No, la amo. Sólo no sé cómo no hacerla llorar.


Incluso luego de años de conocerla, la visión de sus ojos brillando lo apuntalaba más de lo que quería admitir. Había algo tan intrínsecamente incorrecto con ver a Mimi llorando, y saber que él era la causa de sus lágrimas nunca fallaba en calarle.

Hubo una vez, en su cumpleaños, en que él se durmió durante toda la fiesta; cuando despertó razonó que era demasiado tarde para llamarla, así que se dio la vuelta y volvió a la cama. Ella había llorado toda la noche, como pudo evidencia en sus ojos rojos al día siguiente. Luego hubo aquella vez que salió con otra chica (insistía en que estaban en un descanso) y se le ocurrió llevarla al cumpleaños de Taichi. No armó el escándalo que todos esperaban que hiciera, pero tiempo después se enteró por Miyako que se había encerrado una hora en el baño antes de irse.

Esas eran las cosas grandes, pero no eran las más importantes. Fueron las cosas pequeñas que hizo, como decir que la llamaría y olvidar hacerlo; hacer planes con ella y luego cancelar a último momento, sin decirle; tirar la puerta tras cada una de sus discusiones; negarse a pedir disculpas por cada una de esas pequeñas ofensas. Era la forma en que ella esperaba por él hasta las altas horas de la mañana y él llegaba a su cama, ebrio y torpe para despertarla con manos y labios urgentes. Susurraba que la amaba y ella le respondía. Pero la noche siguiente, la haría esperar de nuevo.

Una vez, Mimi le dijo que no tenía miedo de amarle con todo su corazón. Él, que creyó ser muy cortés, le pidió que no lo hiciera, diciéndole que era mejor amarlo con medida. No lo supo entonces, pero la había herido más profundamente de lo que alguna vez pretendió. Y ahora, que ella le preguntaba qué quería de ella, no sabía cómo decirle todo, sin ser egoísta. Vio las lágrimas aparecer en sus ojos y le dolió saber que no se acercaría a tocarla.

Yamato siempre la había amado y había tratado tanto no lastimarla, pero hacía mucho tiempo que había olvidado cómo hacer el uno sin el otro.