Minutos después, Kate abandonaba el hospital después de asegurar al escritor que volvería al día siguiente. Negó con la cabeza sonriendo. Todo aquello era… Increíble. Él seguía pensando que estaba en un mundo que no era el suyo. ¿Estaría investigando para una nueva novela y estaría tomándola el pelo? No lo sabía. Lo que sí sabía es que recordar que había aceptado cenar con él cuando saliese del hospital, hacía que algo en su estómago se revolviese… para bien.

Cuando Martha y Alexis entraron en la habitación, encontraron a Richard escribiendo en papel con membrete del hospital.

- Menos mal que habéis llegado. Alexis cariño, ¿Me traerías mi portátil?

- ¿Qué portátil? – preguntó Martha

- Mi portátil, suelo guardarlo en un cajón de la mesa de mi despacho.

Martha miró a Alexis y negó con la cabeza.

- Lo tiraste por la ventana cuando tu editorial rescindió tu contrato.

- ¿Qué hice qué? – preguntó sorprendido.

- ¿Para qué quieres un portátil? – preguntó Martha – Te pusieron una demanda por los daños que causaste a aquel taxista que pasaba por la calle, juraste que no volverías a utilizar uno.

- He empezado un nuevo libro – dijo enseñándole las dos hojas escritas que tenía sobre una bandeja que utilizaba de apoyo – necesito un portátil.

- ¿Estás seguro de eso? – preguntó Martha mirándole con esperanza.

- ¿Estoy vivo? – preguntó él para contestar a su madre.

- Alexis cielo – dijo la actriz - ¿Dónde puedo comprar un trasto de esos?

Media hora después, la actriz salía del hospital con la intención de comprar el mejor portátil que hubiese para su hijo. Si había decidido volver a escribir, ella no le iba a hacer cambiar de opinión bajo ningún concepto.

- Y… - comenzó Alexis - ¿Sobre que estás escribiendo?

El escritor sonrió abiertamente.

- Una inspectora de policía de Nueva York…

Alexis levantó una de sus cejas.

- ¿Qué ocurre? – preguntó pensando que ya había escrito sobre Nikki Heat en ese mundo.

- ¿Inspectora, no? ¿No será sobre ella?

- ¿Sobre quien?

- Papá…

- Ella es capitana – intentó excusarse.

Alexis negó con la cabeza. Su padre era un caso perdido, aunque con poco de suerte si conseguía escribir algo medio decente, quizá Gina se apiadaría de él y le ayudaría con alguna editorial.

El escritor sonrió a su hija. Esos libros habían sido todo un éxito en su otro mundo y por suerte para él casi los recordaba letra a letra, solo necesitaba un portátil y antes de que saliese del hospital tendría al menos el primer volumen. Si vendía la cuarta parte de lo que vendió con el primero en su mundo, tendría en poco tiempo una pequeña fortuna e igualar todo lo que pudiese su vida en ambos mundos. Al menos en éxito y dinero, aunque lo más difícil lo tendría que recuperar poco a poco. Si tenía que quedarse en esta realidad, quería tener todo lo que tenía en la suya.

- Alexis cielo – llamó la atención de su hija que ojeaba una revista – Y… ¿Qué tal te va en Los Ángeles?

La chica levanto la vista mirándole con interés, pero en silencio.

- ¿Por qué me miras así? – preguntó intuyendo que detrás de esa mirada había dolor y reproches.

- ¿Ahora te interesa como me va? – preguntó la joven - ¿Quién eres y que has hecho con mi padre?

El escritor sonrió de medio lado. Era lo que se merecía, aunque no hubiese sido él si no su otro yo, quien había causado ese dolor en su hija.

- Soy Richard Castle. Ese Richard Castle que quiere hacer todo lo posible por recuperar a su familia – admitió con sinceridad – y hare lo que tenga que hacer, convertirme en otro, rogarte de rodillas que te quedes en Nueva York, o lo que sea que tenga que hacer para convencerte.

Alexis se levantó de su silla y le dio la espalda.

- Papá, no es tan sencillo borrar de un plumazo estos últimos años.

- Lo sé cariño. Solo te pido una oportunidad.

Alexis se giró para mirarle.

- ¿En esta nueva locura de que vienes de otro mundo y en el estás casado con esa capitana?

- Alexis…

- Papá. ¿No crees que todo esto es demasiado increíble incluso para ti? Siempre pensé que lo que voy a preguntarte es una pregunta que los padres hacen a los hijos y no al contrario pero… ¿Tomas drogas?

- ¡No! – exclamó sin dudarlo - ¿Por qué dices eso?

Alexis le miró soltando el aire que contenía.

- ¿En serio? Un mundo paralelo en el que tienes éxito, estás casado con una policía, trabajas en una comisaría, conoces al alcalde…

- Te juro que…

Alexis levantó ambas manos hacia el cielo.

- Te demostraré que he cambiado – dijo decidiendo cambiar de táctica.

Alexis asintió.

- Volveré a Los Ángeles en cuanto estés recuperado – aseguró la chica.

- Quiero que te quedes conmigo.

La chica miró al suelo. Sinceramente nada le gustaría más que poder volver a Nueva York, recuperar la vida que llevaba antes de que decidiese vivir con la loca de su madre. Si realmente ponía a ambos en una balanza, ganaba su padre. Pero no quería ver como echaba su vida a perder. Prefería alejarse. Aunque fuese cobarde.

- Lo haré si cambias.

- ¿Me lo prometes? – preguntó esperanzado

La chica asintió acercándose.

- Ven aquí – propuso el escritor tendiéndole la mano.

Alexis se acercó y él la abrazó acariciándola el pelo.

- Me gusta más tu color original. Así no tiene sentido que te llame calabaza.

Ella sonrió. Ojalá su padre de verdad cambiase.

No lejos de allí, en la comisaría del distrito doce, Kate Beckett recibía la llamada de su amiga.

- Dime que has salido del hospital con una invitación para cenar.

- He salido del hospital con una invitación para cenar – dijo ella tras unos segundos que se tomó para cerrar la puerta de su despacho.

- Te lo pregunto en serio Kate.

- Te he contestado en serio Lanie.

La capitana separó su móvil de la oreja al notar el chillido que su amiga había dado.

- Cuéntamelo todo – pidió entusiasmada.

- Esos gritos no pueden ser buenos para mi sobrino – intentó calmar ella.

- ¿Te ha invitado a cenar?

- No.

- ¿Le has invitado tu? – preguntó sorprendida la forense.

- No exactamente. Me ha pedido que le invitase a cenar en compensación por estos días de hospital.

Lanie se echó a reír sonoramente.

- Me está cayendo bien ese tipo – dijo divertida – atractivo y caradura.

- Demasiado caradura – admitió la capitana.

- No te creas todo lo que cuentan en la prensa – restó importancia la morena.

- Eso mismo dijo él. ¿A qué no adivinas quién fue a verle para llevarle un regalo?

Hablaron durante unos minutos más, en el que Lanie hizo que su amiga prometiese ir con ella de compras para elegir que se pondría cuando saliese con él. Tras cortar la comunicación con su amiga, hizo otra llamada asegurándose una reserva en uno de los restaurantes más famosos del momento.

Cuando cortó, se imaginó por un momento en aquella cena y en el final que podía tener la misma y se sorprendió sonriendo a Espo que había entrado tras golpear la puerta.

- Jefa tenemos un caso – informó un desconcertado Esposito.

Ella carraspeó un instante.

- Informadme en cuanto lleguéis.

- Este es importante jefa – aseguró el moreno – creo que deberías venir con nosotros.

El trabajo de campo era algo que Kate agradecía. Desde que tomó el puesto de capitán de su comisaría, sus intervenciones en la calle habían bajado considerablemente. El papeleo, las reuniones, los presupuestos, la política… Se preguntaba que hubiese sido de su vida si no hubiese hecho ese examen.

- ¿Por qué Espo?

- Se trata del senador Bracken. Han intentado matarle.

Ella asintió. Tenía que ir. Si solo enviaba a sus detectives el jefe de policía podía entrar en cólera. Odiaba lo politizado que estaban los cuerpos de seguridad. Ese senador no era más que cualquier otro ciudadano del país y para el resto no requerían su obligatoria presencia.

- ¿Qué sabemos? – preguntó mientras salía de su despacho y les acompañaba hacía el ascensor.

- Francotirador. En una conferencia. Ha fallado porque un ruido hizo que Bracken girase la cabeza y la bala solo le rozó una oreja.

Ella volvió a asentir. No le gustaban los francotiradores, de todos los asesinos eran los más cobardes. Se apostaban en un lugar cómodo, alejados de miradas, con una salida directa para huir tranquilamente. Observaban a sus víctimas, disparaban y se iban de allí. Como pasó con su añorado capitán. A Montgomery le asesinaron así y ni sus compañeros ni ella pudieron nunca encontrar una sola pista sobre el asesino ni las razones por las que murió. No tuvieron más remedio que cerrar el caso tras asistir impotentes a las lágrimas de su viuda que necesitaba una razón para entender la muerte de su marido.

Una hora después Kate interrogaba al senador. La capitana sintió que aquel hombre la trataba con una familiaridad que ella no le había dado.

- Me gustaría que usted personalmente se encargase de resolver esto – le dijo el senador bajo la atenta mirada del jefe de policía.

Ella frunció el ceño. Que una víctima exigiese de esa forma que un integrante de la policía se ocupase de su caso no era lo habitual y no debería permitirse.

- Puede estar seguro que la capitana Beckett se ocupará personalmente de su seguridad hasta que tengamos al culpable entre rejas – aseguro con contundencia el jefe de policía.

La capitana no pudo gesticular, ni negarse. Ese era su trabajo y tenía que aceptarlo, le gustase o no. Lo más complicado sería hacerle entender a su equipo que tendrían que hacerse cargo de la seguridad del senador. Se limitó a asentir con una falsa sonrisa. Aquel tipo, no sabía porque, le había caído muy mal desde el primer segundo.