Capítulo 3: El descubrimiento
Escuché como Hermione le ofrecía disculpas al sujeto por nuestro pequeño refugio. No entendía qué le pasaba. No era normal en un tipo que te encuentras en un basurero a mitad de la noche.
Era un hombre ya adulto, aunque tenía la impresión de que era más joven de lo que parecía. Llevaba ropa vieja y remendada, aunque mejor a la que nosotros teníamos. Su rostro se veía cansado y ojeroso... pero amable. Tal vez eso es lo que hacia confiar a Hermione. Por más curiosidad que tuviéramos por el palo luminoso, eso no nos motivaba tanto. Hace tiempo aprendimos a rechazar las emociones de la curiosidad, la esperanza y otras que no nos ayudaban en nada.
-¿Cómo se llaman? –lo escuché preguntar mientras me miraba con curiosidad.
Sentí miedo. No tenía las fuerzas suficientes para defendernos y él ya lo sabía. Al parecer se dio cuenta de mi situación, porque me sonrió. Me aterraba la forma que tenía para leer mis sentimientos, no creí que fuera tan obvio.
-Mi nombre es Remus Lupin –nos dijo.
Algo se removió en mi pecho... su nombre parecía conocido, muy, pero muy en mi interior.
-Soy Hermione y él es Harry –dijo Hermione, que se había sentado en una caja y se abrazaba a sí misma tratando de calentarse. Hace algunas noches la temperatura había disminuido drásticamente por el invierno-. Siéntese –le indicó a Remus Lupin mientras le señalaba otra caja. El hombre se sentó mientras observaba alrededor.
-Hace frío aquí –dijo. Quise decirle que si no le gustaba que se fuera, pero quedé boquiabierto cuando usó el palo para producir unas llamas, que quedaron flotando en el centro del refugio, iluminando y calentando el ambiente.
-Gracias –dijo Hermione, sonriéndole. Sacó sus manos y las tendió hacia las llamas, que iluminaban su rostro enfermizo. Sentí un retorcijón en el pecho y al parecer el sujeto también, porque rebuscó en su largo abrigo, sacó una tabla café oscuro y la partió en dos antes de tenderlas hacia nosotros. Hermione la tomó un poco precavida-. ¿Qué es esto?
Remus Lupin abrió los ojos impresionado.
-Es chocolate.
-¿Chocolate? –repitió Hermione, con un poco de anhelo en su voz. No pude evitarlo y acepté el que me ofrecía. Habíamos leído sobre el chocolate: era un dulce. Pero no sabíamos nada más, porque Hermione dijo que no comía dulces cuando pequeña-. Pruébenlo, los ayudará.
-¿Cómo podría ayudarnos? –no resistí preguntarle. Él solo me sonrió.
-Es cierto –dijo Hermione. La miré. Estaba comiendo el chocolate con una sonrisa-. Es dulce y calienta el cuerpo.
Está bien, me rindo.
Me llevé el chocolate a la boca y mordí un poco... Tenía razón, nunca había comido algo tan delicioso y que me hiciera feliz.
-¿Harry? -Miré a Remus Lupin, que de nuevo me miraba extraño-. ¿Cuál es tu apellido? –me preguntó suavemente.
Su pregunta me descolocó.
-¿Por qué quiere saberlo? –dijo Hermione. Lo miraba ceñuda, empezando a sospechar.
-Solo curiosidad –se apresuró a decir, levantando las manos en un gesto de no pretender nada-. Sólo se parece a alguien que conocía y pensé que tal vez... no, nada.
Siguió observándome.
-No lo sé –le respondí finalmente. Eso le sorprendió.
-Pero, ¿cómo...?
-Simplemente no lo sé. Mis padres me abandonaron en un orfanato cuando pequeño y solo dejaron un papel con mi nombre.
-¿Tus padres... te abandonaron? ¿De dónde sacaste eso?
-Me lo dijo la directora... pero ¿qué demonios le importa? –Recordar eso me enfurecía.
-Tranquilo –dijo Remus Lupin, mientras se ponía de pie y se acercaba a mí. No pude evitarlo y di un paso hacia atrás. Hermione se levantó rápidamente-. Solo tengo curiosidad por tus ojos.
¿Mis ojos? ¿Qué diablos pasaba? Mis ojos no tenían nada especial, todo lo contrario, apenas si veía. Como si hubiese leído mi mente, otra vez, preguntó:
-Acaso... ¿usas anteojos?
Esto se estaba saliendo de control.
-Sí –dijo Hermione-. Aquí están.
De nuevo no entendí su necesidad de responderle a todo lo que este sujeto nos preguntaba. Si por mí fuera, ya lo hubiese corrido. El tipo me hacía sentir extraño... vulnerable.
No podía sacar de mi cabeza que el pequeño Harry era este muchacho que tenía frente a mí... me lo decía mi corazón.
Tomé los anteojos rotos que tenía la chica, Hermione, en sus manos. Era obvio que no podía usarlos así. Usé mi varita y los reparé.
-Increíble –susurró la chica, impresionada.
Sabía que estaba pidiendo mucho al querer que confiaran en mí. Pero estaba resultando más fácil de lo que pensaba. Por lo menos con Hermione. El chico, era obvio, desconfiaba de mí, creo que me temía.
Me acerqué a él con los lentes en la mano. Trató de alejarse, pero no tenía espacio detrás de él. Lentamente deslicé los lentes en su rostro... Se parecía tanto a mi amigo.
Quité el cabello largo de su frente, pero el muchacho tenía los ojos cerrados. Ese comportamiento no era normal. Trataba de parecer firme para proteger a la muchacha, pero no hacía ningún gesto por impedir mi acercamiento, como si estuviera acostumbrado a resistir sin moverse. Era preocupante, me aterraba y enfurecía ese comportamiento. Era obvio que el culpable de esto era el orfanato.
-No quiero hacerte daño –le insistí, con la voz un poco quebrada. Esto tal vez lo sorprendió, porque abrió los ojos y me miró.
No podía moverme... era imposible. Hace catorce años que no veía ese color de ojos. No había margen de error, sus ojos eran únicos, además estaba la coincidencia del nombre y la familiaridad que producía en mi corazón.
-¿Qué...? –escuché que decía asustado, pero sin moverse-. ¿Qué pasa?
No me di cuenta en que momento había empezado a llorar. Claro, esto lo asustó: un hombre adulto y desconocido llorando.
-Te encontré...
