Capítulo 4

La ida del dobe fue, como mínimo, un alivio. Los días pasaban lentos en su aburría monotonía, pero Sasuke podía jurar que nunca había sentido su propia casa tan tranquila y pacífica. Ya no se escuchaban los gritos de Naruto cada mañana, despertándolo bruscamente. Ni las ociosas y en ocasiones exasperantes conversación que ambos mantenían.

Pero Sasuke no podía mentirse a si mismo, y si bien la ausencia del rubio en su vida traía paz, también la llenaba de soledad. Los largos pasillos de la mansión parecían más vacíos que nunca. Sus comidas, dado que Sakura muchas veces desayunaba y comía fuera, tediosas e insípidas entre los platos sosos que le daban.

Sin embargo, fue su cuerpo quien más lo notó. La falta del chakra del demonio era dolorosa y frustrante hasta un punto peligroso. Las nauseas había vuelto en aquellos cuatro días con renovada fuerza, y su espalda se tensaba ante el dolor lumbar que la acosaba casi constantemente. Tsunade ya le había dicho que su caso era especial, por lo que debía esperar cualquier cosa de su embarazo.

Ya tenía dos meses y medio, pronto su barriga empezaría a crece, y con ella las posibilidades de que toda la maldita aldea se enterara de su estado. Sakura llevaba días intentando hacerle ver lo poco importante de aquel problema. Puede que la gente hablara de él y Naruto, pero nadie iba a llevarse las manos a la cabeza por lo que sucediese en la privacidad de sus vidas.

Por otra parte su relación con Sakura era cada vez más y más inestable. Casi no se veían en todo el día, y llevaba más de una semana sin contacto carnal con ella. Simplemente, o bien su lívido había descendido hasta casi desaparecer, o su noviazgo, después de dos años y medio de vagar a la deriva, por fin se iba a pique.

Sakura nunca decía nada sobre la situación, pero Sasuke la había visto mirándole con tristeza mientras la melancolía empañaba sus gestos.

Otro suceso que le dejó en shock durante horas, fue la vena de locura que debió asaltarle una mañana cuando, sin pararse a pensar en lo ridículo de todo aquello, empezó a hablar a su hijo aún no formado. ¡Cómo si pudiese oírle!

Sólo habían sido cuatro días, pero cuando al fin Naruto volvió, Sasuke tuvo que reprimir las ganas de agarrarle por el cuello, arrastrarlo hasta su cuarto y vaciarle todo el chakra de su cuerpo haber si así lograba volver a su actitud normal.

Malditas hormonas. Se supone que los hombres no debían tenerlas. Y ahora Sasuke sabía por qué.

¡Eran un jodido incordio!

—Vaya, tan agradable como siempre. Me pregunto qué habrá hecho ese pobre cojín para ser tratado así.

Sorprendido hasta un punto poco dispuesto a admitir, Sasuke miró primero el cojín casi destrozado por sus propios dedos, después sus oscuros ojos se clavaron en la delgada y rígida figura de Sai.

—¿Qué haces aquí?

—Quizás te interese saber que ya ha llegado Naruto –respondió el ambu sin cambiar un ápice su expresión.

—¿Y por qué debería importarme nada de lo que haga ese dobe?

La mirada de Sai nunca abandonó su rostro, pero por algún motivo Sasuke supo que Sai estaba enterado de todo.

—¡Maldito seas, Naruto! –gritó poniéndose en pie de un salto. La falta de energía casi le hizo caer al suelo. Por suerte, pudo sostenerse sobre sus pies, no sin algo de esfuerzo.

—Naruto, después de perder el control sobre su cuerpo, tiende a hablar en sueños. Él no sabe nada.

—¿Y qué piensas hacer?

Sai sonrió, y Sasuke fue incapaz de decir si esa sonrisa fue verdadera o tan falsa como lo eran habitualmente en el hombre.

—Así que no lo niegas. Interesante –Sai dejó en una silla la mochila que llevaba cargada al hombro. Cuando el ambu se sentó en el sillón, justo donde momentos antes él mismo había estado, Sasuke perdió su poca paciencia.

—¿Vas a decirme algo interesante? Si no es así, márchate.

—Deberías sentarte, Sasuke-kun. Estas muy cerca de quedarte bajo mínimos de chakra.

Sasuke abrió la boca, depuesto a echarle aunque fuese a patadas. Más Sai tenía razón. Sus piernas se doblaron bajo su peso, y avergonzado cayó en los brazos del ambu, que se había levantado para sostenerle.

Cuando Sai le dejó recostado sobre el sillón, Sasuke cerró los ojos, incapaz de mirarle. Se sentía realmente miserable y débil.

—Ríete si quieres. Todos lo harán cuando se enteren.

—¿Reírme? ¿Por qué debería de reírme?

Asustado, abrió los ojos de nuevo al notar como el otro se sentaba a su lado, colocando las manos sobre su abdomen.

—Yo no tengo el chakra de Naruto, pero en estas circunstancias creo que puedo ayudar. A este paso podría pasarle algo muy malo al hijo de Naruto.

Sasuke frunció el ceño. ¿Hijo de Naruto?

Pero sus cejas se arquearon cuando Sai dejó que su chakra entrara en su cuerpo. Tenía razón. No sentía aquella calidez fluyendo dentro de sí que le embargaba cada vez que el dobe le ayudaba. Y aquellas pálidas y peligrosas manos se movían sobre él con rapidez y eficacia. Eso estaba muy lejos de parecerse al movimiento reverente y suave de Naruto.

Pero de todos modos ayudó. Y diez minutos después Sasuke fue capaz de levantarse.

—Eres demasiado orgulloso. Nunca hubieses pedido ayuda si no llego a enterarme por mi mismo, ¿verdad? –las palabras dieron en el clavo. Llevaba días sintiéndose mal, y ni siquiera había sido capaz de pedir ayuda a su novia. Sin embargo estaba lo suficientemente agradecido como para decir:

—No creí estar tan mal.

—A medida que crezca, necesitará más energía. –Sai se puso en pie, caminando con pasos apresurados hasta su mochila. Cuando comprendió que pensaba irse sin decir nada más, Sasuke se levantó.

—¿Por qué has venido?

—Naruto me pidió que te diera eso –contestó, señalando la mesa de madera que adornaba el comedor. Solo entonces Sasuke vio el paquete cuadrado que descansaba sobre ella.

No pudo preguntarle por el contenido de la misteriosa caja, ya que el ambu desapareció en un remolino de viento y humo.

Con curiosidad se acercó hasta coger el paquete, notando como no pesaba casi nada entre sus pálidas manos. Impaciente, cortó con uno de sus kunais la cuerda que mantenía el envoltorio en su sitio. Si alguien le hubiese hecho una fotografía en aquel instante, Sasuke ni cuenta se habría dado cuenta. Y es que estaba demasiado ocupado intentando averiguar que demonios era lo que el dobe le había dado.

Si no se equivocaba, era alguna clase de pergamino. Pero bastante extraño. Para empezar, era tan viejo que podría romperse con un soplo de aire. Allí no podría escribirse ni una coma.

El paquete abultaba tanto porque el fino pergamino iba bien protegido con una suave almohadilla.

Decidió que lo mejor sería dejarlo sobre la mesa y esperar a que Naruto aclarara sus dudas. Sin poder evitarlo, sus manos fueron directamente a su vientre, palpando cuidadosamente. El dolor había remitido casi en su totalidad, pero sabía que no dudaría demasiado.

Se dio cuenta, además, de que su apetito volvía a ser el mismo de antes, por lo que no tardó en llegar a la cocina y servirse una buena ración de fruta, leche, cereales y yogures.

Maldita Sakura y sus estúpidos sellos de ocultamiento. Ya podría utilizarlos sobre algo más útil que su comida. El hambre, no obstante, pudo más que su enfado, y sin perder tiempo se sentó en una silla dispuesto a dar buena cuenta de todo lo que pudiese comer.

Y así fue como le encontró Naruto casi cuarto de hora después.

Sasuke ni siquiera lo escuchó entrar, y eso le hubiese preocupado si el dobe no se le hubiera tirado encima nada más cruzar el umbral de la puerta, dejándole completamente paralizado.

—¡Sasuke! ¿Qué tal estás? ¿Y mi hijo?, ¿cómo está mi hijo?

—Hasta las narices, dobe. Ambos estamos hasta las narices de ti.

Si a Naruto le afectó el comentario, nada se translució en sus expresivas fracciones. Con una enorme sonrisa –y completamente lleno de barro, no pudo dejar de notar— el rubio se sentó a su lado mientras tiraba al suelo la mochila que llevaba.

—Ya veo, ¡tan simpático como siempre!

Sus ojos se pusieron en blanco mientras seguía con su comida. Quizás si le ignoraba le dejase en paz. Cinco minutos después, cansado Sasuke de su intensa mirada, dejó la cuchara sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Qué quieres, dobe? Por lo menos vete a duchar antes de dejar todo perdido –masculló sin mirarle si quiera. Naruto bufó muy poco elegantemente y se puso en pie.

—Eres la peor bienvenida que he tenido en mucho tiempo, teme.

Tarde, se dio cuenta de que no le preguntó por el misterioso paquete que aún descansaba sobre la mesa. Pero sin querer tener al rubio pegado a él de nuevo, lo dejó para más tarde.

Una vez terminó de comer, tiró los envases de yogurt y las cáscaras de fruta a la basura. Con un suspiro de cansancio, salió de la cocina. Su decisión de encerrarse en su cuarto para evitar a Naruto quedó en el olvido al pasar por la puerta de la habitación del rubio. Ese idiota había llenado la casa de Sasuke de basura.

—Deberías tirar todas estas tonterías a la basura, Naruto –exclamó enfadado. Con ojo crítico miró un viejo y deshilachado peluche con forma de cerdo. Encogiéndose de hombros, lo tiró sobre su hombro. Pronto una pequeña montaña de cosas inútiles se formó tras él. Momentos más tarde, un Naruto duchado y completamente vestido le arrebató la camisa llena de agujeros que iba a seguir el mismo camino que el peluche.

—Ni se te ocurra, teme –grito Naruto—. ¿Qué te ha dado por arreglar mis cosas? ¿Desde cuándo te metes en mi cuarto para limpiar?

—Desde que tu cuarto entra como parte de mi casa. Demonios, dame ahora mismo esa camisa –gruñó cuando el rubio se negó a ceder. Con un brusco tirón, el sonido de la tela al rasgarse fue plenamente audible por toda la habitación. Igual que el grito horrorizado de Naruto.

—¡Sasuke! ¡Mira lo que has hecho!

—Tranquilízate ya, dobe. Era una camisa muy fea.

—¡Pero era mi camisa!

Cansado, Sasuke dejó su labor de despejar la basura de su casa para levantarse del suelo y mirar de forma intimidante a Naruto. Sin ningún éxito, por supuesto. Aquella era su casa. Si el dobe quería vivir allí, que se adaptara a sus normas.

"Y a mis ataques hormonales" pensó no sin cierta sorna al ver al rubio intentado arreglar la vieja y desgastada camisa.

Media hora después, Sasuke seguía su labor de limpieza ante el cercano escrutinio del otro, que por razones que no llegaba a entender, le dejaba tirar casi todo lo que le daba la gana.

Sus ojos pronto captaron algo nuevo que llamó su atención. Era un protector. No, era su viejo protector, con aquella señal que lo cruzaba casi por completo. Escondiendo la inesperada sensación de desasosiego que le invadió, alargó las manos para tomar el viejo emblema de la aldea.

—¿Aún guardas esto? –preguntó, notando como su voz temblaba casi imperceptiblemente. Pero Naruto debió notarlo, ya que dejó su camisa de lado para volver toda su atención hacia él.

—Sí. Nunca pude tirarla. En realidad son tantas cosas las que no pude tirar…

—¿Cómo esa camisa?

Una extraña y triste sonrisa estiró los labios de Naruto. Sasuke, sentado de nuevo, dejó el protector en el suelo mientras dejaba su espalda recostada contra una pared.

Hacia mucho tiempo que no tenían una conversación decente.

—Sí. En realidad es una tontería. Fue el primer regalo que me hicieron. Iruka-sensei me la dio cuando cumplí siete años.

—Siempre fue muy bueno contigo.

—Era lo único que tenía.

Maldiciendo, Sasuke se removió incomodo contra la pared. Si había alguien que comprendiese lo que Naruto había pasado de niño, ese era él.

—Hemos sido un par de desgraciados siempre, ¿verdad, teme? –preguntó Naruto mientras le tiraba la camisa con fuerza. La sonrisa melancólica, por suerte, ya desaparecida de sus rasgos.

—Mucha gente crece sin sus padres. Sobre todo después de una guerra entre aldeas.

—Puede ser, pero no todos crecen con tanto odio a su alrededor como nosotros.

Sasuke sonrió. No una sonrisa de aquellas que regalaba a la mayoría, falsas y sin sentirlas. Sonrió porque, de algún modo, sentía que había vuelto a recuperar algo muy preciado y perdido hacía ya tiempo. Dejando las cursiladas de lado, cambió de tema antes de terminar diciendo algo realmente vergonzoso.

—Sai ha estado aquí. Me ha traído el paquete que le diste.

El ambiente cambió de pronto, y Naruto, con los ojos como platos, se puso en pie.

—¡Se me olvidó! ¡El pergamino! ¿Adónde está?

—En la mesa del comedor.

—¿Cómo demonios lo pude olvidar? –Aquella debió de ser una pregunta retorica, ya que para cuando Sasuke pudo abrir los labios para contestar, el rubio ya se encontraba bajando las escaleras de la casa. Momentos después, regresó con el curioso pergamino entre los brazos.

—¿Y se puede saber qué es eso?

—Lo compré en… —de pronto debió recordar que las misiones eran alto secreto. Sin perder la sonrisa, sacudió la cabeza para proseguir—: El viejo que lo vendía me dijo que funcionaba de verdad. Era algo caro, pero si llevaba razón, merecerá la pena.

—Dobe... ¿vas a decirme qué es, o tengo que adivinarlo?

—Ah sí, claro. ¡Es una prueba de embarazo!

—¿Cómo?

—Una prueba, teme. Ya sabes, lo haces y te dice si vamos a tener un hijo o una hija.

Sasuke apretó los puños. A veces era muy difícil no perder la paciencia.

—Sé perfectamente que es una jodida prueba de embarazo, Naruto. Lo que no entiendo es como se supone que un pergamino me va a decir nada si apenas llego a los tres meses.

Naruto dejó de desenvolver el pergamino para mirarle fijamente. Sus ojos se fijaron en el abdomen de Sasuke, aún completamente liso. Sasuke, que esperaba una contestación de las típicas de Naruto, se quedó descolocado al oírle contestar:

—Según el viejo, los niños hacen fluir en tu chakra un tipo de energía que es diferente a la que emiten las niñas. Según lo explicaba, me pareció bastante sencillo. Aunque nunca antes había escuchado nada parecido.

Parte de sus dudas debieron reflejarse en su rostro, ya que Naruto se inclinó hasta él, tomándole una de sus manos entre las suyas, más pequeñas y morenas, y la apretó.

—He preguntado a Tsunade. Ya revisó el pergamino y no tiene nada de malo. ¿No quieres saber el sexo de nuestro hijo?

Sasuke se soltó despacio, ¿que si quería saber el sexo del niño? Bueno, lo cierto es que no le importaba demasiado tener una hija o un hijo. Pero tenía curiosidad.

—Está bien, ¿qué hay que hacer?

—Es muy fácil. Quítate la camisa. –Sasuke elevó una de sus finas cejas en actitud perspicaz.

—No será algún estúpido plan tuyo para seguir acosándome, ¿verdad?

—Joder, no. ¡Mira que eres desconfiado, Sasuke teme! Simplemente tenemos que poner el pergamino sobre tu abdomen.

Claro, bastante previsible. Sasuke se quitó sin vacilar su camisa negra, dejando al descubierto su pecho firme y su abdomen. Su ceño se frunció al comprobar como los músculos parecían desaparecer día tras días. Según Tsunade, aquello sucedería para poder dar de sí y así dar lugar al niño.

Naruto le agarró del brazo para separarlo de la pared. Momentos después reposaba completamente tumbado en el suelo.

—Veamos –dijo Naruto concentrado en lo que hacía. Sasuke tembló al sentir las frías manos del otro sobre su piel desnuda.

—Oye dobe, sin tocar demasiado, ¿eh?

Naruto solo le ignoró. Y entonces todo empezó.

Justo cuando el pergamino tocó su abdomen, Sasuke empezó a marearse. Primero fueron breves flases que le cegaron. Pero más tarde su respiración se hizo trabajosa, sus músculos se tensaron. El pergamino empezó a pesar cada vez más y los dedos de sus pies se contrajeron en un doloroso espasmo.

Visiblemente asustado, Naruto se inclinó sobre él. Pero Sasuke no pudo entender qué le decía. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fueron los preocupados ojos de Naruto agrandarse asustados.

—¿Naruto? –Su voz sonaba débil hasta para sus propios oídos. Maldiciendo en voz baja, levantó uno de los brazos para colocarlo sobre sus ojos. La luz le estaba dejando ciego—. Naruto… —repitió una vez más. Cuando las agujas que se clavaban en sus ojos mitigaron, Sasuke parpadeó con fuerza. Quitándose el brazo, se sentó en su mullida y acogedora cama.

¿Cómo había llegado hasta allí? Su camisa volvía a estar sobre su cuerpo y el dobe no daba señales de vida por ningún lado. ¿Qué había pasado?

Cuando sus pies descalzos tocaron el suelo, casi gritó. Estaba congelado. Con frustración, miró a su alrededor en busca de sus zapatillas. Sin éxito alguno.

Por suerte, Naruto, el culpable de su lamentable estado, llegó en aquel momento, traspasando la puerta cargado con una enorme bandeja repleta de comida.

—Naruto, he comido hace nada. No tengo hambre.

Naruto se quedó paralizado un momento en la puerta, visiblemente confundido. Instantes después una alegre sonrisa apareció en sus labios.

—Has dormido cuatro horas, Sasuke.

—¿Cuatro horas? ¿Por qué me has dejado dormir tanto? Y en primer lugar, ¿no se suponía que tu dichoso pergamino no me haría nada?

Naruto se sonrojó. Uno de sus brazos viajó hasta su nuca, y tal y como le había visto hacer durante toda su vida, soltó aquella risa que nada bueno auguraba.

—¿Y bien? –preguntó al fin mientras cogía la bandeja que Naruto traía.

Y para qué negarlo, solo ver la comida le despertó el apetito.

—¿Qué?

—El niño, dobe, el niño. ¿Qué es?

—A claro, el niño. Bebe primero la leche, Sasuke. Tsunade me dijo que te recuperarías antes si lo hacías.

—Naruto…

—Sí, sí. Ya voy. Bueno, antes que nada, tengo que decir que no es cien por cien seguro, Sasuke. En realidad –añadió con gran énfasis. Sasuke empezó a asustarse –seguramente haya algún error y…

—¡Naruto! ¡Suéltalo de una vez!

Naruto le miró implorante, desvió sus ojos claros hasta la bandeja y suspiró. Cuando dejó el vaso completamente vacío, Naruto se lo arrebató del regazo.

—Gemelos.

Bien. Sí, definitivamente el dobe tenía razón…

—Vamos a tener gemelos, Sasuke.

Vaya que sí. La maldita prueba tenía que estar muy estropeada.

—En realidad un niño y una niña, para ser más exactos. –Naruto dejó con rapidez la bandeja en la pequeña mesa del cuarto, y después se sentó a su lado. Pero Sasuke simplemente no podía hablar. Tampoco podía moverse, incluso respirar le costaba—. ¿Sasuke? ¡Vamos, Sasuke, déjate de bromas!

Pero los dos sabían que Sasuke nunca bromeaba. Naruto, desesperado, hizo lo primero que le vino a la mente. Fue hasta la mesa de nuevo, cogió el vaso de la bandeja, y derramó todo su contenido sobre Sasuke.

Bueno, definitivamente sabía como sacar del shock a la gente.

—¡Maldito desgraciado! –Su grito, estaba seguro, se escuchó por toda la aldea. Naruto se acercó con intención de ayudarle a limpiarse el agua que chorreaba desde su cabello, esparciéndose rápidamente hasta su ropa–. Te voy a matar. ¡No, eso es poco! Primero te torturaré lentamente hasta satisfacer mis ansias de causarte dolor, y después te cortaré en pedacitos para tirarlos al río…

No pudo seguir hablando, ya que Naruto le tapó la boca con una de sus manos. La otra agarró el bajó de su camisa. Sasuke intentó luchar, pero se sentía repentinamente débil. Muy débil.

—Vamos, Sasuke. Si lo piensas, es estupendo. ¿Cuánta gente tiene la suerte de tener dos hijos gemelos? –añadió el rubio mientras buscaba una nueva camisa y entraba en el cuarto de baño. Cuando volvió a su lado, toalla en mano, empezó a secarle el pelo con entusiasmo–. Piénsalo. Yo quería una niña, y tú un niño. Así es perfecto.

Sasuke se limitó a quitarle la toalla para secarse él solo.

¿Perfecto?

¿Había dicho perfecto? Mierda.

—Siempre tienes que dar el cante, ¿verdad, Naruto? –Tocó su cabello para ver si aún quedaba mucha humedad. Satisfecho con el resultado, dejó la toalla de lado para ponerse la nueva muda—. ¿Cómo se supone que voy a salir de casa en los próximos meses con una barriga que abultará como tres barriles de cerveza? ¡Yo no quiero gemelos!

Naruto volvió a taparle los labios con una mano. Solo que esta vez la otra fue directamente a su abdomen.

—No digas eso delante de los niños, Sasuke teme –dijo con gesto enfadado. Las ganas de asesinarlo volvieron.

—Apártate. Voy a ver a Tsunade. Quizás haya algo que hacer aún.

Las piernas le temblaron nada más tocar el suelo. El chakra de Sai no era suficiente.

Apretó los labios para no gritar de frustración. Pero no llegó muy lejos.

—¡No lo puedes estar diciendo en serio! ¡Estás hablando de tus hijos, Sasuke! ¡De nuestros hijos!

—Más razón.

—Pensé que habías superado ya eso.

—Ah, no. No creas que poniendo esa estúpida cara de perro apaleado vas a conseguir hacerme sentir culpable. Nadie pidió dos niños.

—Vamos, Sasuke, no es para tanto.

Naruto le agarró de un brazo, empujándole hasta que terminó sentado en la cama. Sin fuerzas para moverse, Sasuke simplemente se cruzó de brazos, aún demasiado sorprendido por la reciente noticia.

Ya bastante le costó aceptar que iba a tener un hijo. ¿Pero dos?

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando, con una paciencia que nada tenía que ver con Naruto, el rubio se sentó a su lado, le agarró una mano y la puso sobre su abdomen.

—Siéntelos, Sasuke. Son tus hijos. Sean dos, tres o los que vengan. Ya están ahí, contigo.

Quizás fueran sus hormonas, o quizás la emoción del momento, pero cuando Naruto le recostó contra su pecho, con su morena mano acompañando a la de Sasuke en su abdomen, no se movió.

La mano de Naruto empezó a hacer círculos por debajo de su camisa, haciendo erizar su tersa piel.

—Vamos a ser padres, Sasuke. Aún me parece increíble pensar en ello.

—Eso es por que tú aún necesitas de alguien que te cuide.

—Teme bastardo.

—Cállate, dobe.

Y así lo hizo. Sasuke cerró los ojos, sintiéndose a gusto en aquel placido silencio. Las cosas tampoco estaban tan mal. Tendría dos herederos para su clan. Dos fuertes hijos que heredarían sus técnicas y las de Naruto. Que heredarían su valor y la valentía de Naruto.

Con un poco de suerte se parecerían a él también. Puede que Naruto hubiese mejorado en cuanto aspecto físico se refiere durante los años, pero no le llegaba ni a la altura de las rodillas. Aunque no estaría mal una pequeña niña con sus cabellos negros y los ojos azules de Naruto. No, no estaría nada mal.

Con aquel extraño y peligroso pensamiento, se durmió.

Y no sería hasta horas después que por fin despertó. Solo para sentir la conocida energía de Naruto recorriendo una vez más su cuerpo. El chakra del demonio le devolvió las fuerzas increíblemente rápido.

—Vaya, tengo que confesar que estoy sorprendido. Creí que necesitarías chakra mucho antes. Pero estabas en buenas condiciones cando llegué.

Sasuke dudó por unos instantes sobre si decirle o no lo sucedido con Sai. Finalmente dejó escapar un largo suspiro mientras giraba su cuerpo para quedar tendido de espaldas.

—En realidad sí lo necesitaba. Esta mañana, cuando ha venido Sai, estaba en tan mal estado que ha tenido que ayudarme con su energía.

—¿Sai? Pero él no sabe…

—Sí que sabe, sí. A veces resultas tan estúpidamente torpe que hasta yo me sorprendo. ¿Nunca te has dado cuenta de que hablas en sueños? Sai oyó lo del niño cuando tú mismo se lo dijiste durmiendo.

Sasuke tuvo que contenerse para no burlarse del otro. Naruto se veía realmente impactado.

—Estás bromeando, ¿verdad? –preguntó mientras se dejaba caer semi sentado en la cama. Sasuke rodó hacia un lado, para quedar de costado mientras el otro se apoyaba en el respaldo de la cama.

—No. Puedes preguntárselo tú mismo a tu extraño amigo.

—Oh mierda. —Sus ojos se entrecerraron de golpe, mientras con su puño golpeaba la blanca almohada—. Ahora entiendo porque me miraba de aquella manera los últimos días. Llegué a pensar que le atraía o algo así. Fue muy incómodo.

No lo pudo evitar. Simplemente, en ocasiones, Naruto resultaba demasiado gracioso.

Cuando una sincera carcajada salió de entre sus labios, Naruto le miró algo ofendido. Más no tardó en cambiar esa expresión por una sonrisa.

—Francamente, eres lamentable. Además, no creo que ese tipo pueda tener esa clase de sentimientos hacia alguien. Es tan… —Sin encontrar la palabra adecuada para describir al moreno, Sasuke simplemente se encogió de hombros–ya sabes a qué me refiero.

—No digas eso. Sai aún no sabe como expresarse bien, pero puede sentir tanto como nosotros. Aún recuerdo cómo era cuando le conocí. Realmente ha progresado mucho.

—No estoy seguro de si alguna vez pueda confiar en él por completo.

—Me ayudó a encontrarte, Sasuke.

—Da igual. Nunca se sabe lo que pasa por esa cabeza suya.

Naruto no contestó, pero por la mirada que le echó, Sasuke supo perfectamente qué estaba pensando.

—No me compares con él. No somos iguales.

—Puede ser, pero de alguna forma ambos os parecéis.

Sasuke quiso protestar a eso, pero Naruto se levantó entonces de la cama.

—Va siendo hora de preparar la cena. No todos subsistimos de hojas como tú, Sasuke.

El cojín que Sasuke le tiró terminó chocando contra la puerta, que Naruto cerró tras largarse corriendo. De nuevo con sus fuerzas normales, Sasuke se levantó de la cama. De aquel día no pasaba. Tenía que hablar con Sakura. Y al día siguiente le haría una visita a Tsunade. La vieja tenía que enterarse de las nuevas noticias sobre sus hijos.

Y quizás iba siendo hora que todos los demás lo supieran. Con Sai al corriente de la noticia, y una barriga de tamaño ballena a punto de crecer, era cuestión de semanas que toda la aldea se enterara. Prefería estar preparado y que todo sucediese cómo él quisiese.

Pronto tendría que ir de compras. Sus hijos iban a necesitar muchas cosas.

No acompañó a Naruto mientras este cenaba. Sinceramente, odiaría tener que irse en medio de la cena por las nauseas. O peor, que el dobe se diera cuenta de su envidia por la comida.

Sakura llegó bastante tarde, pero ese no era problema. Después de todo, el no hacer nada en todo el día significaba un gasto nulo de energías. Y por tanto no tenía casi nada de sueño. Aquel día, además, había dormido ya bastante.

Naruto, por suerte, se había ido ya a dormir cuando su novia entró por la puerta principal de la casa, colgó las llaves y su abrigo en la entrada, y caminó hasta el salón, donde la estaba esperando. Cuando le vio, Sakura abrió los ojos, algo sorprendida, pero después sus hombros se encorvaron y se sentó a su lado.

—Es raro que me esperes, Sasuke.

No pudo dejar de notar la falta del kun a su nombre. Aquello no era buen augurio. Pero iba a ser él quien diese las malas noticias. Siempre, fuese a donde fuese, terminaba siendo el malo. ¿Por qué no también en su relación?

Ya se imaginaba la cara que pondrían los demás al enterarse. ¡Pobre Sakura!, dirían unos, ¡era de esperar!, diría el resto. Pero lo que nadie dirías sería, ¡Pobre Sasuke, que después de sostener una relación casi inaguantable con su mejor amiga durante dos años y medio, no ha podido soportarlo más!

Quitándose aquellos pensamientos de la mente, se volvió hacia su novia con expresión seria. No es como si ella fuese a esperar que estuviese sonriendo siempre como Naruto, de todas formas.

—Sakura, esto tiene que terminar.

Siempre al grano. Directo como pocos y cruel como él solo. Pero Sakura le conocía, y se lo esperaba.

—Quizás si nos diésemos algo más de tiempo…

—Sakura –le cortó, viendo como ella bajaba el rostro y ocultaba sus ojos entre sus lacios cabellos. Con cuidado, su mano le levantó el mentón–, hace tiempo que esto no funciona. Ambos lo sabemos.

—Pero yo te quiero. Nunca he dejado de quererte.

Sakura entrecerró los ojos, y en un acto inesperado, se abalanzó sobre él, tendiéndole en el sillón y colocándose a horcajadas sobre sus caderas. Cuando sus labios descendieron hasta los de Sasuke, más fríos y finos, no hizo nada por separarla. Simplemente no podía. Cuando Sakura se dio cuenta de su poca colaboración, se apartó, más no se bajó de su regazo.

—Si es por tu hijo, yo…

—No. Sé que tú lo aceptarías. Pero eso no tiene nada que ver.

Sabía que ella necesitaba halagos. Su autoestima había quedado tirada en el suelo, junto a su orgullo. Pero Sasuke no dijo nada. No sabía que decir, en realidad. Por lo que simplemente la abrazó mientras la dejaba desahogarse contra su camisa.

Era un miserable.

Sakura tardó más de una hora en tranquilizarse. Con mirada perdida y gestos cansados le dijo que se iría a la mañana siguiente.

"No sería capaz de seguir aquí, viéndote todos los días", murmuró con un hilo de voz que le hizo sentirse aún más culpable. Sasuke no supo que más decir, por lo que simplemente la dejó ir a su cuarto en silencio.

Pero para entonces su mente estaba demasiado confundida como para intentar conciliar el sueño. Así que, sin precedente alguno, tomó una bolsa inmensa de palomitas que tenía escondida en su alacena y se dispuso a pasar la noche en vela viendo viejas películas que emitían en el canal local.

..-…-….-…..-…-

Su respiración jadeante sonaba extrañamente entrecortada. Sus hombros estaban hundidos y un largo y dolido gemido pudo escucharse por toda la estancia.

—Vamos, solo un poco más, Sasuke –dijo una conocida voz, amortiguada por la tela de una mascarilla. –Ya casi terminamos.

Las paredes blancas que le rodeaban se hacían cada vez más y más estrechas, como si de un momento a otro fueran a aplastarle. Con un fuerte gruñido, clavó sus dedos en las sábanas blancas mientras su pie lanzaba al suelo, de una patada, la pequeña mesa con la bandeja de la sobras de su comida.

—¿Qué me está pasando?

Tsunade le miró con sus castaños ojos, totalmente seria mientras agarraba la inyección con la aguja más larga que Sasuke hubiese visto en su vida.

—Tu cuerpo está cambiando. Ya tenías los órganos necesarios para que el feto se desarrollara, pero faltan los que le permitirán salir.

Sasuke soltó una exclamación horrorizada, perdiéndose en la blancura del techo.

—¡No quiero tener de nuevo una vagina!

—Y no la tendrás. Al menos no aún. Pero tu cuerpo estará en constantes cambios hasta el parto.

Sasuke fijó su mirada en la figura que, pálida y temblorosa, se erguía a su lado.

Naruto se había llevado un buen susto aquel día.

Ya hacia más de dos semanas que Sakura se marchó de la casa. Naruto nunca preguntó el por qué. De algún modo, notaba el mal humor de Sasuke y se apartaba de temas espinosos. Cosa que obviamente, Sasuke agradecía en silencio.

Pero aquella mañana, además de sus usuales malestares matutinos, su cuerpo se encontraba en lamentable estado. No era solo el solo de estómago, ni siquiera aquellos mareos que le tumbaron tres veces en el suelo cual largo era.

Sasuke simplemente se sentía fatal. Todo su cuerpo pesaba, y ni el chakra del demonio zorro ni las medicinas de Tsunade ayudaron. Aterrado, Naruto llamó a la Hokage, informándole de todo. La vieja llegó rápido a la casa, cargando un inmenso maletín y con Sakura a su lado.

Para entonces Sasuke estaba ya inconsciente.

—¿Me va a pasar esto a menudo? –preguntó mientras intentaba sentarse en la cama. La inyección, puesta en su trasero, había calmado casi inmediatamente sus ansias.

—No estoy segura. Espero que con el tiempo el dolor reduzca. Pero…

—No tiene ni idea de si será así –concluyó por ella Sasuke.

Demonios, tras la noticia de que iba a tener gemelos, ni siquiera había tenido tiempo de ir a comprar las cosas para sus hijos. Naruto estuvo demasiado ocupado con misiones que nunca duraban más de dos días, y aunque Sasuke hubiese ido sin él perfectamente, el dobe se negó rotundamente.

Para ser sinceros, aquello le traía sin cuidado. Y de no ser por que ese estúpido rubio había escondido todo su dinero, Sasuke ya habría ido a comprar él solo.

Cuando Tsunade abandonó su casa, solo quedaron él y Naruto. El dobe estaba nervioso, y constantemente se paseaba de un lado a otro por la habitación.

Cansado, Sasuke cogió el gran almohadón que tenía a su lado para lanzárselo con la poca fuerza que le quedaba.

—¡Hay! ¿Qué estás haciendo, teme? Se supone que debes guardar reposo.

—Si te estuvieses quieto durante algunos minutos, quizás lograría descansar un rato. Mira que eres inútil.

Lejos de ofenderse, Naruto le miró con los ojos entrecerrados, para después caminar lentamente hasta la cama. Sasuke se reclinó contra la almohada, evitando la cercanía del rubio. Pero nada pudo hacer cuando éste se sentó a su lado.

—Debemos tener más cuidado. Estas dos últimas semanas te has despreocupado mucho con tu cuerpo. ¡Si hasta estoy seguro que no sigues la dieta! Como no empieces de nuevo a comer lo que te corresponde, llamaré a Sakura para que te controle.

Sasuke elevó sus cejas, mirando incrédulo al otro. ¿Quién se creía que era?

Con esfuerzo, se levantó hasta quedar medio sentado.

—Mira dobe, el hecho de que aún sigas viviendo en mi casa como una garrapata se debe únicamente a que yo lo permito. Si se te ocurre decirle algo a alguien de lo que sucede dentro de estas paredes, estarás fuera antes de poder decir 'quiero ramen', ¿entendiste?

Naruto frunció el ceño.

—Eres insoportable. —De pronto, los labios del rubio se estiraron en una sonrisa sarcástica–. Pero aún así me gustas. No entiendo por qué.

El aturdimiento le impidió gritarle unas cuantas verdades antes de que Naruto se levantara de la cama y abandonara el cuarto.

Hacía dos semanas que Naruto había dejado sus juegos de "seducción" a un lado.

Y aquello le hizo creer que por fin entró en razón.

Que craso error.

Suspirando, volvió a tenderse en la cama. Al día siguiente convencería al dobe para que le diese su dinero. Por las buenas, o por las malas.