CAPÍTULO 4

MAGIA ACCIDENTAL

Marzo de 2010

- No.- Fue la lacónica respuesta de Cecilia.

- Jopéeeeee.- Contestó su hijo Alberto acompañando las palabras con un expresivo gesto con los brazos y una patada en el suelo.

- Pero mami, nosotros lo cuidaríamos y...- Mencía insistió.

- He dicho que no. Lo cuidaríais los primeros veinte minutos. Y después, me tendría que hacer cargo yo.

- Eso no lo sabes.

- Os conozco. Os he llevado a cada uno dentro nueve largos meses, os he dado a luz con mis esfuerzos y sudores, me he levantado por las noches para daros de mamar y sacaros los gases. Y brego con vosotros todos los días.

No había lugar a discusión. Cecilia, nada aficionada a los animales, se negaba en redondo a tener un perro en casa.

- Bueno, crecer con un animal puede ser enriquecedor...- Alberto padre, más tarde, se ponía de parte de los niños. Claro, como él de pequeño tuvo un perro...

- No sigas. He dicho que no.

- Los niños pueden aprender a responsabilizarse de un ser vivo...

- Si se trata de eso, nos sirve una planta en una maceta.

- Mujer, no se saca a pasear a una planta...

- ¿Tu crees que Isabel, con ese pavo que tiene, va a sacar al perro al volver del cole y recoger sus cacas?

- El vecino de enfrente lo hace... tiene trece años... a lo mejor eso la motiva...

- ¿O que Alberto no va a convertirlo accidentalmente en algo? Y Cristina, ¿te gustaría un perro olisqueando y soltando lametones a tu bebé?

- Igual es una buena forma de inmunización...- Murmuró él dudando mucho de que sus argumentos la convencieran.

- Además.- Cecilia estaba dispuesta a rematar el asunto, y puesto que como negociadora no tenía precio, el argumento definitivo ya lo tenía preparado para dar la traca final.- Nadia se nos despediría.

Aquello fue rotundo. ¡Qué horror! Alberto no quería ni imaginar lo que podía ser vivir sin Nadia, la bruja cuidadora de sus cuatro hijos mágicos y encargada del bloque grueso de tareas domésticas ¿Dónde iban a encontrar otra bruja dispuesta a poner orden en su prole?

- Tienes toda la razón. No se hable mas, nada de chuchos en casa.

- ¿Y una tortuga? – Mencía, dos días después, volvía a la carga. Los niños querían una mascota y estaban en campaña.

- No dan mucha lata, se pueden dejar solas en casa si nos vamos unos días, o encasquetar a la familia sin causarles muchos incordios...- Isabel, la mayor, que estaba entreteniéndose en hacer caminar los calcetines camino de la lavadora, metió baza. Cecilia dedicó una mirada horrorizada a su hija mayor. Así que ¿Aliándose con sus hermanos? ¡Ya solo faltaba que Cristina apoyara la propuesta clamando con su lengua de trapo "bicho, mamá, quero bichoooooo"!.

- No.

- ¿Por qué no te lo piensas, mamá?

- Ya me lo he pensado. Llevo pensándolo desde que tenía vuestra edad. No.

- Venga, mamá, que a ti no te hiciera ilusión tener una mascota cuando eras pequeña no quiere decir que...

- Mencía. No.

- Jooooo.

- Alberto. No.

- No has sido justa, mamá.- Cecilia se giró para enfrentar la mirada de la mayor de sus cuatro vástagos una vez hubieron salido de la cocina con expresiones decepcionadas sus dos hijos intermedios. Isabel la miraba con expresión serena, cosa que la desconcertó. Su hija, de un tiempo acá, se ponía hecha una furia griega por cualquier cosa.

- ¿Por qué, si puede saberse, no he sido justa? – Cecilia, en guardia, tenía como siempre en la mente una cartelón imaginario que en letras luminosas anunciaba PELIGRO: ADOLESCENTE SUELTA. Nada era, por definición, justo en el mundo según la particular visión de Isabel. Mucho menos su madre, que era sin lugar a dudas La Peor Madre del Universo.

- Porque cuando a mi me dices que no, elevas más la voz y sueles añadir una de tus frases favoritas.

Cecilia alzó las cejas un tanto desconcertada.

- Perdona si te grito a veces, pero es que no me das feed back de que penetre en tu mollera de otro modo. Y aún así, no siempre las tengo todas conmigo. Además, a tus hermanos también les grito.

- Ya...

- ¿Qué es eso de "una de mis frases favoritas"? – La curiosidad la pudo, por encima de la prevención que la embargaba siempre que intentaba hablar con su adolescente.

- Pues esa de "¿qué parte de la palabra no no entiendes?. Con ellos no la has usado. ¿La tienes reservada para mayores de once?

Cecilia estaba perpleja. Aún así, tuvo que contener una carcajada. La adolescencia de Isabel funcionaba a tirones. De un comportamiento infantil pasaba a una joven hidra rabiosa en cuestión de segundos para a continuación olvidarse por completo de que estaba enfadada o llorar durante un buen rato. Y ahora parecía que incorporaba al catálogo pequeños destellos de madurez. Agradablemente sorprendida, decidió optar por una vía más o menos conciliadora.

- Todavía no han llegado al punto de necesitar mis coletillas. Pero no te preocupes, van camino de ello a buena velocidad. Te alcanzarán en menos de lo que canta un gallo.

Isabel, para pasmo de su madre, sonrió.

- Bueno, mamá. Para tu consuelo piensa que a mi me queda menos, espero. ¡Ahg! ¡No consigo que se metan dentro de la lavadora!

- Muñeca, Isabel, es juego de muñeca.- Y olvidando sus prevenciones Cecilia guió la mano de su hija mientras ella invocaba el encantamiento.

- Gracias, mamá.

- De nada.- Cecilia estaba satisfechísima. Cinco minutos normales con su hija mayor aunque... ¿no sería una estrategia para ablandarla y que acabara transigiendo con lo del animal en casa? No pudo evitar dirigir una mirada escrutadora de soslayo a su primogénita. Pero en el fondo ciertos genes provenientes de Cecilia llevaban la voz cantante en la persona en ciernes de convertirse en adulta que era Isabel. La chica siguió concentrada en sus ejercicios mágicos con la mayor naturalidad del mundo, sin el menor indicio de la marea hormonal a la que la pobre se veía sometida por dentro de un tiempo a esta parte.

xXxXxXx

La inmensa mayoría de las madres que acudían con sus hijos a las clases de natación de la piscina municipal del distrito correspondiente al domicilio de los Fernández de Lama envidiaba a Cecilia, aunque la mayoría no la conociera. No la envidiaban, claro está, por sus especiales habilidades, muy útiles en materia de tareas domésticas que fueran, por ejemplo. Esas habilidades las desconocían y de haberlas conocido también las habrían envidiado. La envidiaban porque su marido era el único padre que llevaba a su bebé a matro-natación. De hecho, Cristina había inaugurado el cambiador instalado en la pared del vestuario masculino y se había convertido hasta el momento en la única usuaria. Eso, unido a que la niña era simpática y abierta como los otros tres juntos, la habían convertido en una personita muy popular.

Alberto no había podido hacerlo con los otros tres porque cuando eran pequeñitos él era un alto directivo de una empresa informática, sin horarios y con múltiples compromisos. Pero ocurrió que la empresa donde Alberto trabajaba fue adquirida por otra mayor que desembarcó con sus propios directivos poniendo de patitas en la calle a toda la cúpula, Alberto incluido. Afortunadamente, el ámbito universitario se había abierto entonces para él, y ahora había descubierto que le encantaba la docencia. Además, tenía horarios fijos, lo que le permitía ocuparse mucho más de sus cuatro muy mágicos hijos. Pero por muy mágicos que fueran, tenían que aprender a nadar. Y Cecilia insistió desde que Isabel, la mayor, dormía en la cunita en su dormitorio. Había leído por varios sitios sobre las bondades de empezar pronto y estaba dispuesta a ponerlas en práctica.

- Es difícil que se ahogue ¿no? – Preguntó Alberto mientras hacía cucamonas a la bebé y ésta gorjeaba encantada. Cecilia puso cara de espanto.

- ¡Difícil! ¡Los niños pueden ahogarse con muchísima facilidad! ¡Hasta en sus bañeritas!

- Pero Cecilia, es una bruja, como tu.

- ¡Eso no sirve de nada!

- Pero... ¿no podría salirse del agua con magia accidental? – Alberto recordaba un peluche que la novia de su hermano le había regalado a la niña y que al parecer no había resultado del agrado de la nena. El muñeco en cuestión había salido disparado de la cuna, con una fuerza que obviamente no se correspondía con los tiernos bracitos de su primogénita y sí con ciertas habilidades heredadas de su mamá que se estaban manifestando precozmente.

- ¡No!.- Además de rotunda, Cecilia se había puesto pálida y se tocaba la oreja izquierda, justo donde llevaba un segundo pendiente pequeñito y en forma de estrella que él le regaló por su dieciséis cumpleaños y que no se había quitado desde entonces, incluido el día que se casó, lo cual era síntoma inequívoco de que estaba poniéndose nerviosa. Aunque aparentara otra cosa.

- Pero vamos a ver, me has contado alguna vez que las diversas inquisiciones difícilmente quemaban a una bruja porque con un sencillo hechizo...

- ¡Fuego, Alberto! ¡Hemos hablado de fuego! ¡Ahora estamos hablando de agua!

Alberto parpadeó sorprendido. ¡Vaya! La gente mágica resistía caídas desde alturas que dejarían a cualquiera convertido en papilla y podían neutralizar las llamas con un sencillo hechizo. Pero el agua... al parecer con ese elemento las cosas no eran lo que parecían.

Cecilia explicó que había formas mágicas de desenvolverse en el agua. Hechizos de casco-burbuja, plantas que hacían brotar branquias temporales o incluso algunos magos podían transformar su apariencia para convertirse en algo parecido a un pez. Pero en todos los casos se trataba de magia avanzada que no estaba al alcance de cualquiera. Chamuscar una bruja era en general una pérdida de tiempo. Pero tirarla al río con un peso en los pies podía ser sumamente eficaz. Y ahí se acabó la discusión. Sus niños podían ahogarse como cualquier hijo de vecino.

Cecilia se encargó de llevar a los tres mayores. Durante una época, cuando Alberto era un bebé, las dos mayores daban clase con otros niños en un lado de la piscina mientras ella se sumergía con el niño y otras mamás en el otro extremo.

Ahora las cosas habían cambiado. Alberto se ponía las lentillas y gafas de nadar, le colocaba a su nenita un pañal de esos de baño y se metía con ella para que hiciera ejercicios en el medio acuoso. Mientras, su hijo asistía a clases de natación en el otro extremo de la piscina.

Aquel día, en la piscina, Alberto lo sintió. Ya le había pasado alguna que otra vez. Era algo intuitivo, pero real. Magia. Se había producido magia en la piscina. Y no había sido Cristina, aferrada a su pecho con tal fuerza que hasta le daba tirones del vello. Se giró y dirigió la mirada hacia donde estaba su hijo y sus peores temores parecieron confirmarse. Los niños de la clase de seis y siete años estaban dando gritos y señalando el agua.

Alberto estaba de pie, esperando la vez para saltar al agua de la mano de Clara, una niña que también iba a su colegio, a un curso menos. No, no parecía haber sido Alberto... ¿Entonces? Salió del agua con Cristina en brazos y se aproximó a la algarabía.

- ¡Una tortuga! – Chillaban los niños.

- ¿De dónde ha salido esa tortuga? – Preguntó la madre de Carlitos, un niño con orejas de soplillo.

Alberto enganchó a su hijo por el hombro y se inclinó hasta alcanzar la altura de su oreja.

- ¿Qué has hecho?

- Nada, papá. Yo no he sido.

- ¿Cómo que no has sido tu?

- Que no papá, que no he sido yo.

- Cristina no ha sido. Lo hubiera notado.

- Te digo que yo no he sido.

Alberto empezaba a ponerse furioso. Levantó la vista intentando encontrar algo de autocontrol y la vió. Clara. Clara miraba asustada a la tortuga desde el bordillo, con una expresión que él conocía bien. Pero no podía ser, no. Alberto descartó la idea y tomó una decisión drástica. La tortuga se venía con ellos.

Cecilia montó en cólera en cuanto la vio.

- ¡Alberto! ¡¿Qué has hecho?! ¡Les has comprado una tortuga!– Cecilia, enfadada, se dirigió a su marido.

- No es lo que parece. Esta tortuga ha aparecido, por arte de magia – y recalcó la frase – en la piscina.

Cecilia entornó los ojos y respiró hondo. Por dentro hervía de rabia. Pero como era una persona hiper controlada, por fuera casi no se notaba. Alberto sí observó que sus nudillos se volvían blancos al blandir con fuerza su varita.

- Finite.- Pronunció Cecilia claramente, dirigiendo su magia hacia la tortuga.

Nada.

- Finite incantatem.- Repitió con más ahínco y toda su concentración.

Nada de nada.

- ¡Alberto! ¡¿Qué has hecho?! – Ahora la pregunta iba dirigida a su hijo.

- Yo no he hecho nada, mamá.

- Pues ahora vas a tener que deshacerlo tu.- Y enganchó al niño por el brazo y lo llevó por su varita.

- Finite- Pronunció el pequeño apuntando al animal que permanecía inmóvil en la bañera del cuarto de baño de los niños.

Nada.

Al día siguiente cuando se despertaron en lugar de la tortuga tenían en la bañera un palo largo de goma espuma, de los que se utilizaban en las clases de natación y que niños y profesores llamaban churros, de color verde intenso. Los seis, apretados, se empujaban y estiraban el cuello para poder mirar.

- Efectivamente, no es obra de Alberto.- Sentenció Isabel.

- ¿Cómo lo sabes? – Preguntó el padre sorprendido.

- Porque su magia accidental es más intensa. El churro no estaría enrollado, manteniendo una forma parecida a la de la tortuga... – Explicó con aire experto.

- Y además se habría desvanecido del todo. Ahí queda un trozo de caparazón.- Añadió Mencía, igualmente docta en el tono.

- Sin contar que él hubiera escogido un churro amarillo. Es su color favorito.- Terminó de rematar Isabel.

- A ver, dejadme. Revelio magie.- Murmuró Cecilia haciéndose sitio entre sus niños y apuntando con su varita al interior de la bañera. Y el churro con su trozo de concha de tortuga no se inmutó.- No está en este cuarto de baño quién lo ha hecho. Este hechizo es eficaz con esas cosas.

- ¡Ya os dije que no había sido yo!

- ¿Desde cuando conoces ese hechizo? Porque a mi me has encasquetado gracias de Mencía unas cuantas veces.- Isabel, afortunadamente sin ningún tono de reproche, miraba fijamente a su madre con una expresión de curiosidad.

- Recientemente, cuando he tenido que encargarme de algunos asuntos del Departamento de Educación... - Cecilia había indagado en el Ministerio la tarde anterior, pero eso se lo calló.

- Pues es una lástima que no lo supieras antes. Me habría ahorrado unas cuantas broncas.

- Te lo enseñaré para que el día de mañana no cometas injusticias con tus hijos.

- No pienso casarme. Y si lo hago, no tendré niños. Ya os contemplo a diario a papá y a tí y no os envidio. Sobre todo a papá, que el pobre tiene que soportar la magia.

- Entonces, señorita, podrías además hacerte cargo y portarte un poco mejor ¿no? – Alberto intervino aprovechando el momento de madura reflexión de su hija mayor.

- Soy una adolescente, papá, hago lo que puedo.

- ¡Pues yo me voy a casar con Clara y tendré nueve niños! – chilló Alberto.

- ¡Clara! ¡Eso es! – Exclamó el padre. Y tanto su mujer como sus cuatro mágicos niños le miraron asombrados.

Estadísticamente, la probabilidad de que un niño salga mágico cuando ninguno de sus padres lo es resulta escasísima. Pero es una probabilidad real. Que además se produzca en un colegio donde ya hay una familia de niños mágicos es todavía mas extraño. Pero también es una probabilidad real.

Susana, la madre de Clara, no sabía cómo empezar a hablar con Cecilia. El ocho de marzo, la niña había cumplido los siete años, "la edad de la razón". O mas bien, la edad para comenzar a aprender a utilizar ciertas habilidades... había recibido una visita del Ministerio, Departamento de Educación Mágica, y la bruja en cuestión había dejado caer lo de Cecilia y compañía. Pero Cecilia, para esas cosas, apeaba su imagen arisca y distante y se comportaba de manera afectuosa y acogedora. Debía ser tremendo, pensaba, que de repente te dijeran que tu niño o tu niña... en fin.

El viernes por la tarde, tras el colegio, Alberto padre recogió a su numerosa prole junto con una invitada muy especial. Desplegaron el séptimo asiento del enorme Volvo familiar y acomodaron a la niña entre Cristina y Alberto mientras las dos mayores se sentaban detrás.

- ¿Listos?

Clara habló poco. Abría mucho los ojos contemplando aquel mundo que también era el suyo, arropada por cuatro niños como ella y un adulto como su propio padre. Era como un pueblo dentro de la gran ciudad donde casi todo el mundo se saludaba, con edificios de cuatro pisos como mucho, hechos de ladrillo rojo, con fachadas llenas de balcones en los que abundaban plantas de colorines que nunca había visto. Entraron en Caramelos Pepe y salieron con enormes bolsas de chuches que contenían caramelos explosivos, cerezas de pica-pica, nubes que se hacían agua dulce en la boca y otras golosinas varias. Se quedó extasiada contemplando el quehacer de los mecánicos del taller del Servicio Técnico Oficial de Escobas Hispano-Suízas, que aprovechando el buen tiempo trabajaban con las puertas abiertas de par en par reparando penachos de abedul, equilibrando palos, nivelando los hechizos de altitud...

Y también fueron a la tienda de animales, donde Nieves, secretaria de Asuntos Internacionales del Ministerio de Magia y ex funcionaria del Departamento de Regulación de Criaturas Mágicas les esperaba. Salieron de la tienda con un par de bolas peludas como pompones que al parecer venían importadas de Inglaterra, amorosas, esponjosas, discretitas y de fácil mantenimiento. Una para Clara, otra para los cuatro Fernández de Lama.

Remataron la tarde, como no, en la chocolatería La Floriana. Floriana, la propietaria, no había cambiado ni un ápice desde el día que Alberto la conoció. Era baja, redonda, llevaba el pelo en un moño perfectamente hecho y vestía delantales de encaje de un blanco que haría las delicias de cualquier anuncio de detergente. Además, era adivina no profesional. Por eso ya los estaba esperando detrás de la puerta.

- ¡Mencía! ¡No se permiten animales vivos en este establecimiento!

- Pero... pero... – Mencía, que muy resuelta se había metido cada bicho en un bolsillo, se encogió mientras se sentía enrojecer.

- Haré la vista gorda por esta vez porque aquí tenemos a una nueva adquisición. Hola Clara. ¡Pero no quiero volverte a ver en mi chocolatería con ningún bicho encima!

Clara sonrió. Se manchó la cara con el delicioso chocolate de la Floriana, se zampó un montón de buñuelitos y para rematar le dio un beso en la mejilla al pequeño Alberto que provocó aullidos de sus hermanas.

Floriana también tuvo un detallito adivinatorio con Isabel. La hizo mostrarle las manos y vaticinó que había heredado más cosas de su madre de lo que ella misma quería creer.

Alberto padre no quiso relatar a su hija los pormenores que podrían acarrear las predicciones de Floriana. Pero si eran como él se estaba figurando, Ias firmes convicciones de Isabel relativas a su futuro libre y soltero quedarían en agua de borrajas. ¡Qué se lo dijeran a él!