Capítulo Tres: Nuevas llegadas
- ¡Oigan, dormilones! ¡Despierten! ¡Ya es tarde, vamos!
La aguda y ruidosa voz finalmente me despertó. No sé cuanto tiempo estuve dormida. Y no puedo recordar quién de nosotros debía de estar despierto. Al principio, creí que Akane era la que gritaba. Pero cuando tallé mis ojos y vi su cara adormilada, supe que no era ella. Y tampoco era Ran – Chan. Su voz de mujer no es así... Supuse que tan sólo podría ser Aeris, pero de nuevo me equivoqué. Pues al mirar hacia la puerta, vi a una muchacha de nuestra edad...
Vestía un par de shorts blancos y una blusa verde. Tenía guantes de caucho de color naranja... Aquellos que algunos peleadores usan. Tenía una gran sonrisa en su rostro; era la sonrisa molesta que alguien forma en sus labios cuando acaba de jugarle una broma pesada a otra persona. En su caso, la broma había sido despertarnos, supongo... Tenía ojos oscuros y verdes y una cinta blanca atada a su cabeza. Su cabello era negro y corto, pero no se parecía al de Akane... ¿Quién podría ser?
- ¡Vamos! – continuó diciendo. - ¡Despierten! ¡Oye! – caminó hacia Ranma, quién se había dormido encima de la mesa (durante su turno de hacer guardia, creo), y lo sacudió de una manera muy desagradable. - ¡¡CUCKOO, perezoso!
- ¡¿Qué! ¡Ah! – exclamó Ranma mientras trataba de sacudir los gritos de la muchacha de sus oídos. – Vaya... ¿Quién demonios eres tú? – preguntó, con un poco de enojo. No podía culparlo. No sabíamos ni quién era y nos había despertado como si estuviéramos en el ejército, o algo así.
- ¿Qué, no sabes? – preguntó ella y su sonrisa se hizo más grande.
- No, no sabemos. – intervine. – Y para tu información, generalmente no nos gusta que un extraño nos despierte así. No me quejaría si hubiera un incendio o un terremoto... Pero la sonrisa en tu rostro me dice que no hay peligros en los alrededores.
- Bueno, tienes razón. – dijo ella. – De cualquier manera, me da gusto conocerlos. ¡Me llamo Yuffie Kisaragi y soy la más grande guerrera ninja de Wutai!
- Seguro. – murmuró Ran – Chan. – Bueno... Yuffie... ¿Por qué nos despertaste?
- Sí, aún estamos cansados. – añadió Akane. – Apenas y dormimos.
- ¿Apenas? – dijo la muchacha. - ¿Le llamas "apenas" a doce horas? ¿Qué hacían, entonces? ¿Hibernaban?
- ¿Doce horas? – pregunté. - ¿Cuánto dura la noche? Es decir, ¡mira al cielo! – me levanté de la cama y caminé hacia la ventana. La luz del sol prácticamente se arrastraba por las paredes exteriores para entrar en la habitación. Brillaba débilmente: no era la luz blanca de la estrella aquello que se vertía en la recámara, sino el azul pálido del cielo nocturno que todavía no quería morir. Aún podía ver la luna, la cual lentamente se desvanecía bajo el brillo del nuevo día. - ¡No juegues conmigo! – me quejé. - ¿Doce horas? Deja de tomarnos el pelo, ¿quieres?
- ¡Oye, no estoy bromeando! – Yuffie replicó. – Pueden preguntarle a Aeris si quieren. Ella fue quién me dijo que los despertara. Yo los hubiera dejado dormir toda la semana, pero...
- ¿Aeris? – preguntó Akane. - Así que... ¿Aeris te envió?
- Así es. – dijo Yuffie. – Ya terminé mi trabajó aquí. Ustedes dúchense y luego alcáncennos en la tienda de Cid, ¿de acuerdo? ¡Hoy iremos de compras!
- ¡¿De compras! – musité, con rabia y confusión. - ¿Por qué demonios querríamos ir de compras? ¡Queremos saber cómo vamos a salir de aquí! ¡Esta no es una vacación!
- Estoy de acuerdo. – interrumpió Ran – Chan. - ¿Por qué no hacemos esto? Nos vemos en la tienda y luego nos dirán lo que queremos saber. ¿Te parece?
- Como quieran. – rió Yuffie. Al parecer, el vernos tan enojados como estábamos le parecía muy cómico. – Hagan lo que quieran. Pero si fuera ustedes, compraría un muy buen perfume... Porque nadie va a querer acercárseles si usan esas ropas todo el tiempo.
Nos miramos a nosotros mismos y emitimos un suspiro que invocaba paciencia del aire alrededor de nosotros.
- Bueno, ¡nos vemos! – añadió y se fue.
Nos mantuvimos quietos y en silencio por unos momentos. Sacudí mi cabeza y suspiré mientras Ranma emitió un largo y cansado bostezo. Akane se puso de pie, se desperezo, y dijo:
- Supongo que habrá que darnos una ducha. Vi un baño en el corredor, un poco más allá de la puerta roja.
- ¿Y para qué? – dijo Ranma. – Aún vamos a estar vistiendo las mismas ropas sucias, ¿no es así?
- Estoy de acuerdo. – dije. – No sé ustedes, amigos, pero yo voy a ir con Aeris. Quiero escuchar lo que ella tiene qué decir. Estoy segura que hay mucho más cosas además de las que Cid nos contó ayer... – y así pues, caminé hacia la puerta y la abrí. Antes de salir del cuarto e ir a las calles del Segundo Distrito, solamente añadí: - Vámonos. Después de todo, parece que sí vamos a tener que ir de compras.
Cuando llegamos a la tienda de Cid, nos percatamos de que no sólo Aeris y Yuffie nos estaban esperando. Ahí estaba Cid, por supuesto, contaminando sus pulmones de nuevo con otro pedazo de porquería en su boca. Pero también había alguien más. Era un hombre joven alto, de cuerpo atlético. Vestía pantalones y botas y chamarra y guantes negros y una playera blanca. Tenía cabello largo y castaño, casi tan oscuro como el mío, y dos intensos ojos azules. No eran brillantes, pero su mirada era profunda y... Y aun así, parecía que su cara estaba vacía de emociones. No tenía una sonrisa bufona, como Yuffie, o una cálida y atenta, como Aeris... Se podría decir que era un hombre muy guapo, pero una cara sin sentimientos no era ventajosa para él.
- Ahí están. – dijo Yuffie. Entonces, se volteó a Aeris y agregó: - ¡Díselos! ¡Diles que tú me mandaste a despertarlos, o se quedarán enojados conmigo por el resto de sus vidas!
- Ya, no exageres, Yuffie. – interrumpí. – Por cierto, no nos han presentado. Me llamo Ukyo Kuonji, y estos son mis amigos, Ranma Saotome y Akane Tendo... ¿Y tú eres...? – pregunté y miré al sujeto con la chamarra oscura.
- Squall... ¿no es así? – Akane inquirió.
- Prefiero que me llamen Leon. – musitó, con sequedad. – Pero sí, ese soy yo.
- ¿Durmieron bien, muchachos? – preguntó Aeris. – Escuché que se molestaron mucho cuando Yuffie fue a despertarlos.
- Hicimos guardias. – Ran – Chan replicó.
- ¿Guardias? – Cid dijo. Entonces, soltó una carcajada y añadió: - ¿Hicieron guardias? Sin comentarios.
- Por favor, búrlate de nosotros después. – dije, con una sonrisa. Pero entonces, mi rostro se tornó serio y pregunté: - ¿Qué está sucediendo? Sé que nos dijeron ayer... Pero me gustaría escuchar la versión larga y no solamente el resumen.
- Claro. – Aeris dijo y asintió. – Vamos al café. Podemos desayunar ahí y luego les diremos qué es lo que ocurre.
- Hasta donde sabemos, todo comenzó hace un año. – Leon dijo. – Muchos mundos han sido y todavía están siendo devorados por enormes agujeros negros que aparecen en el cielo. Y antes de que esto suceda, cientos de monstruos sombríos los invaden. Los mundos más grandes son devorados por más de un agujero negro.
- Ayer, les dije que los mundos que se han desvanecido todavía existen, separados por el espacio y unidos por él a la vez. – Cid agregó. – Algunos de estos mundos son parte de otro que una vez estuvo entero.
- Ya veo. – murmuró Ran – Chan. Pausó por un momento y luego preguntó, a la vez que volteaba a ver a Aeris: - ¿Estamos a salvo aquí? Porque ayer nos dijiste que tuviéramos cuidado...
- Me temo que ninguno de nosotros está a salvo aquí. – replicó ella. – Pues las mismas sombras que vieron antes de que Nerima desapareciera, existen aquí, también. Sin embargo, esto no significa que este mundo será destruido, porque ya ha sido devorado. La mayoría de sus habitantes están en otro mundo o atrapados por un velo oscuro, una prisión sin escape. Más y más personas como ustedes llegan al Pueblo Traverse todos los días y a otros lugares también, lugares a los cuales no podemos llegar.
- Entonces todavía estamos en peligro... – murmuré. - ¿Qué hay de estas sombras? ¿O son sólo acaso nuestros dobles oscuros? ¿O hay más de ellos? Y lo más importante: ¿qué tan peligrosos son?
- Bueno, antes que nada, solamente aparecen cuando el sol se oculta. – Aeris explicó. – Pero eso no es de mucho alivio, pues, como ya habrán adivinado, los días no duran mucho. De hecho, hay ciertos mundos que no tienen un sol y esto es por culpa de las sombras... Se arrastran por la noche e intentan robar los corazones de las personas que viven en el pueblo. Por eso son llamados "Heartless", los que no tienen corazón.
- Con cada corazón que roban, las noches se hacen más largas y los días más cortos. – dijo Leon. – Por eso es que los mundos que no tienen un sol tampoco tienen habitantes.
- ¿Cómo es que ustedes saben todo esto? – preguntó Akane. Ranma y yo rápidamente asentimos, pues también queríamos saber la respuesta a esta pregunta también.
- Porque lo hemos visto. – contestó Aeris. – Hemos viajado a través de muchos mundos y hemos sido testigos de los desastres que las criaturas han causado... Y hemos peleado contra ellas. A pesar de que somos más fuertes que incluso el más terrible de ellos, sus ejércitos parecen no tener fin... – dejó escapar un leve suspiro de sus labios y continuó hablando. – Hemos visto a nuestro planeta dividido en pequeños mundos. Yo vengo de una ciudad llamada Midgar; Yuffie viene de un lugar conocido como Wutai y Cid proviene del Pueblo Rocket. Todos estos pueblos eran parte de un planeta inmenso y bello. Pero ahora, solamente existen como tierras pequeñas, separadas por un espacio negro...
- Han visto sus mundos... – Ranma musitó. - ¿Y no se han quedado en ellos? ¿Por qué?
- Porque estamos buscando a nuestros amigos. – Cid replicó. – Aeris, Yuffie y yo tenemos mucha historia... Conocimos a Leon cuando aterrizamos aquí. Pero antes de eso, viajábamos en una nave Gummi de lugar en lugar, buscándolos. Vimos nuestros mundos... pero no estaban ahí. Hasta que un día, nuestra nave se averió y fue así como terminamos aquí.
- Y aquí hemos estado por seis meses. – Yuffie dijo. – Cid ha estado tratando de reparar la nave, pero muchas piezas se han perdido.
- Fuimos atacados por naves de los Heartless. – dijo Aeris. – Y chocamos en el Pueblo Traverse.
- La única manera en la cual podemos regresar al espacio, es pidiendo prestadas unas piezas de otra nave Gummi... – Cid añadió. – Pero nadie ha venido aquí... – se mantuvo en silencio por un instante y luego dijo: - Siento haber dicho lo que dije ayer. No fue mi intención engañarte y darte falsas esperanzas, pero simplemente no podía... verte llorar así.
- Yo... yo entiendo. – musité.
Era como una pesadilla. Allí estábamos, atrapados en un sueño extraño: un sueño el cuál podíamos sentir con nuestras manos y pies... Una ilusión que nos apresaba. Mi Wilheim podía estar en el otro extremo del universo... y el espacio que unía los mundos, el río que podía llevar a nuestra nave hasta ese lugar, no nos servía, pues no teníamos un barco. ¿Acaso había manera de despertar? ¿O estaba condenada a seguir durmiendo, a medida que el malévolo hechizo impuesto en mi se hacía más y más fuerte? Sentí como toda la esperanza que había en mi recibió un tremendo golpe y me mareé. Dejé que mi cabeza descansara sobre mis manos y emití un largo y desolado suspiro. Sin embargo, aun cuando mis ojos me ardían y mi pecho me dolía como si estuviera siendo golpeado por la embestida de un rinoceronte, no lloraba. Simplemente no habían lágrimas en mis ojos. Era como si todas ellas hubieran sido evaporadas por el mismo fuego que atormentaba mi mirada. Rápidamente, metí mi mano en mi bolsillo y sujeté la cinta de mi querido Wilheim. Conforme mi respiración se aceleraba, comencé a acariciarla y a frotarla contra mi estómago, pensando que eso detendría al dolor que empezaba a sentir ahí...
Akane vio mis ojos desesperados y mis manos temblorosas y le preguntó a los demás (para que no me miraran, supongo):
- ¿Existe algún modo de destruir a los Heartless?
- Hay una manera. – dijo Leon y asintió. – Existe un arma que los Heartless odian y temen. Es una espada con la forma de una llave... es tan ligera como una pluma y aun así, tan afilada como el diente de un lobo. Se llama la Keyblade.
- Los Heartless han roído un cerrojo en cierto lugar en todos y cada uno de los mundos y a través de ese cerrojo, vierten sus ejércitos. Por eso es que no podemos vencerlos... porque la única manera de hacerlo es sellando esos agujeros. Y la Keyblade es la única arma que tiene el poder para hacer esto.
- ¿Entonces los Heartless desaparecerán una vez que el cerrojo esté sellado? – preguntó Ranma.
- Sí. – dijo Aeris. – Existe un cerrojo en este pueblo, pero no sabemos en donde está... Sin embargo, aunque lo supiéramos, no nos serviría de nada, porque no tenemos a la Keyblade con nosotros... Si ese cerrojo fuera sellado, entonces los Heartless que causan problemas en este lugar serían derrotados de una vez por todas.
- Y eso no es todo. – agregó Leon. – Si todos los cerrojos existentes son sellados, entonces la amenaza de los Heartless terminaría y todo volvería a la normalidad: ustedes estarían en... Nerima una vez más. Como si nada hubiera pasado. Como si nunca nos hubiéramos conocido. Como si todo hubiera sido una pesadilla.
- Entonces, sí hay un modo de regresar... – musité, a la vez que sentía un cálido rayo de esperanza acariciando mi corazón una vez más. - ¿Y dónde está la Keyblade?
- Hay uno que está destinado a tenerla. Desgraciadamente, no tenemos ni idea de quién pueda ser. – Aeris dijo. – Pero aquel que la posea es nuestra única esperanza. Cuando el momento llegue, la Keyblade aparecerá en la mano de su amo, así como si fuera invocada por la misma desesperación que nos embruja a todos ahora mismo...
- Todo lo que podemos hacer ahora... – intervino Cid. – Es esperar a que una de dos cosas pase: o a que se aparezca el amo de la Keyblade o a que una nave Gummi aterrice aquí, en el Pueblo Traverse. Si lo primero ocurre, entonces le explicaremos su destino y luego lo ayudaremos. Y si lo segundo pasa, arreglaré la nave y nos sacaré de aquí y podremos continuar buscando a nuestros amigos. De cualquier manera, es sólo cuestión de ser pacientes y seguir esperando.
- Bueno... la paciencia no es una de mis virtudes. – murmuré, con un suave suspiro. – Pero supongo que tengo que creer que algo bueno ha de pasar. Digo, algo bueno tiene que salir de la vida, ¿no es así?
Como respuesta a mi pregunta, solamente obtuve rostros sonrientes y débiles asentimientos. Pero ni siquiera uno de ellos se atrevió a susurrar un pequeño 'sí'. Ni siquiera mis amigos palmearon mi hombro y prestaron atención a la pequeña esperanza que acababa de recuperar. ¿Acaso habían perdido la suya?
Mi pequeña pregunta fue todo lo que se necesitó para terminar con la conversación. Aeris rápidamente se paró y dijo:
- Bueno, supongo que es hora de llevarlos a hacer un poco de compras, muchachos. Después de todo, no pueden quedarse con esas ropas puestas todo el tiempo.
- Sí, supongo... – murmuró Ranma y miró hacia el cielo. – Qué bueno que todavía es de día.
- Ah, sólo una cosita más... – Yuffie dijo. – Los Heartless aparecen en todos lados, excepto aquí, en el Primer Distrito. Mientras ustedes estén aquí, estarán a salvo.
- Entonces, ¿por qué estamos durmiendo en el Segundo Distrito? – preguntó Akane.
- No entran al hotel. – Aeris explicó. – Ahí estamos a salvo. Pero no bajen sus guardias. Aunque estén aquí o en sus cuartos... No podemos dejar que esas cosas nos sorprendan. Uno de estos días, las luces de estas calles dejarán de detenerlos...
Después de nuestra... "sesión para levantar el ánimo", Aeris y Yuffie me llevaron a Akane y a mí a tiendas en donde podríamos comprar ropa. Ranma fue invitado a la fiesta también, pero decidió ir con Cid y con Leon a otras tiendas. Dijeron que nosotras las mujeres nos tomábamos bastante tiempo para elegir qué comprar y que cualquier cosa podía conjurar un hechizo en nosotras, provocándonos verlo por horas y horas. De cualquier forma, supongo que ninguno de ellos se dio cuenta de que no estábamos de humor para ver vestidos y bufandas y arracadas...
Pero aun así, sí nos tardamos un poquito en las tiendas. No porque las tiendas nos impusieran la "maldición" que se supone tienen, sino porque Aeris y yo no podíamos dejar de hablar entre nosotras. Nos sentamos al lado de un cambiador de ropa para mujeres simplemente... charlando.
- Entonces... ¿quiénes son los amigos a los que estás buscando? – pregunté.
- Hay seis de ellos... – dijo ella. – Una es una chica que se parece mucho a ti, por cierto... Se llama Tifa Lockheart. Otro podría ser descrito como una pantera roja, Nanaki.
- ¿Una pantera roja? ¿Se trata de una especie de metáfora? ¿O hablas de una criatura que en verdad parece felina?
- Sí, y también habla. Su raza vive por mucho tiempo: tiene casi cincuenta años, pero al parecer, si fuera humano, solamente sería un adolescente.
- ¡Vaya! – exclamé. – Eso es asombroso... Jamás había conocido a alguien así... En fin, continua.
- Otro es un hombre negro, muy grande. – dijo. – No tiene su brazo derecho, pues lo perdió hace mucho tiempo... En vez de una mano, tiene una ametralladora de alto poder. Su nombre es Barret Wallace.
- ¿Una ametralladora? ¿A qué se debe eso?
- Pidió que así fuera. No recuerdo muy bien la historia, pero todo lo que sé es que, en ese entonces, tenía mucho enojo en él y quería utilizar sus balas para diezmar la corporación que le había arrebatado a su miembro y la vida de su mejor amigo... La corporación se llamaba Shin – Ra. Se volvió el líder de un equipo de terrorismo llamado "Avalanche", el cuál hizo destrozos en mi ciudad, Midgar. Él también viene de ese lugar... De cualquier modo, luego descubrimos que Shin – Ra había sido responsable de un asesinato masivo y que también estaba intentando utilizar la energía de nuestro planeta para darles energía a sus edificios y sus armas...
- Ya veo. Entonces su furia sí tenía una razón. Después de todo, la venganza puede ser una poderosa fuente de fuerza.
- Sí... – pausó por un segundo y luego continuó hablando. – Otro es un pequeño gato que controla un muñeco de peluche gigante: Caith Sith.
- ¿En serio? Eso es todavía más extraño que lo que dijiste hace un momento acerca de la pantera roja... – murmuré. – Supongo que también habla.
- Sí. – rió Aeris. – En fin... otro es un hombre alto y oscuro, quien tiene una historia muy triste. Uno podría decir que no tiene sentimientos, pero una gran desolación y una furia todavía más intensa yacen en él. Pero de todas maneras, es una persona noble, capaz de dar su vida por lo que cree o por aquellos que estén a su alrededor. Él es Vincent Valentine... Y el último es... – dejó de hablar y emitió un largo suspiro para luego añadir: - Un mercenario. Pertenecía a las fuerzas SOLDIER; una 'sub' organización de Shin – Ra. Pero entonces renunció y se unió a Avalanche... Es un hombre hermoso, con los ojos azules más intensos que hayas visto... Cloud Strife.
Moví mi cabeza de arriba abajo y suspiré también. Hablaba de él como si se tratara de un ángel el cual sólo puede ser visto cuando el sol brilla con su mayor intensidad y cuando no hay nubes en el camino de sus rayos. No pude evitar pensar en mi Wilheim, quien también era una extraña criatura que no era fácil de ver. Siempre se movía de un lugar a otro, siempre desapareciendo en la sombra de la luna o en el tintineo de las estrellas...
- Pareces estar... enamorada de él. – musité en voz baja.
- ¿Es tan obvio? – dijo, con una risilla. Pero después de un momento, dejó de sonreír y murmuró: - Pero creo que está enamorado de Tifa... Después de todo, fueron amigos desde pequeños... Bueno, Caith Sith nos dijo que éramos la pareja perfecta, pero... no lo sé.
- Disculpa que haya mencionado eso. – dije rápidamente. – No me había dado cuenta de que había mucho detrás de eso. No tienes que decir más. No me incumbe.
- A veces es más fácil hablarle a un extraño que a un amigo de toda la vida. – Aeris interrumpió. – Y a veces no lo es... De cualquier manera, no me importaría decírtelo... – no pude evitar el sonreír ante sus palabras y asentir en silencio. Respiró profundamente y preguntó: - ¿Cómo es Wilheim?
- Es el hombre más lindo que puedas imaginar. – respondí. – Él... Él es un vampiro, de hecho; un vampiro de sesenta y ocho años, podrías decir. Pero su verdadera edad yace en sus ojos, cuerpo y corazón. En realidad, es un chico de diecisiete años... Aun cuando habla raro, como un artista que siempre está recitando poesía, es un chavo, como yo.
- ¿Lo es? – preguntó Aeris, con duda en su voz y ojos. - ¿Cómo puede ser tan joven como tú dices, si ha vivido por tanto tiempo?
- A mí también me pareció difícil de creer al principio. – confesé. – Pero tan pronto dejó de hablar... y me miró a los ojos... no tuve duda. Tiene un pasado muy triste. Aun cuando sobre él han caído muchas tragedias, todavía tiene esperanzas. Aun cuando ha visto a muchas mujeres, todavía se pone nervioso cuando ve a una bonita... – reí y agregué: - La primera vez que nos conocimos, no podíamos dejar de reír y nuestros rostros estaban rojos, como un par de tomates... Es inocente y tierno como un niñito, y apasionado, como todo adolescente. Es como en una ocasión me dijo: sabe mucho del mundo y de su historia y sus misterios... pero aún se emociona cuando ve algo nuevo; le gusta estar con quienes saben divertirse y también le gusta reír y jugar... Es sabio y maduro, pero a la vez, joven e infantil.
- Parece que es un buen muchacho... – Aeris dijo. – Estoy segura de que me gustaría conocerlo algún día.
- Si tengo suerte... quizás lo conocerás. – repliqué, con una sonrisa. El hablar de él hacía que el recuerdo de su mirada se hiciera más y más intenso. Y de repente, recordé su promesa: me había jurado que regresaría a mí, sin importar el costo. Y tan pronto recordé su promesa, me sentí mucho mejor y recuperé más esperanza. No me abandonaría... Dondequiera que estuviera, me estaría buscando y eso hacía que me sintiera feliz. – Quizás lo conocerás. – repetí en una voz baja y soñadora.
- ¿Eso le pertenece? – preguntó y señaló a la cinta que sostenía entre mis manos. – No has dejado de jugar con ella desde que estábamos en el café...
- Sí, es de él. Es su cinta, la usa alrededor de su cabeza.
- ¿Por qué tiene ese color? Casi toda es roja, pero si te fijas bien, notarás que hay unas partes que han perdido el color...
- No han perdido el color. – expliqué. – Inicialmente, era un lazo blanco... Pero cada vez que llora, lo utiliza para secar sus lágrimas... Ha llorado muchas veces.
- Ahora entiendo... Lágrimas sangrientas. – inquirió. – Así que es cierto que los vampiros lloran lágrimas sangrientas.
- Lo es. Yo lo vi con mis propios ojos. – dije y suspiré, pues las lágrimas que recordé fueron aquellas que habían resbalado por sus mejillas y se habían encontrado con las mías y su promesa hizo eco en mi mente por un largo tiempo.
Continuamos hablando entre nosotras un poco más, hasta que finalmente Yuffie salió para arrastrarme a otra tienda y me obligó a comprar un poco de ropa. Rápidamente compré lo que necesitaba y luego regresé al hotel junto con Akane. Ambas nos duchamos; yo entré primero y luego ella. Incluso después de habernos aseado, todavía no había señal de Ran – Chan. Conforme caminábamos hacia el Primer Distrito, el cual ahora brillaba bajo el color rojizo del sol agonizante, lo vimos salir de una de las tiendas, junto con Cid y Leon... No se había aseado del todo y tenía una expresión de enojo en su cara. Akane y yo no pudimos evitar el reír y exclamar:
- ¡Qué rápido!
- Sí, claro, muy graciosas. – musitó él.
- ¿Qué salió mal? – preguntó Akane.
- Ninguna de las camisas y de los pantalones le... complacían. – Cid respondió. – De haberlo sabido, hubiera ido con ustedes, chicas.
- Igual yo. – Añadió Leon. Entonces, se volteó hacia Ranma y dijo: - Eres incluso más lento que una anciana.
- Oye, no es mi culpa que todas las tiendas vendan ropa para hombres horrenda. – Ran – Chan discutió. – Si quieres que me vista como idiota, déjame decirte que no me atrae la idea. Así que cállate y déjame en paz, ¿quieres? – y con esto dicho, salió corriendo al hotel del Segundo Distrito.
- Qué sensitivo... – rió Akane. – Estaremos en el café. Si lo ven, díganle eso.
- Sí, sí, claro, claro. – Cid murmuró. – Estaremos en la tienda. Vengan con nosotros si necesitan cualquier cosa.
- Estaremos bien. – dije y comencé a caminar hacia el café, junto con Akane.
Luego de unos momentos, ambas estábamos sentadas en una mesa vacía, con casi nadie a nuestro alrededor. Las delicadas luces de las velas se fundían con el brillo del sol e iluminaban el lugar mágicamente. Parecían ser pequeños pedazos de una estrella inmensa bailando con gracia frente a nosotras. Y vaya que danzaba bien... en verdad era cautivante y hermoso.
Tomábamos una taza de café cuando de pronto, Akane dijo:
- No te preocupes, Ukyo. Encontrarás a Wilheim. Tarde o temprano, lo encontrarás.
- Sí... Supongo que todo lo que puedo hacer es tener fe, como Cid y Aeris dicen. – repliqué. – De cualquier manera, estoy segura de que me está buscando inclusive ahora. Todo lo que puedo desear es que me encuentre... Sé que estará bien. Es el doble de fuerte que Ranma y tiene muchos trucos bajo la manga. Pero aún así, no puedo dejar de preocuparme por él.
- Bueno, eso se puede entender. – murmuró y asintió. – Pero por quién estoy verdaderamente preocupada es por Ryoga...
- Ése es el que debería de preocuparme más. – dije, estando de acuerdo con ella. – Pobre Ryoga... Apenas y puede notar la diferencia entre la puerta delantera y la del baño. ¿Qué estará haciendo?
- Esperemos que haya encontrado buena compañía y esperemos a que el amo de la Keyblade se presente. – hizo una pequeña pausa y luego añadió: - También espero que Mousse y Shampoo estén bien, aunque no... me caen muy bien.
- Ya somos dos. Pero aun así, no podemos desearles el mal... – emití un suspiro y pregunté: - ¿Quién crees que será el amo de la Keyblade? ¿Será alguien que conozcamos?
- Probablemente no, Ukyo. – rió Akane. – Hay millones de criaturas a lo largo de todos estos mundos... Supongo que no sabremos quién será cuando lo veamos.
- Bueno, ¿cómo crees que se vea la Keyblade? Es decir, Leon dijo que tenía la forma de una llave y era tan filosa como un colmillo... Pero, ¿no hay más que pueda describir? Digo, hay ciertas armas que obviamente reconocería... Como la espada de Wilheim, por ejemplo.
- Sí, pero creo que sólo bastará con verla para saber. Funciona así: todo mundo sabe que eres tú cuando ve esa monstruosa espátula que cargas.
- Bueno, eso no te lo discuto. – reí... pero entonces, me quedé congelada.
De pronto, la expresión de Akane se había llenado de confusión y sorpresa. Sus ojos bailaban de un lado a otro, pero no decía palabra. Vi un extraño reflejo en su mirada y me percaté de que no me estaba viendo a mí. Así pues, volteé mi cabeza... y no pude creer lo que vi.
Tres criaturas extrañas estaban caminando hacia la tienda de Cid. Una de ellas era un gracioso perro anaranjado. Nada fuera de lo ordinario... Pero los otros dos en verdad eran una visión espectacular. Uno de ellos era un pato; un pato blanco y bajito con una chamarra azul llena de cierres y un gorro de igual color. Tenía un pico grande y amarillo y dos ojos grandes que veían a lo que había alrededor de ellos con una mirada enojada e impaciente... Y el otro era... Aún no estoy segura, pero creo que el otro era un perro, pero caminaba con dos patas y vestía un par de pantalones naranjas y una camisa verde bajo una chaqueta negra. Sus manos estaban cubiertas por un par de guantes blancos y tenía un gorro naranja sobre su cabeza. Tenía una mirada amigable, graciosa y juguetona (o también podría haberla descrito como ausente y estúpida) y una gran boca con dos dientes saliendo de ella... Caminaban casi sin ser vistos y sin ser molestados.
Akane y yo los vimos con ojos petrificados y sin decir palabra por largo tiempo. Cuando finalmente desaparecieron detrás de la pared de la tienda de Cid, mi amiga murmuró, sin aliento:
- Dime que acabo de ver a un pato y a un perro caminando con dos piernas y que no me estoy volviendo loca.
- En nombre de la cordura... – dije, en voz alta. - ¡¿Qué demonios fue eso! Es decir... Aeris me había contado acerca de seres extraños quienes eran sus amigos... ¡Pero no estaba lista para ver a un pájaro y a un canino humanoides caminar frente a mi cara!
- Creo... creo que deberíamos de decirle esto a Leon y a Cid... – murmuró. – Es... es que no lo sé. Digo... Esto es demasiado extraño.
- Te doy la razón. – dije. – Anda, vámonos.
Rápidamente nos pusimos de pie y nos dirigimos hacia la tienda de Cid. Conforme corríamos, la mayoría de la gente se volteaba a nosotros con confusión en sus rostros. Supongo que se han de haber preguntado qué diablos era nuestro problema. Pero la verdad, me importaba un comino. Era increíble... hacía algunos meses, habíamos estado en un escondite subterráneo, lleno de cadáveres pudriéndose y nos habíamos enfrentado a un monstruoso vampiro Nosferatu, una criatura horrenda cuyos ojos azules estaban muy dentro de sus cuencas y cuyos dientes de tigre de sable salían por su boca. Era una imagen malévola, creada por el mismo Diablo... Y ahora que habíamos estado viendo a un pato bípedo y a un perro (aunque debo repetir que no estoy segura de que esa cosa fuera un canino), no hubiéramos podido combatir contra ellos. ¿Qué rayos nos estaba pasando...? Quizás se debía al hecho de que el vampiro infernal Magnus parecía mucho más un humano viejo y malévolo que un animal.
Entramos por la puerta verde y nos encontramos cara a cara con Cid y Leon. Cuando vieron nuestros ojos, corrieron hacia nosotras con expresiones de preocupación y Cid preguntó:
- ¿Qué sucede? ¿Están bien, chicas?
- S – Sí... – tartamudeé. – Escuchen... Probablemente no sea la gran cosa, pero... – hice una pequeña pausa y luego agregué con una voz llena de terror y confusión: - Acabamos de ver a un pato y a un perro caminando.
- Y por ello, no nos referimos a los animales comunes y corrientes. – intervino Akane. – Estas cosas eran algo que jamás habíamos visto.
- ¿Un perro y un pato? – preguntó Cid. Después de permanecer quedo por unos momentos, él y Leon emitieron un suspiro de alivio y se sentaron en el sillón. – Tienen razón. – dijo. – No es la gran cosa. Caray, niñas, ¡tranquilícense! Casi me da un infarto o algo así...
- Aquí hay un montón de criaturas pequeñas que parecen gatitos de felpa blancos con narices rojas. Se llaman Moggles y trabajan todo el día en experimentos extraños justo arriba de nosotros. – Leon dijo. – Así que créannos: no es algo extraordinario.
- ¿Gatitos de felpa blancos con narices rojas? – rió Akane, con un poco de temor. – Parece ser una broma enfermiza...
Leon solamente volteó a verla con fiereza. Mi amiga rápidamente cerró su boca y no dijo más. Todos nos quedamos ahí por un rato, sin hacer nada, a medida que un incómodo silencio inundó el cuarto. Pero de pronto, los ojos de Cid brillaron con entusiasmo y palmeó la pierna de Leon para luego levantarse y preguntar:
- ¿En dónde los vieron?
- Afuera. – respondí. – Pasaron por el café y parecía que se dirigían al Segundo Distrito.
- Así que, ¿No los vieron salir del callejón? – preguntó.
- No... – replicamos Akane y yo al unísono.
- Cid, ¿qué te propones? – preguntó Leon y se levantó de su asiento. Camino a su lado y añadió: - ¿Qué diferencia hay si son un pato y un perro o un ganso y un lobo?
- Si no vinieron del callejón... – explicó Cid. – ¡Entonces eso quiere decir que han llegado aquí! Y la única manera de venir aquí sin ser succionado por un hoyo negro es...
- ¡En una nave Gummi! – inquirí. Una sonrisa se dibujó en mi rostro a la vez que reía alegremente y saltaba de felicidad. ¡Esa era mi oportunidad! ¡Finalmente podría salir de ahí y buscar a mi querido Wilheim! - ¡Vámonos! – exclamé. - ¡Vamos a buscarlos! ¡Probablemente no han de estar muy lejos!
- Tranquila, tranquila, Ukyo... – murmuró Cid. – Tan sólo es una posibilidad. No te emociones tanto, ¿de acuerdo?
- ¡De acuerdo! – chillé, incapaz de controlarme.
- Sí, claro. – rió. – Hagamos esto: ustedes quédense aquí, niñas, sólo en caso de que estos personajes vengan. Leon y yo iremos a buscarlos. ¿De acuerdo, Leon?
- Seguro. – Leon replicó, secamente.
- Eh... Está bien. – musitó Akane. No pude hacer nada mas que asentir rápidamente y con entusiasmo.
- ¡Vámonos! – Cid exclamó y así, ambos salieron de la tienda y me dejaron a mi amiga y a mí solas.
Después de que los dos se fueron, Akane se sentó en el sillón. Se quedó mirando a un extraño, pero hermoso cristal que estaba en la esquina del contador. Yo lo vi también, por primera vez. No lo había visto la primera vez que había estado ahí, pero ahora miraba su extraña forma de espada mientras tintineaba como una estrella en el cielo. Sin embargo, no la miré por mucho tiempo. Emití un rápido suspiro y dije:
- Bueno, nos vemos luego, Akane.
- ¿Qué? – musitó tan pronto me vio dirigirme a la puerta y poner mi mano en la cerradura. - ¿Adónde vas, Ukyo? – preguntó.
- Ya sabes a dónde voy. – repliqué. – Voy a buscar a esas dos cosas, sean lo que sean.
- Pero Cid y Leon nos dijeron que... – empezó a decir, pero yo la interrumpí.
- No me importa lo que nos hayan dicho. No me voy a quedar aquí y a esperarlos. Además, mientras más gente los esté buscando, mejor; así aparecerán más pronto. Por ende, más pronto sabremos de dónde son y si pueden o no ayudarnos. Tú puedes quedarte aquí, si quieres. Yo volveré en media hora, o menos, si los llego a encontrar. Mientras tanto, espérame y si Cid o Leon regresan, diles que fui a buscar a esas cosas, ¿de acuerdo? – y así pues, abrí la puerta y sin siquiera esperar a una respuesta de mi amiga, salí de la tienda.
Corrí a la pequeña plaza y comencé a buscar al pato y a los perros. Empecé mi búsqueda en el café. Estaba vacío, salvo por una pareja queda. Entonces comencé a buscarlos en las tiendas. Todas ellas estaban prácticamente vacías y con cada segundo que pasaba, más y más gente se alejaba de ellas. El sol se había ocultado completamente y la noche había caído sobre el Pueblo Traverse. Ni siquiera el brillo rojizo de la estrella podía ser visto en el horizonte. Había muerto por completo...
Estaba por cruzar una enorme puerta de madera la cual guiaba a aquello que no había visto hasta ese entonces, el Tercer Distrito, cuando de pronto vi a uno de ellos. Era el perro: el gracioso perro anaranjado... Estaba pasando por la tienda de Cid, olfateando el piso conforme caminaba. Decidí ir a su lado y caminé hacia él lentamente. No quería asustarlo al correr como una loca. Cuando me acerqué lo suficiente, se detuvo y se volteó a verme. Me congelé por un segundo, pero luego sonreí al ver que el perro jadeante parecía devolverme la sonrisa. Así pues, me arrodillé a su lado y puse mi puño bajo su hocico. Él lamió mi mano y yo acaricié su cabeza gentilmente.
- Buen chico... – dije. - ¿Quién eres tú, cariño? – entonces noté un collar con una placa alrededor de su cuello. Le eché un rápido vistazo y murmuré: - ¿Pluto? Bueno, pues hola, Pluto.
Como una respuesta a mi saludo, Pluto movió su cola y lamió mi cara. Debo de admitir que soy muy buena cuando se trata de familiarizarme con animales... Especialmente después de haber tenido a Wilheim como un lobo. Pero de repente, comenzó a ladrar y corrió hacia el callejón.
- ¡Oye! ¡Espérame, Pluto! – grité y le seguí.
No se detuvo sino hasta que llegó al lado de una pila de cajas. Me percaté de que estaba olfateando algo... Y entonces, vi un par de piernas. Dos pequeñas piernas con grandes zapatos amarillos y unos shorts rojos. Parecían ser tan delicados... y a la vez tan fuertes... Me aproximé a ellos y vi a un niño inconsciente acostado en el suelo. Tenía una chamarra negra sobre una camisa roja y vestía un par de guantes blancos. Tenía un peinado raro... Es la única manera en la que puedo describirlo, pues su cabello café parecían ser como un montón de espadas apuntando hacia el cielo y hacia sus lados. Sus ojos estaban ocultos bajo sus párpados y respiraba lenta y apaciblemente, como si estuviera teniendo un sueño placentero. Pero yo sabía que no soñaba... Sabía que había venido a caer en esta tierra justo al igual que nosotros y que dormía debido al hechizo del hoyo negro que seguramente lo había devorado...
Pluto olfateó su mano y luego lamió su cara. Él tembló y lentamente abrió sus ojos. Tenía irises azules, tan claros como los mares caribeños. Sus pupilas miraron primero a Pluto y luego a mí. Entonces rió suavemente y murmuró para sí, con voz débil:
- Qué sueño. – entonces cerró sus ojos y trató de quedarse dormido de nueva cuenta.
Estaba por sacudirlo, cuando Pluto rápidamente saltó sobre él y lo despertó por completo.
- ¡Ah! – exclamó. - ¡Esto no es un sueño!
- No, me temo que no. – dije, con gentileza. Después de todo, ahora sería yo la que tendría que explicarle lo que me había sido explicado a mío... Y no sabía como iba a reaccionar ese niño a la tragedia que le había caído.
- Eh... ¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy? – preguntó, a la vez que frotaba su nuca y se ponía de pie.
- Yo... – comencé a contestar, pero luego enmudecí debido al repentino escape de Pluto del callejón. - ¡Oye, Pluto! – grité. Aun cuando no corría muy rápido, no me molesté en ir tras él. Después de todo, este chico necesitaba ayuda; no podía dejarlo sólo así como así. Suspiré y me volteé hacia él. – Bueno, se fue.
- Sí, eso parece. – dijo. - ¿Por qué no vas tras él?
- Porque tú eres mi prioridad ahora. – repliqué. – Escucha con cuidado, chico... Mi nombre es Ukyo Kuonji. Y en este momento, no estás en tu casa. Estás en un lugar llamado Pueblo Traverse.
- ¿Eh? ¿Dónde? – dijo. - ¿Pueblo Traverse? Pero... ¿Dónde está mi casa? ¿Dónde está la Isla Destiny? ¿Y dónde están... Riku... y Kairi?
"Ahora sé a lo que se refería Cid cuando me había dicho que es difícil revelar lo que sucede." pensé para mí misma. - ¿Cómo te llamas?
- S – Sora... – tartamudeó. - ¿Dónde están mis amigos?
- Ven conmigo. – dije, tiernamente. – Te diré todo lo que sé... Vamos, te invitaré un chocolate caliente o algo así.
Ayudé a Sora a ponerse de pie y me dirigí al café con él. Miraba a todo lo que estaba a su alrededor con ojos llenos de confusión y temblaba, como si el pueblo mismo lo espantara con tan sólo sus edificios. Nos sentamos en una mesa vacía y mantuvimos silencio por un rato. No tenía ni idea de cómo iba a revelarle el asunto. Quería ser cálida y gentil y quería elegir las palabras adecuadas para no regarla como Cid lo había hecho. Decidí que, para elegir las palabras apropiadas, tenía que saber con quién estaba tratando... Solamente tenía que preguntarle una cosa y luego todo saldría bien.
- ¿Cuántos años tienes? – pregunté.
- Catorce... – Sora respondió. - ¿Y tú?
- Diecisiete. Casi dieciocho. – repliqué. Y entonces, emití un suspiro y agregué: - Escúchame con cuidado, Sora... Esto quizá no sea fácil de comprender al principio, pero sé que me entenderás. Esto es lo que ocurre...
Le expliqué todo lo que había que explicar y le revelé todo lo que había que revelar. Hablé por el más largo tiempo y él solamente se sentó ahí, escuchando atentamente toda palabra que yo decía. Prestó mucha atención y no me detuvo ni siquiera una vez para aclarar algo. Finalmente, cuando yo callé, él asintió y preguntó:
- Entonces, Riku y Kairi no están aquí.
- No lo creo. – dije. – Mientras tanto, te tendrás que quedar aquí. Unos amigos y yo te estaremos cuidando, ¿de acuerdo?
- Sí, supongo. – murmuró. Luego, se puso de pie y miró a la luna. – Me pregunto si estarán bien...
- Sabes... – comencé a decir, pero de pronto enmudecí al ver algo que no esperaba...
Lentamente, desde la esquina del café, emergió una sombra. Era justo como la que había aparecido en el piso de mi restaurante y había adquirido la forma de Ranma... Sólo que esta parecía ser más bien como un pequeño insecto con dos antenas y ojos redondos y amarillos. No era muy amenazadora por sí sola, pero la oscuridad que envolvía su cuerpo la hacía terrible y espantosa... Y justo cuando me paré y estuve lista para atacar, otra de esas criaturas apareció. Y luego otra y otra y otra... y muchas más, hasta que Sora y yo no nos pudimos quedar dentro del café. Rápidamente retrocedió y yo me coloqué frente a él y saqué mi espátula gigante. La agité fieramente y un fuerte ventarrón proveniente de su punta golpeó a todas y cada una de las criaturas. Pero aun cuando mis ataques las alejaban de nosotros y las tiraban al suelo, siempre se levantaban y se arrastraban hacia nosotros, como un enjambre de escarabajos al cual no le importaba nada mas que devorarnos... Gruñí y decidí liberar todo mi poder para lograr vencerlas y terminar con ellas de una vez por todas. Pero, para mi asombro, Sora brincó a mi lado y desenvainó su arma... Y vaya que era un arma extraña.
Era una llave gigantesca que brillaba con los rayos de la luna y con el tintineo de las estrellas... Era notorio que su hoja estaba tan afilada como una espada la cual se conoce solamente en los cuentos y las leyendas de un caballero... Quizá no era tan mortífera como Renamark, la espada de mi Wilheim bonito, pero aun así era bella y fatal. Y lo más importante era que su forma y tamaño encajaban perfectamente con la descripción que Leon nos había dado de la Keyblade: el arma que restauraría todo...
No perdió tiempo y se arrojó en contra de las sombras con un aullido de batalla... Supongo que podría decir que no era un experto en artes marciales, pero la gracia y velocidad que le faltaban las compensaba con una fuerza extraordinaria. Dejé de mirarle con asombro y comencé a atacar también. Las personas que estaban alrededor de la plaza rápidamente dejaron el lugar, gritando por auxilio. Pero Sora y yo no necesitábamos ayuda. Teníamos completo control sobre la batalla solos. Con cada golpe de mi espátula, al menos uno de esas pequeñas sombras caía al suelo sin una cabeza y se desvanecía después de un leve tintineo. Sora estaba haciéndolo muy bien por sí solo; con frecuencia corría hacia las criaturas más cercanas a él y las apuñalaba duro. Algunas veces le tomaba más de un golpe para matarlas, pero una vez que la Keyblade había tocado el cuerpo de una sombra, seguramente volvería a hacerlo y los monstruos no podrían escapar. Las criaturas desaparecieron casi tan rápidamente como habían venido y alcanzamos la victoria. Yo estaba intacta, pero Sora tenía unos cuantos rasguños en sus brazos. Sin embargo, nada realmente malo.
- Esas cosas aparecieron en la Isla Destiny y luego de que terminé con ellas, un agujero negro gigantesco apareció... Ése fue el que me tragó. – Sora musitó. – Ellos me perseguían. Y ahora están aquí.
- Creo saber porqué. – dije. Sin perder más tiempo, lo tomé de la mano y juntos corrimos hacia la tienda de Cid. Entramos rápidamente y casi fuimos golpeados por el puño de Akane, quien se estaba escondiendo detrás de la puerta y nos había atacado. Pero tan pronto como me hubo reconocido, se detuvo y dio unos pasos atrás.
- ¡¿Ukyo! – exclamó ella. - ¿Estás bien? – preguntó. – Escuché muchos gritos... Pensé que estaría a salvo aquí, pero también quería saber si tú y los otros estaban bien.
- No sé qué hay de los demás. – respondí. – Pero yo estoy bien. Estamos bien. – añadí y miré a Sora rápidamente. – Sora, ella es Akane Tendo.
- ¡Ah, lo siento! – Akane dijo. - ¿Estás bien? ¿Qué pasó?
- Fuimos... fuimos atacados por unas criaturas extrañas. – Sora replicó. – Pero ya estamos bien. Ukyo y yo las destrozamos a todas.
- Akane, tenemos que regresar al hotel. – dije. – Junto con Sora. Y necesitamos hallar a Ranma y a los otros.
- Pero, ¿qué hay de los otros que vimos? – preguntó.
- Por ahora no importa. – repliqué. – Andando, vámonos ya, antes de que las sombras vuelvan a emerger del suelo. Están débiles, pero son muchas y no creo que podamos pelear contra ellas por siempre.
- ¡Ahí están, chicas! Ya estaba comenzando a preocuparme por ustedes dos. – Ran – Chan nos dijo tan pronto como nos vio cruzar la puerta que llevaba a nuestro cuarto. Su rostro se llenó de extrañeza cuando vio que Sora venía con nosotros y preguntó: - ¿Y tú eres...?
- Sora. – replicó él. – Gusto en conocerte.
- Sí... Ranma Saotome. – dijo Ranma, secamente. Se volteó hacia nosotras y añadió: - ¿Dónde estaban? Acabo de combatir contra una multitud de pequeñas sombras con formas de insectos por mí mismo...
- Nosotros también. – interrumpí. – Pero lo interesante fue que nosotros lo hicimos en el Primer Distrito.
- ¿Qué? – exclamó Ranma. – Creí que esas cosas sólo salían aquí y en el Tercer Distrito. Al menos eso fue lo que nos dijeron los muchachos.
- No creo que nos mintieran, Ranma... – intervino Akane. – Y eso nos deja con una pregunta, nada más...
- ¿Por qué están apareciendo ahí? – inquirió Ran – Chan.
- Creo que tengo la respuesta. – anuncié. Miré a Sora y dije: - Creo que están tras él. Porque, hasta donde yo sé, el amo de la Keyblade nos ha venido a visitar.
- ¡¿El amo de la Keyblade! – exclamaron los tres, con asombro. Akane y Ranma se voltearon hacia Sora rápidamente, quien preguntó al instante:
- ¿Qué rayos es eso? De nuevo, ¿qué es lo que soy?
- El amo de la Keyblade. – repetí.
Y antes de que pudiera decir otra palabra, Leon y Yuffie entraron al cuarto, gritando:
- ¡Los Heartless nos persiguen! ¡Todo un ejército! ¡¡Salgan ya!
Eso fue todo lo que pudieron decir antes de que las luces de la habitación fueran atenuadas por los cuerpos y los ojos de los monstruos que invadieron la estancia. Ranma, Akane, Leon y Yuffie corrieron hacia el balcón y brincaron hacia un gran callejón, mientras que yo tomé a Sora de la mano y salté por la ventana hacia el mismo lugar. Tan pronto llegamos al suelo, las sombras de la calle oscura se convirtieron en cientos de Heartless, todos ellos con una mirada hambrienta. Y esta vez, no se trataban de solamente pequeños y débiles insectos, pues había sombras más grandes, vestidas con un traje azul oscuro que tenía un emblema de corazón roto en sus pechos. Tenían cascos de hierro sobre sus cabezas y de éstas, nada más podíamos ver sus ojos amarillos... Lentamente, todo aquello que brillaba, todo lo que tenía luz propia fue opacado por los cuerpos de los monstruos. Inclusive el cielo fue cubierto por un velo oscuro. Estaban por todas partes... pero teníamos la suficiente fuerza para deshacernos de ellos.
De nuevo saqué mi espátula a la vez que Sora empuñaba la Keyblade. Leon sostenía una extraña espada en sus manos, la cual tenía la empuñadura de una pistola... Era la bayoneta más bizarra que jamás había visto. En lo que a Yuffie se refería, ella había sacado un shuriken gigante de cuatro hojas. Ranma y Akane pelearon a puño limpio, pero su fuerza era, y siempre será, algo temible.
Agité mi arma de un lado a otro, de arriba hacia abajo y destruí a varios monstruos con cada ataque. Fueron pocas las veces en las cuales tuve que sostener mi espátula a la altura de mi rostro con tal de evitar ser golpeada por una patada voladora proveniente de un Heartless con armadura. Pero una vez que sus ataques terminaban, de nuevo me convertía en un torbellino invencible con nada más en la mente que llevar luz a la calle oscurecida.
Ranma y Akane pelearon bravamente, pero pronto se cansaron, ya que los monstruos resistían muchos golpes antes de caer ante ellos. Akane era quien tenía más problemas, puesto que no era tan fuerte como Ranma, quien constantemente tenía que abandonar un duelo para correr a su lado y protegerla de la horda de Heartless despiadados. Sin embargo, no bajaron sus puños ni una vez y sus golpes y patadas siempre fueron terribles y mortales.
Leon y Yuffie no tenían problemas en absoluto. Como yo, utilizaban armas pesadas capaces de destruir hasta tres oponentes de un solo golpe. De vez en cuando, Leon alzaba su brazo y de la palma de su mano, disparaba una bola de fuego que eliminaba a todo Heartless que se encontrara a su paso. Yuffie era tan ágil como un jaguar y constantemente brincaba y rebotaba sobre las paredes. En un instante, se encontraba al menos a tres metros de su oponente y en el siguiente, estaba a su lado, robándole su vida con sus manos.
Sora era quien tenía más problemas. Era bendecido y maldito a la vez con la Keyblade. El arma le proporcionaba una fuerza y una velocidad increíbles y peleaba valerosamente y sin descanso, pero los Heartless lo veían como su presa principal y constantemente se arrojaban hacia él. Intenté quitarle a las criaturas lo mejor que pude, pero de vez en cuando, Leon o Yuffie debían de ayudarme, puesto que él solo no podía vencerlos a todos. Se deshizo de las pequeñas sombras con figuras de insectos rápidamente, pero peleó más encarnizadamente contra los monstruos con armadura, pues eran más ágiles y sus ataques, aunque más lentos, eran más poderosos.
Ninguno de nosotros se rindió y luego de lo que pareció ser una eternidad, todos los monstruos se desvanecieron en el aire luego de dejar escapar un bajo chillido de dolor. Pero no hubo tiempo para celebrar nuestra victoria, ya que tan pronto como la batalla terminó y la oscuridad en la calle se hubo desvanecido, Leon gritó:
- ¡Al Tercer Distrito! ¡Aeris y Cid necesitan de nuestra ayuda!
Corrimos hacia la plaza del Segundo Distrito y nos abrimos paso hacia otro pequeño callejón que llevaba al Tercer Distrito, un callejón desconocido hasta ese entonces para Akane y para mí, al menos. Sora estaba muy cansado y apenas podía mantener el paso. Por más que me hubiera gustado dejarlo descansar, sabía que no era una opción. Si nos hubiéramos quedado quietos, aunque fuera por un segundo, los Heartless seguramente nos hubieran atacado con toda su fuerza otra vez. No podía arriesgarme a dejar a Sora solo contra todos ellos...
Cruzamos por una puerta de madera al final del callejón y llegamos al Tercer Distrito. Era el más pequeño de los tres Distritos, pero era aquel que tenía más luces, o al menos eso sentí, pues las paredes estaban pintadas de una luz azul cielo. Por un momento, pensé que estaba mirando una bahía que era bañada por la luz del día, pero la dura superficie de ladrillos que estaba a mi lado me decía que no era así. El color del suelo era gris y reflejaba muchos puntos amarillos de luz hacia nuestros ojos. Más abajo, el piso formaba un cuadrado y ahí, una batalla se estaba librando...
En una orilla, estaban Cid y Aeris. Ella sostenía la cabeza de él y musitaba algo en una voz muy baja. Sus manos brillaban con un tono verde y su cabello ondeaba debido a la caricia de un viento incapaz de ser sentido. Me percaté que los ojos de Cid estaban cerrados y que su frente sangraba... Y en el centro del lugar, había una armadura maligna, flotando y moviéndose sin cesar. Era casi tan grande como un mamut y el doble de dura. La armadura de metal era púrpura y nadie la vestía. Los guantes con garras flotaban al lado de un torso enorme y vacío, el cual tenía el emblema de los Heartless grabado en sí y todo esto flotaba sobre un par de botas y era adornado por un casco vacío, similar a los que los caballeros Heartless que habíamos encontrado antes vestían. Y aquellos quienes peleaban contra esta abominación, eran nada más ni nada menos que el pato y el perro.
- ¡¡Aeris! – gritó Yuffie, mientras corría al lado de su amiga. - ¿Qué pasó?
- Cid fue herido. – Aeris replicó. – He curado su herida, pero todavía está inconsciente. Tenemos que sacarlo de aquí.
- ¿Y qué hay de esa armadura? – pregunté, arrodillándome al lado de Cid.
- No hay otra opción: hay que destruirla. – dijo Aeris. – Pero también tenemos que salvar a Cid.
- ¡Entonces, váyanse! ¡Yo me encargaré de ella! – exclamó Sora y se lanzó al combate.
- ¡¿QUÉ! – grité. - ¡¡Sora, espera! – rápidamente corrí tras él y pronto me hallé a mí misma peleando al lado suyo, del pato, del perro y de Ranma. Akane, Leon, Yuffie y Aeris se habían quedado al lado de Cid, formando una pared humana que no podía caer.
Para mi asombro y alivio, el pato y el perro eran guerreros bastante fieros. El primero era un mago experimentado que usaba todo tipo de magia. Si así lo hubiera querido, podría haber dejado caer un rayo sobre su enemigo o dejar que una despiadada tormenta helada lo congelara. Y el perro peleaba con un escudo pesado y cada uno de sus golpes resultaron ser incluso más brutales que los que pudiera haber descargado una cimitarra.
Mas la batalla fue bastante difícil esta vez, pues el Heartless al que nos enfrentábamos no era mas que acero. Cada vez que lanzaba su mano contra mí, tenía que cubrirme con mi espátula y aún así me hacía volar por los aires solamente para intentar golpearme de nueva cuenta o para tratar de aplastarme con sus botas gigantes. Varias veces logré esquivarlo y otras tantas fui salvada por el pato y el perro, quienes lo golpeaban rápidamente o lo detenían con una bola de fuego. De cualquier manera, no nos estaba yendo muy bien. Incluso Ranma no podía acertar un buen golpe... Ni siquiera cuando acumulaba toda su fuerza y descargaba el Ataque de las Castañas. Sus rápidos brazos ni abollaron la pesada armadura. Pero fue lo suficientemente ágil como para escapar del alcance el monstruo y cada vez que los guantes con garras intentaban tirarlo, él brincaba alto y pateaba la cabeza del Heartless con gran fuerza. Estaba más preocupada por Sora, quien parecía estar a punto de desmayarse sobre el suelo después de cada ataque que descargaba. Sin embargo, no vaciló ni una vez. De hecho, su arma parecía ser la única que dañaba a la criatura, ya que luego de cada golpe que conectaba, el Heartless dejaba escapar un largo gruñido lleno de dolor y trataba de destruirlo con furia. Tuve que protegerlo varias veces para que sobreviviera a los puños brutales de la bestia.
La batalla continuó y todos nosotros comenzamos a sentirnos débiles, incluyendo al mismo Heartless, que ahora atacaba mucho más rápido, pero con menos fuerza que antes. Sin embargo, tuvimos suerte de tener a un pato hechicero en nuestro lado. Cuando no podíamos levantarnos y pelear más, un extraño y vigorizante viento soplaba en nuestros cuerpos y nos daba la fuerza que tan desesperadamente necesitábamos. Claro que esto no sólo lo hizo el pato, pues Aeris, quién también era una hechicera, conjuraba varios hechizos sobre nosotros también. En más de una ocasión fue envuelta por un viento protector, el cual repelía las garras de la bestia despiadada... Y el Heartless continuó debilitándose.
Con un grito de furia, dejé caer mi espátula sobre una de las botas del monstruo y cuando lo hice, su miembro estalló en cientos de pequeños fragmentos que pronto se desvanecieron... El Heartless dejó escapar un largo alarido de dolor y trató de atraparme con sus garras. Brinqué hacia atrás y lo esquivé. El perro vio esto y tomó ventaja de la furia del monstruo al cargar hacia sus guantes con su escudo y destruyó uno de ellos. El Heartless ya estaba muy débil a estas alturas del partido y le costaba mucho trabajo defenderse. La marea había cambiado y ahora estábamos a punto de derrotarlo, pues el pato había conjurado un poderoso hechizo que había destruido su otra bota y Ranma le había disparado con el "Huracán del Tigre" a su otro guante, volándolo en mil pedazos... Pero creímos mal.
Al no tener brazos o piernas para protegerse, el torso y la cabeza del Heartless ahora eran dos grandes blancos fáciles. Pero para nuestra sorpresa y descontento, estos nuevos blancos se habían vuelto más duros que nunca y cada ataque que descargábamos no le hacía mas que cosquillas a la criatura. Yo, sin embargo, no estaba del todo descorazonada, puesto que sabía que el Heartless no era invencible y que ahora no podía atacarnos. Pero, de nuevo, me equivoqué. Porque cuando menos lo esperamos, su torso comenzó a girar como un tornado, el cual nos atrajo a todos dentro de su poderosa corriente de aire y nos hirió varias veces. Caímos al suelo e intentamos levantarnos, pero nuestras piernas eran prácticamente piernas sujetas a nuestros cuerpos. A estas alturas, Aeris conjuró su más poderoso hechizo en todos nosotros y nos devolvió un poco de nuestra fuerza y Leon y Akane entraron al combate también... Los dos nuevos guerreros fueron muy bienvenidos por nosotros, ya que sus golpes tenían más poder que los nuestros.
Sin embargo, el Heartless no iba a caer tan fácilmente. Continuó convirtiendo su cuerpo en un tornado despiadado y pronto, inclusive Leon y Akane se hallaron a sí mismos tirados en el suelo. Pero la criatura estaba débil y yo lo sabía porque podía ver las abolladuras en su armadura y porque podía escucharla bufar de cansancio...
De nueva cuenta, el Heartless descargó su poderoso ataque y esta vez, tenía la intención de matarnos a todos. No podía dejar que eso ocurriera. Conforme lo vi acercarse a nosotros, pensé en Wilheim; pensé en todo lo que había hecho para verme viva... No podía morir ahora. No moriría. Y así, me levanté y acumulé la poca fuerza que me quedaba y agité mi espátula con furia hacia el torso del monstruo. Mi arma cortó el metal como un cuchillo caliente corta mantequilla y la criatura emitió un aterrador alarido de agonía. Sin embargo, todavía no estaba derrotada, pues su armadura aún brillaba con odio. Caí al suelo, incapaz de realizar otro movimiento, y aguardé a lo peor...
Pero para mi asombro, un repentino resplandor me cegó por un momento y luego, vi como el monstruo comenzó a desaparecer. Del emblema en su pecho, un brillante corazón emergió, flotó sobre él durante unos segundos y luego se desvaneció, junto con el mismo Heartless. Y cuando todo fue claro de nuevo, vi a Sora, quien cayó al suelo inconsciente, sosteniendo la Keyblade con ambas manos...
Rápidamente corrí a su lado y presioné mi oído contra su pecho. Su corazón latía todavía. Suspiré con alivió y murmuré:
- Gracias a Dios...
- ¡Rayos! – exclamó el perro, dejándose caer sobre su trasero. - ¡Eso estuvo cerca! ¡Casi creí que habíamos perdido al amo de la Keyblade!
- Sí, eso estuvo cerca. – añadió el pato. – Bueno, al menos estamos bien y él está bien. ¡Ahora podemos encontrar al rey!
- ¿El rey? – Ranma preguntó, sin aliento. Giró sus ojos y murmuró: - ¿Saben qué? No hablemos más por esta noche. Creo que me voy a ir a dormir...
- Los Heartless han perdido a su líder, sin duda alguna. – Aeris intervino. – Pasará algo de tiempo antes de que se atrevan a acercarse a nosotros. Por ahora, podremos descansar tranquilos.
- ¿Cómo está Cid? – preguntó Akane.
- Todavía está inconsciente, pero está bien. – replicó Aeris. Entonces miró al pato y al perro y emitió un jadeo. - ¡Oh, perdónenme! No tuve oportunidad de presentarlos, muchachos. Ellos son Donald y Goofy y están aquí por este muchachito. – añadió y señaló a Sora.
- ¿Él? ¿Por qué? – pregunté.
- Bueno, órdenes del rey. – el perro, es decir Goofy, replicó. – Eh, si quieres, te lo diremos mañanita. Por ahora, creo que será mejor que descansemos.
- ¡¿Descansar! – exclamó el pato, con furia. - ¿Cómo que descansar? ¡Tenemos que salir de aquí, Goofy! ¡Es como tú lo dijiste: órdenes del REY!
- Tienen que descansar. – dijo Leon, firmemente. – Vengan conmigo, les mostraré donde pueden dormir.
Goofy rápidamente lo siguió conforme se alejaba de nosotros. Donald aguardó unos momentos y luego sólo cruzó sus brazos y se fue, gruñendo quién sabe cuantas cosas.
- Así que... ¿Él es el amo de la Keyblade? – preguntó Akane, arrodillándose mi lado.
- Sí. – contesté. – Te lo contaré todo mañana. Por ahora, todos necesitamos descansar. Sobre todo Sora. La batalla fue agotadora... – me callé para despedirme de Leon, quién nos decía adiós. Me volteé para ver a Ranma, Aeris y Yuffie, quienes estaban al lado de Cid. Él estaba comenzando a despertar y conforme abría sus ojos, decía cientos de groserías, tantas que incluso había algunas que yo no conocía. – Akane... – murmuré, en una voz emocionada, - ¡Tengo el presentimiento de que vamos a dejar el pueblo Traverse muy pronto!
