RENACIMIENTO
Por Mal Theisman
Notas aclaratorias:
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.
Capítulo III: Encontronazos y Decisiones
-
Jueves 21 de abril de 2011
Parecía una coincidencia insólita que en una nave tan monstruosamente grande, tres personas que no tenían que encontrarse bajo ninguna circunstancia llegaran a coincidir en el mismo lugar.
Allí, congelados en ese corredor y junto a la entrada del camarote de Rick, ninguno de los tres se movía o hacía algo para superar la sorpresa inicial. Todos estaban atónitos ante la extraña e imprevista situación que se estaba dando en esa tarde... Minmei estupefacta al ver a Rick, su Rick, del brazo de otra mujer... esa mujer; Rick sorprendido de ver a Minmei esperándolo en la puerta de su camarote, y Lisa dolida de ver cómo la cantante aparecía allí, viendo con desesperación cómo su sola presencia evaporaba toda la alegría y felicidad que había sentido durante los últimos días.
– Rick... – repitió Minmei en un tono bajo y susurrante.
Sólo una pregunta escapó de los labios de Rick Hunter cuando se recuperó del shock.
– ¿Minmei, qué haces aquí?
– No sabes qué gusto me da verte bien... – le respondió Minmei con voz quebrada, y sacudiendo el cabello después de tenerlo bajo aquella boina.
– ¿Qué haces aquí? – repitió Rick, notando que la sorpresa daba paso a la molestia, algo que jamás había creído posible experimentar cerca de Minmei.
Por su parte, ella no se daba por aludida ni registraba que en medio de todo había una tercera persona, que a cada segundo sentía una creciente y fatal mezcla de dolor, ira y molestia oprimiéndole el pecho y nublándole el entendimiento.
– Conseguí que uno de los mecánicos de la nave me prestara su uniforme ¿qué te parece? – explicó la cantante con una risita, dejando atrás su anterior seriedad aunque muy pronto volvió a verse ansiosa. – Tenía que verte, Rick... tenía que hablar contigo...
– Minmei... – apenas articuló Rick sin saber qué decir.
– Por favor, Rick, te necesito...
Sintiéndose como el proverbial convidado de piedra, ignorada por completo por aquella niñita que venía a arruinarlo todo, Lisa entrecerró los ojos y notando que tenía la boca repentinamente seca, sólo pronunció un corto y duro:
– Buenas noches...
– Hola, comandante Hayes... – dijo por fin Minmei, reconociendo la existencia y presencia de Lisa en medio de aquella situación tan incómoda. Luego, volviéndose hacia el objeto de su atención, continuó insistiendo en tono suplicante: – Rick, por favor, hablemos.
No había en el rostro de Rick más que desesperación… una situación de los mil demonios estaba en pleno desarrollo y no tenía la menor idea de cómo manejarla.
– ¿De qué quieres hablar?
– Sólo hablemos – fue todo lo que dijo Minmei, y por un breve instante fulminó a Lisa con una mirada asesina.
Lisa sintió que algo dentro de ella se rebelaba por estar allí de testigo "privilegiado" de aquel momento, y sintiéndose repentinamente muy molesta por lo que estaba viendo, decidió que no podría soportar permanecer allí por mucho tiempo más.
– Creo que mejor me retiraré...
– Comandante... – balbuceó Rick, pero dándose cuenta de su error, revirtió para lanzar un: – Lisa...
Lisa lo miró con ojos grandes y oscurecidos por una repentina tristeza. ¿Comandante¿Después de aquellos días, Rick la llamaba por su grado? Eso sólo le causó más dolor en el alma a Lisa que cualquier miradita sucia que pudiera lanzarle la Señorita Macross. Recomponiéndose, y comprimiendo sus labios en una fina línea, Lisa se irguió y clavó sus ojos en los de Rick.
– No se preocupe, comandante Hunter... puedo regresar sola. No quisiera interponerme... ustedes dos tienen que hablar.
– ¡Lisa!
Lisa ya estaba alejándose de allí a paso ligero, sin siquiera voltear para ver a Rick antes de meterse en otro corredor… aunque sí tuvo algo para decirle al piloto antes de desaparecer de allí.
– Nos veremos por la mañana, comandante Hunter. Que pase... que pase una buena noche.
– ¡Lisa! – repitió con desesperación el teniente Hunter, sin que esta vez nadie le respondiera.
Rick se quedó mirando en la dirección en que Lisa había partido, completamente perdido y miserable hasta que sintió que unos brazos lo tomaban de la cintura y que alguien se recargaba contra sus espaldas. Girando la cabeza, notó que era Minmei, que lo abrazaba con todas sus fuerzas, recostando la cabeza contra su espalda.
Era curioso... si algo parecido hubiera ocurrido algunos días atrás, Rick la hubiera tomado en brazos con todas sus fuerzas y no hubiera respondido de sí, pero ahora... ahora lo único que sentía Rick era una incomodidad espantosa y una dolorosa sensación de estar engañando a alguien que le oprimía el pecho. La sensación de estar miserable se trocó en un repentino disgusto, y su rostro se contrajo en una mueca.
Con brusquedad, Rick se desprendió de Minmei, cuidando de no lastimarla en el proceso y abrió la puerta del camarote con una expresión inescrutable en el rostro.
– Entra... – murmuró Rick secamente, sosteniendo la puerta del camarote y evitando la mirada de Minmei para que ella no viera el destello de disgusto en sus ojos.
-
Dando un sonoro portazo que retumbó en todo el pasillo, Lisa se encerró en su camarote, y al momento de cerrarse la puerta se dejó caer sobre ella, exhalando fuertemente para recobrar el aliento, sintiéndose miserable por varios motivos.
Permaneció con los ojos cerrados, tratando de tranquilizarse y que su pulso volviera a la normalidad, sobreexcitada como había quedado luego de aquel día. Recorrió el lugar con la vista, sintiendo un dolor creciente cada vez que recordaba los momentos compartidos con Rick durante los últimos dos días.
Incluso, Lisa se maldijo al pensar en lo destemplado de su reacción. ¿Realmente era necesario que se fuera con tanta brusquedad de allí, dejando a Rick solo con... ella? Peor aún fue su reacción cuando la asaltó la idea de que con esa retirada tan seca, había dejado a Rick servido en bandeja ante Minmei.
Mas recordando el momento, Lisa no pudo evitar sentir un profundo dolor que no sabía de donde provenía. Era ante todo la reacción de Rick al ver a Minmei esperándolo... se había quedado congelado en el lugar, sin pronunciar palabra y mirando con la boca abierta a la Señorita Macross... mientras actuaba frente a Lisa como si no existiera. Como si todos los ratos compartidos desde aquel maravilloso rescate en la Base Alaska jamás hubieran ocurrido, o peor aún: como si hubieran sido una mentira.
Rick Hunter, cachorrito perdido... corriendo detrás de una niña que lo llama y lo ignora.
Lisa se sacudió la cabeza, deteniendo aquel tren de pensamientos antes de que se saliera de control.
Probablemente ella estuviera siendo injusta con Rick. Tal vez su reacción era solamente a causa de la sorpresa de ver a Minmei allí mismo, de pie y esperándolo. Dios sabía que si Karl golpeara la puerta de su camarote, ella rompería a llorar de la felicidad a pesar de todo el tiempo transcurrido... y de haberse enamorado de otra persona. Tal vez a Rick le pasaba lo mismo. De ninguna manera habían sido una mentira esos momentos que habían pasado juntos durante los últimos días.
Rick Hunter podía ser muchas cosas, pero no sabía mentir al hablar, y menos mentir al besar...
Pero no había forma de ignorar el efecto que tiene un antiguo amor, y Lisa se estremecía al pensar en todas las formas en las que Rick podía volver a caer bajo el hechizo de la señorita Macross.
Ella realmente necesitaba que Rick la acompañara, ese día más que nunca. El incidente con la señora Boyle la había dejado muy golpeada... no todos los días Lisa Hayes apagaba tan brutalmente la última esperanza de una persona que lo había perdido todo. Pero aún con el recuerdo del horrendo dolor de la señora Boyle en sus hombros, aquel llanto desconsolado que todavía resonaba en sus oídos, aquella visita al infierno todavía no había terminado para Lisa.
Aquel momento en el campamento de refugiados había desenterrado violentamente todo lo que Lisa había logrado dejar atrás luego de esos breves y fugaces instantes de felicidad con Rick. El recuerdo del infierno en la Base Alaska, permanecer sola entre los muertos... ver morir a su padre sin siquiera poder despedirse de él como su corazón se lo había suplicado... todo volvía ante ella como en una truculenta sucesión de imágenes que amenazaban con no irse jamás.
Ella era una persona fuerte por naturaleza y por necesidad ante los golpes que la vida le había dado con tanta frecuencia... pero la fortaleza tenía un límite y por primera vez desde el Holocausto, Lisa se preguntó si podría seguir soportándolo sola.
Esos breves y delirantes momentos junto a Rick le habían dado la esperanza de poder caminar junto a él aquellos pasos difíciles que deberían dar en el mundo que había sobrevivido al Holocausto. Ese día que compartieron en su camarote, luego de regresar al SDF-1, había evitado que Lisa se sumiera en el espantoso dolor en el que podía caer tras el infierno vivido bajo la tierra en Alaska... ese abrazo en el que Rick la había envuelto luego de dejar atrás a la señora Boyle había sido lo único que la mantuvo en pie luego de ese momento tan duro de sobrellevar.
Pero ella había vuelto. Ella, la nunca suficientemente maldita estrella del canto había vuelto, y Rick tal vez se debatiera ahora entre las dos... tironeado entre el amor que Lisa tenía hacia él... y lo que fuera que Minmei sintiera hacia él.
– ¿Por qué...? – fue todo lo que Lisa pudo decir, una vez que juntó aire para hablar... una pregunta que ocultaba varias.
¿Por qué Minmei tuvo que volver¿Por qué Rick tuvo que quedarse con ella¿Por qué ella tuvo que irse en lugar de luchar por lo que quería¿Por qué se sentía tan dolida?
Con pesadez, Lisa se lanzó sobre la litera de su camarote y se quedó mirando al techo, preguntándose si algún día podría estar junto a Rick... o si estaban condenados al desencuentro.
Sólo había una cosa de la que Lisa estaba segura: la respuesta a su pregunta estaba siendo formulada en un camarote del ala de barracas de pilotos en ese mismo instante...
Lo único que podía hacer era soportar la noche y esperar que la mañana le trajera una buena respuesta...
-
Rick cerró la puerta del camarote y se tomó unos segundos para respirar antes de enfrentar a su inesperada visitante. Por su parte, Minmei se había sentado en su litera, con su mejor apariencia de inocencia y ternura... la misma que había traído allí hacía tres días... cuando los dos vieron morir a la Tierra en medio del fuego infernal de Dolza.
En aquella oportunidad, Rick se había sentido maravillado de tener a Minmei aunque más no fuera para hacerle compañía durante ese momento tan espantoso.
Pero ahora... ahora sentía una profunda y ardiente irritación por el hecho de que ella hubiera entrado así como así en su vida. Y más que fuera en un momento en que él estaba con...
– ¿De qué quieres hablar, Minmei?
Minmei, sin darse por aludida, le respondió con una voz quebrada por la emoción:
– Rick... no sabes cuánto te extrañé...
– ¿De qué quieres hablar, Minmei? – repitió Rick la pregunta, fracasando en sus intentos de contener su irritación y desviando la mirada para no encontrarse con los ojos de Minmei.
Esta vez Minmei sí tomó nota de la irritación y distancia de Rick, y sonó lastimada al preguntar:
– ¿Por qué me tratas así?
– Tú querías que habláramos... hablemos entonces. Soy todo oídos.
Por fortuna, Minmei pareció satisfecha con esta respuesta, y se acomodó en la litera de Rick antes de relatar con voz quebrada:
– Rick, no tienes idea de cuánto te necesito... cuánto me hace falta estar contigo... lo que he sufrido estos días, con Kyle, con la guerra... con lo de mis padres... no tienes idea.
Y sin anunciarlo, la cantante comenzó con una perorata… hablando de ella misma, de Kyle, de las cosas que le estaban sucediendo en su vida, de todo aquello que tanto la mortificaba, de sus colegas del mundo del espectáculo, de ella, ella y ella, la mente de Rick viajó hasta momentos que habían ocurrido hacía muy poco tiempo... las escenas de horror que había visto en Helmstown, en donde literalmente había tenido que escoger quién viviría y quién moriría… y la escena desgarradora de Lisa teniendo que comunicar esa noticia a aquella mujer en el campamento de refugiados, y la sangre le hirvió al ver a Minmei lamentarse de su vida como si fuera la gran tragedia.
Tan sólo lo de sus padres tenía algún sentido, y Rick realmente sentía compasión por aquel difícil trance que debía superar Minmei, con toda la comprensión que sólo puede sentir un huérfano de ambos padres.
Pero a pesar de eso...
¿Acaso no se daba cuenta de lo que había ocurrido¿De todo lo que pasaba en el mundo que existía por fuera de la vida de la Señorita Macross¿Tenía siquiera idea de las cosas que él y sus compañeros habían visto durante los vuelos de evacuación... las interminables extensiones de muerte y destrucción, de refugiados y desahuciados que vagaban en busca de comida o tratamiento?
¿Tenía alguna noción de todo aquello con lo que los demás debían vivir y convivir sin poder darse el lujo de quejarse como lo hacía ella?
Un simple llanto, un simple abrazo hubiera sido mejor que todo ese parloteo...
Sintió algo mucho peor que la ira... llegó a sentir desprecio, a sabiendas de que en el fondo Minmei no dejaba de ser una niña... una niña a la que se le había agregado la carga del estrellato cuando sus hombros no habían estado lo suficientemente desarrollados para soportar ese peso. Y peor aún: sabía que ella podía ser una persona dulce y caritativa, si no fuera porque todo su mundo giraba en torno a ella...
Pero Minmei tenía que saber más... Había estado en la reunión con Exedore horas antes de la batalla; había visto junto a él el momento en que la Tierra era incinerada por la flota de Dolza; había permanecido en la torre de mando del SDF-1 durante la batalla... ¿cómo podía ser que después de todo eso, Minmei sólo pudiera pensar en ella misma?
¡Qué contraste tan marcado entre Minmei y...!
Cuando se dio cuenta de eso, por acto reflejo Rick levantó la cabeza para mirar al techo, dando muestras de una frustración inocultable ante el parloteo incesante y autocompasivo de Minmei.
– ¿Qué diablos te pasa? – balbuceó Minmei al ver a Rick teniendo esas reacciones.
Rick reaccionó poniéndose a la defensiva.
– Yo estoy bien, Minmei... ¿qué te pasa a ti?
Pero ahora Minmei fue la que estalló, sintiendo dentro de sí que Rick estaba siendo innecesariamente duro con ella. Con ojos grandes y mirada incrédula, Minmei exclamó:
– ¿De qué rayos me estás hablando? Tú eres el que me declara amor antes de partir y ahora no quiere ni hablarme como persona civilizada...
– Tú eres la que me ignora durante un año y ahora vienes a mí como si nada hubiera pasado en el medio...
Minmei quedó en silencio, procesando las palabras de Rick y acumulando una sorda furia dentro de sí que encontraba expresión en sus ojos, que parecían hechos de hielo al preguntar:
– ¿Es esa mujer, no? Hayes...
– ¿Qué pasa con ella? – preguntó Rick, volviendo a sentir dentro de él el dolor que lo había invadido cuando Lisa lo dejó con Minmei de manera tan abrupta.
Minmei lo miraba con ira creciente... y algo muy parecido al dolor.
– Y todavía preguntas... ¿qué estabas haciendo con ella?
Rick la miró con incredulidad y con la boca abierta en un gesto de sorpresa.
– ¿Y a ti qué te importa?
– ¡Responde la pregunta! – gritó Minmei con furia, y Rick se encontró un poco asustado por esa demostración de ira.
Los dos estaban alzando el tono con cada frase que se lanzaban… pero por más que quisieran detenerse y calmarse, eso era algo que ya estaba ajeno a su control.
– ¿Qué te importa lo que haga yo con ella!
– ¡Dímelo!
Rick tomó aire para decir tres palabras solamente...
– Estoy con ella.
La furia de Minmei trocó en dolor, y comenzó a dejar escapar lágrimas amargas, llevándose las manos al rostro para que Rick no la viera llorar, aunque sus sollozos lo demostraban con claridad.
– Dijiste que me amabas...
– ¡Dije que no funcionaría, y lo sabes!
– ¿Por qué, Rick? – Minmei levantó la mirada hasta encontrarse con los ojos de Rick, dejando de llorar con tanta rapidez que Rick dudó sobre si alguna vez fue sincero el llanto.
Conteniéndose y respirando antes de seguir, Rick miró alrededor del camarote antes de enfrentar a Minmei y explicarle en el tono de voz más suave que podía:
– Tan sólo míranos... estamos en dos mundos diferentes, Minmei. Hemos cambiado mucho... dejado demasiadas cosas atrás y avanzado hacia otras nuevas – se señaló a sí mismo y luego a Minmei, tartamudeando al buscar expresar en palabras aquellas sensaciones hacia ella que venía experimentando con cada vez más frecuencia desde su escape de la nave de Breetai. – Ya... ya ni te reconozco…
– ¿Pero de qué hablas? Sigo siendo la misma Minmei.
Los ojos de Rick se abrieron tan grandes que Minmei pensó que iría a reír allí mismo. Pero Rick sentía ganas de cualquier cosa menos reír, aunque en algún lugar de su ser encontrara aquellas palabras cuando menos una burla. ¿La misma Minmei¿Existía acaso eso?
– ¿En serio? - preguntó dolido, sin creer que ella pudiera afirmar una cosa como esa. – ¿De veras estás diciendo eso¿La misma Minmei?
Rick se puso de pie y caminó por el camarote, mirando a Minmei de vez en cuando mientras dentro suyo se formaba una respuesta con tanta velocidad que Rick llegó a pensar que la tenía preparada inconscientemente desde hacía mucho tiempo.
– ¿Cuál es la "misma Minmei"¿La chica dulce, tierna e inocente que conocí el día que comenzó la guerra¿La chica con la que pasé dos semanas perdido en el SDF-1¿La chica con la que llegué a creer que tenía algo especial?
Minmei retrocedió, como si hubiera sufrido un golpe en el pecho. Las palabras de Rick habían sido pronunciadas con tanto dolor y resentimiento en cada una de sus palabras que le provocaba dolor físico el darse cuenta de lo que sentía. ¿Era posible que él tuviera razón sobre ella?
– ¿La chica de la que alguna vez me enamoré? – remató Rick, y su voz se quebró en ese momento al confesarlo, sin importar que ya lo hubiera hecho antes.
Minmei lo miraba con pavor e incredulidad, mientras dentro suyo pugnaba por encontrar algo en el pasado que le indicara acerca de los sentimientos de Rick, sin hallar nada. No podía ser... en muchas oportunidades le había dejado en claro que ellos tenían una amistad y que él era especial para ella, pero como amigo, jamás como amor.
Incluso aquellas declaraciones de amor antes de la batalla las había interpretado solamente como algo que nacía al calor de un momento como ese, pero que no tenían nada de serio ni profundo. Ni siquiera el beso que los dos habían compartido en el camarote de Rick momentos después de que muriera la Tierra... eso había sido un beso de aliento y nada más.
Pero ahora era el momento de Rick para estallar una vez más, y girando sobre sus talones detuvo la caminata y clavó sus ojos en los de Minmei.
– ¿O la estrella de la música que no sabe ni que existo¿La que me deja por su primo, de entre todas las personas... un hombre que insulta y escupe sobre todo lo que soy y hago, y sobre todas las personas que aprecio mientras nosotros peleamos y morimos en su defensa¿La que mientras todo el mundo se rompe la espalda para poder seguir con vida luego de lo que pasó, sólo sabe quejarse de su pobre vida de estrella¿La que sólo se acuerda de mí cuando le conviene?
Sufriendo cada una de las palabras de Rick como un golpe en el corazón, Minmei replicó al borde de las lágrimas.
– ¡Rick... me estás lastimando!
Si con eso la cantante esperó apelar a la compasión de Rick, en su lugar no halló más que furia.
– ¿Y cómo crees que me siento yo? – explotó Rick levantando los brazos al aire, dándole una salida a todo su dolor y angustia, que comprobaba que llevaba dentro desde hacía mucho tiempo. – ¿CÓMO CREES QUE ME SIENTO¿Sabes cuántas veces necesité que me acompañaras, que estuvieras a mi lado¿Sabes cuántas veces rogué que me hicieras aunque sea un minuto de tu tiempo?
Minmei no supo qué responder a esa pregunta, y se quedó congelada en su lugar, esperando con impaciencia las siguientes palabras de Rick.
– Un minuto... nada más que eso pedía de ti. Un lugar en tu vida, y con eso me hubiera conformado. Que me vinieras a visitar al hospital cuando estuve herido..., – Rick se permitió una risa triste al decirlo – esa la hiciste... pero tuvo que ir Roy para pedírtelo. O algo de aliento luego de que muriera Ben... pero jamás escuchaste lo que tenía para decirte ese día... jamás te importó.
Los ojos de Minmei continuaban clavados en los de Rick, hipnotizada por la intensidad de las emociones que él dejaba traslucir en su mirada dolida.
– ¡Me importa, Rick!
– ¿Cuando te he importado yo? – preguntó con un dolor calmo, pero no por eso menos intenso.
Minmei cerró la boca, sin saber qué responder a eso... temiendo descubrir que Rick decía la verdad, porque eso significaba que lo había perdido. Que lo había dejado ir.
– Te odio.
– Pues yo no te odio – replicó Rick con una sonrisa triste. – Tal vez no lo creas en este momento, pero yo no te odio... a pesar de todo no puedo odiarte, Minmei.
Ella no respondió.
– Podemos continuar como amigos. No puedo ofrecerte otra cosa excepto mi amistad. A pesar de todo, siempre me has importado, Minmei... aunque ya no podemos ser más que amigos…
Era una verdadera rama de olivo la que Rick acababa de ofrecerle a Minmei, en un esfuerzo por bajar la tensión y tal vez conservar su amistad, que jamás había dejado de apreciar por más que corriera tras el premio ilusorio de su amor.
– ¿La amas? – fue lo único que respondió Minmei, con la voz entrecortada.
– Por todos los cielos... – murmuró Rick incrédulo, chocando sus manos en un gesto de frustración.
– ¿La amas, Rick?
– No te incumbe, Minmei.
– Sí me incumbe, Rick... Di que la amas y yo me iré...
– Minmei, no tienes por qué hacer esto – le imploró el piloto, haciendo un esfuerzo para evitarle, y evitarse a él mismo, un momento como el que veía en su mente.
– Lo merezco... contéstame¿la amas?
Rick la miró con emociones encontradas... furia por el comportamiento de ella, dolor por aquella dura discusión, y resolución que nacía de algo muy dentro suyo. Llevándose las manos a la nuca y reclinándose en la silla de su escritorio, Rick levantó la vista hasta encontrarse con los ojos verdeazulados de Minmei, mientras en su interior buscaba la respuesta a esa pregunta que se hacía con cada vez más frecuencia.
Sentada en la litera, Lynn Minmei esperaba una respuesta.
-
Viernes 22 de abril de 2011
Rara vez en la vida, el teniente comandante Rick Hunter se despertaba sintiéndose un villano.
Esa mañana era una de ellas, luego de una larga noche sin sueños, que a pesar de haber podido dormir (más por obra y gracia del agotamiento luego del vuelo de refugiados) se le hizo eterna e inacabable. Realmente había necesitado dormir mucho luego de la interminable discusión de la noche anterior, a tal punto que se había ido a dormir sin fuerzas como para siquiera guardar el traje de piloto.
Haber tenido aquella enervante discusión con Minmei aquella noche había sido una experiencia extenuante para él, tanto física como espiritualmente. A pesar de todo lo que había pasado entre ellos, a pesar de haber descubierto sus sentimientos hacia Lisa, muy dentro de él Minmei seguía ocupando un lugar de importancia. No ya como lo que había sido en una vez, sino como una amiga especial, quizás incluso como una hermana menor.
Claro, asumiendo que aún tuvieran una relación luego de la discusión de la noche anterior. No le había hecho bien a ninguno de los dos, a pesar de haber llegado, cerca del final, a un tenue acuerdo de paz. Un acuerdo que no quitaba de Rick o Minmei la sensación amarga de haberse distanciado demasiado como para alguna vez volver a tener una amistad.
Pero ahora lo que a Rick le preocupaba era Lisa. Aquella reacción que tuvo al ver a Minmei en la puerta de su camarote lo aterró... y fue parte de lo que le hizo estar tan molesto con Minmei en la conversación. La sola idea de que Minmei, quien durante la mayor parte de los últimos dos años se había conformado con tenerlo en una especie de limbo, viniera ahora a su vida justo cuando Rick encontraba algo que lo hacía sentirse vivo.
De no ser porque Rick ya estaba bastante ofuscado de por sí, hubiera considerado a ese detalle como una burla.
Eso sin mencionar la posibilidad de que con su sola presencia Minmei hubiera arruinado aquello que estaba naciendo entre Rick y Lisa.
No acababa de dejar su camarote para ir en dirección al Prometheus para comenzar su turno de servicio, pensando en la forma en que explicaría a Lisa lo ocurrido en cuanto tuviera la oportunidad de verla, cuando todo su tren de pensamiento se fue al diablo por obra y gracia del sonido de un llamado.
Con un suave silbido, la sirena de anuncios generales sonó en todo el pasillo del ala de pilotos, dando paso al anuncio de una voz oficial y neutra de una operadora:
– Teniente comandante Hunter, repórtese en la oficina del brigadier Maistroff de inmediato...
De todas las cosas que podían pasar...
Rick cerró los ojos y un puño, y se mordió el labio inferior en señal de frustración, queriendo maldecir a troche y moche. Realmente no necesitaba tener que ir a encontrarse con ese autócrata insufrible a soportar otra sesión de latigazos verbales, y menos aún en un día como ese, en el que tenía tantas cosas por hacer. Si tan sólo no tuviera que soportar diariamente a Maistroff por esas cosas del servicio militar...
Pero en fin, de tripas corazón, como dice la expresión...
Dejando de lado su molestia, o al menos sin hacerle mucho lugar en su mente, Rick se compuso y caminó con paso veloz hacia un elevador que lo llevaría hasta el nivel que ahora funcionaba como sede del Estado Mayor. Las oficinas de las distintas ramas del flamante y rimbombante "Estado Mayor de las Fuerzas" aún eran una colección de cajas apiladas en oficinas vacías esperando que sus futuros ocupantes y asistentes las pusieran en orden.
Por fin, Rick llegó a la puerta de la oficina de Maistroff, en donde su secretaria tomó sus datos antes de avisarle al brigadier que su visitante había llegado. En cuanto la puerta se abrió -llenando de fastidio a Rick por aquella parafernalia inútil en medio del Armagedón-, Rick caminó dentro de la oficina, poniéndose en posición de firme en el momento que se halló a menos de dos metros de Maistroff.
– ¿Pidió verme, señor?
Desde su ascenso a brigadier, hacía apenas dos días, Maistroff parecía haberse acostumbrado a los privilegios de su nuevo grado. Aquella expresión dura y suficiente que portaba usualmente era ahora un poquito más dura y un poquito más suficiente... por no decir un poquito más pedante. La solitaria estrella dorada de brigadier que portaba en el cuello de su uniforme brillaba con especial intensidad, y Rick se encontró preguntándose si Maistroff le pasaba lustre todas las mañanas hasta ver reflejado su rostro en ella.
– Pase, comandante... tome asiento – respondió Maistroff señalando una de las sillas de la oficina con un ademán.
Sin decir una palabra, Rick se sentó en la silla que estaba del otro lado del escritorio. Unos incómodos segundos de silencio, en los cuales los dos oficiales se evaluaron mutuamente, acabaron cuando Maistroff dijo en un tono de voz desprovisto de emoción.
– Tengo órdenes para usted.
Rick se estremeció en su silla -reacción bastante común en él cuando de recibir órdenes se trataba- pero pudo componerse lo suficiente como para responder en su mejor tono neutral:
– Estoy listo, señor.
Maistroff se permitió una media sonrisa bastante dura, que era el único gesto de aprobación que sabía expresar libremente. Luego de acomodar algunos papeles desordenados que pululaban por allí, Maistroff apoyó las manos en el escritorio y taladró a Rick con la mirada.
– Sé que lo está, pero antes necesito que aclaremos algunos tantos, comandante.
Rick estaba totalmente confundido por esa inesperada pregunta. ¿De qué quería hablarle Maistroff con tanta formalidad? Sea lo que sea, tratándose de Stanislav Maistroff y conociéndolo como lo había conocido durante el último año, no podía ser nada bueno. Nada bueno en absoluto.
– ¿De qué desea hablar, señor?
Rick había usado palabras y tonos tan neutros como fueran posibles, ya que no iba a darle al brigadier la oportunidad de comérselo crudo por alguna insubordinación que creyera oír en sus palabras.
El brigadier se inclinó hacia adelante, y su ceño se frunció como siempre lo hacía cuando se trataba de hablar sobre asuntos serios, cosa que en el caso de Rick inevitablemente terminaba en un tenso intercambio de argumentos e insultos velados, tal como la experiencia había demostrado desde que Rick había sucedido a Roy como Comandante del Grupo Aéreo.
– Ayer hizo una solicitud para emplear uno de los transportes Zentraedi para una evacuación en… Helmstown, Indiana¿no es cierto?
– Así es, señor.
– El pedido ha sido aprobado por las autoridades correspondientes, y a las 1900 horas estaremos despachando un transporte Zentraedi con escolta a Helmstown para evacuar la ciudad. Debido a ciertas dificultades, nos ha sido imposible contactar a Helmstown para advertirles, pero haremos lo posible para que la próxima patrulla les informe de la evacuación.
De pronto, Rick sintió alivio en su interior… y pudo imaginar a todas aquellas personas alejándose de aquel pueblo asediado y condenado en busca de la salvación.
– ¿A dónde los llevarán?
– Los traeremos al área del SDF-1… por lo que comentó en su reporte, las necesidades de tratamiento médico son considerables, y dudo que exista otro lugar en el continente donde puedan ser atendidas.
Por alguna razón, Rick pensó en Jeff Brancher, el médico que había visto en aquel pueblo, y lo imaginó dedicándose a salvar las vidas de sus conciudadanos y de los refugiados… sólo que esta vez contaría con muchos más recursos y posibilidades para ganarle pequeñas batallas a la muerte.
Era una victoria pequeña, por supuesto.
– Se lo agradezco, señor.
– No lo llamé para escuchar cómo me daba las gracias, Hunter.
El piloto no supo qué decir… la respuesta viciosa de Maistroff lo había tomado por sorpresa, dejándolo vulnerable para que el brigadier continuara su asalto.
– Existen procedimientos para realizar solicitudes como aquella, teniente comandante – le disparó Maistroff. – Esos transportes son un recurso militar de importancia crítica que no podemos asignar alegremente al sólo pedido de alguno de nuestros pilotos.
– Señor, no es un "pedido" – replicó Rick con la sangre hirviéndole en las venas. – Hay cuatro mil quinientas personas en ese pueblo que necesitan una evacuación urgente antes de que la radiación llegue allí. Y visto eso, me pareció urgente solicitar que envíen allá los medios necesarios para salvar todas esas vidas, aún si para eso hubo que salirse un poco del protocolo.
– No dejo de entender su posición, Hunter… pero hay una diferencia entre hacer la solicitud por los canales que corresponden y pedir a gritos un transporte como si estuviera por acabarse el mundo.
"Maldito burócrata… ¿qué esperaba, que llenara una forma por triplicado?"
– El mundo se acabó el pasado lunes¿o no lo escuchó, brigadier Maistroff?
La mirada de furia de Maistroff podría haber derretido el acero, pero Rick no se dejó intimidar, sino que sostuvo esa mirada con toda la furia que llevaba dentro.
– Mire, Hunter... dejemos los formalismos de lado y hablemos con sinceridad. Hemos tenido nuestras desavenencias durante los últimos años y sé que usted no me tolera como persona y como oficial.
– ¿Señor? – balbuceó Rick, tomado por sorpresa por la franqueza brutal del brigadier.
– No me evada, comandante. Sabe usted muy bien de lo que estoy hablando, así que no insulte mi inteligencia.
Rick no respondió, aunque la mirada que le lanzó a Maistroff fue suficiente para expresar la opinión que tenía del nuevo Jefe del Estado Mayor. Realmente no estaba de humor para una sesión de esgrima verbal con Maistroff.
Cosa extraña, Maistroff pareció satisfecho con lo que leía en el rostro de Rick, como si le importara más confirmar su percepción de Rick que lo que el piloto pensara sobre él.
– Muy bien, pues déjeme decirle una cosa, comandante... usted no me cae bien. Es un insubordinado y un irrespetuoso hacia la autoridad en todas sus formas. Carece de profesionalismo y de circunspección, por no mencionar que es incapaz de mantener cerrada la boca. Si no fuera porque tiene habilidades de piloto, ya le habría dado una baja deshonrosa de las Fuerzas para que vuelva a pilotear su avión de circo.
Por más que Rick tomara cada palabra de la boca de Maistroff como de quien viniera, esos latigazos verbales lo hicieron sobresaltar de la furia, y sus ojos azules brillaron peligrosamente al entrecerrarse, mientras preguntaba a Maistroff en un tono lo más neutro posible:
– ¿Permiso para hablar libremente, brigadier?
– Adelante.
– Imbécil.
Ahora era el turno de Maistroff para quedar atónito. Sólo fue una palabra, pero pronunciada con un desprecio tan evidente que le hervía la sangre al brigadier de sólo pensar que la había escuchado.
– Pues bien, comandante Hunter, no crea que su opinión me afecta mayormente, y supongo que se da la misma situación con usted respecto de lo que pienso. Sin embargo – los labios de Maistroff hicieron una mueca de desagrado, como si se viera forzado a decir las palabras que vendrían después – quiero dejar eso atrás, o al menos en suspenso.
– ¿Señor?
¿Qué diablos quería este hombre?
Maistroff entrecerró los ojos y se caló la gorra firmemente en la cabeza, para luego alisarse el uniforme en la silla.
– Hunter, le estoy ofreciendo la posibilidad de un borrón y cuenta nueva. A lo largo de los próximos meses vamos a tener que estar trabajando en cosas demasiado importantes como para que tengamos que mantener un desprecio mutuo que pueda afectar el cumplimiento de nuestros deberes. Propongo dejar los agravios atrás, en el mejor interés del servicio.
Rick no tenía forma de ocultar su completa sorpresa, y sus ojos se abrieron bien grandes como si fueran platos... y poco faltó para que quedara con la boca abierta ¿Acaso Stanislav Maistroff, ese pichón de tirano, le estaba ofreciendo a Rick una rama de olivo¿Qué diablos estaba pasando en esa oficina?
Había dos posibilidades: o Maistroff tenía algo en mente, o Rick había juzgado con demasiada dureza al nuevo Jefe del Estado Mayor.
Siendo un tipo clemente por naturaleza (por más que la guerra estuviera quitándole la clemencia a pasos agigantados), Rick se decidió por la segunda alternativa, y darle a Maistroff una oportunidad de probar la sinceridad de sus palabras:
– Si usted está dispuesto a cumplir su parte, señor, pues no veo por qué yo no puedo hacer la mía.
A esa respuesta, siguió la cosa más insólita que Rick jamás había visto en su vida.
Maistroff sonrió.
El sonido de un timbre marcó el fin de aquella extraña discusión entre los dos oficiales, y gruñendo, el brigadier Maistroff levantó el auricular del intercomunicador y le preguntó con dureza a su secretaria qué era lo que estaba pasando.
– Disculpe, brigadier, pero los tenientes Clemens y Perlman ya han llegado – la respuesta de la secretaria se escuchó a través del altavoz.
Rick reconoció aquellos nombres como los de dos colegas comandantes de escuadrón del SDF-1: los primeros tenientes Maarten Clemens, comandante del Escuadrón Orion, y David Perlman, comandante del Escuadrón Rapier.
¿De qué se trataba todo esto¿Por qué Maistroff había convocado a tres jefes de escuadrón a una junta?
– ¿Qué hay de los otros oficiales? – preguntó Maistroff, y la sorpresa de Rick se hizo más intensa al notar que habría más invitados a aquella pequeña fiesta.
– Han sido notificados y están en camino, señor.
– Muy bien, haga pasar a los tenientes – concluyó el brigadier colgando el auricular y encontrándose con la mirada dura de Rick.
La puerta se abrió con un chirrido metálico y los tenientes Clemens y Perlman entraron, ante lo cual Maistroff se puso de pie para saludarlos, cosa que Rick hizo pocos instantes después, intrigado acerca de qué era lo que le había ocurrido al brigadier y qué misión tendría para él.
Por no decir Lisa, en quien no había dejado de pensar ni un sólo minuto.
-
Las operadoras de la flamante Central de Operaciones del SDF-1 -nombre rimbombante de una colección de consolas a medio ordenar construidas en lo que había sido una bodega en el módulo central de la fortaleza de batalla- eran personas que por su trabajo mantenían un estado nervioso bastante sensible, no sólo a lo que ocurría en el mundo exterior, sino también a las cosas que pasaban en esa misma sala.
Una de las cosas que marcaba la diferencia entre un día de trabajo normal (o casi agradable) y un infierno era la actitud de los oficiales encargados de gobernar la Central de Operaciones. Si ellos estaban de buen humor, las cosas marcharían sobre ruedas. Si ellos estaban molestos, el día no terminaría jamás. Luego de un tiempo, las controladoras eran incluso capaces de predecir cómo sería el resto del día basándose solamente en la expresión del rostro que traía el oficial encargado de la Central, arte que habían aprendido de tres de ellas que se habían convertido en figuras casi legendarias durante su período en el ya abandonado Puente del SDF-1... tres jóvenes más conocidas como "el Trío Terrible".
Así que a juzgar por el humor que ese día traía la comandante Lisa Hayes al momento de cruzar el umbral de la Central de Operaciones, todas las controladoras (habituadas ya al ánimo de la comandante Hayes) preveían que sería un día largo, duro, agotador e irritante.
Y Lisa no las defraudó.
Tonos cortantes, órdenes rápidas y que no admitían dilación, respuestas breves y formales... lejos estaba la comandante Hayes de la mujer que había encarado el día anterior con una sonrisa en el rostro y palabras de aliento, dándole esperanzas a las controladoras de vuelo de tener al menos un ambiente relajado de trabajo. Por supuesto, había de esos gestos amables también ese día, pero se veían como algo forzado a lo que Lisa se obligaba, más que como algo que nacía de su propia alegría.
Y lo peor de todo era que no había solución... Hayes estaba a cargo, así que nada de lo que pensaran cambiaría algo.
Una de las supervisoras del turno, la segunda teniente Vanessa Leeds, curtida ya por años de trabajar junto a Lisa en el puente del SDF-1 bajo cualquier circunstancia, la conocía demasiado bien como para estar ajena a los motivos de su malhumor… y no le tomó mucho esfuerzo arribar a una conclusión preliminar sobre el motivo de la ira de Lisa Hayes.
Dicho motivo seguramente portaba uniforme blanco y casco de piloto, y Vanessa hubiera apostado a ello sin dudarlo, de no ser porque el dinero había perdido todo valor esos días...
Para ese momento, alrededor de las once de la mañana, Lisa estaba apoyada en el riel del módulo de comando, una plataforma elevada que sobrevolaba las filas de controladoras como si fuera un trampolín sobre el vacío. El módulo de comando era, aunque muchos no lo supieran, una licencia que las Fuerzas de la Tierra Unida habían adoptado de los Zentraedi, sin cuya ayuda no podía haberse montado parte de la nueva Central con tanta premura.
Lisa permanecía tensa con las manos firmes en el riel, mirando hacia adelante y mordiéndose el labio inferior, conteniendo las ganas de estallar al pensar en Rick y Minmei. Lo único que sentía era la duda carcomiéndola desde adentro... ¿qué habrían hablado esos dos¿Qué ocurriría a partir de aquel momento?
¿Qué sería de lo que Rick y ella estaban descubriendo?
El teléfono interno del módulo de comando sonó en ese momento, y sin pensarlo Lisa atendió la llamada:
– Comandante Hayes, repórtese a la oficina del almirante Gloval de inmediato.
Diablos.
Incorporándose y sacudiéndose el cabello para ordenar sus ideas, Lisa tomó su carpeta y salió a toda prisa de la Central de Operaciones, dejando atrás a hordas de controladoras atónitas por el comportamiento que su comandante había traído aquel día.
Algunas se miraron entre ellas, intercambiando expresiones confusas o miradas cómplices, tratando de descifrar lo que fuera que había convertido a la comandante Hayes en una fuerza destructiva de la naturaleza. Otras menearon la cabeza, satisfechas por las causas que en su mente creían que motivaban el comportamiento de la comandante Hayes, sin importar si eran las reales o no.
Una de las controladoras más jóvenes, la cabo Connie Dumais, dejó los auriculares sobre su consola y llamó a Vanessa, quien acudió con premura al llamado de su subordinada.
– Oiga, teniente... ¿puedo hacerle una pregunta? Si no le molesta, claro.
– Adelante, cabo – la invitó Vanessa.
La cabo Dumais miró a ambos lados, como queriendo asegurarse de que nadie la estuviera oyendo mientras hacía su pregunta.
– Es... es sobre la comandante Hayes.
– ¿Qué hay con ella?
– Bueno, hoy es mi primer día aquí, y he escuchado cosas sobre ella... – el tono de Dumais era bajo, casi susurrante, como si estuviera preguntando acerca de una blasfemia que la llevaría a la hoguera.
Por su parte, el tono de Vanessa daba a entender que más valía que la controladora midiera sus palabras, o de lo contrario se encontraría en órbita sin necesidad de un cohete.
– ¿Qué cosas?
– Dicen que... bueno, que Lisa Hayes te mete miedo. ¿Es eso cierto, señora? – explicó Dumais, dejando salir su inquietud con un suspiro.
Muy a su pesar (aparentemente, esto de ser teniente incluía dejar atrás la familiaridad con el personal reclutado, cosa a la que Vanessa no se acostumbraba), Vanessa sonrió ante la pregunta y se inclinó sobre la consola para hablar más cerca del oído de Dumais, mientras se ajustaba sus sempiternos anteojos en un gesto que sus amigas del Trío tildaban de "erudito".
– Déjame explicártelo, Connie... ¿conoces a Lucifer?
La cabo Dumais la miró azorada, sin entender la referencia que le estaba haciendo su supervisora al Príncipe de las Tinieblas.
– Claro¿qué pasa con él?
Otra sonrisa, esta vez temible y tenebrosa, surgió en los labios de Vanessa Leeds.
– Bueno... Lucifer tiene pesadillas con Lisa Hayes.
-
Le tomó poco tiempo a Lisa, acostumbrada a recorrer los laberínticos corredores de la fortaleza espacial, llegar hasta la oficina personal del almirante Gloval, ubicada muy cerca del ya abandonado puente del SDF-1. Luego de anunciarse y recibir la respuesta del almirante, la puerta de la oficina se abrió con un chirrido, y Lisa entró con paso lento a los dominios personales del nuevo Supremo Comandante.
– ¿Pidió verme, almirante?
– Sí, Lisa. Por favor, pase... tenemos bastante de que hablar.
Para sorpresa de Lisa y del resto del personal militar de la fortaleza, Henry Gloval había rechazado vestir el uniforme negro de un almirante, prefiriendo conservar su tradicional uniforme azul, aunque con el agregado de las cuatro estrellas que denotaban su nuevo rango militar. Era una extraña forma que tenía el almirante de no desvincularse tanto del SDF-1, la nave que era su hogar... o quizás de demostrar que a pesar de haber ascendido a tan exaltado rango y cargo como el almirantazgo y la Comandancia Suprema, seguiría siendo el mismo hombre que había sido hasta ahora.
Había otra persona junto al almirante, un hombre de baja estatura, calvo y un tanto rechoncho, con un fino bigote negro, que miraba de Lisa al almirante con una expresión que indicaba que apenas se había recuperado de un pánico atroz.
– Creo que ya conoce al alcalde Luan... – dijo Gloval señalando al alcalde de Ciudad Macross.
– Así es, almirante. Gusto en verlo otra vez, alcalde – saludó Lisa tendiendo la mano al alcalde, gesto que el político inmediatamente reciprocó.
– El gusto es mío, comandante Hayes. Me alegro mucho de verla sana y salva. Ahora, quisiera poder seguir hablando con usted, pero tengo muchas cosas que preparar…
Mientras decía eso, el pequeño alcalde de Ciudad Macross miró de reojo y nerviosamente al almirante, que respondía con una expresión imposible de descifrar.
– Por supuesto, alcalde… no quisiera demorarlo más.
– Entonces me retiro. Almirante Gloval… comandante Hayes…
Cuando Luan por fin abandonó la oficina de Gloval, el almirante se volvió a Lisa y le hizo una oferta que los dos sabían bien que era el inicio de la parte seria del asunto.
– Por favor, Lisa... toma asiento.
Una vez que Lisa se sentó, el almirante dejó pasar unos segundos antes de dar inicio a aquella reunión, segundos que aprovechó para extraer su pipa de uno de los bolsillos del uniforme.
– Mandé llamarte por una razón.
Lisa se acomodó en su asiento, observando cómo Henry Gloval jugaba con su clásica pipa, revolviéndola entre sus dedos.
– Hemos tomado una decisión respecto a la organización de un futuro gobierno mundial – anunció entonces y sin advertencia previa el almirante.
Al escuchar estas palabras, Lisa se quedó dura. ¿Cómo podía ser que tan rápido se hubiera arribado a una decisión? En el fondo, ella estaba intrigada de saber qué se haría, porque para ser sincera la idea de un gobierno militar iba en contra de todo lo que ella era como persona y oficial. Sería bueno escuchar qué tenía en mente el almirante para sacar a la Tierra y a las Fuerzas de aquella incómoda situación que Dolza les había legado como regalo de despedida, como si no hubiera hecho suficiente por la raza humana.
– Estamos dando los primeros pasos para constituir el nivel mundial del nuevo gobierno – continuó explicando el almirante, buscando con ello superar la sorpresa que veía en la cara de su antigua Primer Oficial. – Por eso, en los próximos días estarán llegando al SDF-1 todos los senadores que aún quedan con vida, además de un grupo de delegados civiles y militares seleccionados por los jefes de los distintos comandos mayores. Con ellos se formará un Consejo Provisional de Gobierno, que se hará cargo del Gobierno de la Tierra Unida mientras dure el estado de emergencia.
"Estado de emergencia'... tal como están las cosas, es más probable que el Sol se enfríe antes que el planeta deje de estar en emergencia.", pensó Lisa apesadumbrada, mientras el almirante continuaba explicando:
– Después, por supuesto, está la cuestión de los demás niveles de gobierno. Aquellos países en donde hubiera sobrevivido alguna clase de gobierno nacional organizado y funcional seguirán gobernados por sus legítimas autoridades y continuarán operando como lo hacían antes del Holocausto, claro que bajo nuestra directa supervisión y con toda la asistencia que podamos prestarles para la reconstrucción.
Para remarcar el dato, el almirante encendió una de las pantallas de su oficina para que mostrara un planisferio en donde estaban marcados aquellos países a los que había hecho referencia… un magro puñado de naciones coloreadas de azul principalmente ubicadas en el Hemisferio Sur y la región de Escandinavia.
– En cuanto al resto del mundo… – prosiguió el almirante, ocupándose ahora de la vasta extensión que el mapa marcaba con un sangriento color rojo – hemos decidido establecer regiones y sectores encabezados por gobernadores provisionales designados de momento por el Alto Mando, y posteriormente por el Consejo una vez que esté en funciones. Nombraremos gobernadores civiles en las regiones que comparativamente hubieran sufrido menos daños, de preferencia algún alcalde o figura local… y designaremos gobernadores militares en el resto, incluyendo las regiones a ser abandonadas por haber quedado inhabitables tras el ataque.
Con sólo presionar un botón, el almirante hizo que aparecieran líneas fronterizas que dividieran el mapa de la pantalla en las nuevas regiones y distritos a ser establecidas.
– Por supuesto, esto es un arreglo estrictamente provisional… – se apresuró a aclarar Gloval. – La misión de estos gobernadores, tanto los civiles como los militares, será conducir la reconstrucción de sus respectivas regiones hasta que éstas puedan estar en condiciones de elegir a sus propias autoridades de acuerdo a la voluntad de sus ciudadanos.
Por más que Lisa encontrara la explicación sumamente instructiva, una duda la estaba atormentando desde el momento en que Gloval le hiciera aquel anuncio.
– Si me disculpa la pregunta, almirante... ¿usted qué papel va a ocupar en todo esto?
Gloval jugó un poco con su bigote, y explicó a Lisa sin cambiar de tono:
– Formaré parte del Consejo, como principal representante militar y conservando la autoridad suprema sobre las Fuerzas. Le he pedido al alcalde Luan que se pusiera al frente del Consejo en calidad de Presidente Provisional, lo que lo dejará como el encargado general de la administración civil.
Ahora Lisa comprendía la cara de pánico velado de Tommy Luan... no todos los días a un alcalde de ciudad le anuncian que se convertirá en el virtual presidente de la Tierra.
Tras pensarlo bien, Lisa aprobó la elección; si había un político en todo el planeta que podía cargarse al hombro una tarea de reconstrucción, ese era Tommy Luan. No en balde había soportado la guerra con los Zentraedi y las constantes reconstrucciones de Ciudad Macross sin volverse loco en el proceso.
Sólo cabía esperar que la tarea no fuera demasiado grande para el pequeño y exuberante alcalde de Ciudad Macross... ¿o había que llamarlo "Presidente del Consejo"?
Pero a pesar de todo, había algo que preocupaba a Lisa. Muy a su pesar, ella entendía de política y había visto a demasiadas figuras en acción como para no estar al tanto de determinadas cosas que podrían ocurrir, y se estremeció al pensar en lo que podría ocurrir si se le daba un espacio a la ambición política en medio de la devastación que había sufrido el mundo... Tal vez si dejaban pasar unos meses más, pero apresurar la formación de un gobierno en ese momento...
– Señor ¿no le parece un poco apresurado restaurar un gobierno civil en estas condiciones? – inquirió Lisa en cuanto encontró una frase que pudiera expresar su mayor preocupación.
– No es un gobierno civil, comandante Hayes – clarificó Gloval. – Simplemente incorporaremos civiles a la estructura de gobierno que estamos tratando de montar. Lisa... si vamos a reconstruir este planeta, necesitamos la colaboración de los civiles a toda costa. Y para eso, tenemos que darles una participación en el gobierno. Jamás fue mi deseo que las Fuerzas tuvieran que cargar solas con esta responsabilidad.
No dejaba de tener razón, y daba respuesta a una pregunta que Lisa mantenía en su mente (al menos en el lado de su mente que siempre reservaba a las cuestiones profesionales) desde el momento en que Gloval había anunciado su intención de formar un gobierno militar provisional. ¿Qué harían con los civiles? A pesar de que las Fuerzas eran la única institución capaz de operar en todo el mundo, seguían desesperadamente necesitados de profesionales de todos los ámbitos para formar una administración, profesionales que no se hallaban portando uniforme precisamente.
Eran civiles los que necesitaban y no podrían incorporar civiles al nuevo gobierno sin concederles alguna clase de representación o poder en la nueva estructura política. Y si para lograr su cooperación y el funcionamiento sin incidentes del nuevo gobierno debían arriesgarse a abrir demasiado rápido el juego político...
Lisa Hayes era una oficial militar, no una adivina. En última instancia, sólo le quedaba prestar toda la asistencia que pudiera dar al almirante y al nuevo gobierno... esa era la parte que jugaría en la historia que comenzaba ante sus ojos. Nadie le pagaba para que jugara a ser Dios con algo tan explosivo como la política.
– Entiendo, señor. Desde ya tiene toda mi cooperación.
Gloval asintió, y carraspeó para aclararse la voz antes de seguir... era un gesto que Lisa Hayes había aprendido luego de años de servicio que significaba que Henry Gloval se preparaba para pedirle algo difícil.
– Se lo agradezco, comandante. Sé que usted está demasiado atareada con lo que ya tiene en sus hombros, pero quisiera...
– ¿Sí, almirante?
– Quisiera su asesoramiento y consejo en cuestiones políticas. Extraoficialmente, por supuesto.
Lisa estaba atónita, sin poder creer lo que Gloval le estaba pidiendo... y sus ojos agrandados y boca abierta en completa incredulidad lo demostraban a Gloval y Luan sin necesidad de palabras. En líneas generales, lo que el almirante le pedía era convertirse en la mano derecha del responsable militar del nuevo gobierno mundial. Era poder en una medida que jamás había creído posible alcanzar... y era un poder que había visto destruir a hombres buenos y nobles con demasiada frecuencia.
Pero aún más, era algo que ella no se sentía capacitada para manejar, y no hubiera cumplido con su responsabilidad militar de no indicárselo al almirante. Eso sin tener en cuenta que de no hacerlo, le estaría fallando al almirante... a su segundo padre...
A su único padre ahora.
– Señor, soy una oficial militar. Con todo respeto, usted tiene un excelente equipo de asesores...
– Ninguno de los cuales es militar, Lisa – la interrumpió Gloval. – Tengo dos razones para pedirle esto. La primera es que necesito a alguien que entienda de estas cuestiones, pero que hable el mismo idioma que yo y que entienda nuestras necesidades y realidades. Toda mi vida he tratado de mantenerme alejado de la política... y éste es el resultado.
Lo de "mantenerse alejado de la política" era una subestimación de parte de Gloval. Habiendo crecido y servido a la Unión Soviética durante los primeros años de su carrera militar, Gloval estaba muy al tanto de los peligros de introducir la política en la vida militar, peligros que eran tanto profesionales como personales. Había pasado esos años repitiendo las consignas como loro y descartándolas en su interior... y luego del fin de la Unión Soviética, Gloval se dedicó a su carrera profesional con todas sus fuerzas, libre ya de aquella política que ahora, tras el Apocalipsis, volvía a su vida con una venganza.
– Dijo dos razones, señor...
Gloval sonrió.
– Una vez alguien dijo "Cuando se llega a determinado grado militar, sólo hay dos opciones respecto de la política: o pierdes la virginidad con ella voluntariamente o te arriesgas a ser violado por ella". ¿Sabe usted quién dijo esa frase?
Una sonrisa triste y una lágrima afloraron en el rostro de Lisa al recordar esa expresión y el hombre que la había adoptado como máxima de vida...
– Mi padre...
– Esa es la segunda razón, Lisa – le dijo Gloval. – Como hija de un almirante, usted ha pasado prácticamente toda su vida observando cómo se mueven los altos círculos políticos y aprendiendo las experiencias que su padre fue encontrando durante su carrera. Esa experiencia de vida es de una utilidad increíble en estos momentos.
Lisa no supo qué responder, temiendo decir algo demasiado emocional que viniera motivado por el recuerdo de su padre, pero no necesitó decir nada, ya que Gloval clavó sus ojos en los de ella, haciendo bajar su voz para decir, lenta y pausadamente, como suplicando auxilio:
– Sé que le estoy pidiendo algo muy difícil, especialmente en este momento, pero seré franco, Lisa... necesito de su ayuda más que nunca.
Lisa se permitió unos segundos para considerar lo que Gloval le estaba proponiendo. Independientemente del atractivo que tuviera la propuesta -cosa que para ella, que despreciaba la política por conocerla demasiado de cerca, le resultaba indiferente-, había algo que la movía a decir que sí y a tomar aquella carga tan indeseable... su sentido de la responsabilidad, por no mencionar su propia admiración y cercanía al hombre que en ese momento le estaba pidiendo su ayuda sin ocultar la necesidad que tenía de ella.
El hombre que, desde la jornada de sangre y fuego hacía tres días, se había convertido en lo más cercano a un padre que le quedaba en el universo. El hombre que durante dos años la había conducido a ella y a miles de personas en una guerra espantosa sin permitirse la menor señal de debilidad e inseguridad, excepto en momentos tan duros que se hacían insoportables... como cuando la fortaleza fue exiliada de la Tierra. El hombre que ahora le pedía su ayuda con simplicidad, sinceridad e innegable urgencia.
Siendo como era Lisa Hayes, la respuesta al pedido del almirante Gloval era una sola.
-
La Sala de Prevuelo, ubicada dentro de las entrañas del Prometheus, era un recinto que en cierta manera recordaba a una sala de cine. En una de las paredes había una gigantesca pantalla que se utilizaba para brindar información a los pilotos durante las reuniones previas a las misiones. Una tarima se hallaba colocada en una posición central, alrededor de la cual había filas de asientos dispuestos como en un auditorio. Sobre la tarima había un atril con un micrófono, siempre a disposición de los oficiales que darían las instrucciones para una eventual misión.
Eran ya las 1600 horas abordo del SDF-1, y se vivía expectativa en la Sala de Prevuelo.
En ese momento, los asientos de la Sala de Prevuelo estaban ocupados por los veinticinco pilotos del Escuadrón Skull, todos ellos en sus uniformes blancos y charlando o contándose anécdotas cada vez más exageradas. En sí mismo, la escena no era diferente a miles de otros informes de prevuelo, pero el ánimo de los hombres y mujeres del Skull todavía estaba embargado por los efectos de la monstruosa batalla final contra los Zentraedi.
Muchos parloteaban y exageraban los gestos y tonos solamente para no darle espacio a los temores que con creciente intensidad los embargaban desde el día de la batalla. Algunos otros pilotos permanecían en silencio, con las miradas perdidas en quién sabe donde, o jugando con lapiceras que tenían por allí.
– ¡Aten...CIÓN! – exclamó Max en su carácter de segundo al mando del Escuadrón, al ver que el teniente comandante Rick Hunter hacía su entrada a la Sala.
A esa voz, todos los pilotos del Escuadrón se pusieron de pie, permaneciendo firmes hasta que Rick se colocó tras el atril, y presionando un botón encendió la pantalla y el proyector.
– Descansen, señoras y señores. Tenemos mucho de qué hablar.
Rick sentía que los miembros del Skull lo miraban fijamente, esperando saber de qué venía toda esta operación, especialmente en un momento como aquel. El Escuadrón Skull no era solamente una unidad militar... tenía mucho de club selecto y de familia, y era común entre ellos que se trataran de una manera que era demasiado informal para el gusto de los oficiales más tradicionalistas del servicio militar.
Por supuesto, como tantas cosas en el Skull, era herencia de Roy... lo que significaba que el Skull la conservaría quizás hasta el fin de los tiempos.
– La razón por la que los saqué de la cama para venir aquí es para informarles de una operación en la que participaremos durante las próximas semanas.
Las luces de la sala se apagaron, y en la pantalla que cubría la pared pudo divisarse un enorme mapa de América del Norte, que señalaba las áreas devastadas de acuerdo al grado de destrucción soportado. Buena parte del continente estaba cubierta con un color rojo que indicaba "Destrucción superior al 90".
Por instinto, los pilotos que venían de América del Norte observaron el mapa para determinar cuál era la situación de sus ciudades natales... y más de uno dejó escapar un suspiro de dolor al encontrar que sus lugares de origen y residencia figuraban en las áreas de mayor devastación.
– El nombre clave es "Operación Presencia". La misión consiste en prestar asistencia a equipos de ingenieros y construcción para el establecimiento de tres centros de comando secundarios y campamentos de atención a refugiados... aquí, aquí y... aquí.
Rick señaló con un puntero tres puntos rojos, todos ellos dentro de un radio de mil kilómetros alrededor de un punto negro, que indicaba la localización del SDF-1. Aclarándose la voz, Rick prosiguió:
– Durante la próxima semana partirán tres grupos de construcción y de apoyo médico para cada uno de estos puntos, y comenzarán con la construcción de esas bases. Nuestra misión, señoras y señores es...
Entre todos los miembros del Skull, como si se les hubiera ocurrido la misma idea al mismo tiempo, aparecieron rostros de incredulidad y algunos bufidos de frustración, deseando que lo que estaban pensando y temiendo en su imaginación no se diera en la realidad. Pero para su desgracia, lo único que lograron esas expresiones de fastidio fue que Rick sonriera antes de continuar:
– ¡Adivinaron! Tenemos que cumplir tareas de escolta, seguridad y vigilancia durante la construcción de estos puestos. Han sido asignados tres escuadrones para esta operación, uno para cada puesto.
Los bufidos y quejas fueron in crescendo, amenazando con convertir lo que era una sala de informes en un circo.
– ¡Señores! – exclamó Rick con una autoridad en la voz que daba a entender que el próximo que se quejara terminaría vagando por el desierto.
El silencio volvió a la sala, y algunos pilotos hasta contuvieron su respiración para que el comandante Hunter no los tomara como víctimas.
– Como iba a decirles antes de que me interrumpieran, la protección del puesto Alfa quedará en manos del Escuadrón Orion, la del puesto Bravo ha sido dejada al Escuadrón Rapier, y el Alto Mando en su infinita sabiduría nos ha dejado a los muchachos del Skull con la responsabilidad de cuidar el puesto Charlie.
Si alguien del Skull tenía pensado objetar las órdenes, ciertamente no dio signos de hacerlo.
– ¡Pero hay más! Se trata de una operación conjunta con personal de tierra... así que los que pensaban que este pobre hombre de uniforme marrón que está sentado en primera fila había entrado a la sala equivocada, piénsenlo mejor.
Las miradas de los pilotos se centraron en un hombre joven, de no más de veinticinco años, que efectivamente portaba un uniforme militar de color marrón que desentonaba con el blanco inmaculado de los pilotos Veritech, y que por tanto lo hacía identificable como miembro de una subespecie militar particularmente despreciada -deportivamente, por supuesto- por los pilotos de combate.
– Señoras y señores, les presento al primer teniente Dan Shelby, del Batallón 54 de Fusileros, quien comandará el contingente de tropas de tierra asignado a nuestra pequeña parte de la operación.
Las sonrisas de los pilotos se convertían en carcajadas incipientes, y Rick intervino para poner orden antes de que empeorara la cosa.
– Sí, chicos, el teniente Shelby es del Ejército, así que hablen muy despacio y no usen palabras largas para que él pueda entenderlos...
El aludido miró a ambos lados, sin permitir que aquellos jockeys de Veritech lo molestaran. Sonriendo satisfecho, el teniente Shelby meneó la cabeza, en señal de impasibilidad ante las burlas de aquellos modelitos con ansias de soldados. Después de todo, el Ejército siempre tuvo más estómago para resistir las dificultades que las prima donnas del cuerpo de Veritech.
Por no mencionar que Dan Shelby no iba a permitir que su viejo compañero de la instrucción básica, ese arrogante jockey de Veritech se saliera con la suya y lo dejara sin respuesta.
– Al menos puedo escuchar, señor... tanto ruido de los motores los han dejado sordos – dijo Shelby mirando a Rick con sorna, dándole a entender que había tomado sus opiniones como las bromas que eran.
– ¿Cómo dijo? – respondió Rick ahuecando la mano derecha y llevándosela a la oreja, gratamente sorprendido de que ese pisahormigas del Ejército no hubiera perdido el don de las respuestas rápidas que tenía durante la básica.
Los pilotos, y el teniente Shelby, rieron una vez más ante la situación, y Rick se permitió sumarse a las risas antes de volver al tono serio que intentaba conservar durante la reunión.
– Bromas al margen, trabajaremos con los muchachos de Shelby durante la operación, así que no quiero ninguna clase de problemas que terminen con ustedes en el calabozo y con los chicos del Ejército en el hospital¿Está claro?
– ¡Sí, señor!
Rick sonrió.
– Me alegro... partiremos en una semana, lo que significa que habrá tiempo para prepararse a fondo. Nos esperan días duros, damas y caballeros. ¿Alguno de ustedes quiere renunciar?
Todos los pilotos del Skull, sin excepción, levantaron la mano bien en alto y la dejaron rígida en el aire.
– Muy bien, los felicito por ofrecerse como voluntarios – dijo Rick imperturbable, gozando con la frustración de sus pilotos. – Lamentablemente no puedo llevármelos a todos ustedes conmigo porque alguien tiene que hacerse cargo de todas las cosas aburridas de siempre aquí a bordo de la fortaleza, así que voy a seleccionar a algunos de ustedes para que me hagan compañía…
Inmediatamente, todos los pilotos del Skull hicieron silencio para evitar llamar la atención del líder del escuadrón… excepto por dos jóvenes pilotos recién salidos de la instrucción de vuelo, que estaban sentados en la segunda fila de butacas, intercambiando chismes entre ellos como si los dos fueran adolescentes en medio de una clase.
Se trataba de un muchacho de unos diecinueve años, alto, delgado y de cabello castaño, con una perpetua expresión de inocencia en su rostro aniñado… muy distinta de la cara de bromista experimentada que tenía su menuda, rubia e igualmente joven colega. Dadas las edades que los dos jóvenes pilotos tenían, de no haber estado portando uniformes militares bien hubieran podido pasar por alumnos de la secundaria.
Pero esos dos chicos ya no estaban en la secundaria, sino en el mejor escuadrón de combate de las Fuerzas de la Tierra Unida, y el teniente comandante Rick Hunter decidió que aquel era un muy buen momento para refrescarles la memoria a los dos.
– Sargento Hollis.
Al oír que lo llamaban, el muchacho empalideció súbitamente, dejó de charlar por lo bajo y poco le faltó para saltar hasta ponerse en posición de firmes, lo que no sólo hizo reír a su amiga, sino también al resto del Escuadrón.
– ¡Señor!
– Se lo ve animado – comentó Rick con un aire amistoso que no prometía nada bueno.
– ¡N-no, señor! – trató de defenderse el joven sin mucho éxito, lo que sólo hizo que Rick clavara más profundo el aguijón.
– No seas tan tímido, John… sé que te mueres de ganas de venir en esta misión.
Frente a él, el sargento John Hollis sólo miraba a Rick con ojos agrandados por el terror, a la vez que sudaba como testigo falso.
– En realidad, señor---
Sin darle tiempo de hablar, Rick le hizo un gesto comprensivo con las manos y sonrió condescendientemente antes de dar el resto del golpe.
– Ya sé, no sabías cómo pedírmelo sin parecer tan ansioso, así que te ahorro el trabajo: quedaste seleccionado para formar parte de la misión. Eso significa que el 29 a la mañana te quiero ver en la cubierta de vuelo del Prometheus bien despierto¿entendiste, sargento Hollis?
Sonrojándose a más no poder, el sargento John Hollis decidió no tentar más su suerte y asintió calladamente a la orden del comandante Hunter, mientras a su lado, su amiga no perdía tiempo en dedicarle algunas buenas bromas por su infortunio… bromas que el sargento Hollis recibía con un ceño fruncido que sólo empeoraban el ataque de su amiga.
De pronto, la voz de Rick volvió a tronar en la Sala de Prevuelo.
– Sargento Birkeland…
Ahora era el turno de la joven para mirar aterrorizada al Líder Skull… y ya no se le veía en el rostro la expresión pícara que tenía cuando picaba la cresta del sargento Hollis.
– ¿Sí, comandante?
– ¿Por qué se burla del sargento Hollis?
La sargento Karin Birkeland quedó tan sorprendida que sus primeros intentos por responder no pasaron de mover los labios sin emitir sonido alguno… hasta que por fin pudo hilar una frase en concreto que nadie, ni ella misma, creyó.
– Yo no me estaba burlando de él…
– No es justo burlarse de las personas si están pasando por lo mismo que pasas tú, Karin – la reprendió Rick con tono de maestro.
– No entiendo a qué se refiere, señor.
– Lo que quiero decirte, Karin, es que no sé para qué te burlas de John si tú también vienes en esta misión, así que cuando partamos quiero ver al Skull Veintiuno impecable como siempre.
Ahora era el turno del sargento Hollis de sonreír con maldad ante el infortunio de su amiga, quien por su parte se cruzó de brazos le devolvió una mirada furiosa e indignada… como si verse burlada por Hollis fuera el colmo de la humillación.
Además de ser las "mascotas" del Skull, los sargentos Hollis y Birkeland habían quedado (sin que ellos lo supieran) bajo el ala de Rick Hunter desde el primer día en que los dos se reportaron al Skull, hacía ya un mes, quizás porque aquellos dos pilotos bisoños le recordaban al Líder Skull cómo había sido en su época de novato: inocente, despreocupado y ansioso por demostrar lo bueno que era. Todas cosas que habían sido borradas de su ser a lo largo de dos años de guerra, haciendo que Rick pareciera a ojos de cualquiera como mucho más veterano, maduro y curtido que Hollis y Birkeland… a pesar de ser apenas un año más grande que ellos.
Y como en muchas otras oportunidades, Rick aprovechó el momento para darles una lección a los "mocosos" del Skull, tal y como Roy lo había hecho con él en lo que ya parecía haber sido otra vida…
– John, Karin, consideren esto como parte de su instrucción militar formal: nunca jamás llamen la atención hacia ustedes cuando el jefe de escuadrón está asignando las tareas.
Mientras los sargentos Hollis y Birkeland soportaban con resignación y vergüenza (y caras ruborizadas) las miradas y risas del resto del Escuadrón, Rick aprovechó la oportunidad para seleccionar en silencio a los otros pilotos que habrían de participar en la misión, decantándose por otros seis que le harían compañía a él y a las otras dos jóvenes víctimas.
– Veamos… Sterling, Parino-Sterling, Starakis, Mallozzi, Musharraq, Hogan… quiero verlos junto a Hollis y Birkeland mañana por la mañana para la planificación de la misión. El resto, puede volver a perder el tiempo. ¡Retírense!
– ¡Gracias, señor! – dijeron a coro los oficiales del Escuadrón Skull, dejando la Sala de Prevuelo en estampida y volviendo a las charlas de siempre.
Rick permaneció junto al atril, ordenando sus papeles y sonriendo ante la irreverencia de sus pilotos, que siempre encontraba cómo manifestarse a pesar de lo duro de las circunstancias. Giró la cabeza para encontrarse con el mapa que continuaba en la pantalla, dejando que su mirada se perdiera en el pequeño punto rojo al que sería destinado en breve. Dos semanas en ese pequeño centro de la nada... y de pronto Rick cayó en la cuenta de que esas órdenes le molestaban por una sencilla razón: serían dos semanas lejos de Lisa.
Si tan sólo pudiera explicarle lo que había ocurrido con Minmei... si pudiera hacerle entender que Minmei había quedado atrás, finalmente atrás, exorcizada como el fantasma que en última instancia siempre había sido y que ahora... al fin tenía el camino libre para seguir con ella.
Quería poder hacerlo antes de partir en esa condenada misión. Necesitaba hacerlo... algo dentro suyo, algo ardiente y poderoso, lo impulsaba a hacerlo como si de eso dependiera su vida misma.
Todo el día perdido en aquella junta con Maistroff, y luego con Clemens, Perlman y Shelby organizando los detalles de su parte de la operación, mientras Lisa estaba en algún otro lugar, pensando Dios sabe qué cosa de todo lo que había pasado la noche anterior... o quizás pensando que, al fin y al cabo, no valía la pena invertir sentimientos en alguien como Richard Hunter.
Volviendo la vista al frente, Rick sufrió un susto casi mortal y casi se cae de espaldas al ver a la comandante Lisa Hayes al pie de la tarima, con su uniforme blanco y con la mirada clavada en él como si fuera la única cosa que existía en el mundo.
"¿Cómo diablos hace esta mujer para pasar inadvertida?"
– Comandante Hayes... – balbuceó Rick al verla allí, como si con su simple aparición Lisa hubiera respondido a sus deseos.
Cosa que por otro lado era muy cierta.
– Comandante Hunter... – le respondió ella con una leve inclinación de la cabeza.
Si Rick quería jugar el juego de la formalidad, pues ella lo jugaría, aunque su voluntad se quebraba con cada paso que Rick daba para bajar de la tarima… hasta colapsar en cuanto él quedó al mismo nivel de ella y volvió a hablarle.
– Justamente iba a buscarla para hablar...
Sus ojos se encontraron, y ambos sintieron un escalofrío que les recorría todo el cuerpo. Casi al mismo tiempo, los dos desviaron la mirada, temerosos de ver lo que había en los ojos del otro por miedo a hallar aquello que había alimentado las pesadillas de aquel día. Lisa temía ver arrepentimiento en los ojos de Rick, mientras que a Rick le aterraba la idea de encontrar decepción en la mirada verde de Lisa.
– Qué coincidencia... venía para hablar con usted – dijo Lisa sin levantar la mirada de la punta de los zapatos de Rick.
En silencio, Rick se sintió eufórico por aquellas palabras de Lisa, y decidió que ni siquiera el almirante Gloval podría alejarlo de ella durante los próximos minutos... u horas.
Lo que Lisa acababa de decirle también le dio fuerzas a Rick para su siguiente movimiento… aunque primero debería tantear las aguas.
– Comandante Hayes, si tiene un rato libre¿sería tan amable de acompañarme?
Para su sorpresa y alegría, Lisa esbozó una sonrisa lenta y casi imperceptible, que encontró reflejo en otra que ponía Rick al escuchar su respuesta.
– Con gusto, comandante. Marque el camino – dijo Lisa señalando en dirección a la puerta.
– Es un placer... – fue todo lo que pudo decir Rick.
-
Los dos caminaban.
Fue otra caminata en silencio, interrumpida solamente por breves minutos en que los dos hablaban acerca de cosas relacionadas con el trabajo. Cosas tales como el día de cada uno, las cosas que hicieron, los mil y un problemas que enfrentaron, Gloval, Maistroff, la política, la misión... todo menos lo que pasaba entre ellos. A pesar que muy dentro suyo tanto Rick como Lisa sabían de qué querían hablar -y sentían ansias de hablarlo que crecían conforme pasaban los minutos de esa caminata-, ambos pensaban que correspondía encarar una discusión como esa en algún lugar más tranquilo, y no en un pasillo.
Así fue que los dos se encontraron caminando por las calles de Ciudad Macross, en dirección a uno de los parques de la ciudad. La iluminación artificial de la ciudad empezaba a bajar, dando inicio a la "tarde" de aquel día para los civiles que aún vivían como sardinas dentro de la golpeada nave de guerra.
No tardaron mucho en llegar al parque, que permanecía en un extraño silencio al igual que el resto de la ciudad. Desde que habían llegado a la Tierra, los habitantes de Ciudad Macross se habían recluido en sus casas, incapaces de procesar la monstruosidad del daño sufrido por el planeta. Era una reacción muy común y muy humana: refugiarse en lo conocido y familiar para no afrontar el horror de lo nuevo y la destrucción de todo lo anterior... al menos hasta ser capaces de aceptarlo como realidad.
Lugares como el parque de Ciudad Macross eran excelentes para eso.
Caminar por los parques de Ciudad Macross les hacía sentir a los jóvenes oficiales como si el mundo aún fuera el mismo de antes de la guerra... como si los Zentraedi jamás hubieran llegado. Era maravilloso tener un lugar que, a pesar de las tormentas que se habían abatido sobre la Tierra, conservara aún una pureza e inocencia capaz de llenar el corazón y hacer olvidar, aunque más no fuera por un minuto, el horror con el que convivían.
Horror que, por otra parte, no dejaba de estar presente a través de las ventanas que daban al exterior de la nave, mostrando su deprimente y espeluznante extensión de cráteres y devastación.
Tras recorrer algunos de los senderos, Rick y Lisa encontraron un banco que ofrecía una vista panorámica de la ciudad contenida en aquella monstruosa bodega, esa ciudad de valientes y sobrevivientes por la que ambos darían la vida sin pensar. Sentándose, los dos continuaron con su incómodo silencio, evitando el toque de sus manos y evitando la mirada de la otra persona salvo por breves lapsos en que desafiaban sus temores y buscaban en los ojos del otro las respuestas a las preguntas que tanto querían hacerse...
Pasaron unos minutos en los que ninguno de los dos se atrevió a decir palabra alguna.
Fue Rick quien rompió el silencio, encarando directamente el tema que los tenía tan preocupados e inquietos.
– Hablé con Minmei.
Lisa ni se inmutó, aunque en sus ojos brilló la preocupación que la había atenazado desde la noche anterior y que la había sumido en la tristeza durante todo aquel día interminable. Por fin había llegado la hora de las respuestas, y en el rostro de Lisa asomó una expectativa difícil de ocultar. Era la expectativa por aquel momento... el momento de la verdad.
– Lo sé.
– Le expliqué... – comenzó a decir Rick antes de que su voz se entrecortara por los nervios, forzándolo a tomar algo de aire antes de continuar, además de desviar la mirada para que los ojos de Lisa no lo inquietaran más de lo que él ya estaba.
– ¿Sí? – Lisa lo invitó a continuar, con creciente expectación por lo que tenía él para decir.
– Le expliqué que todo terminó – pudo decir Rick finalmente, diciendo aquellas palabras que tanto había querido expresar desde la noche anterior... rogando que Lisa no las creyera una mentira dicha para salir del paso.
– Ajá...
Mordiéndose el labio, Lisa gritó para sus adentros con frustración ante todo por ella misma. ¿Era todo lo que podía responder a esas palabras que tanto había anhelado escuchar de boca de Rick¿Un miserable e inexpresivo "ajá"¿Qué diablos pasaba con ella¿Qué diablos hacía este piloto con su salud mental? Obligándose a encontrarse con los ojos azules de Rick, Lisa esbozó una tímida sonrisa para ablandar un poco aquella reacción tan rígida y dura, con la esperanza de que Rick no la tomara a mal.
Se sintió derretir cuando vio en el rostro de Rick una sonrisa igual de tímida... y comprensiva.
Por su parte, dejando atrás aquel momento, Rick había decidido proseguir con la explicación de lo acontecido, yendo ahora a los particulares de la conversación entre él y Minmei con trepidación cada vez mayor en su voz y en su interior. Estaba abriendo su alma a esa joven mujer que lo volvía cada vez más loco, le estaba permitiendo ver los sentimientos que le había provocado un momento tan doloroso para él que, de haber sido cualquier otra persona con quien hubiera estado hablando, habría quedado guardado por siempre dentro suyo.
– Le dije que habíamos cambiado demasiado... nosotros dos, digo... y que ya no podríamos tener otra cosa más que una amistad.
Una amistad. Lisa dejó escapar un suspiro que en parte traslucía decepción y resignación, y temió que Rick lo hubiera podido percibir. "Supongo que siempre estará rondando de una manera u otra", se dijo para tranquilizarse. Aunque en el fondo, Lisa debió reconocer que no tenía ningún derecho a pedirle a Rick que excluyera a Minmei de su vida... ella era una persona especial para él en su propio derecho, y tendría que acostumbrarse a la idea de hacerle un pequeño lugar en su vida a esa estrellita.
Si alguien como Rick, tan bondadoso y amable, era capaz de quererla, tal vez Minmei no tuviera tantas cosas malas como había pensado. En fin, reflexionó Lisa para acabar con ese tren de pensamientos, era cuestión de esperar a ver qué pasaba en esa historia que estaban construyendo entre los dos.
Ajeno a esas cavilaciones que cruzaban por la mente de Lisa, y hundido en sus propias emociones, Rick bajó la mirada, como buscando fuerzas para decir lo que seguía.
– Le dije que... – se detuvo el joven piloto, inseguro sobre cómo proseguir. – Le dije demasiadas cosas.
Movida por una repentina curiosidad malsana, Lisa pensó en preguntarle qué cosas en particular habían surgido en esa conversación, pero la mirada cabizbaja de Rick y la sequedad con que había dicho esas palabras fueron suficiente advertencia como para que desistiera de tal idea. Ya le explicaría en su momento, y cuando él se sintiera lo suficientemente cómodo como para hacerlo.
Claro, si es que alguna vez quería hacerlo.
– ¿Cómo lo tomó?
Los ojos de Rick -tristes, apagados y nublados- dijeron todo antes de decirlo con palabras.
– No muy bien.
– Lo lamento, Rick... – dijo Lisa apoyando su mano en la pierna de Rick en señal de comprensión y aliento.
No importaba que se tratara de su ¿rival?... si Rick estaba triste, pues ella se sentía triste también. Era así de simple, y así de profundo e inexplicable a la vez. Nadie dijo que los sentimientos tenían que tener sentido.
Rick debió haber notado el pánico e inseguridad en la cara de Lisa, porque rápidamente se lanzó a tranquilizarla con todas sus fuerzas.
– No te preocupes. En serio te lo digo, no te preocupes… no hay nada de qué preocuparse.
Lo último que él necesitaba era que Lisa, con todo el bagaje de dolor y sufrimiento que traía encima, fuera además a absorber algunas de sus penas propias... especialmente las relacionadas con Minmei. Ya había sufrido demasiado a manos de Minmei como para permitir que Lisa empezara a hacerlo.
– Pero ella es tu amiga... Tú la... Ustedes dos... – insistió Lisa sin saber qué decir... y sin querer decir lo que ella temía.
Rick alzó los brazos al cielo, como reclamándole a Dios por las situaciones dolorosas y difíciles en las que insistía en meterlo... la guerra, y como si eso fuera poco, su vida personal cada vez más revuelta y confusa. Era un reclamo desesperado, una súplica de alivio y claridad para enfrentar los últimos dolores que le estaba infligiendo aquella relación con Minmei, que una vez había sido algo potencialmente hermoso pero que ahora se había transformado en una fuente de dolor y angustia...
– Ya no lo sé, realmente ya no sé qué sentir hacia ella... ya no sé si tendremos algo como una amistad... pero le dejé bien en claro una cosa... si tenemos algo, solamente será una amistad, ya no más que eso. Nada más, nunca más.
Una amistad... Aún eso parecía ahora tan lejano, que Rick ya ni se hacía ilusiones. Pero había sido un paso necesario que tenía que dar, un paso necesario hacia algo mejor que estaba naciendo y que él deseaba con todas sus fuerzas. Todo lo que cabía esperar era que Minmei encontrara la fuerza en su interior para darse cuenta de la realidad, la aceptara... y encontrara a alguien que la quisiera. No sería él.
– Pero lo que sentías por ella... – balbuceó Lisa, buscando por primera vez la mano de Rick con la suya. ¿Por qué diablos insistía en preguntar sobre lo que él sentía por Minmei¿Qué la movía a hacer ese acto de masoquismo?
¿Acaso quería indagar hasta el fondo de lo que Rick sentía por Minmei¿Podría ser que Lisa buscaba explorar qué tan profundo podían llegar los sentimientos de Rick¿O simplemente deseaba saber qué lugar ocupaba Minmei en el corazón de Rick a partir de aquel día?
El corazón de Lisa se detuvo cuando sintió que Rick le tomaba la mano en la suya y la apretaba con fuerza, una sensación a la que Lisa se aferró como si con ello estuviera confiándole su vida al piloto.
– Ya quedó atrás – aseguró Rick tras hacer un gran esfuerzo por sacar esas palabras.
– ¿Qué quieres decir?
Rick apenas podía gesticular en el aire, luchando por dar a entender la idea sin necesidad de recurrir a las palabras que se le hacían tan difíciles de pronunciar.
– Quiero decir que Minmei, todo lo que yo... todo lo que ella... todo eso quedó atrás en mi vida, al menos como... tú sabes…
¿Cómo hablas de tu antiguo amor frente a lo que puede ser uno nuevo?
Lisa permaneció en silencio, atenta a cada uno de los gestos de las manos de Rick, de las expresiones en su rostro, del brillo de sus ojos, de todo lo que le pudiera indicar lo que estaba sintiendo en su interior ese piloto tan cabeza dura, pero a la vez tan tierno.
– Me importas tú, Lisa... solamente tú... eres la única…
La confesión de Rick rompió con su inseguridad y lo hizo sentirse primero liberado de aquel dolor, y luego el ser más feliz de la Tierra al ver la mirada de pura felicidad que afloraba en los ojos de Lisa.
Silencio. Unos pocos segundos de silencio, como si el tiempo se hubiera detenido.
– Rick... – murmuró ella cerrando los ojos y sonriendo lentamente hasta sentir que su rostro se había convertido en una gigantesca y radiante sonrisa de alegría.
– Me importas tú, Lisa Hayes... te quiero... – repitió él, reduciendo la distancia que había entre los dos hasta casi tocar sus narices, mientras su mano izquierda se levantaba de donde estaba para acariciar el rostro de Lisa.
La mano derecha de Rick la siguió pocos segundos después, tomando el suave rostro de Lisa entre las dos manos, acariciándolo con toda la suavidad y ternura de la que Rick era capaz.
Ella permanecía congelada allí, abrumada por los escalofríos que la invadían al solo contacto con las manos de Rick y sintiendo que se hundía en aquella mirada azul tan cargada de cariño, deseo y... algo más profundo y poderoso.
Por instinto, sus ojos se fueron cerrando al sentir con cada vez mayor intensidad el aliento de Rick cerca de sus labios, y su boca se abrió lentamente, separando sus labios en preparación para el momento en que por fin volvería a sentirlo junto a ella... el momento con el que había soñado desde el día anterior.
Se sintió morir en el instante en que los labios de Rick tocaron los suyos, y un par de lágrimas de felicidad escaparon de sus ojos cerrados al comprobar en todo su ser el cariño que ponía Rick en ese beso. Lisa sintió que su cuerpo se convertía en gelatina, derretido por el calor que provocaba en ella tanta cercanía con su piloto.
El beso se hacía cada vez más intenso, y al principio, la lengua de Rick apareció casi como si estuviera pidiendo permiso. Dándole un poco de intensidad por su parte, Lisa le hizo entender que era más que bienvenido, y Rick no necesitó que se lo dijeran dos veces...
Borraban en ese acto toda la incertidumbre en la que ambos habían estado sumidos desde el momento fatídico que había puesto fin a la noche anterior... Sentían que ese beso en el que ambos se fundían expresaba mucho mejor que cualquier palabra o frase lo que ambos sentían uno respecto del otro... y lo que ambos cada vez sentían con mayor intensidad.
Rick colocó sus manos en la nuca de Lisa, acercándola cada vez más a él en un gesto desesperado... necesitaba sentirla junto a él como si no lo fuera a dejar jamás. Necesitaba el reaseguro en su vida de que aquella mujer tan encantadora que había descubierto estaba dispuesta a caminar a su lado, a acompañarlo... porque él estaba más que dispuesto a hacer lo propio con ella.
Lentamente, el beso se fue disolviendo en el aire, la pasión cedió lugar a la ternura y a las caricias, y tras lo que les pareció una eternidad, sus labios se separaron. Poco tardaron en abrir los ojos y hundirse en la mirada de la otra persona como si fuera lo único que existía en el mundo.
Incapaz de contenerse, Rick alzó la cabeza para besar a Lisa en la frente, sintiendo que su corazón se estremecía al ver el brillo que iluminaba los ojos esmeralda de ella.
– ¿Qué haremos ahora, Rick? – preguntó Lisa en cuanto pudo articular palabra.
– No lo sé¿qué quieres tú?
Ella simplemente sonrió, buscando con ansiedad la mirada de él y tomando su mano entre las suyas.
– Estar contigo...
Dos palabras... tan sólo dos palabras habían asomado de la boca de Lisa y para Rick eran más significativas que cualquier otra declaración que pudiera hacer. Pasó sus manos por los largos cabellos de Lisa, jugando con ellos, y la acercó una vez más a él con ternura, agradecido más allá de las palabras de que Lisa estuviera dispuesta a estar con él, a dar inicio a eso que ambos ansiaban como si fuera lo único a lo que podían aspirar en la vida.
– Lo mismo digo... – agregó él en un instante de respiro, antes de volver a buscar los labios de Lisa con desesperación.
-
Aquel parque era tan sólo uno de los lugares que podían observarse desde la vista panorámica que ofrecía el penthouse del Hotel Centinel, aún con la noche artificial que lentamente caía sobre Ciudad Macross, oscureciéndolo todo a su paso.
La idea de un hotel en una ciudad completamente aislada del resto del mundo por el casco casi impenetrable de una nave de guerra parecía absurda e inútil. ¿Qué sentido tenía mantener un hotel cuando no había visitantes de ninguna clase? Los que se hacían esa pregunta no contaban con el espíritu emprendedor de los propietarios del Centinel, o de los otros dos hoteles de Ciudad Macross, el Luxor y el Ritz, que en interés de los negocios habían encontrado una nueva veta para explotar con sus establecimientos.
Fue así que tanto el Centinel como el Luxor y el Ritz se habían convertido en establecimientos a donde los residentes de Ciudad Macross que desearan escapar de las rutinas de sus vidas pudieran ir a despejarse, a alquilar una habitación por una o dos noches para poner sus cosas en claro o simplemente para cambiar de aires, aprovechando para ser atendidos por el staff de alguno de los hoteles. El personal militar solía alquilar habitaciones en los hoteles para "momentos especiales", término que cubría desde un rato libre para despejar la cabeza hasta una noche de pasión y abandono. Siendo lo más cercano que había a bordo del SDF-1 a un resort turístico, los hoteles cumplían una importante función en una nave donde todos, desde el capitán hasta el último civil embarcado, corrían el riesgo de enloquecer a causa de la rutina de la guerra.
Claro está, algunas de las habitaciones de los hoteles estaban exclusivamente reservadas para la elite social que había ido surgiendo en la población civil de la fortaleza espacial: algunos de los políticos locales (cosa curiosa, el alcalde Luan no estaba entre ellos, prefiriendo la simplicidad de la vida doméstica junto a su esposa), las figuras de los medios de comunicación, y las estrellas de la pequeña y pujante comunidad artística de Ciudad Macross. Algunas de las habitaciones estaban prácticamente asignadas de forma permanente a determinados personajes encumbrados del jet-set de Ciudad Macross.
Entre estos personajes estaba, descollante, la Señorita Macross en persona. Lynn Minmei.
Oficialmente, en los registros de la nave, ella tenía residencia en el restaurant y domicilio de sus tíos, el "Pequeño Dragón Blanco", en la intersección de las calles Tercera y Greenfield. Sin embargo, conforme pasaban los meses de su estrellato, Lynn Minmei se encontraba pasando sus días con cada vez más frecuencia en el penthouse del Hotel Centinel, convertido ya en su fortaleza de la soledad.
En parte era porque necesitaba un refugio... y en parte porque había otra persona que no toleraba poner un pie en el restaurant familiar, luego de haber quemado tras de sí todos los puentes que lo vinculaban con su familia.
Como todas las noches desde que el SDF-1 había aterrizado, Lynn Kyle permanecía parado junto a la enorme ventana del penthouse, contemplando cómo Ciudad Macross se iba a dormir, con un rictus de furia en su rostro motivado de su incapacidad para comprender a las personas.
¿Cómo podían todas las personas comportarse como si nada hubiera cambiado¿Cómo podían pretender seguir con sus vidas ignorando todo el horror que había en el mundo?
¿Cómo podían confiar en los militares luego del infierno que habían provocado?
Eran preguntas que Lynn Kyle jamás podía responder, sin importar cuánto dedicara a buscar una respuesta. Lo único que lograba haciéndose esas preguntas era aumentar esa sorda furia que llevaba dentro, esa espantosa e inimaginable sed de ira que, desde que era pequeño, había sido la emoción predominante en su ser. Una ira que nacía de fuentes remotas e insondables de su pasado, y que había ido creciendo conforme pasaba el tiempo y las ilusiones de la niñez daban paso a las realidades de la vida.
Años había trabajado para erradicar la ira que llevaba dentro... años de esfuerzo paciente, disciplina mental y física, artes marciales, todo cuanto prometiera acabar con ese demonio iracundo que llevaba en su interior, sin obtener resultados siquiera aceptables.
Años había trabajado, desde que comenzó su militancia en la Liga Anti-Unificación, el Movimiento Pacifista Global y otras organizaciones, para acabar con la violencia en el mundo, convencido en lo más intimo de su persona que quizás en un mundo no violento, su propia violencia se esfumaría.
Años de campaña en contra del máximo exponente de la violencia humana, ese dios Moloch al que se le ofrendaban millones de vidas humanas y de recursos para el sacrificio... esa bestia satánica conocida como las Fuerzas de la Tierra Unida.
Años de esfuerzo que no habían logrado absolutamente nada. Ni por él mismo, ni por el mundo.
Y todo su esfuerzo había llegado a esto. A un mundo devastado más allá de lo imaginable, a un mundo que había sido consumido por el fuego de la violencia... un fuego provocado por una clase de militares dementes y atrincherados en su pequeño mundito personal, que jugaban con las vidas humanas como si fueran fichas en un enfermo juego de apuestas en lugar de darse cuenta de lo que era obvio y evidente...
La guerra no había resuelto nada, y demasiado caro se pagó el concepto de honor de los militares. Más valía haberles entregado aquella condenada nave a los Zentraedi y evitado todo esto...
Pero había algo más que provocaba la furia de Lynn Kyle en esa temprana noche de abril.
La inevitable realidad de que su vida dependía ahora de esos malditos militares.
Había sido obvio desde el primer momento... sin un Gobierno de la Tierra Unida, y con la mayoría de los gobiernos nacionales convertidos en cenizas, quedaba allanado el camino para que los militares implantaran una dictadura. Los rumores que le habían hecho llegar sus contactos en el ayuntamiento de Ciudad Macross así lo indicaban, confirmando sus propios temores y pronósticos.
Y tal parecía que Gloval había conseguido el apoyo cobarde de algunos políticos para que sirvieran de títeres civiles del nuevo gobierno. Figuritas que los amos militares pudieran exhibir ante sus súbditos para tenerlos aplacados. Incluso, el propio alcalde Luan, un hombre al que Kyle respetaba a pesar de las diferencias que tenían, se había prestado a esa cobarde tarea de sirviente de los militares.
Después de la miseria que habían llevado a la Tierra, después de la violencia que habían desatado, después de la ruina y destrucción que habían provocado... ahora ellos estaban a cargo de la Tierra.
El sonido de una copa de vino llenándose en algún lugar de la sala de estar del penthouse sacó a Kyle de su diatriba silenciosa, y se volvió para contemplar a la joven y silenciosa mujer que acababa de servirse la bebida.
Desde la noche anterior que Minmei había estado vagando en un limbo, casi sin probar bocado o decir palabra alguna. De hecho, esa depresión había comenzado luego de que ella regresara de una visita que había hecho a una antigua compañera de la escuela a quien no veía desde que comenzara su carrera artística.
Lynn Kyle no era ningún idiota. Sabía perfectamente bien en donde había estado su prima. Y sabía que Hunter era el responsable de su actual estado de ánimo.
Hunter... Si había en el mundo una persona que representara todo lo que Lynn Kyle odiaba, Rick Hunter era esa persona. Un militar joven, exitoso, valiente y respetado por sus pares y por la población civil. Un mercenario a sueldo de la banda que se había hecho con el control de la Tierra luego de haber dejado que fuera destruida.
Un asesino.
Y sin embargo, Hunter era una persona por quien Minmei suspiraba muy de vez en cuando, y cuyo rechazo (no necesitaba preguntarle a Minmei qué había ocurrido entre ellos dos) la había dejado destruida. Una persona por la cual ella ignoraba todos los desesperados esfuerzos que hacía él para ganarse su corazón... para que lo ayudara a encontrar la paz.
Lo peor de todo era que Kyle la conocía mejor que lo que ella misma se conocía... sabía que en el fondo ella no sentía por Hunter más que un cariño amistoso... no se acercaba ni por asomo al amor. Sabía que en su esquema de las cosas, Minmei consideraba a Rick Hunter solamente como una muleta a la cual recurrir cuando las cosas se ponían duras, una caja de resonancia dentro de la cual gritar para sentirse liberada. Que ella se engañara y llamara a eso "amor" era algo que sólo tenía sentido en el mundito de Minmei.
Él lo sabía bien... había cumplido ese papel para Minmei mucho antes de que Rick Hunter entrara en la vida de ella.
Quizás Hunter se había hartado de eso... al menos había que concederle que tenía respeto por sí mismo. Peor aún.
A pesar de eso, a pesar del rechazo a manos de ese otro hombre, a Kyle le hervía la sangre comprobar que Minmei seguía ignorándolo y actuando como de verdad anduviera sufriendo penas de amor por ese maldito piloto. ¿Es que no se daba cuenta de lo que sentía él¿No se daba cuenta Minmei de cuánto la necesitaba él?
Ignorante de las emociones que embargaban a su primo, Minmei terminó su copa y automáticamente alargó la mano para tomar la botella y volver a servirse vino.
En cuanto a Kyle, el contemplar esta escena despertó algo nuevo en él, una resolución que había creído extinta.
Tenía que hacer algo con su vida y con el mundo a su alrededor... tenía que hacerlo o de lo contrario ya no podría controlarse más.
-
Domingo 24 de abril de 2011
El mensaje del almirante Henry Gloval, Supremo Comandante de las Fuerzas de la Tierra Unida, se difundió en todo el mundo a las 2100 horas, tiempo de Ciudad Macross.
A bordo del SDF-1, al igual que en aquellas pocas y privilegiadas áreas de la Tierra en las que aún quedaban medios de comunicación funcionales, el mensaje del almirante Gloval se transmitió a través de la televisión. Otras regiones del mundo que habían soportado el ataque escucharon el mensaje por la radio, mientras que el resto de la humanidad, agrupada en improvisados campamentos de refugiados, recibió el anuncio mediante bandos pegados en las paredes de las barracas.
El anuncio del almirante fue breve, escueto y preciso: en pocas líneas confirmaba a la población mundial que el ataque del 18 de abril había sido la batalla final en una guerra secreta que el Gobierno de la Tierra Unida venía manteniendo con una raza alienígena durante los pasados dos años, y que a consecuencia de aquel ataque, la devastación sufrida por la humanidad había sido casi absoluta, con un costo que ascendía a varios miles de millones de muertos, y que pintaba un panorama futuro de escasez, privaciones y costosos sacrificios si se quería que la raza humana tuviera un mañana.
Y luego de tranquilizar a la población anunciando el cese al fuego definitivo entre la Tierra Unida y los Ejércitos Zentraedi, el almirante confirmó con su mensaje que los sacrificios serían efectivamente costosos y tremendos.
En primer lugar, el mensaje anunciaba a la población de la Tierra que al hallarse vacante el Gobierno por su práctica aniquilación y por tanto sumido el planeta en un estado de virtual anarquía, las autoridades militares de las Fuerzas de la Tierra Unida habían asumido plenos poderes de gobierno en todas las regiones del mundo y sobre todas las fuerzas militares que hubieran formado parte del GTU antes del bombardeo, poderes que conservarían de manera estrictamente provisoria y hasta tanto fuera posible y factible restaurar un pleno gobierno civil.
En segundo lugar, y como primeras medidas, los mandos militares decretaban un estado de emergencia planetaria por tiempo indefinido, que incluía la declaración de un toque de queda a nivel mundial, la designación de gobernadores civiles y militares en diversas regiones del planeta, el despliegue de tropas para mantener la paz y asegurar el orden, e indicaciones a la población civil para que acatara las diversas directivas militares que irían apareciendo.
Como contrapartida, el almirante Gloval también anunció en su mensaje que en las próximas semanas se estaría constituyendo un Consejo Provisional de Gobierno con integrantes tanto civiles como militares, y que dicho Consejo asumiría el gobierno efectivo, con miras a un pronto traspaso a un gobierno plenamente civil.
Al toque de queda también se le sumó un estricto racionamiento de alimentos y medicamentos con el fin de asegurar el abastecimiento de suministros en todo el planeta... acompañado de penas severísimas y sumarias contra todo aquel que robara alimentos o que pusiera en riesgo la efectiva distribución de suministros.
Para cerrar su mensaje, Gloval solicitó la plena colaboración de todos los hombres y mujeres del planeta, remarcando que sólo con el trabajo mancomunado y dedicado de los sobrevivientes sería posible reconstruir el planeta Tierra para un mañana mejor y más seguro... un mañana que la vasta mayoría de la raza humana no creía posible.
"Nos espera un camino arduo y azaroso por delante, pero al menos hemos dado el primer paso" dijo Gloval a modo de cierre, dando por finalizado su mensaje a la población mundial.
Las reacciones fueron tan diversas como la misma humanidad; en muchos lugares del mundo hubo alivio de que al menos alguna institución hubiera sobrevivido como para mantener el orden y evitar el colapso definitivo de la civilización, mientras que otros cientos de millones de personas recibieron el anuncio del almirante con indiferencia supina, ya que lo único que les preocupaba era que quien asumiera el gobierno pudiera ayudarlos a sobrevivir en medio de la devastación y las ruinas.
Y otros tantos recibieron las palabras de Gloval de una manera muy poco alentadora.
Dos de aquellas personas en particular, que habían escuchado las palabras del almirante con una mezcla de incredulidad y furia, tenían su residencia a bordo del propio SDF-1... y lo que Gloval había anunciado les parecía poco menos que traición a la raza humana.
Eran personas pragmáticas e inclinadas a las soluciones sencillas, pero que por experiencia habían aprendido a moverse en ambientes que exigían habilidad y destreza para sobrevivir.
Uno de ellos era un hombre de unos cuarenta años de edad, de estatura tirando a baja, expresión inteligente y segura de sí mismo, y un porte elegante y bien cuidado, que podría haberse beneficiado con un régimen de ejercicio más riguroso, mientras que el otro hombre rondaba las mismas edades que su socio, pero así como el primero era bajo, él era alto, y de la misma manera en que su colega cultivaba una buena presencia y una actitud amable para dejar excelentes impresiones en potenciales socios y aliados, éste otro era un cultor decidido y entusiasta de la frialdad y el perfil bajo, exigencias fundamentales en su línea de trabajo.
A pesar de sus diferencias superficiales, aquellos dos hombres eran realmente muy parecidos entre sí: los dos tenían una excelente habilidad para no revelar sus emociones y para moverse con cuidado en ambientes excesivamente peligrosos como los que solían transitar… esos mundillos sórdidos y traicioneros de la política y la inteligencia.
Los dos se consideraban "socios", y habían labrado a lo largo de los años una muy peculiar relación de trabajo centrada en la información... información que uno de ellos adquiría y que el otro sabía muy bien cómo emplearla a favor de sus patrones políticos en el complejo juego del poder en el Gobierno de la Tierra Unida.
Pero los dos eran plenamente conscientes de que el mundo tal y como lo conocían ya no existía: ya el hombre alto no contaba con una organización para la cual obtener información, mientras que el más bajo había perdido a todos sus patrones políticos en las llamas del Holocausto global.
Y de la misma manera en que el alto estaba seguro de que su agencia hubiera encontrado buenas maneras de "neutralizar" al almirante Gloval, el bajo estaba totalmente convencido de que si sus antiguos patrones siguieran en el poder, el almirante y el resto de sus socios hubieran pagado cara su traición a la humanidad y a la Tierra.
La sola idea de que Gloval y los militares accedieran a firmar una paz con la misma raza que venía hostigando a la Tierra desde hacía dos años y que había acabado por arrasarla hasta el centro mismo les resultaba inconcebible a los dos hombres, algo que nadie podría haber previsto ni en las predicciones más delirantes.
La furia los consumía, pero eran lo suficientemente profesionales como para dejar que esa furia los cegara por completo.
Y por eso mismo, desde el mismo momento en que la voz del almirante dejó de escucharse a través de la radio y la televisión, los dos hombres no perdieron tiempo en rabiar y patalear, sino que con calma y a conciencia comenzaron a pensar caminos a seguir... esperando hallar una manera de salvar a un planeta al que sus nuevos e indeseados líderes parecían estar muy dispuestos a entregar atado de manos al enemigo.
Su labor sería compleja y exigente, y ellos estaban dispuestos a hacer lo que fuera necesario.
-
Sábado 29 de abril de 2011
Esa mañana hacía un frío que calaba hasta los huesos. Difícilmente los hombres y mujeres que estaban reunidos y congelándose hasta el tuétano en la cubierta de vuelo del Prometheus, recientemente reparada tras la batalla, podían creer que se hallaran en primavera; a cualquiera se le hubiera antojado creer que estaban en la tundra siberiana. Como si el frío no fuera suficiente, el viento helado que soplaba amenazaba con hacer volar a más de un desprevenido.
Cosas del tan mentado invierno nuclear, reflexionaban los que tenían alguna idea del tema. En las cabezas de todos los asignados a la operación, supieran de la teoría del invierno nuclear o no, corría el mismo impulso homicida respecto del personaje que había fijado las siete de la mañana como hora de inicio de la misión.
El cielo continuaba plomizo y cargado de nubes, teñido con un enfermizo color grisáceo que hacía difícil distinguir el horizonte, ya que se confundía con la calcinada superficie de la Tierra en una única y deprimente pared. En la lejanía se podían divisar algunos relámpagos, que parecían mucho más violentos y poderosos que lo que cualquiera recordaba haber visto en su vida.
Desperdigadas por la cubierta de vuelo del Prometheus, las aeronaves que participarían de la Operación esperaban el momento de ser abordadas para despegar y dar inicio a la misión. Para los estándares de las fuerzas de la Tierra luego del Holocausto, no dejaba de ser una formación impresionante.
Había diez helicópteros de carga, cinco de los cuales estaban afectados al transporte de las tropas del teniente Shelby, mientras que los otros cinco estaban asignados a tareas de evacuación médica y asistencia para rescates. Otros seis helicópteros de ataque AH-72 Commanchero, sobrevivientes del contingente de asalto del Daedalus, se mantenían con los motores a medio calentar en la cubierta, exhibiendo su impresionante carga de misiles y cohetes a quien quisiera verla, como queriendo compensar por los años pasados sin actividad en la bodega del transporte de tropas. Una vez que el puesto estuviera terminado, los Commanchero y sus ansiosos pilotos proveerían la protección necesaria en ausencia de los Veritech.
Luego estaban los aviones de transporte: seis transportes medianos de despegue y aterrizaje vertical VC-33 que estaban siendo cargados con los materiales y suministros para la construcción del nuevo puesto de comando, mientras que otros cuatro estaban asignados a llevar el personal de ingenieros que construiría la instalación, así como los oficiales y personal que la operarían una vez terminada. En la pista de aterrizaje auxiliar construida en las cercanías, los técnicos y soldados se afanaban en embarcar todo lo que pudieran (estructuras prefabricadas, vehículos utilitarios Hummer y maquinaria pesada, entre otras cosas) dentro de las cavernosas bodegas de los dos enormes aviones de transporte pesado VC-27 aparcados allí, ya que eran demasiado grandes aún para la pista del Prometheus.
Una aeronave ES-11 Ojo de Gato se mantenía solitaria en la pista, fácilmente reconocible por su gigantesca antena de radar ubicada sobre el fuselaje. El Ojo de Gato proveería a las unidades participantes de la Operación con sistemas de vigilancia aérea, alerta temprana y control, hasta que las instalaciones de control de tierra fueran terminadas y estuvieran plenamente en funcionamiento.
Y finalmente estaban los Veritech.
Nueve cazas VF-1 Valkyrie, ostentando con orgullo los emblemas del Escuadrón Skull en sus narices, se hallaban aparcados en modalidad Guardian del lado de babor de la cubierta de vuelo. Seis de ellos llevaban la librea marrón estándar de los Veritech, pero los otros tres eran más que reconocibles por su particular esquema de pintura. Dos de los tres cazas restantes estaban inusualmente pintados de un único color: rojo uno de ellos, azul el otro. El Veritech restante portaba un sobrio color blanco, a excepción de las derivas del timón, pintadas de un tenebroso negro y adornadas con la calavera cruzada por dos tibias del Skull.
El piloto de ese Veritech en particular, un hombre joven y de revueltos cabellos negros vestido con un traje de vuelo, se hallaba de pie junto a su caza, contemplando la escena de actividad que se desarrollaba en esa helada mañana de abril. Sus pensamientos, como de costumbre aquellos días, vagaban de un lugar a otro, pensando en la misión, en la guerra... y con creciente frecuencia, en una mujer que había pasado a ocupar el centro de su vida.
– ¿Qué día de perros, no jefe?
Sacado de en su ensimismamiento por aquella pregunta, el teniente comandante Rick Hunter se encontró con los tenientes Sterling junto a él, también enfundados en los trajes de vuelo de una pieza, cuyos colores imitaban a los de sus aviones particulares.
– Tú lo has dicho, Max. ¿Revisaste tu caza?
– Antes de que lo sacaran del hangar, Rick.
Rick silbó y miró sorprendido a su segundo al mando y mejor amigo, meneando la cabeza.
– Siempre profesional, Sterling. Bueno saber que la vida de casado no te ha hecho blando.
– ¡Oye jefe, fue Miriya quien me sacó de la cama para ir al Prometheus a las cinco de la mañana! – protestó indignado Max.
La aludida no dijo nada, dejando que su dura expresión hablara por ella mientras fulminaba a Max con la mirada y le lanzaba una seca reprimenda.
– Duermes demasiado, Maximilian.
– Querida... necesitábamos descansar... – le respondió Max con una mirada un tanto picante que hizo que su esposa se sonrojara.
– No sigan – dijo Rick tapándose teatralmente los oídos. – ¡No quiero saberlo!
Los sonidos rítmicos y acompasados de docenas de botas caminando al unísono interrumpieron la charla entre los oficiales del Skull, e hicieron que Rick girara para ver de qué se trataba, encontrándose con cincuenta hombres y mujeres en prolija formación, vestidos con imponentes uniformes de combate y chalecos antibala, camuflados con tonos desérticos, sus cabezas cubiertas por grandes y resistentes cascos, cargando sobre sus espaldas enormes mochilas de campaña repletas de utensilios, municiones y efectos personales, y portando en sus manos fusiles de asalto cargados y armados.
Ante semejante despliegue de precisión y fuerza, algunas de las personas en la cubierta del Prometheus retrocedieron por instinto, temerosas de no atraer la atención seguramente mortífera de esos soldados.
Podían decir lo que quisieran sobre el Ejército, pero no podían negar que sabían cómo ser intimidantes.
– Buenos días, teniente Shelby – silbó Rick saludando al joven oficial que conducía aquella formación. – Veo que trajo a sus amigos
Sin perder el buen humor, el teniente Shelby se detuvo frente a Rick y le dedicó la venia que le correspondía al piloto por su rango superior.
– Desde luego, comandante Hunter. ¿Pensaba que iba a soportar estar rodeado de pilotos Veritech sin la posibilidad de patearlos a gusto con mis muchachos?
– ¡Habla como si tuviera una oportunidad de sobrevivir, teniente!
Shelby asintió orgulloso y confiado, y después se volvió para darle instrucciones a su sargento de pelotón, un hombre corpulento y de rostro cuadrado que a Rick le recordó mucho a un Ben Dixon mayor de edad.
– ¡Sargento Ordoñez, haga que embarquen en los helicópteros!
– Entendido, señor – contestó el sargento Ordoñez, y girando sobre sus talones comenzó a ladrar a las filas de soldados que se mantenían allí de pie esperando órdenes. – ¿Muy bien, señoritas, tienen frío¡Conozco la solución a su problema... CORRAN¡Cada escuadra, busque un helicóptero y suba de inmediato¡Muévanse rápido, no tenemos todo el día¡Rápido, rápido, rápido, o eso que sentirán en su retaguardia será la fuerza de mi bota en su trasero!
Azuzados por el sargento Ordoñez, que continuaba gritando sus órdenes, los hombres y mujeres del pelotón de Shelby treparon a sus helicópteros y cerraron las puertas en menos de dos minutos.
– Reconozca al menos que sabemos motivar a las tropas, comandante – desafió Shelby, ya caminando en dirección a su propio helicóptero junto a Ordoñez.
– Lo reconozco, teniente. Nos veremos en el punto Charlie.
Shelby respondió a la despedida de Rick con un rápido saludo militar, y trepó al helicóptero luego de que lo hiciera el sargento Ordoñez.
Ya comenzaba a llegar el resto del personal asignado a la operación; los ingenieros de construcción que edificarían el puesto de mando, los técnicos de mantenimiento, el personal médico y de rescate... todos encontraban rápidamente las aeronaves que debían abordar, apresurados por dejar la helada cubierta del portaaviones lo antes posible.
Entre los hombres y mujeres que corrían por la cubierta del Prometheus, Rick pudo divisar al piloto y operador de radar del Ojo de Gato, en camino a su aeronave, ya preparados con sus uniformes de vuelo y con los cascos bajo el brazo. Su mirada se detuvo particularmente en la operadora de radar, una mujer joven de cabello castaño y grandes anteojos, que se movía como si estuviera incómoda dentro del ajustado traje de vuelo que se le había provisto, constantemente tratando de arreglarse el cabello de modo que no le resulte molesto ponerse el casco.
En cuanto la mujer se acercó al VF-1 de Rick, él le hizo señas para saludarla, y luego de excusarse con el piloto, la mujer caminó en dirección a donde estaba Rick, ajustándose los anteojos para que no se le cayeran.
– Buenos días, señor – saludó ella haciendo la venia.
– Buenos días, teniente Leeds... ¿Lista para un poco de aventura? – dijo Rick devolviéndole el saludo militar.
– Aventura… es mi segundo nombre – murmuró Vanessa, luchando con una repentina incomodidad en su pierna provocada por el traje de vuelo.
– ¿No te molesta venir con nosotros, Vanessa? – inquirió Rick al ver la cara de molestia que estaba poniendo ella al no ser capaz de resolver el problema con la pierna del traje.
– De ninguna manera, comandante Hunter. Puede imaginarse que estoy más que feliz de tener esta oportunidad.
– ¿Y por qué lo dices?
Vanessa señaló con la cabeza a las hordas de soldados y técnicos que se movían para abordar sus aviones y helicópteros y guiñó el ojo a Rick... gesto que repitió a un par de pilotos de Commanchero que se habían quedado viéndola.
– ¿Has visto la cantidad de hombres que hay aquí? Créeme... Kim y Sammie todavía están aullando de la envidia por no haber sido enviadas.
Rick hizo un gesto exagerado de haber entendido y devolvió el guiño a Vanessa con una sonrisa cómplice en el rostro.
– Creo que voy entendiendo ahora, teniente Leeds... buena suerte con su misión.
– ¿Con dos semanas? Comandante, buena suerte es lo último que necesito... – contestó Vanessa dándose aires de coqueta, para luego mirar al impaciente piloto del Ojo de Gato, ya sentado en su asiento de la cabina. – ¡Tengo que irme, o el teniente Kendrick me matará¡Nos vemos luego, señor!
Rick sólo sonrió y la despidió saludándola con la mano.
Volvió la vista a sus muchachos del Skull, quienes daban la última revisión a sus máquinas. La última revisión era un procedimiento que los pilotos de combate cumplían como si fuera un ritual religioso... nunca podían darse el lujo de que hubiera alguna junta mal sellada, una tapa abierta o una pieza floja que pudiera convertir un costoso caza Veritech en un montón de metal retorcido en el suelo.
Luego de algunos minutos dedicados a la revisión final, y una vez que se aseguró de que su caza estuviera a su perfecta satisfacción, Rick se encontró una vez más al pie de la escalerilla que lo llevaría a la cabina del Skull Uno. Se detuvo antes de trepar por la escalerilla para contemplar la figura golpeada pero orgullosa del SDF-1, marcada por cicatrices de combate en cada centímetro de su casco.
Costaba pensar que dentro de esa pila de chatarra había una ciudad que vivía como si nada hubiera ocurrido en el mundo que existía por fuera de la nave. Costaba creer que dentro de la monstruosa nave Robotech estaba todo lo que él tenía en el mundo, todo lo que le quedaba en su vida, todos sus recuerdos, sus ilusiones, sus dolores... sus esperanzas.
Y, como lo había descubierto recientemente, sus sueños.
Aquella última semana había sido una de las más especiales en la vida del joven teniente comandante Rick Hunter. Había estado, como podía claramente recordar Rick, cargada de misiones... patrullajes, rescates, exploración, entrenamiento, todas las cosas que al Alto Mando podían ocurrírsele, escasos de pilotos calificados como se hallaban tras el monstruoso holocausto espacial. Hacía ya poco más de diez días que el mundo había muerto en la lluvia de fuego, pero para todos los tripulantes del SDF-1, entre ellos Rick, les parecía como si hubieran sido diez años de lo agotadores que fueron todos y cada uno de esos días.
En particular, la última semana había sido agotadora en todos los sentidos de la palabra, con días en los que él se había acostado en su litera creyendo firmemente que no despertaría a la mañana siguiente. Y realmente hubiera colapsado, de no ser porque encontró a alguien que le hacía recobrar todas sus fuerzas con una única sonrisa o caída de ojos, una persona cuyo rostro sonriente y encantador era lo único que ansiaba ver tras las extenuantes misiones en las que era enviado.
Una mujer que lentamente se convertía en la razón que lo hacía seguir moviéndose.
Aquella semana había sido hermosa en todas las formas imaginables, con largas y enloquecedoras noches de compañía y cariño que borraban el dolor y cansancio del día, pero como todas las cosas buenas, tenía que terminar. Ahora, en esa gélida madrugada de abril, Rick tenía que dejar esa nave, aunque más no fuera por dos semanas. Eran las exigencias del deber, un deber que en el último tiempo se había convertido en algo cada vez más demandante y de lo que dependían cada vez más cosas.
Miró a cada una de las aeronaves que esperaban la orden de la Central de Operaciones para partir, cada una de ellas repleta de hombres y mujeres que como él también debían dejar todo lo que tenían para una misión, allá lejos en el yermo, y se preguntó si alguno de ellos se sentía tan infeliz como él por tener que irse de la nave.
"Espero por ellos que no se sientan tan infelices como yo".
Estaba a punto de trepar a la cabina de su caza cuando sintió que alguien le estaba respirando en la nuca, enviando un delicioso y muy bienvenido calorcito por todo su cuerpo.
Al girar, se encontró con el rostro sonriente de aquella persona que más quería ver en el mundo, y tuvo que tallarse los ojos para descartar que se tratara de una alucinación.
"¿Cómo hace esta mujer¿Se teletransporta?", pensó él, maravillado por su increíble capacidad para aparecer como por arte de magia en algún lugar sin ser vista.
– Lisa... – fue todo lo que pudo murmurar, sorprendido gratamente hasta lo indecible al verla allí, de pie junto a él, abrigada con un sobretodo militar que la hacía verse especialmente delicada y pequeña en esa helada madrugada post-apocalíptica.
Ella sólo respondió con una sonrisa leve y lenta, casi imperceptible salvo para Rick, quien ya estaba habituado a ellas pero que aún lo enloquecían como si hubiera sido la primera vez. Sus cabellos estaban agitados por el inclemente viento de la mañana, moviéndose sin control alguno, y su mirada era particularmente brillante bajo la luz tenue de la madrugada.
No supo qué decirle, tantas cosas se le ocurrían en su mente, pero ninguna se le hacía lo suficientemente especial como para que sirviera de despedida... después de todo, no se verían por dos semanas. Sabía que el tiempo se estaba agotando y que debería partir en minutos. ¿Cómo resumir lo que estaba pensando en una frase? Más fácil le hubiera sido aprender a flotar en el aire.
Fue Lisa, sin embargo, la que encontró la forma adecuada de despedirse, tomando a Rick por los hombros y acercándolo a ella para darle repentinamente un largo beso que hizo que él casi trastabillara, abrumado por la energía y el cariño que ella ponía en él. Sorprendido por el intempestivo asalto de Lisa, Rick tardó en reaccionar, pero descubrió que no era necesario que lo hiciera, ya que su cuerpo lo hacía por sí mismo, tomando a Lisa del talle y fundiéndose en un abrazo poderoso que acompañaba a ese beso que rápidamente los hacía delirar.
Cerró los ojos y se dejó flotar en esa corriente de sensaciones que lo había levantado como hoja al viento al momento de sentir los suaves labios de Lisa en los suyos. Las manos de Rick y Lisa, libres ya de todo control, recorrían las espaldas de cada uno, buscando sentir la piel a través de aquellas capas de ropa que dejaban de ser para ellos un abrigo y pasaban a ser un obstáculo... Todo lo que les importaba a los dos era hacer ese beso más profundo, disfrutar hasta el último segundo de ese contacto, llenarse del sabor dulce de la boca del otro hasta no poder olvidarlo jamás... porque sería lo último que tendrían en catorce largos días.
Al cabo de unos segundos de fundirse en ese beso, a tal punto que ya no sabían donde empezaba uno y donde terminaba el otro, para Rick Hunter y Lisa Hayes ya no existía el frío insufrible de aquella mañana.
En la cabina de su propio Veritech, el primer teniente Max Sterling observaba la escena que tenía lugar junto al Skull Uno y meneó la cabeza, sonriendo muy divertido ante lo que estaba viendo, y sintiéndose feliz por su jefe y mejor amigo.
– Espero que esos dos no lo arruinen – dijo para sí antes de mirar a un lado y ver a su esposa sonriéndole desde la cabina de su Veritech.
Al pie del Skull Uno, el beso empezaba a hacerse más pausado y lento, disolviéndose en el aire conforme los dos necesitaban recobrar el aliento. Finalmente, y con mucha reticencia, Rick y Lisa separaron sus labios y volvieron a abrir los ojos, perdiéndose cada uno en la mirada tierna y cariñosa del otro como si fuera lo único que existía sobre la faz de la Tierra. O al menos, como si fuera lo único que les importaba sobre la faz de la Tierra.
– Vuelvo... vuelvo en unos días - balbuceó Rick en cuanto recobró el aliento, condimentando esa frase con una de las sonrisas más sentidas que podía darle.
Ella sonrió, atesorando cada una de esas palabras dentro de ella como si fueran la promesa más importante de su vida, y le acarició el rostro con su mano antes de decirle:
– Te estaré esperando.
-
-
NOTAS DEL AUTOR
- Bien, la situación con Minmei se está desarrollando, tras un leve tropiezo del piloto que bien podemos atribuir al cansancio y a la sorpresa pero del que pudo recuperarse y resarcirse... ahora hay que ver cómo sigue esto... tengan paciencia... :P
- La trama de la Reconstrucción sigue su curso, y se vienen sumando nuevos actores...
- Como siempre, deseo agradecer a todos los que vienen leyendo esta historia y a los que dejan sus comentarios, reviews y opiniones... ytambién a mis betas y amigas Evi, Sara y Kats por su apoyo y su amistad (y por su inagotable paciencia)durante todo el proceso de ir escribiendo esta historia...
-¡Suerte en todo y será hasta la semana que viene, con el capítulo 4!
