Viento frío corre por las calles, erizando su piel, formando vaho con su respiración. A su alrededor los grandes edificios, las pequeñas casas y los majestuosos rascacielos forman un adorable paisaje junto al cielo oscuro y nublado. Pero por sobre este, predominan las luces de colores, que con fuerza y alegría titilan. Es quincena de Diciembre después de todo, el país americano nunca decepcionaría a la hora de decorar sus residencias de la manera más estrafalaria posible. Alfred está seguro que su "yo" joven estaría brincando de felicidad, mirando ilusionado el espectáculo propio de la Navidad.

Sin embargo, su "yo" actual ni siquiera se percata de esto. Va corriendo por la calle, con un chocolate caliente y bolso en mano, pensando únicamente en que se quedó mucho tiempo hablando con Katyushka, que está tarde y puede perder su tren.

Llega a la esquina de la calle principal y baja con prisa las escaleras del metro, encontrándose con un cúmulo mareador de gente. Con la experiencia propia de un veterano atraviesa todo aquello, agradeciendo que en el proceso no derramó su bebida ni le robaron sus pertenencias. Llega a su destino con éxito y a tiempo para encontrar sitio donde sentarse. Ya es hora punta, así que en menos de lo que canta un gallo, el vagón se halló repleto.

"Es inevitable", piensa, ya que esta estación se encuentra en la zona central de la ciudad, esa que está llena de empresas, restaurantes y centros comerciales. "Es inevitable", turistas y los propios residentes se apretujan en ese pequeño medio de transporte.

Respiraciones cerca suyo, personas que no conoce rozándolo. Todas estas sensaciones, Alfred también las ignora. Por alguna razón ya no le provocan el mismo asco de antes. Ahora está más concentrado en el suave aroma y dulce sabor de su bebida. Mientras tanto, el movimiento producido por el tren es tosco y constante; fue cuestión de escasos minutos para que llegaran a la siguiente estación y a la siguiente y a la siguiente. Terminando su chocolate pudo ver como el vagón se vaciaba y volvía a llenarse tres veces, hasta que la cuarta vez, él mismo fue partícipe de la gente que se retiraba.

La zona por donde vivía era mucho más calmada que otras tantas que conocía en la ciudad. Era una enorme residencial, que en el centro poseía un bonito y pequeño parque en el que de vez en cuando veía a niños jugar o a perros siendo paseados.

Salió de la estación, caminó unas cuadras, y dobló dos esquinas. El edificio dónde vivía no era muy grande y tampoco tenía muchos residentes. El silencio e incluso el anonimato de sus vecinos lo tenía cada día más enamorado.

Subió tres pisos y abrió la puerta de su casa. El aroma fresco a desinfectante y flores silvestres lo recibió de inmediato. Se quitó la chaqueta y botó el vaso que aún tenía al basurero. Luego se sentó, sin saber precisamente qué hacer. Era viernes, y a diferencia de otros tantos días, últimamente no había tenido necesidad de llevarse trabajo extra a casa; así que por ese lado no había nada que hacer. Aún era algo temprano para cenar, aunque estaba considerando no hacerlo. Tampoco se sentía con ganas suficientes como para salir a trotar o hacer algo de ejercicio allí dentro.

Se recostó mejor en el sofá, dejando caer su cabeza en el respaldar del mueble. Durante bastantes minutos, se quedó viendo el techo. Alfred mentiría si dijera que odia el silencio. Tener como único acompañante a la voz de sus pensamientos lo relajaba bastante cada que una pregunta sin respuesta lo atacaba de repente. Por eso es que con el tiempo, aquello se volvió un hobbie casual, algo que no podía evitar.

No lo malentiendan, no es como que si no le gustara relacionarse con sus amigos, no es como que siempre le guste estar solo. A veces simplemente lo necesita y ya. Porque busca claridad, busca pensar. Para olvidar y para entender.

¿Por qué?

Él no es alguien orgulloso.

Estaba aprendiendo, con constante esfuerzo y mucha determinación, lo bonito que es sentirse bien consigo mismo. El pararse frente al espejo sin apartar la mirada, el de vez en cuando cumplirse unos cuantos caprichos. Se sentía contento por todo lo que había logrado, pero aún habían cosas en él que no dejaba de odiar.

Alfred sentía algo de curiosidad e incluso envidia por esas personas que en una simple borrachera o tras haber pasado por una mala racha de decisiones, eran capaces de contar una y otra vez viejas historias de su pasado; sus errores, sus estupideces. Ya sea quejándose, reprochándose o incluso burlándose al respecto; en su mente aquello era admirable. El poder con franqueza admitir que estuvieron mal, que jodieron totalmente la situación… Algo dentro de él se revolvía de tan sólo pensar en intentarlo. Él nunca, nunca, nunca haría algo así. Deseaba con todo su ser y todas sus fuerzas poder eliminar esas vergonzosas, humillantes y amargas memorias; poder botarlas al fondo de un pozo, dejando que se ahoguen y entierren allí. Quizás eso era una simple estupidez suya, quizás era su forma inconsciente de huir.

Aún así, era un idiota por no poder evitarlo.

Suspiró bajo. Miró a su alrededor; su casa, sus cosas. Ya era un adulto, ya tenía una vida, ¿Cuándo comenzaría a vivirla?

Si se ponía neutro y racional, era obvio que le estaba yendo bien. Tenía un genial y bien pagado trabajo, un techo donde vivir, amigos con los que ha empezado a salir. Tenía muchas cosas que agradecer y disfrutar, ¿Por qué lo único que su cerebro logra figurar son imágenes efímeras donde todo se ha echado a perder? Su "yo" joven de seguro se burlaría de él y de su patético miedo al futuro. De toda la angustia que siente al no saber si todo va a ir bien o no. Pero, ¿Por qué? Alfred se pregunta si es el único en el mundo que piensa así, si es el único que con paranoia no puede ver lo que en sus manos cuida, sino lo que sus manos pueden romper.

Le enfermaba, no puede lidiar con esas pequeñas e irritantes voces en su cabeza que lo único que generaban era angustia, que se acumulaba y acumulaba hasta que su mente colapsaba y él se ponía a llorar.

Últimamente había estado hablando con sus terapeutas al respecto, tratando de mejorar la situación. Si bien la medicina ayudaba y bastante (desde hace un mes que no había tenido ningún ataque grave de ansiedad gracias a esas milagrosas pastillas), sus efectos no tendían a ser longevos. Subir la dosis tampoco era una opción. Que estuviera cumpliendo fielmente el tratamiento definitivamente era admirable, pero aún faltaban cosas que hacer. Cosas que él, por su cuenta, tenía que hacer.

Él no es alguien orgulloso.

Sin embargo, por más que detesta a su "yo" joven, a veces se siente cómo él. Y recuerda lo que "él" vivió. Y llora. Porque lo hecho, hecho está. Es incapaz de salvar a ese pequeño niño de sus memorias y se odia por eso. Se odia mucho. Desde hace años ha escrito detallada y explícitamente de ese odio.

Comenzó como un hobbie y luego se volvió algo inevitable. En sus agendas, en sus libretas, siempre habían frases o dibujos o esquemas o simbologías garabateadas por doquier. Y todas decían lo mismo, todas tenían el mismo fin: Recalcar su inmenso odio.

Si bien el escribir sobre emociones y pensamientos es considerado hasta algo terapéutico, hay cosas que siempre van a estar mal si llevan la palabra "odio".

Alfred no es alguien orgulloso. Por eso es que todos estos años ha intentado ser realista consigo mismo, repitiendo una y otra vez lo patético que es. La sinceridad en sus escritos es tan pesimista como saber que esta Navidad la volverá a pasar solo, muy lejos de las personas que quiere.

Su mente se nubla por un rato. Se levanta, dispuesto a ponerse ropa más cómoda. Pasa por la sala, entra a su cuarto y abre su clóset en busca de un pijama decente. Mientras que se lo pone, recuerda algo que leyó hace mucho. Ideas cruzan por su mente, pero todas lo llevan a la misma conclusión: Hay cosas que él no entiende, cosas que quizás nunca entenderá, pero eso está bien. Está bien, porque el mundo es muy grande, da vueltas y está lleno de personas con diferente mentalidad, lengua y apariencia, sobre poblados de cultura e ideas. Y en medio de todo eso, allí está él. Poco a poco, cumpliendo sus metas, saliendo de ese pozo en el que en algún momento estuvo enterrado y casi muerto. Él debería, él debe estar feliz, es lo más correcto.

Quizás ya es momento de que viva con orgullo su vida.

Mientras que mira por la gran ventana de su departamento cómo el sol lentamente se oculta en medio de ese mar de edificios y nubes, decide que ya es momento de un cambio. Y es que desde hace días ha pensado aquello. Todas esas libretas y agendas que aún tiene guardadas y las que aún usa; ya no deberían existir. Siendo francos, el sólo verlas le generan algo de malestar. Y aunque fueron en su momento útiles y hasta necesarias, ya no cree aquello, ya no más.

Él necesita ser más seguro, más espontáneo. Y tiene que tomar este gran y peligroso paso.

Si lo piensa bien está algo nervioso, incluso asustado. Niega con la cabeza, aquello es una tontería. Una tontería que lo dejó sentado y pensando durante una media hora. Gruñe, no es momento para esto. A fin de cuentas, lo tiene todo listo.

Hace unos días, sacó las cajas en las que tiene sus cuadernos y puede ser que quizás y sólo quizás que hace como un mes, en medio de un ataque tonto de ansiedad, haya pedido por internet una trituradora de papel específicamente para esta ocasión y que le haya llegado justo esta mañana, dónde muy irresponsablemente decidió abrirla, examinarla y dejarla encima de la mesa de su comedor.

¿A quién engañaba? Necesitaba tomar el paso. Porque no necesitaba excusas, su condición exigía mejoras. Así que, aunque estuviera nervioso decidió que ya era momento.

Acercó lentamente la libreta a la máquina y fue cuestión de segundos antes de que las cuchillas terminaran por destrozar el papel. Y borrar las palabras. Eliminando ese odio. Sintió alivio mezclado con culpa. Aún así, decidió continuar. Cuaderno tras cuaderno, no tomó demasiado tiempo. Al final, sobre la repisa sólo quedó la máquina y una duda. Dispuesto a no perder nada importante, se deshizo de todo aquello que consideraba tóxico y lo que no fue de nuevo guardado en el fondo de su armario.

Había terminado. ¿Había hecho lo correcto? Sentía un peso menos en sus hombros. Sí lo había hecho. Se recostó un rato a meditar, hasta que una melodía que conocía demasiado bien, interrumpió el ambiente. Levantó su celular de la mesa y dudó durante varios segundos, ¿debería contestar o no? A pesar de que fuera Matthew…

—Salut* Al! —su voz, a pesar de ser suave, muy suave, siempre se crispaba e incluso chillaba cada que respondía sus llamadas.

—Je… Hola.

—¿Cómo has estado?

—Estab- I mean, bien, sí, muy bien. ¿Ha pasado algo? ¿Qué tal está… todo por allá? —cubrió su cara con la mano que tenía libre, sintiéndose torpe, era un desastre en todo.

—Bien, aunque está nevando bastante. No hay nada novedoso la verdad, yo sólo…

La línea se llenó de silencio. Mucho silencio. Y al cabo de un rato la llamada sólo se cortó. Alfred no supo si fue por la mala señal o por algún otro motivo. Porque Matthew no haría eso, ¿Verdad?

Resopló cansado. Ya había anochecido y tanto su alredor como su corazón se encontraban a oscuras.

Era por este tipo de cosas que, tan desesperadamente, trataba de mejorar, de seguir adelante sin mirar nunca atrás. A lo largo de todos estos años ha hecho estupideces, ha hecho mucho daño a gente que realmente quería o quiso. Como un cobarde terminó huyendo, pero sabía que eso no siempre iba a ser así. Algún día regresaría, algún día explicaría todo sin miedo o vergüenza. Los extrañaba, y por eso mismo estaba trabajando tan duro para volverlos a ver y mostrarles en que se había convertido en alguien digno, con el fin de enorgullecerlos.

Esa era su meta, su razón de ser. Por eso, no se iba a rendir.

Decidido, fue rápidamente a prender las luces de la habitación, dispuesto a prepararse algo de cenar para después ejercitar. No sin antes cambiarle el agua al florero que tan pintoresco, descansaba sobre una de las encimeras de la cocina. Aquel detalle había sido un bonito regalo que Katyushka y todas las chicas le dieron por su visita número 50 a la cafetería. Sonrió al recordar el momento, se había sentido muy feliz en esa fiesta medio-improvisada. Además de qué las flores estaban muy lindas; grandes, frescas y bien erguidas, las petunias, los lirios, las margaritas, incluso el par de girasoles que lo miraban desde arriba. Aunque le costó bastante llevarlo en el metro, llegar a casa con el se sintió muy bonito. Le había encantado.

Nunca entendió que fue un truco. Desde afuera, enviando un mensaje diciendo que el tren se ha detenido por un incidente, alguien trata de ver por la ventana si él está allí.

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— Salut; del francés, es en español «Hola» (casual).

— I mean; del inglés, es en español «Quiero decir».

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[¡Editado!] Oh, Gosh. I'm so fucking sorry. I didn't believe that this will happen. Sorry for the delay :(

In the last chapter I puted everything, every feeling that I had. And then, I exploted xd. And this stupid weakness doesn't help. But I guess it is okay ;;. My creativity did run away. And this stupid piece of shit got a new and bad chapther.

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Dear Sayonara Distance; Me hace feliz que a ti te haya hecho feliz (?) Me emocioné tanto al leer que te sentiste identificada con lo que escribí, ¡Realmente eres una motivación para mí! Para este estúpido corazón de hielo es un placer aplacar cualquier duda o curiosidad que tengas~.

Perdón por el retraso y gracias... Por todo :3

Dear Lydy; Lindo nombre :0 Iván no acosa, él vigila (?) ah. Nunca ví el vídeo de esa canción... Voy a echarle un ojo. Tranqui uwu, no me asustas, simplemente el que este pedazo de mierda reciba atención me pone los nervios de punta.

Perdón por el retraso y gracias por seguir y apoyar la historia~

Dear NicoVanPelt; No te preocupes, no pasa nada~. Ah, me hizo muy muy feliz tu review. Incluso me inspiraste para escribir el siguiente capítulo a este uwu. Lamento la demora, en serio ;; (¿Por qué te gusta? xd... Lo siento, mi autoestima atacando de nuevo) y linda opinión (???) a pesar de que no la comparto. Lo siento.

Perdón por el retraso y gracias por seguir y apoyar esta historia :3