—"Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas"


=4. Amistad, es sinónimo de sinceridad=

Un amigo es aquel que lo sabe todo sobre ti y a pesar de ello, te quiere

El viento sopló una vez más, Sirius se aferró a la capa de invisibilidad en cuanto sintió que está comenzaba a deslizarse. No sabían cuánto tiempo habían pasado ahí parados tiritando de frío —porque la capa no podía considerarse como abrigadora— pero tampoco era algo que les importara demasiado. Tras el comentario de James, el silencio había reinado en el lugar y ninguno se había atrevido a romperlo.

Peter se hallaba entre asustado y vacilante, los hombres lobo no eran considerados criaturas amistosas en el mundo mágico, sino más bien, catalogados como bestias despiadadas, incivilizadas y de temer. Sirius, había pasado mucho tiempo con sus padres, como para retener en la memoria los comentarios que alguna vez hubieran fluido respecto a que los hombres lobo, servían perfectamente como cazadores de muggles y sangre sucia y aunque sabía que dichas criaturas protagonizaban casi siempre los más aterradores y sangrientos relatos de horror, había una duda que se había instalado en su cabeza: ¿Remus habría protagonizado alguno de aquellos cuentos? Contrario a sus amigos, James ya había superado la estupefacción y sus pensamientos comenzaban a tomar un rumbo distinto…

El viento sopló de nuevo y la capa de deslizó de la cabeza de Peter al suelo, descubriéndolos por fin y logrando así que el siguiente soplido les diera directamente en el rostro, helando por completo sus mejillas. James fue el primero en reaccionar, tenían que irse, no era buena idea que alguien llegara a verlos por ahí, mucho menos si el mismo Dumbledore sabía que un hombre lobo podía salir en cualquier momento del agujero bajo el sauce boxeador que de nuevo comenzaba a mover sus ramas y a menearse con el viento, señal de que no era nada prudente acercarse más de la cuenta.

—Vengan, tenemos que hablar— espetó el chico de gafas, agachándose para tomar la capa y momentos después volver a cubrirse con ella. Sirius y Peter lo siguieron, pero no hablaron en todo el trayecto que les llevó recorrer para volver al dormitorio. De nuevo cada uno se sumió en sus propios pensamientos… Cuando llegaron al retrato de la Dama Gorda y asegurándose de que nadie andaba por ahí, James salió de la capa y dijo firmemente:

—Sé que es tarde pero ese no es el problema en estos momentos. ¡Tarta de melaza!— el retrato apenas abrió los ojos para dejar pasar a los alumnos, ciertamente debía de haberlos reprendido o acusado, pero tenía demasiado sueño como para echar bronca. Y una vez dentro, los tres chicos subieron a su dormitorio, James sentía que tenía que hablar con sus amigos esa misma noche o perdería la inspiración que había comenzado a adquirir. Cuando cruzaron la puerta del dormitorio, Sirius se sentó a orillas de su cama y Peter imitó el gesto, James cerró bien la puerta y miró a sus amigos:

—Y bien… ¿Qué piensan de lo que acabamos de ver?— les preguntó, extrañamente su tono era relajado y firme, como si aquello hubiera sido como ver algo nuevo en clase.

—James… soy yo… o ¿no estás tomando esto cómo es? ¡Remus es un hombre lobo!— exclamó Sirius

—Lo sé Sirius, lo he visto tan de cerca como tú. Remus es un hombre lobo…— aseguró el de gafas.

—Eso explica muchas cosas… como que cada mes, desapareciera con excusas extrañas— comentó Peter mirando el suelo, su comentario había sido más para él, que para sus amigos.

—Y por si no lo saben, eso también quiere decir que Remus es…— Sirius estaba alterado eso era obvio. Pero sus palabras no iban a salir de su boca, no frente a James.

—No te atrevas a decirlo Sirius— le cortó de tajo y muy firmemente. El oji gris lo miró estupefacto y echó una mirada a Peter para comprobar que este miraba a James de igual forma— Escucha, escúchenme los dos, de hecho. Esto es serio y es muy importarte… porque de esto, depende nuestra amistad con Remus…— comenzó a decir.

—James, los hombres lobo no son buenas amistades… eso dicen mis…— habló Peter, pero James, lo volvió a callar, tan solo con una mirada.

—No, eso no puede ser verdad. Entiendan, tenemos que pensar bien esto. Remus es un hombre lobo, pero también es un chico como nosotros. Si no mal recuerdo, tiene 12 años, como ustedes y como yo— espetó el joven Potter— Remus es el chico que conocí en el Expreso de Hogwarts hace un año y que aseguró que deseaba quedarse en Gryffindor ganando mi afecto. He dormido en este dormitorio durante todo un año con él, desayuno a diario con ese mismo Remus y le copio las tareas de Historia de la magia porque soy demasiado perezoso como para tomar nota… Remus es mi amigo. No es un monstruo. No es una criatura feroz. Ni mucho menos un asesino. Un ser así no habría declarado haber hechizado a un Slytherin aun cuando no lo había hecho solo para que no me llevara yo todo el castigo…— confesó. Su tono era sincero, impregnado de fortaleza e ímpetu, bañado de lealtad y envuelto de cariño. Sirius lo miró durante un momento, reflexionando lo que había escuchado…

—Tienes razón, un monstruo no me habría dicho todo lo que él me dijo cuándo mi madre me envió una carta expresando con detalle todo lo que tenía prohibido hacer para deshonrar a Regulus de Slytherin— sentenció y se puso de pie, se acercó a James y lo tomó por un hombro sonriendo.

—Eso quiere decir…. Que no… ¿No vamos a perder a Remus, verdad?— preguntó el de gafas con esperanza en los ojos.

—Pues claro que no. Pero… ¿deberíamos decirle?— preguntó Sirius

—No sería justo que se lo ocultáramos— opinó Peter con renovadas esperanzas y alegrías

—Tienes razón Peter, Remus seguro que no nos dijo por todo lo que se piensa de los hombres lobo. Demostremos que no nos importa todo eso… Remus es nuestro amigo— terció James con una sonrisa. No había más que decir, estaba claro. Después de todo, si Dumbledore le había dado la oportunidad a un hombre lobo de entrar al colegio, no significaba aquello que James ¿tenía razón? Remus Lupín, no era un monstruo.

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Al otro día…

Como todas las noches siguientes a las transformaciones, Remus despertó aquella mañana de Nochebuena, tirado en medio de la Casa de los Gritos, cercana a Hogsmade, con los pantalones rotos, la camiseta rajada en tiras que colgaban sobre su débil cuerpo. Le dolía la cabeza, también el abdomen, sentía que algo ardía en su espalda y que su rostro quemaba en ciertas zonas. —Otra vez…— pensó.

Habían pasado ocho años desde que un hombre lobo le mordiera, condenándolo a ser cómo él y a vivir esas horrendas transformaciones y aun no se acostumbraba al dolor que conllevaba cada luna llena. Por supuesto, era consciente de que desde el año anterior, sus transformaciones se habían comenzado a volver demasiado violentas e incluso suicidas. Y no podía decir que no sabía por qué, al menos algo presentía. Remus, tenía la increíble creencia de que sus transformaciones se habían tornado salvajes (más de la cuenta) en cuanto había comenzado a sentir que le mentía a alguien en especial. No solo estaba engañando al mundo, a sus compañeros alumnos, a sus profesores… también a sus amigos. Y eso le dolía. Le escocía la idea de tener que mirarlos a la cara y mentir, de no poder ser completamente sincero con ellos cuando al contrario recibía toda la sinceridad que aquellos tres chicos poseían. Y como consecuencia de su culpa y de su dolor, de su miedo y de su odio a sí mismo, el lobo que vivía en él, que como animal que era maduraba y enloquecía, había comenzado a mostrar su fuerza en las noches de luna que habían comenzado a ser lastimeras. No podía evitarlo, era consciente de ello cuando despertaba, no en el acto… Se arañaba a sí mismo, se mordía con fuerza, se arrojaba contra las paredes y aullaba a todo lo que daba, dejándole después un gran dolor de garganta. Y ahí estaba el resultado… moretones en sus piernas, rasguños que empezaban en sus omóplatos y concluían en su pecho, finos cortes que le cruzaban el rostro y dolor, dolor en todas partes.

Una voz lejana se escuchó. Alguien estaba en el pasadizo que conectaba la entrada bajo el Sauce Boxeador con la Casa de los Gritos. Madame Pomfrey. Con algo de esfuerzo se puso lentamente en pie y trató de mantenerse así para salir de aquel lugar. Una nueva idea cruzó por su mente, quizás si fingía que todo estaba bien, que no se sentía como si una manada de centauros le hubiera pasado encima, quizás Madame Pomfrey lo dejaría ducharse y correr a su dormitorio, quizás llegaría a tiempo para despertar a sus amigos y quizás, podría conjurar algo para darles de regalo, no sabía qué, pero la prioridad era que la enfermera le creyera, que lo dejara ir… por primera vez, estaba deseoso de mentir, de decir que estaba todo en orden y mirar a sus amigos a la cara al decir: "Mi madre está mejor, he venido para pasar la Navidad con ustedes"

Con todas las energías que su cuerpo era capaz de reunir, trató de caminar sin tener que apoyarse en la pared, para que Madame Pomfrey creyera en su palabra. Apenas apareció por el pasadizo, la enfermera se acercó poco a poco, antes de que lo tuviera completamente frente a ella, le preguntó:

—Remus, pequeño ¿cómo te encuentras?— Remus sonrió débilmente, tratando de parecer en buen estado.

—Estoy bien. Ha sido una transformación tranquila, creo que hoy…— justo entonces, Madame Pomfrey llegó hasta a él y lo sostuvo entre sus brazos, alarmada por las heridas que presentaba.

—¡Por las barbas de Merlín! Mira esos cortes y esas mordidas… cariño, tu espalda está realmente mal… vamos a la enfermería, te curaré todas estas heridas y pasarás la noche en la enfermería… si tenemos suerte, quizás dentro de dos días, podamos avisar de tu regreso al colegio… vaya, me alegro de que la varita de Dumbledore no te haya dejado marcas—

Quería negarse, quería soltarse de su agarre y asegurar que sus heridas no significaban nada, pero las energías poco a poco lo abandonaban. Las esperanzas que lo habían mantenido en pie durante esos breves instantes se habían esfumado y ya nada lo retenía a fingir. Con un poco de pena, se fue encorvando y apoyando un poco más en Madame Pomfrey, hasta que la pobre enfermare tuvo que cargar con casi todo su peso. Atravesaron el pasadizo con lentitud pero aceleraron el paso en cuanto salieron y se vieron obligados a cruzar por los terrenos del castillo hasta la enfermería.

Ya puestos y bien resguardados, Madame Pomfrey se dedicó a curar las heridas de Remus, no necesito más que un poco de esencia de díctamo y vendas para curarlo. Aunque los cortes y mordidas que el lobo había dejado en Remus eran profundos y le inmovilizaban gran parte del cuerpo, la enfermera diagnostico reposo de un día completo para terminar de reponerse. Remus pasó todo el día en la enfermería, que si está demás agregar estaba vacía. Al medio día, Madame Pomfrey le llevó de almorzar y otra ración de comida, llegó en charola al atardecer. Luego de ello, la enfermera dio al pequeño una poción para dormir, puesto que el dolor de los rasguños de su espalda y las mordidas que tenía en su abdomen lo estaban matando.

Cuando la cena de Navidad dio comienzo en el Gran Comedor, el pequeño hombre lobo del colegio, seguía durmiendo sin ser consciente de lo que acontecía fuera de la enfermería o detrás de la cortina que rodeaba su cama.

Y ahí acostado, Remus soñaba, imaginaba, creaba en su mente la forma en que le hubiera gustado pasar aquella mañana de Navidad. Si su destino no hubiera sido mordido a los 4 años por un hombre lobo sanguinario, esa mañana habría sido demasiado distinta. Antes de las vacaciones, habría convencido a sus padres de dejarle en el castillo para pasar las Navidades con sus amigos, habría comprado los regalos necesarios para dar a sus amigos. Si todo hubiera sido de otra manera, si no se convirtiera en una bestia cada luna llena, esa mañana de Navidad, habría despertado en su cómoda cama de la Torre de Gryffindor, habría escuchado a Sirius y James despertar antes que él y Peter, saltando de la alegría por los regalos que hubieran recibido. Se habría visto obligado a abrir los ojos solo para descubrir a James abriendo el regalo que él le habría hecho, descubriendo en el interior, un par de guantes nuevos para Quidditch. Y si las cosas hubieran sido así, Sirius habría puesto el grito en el cielo por el espejo reluciente que Remus le habría obsequiado alimentando su vanidad y Peter habría reído a carcajadas mientras abría entusiasmado su propio paquete que contendría un hermoso chivatoscopio.

Una sonrisa efímera surcó sus labios, aún dormido, porque en verdad añoraba poder pasar una Navidad así. Desde que había conocido a James, Sirius y Peter, su vida había mejorado, se sentía feliz, se sentía aceptado. Quizás no les había dicho toda la verdad, pero había encontrado en ellos algo que jamás había tenido. Y la sonrisa se esfumó. En su lugar, un quejido escapo de sus labios, las lágrimas afloraron en sus ojos, no necesitaba estar despierto para sentirse mal.

Odiaba eso. Odiaba ser un hombre lobo. Odiaba no poder ser sincero con quién si lo era con él. Odiaba la Luna Llena. Odiaba también la enfermería. Su sueño jamás se haría realidad, no pasaría nunca una Navidad así… no mientras la Luna apareciera aquellas noches y le imposibilitara el conseguir regalos para sus amigos. Porque esa mañana, James, Sirius y Peter no habrían encontrado un regalo suyo en sus regalos, no habrían recibido nada… nada de él. Las lágrimas comenzaron a caer sin poder detenerlas y no es que quisiera hacerlo. Porque dolía.

Le dolía de verdad no estar con Sirius y escucharlo bromear y bromear o planear nuevos trucos para jugarles a los de Slytherin. Le dolía no estar con Peter y jugar ajedrez mágico venciéndolo casi el 90% de las ocasiones. Le dolía no estar con James hablando de Quidditch o persiguiendo a la señora Norris para hechizarla. Le dolía saber que un día, ellos se enterarían de lo que era y le temerían, lo odiarían, lo considerarían menos que animal, un monstruo…. Un asesino.

Remus… Remus… ¿estás bien? ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? — ¡Merlín! ¿Tanto lo quería que hasta escuchaba sus voces? Parecía como si ellos estuvieran ahí, la voz de Sirius preocupado por verlo en ese estado, intrigado de verlo llorar.

Hey… ¿Remus? No llores amigo…— y ahí estaba la voz de James. Tranquilizadora, inusualmente seria y firme, porque James siempre estaba riendo. Y solo sus amigos conocían aquel tono, porque solo con ellos James era capaz de tomar las cosas con seriedad.

James… perdón…— era un sueño, que más daba si hablaba dormido. Al menos en sus sueños, debía poder disculparse con ellos...

No te disculpes Remus…— Siempre igual. James siempre decía que entre los amigos no debían existir las disculpas. "Amistad es sinónimo de sinceridad, confianza, cariño, respeto" solía decir el pelinegro.

No quiero perderlos…— era verdad. No quería. No quería perder a sus amigos…

Aquí estamos…— una mano lo tomó por la manga del brazo. Alguien lo estaba zarandeando, alguien quería despertarlo.

¿Era tarde? Seguro Madame Pomfrey se había pasado a revisar cómo estaba y lo había encontrado llorando, preocupada, estaría tratando de despertarlo. Rápidamente se puso las manos sobre la cara, queriendo limpiarse el llanto, sorbió un poco la nariz y entonces separó un poco sus manos, abrió lentamente los ojos, acostumbrando sus pestañas mojadas a separarse. La enfermería estaba sola, casi en penumbras, más que por la luz de las velas que Madame Pomfrey siempre dejaba encendidas cuando había algún enfermo.

Y frente a él, no estaba la enfermera. Tres figuras lo miraban desde la orilla de la cama. James, Remus y Sirius.

Primero sintió alivio, ver a las personas que más quería resultaba relajante. Y el alivio se tornó sorpresa, rápidamente se sentó en la cama, sintiendo como respuesta el dolor que le provoco el movimiento cuando sus heridas de la espalda amenazaron con abrirse de nuevo. Y de repente la sorpresa, se volvió miedo. ¿Qué hacían ellos ahí?

—Hola…— saludó Sirius con una dulce sonrisa.

—¿Qué hacen aquí?— preguntó mecánicamente. James pasó de la sonrisa amable que imitaba del oji gris a la mueca de fingida indignación.

—Oye, ese no es el saludo más amable que pues darnos, considerando lo que tuvimos que hacer para colarnos aquí… — le dijo el de gafas.

—Lo-lo siento… pero… James…— Remus trató de calmarse, sus amigos sonrieron ante ello, James ya había previsto aquella reacción de su amigo y si todo iba como el sospechaba, las cosas se alterarían más cuando dijera lo que tenía planeado decir. Sin más, James tomó asiento en la orilla de la cama y tomó el brazo de Remus, Sirius revisó que nadie estuviera en los pasillos y por si fuera poco, hecho un hechizo sobre el picaporte de la entrada para evitar que alguien entrara, aquella tarde los tres, habían pasado leyendo un libro de Remus sobre hechizos cerrojos y aquel era el que habían dominado. Existía otro, muffliato para crear un tipo de burbuja anti sonido, pero ni siquiera Sirius, hábil en Encantamientos había podido dominarlo por completo y no podían arriesgarse a que saliera mal.

—Chicos…— susurró Remus

—Todo está vacío— aseguró Sirius— Solo nos falta luz, no veo un carajo… ¡Incendio!— exclamó, dirigiendo su varita a las velas que estaban por consumirse, encendiéndolas de nuevo.

—Bien. Todo está perfecto— sentenció James y volviéndose hacia Remus sonrió— Hola amigo. Te hemos extrañado…— le dijo dulcemente— No me hagas preguntas, por favor. Lo importante no es cómo llegamos o qué hacemos aquí, lo que importa es lo que vamos a hablar… Escúchame bien, esto es importante, sabemos que no es un juego y tienes que prometerme que lo que hablemos no te va alterar más de lo que se deba, porque si no nos atraparan y esto será difícil…— su voz era firme y dulce, seria pero envuelta en cariño, Remus nunca lo había visto así y sin otra cosas que pudiera hacer, asintió con la cabeza.

—Bueno… solo responde, ¿de acuerdo? No preguntes… solo responde— le indicó Sirius, una vez más, Remus asintió con la cabeza sintiendo un nudo en el estómago formándose.

—Vale… — suspiró James sin dejar de tomarle del brazo— Primero que nada… ¿estás bien? Estabas llorando…

—Sí, es solo que…

—Tranquilo. No es necesario que expliques… Ahora dime ¿cómo está tu madre?— le preguntó James, Remus palideció, nada bueno saldría de esa pregunta. Por un momento, su miedo más grande cobro vida…

—Ella…— vaciló, no sabía cómo comenzar a mentir… James sonrió y habló de nuevo.

—¿De verdad fuiste a Francia con tu padre hace unos meses?

—Yo…— ¡Merlín! ¡Lo sabían! ¿Lo sabían? Un escalofrío recorrió el cuerpo del castaño, haciéndolo sudar frío por un breve instante. James continuó.

—¿Hay algo que no nos has dicho?

—James…— pero el chico ya no iba a detenerse.

—¿Cuántas excusas has inventado para escabullirte cada mes? ¿Cuántos profesores lo saben? ¿Alguna vez has cumplido con lo que decías?— siguió preguntando, el mundo comenzaba a dar vueltas, el sudor helado seguía ahí y el miedo se había vuelto palpable para Remus. Detrás de James, Sirius y Peter miraban a Remus esperando sus respuestas, sus miradas eran neutrales y su silencio era aterrador.

—James…

—Dime Remus…— el tono de James, cambió y de repente había miedo, esperanza, duda… sus ojos lo reflejaban todo— ¿Confías en nosotros?— bueno, de eso no podía negar nada.

—Indudablemente…— respondió seguro. James no dejó que el miedo que bañaba sus ojos se ausentara.

—Y ¿De verdad nos consideras tus amigos?— la pregunta ofendía, pero estaba en su lugar. Remus lo sabía. No podía mentirles.

—Nunca antes tuve amigos… ustedes son lo mejor de mi vida— se sinceró. Y si "amistad es sinónimo de sinceridad…" ya de nada servía tratar de ocultarlo. Y no podía. Les había mentido por mucho tiempo, no lo haría en sus caras cuando estaban tan cerca de descubrirlo… Si los perdería, dejaría en claro todo— Sobre mis ausencias…— Pero James no lo dejó hablar, su sonrisa había vuelto a sus labios y su mirada decidida se instaló de nuevo.

—Lo sabemos. No tienes porqué explicarnos o porqué darnos disculpas… Lo sabemos todo Remus. Te vimos anoche cuando salías de aquí, con Madame Pomfrey y McGonagall. Eres un hombre lobo…— James lo dijo, seguro, sin dudas. Y el peor miedo de Remus se volvió realidad. Hacía solo unos momentos había llorado en sueños por ese miedo y ahí estaba… sabía que algún día alguien lo descubriría, pero no esperaba que sucediera tan pronto, no cuando la pasaba tan bien con esos tres chicos.

—¿Lo niegas Remus?— le preguntó Sirius con el mismo tono que James.

—No…— bajó la cabeza, avergonzado— No lo niego Sirius. Soy un hombre lobo.

—¿Desde cuándo?— siguió el oji gris.

—Desde los 4 años, cuando un hombre lobo me mordió— respondió sin mirarlos, sus manos aferraron las sábanas de la cama y su cuerpo se tensó, el dolor que sentía ante ese momento no era el de sus heridas… perdería a sus amigos y eso dolía en el corazón.

—Ahora entiendo muchas cosas…— susurró Sirius, más para él, que para Remus.

—Yo también— dijo Remus— Ya sé que están haciendo aquí. Pero no era necesario que se escabulleran a la enfermería, pudieron decírmelo cuando volviera, pudieron gritarlo si querían en medio del Gran Comedor…

—¿Y divulgar lo que tanto te empeñas en ocultar?— preguntó James y su voz no detonaba molestia, sino indignación— Eso es traición y eso no se hace—

—Bueno, cuando me vaya del colegio no me iba a importar, de verdad. No es necesario que me digan lo que piensan de mí… soy un animal, una criatura… un monstruo…— continuó el castaño. James quería gritarle, gritarle que lo mirara, zarandearlo hasta que Remus lo viera.

—No creo eso…— aseguró con convicción el de gafas.

—Yo tampoco— lo secundó Sirius.

—Ni yo…— terció Peter.

—Y sobre irte del colegio…— continuó James.

—No importa, de verdad, ya se los he dicho. Agradezco que no quieran decirme lo que sé que soy en voz alta, incluso que lo nieguen. Pero no es necesario. Me iré sin miramientos, haré mis maletas apenas pueda y volveré a casa… Solo quiero que sepan que los extrañaré… estos dos años, o año y meses que pude estar con ustedes han sido lo mejor… y yo… agradezco mucho su amistad… no se preocupen, mi ausencia…— su voz estaba a nada de quebrarse, el llanto afloraba de nuevo, el miedo, el dolor. James ya no lo soportó, de un salto se puso de pie, sobresaltando a todos. Remus lo miró por fin.

—No ¡Basta Remus, basta! No digas que te irás. No digas que desaparecerás sin más. No te despidas— rogó el de gafas con los ojos vidriosos— ¡No te atrevas a largarte ni mucho a menos a romper nuestra amistad! ¡No me digas que nuestra amistad acaba aquí! ¡No, no, no!— su voz estaba por romperse, pero de algún lado, sacaba fuerzas para seguir, aquello estaba destrozando a Remus.

—James…

—Escucha… ¡Eres lo que eres! ¿Y? A mí no me interesa. No me interesaría si eres mitad banshee o vampiro, para nada. Eres mi amigo. Eres una persona estupenda. Eres Remus Lupín. Si somos lo mejor de tu vida, si de verdad somos tus amigos, déjanos estar contigo, sabemos lo que eres y no es un juego, claro que no, lo tomamos tan serio como es, pero aun así hemos decidido estar a tu lado, queremos estar contigo, queremos seguir siendo tus amigos. Déjanos ser tus amigos…— suplicó— No más excusas Remus. No más mentiras. No más madres enfermas o viajes a Francia. Ocúltale al mundo lo que quieras, pero no nos ocultes nada a nosotros. Cero secretos…

—Soy un monstruo James— sentenció Remus con los ojos vidriosos él también.

—¿Cómo podrías?— intervino Sirius— Dime Remus… ¿cómo puedes ser un monstruo? Tú, de entre todas las personas. Tú, de entre todos los magos. ¿Cómo? Te desvives a diario por los deberes, nos obligas a nosotros a cumplir con los mismos, no molestas a nadie pero incluso planeas los trucos a jugar cuando un Slytherin molesta a alguien, porque eres justo. Me abrazas y consuelas cuando tengo problemas con mi familia, o cuando llega una nueva carta de mi madre. Practicas cada noche con Pete, para ayudarlo a aprobar Herbología, Encantamientos o lo que sea necesario. Le cambias la poción a James para que Slughorn no le mande más deberes, soportas a esa rara de Evans cuando nos riñe por jugar en la sala común y hasta estudias con ella. Con todas las cosas buenas que haces, dime… dime ¿cómo puedes ser un monstruo?— Black hablaba con aplomo, no dudaba y no bajaba la mirada, Remus nunca lo había visto así.

—Lo tuyo solo es un pequeño problema peludo…— musitó James aun con los ojos vidriosos.

—Entiéndelo Remus, no puedes ser un monstruo… ni una bestia, o un asesino como dicen. ¿Has mordido a alguien como lo hicieron contigo— habló Peter por primera vez, pero como sus amigos, su tono estaba cargado de cariño y firmeza.

—Jamás. No le deseo a nadie lo que yo vivo…— aseguró el castaño.

—Ahí está ¿lo ves? Por favor Remus… Sirius está medio exiliado de su familia, Peter tiene problemas para relacionarse y yo no tengo hermanos de sangre… ustedes son mi familia. Más que mis amigos, son mis hermanos— las palabras de James surgieron de un sollozo, porque una lágrima traicionera resbalo por sus mejillas— A la familia no se le abandona. A la familia se le quiere. Y yo los quiero. Te quiero. Y no quiero perderte, a ninguno. Quiero que sigas siendo mi amigo, quiero que confíes plenamente en mí, quiero que sepas que pase lo que pase, seas lo que seas, nos tienes… a los tres… — Remus no pudo más, cómo a James el llanto lo traicionó las lágrimas comenzaron a caer.

Ahí estaban. James Potter, Sirius Black, Peter Pettigrew. Los tres chicos que había conocido desde el primer día en el Castillo. Sus mejores amigos. Ahí estaban, frente a él, sabiendo lo que era y aceptándolo. Queriéndolo.

—No importa… ¿Qué sea un hombre lobo?

—Para nada— aseguró Peter limpiando una lágrima de su mejilla.

—¿Siempre seremos amigos?— preguntó enjugándose las lágrimas. Sirius que estaba a nada de también soltarse a llorar, pero sonriendo a pesar de ello, respondió:

—Siempre…

—Juro solemnemente que siempre, seremos una familia…— prometió James con una nueva sonrisa. Y sin más se arrojó sobre Remus y lo abrazó. Sirius cayó encima de ellos y Peter se unió luego de un momento. Entre risas y uno que otro empujón, el abrazo se extendió un par de momentos y luego los cuatro se separaron. James se agachó y tomó un paquete del suelo, un regalo. Lo puso en el regazo de Remus, a quién si las heridas habían vuelto a doler, no le importaba en absoluto.

—Feliz Navidad, Remus. Lo elegimos todos…— explicó Sirius.

—Ábrelo, anda… ya luego te disculpas por no habernos dado nada— le dijo Peter en una sonrisa. Remus sonrió y comenzó abrir el paquete. Dentro se encontraba un gran tomo titulado: "De hombres lobo y perros domesticados…" sin poder evitarlo, Remus rió y agradeció el regalo, luego de eso, pasaron un largo rato charlando, James y Sirius se divirtieron un rato haciendo preguntas tontas cómo…

—Y ¿se te cae el pelo?

—¿No te has enamorado por ahí de una lobita?

—¿Cuándo podemos mandar a hacerte tu propia placa?

—¡Tú fuiste el que llevó pulgas al dormitorio! ¿Verdad?

En sus preguntas, averiguaron lo mal que Remus la pasaba con cada Luna llena, lo apenado que sentía por mentirles y sobre todo el dolor que le había causado sentir que los perdía. Cuando la noche estaba ya muy entrada, James optó por dejar a su amigo descansar para no forzar más las heridas, el castaño, estaba por quedarse dormido, cuando una última pregunta, llegó a su mente:

—Por cierto, dijeron que ayer me vieron salir de aquí… Pero los pasillos estaban vacíos y en el sauce boxeador… Madame Pomfrey o McGonagall los habrían visto, incluso Dumbledore…

—Bueno Remus, para saber, tendrás que esperar a mañana… te gustará…— le dijo Sirius en una sonrisa.

—Ja, ja, ja navidad nos llegó antes. Podremos merodear cuando queramos… solo espera— le aseguró James, antes de que el sueño, volviera a apoderarse de Remus.

Continuará…


NOTAS:

*He aquí, la oportunidad perfecta para que comenzaran a surgir las promesas y los motes de merodeadores…

*Presentando aquí, la fuerte amistad que estos 4 chicos tenían.


Buenas noches, bueno, no sé ni que decir, solo que me he esmerado en la emotividad de esta amistad, fuerte, unida, leal, familiar… que tanto me encanta. Esperando no hacerlo mal, espero que les guste y que se animen a comentar. ¡Saludos! Y excelente inicio de semana. El siguiente capítulo, será, el inicio del 3er año.

GRACIAS A:

CANDY, evagante, Sasha1209, monsegranger (bienvenidas y gracias por su tiempo)

Con cariño,

JulietaG.28


—"¡Muffliato!"—