Se imaginó a Alucard esperándola junto al altar, con aquella sonrisa melancólica que sustituía a veces a esa mueca lobuna que era lo último que sus presas veían antes de recibir los disparos de las balas de plata o notar el firme brazo del vampiro atravesándoles el pecho. Sí, aquella sonrisa casi triste, aquella mirada casi ensoñadora…
¡Pero bueno! ¿En qué rayos estaba pensando?
¡Ella, Lady Integra Fairbrook Wingates Hellsing, casada con el Rey No Muerto!
Y, sin embargo, la idea hacía que el corazón le ardiera.
Por enésima vez en lo que iba de noche, sacudió la cabeza para intentar regresar a la "realidad". El día de su propia boda aún estaba tan lejos que ni ella podía verlo; así que tendría que esperar pacientemente la llegada de un hombre como Dios manda y, por una vez en su vida, salir en público vestida de dulce de frambuesas.
En ese momento, una figura oscura y esbelta emergió del espejo, justo enfrente de las dos mujeres. Ceres dio un grito y se apartó del tocador como si este estuviera rociado con agua bendita, Integra sacó un revólver de algún lugar escondido entre los pliegues de la larga falda y apuntó al ser. Una risa burlona y tenebrosa respondió al chasquido de la pistola al ser armada; y ambas jóvenes emitieron un suspiro de alivio: Alucard.
― ¿Qué quieres, Vlad?
― He venido a anunciar que la comida estará lista para cuando la ceremonia acabe. Al final, he decidido que lo mejor era poner trucha con guarnición de primero, ternera a la pimienta verde de segundo y helado de vainilla de postre, a elegir entre con caramelo y con sirope ¿Qué te parece, Chica Policía? Por cierto, estás preciosa.
― ¡Perfecto, amo! ― respondió la novia, levantando un pulgar enguantado. Luego se sonrojó― Y gracias.
Integra le lanzó una mirada reprobatoria. Bueno, se dijo, al menos ha prescindido del delantal y el gorro de cocinero. Siguiendo la ridícula temática de la fiesta ideada por Max Montana, se había puesto un conjunto de estilo victoriano, muy parecido al que solía llevar a diario, pero de color chocolate, con bastón y sombrero de copa a juego.
― ¡Guau!― exclamó Ceres, manifestando lo que ambas estaban pensando mientras observaba el atuendo del vampiro de pies a cabeza― Va a hacer usted estragos en las secciones femeninas, amo.
El vampiro sonrió, halagado; mientras Integra trataba de disimular su propio sonrojo fingiendo comprobar la pulcritud de los pequeños zapatitos blancos. No pudo evitar que le temblaran las manos cuando se percató de que Alucard estaba evaluando el resultado de su propia elección con la misma mirada escasamente casta con que lo había mirado ella.
― Usted también está radiante, ama…― le dijo, al fin, con esa sonrisa melancólica que hacía que el corazón se le detuviera en el pecho― Lo cual me recuerda: creo que Pip la está esperando en la Sala de la Mesa Redonda.
― Bah, lo hecho, hecho está…― replicó Integra, con tono de desidia― Eso sí: a la próxima que me la juegue, los Gansos Salvajes tendrán que emigrar si quieren que su capitán siga dirigiendo la bandada.
― Creo que le garçon necesita oírselo decir a usted, mi ama. Me ha dicho que si no consigue verla antes de la ceremonia se cortará la trenza.
Ceres e Integra miraron al vampiro con gesto de horror.
― ¡Pero si el capitán Bernadotte adora su trenza! ― sollozó Victoria, consternada― ¡Si se tira tres horas en la ducha sólo para asegurarse de que está limpia y reluciente! ¡La peina cinco veces al día! ¡Hasta le canta nanas en francés antes de dormir!
― Tranquila, Victoria, no creo que llegue a tomar una decisión así de golpe…― dijo Integra, tratando de imaginarse qué podía llevar al capitán a volverse tan radical― Voy a ver qué pasa.
La dama salió de su dormitorio con porte de reina y se encaminó hacia la sala con toda la rapidez que le permitían los tacones de aguja que llevaba puestos y el artístico moño que le había hecho Yumiko, arrastrando las miradas de censura de Henkiel y Maxwell (la monja le había pedido inmediatamente al arzobispo que la confesara antes de la ceremonia, y probablemente querría confesarse también después: se sentía demasiado orgullosa de su propio trabajo) y alguna que otra mirada lasciva de los hermanos Valentine y Tubalcain Alhambra, que estaban jugando al mus en la sala del desayuno y la vieron pasar. Integra los ignoró olímpicamente, asqueada.
Lo que no pudo ignorar fue el espectáculo atroz que se encontró al entrar en la Sala de Juntas. Al abrir la puerta, se encontró de bruces con una alterada Zorin Blitz, engalanada con un elegante vestido de color vainilla. Integra torció el gesto, involuntariamente: dada su hercúlea fisonomía, aquel atuendo le sentaba como a un santo dos pistolas.
― Lady Integra, a usted la quería ver yo. Por favor, haga algo con este franchute, que me está poniendo nerviosa.
La heredera de Hellsing intentó no pensar en lo raro que le resultaba ver a la teniente nazi vestida de dama de honor y concentrarse en tranquilizar a Pip Bernadotte. Cuando entró y cerró la puerta detrás de sí, la vampiresa la siguió cuidadosamente, como temerosa. Aquello hacía que Integra se sintiera aún más intranquila.
La Mesa Redonda había sido colocada a un lado, y se habían dispuesto en filas varias decenas de sillas, orientadas hacia una tarima recubierta con una alfombra carmesí que llegaba hasta la puerta, recubriendo el pasillo que se había formado entre las hileras de asientos. Walter se había esforzado al máximo, cubriendo las cortinas y decorando las sillas con rosas blancas y claveles rojos. Aunque, en aquel momento, la sala estaba completamente vacía. El único que estaba allí era Pip, sentado al borde de la tarima.
Integra no tardó en entender los nervios de Zorin Blitz: el mercenario estaba deshojando margaritas.
― ¿Se puede saber qué diablos le pasa ahora, capitán?
Pip se acercó a ella, quitándose reverentemente el sombrero de color tostado, a juego con el traje. La líder de Hellsing había esperado que estuviera bebido, pero mucho se temía que aquella breva no le iba a caer: Bernadotte estaba tan sobrio como ella misma (tal vez incluso más, teniendo en cuenta que los sucesos que ella había vivido en las últimas horas podían llegar a enloquecer a cualquier persona medianamente razonable), y era plenamente consciente de sus actos.
― Lady Integra, perdone mi intromisión. Sé que está usted muy ocupada con los preparativos de la boda, pero… ¡Es que ya no puedo soportar más este sufrimiento! ¡Tengo que decírselo!
Lo sabía, pensó Integra. El capitán sigue interesado en Ceres y ahora voy a tener que lidiar con un soldado deprimido. ¿No dice tener tantos huevos y ser tan macho? ¿Por qué viene a decírmelo a mí? ¡Si yo soy la última persona que puede dar consejos para el mal de amores!
― Qu'est ce que vous voulez, capitaine? ―le preguntó, en francés. Tal vez en su lengua materna le resultase más fácil soltarse un poco. Odiaba tener que hacer de psicóloga, pero a veces no le quedaba otra alternativa: era la líder de la Organización y era su deber personal como jefa mantener a los soldados en condiciones físicas y psíquicas óptimas. Además, ya tenía cierta práctica por lo de Ceres Victoria y sus traumas con el asunto de beber sangre.
Pip Bernadotte respiró hondo y se arrodilló en el suelo, depositando galantemente un clavel rojo en las manos de Integra.
― Je vous aime, madame!
NOTAS DE LA AUTORA: EXPRESIONES EN FRANCÉS
Coup de foudre: significa "flechazo". Literalmente, « golpe de relámpago » o de « rayo ». Teniendo en cuenta cómo le sienta a Integra el aluvión de noticias, tampoco es una mala traducción XDDD
Garçon: muchacho, chico
Qu'est ce que vous voulez, capitaine?: ¿Qué es lo que quiere, capitán ?
Je vous aime, madame ! : ¡La amo, señora ! (Aunque supongo que esto tampoco necesita traducción XD)
