Capítulo 3

—¿Quieres algo?

Serena cerró el archivador y sonrió al niño vestido de colegial que estaba en medio del vestíbulo. Habían pasado dos semanas y media desde que empezó a trabajar en Chiba Enterprises. Dos semanas y media repletas de excitación contenida entre ella y un hombre como no había conocido otro. Los clientes habían entrado y salido. Serena había despachado el trabajo y no había fastidiado nada. Esa mañana, Allan Hardy había firmado. Habían pasado muchas cosas, pero era la primera vez que veía un niño en la oficina. Un niño debería parecer fuera de lugar allí, pero, por algún motivo, no lo parecía.

—Ah, hola. No te había visto. ¿Está preparado Darien? —El niño la miró, dejó la mochila en una silla y se metió las manos en los bolsillos, como hacía Darien—. Dijo que tendríamos que salir a las cuatro.

—Ya es casi esa hora, ¿no?

Ella volvió lentamente a su sitio para intentar asimilar lo que estaba viendo. Ese niño era idéntico al hombre que estaba al otro lado de la puerta. Tenía los mismo ojos de color cielo, el mismo pelo, los mismos gestos, el mismo ceño… ¿Sería el hijo de Darien?

Era una posibilidad que no le había pasado por la cabeza hasta ese momento. Se sintió desconcertada. ¿Dónde estaba la madre de ese niño? ¿Qué relación tenía Darien con ella? ¿Por qué el niño no lo había llamado «papá»? ¿A qué había estado jugando Darien con ella? Él era un soltero conocido y despreocupado que había estado mandándole señales de atracción desde que se conocieron. Ella había creído que esas señales eran cada vez más evidentes por ambas partes, aunque Darien había intentado evitarlas.

Naturalmente, ella tampoco había querido dar un paso movida por ellas. Había querido acabar con la parte que le concernía en cuanto supo cómo. ¿O no? ¡Claro que sí! ¿Qué se había pensado Darien?

—Mmm, tu pad… el señor Chiba está hablando por teléfono —no podía incomodar al niño porque ella estuviera estupefacta—. Seguro que terminará enseguida.

—Esperaré —contestó el niño mientras asentía con la cabeza.

—Muy bien.

Ella fingió que volvía a trabajar, pero en la pantalla de su ordenador sólo aparecían incongruencias. Últimamente había estado tentada a dejarse llevar por el interés de Darien, y por el suyo propio. Dar un paso adelante una vez para ver qué pasaba. No debería haberlo querido. Vivía en un engaño. Él no la desearía si supiera sus secretos y, además, ella tenía que protegerse. Sin embargo, parecía que él también tenía secretos.

Darien salió de su despacho y la miró con un brillo conocido en los ojos. Luego, se dio la vuelta y vio al niño. Su gesto se suavizó con cariño y orgullo. Dio dos zancadas, lo abrazó y te revolvió el pelo.

—Buen chico, Zafiro. Has sido muy puntual. ¿No has tenido problemas con los autobuses?

El chico rodeó a Darien con unos brazos delgados y después hizo todo lo posible para soltarse.

—No —sonrió al sentirse libre—. Cada vez estás más flojo. Casi no puedes sujetarme.

—Es que tú estás cada vez más fuerte —replicó Darien con una sonrisa agridulce.

Darien hizo como si no encontrara su maletín, pero Serena notó la ternura que intentaba disimular y que quería mucho a ese niño. Le dio unas cuantas instrucciones y se volvió hacia Zafiro.

—¿Ya os conocéis? Te presento a Serena. Está sustituyendo a Molly hasta que vuelva. La otra secretaria… —Darien se aclaró la garganta—… no era muy buena y ha venido Serena.

Serena anotó las instrucciones en la agenda, la cerró y miró al niño.

—Hola otra vez.

—Me llamo Zafiro —estrechó la mano de Serena—. Eres más guapa que la otra —se sonrojó un poco—. Quiero decir…

—Gracias —ella se volvió hacia su mesa para evitarle más bochorno y no tener que mirar a Darien—. No os entretendré. Está claro que tenéis que ir a algún sitio.

Darien asintió con la cabeza y el ceño ligeramente fruncido.

—Mamá ha dicho que, si quieres, estás invitado a cenar esta noche otra vez. Esta tarde está haciendo recados, pero llevará algo bueno —Zafiro se puso la mochila al hombro—. Puedo ir solo al dentista. Si puedo tomar un par de autobuses, también puedo…

—Todos los autobuses. Ya, pero cuando te pusieron el primer aparato, prometí que te llevaría a todas las citas. Yo siempre…

—Cumples tus promesas, ya lo sé, pero no hace falta que me mimes.

Zafiro suspiró y fue hacia la puerta. Serena lo miró e intentó contener la rabia y la desilusión que le habían producido las inocentes palabras del niño. Darien seguía con su madre. Había estado jugando con ella. Se sintió estúpida por no haberse dado cuenta; se sintió un segundo plato, como cuando Diamante terminó su compromiso.

—No te mimo —Darien hizo un gesto con la mano—. Ve por delante. Te alcanzaré en los ascensores.

El niño se marchó y Darien se volvió hacia ella.

—¿Te pasa algo? Pareces nerviosa —puso una expresión bastante afligida—. ¿No te gustan los niños?

—No, no pasa nada, Darien.

Su manera de proteger al niño hizo que ella anhelara lo que no había tenido: una familia incondicional. Eso, sin embargo, no cambiaba el hecho de que Darien estuviera definitivamente fuera de su radio de acción. Además, ya no le gustaba lo más mínimo.

Serena metió una cinta en el dictáfono, se colocó los auriculares y puso las manos sobre el teclado. Entonces, se dio cuenta de que se había olvidado del nombre del niño.

—Me alegro de haber conocido a tu hijo, pero ¿no tendrías que irte?

—Ya —Darien entrecerró los ojos—. Creo que acabas de explicar la repentina gelidez del ambiente. Si hay un niño, tiene que haber una madre y, por lo tanto…

—Vas a cenar con esa madre. Está claro que estáis muy unidos. No tiene nada que ver conmigo.

—¿No? Tú y yo hemos estado…

—¡Date prisa, vamos a llegar tarde! —La exclamación, cargada de cariño, llegó por el pasillo antes de que Zafiro asomara la cabeza—. ¿Vamos a irnos algún año de éstos?

Darien vaciló, apretó los dientes y fue hasta el niño.

—Sí, Zafiro. Vámonos.

Serena fingió no mirarlos y, en cuanto se marcharon, escribió el nombre del niño, aunque sospechó que ya no se le olvidaría.

Una hora más tarde, después de pasar del abatimiento a la furia y al abatimiento otra vez, seguía intentando quitarse a Darien de la cabeza. Lo intentaría hasta que no quedara ni rastro de la atracción que había sentido por él.

Estaba recogiendo la mesa cuando apareció una mujer algo mayor.

—Espero no haberte asustado. ¿Ibas a marcharte?

—Sí, es casi la hora de cerrar, pero ¿desea algo?

Serena guardó la última carpeta en el archivador y se volvió hacia la mujer.

—Sí, pero no es un asunto de trabajo —la mujer sonrió—. Permíteme que me presente, soy Gea Chiba, la madre de Darien —extendió una mano.

Serena escribió el nombre en el bloc, estrechó la mano y miró a unos ojos verdosos y muy afables. Además, no pudo evitar devolver la cálida sonrisa, aunque su idea de Darien había cambiado por segunda vez en la tarde. Había dado por supuesto que él no tenía familia; que vivía sólo para su empresa y para ganar dinero. Incluso se había sentido identificada porque ella tampoco tema lazos familiares importantes.

En el transcurso de una hora, Darien había tenido un hijo, una madre de ese hijo y una madre propia.

—Lo siento, pero Darien no está aquí. Ha llevado a Zafiro al dentista.

Además, se dijo para sus adentros, luego iría a cenar con la madre de su hijo y seguramente harían el amor cuando Zafiro se hubiera dormido.

—Eso esperaba. Lo había calculado para que él no estuviera aquí cuando yo viniera —dejó escapar una risa—. Ya sé que eres nueva, pero necesito que me ayudes en una pequeña conspiración contra mi querido hijo.

Eso parecía interesante, aunque bastante peligroso. ¿Por qué querría conspirar la madre de Darien contra él?

—No sé si podré ayudarla…

—Claro que sí. Será por el bien de él —Gea volvió a reírse—. Tengo que explicártelo. ¿Vamos a tomar un café?

A la mañana siguiente, Darien saludó a Serena con una expresión cautelosa. Serena no supo qué pensar. Durante el café, Gea Chiba no le había hablado de nadie especial en la vida de Darien. Claro que la madre de Darien se había centrado en otras cosas y quizá no hubiera encontrado motivo para mencionarlo.

Serena confió en que, por lo menos, Gea hubiera disfrutado de la comida. Mientras tomaban café, la mujer había comprado suficiente comida preparada como para dar de comer a un regimiente hambriento. Quizá congelara comida para ella misma o quizá tuviera invitados a cenar esa noche.

—Desvía las llamadas. Iremos a comer pronto - Darien lo dijo con un tono delicado, pero ella dio un respingo—. Aquí cerca hay un bar donde dan un pescado con patatas muy bueno.

—No puedo ir —Serena miró a un punto fijo detrás de él—. Tengo trabajo.

No pensaba intimar con él para ser más vulnerable.

—Te lo diré más claramente: no es una invitación, Serena —la miró con rabia e impotencia antes de entrecerrar los ojos—. Tienes que ir.

Quizá no fuera un asunto personal. Quizá ella hubiera hecho algo mal en la oficina. Empezó a darle vueltas a la cabeza. Había estado esquivándolo toda la mañana. ¿Habría metido la pata en algo?

Darien sacó a Serena de la oficina mientras ella seguía preocupada. Pidió la comida a la camarera del bar sin consultarla, la llevó a la mesa que les habían dado, se sentó y empezó a tamborilear con los dedos en la mesa.

—¿Qué pasaría si no quisiera pescadilla?

Serena desplegó la servilleta que envolvía los cubiertos y lo colocó todo delante de ella. Quizá no fuera muy sensato provocarlo, pero no pudo evitarlo.

—A lo mejor prefería cerdo asado o pastel de pollo.

Él dejó de tamborilear.

—¿Sabías que a Zafiro le encanta el pescado con patatas?

—¿De verdad? —ella lo preguntó inexpresivamente aunque se maravilló por el tono suave como el terciopelo de él—. Qué bien…

Llegaron la comida y la bebida y él la miró por encima del borde del vaso de cerveza hasta que volvieron a estar solos.

—Zafiro y yo vivimos al lado. Muchas veces se queda a dormir en mi casa o aparece durante el fin de semana. Cuando estoy, tengo la puerta abierta para él.

¿Qué podía decirle sobre quedarse él en casa de la madre de Zafiro o al revés? Aunque a ella le daba igual con quién se acostara, se dijo con rabia. Seguro que él estaba poniéndole un anzuelo. Lo miró y dio un sorbo de zumo de limón. No volvería a decir nada del asunto. Si él quería decir algo, que lo dijera.

Después de casi terminar la comida en un silencio sepulcral, su firmeza cedió.

—Has hablado de Zafiro, pero ¿qué me cuentas de su madre? ¿Cómo se llama?

—Su madre es la misma que tengo yo. Estaba preguntándome cuánto tardarías en preguntármelo —Darien pinchó una patata frita deleitándose con el gesto violento—. Nuestra madre se llama Gea, Gea Chiba.

Serena tomó una bocanada de aire para intentar asimilar la noticia, Eran hermanos. Había sacado una conclusión precipitada. El corazón empezó a latirle desbocadamente.

—Pero eso no… No es posible.

—Zafiro fue el fruto de un cambio de vida, lo concibió tres meses antes de que nuestro padre muriera.

Darien dejó los cubiertos, sacó dos fotos muy gastadas de la cartera y las dejó encima de la mesa.

—En la primera estamos mis padres y yo un año antes de que mi padre muriera. Fue un aneurisma —lo dijo sin ningún tono especial, pero cerró los puños—. No sufrió. Fue muy rápido.

—Lo siento.

Ella contuvo las ganas de acariciarte la mano y se repitió la información en la cabeza para no olvidarse. En esas ocasiones detestaba su deficiencia.

—Lo hecho de menos —a ella te pareció que expresaba una pérdida muy dolorosa y Darien miró la otra foto—. La otra foto es de mi madre, Zafiro y yo. La sacaron el año pasado, cuando fuimos a celebrar el cumpleaños de Zafiro.

—En la primera parece que tienes como dieciocho años.

Parecía joven y feliz, como se había sentido ella antes del accidente. Seguía siendo feliz, se dijo a sí misma, aunque había cambiado para siempre, como debió de pasarle a Darien con la muerte de su padre.

Darien, sin embargo, no había sacado esa conversación para despertar compasión. Había querido testimoniar la equivocación de ella y que había sacado conclusiones precipitadas. Ella lo notó claramente, pero no le pareció justo del todo.

—¿Por qué no me dijiste nada cuando…?

—¿Sacaste esa conclusión por tu cuenta? Cuando me di cuenta de lo que pensabas, Zafiro me interrumpió y tuvimos que irnos —él fue a agarrar las fotos, tocó los dedos de ella y no los soltó—. Entonces, me pregunté si no sería mejor que creyeras eso.

La furia dejó paso a algo distinto y más profundo. Ella buscó la respuesta en los ojos de Darien y se encontró con una excitación cautelosa y no deseada que la alcanzó muy profundamente.

—Pero me lo has dicho. ¿Qué te ha hecho cambiar de idea?

Serena se sobó la mano y deseó que él no hubiera notado cuánto te habría gustado dejarla donde estaba.

—La sinceridad. No me gustan los engaños.

Engaños como el de una secretaria que no le decía sus limitaciones al jefe y que estaba pensando en dejar de trabajar para él. Sin embargo, su situación era distinta.

—No podía permitir que pensaras que estoy prometido a alguna mujer inexistente. Sin embargo, los dos nos hemos sentido atraídos por el otro y quiero que sepas que no voy a salir contigo.

—¿No quieres tener una relación? —qué desfachatez. ¿Qué se habría creído? Ella sólo había correspondido al interés de él—. ¿Qué te hace pensar que yo sí quiero salir contigo? ¡No quiero ningún tipo de lío!

—Una vez ya intenté el compromiso, Serena —Darien hizo un gesto de disgusto—. Lo que yo podía ofrecer no era suficiente. Tuve que dejarlo.

—Entonces, te pareces mucho a mi ex novio —las palabras le salieron directamente de la herida—. Resultó que él tampoco podía aguantar el compromiso. Eso me enseñó bastante sobre los hombres y las relaciones.

—No sabía que hubieras estado prometida —Darien la miró a los ojos—. A lo mejor tú y yo tenemos más cosas en común de las que te imaginas —hizo una mueca, como si sus recuerdos no fueran muy buenos—. Yo también estuve prometido, hace cinco años. Cuando mi novia quiso cosas de mí que yo no podía darle, los dos nos hicimos daño. Aquella experiencia hizo que aceptara mis limitaciones. No puedo ofrecer a una mujer nada más que un interés efímero.

A Serena le pareció notar que él pedía comprensión, que en el fondo de sus ojos había arrepentimiento.

—Hay cosas en mi vida que hacen que me sea imposible dar más —Darien bajó bruscamente la mirada y volvió a levantarla con un gesto de firmeza—. Yo no cambiaría nada. No estoy dispuesto a que una relación con una mujer vuelva a arrinconarme.

Ella tampoco quería sentir eso.

—Lo dices como si existiera el riesgo de que tuviéramos una relación. Sin embargo, no corremos peligro. Ninguno de los dos lo quiere —Serena esbozó una sonrisa forzada—. Es verdad que han saltado chispas, pero lo hemos hablado y podemos olvidarlo, podemos seguir con una relación laboral perfecta basta que me vaya —Serena sacudió la cabeza y se levantó—. ¿Volvemos al trabajo?

—¿Así, sin más? ¿Todo desaparece y nos olvidamos?

Darien soltó una risa inexpresiva, se guardó las fotos y también se levantó.

—Efectivamente. Así, sin más.

Serena salió corriendo del bar con la esperanza de que sus palabras se cumplieran; si no, iba a pasarlo; muy mal.