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Capitulo 2
Candy había visto llegar al padre Cosme pero, en esta ocasión, no tuvo oportunidad de entrar en el despacho de su padrastro y escuchar la charla entre los dos hombres. Había transcurrido una semana desde la conversación con George, que parecía no haber tomado aún una decisión. Tenía el presentimiento de que el tiempo se le agotaba.
Cada día, paseaba frente a los establos para que él pudiera verla y dirigirse a ella, pero hasta ese momento la había ignorado. Rezó para que esa mañana las cosas fuesen diferentes, y estuvo a punto de dar un salto de alegría cuando percibió en él un gesto que indicaba que debían hablar. Candy se aproximó a uno de los caballos y acarició las crines con suavidad. Con disimulo, George se aproximó con un cubo lleno de heno y, una vez a su altura, solo le susurró unas palabras.
—Esta noche, cuando todos duerman, en la puerta norte.
Continuó su camino sin detenerse y Candy tuvo que concentrarse en respirar de forma acompasada, para que nadie pudiera percibir su estado de nerviosismo.
Mientras regresaba a la casona con paso lánguido, su mirada recorría los muros de la finca, deteniéndose brevemente en la entrada principal, y se concentró luego en el caminillo que bordeaba la propiedad hasta la parte norte, donde existía un acceso muy poco utilizado y bastante alejado de la vivienda. En aquella zona se ubicaban los graneros, los gallineros y la huerta, que su madre y ella habían visitado con cierta frecuencia durante los primeros tiempos en aquella casa.
Candy entró en el edificio y se esforzó por aparentar sentirse enferma. El ama de llaves la tomó del brazo enseguida y la ayudó a llegar hasta su habitación. Una vez allí, dio instrucciones para que la dejaran sola, echándose las manos al vientre para simular estar en «esos» días del mes. La excusa le pareció de lo más acertada para evitar a don Pedro, que parecía sentir cierto reparo en tratar con las mujeres de su hogar cuando menstruaban, como si su sola presencia pudiera mancharle de algún modo o contagiarle algún extraño mal. Al menos, así había sido con su madre. Esperaba que, en ese sentido, la tratara igual que a ella.
Una vez a solas, preparó una lista mental de todo lo que deseaba llevarse, que no era mucho. No iba a preparar el equipaje todavía, podían descubrirla, pero no debía olvidar nada importante: el tartán de su padre, el velo de novia de su madre, sus guantes de piel, su espada, una buena capa, sus botas y, por supuesto, las escasas joyas y monedas que había logrado reunir en los últimos años, en su mayor parte obsequios de don Pedro tratando de ganarse su favor. Antes de abandonar aquel lugar, sin embargo, debía conseguir las dos bolsas que su padrastro guardaba celosamente en el baúl situado a los pies de su cama, en el dormitorio principal, y pasó parte del día ultimando un plan que le permitiera acceder al cuarto sin ser descubierta. Había preferido no compartir esa información con George, porque estaba convencida de que iba a tratar de persuadirla, pero, como él bien había dicho, el camino hasta Escocia era muy largo, e iban a necesitar todos los recursos que pudieran conseguir.
El tiempo transcurría con una lentitud descorazonadora. A la hora de la comida, en cuanto oyó cómo llamaban a la puerta, se echó sobre la cama y simuló estar descompuesta, mientras el ama de llaves entraba y colocaba una bandeja con un cuenco de sopa y un trozo de pan sobre la mesa.
—Don Pedro ha preguntado por vos —le anunció la mujer.
—¿Le habéis dicho que no me encuentro bien? —inquirió, presa del pánico.
—Sí, desde luego. Le he comentado que... en fin, que sufríais de la dolencia de las mujeres.
Candy permaneció en silencio, aguardando sus próximas palabras.
—Le he informado de que os subía la comida y que si deseaba que os insistiera en reuniros con él a la hora de la cena.
—Se habrá mostrado contrariado —apuntó la joven.
—Bueno, ya le conocéis. —La mujer se atrevió a sonreír con cierta timidez. Por fortuna, no llevaba allí muchos años y no le guardaba ninguna lealtad especial a su señor—. Ha mencionado que tenía algo importante que comunicaros, pero que bien podía esperar un par de días.
Candy asintió y se dejó caer sobre la almohada. Bien, de momento sus planes iban según lo previsto. En unas horas, habría abandonado para siempre aquella casa y aquella ciudad.
Toledo se alza sobre una suave colina junto al río Tajo y en ella convivían con cierta armonía cristianos, moros y judíos. Candy la conocía bien, porque la había recorrido con frecuencia en otros tiempos, tiempos anteriores a don Pedro de Hermida. Ahora, en mitad de la noche, George y ella la cruzaban a pie y en silencio, saltando de sombra en sombra. Él apenas le había comentado nada sobre el plan de huida y la joven se limitó a seguir sus instrucciones al pie de la letra. En cuanto vio que dejaban atrás la catedral de Santa María y luego la mezquita de las Tornerías supuso que se dirigían hacia la puerta de Alcántara, al este de la ciudad, para cruzar el puente sobre el río.
George se detuvo de repente, echó un brazo hacia atrás y la empujó contra el muro de uno de los edificios. Candy pudo sentir el frío de la piedra, incluso a través de la capa y las ropas.
Aguantó la respiración mientras oía unas voces que se acercaban. Eran al menos tres hombres y se aproximaban por el callejón situado a la derecha de donde se habían ocultado. Candy sabía que eran muchos los rufianes que deambulaban por la noche en la ciudad, buscando a algún incauto al que robarle sus buenos dineros, y echó mano a la faltriquera. La defendería con su vida si fuera necesario, porque era el único modo que tenían de salir de allí. Finalmente, no había logrado sustraer a don Pedro todo lo que esperaba. Se había colado en su habitación durante la cena y solo había encontrado una bolsa de monedas, y bastante menguada. Imaginó que el resto había sido entregado al padre Cosme, lo que significaba que, probablemente, había tenido éxito en su empresa.
Candy ahogó una arcada en cuanto sintió la bilis subir por su garganta y George presionó aún con más fuerza su menudo cuerpo contra la pared. Tres siluetas se dibujaron entonces a pocos metros, apenas alumbradas por un hachón casi consumido. Iban cantando alguna tonadilla subida de tono, y dos de ellos sujetaban por los brazos a un tercero, que parecía el más perjudicado. Ni siquiera volvieron las cabezas en su dirección y unos minutos más tarde se habían perdido calle abajo. George avanzó el cuerpo y asomó la cabeza por la esquina. Luego le hizo un gesto y ambos reanudaron su camino. Pese al frío, Candy sentía cómo el sudor había pegado las ropas a su piel.
No anduvieron mucho más. De pronto, George se internó en un callejón y golpeó suavemente en una puerta. Dos toques, silencio, un toque. Los goznes apenas chirriaron cuando se abrió, y ambos pasaron al oscuro interior. Candy escuchó cómo alguien usaba yesca y pedernal para encender una vela, que iluminó tenuemente la estancia y a quien la ocupaba.
George y el desconocido se estrecharon la mano y el hombre le lanzó a Candy una mirada rápida. La larga capa de la joven ocultaba su extraña vestimenta, una combinación de prendas que habían pertenecido a su padre y a su hermano Robert, solo un años menor que ella pero más fornido e incluso más alto. No pareció reconocerla, aunque ella a él sí.
—Ramón Monforte, para serviros —le dijo, tendiéndole la mano.
Candy no dudó en estrecharla. Sus dedos eran finos y estaban helados. Tenía el rostro redondeado, las cejas espesas y unos ojos marrones llenos de vivacidad que en ese momento la observaron con renovado interés.
—Os recuerdo...
—Y yo a vos —le dijo ella, con una sonrisa—. Sois el maestro armero, uno de los mejores de Toledo.
—Eso me gusta pensar —afirmó el hombre, con una sonrisa.
—Vos forjasteis mi espada —Candy se echó la mano a la cintura—y, durante unas semanas, me enseñasteis a usarla junto a mis hermanos.
—Tu padre y yo no éramos muy avezados en los aceros toledanos—apuntó George.
Candy se sentía muy orgullosa de su arma, una espada que su padre había hecho fabricar expresamente para ella, más estrecha, corta y liviana de lo habitual, para poder manejarla con soltura.
—Sí, lo recuerdo bien. Erais unos alumnos muy aplicados.—Monforte hizo una pausa y su semblante se ensombreció—. Lamento mucho la reciente muerte de vuestra madre. Era una gran mujer.
—Gracias —balbuceó ella.
—Y ahora dejáis Toledo. —Ramón dirigió una mirada a George y luego a Candy, y esta vez sí se fijó en sus ropajes—. Y he de decir que en circunstancias harto extrañas.
—No tenemos otra opción —contestó el escocés.
—Entiendo. —Candy se preguntó hasta qué punto aquel hombre comprendía de verdad la situación—. ¿Habéis cometido algún delito?
—¿Qué? —se sorprendió ella, y dio un paso al frente—. ¡Por supuesto que no!
—¡De acuerdo, de acuerdo! —contestó Ramón, alzando las manos con las palmas hacia ella—. Es que todo esto resulta... un tanto sospechoso. Os marcháis a escondidas, en secreto y disfrazados, e imagino que sin informar a don Pedro.
—No quiero convertirme en su nueva esposa...
—¡Oh, Dios mío! ¿Eso es lo que pretende ese bellaco? ¡Pero si sois su hijastra!
—No parece que eso le importe demasiado —señaló George.
Ramón los miró a ambos y asintió.
—Supongo que no vais a decirme adónde vais, y casi prefiero no saberlo. Oh, Dios mío. —Se echó las manos a la cabeza, como si de repente comprendiera el auténtico alcance del asunto—. ¡Don Pedro se pondrá furioso cuando descubra que os habéis fugado!
—Sentimos mucho colocaros en una situación tan incómoda, señor Monforte —dijo Candy—. Si lo preferís, podemos marcharnos ahora mismo.
George le echó una rápida mirada a la joven, y temió que aquel hombre aceptara su propuesta y todos sus planes se vinieran abajo.
—¿Qué? ¡Desde luego que no! —Ramón pareció ofendido—.¿Cómo se os ocurre algo semejante, chiquilla? Vuestro padre fue un gran amigo. Os ayudaré en todo lo que pueda.
George soltó el aire que había estado reteniendo.
—Ahora seguidme —dijo Ramón—. Está todo preparado.
El hombre se dio la vuelta y los guio hasta una habitación mucho más amplia situada en el interior del edificio, en la que una mujer azuzaba un fuego bien provisto. Se incorporó en cuanto ellos entraron. Era bastante más joven que Ramón y muy hermosa. La pareja intercambió una breve mirada cómplice y ella abandonó la estancia con una ligera inclinación de cabeza. Sin duda, se trataba de su esposa.
Junto a la chimenea había dos catres, y frente a ella una mesa de madera, con varios bultos encima, y tres sillas desparejadas.
—Aquí está todo lo convenido —dijo el hombre.
George echó un rápido vistazo al interior de las alforjas.
—¿Los caballos?
—Junto al establo de la puerta, a mi nombre —respondió Ramón—. Ahora descansad. Las puertas se abren al amanecer. Vendré a buscaros a primera hora.
Se dio media vuelta y salió por la misma puerta por la que habían entrado.
—Siéntate —dijo entonces George, volviendo al gaélico. A pesar de llevar allí más de veinticinco años no había llegado a dominar del todo el idioma, tal vez porque siempre hablaba con ellos en su lengua natal.
Candy se quitó la capa y obedeció, mientras su amigo rebuscaba en el interior de una de aquellas bolsas. Cuando extrajo unas tijeras, supo lo que iba a ocurrir a continuación, y estaba preparada. Se echó las manos a la cabeza y desató el moño que se había hecho hacía solo un par de horas. Había pensado en cortárselo ella misma antes de partir, pero imaginó que si encontraban los restos de su cabello, eso les daría alguna pista sobre su nuevo aspecto.
Para lo que no estaba preparada, sin embargo, fue para sentir el ruido de aquellas tijeras al cortar su preciosa melena dorada, ni para ver aquellos hermosos rizos caer al suelo, a su alrededor. Sin poder evitarlo, se le escaparon un par de lágrimas. Allí dejaba gran parte de lo que había sido.
—Volverá a crecerte, Caidhyn —le dijo él, al ver su gesto compungido.
—Lo sé. —Se limpió las lágrimas con la manga de la camisa—. Lo sé, George.
El olor a pelo quemado le revolvió las tripas unos minutos después, pero apenas duró unos segundos. Luego, George revisó el contenido de las bolsas, llenas de provisiones. Había también yesca y pedernal, mantas, algunas prendas de ropa, un par de cuchillos, y algunos utensilios para cocinar durante el viaje.
George repartió las existencias de forma equitativa, en un silencio absoluto. Candy lo observaba con atención, aguardando el momento en el que él la hiciera partícipe de sus planes.
—Será mejor que durmamos un poco —dijo el hombre, una vez finalizó su tarea.
—¿Ahora?
—No podemos abandonar la ciudad hasta el amanecer.
—Sí, lo sé, pero no me has contado nada...
— Caidhyn, estoy rendido —contestó él—. Llevo toda la semana saliendo a hurtadillas del palacete para recorrer la ciudad buscando todo lo necesario para poder huir. No he dormido ni una sola noche entera desde que viniste a verme al establo. Y mañana comenzamos un largo viaje.
La joven se sintió culpable de inmediato.
—Mañana, por el camino, te lo contaré todo.
Candy asintió, conforme, y se tumbó sobre su catre. Unos segundos más tarde, lo oyó roncar. Ella era incapaz de cerrar los ojos. Sentía todo su cuerpo hormiguear de impaciencia. La noche se le iba a hacer larga, muy larga.
—¡Despierta, dormilona! —George la sacudía con impaciencia.
Candy se dio media vuelta, deseando permanecer sumergida en su sueño unos minutos más, hasta que su mente registró dónde estaba y lo que iba a ocurrir ese mismo día. Se incorporó de golpe, y casi golpeó la barbilla de George con la frente. El hombre sonrió. Candy lo miró, atónita. George se había afeitado la cabeza y la barba. Candy no recordaba ni un solo día de su vida en el que no hubiera visto aquellas mejillas cubiertas de pelo rojo.
—¿Qué has hecho? —Estiró la mano para acariciar su mandíbula.
—Lo que debía —contestó él, y pasó la mano por su reciente calva—. ¿Cuántos pelirrojos de mi tamaño crees que hay en Castilla?
—Hmmm, ¿uno?
—Lo que yo pensaba...
Candy se levantó y alisó sus ropas. Atisbó por una rendija de la ventana y vio que todavía era oscuro.
—Pero George, ¡si aún es de noche! —se quejó.
—Las campanas tocaron a laudes hace un rato —dijo él—. No podemos demorarnos.
George cortó un trozo de pan y un poco de queso y sirvió dos jarras de agua. Ambos comieron con apetito y no habían finalizado cuando Ramón regresó de nuevo.
—¿Qué tal habéis dormido? —les preguntó, sonriente, como si fuese el dueño de una posada. No hizo ninguna alusión al nuevo aspecto de George, aunque le echó un buen vistazo.
—Bien, gracias —respondió ella.
—¿Todo está a vuestro gusto, George? —Ramón hizo un gesto con la cabeza en dirección a los bultos que había sobre la mesa.
Angus asintió y se llevó la mano a la cintura para coger la bolsa de monedas que llevaba al cinto. Candy comprendió que aquellos eran los pocos ahorros que George había logrado atesorar tras una larga vida de trabajo y dedicación, y tuvo que tragarse las lágrimas que se le atascaron en la garganta. Algún día, no importaba cuándo, lograría compensarle todo lo que estaba haciendo por ella.
—Aquí está la otra mitad —dijo George.
—No es necesario —respondió Ramón.
—¡Pero teníamos un acuerdo!
—Consideradlo un regalo de despedida —dijo el maestro espadero, un tanto azorado—. Es lo menos que puedo hacer por la hija y el amigo de un hombre al que aprecié de verdad.
Candy asintió, incapaz de decir nada. Luego, el armero estrechó con fuerza la mano de George.
—Cuidad bien de ella —le dijo.
—Con mi vida, os lo juro.
Ramón asintió y carraspeó para aclararse la garganta.
—Ha llegado el momento.
El escocés tomó las dos bolsas más grandes, además de la que había llevado hasta allí, y entregó las otras dos a Candy, que se las echó al hombro. Eran bastante pesadas, pero no tendría que cargar con ellas mucho tiempo.
Ramón los condujo hasta la puerta y allí se despidieron de nuevo.
—Que la suerte os sea propicia, amigos. Creo que la vais a necesitar más que nunca.
Ambos se alejaron y, antes de girar la esquina, la joven echó un último vistazo a su espalda. Ramón permanecía en el umbral, viéndolos partir. Alzó la mano en un último saludo y ella lo imitó. Luego se arrebujó en su capa para evitar el frío de aquella mañana de invierno y siguió los pasos de George, cabizbaja. El sol asomaba tímidamente por el horizonte, y ya había carros y personas recorriendo las calles en dirección a la plaza del Zocodover para vender sus mercancías. Quería pasar lo más desapercibida posible.
Todo salió según lo previsto, o al menos eso supuso, pues George no emitió ni una sola queja al respecto. Se hicieron con dos caballos de buena estampa y cruzaron la puerta y el puente de Alcántara con el sol alumbrando sus rostros. Candy continuaba con la cabeza baja, para no llamar la atención, pero lo cierto es que nadie se fijó en ellos más de lo necesario. Cuando se encontraron al otro lado del río, soltó el aliento que había estado conteniendo sin darse cuenta.
—¿Y ahora? —preguntó a George, echando la mirada hacia atrás para ver, suponía que por última vez, las hermosas murallas de la ciudad en la que había nacido. En ella se quedaba todo lo que le había importado alguna vez.
—Ahora nos vamos a casa —dijo George, que espoleó su montura y tomó el camino que partía hacia el norte.
Candy se limpió el rostro de lágrimas con la manga de su pelliza y lo imitó. Unos segundos más tarde, ambos galopaban contra el viento y el mundo.
CONTINUARA
