Sanders Rogers
Aproximadamente una hora después de la marcha de los últimos invitados cerramos, Víctor y yo, el museo asegurándonos de comprobar la vigilancia, tanto personal como tecnológica, de cara a todo un fin de semana de clausura ya que hasta el lunes no comenzarían las obras de ampliación.
Teniendo en cuenta que era miércoles por la noche y no había nada mejor que hacer decidimos ir a tomar algo a un pub cercano, mientras yo jugueteaba con el móvil esperando a que Eider me contestara al mensaje que le había mandado, porque ¿cuánto tiempo tienes que esperar para llamar a alguien que acabas de conocer y que te gusta?
No hay ningún tipo de manual que indique los pasos a seguir, así que, aunque fuese por una vez, iba a sacar un poco de madurez a relucir prefiriendo mandar un mensaje concreto y amable sabiendo de antemano por África que no iba a molestarla por si estaba durmiendo.
Suelo preocuparme por los demás, no como mi amiga, que le ha dado exactamente igual que entre una cosa y otra sea ya la una de la madrugada y ha decidido que necesita hablar con ella, urgentemente.
Lo primero que ha hecho África es preguntarle, cosa que también hubiera hecho yo de haberla llamado, si había llegado bien a casa y que le debía una explicación exhaustiva.
Es más, están quedando en verse mañana, cuando Eider acabe el papeleo pendiente, en una terraza cercana a mi piso, y por si no me parecía suficientemente sospechoso, le acaba de proponer pasar este fin de semana en una casa rural.
Algo muy normal y lógico si no fuera porque estoy mirando a África estupefacta, planteándome seriamente su salud mental, ya que le ha dado la dirección de una casa, si… rural, también… pero es que es mi casa.
¡Mi casa!, y no la de la ciudad, cerca del museo y al lado de Sunnydene park, que suena particularmente parecido a Sunnydale, cosa que me hace mucha gracia, y que acabo de amueblar. No.
Es la casa que está en un soleado valle, cerca de un bosque y de un río entre Ottawa y Maniwaki y por la que se accede mediante una carretera comarcal. Lo suficientemente alejada de la ciudad como para poder convertirme, pasear y cazar siendo puma y no tener complicaciones, pero lo bastante cerca como para llegar con las mínimas constantes vitales al hospital más cercano.
Por si faltaba algo de aliciente también le ha comentado que yo también iré a ese idílico fin de semana, claro, ¿cómo no voy a ir a mi propia casa?, por lo que realmente va a quedar mañana primero con ella y luego apareceré yo, que tengo otro compromiso.
África se despide de ella, no sin antes recordarle que me debe un mensaje de vuelta o, al menos, una llamada perdida.
Al final suspiro resignada. Si no consigue esta mujer que yo termine emparejada con Eider será por algún tipo de cataclismo, peor que el que les sucedió a los dinosaurios, y ya debería ser grave.
Eso me lleva a pensar en lo único que podría estropear la futura relación: el cómo y, sobre todo, cuándo explicarle lo que soy sin asustarla.
A pesar de que es poco probable teniendo en cuenta la reacción que ha tenido cuando me ha visto y por la cual deberá estar sacando ya conclusiones, realmente lo que no quisiera es… alejarla o perderla justo ahora que la acabo de encontrar.
A los escasos minutos de colgar, Eider, tal como había prometido, me manda un escueto pero gracioso mensaje proponiéndome otorgarle a nuestra amiga algún tipo de diploma honorífico porque sus esfuerzos como celestina no tienen precio.
Yo sonrío tímidamente, y mientras África me bombardea con multitud de posibles reencuentros sin que yo pueda apenas articular palabra, el atento Víctor, que se ha mantenido al margen todo este tiempo, intuyendo el cansancio acumulado le sugiere a su mujer concluir nuestra apacible velada, pagar las consumiciones y acercarme a casa, algo que agradezco tremendamente.
Después de acompañarme hasta mi edificio, África se despide asegurándome que mañana todo saldrá bien y que confíe en ella hasta que yo llegue de la inauguración de una nueva galería de arte contemporáneo en Quebec, algo que no me ilusiona especialmente pero que, por motivos obviamente laborales, debo hacer.
Por mi parte le digo que no dudo de su palabra y, antes de abrir el portal para encaminarme hacia los ascensores, que la avisaré una media hora antes de llegar a la cafetería.
Una vez en mi piso sólo me resta quitarme el traje, ponerme el pijama, y dormir plácidamente después de este largo y agotador día con su corta e interesante noche.
Eider Taylor
Mi cama vacía anhela tu olor, tus besos, tus caricias, el calor de tu cuerpo y mis deseos por poseerte
Es imposible, me diréis, que anheles algo que no has tenido todavía… creo que ese todavía es la palabra clave.
Esto es una locura, yo lo sé, tú lo sabes y hasta el vecino lo sabe. No dejo de procesar lo que ocurrió en la cabaña, no dejo de ver una y otra vez sus ojos clavados en mis pupilas, no dejo de acariciarme las manos porque las suyas me han cogido amistosa, dulce, pero firmemente las mías.
Suspiro mirando al techo sabiendo que el despertador sonará en tres, dos, uno:
¡Buenos días! Estás escuchando Radio 365, son las siete de la mañana de un maravilloso jueves, tienes una cita con SandersRogers y estas son las noticias.
Vale, lo de la cita no lo ha dicho el comentarista, pero lo he pensado para que la ilusión que me embarga sea más que evidente. Si, si lo sé, no es una cita propiamente dicha porque también estará África, pero me apetece imaginar la futura situación como si lo fuera
Los nervios ahora mismo me pueden y mis pensamientos no sé si tienen alguna lógica. Sé que me fui del museo con una rapidez inusitada, pero el corazón me iba tan deprisa por volver a verla (y digo volver a verla, porque le he contado una mentira piadosa, luego sabréis de qué se trata), que tenía que reaccionar de alguna manera.
Al igual que tengo que hacerlo ahora si quiero darme una ducha, arreglarme, desayunar e ir a comisaría para acabar de procesar judicialmente al bala perdida de Bruce Harper. ¿Quién me iba a decir que la resolución de un caso me llevaría a conocer a una mujer tan fascinante?
Aún me parece algo inaudito que alguien pueda transformarse en un animal. Vamos, no pensaríais que después de media noche cavilando y pensando en ella no iba a relacionar, tarde o temprano, que Sanders es un puma… una puma… ¿una pumesa?... Ya me entendéis.
Puedo pasar a veces por ingenua pero ese color de ojos, esa mirada, es tan indescriptible lo que me hace sentir que, meditándolo seriamente, me está haciendo parecer una cursi de mucho cuidado cuando no suelo ser así.
Más bien suelo ser una mujer meticulosa y seria, debido al hecho de ser policía, además de procurar cierta prudencia en las investigaciones (aunque teniendo en cuenta el episodio en la cabaña puede que no lo parezca tanto), y en mi vida privada.
No estoy diciendo que mis compañeros de unidad no sepan que salgo con mujeres, incluso han conocido a alguna de mis parejas cuando ha surgido la oportunidad, pero intento mantener un poco las distancias, o como África lo denomina: un cierto halo de misterio.
Que te tengas que dedicarte a investigar la vida ajena no significa que tengan que hacerlo contigo, así que si surge la conversación sobre con quién estoy procuro comentarlo de manera natural, como si me pidiesen un cigarrillo. Eso es todo.
Y hablando de investigaciones, después de que mis benditos colegas de comisaría, dispuestos a que me cogiese un par de días libres, me hayan ayudado a acabar con las declaraciones del acusado y la testigo, eludiendo el tema de haber sido salvadas por un puma porque no le dan crédito, menos mal.
Después he redactado el informe final acerca de lo acontecido y me he puesto a revisar todas las noticias relacionadas con robos en galerías de arte hasta la hora de comer.
Doy carpetazo mental a todo lo que he podido leer hasta el momento, cierro el chiringuito, como se suele decir, y cojo la chaqueta mientras reviso el móvil para centrarme en localizar el local, donde me ha citado África para comer. La zona está lo suficientemente cerca del museo como para morderme el labio maliciosamente pensando si Sanders tendrá su casa por allí.
Dejo mi lujuriosa imaginación para otro momento porque voy a montarme en el coche y no es cuestión de tener un accidente, no quedaría nada bien ni mi historial ni para mi reputación.
Doy un par de vueltas por el barrio para aparcar más o menos cerca de la cafetería en cuestión, reconozco a África por sus llamativos gestos que indican que me acerque porque, creerme, me ha costado reconocerla con un atuendo, completamente veraniego, que combina un vaporoso vestido y una pamela que envidiarían a las estiradas de Ascot.
-¿Celebras algo?-, pregunto curiosa después de saludarla con los dos besos y el abrazo que casi siempre solemos darnos.
-Celebramos querida-, responde.
Y mientras yo pongo cara de no entender nada, viene el camarero con las bebidas que África había pedido amablemente para las dos un momento antes de mi llegada.
-Vamos Eider, no pongas esa cara-, me dice como si se pusiera ese modelito todos los días.
-¿Y qué cara quieres que ponga?-, pregunto un tanto irónica.
-Hay hija, para ser policía a veces tienes poco tacto y perspicacia-, suelta haciéndose la ofendida.
-¿Pero qué he dicho?-, cuestiono, sin entender dónde quiere llegar, antes de que se acerque el camarero a tomarnos nota.
-Tu cita chica, tu cita con Sanders-, dice África después de que el chico se vaya con el pedido hacia el interior del local.
-¡Oh vamos!, no me lo puedo creer, -digo anonadada, -pero si parece que vayas a ir de boda-, le digo intentando hacerle ver que quizás se haya pasado un poco.
-¡Exacto!-, exclama, -a vuestra futura boda-, me contesta como si nada.
Cierro los ojos y respiro muy, muy despacio, llegando a suspirar incluso, mientras le toco con una mano la frente, no sea que tenga fiebre.
-Estás mal de la cabeza-, comento mientras remarco la frase elevando mis cejas.
-Si-, afirma, -aunque mi supuesta locura no quita que me dejases anoche plantada y sin decirme ni mu de lo que te pasaba o del encuentro con Sanders hasta que me digné a llamarte, así que ya me estás contando absolutamente todo lo que tienes pendiente, sin omitir ningún detalle por irrelevante que parezca- me dice en un tono novelesco completamente.
-Está bien-, sonrío, -no sé cómo te las arreglas pero siempre te sales con la tuya-, digo finalmente resignada cuando vuelve el camarero con un par de platos combinados, bastante suculentos, y la cuenta para abonar las consumiciones en el acto.
-Va, bebe, come y cuenta-, me ordena después de que yo haya insistido mucho en pagar la comida a medias.
-Si señora-, respondo lo más erguida posible pero con una sonrisa en la boca antes de proceder a relatarle los acontecimientos.
Primero procuro abreviar con la historia del caco fugitivo para centrarme en lo sucedido en la cabaña y, entre plato y plato, dejarme para el postre el breve encuentro con Sanders en el museo.
- No me hace falta ser muy "Sherlock Holmes" para saber que es ella el puma que me salvó la vida, y sé que tú también lo sabes-, confieso, algo bromista, relacionándole todos los hechos.
África se hace la sorprendida, pero actúa realmente mal y le digo que nadie puede tener un secreto tan inconfesable como para no contárselo a su mejor amiga. Ella me mira algo preocupada y me pregunta si no estoy enfadada. Para que se quede tranquila le contesto que no podría molestarme con ella.
-Suena extraño, pero hasta puedo entenderte África. Imagino que no es algo que quieras que sepa mucha gente y Sanders ha confiado en la mejor persona posible para ello-, le digo de corazón.
-Te agradezco el elogio Eider-, responde sincera. -Me encantaría podértelo explicar cielo-, me dice cariñosa, -pero eso no me corresponde. -Sólo… déjate llevar-, recomienda mientras me sonrojo tontamente.
-Me gusta, ¿sabes?-, le cuento como si fuera una colegiala, -la conozco hace menos de veinticuatro horas pero es como si la conociera de toda la vida. Estoy más loca que tú-, digo mientras me río un poco.
-Pues hablando de la reina de roma, por la esquina asoma-, comenta graciosa alzando su taza de café.
Indudablemente me giro para contemplar a una bellísima Sanders. El simple hecho de verla vestida con un precioso sari tono burdeos quita el aliento.
-Eider, cielo, que se te cae la baba-, susurra África mientras yo procuro dejar de repasar su figura.
Carraspeo mientras nos ponemos las dos de pie ante su presencia, como si lo hubiéramos ensayado, cosa que parece hacerle gracia a Sanders.
-No hacía falta tanta molestia, os voy a saludar igual-, sonríe antes de darnos un par de besos a cada una.
-Ya habrás comido, ¿verdad?, porque un poco más y quedamos para la cena-, pregunta África dado que ya son más de las cinco de la tarde.
-Sí, tranquila-, dice Sanders sin ocultar su sonrisa, -ya sabes que suelen ofrecer un tentempié en esta clase de eventos, al que parece que hayas ido tú también teniendo en cuenta el atuendo-, le contesta.
-¿Pero qué os pasa a las dos con el vestido?-, pregunta África. -Mirad, ¿sabéis que os digo?, que me voy a lucirlo con mi marido-, protesta haciéndose la ofendida.
-Antes de irme-, comenta. -Vosotras dos, haced lo que tengáis que haced-, nos suelta guiñando un ojo, -pero os quiero ver mañana, y puntuales, a las nueve en la puerta de mi casa para irnos a nuestro improvisado fin de semana de relax… o no traigo gominolas-, dice finalmente como si fuera una amenaza.
-¡África!-, exclamamos las dos, rojas como un tomate, mientras nos comprometemos a cumplir la promesa.
Después de dejarnos a solas le pregunto a Sanders si quiere tomar algo. Tiene cara de haber pasado hambre con esos bocaditos irrisorios que les han ofrecido, así que, una vez sentadas y cuando viene el camarero, le pido un refresco para acompañarlo de unas tortitas con caramelo y nata.
A la hora de pagar, insisto, una vez más en abonar yo la consumición, para al menos compensarle el que me regalara anoche el catálogo de la exposición.
-No acepto un no por respuesta-, le digo antes de que pueda protestar, jugando con la misma moneda que ella utilizó anoche.
-Está bien-, acepta Sanders algo sonrojada, como si de pronto le invadiera la timidez.
-Además quería decirte…que, bueno, no sé cómo sonará la frase, pero anoche no era la primera vez que te veía…-, comento algo a trompicones antes de que venga el pedido.
Ella frunce un poco el ceño, extrañada.
-Fue hace algo más de un año quizás-, le explico mientras sonrío, -y también era en un museo de Quebec, en la inauguración de una exposición sobre tótems de tribus aborígenes. Estabas discutiendo con una chica. Cuando terminasteis de "hablar" yo me fui al coche, a esperar a África mientras ella se acercaba a saludarte-, acabo de contarle algo avergonzada.
Traen las tortitas que ha pedido Sanders y las devora con una rapidez inusitada.
-Ya lo recuerdo-, contesta con una sonrisa velada. -No te preocupes Eider, creo que anoche fue sin duda un mejor momento para conocernos que aquel día, más que nada porque ella era la restauradora del museo y mi pareja en aquel momento-, comenta despreocupada.
Cuando acaba de repasar todo el caramelo del plato se acerca a mi rosto, con aire seductor.
-Así que, ahora, me tienes a tu entera disposición-, me suelta juguetona.
-¿Para lo que quiera?-, respondo acortando la distancia y con el mismo tono. Antes de que ella pueda contestar, le limpio con la lengua la comisura de su boca antes de darle un beso hambriento, saboreando el caramelo.
-Eider-, susurra en mis labios, -de verdad que lamento romper la magia del momento, pero va a empezar a llover de un momento a otro-, me dice antes de que podamos volver a besarnos.
La miro, y antes de pronunciar nada, noto que lleva razón cuando empiezan a caer unas grandes gotas sobre la chaqueta y mi cabeza, aunque estas últimas creo que han caído a propósito para refrescar mis ideas.
Sanders se levanta y me da la mano para ayudarme a liberarme del anclaje de la silla y llevarme a algún lado.
-¿Dónde vamos?-, pregunto antes de que tire de mí.
-A mi casa-, responde como algo evidente mientras agarra más fuerte mi mano para que comencemos las dos a correr.
Continuará
Curiosidades:
Sherlock Holmes (2009). Director: Guy Ritchie. Protagonistas: Robert Downey Jr., Jude Law. Por esta interpretación, Robert Downey Jr ganó un globo de oro al mejor actor de comedia o musical.
Mencionar Sunnydale es debido a un evidente, y claro, homenaje a la serie Buffy, la cazavampiros.
Mi amor por los caballos, y el poco interés que me transmiten los vestidos, queda reflejado en la alusión a Ascot (Berkshide, Gran Bretaña).
