Capitulo IV:

Gato encerrado.

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Los exámenes del primer período de los del segundo año de preparatoria llegaban a su fin. Caras largas y ojerosas se paseaban por los pasillos del colegio. Los alumnos bromeaban al decir que parecían zombies, no buscaban cerebros, sino nutrir de conocimiento los que ya tenían. Yamato miró a un alumno del primer año que se le antojó parecido a Jou. Este portaba gafas sin antireflejos, como Jou; era alto y flacucho como Jou, su cabello negro azulado se daba un aire parecido al de Jou, incluso estaba cargando con una montaña de libros como recordaba siempre iba Jou. La diferencia eran los ángulos puntiguados en el rostro del otro, los ojos verdes y el tono de piel que tendía a ser más rosado que el de su amigo.

Ladeó una sonrisa cariñosa, que para las chicas que lo observaban desde un rincón de los casilleros, no fue más que una mueca con los labios.

Se quitó los zapatos del instituto y los cambió por sus botines de cuero negro y evilla plateada. Se había distraído un poco, a decir verdad, mucho. Buscaba a Sora por los pasillos desde hacía media hora, al final comprendió que se hubo marchando de las instalaciones del colegio.

Necesitaba hablar con ella.

La había visto distraída durante el examen. Fue una de las primeras en entregar, y cuando tuvo que esperar a que la hora del examen acabara, notó la impaciencia en su pie que taconeaba incesantemente sobre la madera del suelo. El profesor dictó el final de la prueba y abrió paso —una vez recogidos todos los exámenes— para que se marcharan del aula. Alumnos quedaron dispersos aquí y allá, la mayoría de ellos habían bajado hacia la cafetería. Sora fue de las primeras en bajar, Yamato la habría seguido de no ser porque una compañera de clases lo impidió.

—Ishida-san, eres el encargado de llevar los exámenes a la sala de profesores.

Cinco minutos le tomó hacer sus deberes, solo cinco y pareció que la tierra se hubiese tragado a Sora Takenouchi. Que desapareciera aumentaba el mal presentimiento que hubo tenido en un principio.

Hubo varios chicos que la habían visto salir del instituto. Otros aseguraron haberla visto dirigirse a la tienda de Mona la panadera que quedaba a tres cuadras de allí. A Yamato no le quedó de otra que seguir las vagas pistas que recogió de terceros.

Llegó a la panadería y el rastro de Sora no aparecía. Le preocupaba mucho. Sora no era de las que hacían cosas imprudentes para llamar la atención, todo lo contrario, siempre fue de las que mantuvo un bajo perfil para no mortificar a sus amigos, aunque significara padecer las concecuencias de sus problemas sola.

De regreso al instituto recibió un mensaje de Mimi. Cuando buscaba a Sora, Yamato se la encontró en la cafetería y le explicó que tenía sospechas de que Sora la estuviera pasando mal. La muchacha se comprometió a buscar dentro de las instalaciones pero, según el mensaje de texto, su búsqueda no rindió frutos.

No importaba. Yamato acababa de ver a Sora salir de una tienda.

Siguió a la pelirroja desde lejos. Si pensaba descubrir en qué andaba, lo más lógico era reunir pruebas que esta no pudiera negar.

Cruzaron una esquina y caminaron dos cuadras más lejos de la preparatoria. Al final se detuvo frente al río, debajo de un puente.

La vio agacharse, bajaba las escaleras de piedra cuando esta volteó y se sorprendió de verlo junto a ella.

—¡¿Yamato?!

A diferencia de Sora, Yamato no parecía perturbado, ni siquiera cuando habló se le notó la voz alterada. Preciso y directo, no se iba con cuentos a la hora de enfrentarse a los demonios de otros. La voz le salió tranquila, casi insondable.

—Con que aquí estabas.

El viento sopló fuerte, el cabello de Sora se enredaba frente a su rostro, llevó varios mechones detrás de la oreja.

—Lo siento, no sabía que andabas buscándome.

—¿Qué haces aquí?—. Como de costumbre, Yamato no se andaba con rodeos.

La sombra de una nube que ocultaba el cielo azul se puso sobre ellos, el viento fresco y la corriente en el agua se balanseaba en diminutas olas; todo indicaba que llovería, incluso el aroma en el aire había cambiado.

—Yo solo... —No tuvo que explicarse más. Detrás de ella se escuchó un chillido urgido.

Sus mejillas hicieron juego con su cabello. Se hizo a un lado, debajo de un paraguas, envuelto con la chaqueta a juego con el uniforme de tenis de Takenouchi, estaba un pequeño, frágil y delgado cachorro de perro del color del chocolate.

—Me siguió ayer a casa —Comenzó a relatar lo sucedido—. Mamá no me deja tener mascotas, por lo que solo pude darle un poquito de leche y pan. Le gustó más el pan —Yamato de pie no dijo nada. Su rostro con expresiones frías y distantes. Sora sabía que le prestaba atención a su manera, pese a que su rostro expresaba absolutamente nada—. Esta mañana de regreso a la escuela lo encontré en el parque. Está herido, aguien... pudo ser cualquier cosa o animal.

Yamato la miró sin decir nada. Avanzó unos pasos, dobló las rodillas y llevó una mano detrás de la oreja del animal. El tacto hizo que este cerrara los ojos, respiraba pausado como si estuviera cansado de correr, la realidad era que la herida a un costado de su cuerpo era la causante de tal fatiga. Moriría si no lo atendían apropiadamente y rápido.

—Te sientes culpable —dijo, Sora asintió a pesar de no haber sido una pregunta, sino un hecho por parte de Yamato—. Bien, no puede quedarse aquí.

—Hablaré de nuevo con mi mamá. Al menos hasta que alguien lo adopte puede quedarse en casa.

—Lo llevaremos al veterinario.

—Yamato, lo enviaran a una perrera.

—No. Se quedará en mi casa.

Sora abrió la boca, sorprendida, iba a preguntar si no era muchas molestias aceptar que se hiciera cargo de quien representaba su responsabilidad, pero al final solo boqueó dejando salir sonidos vagos.

El muchacho sacó el móvil del bolsillo de su pantalón, tecleó rápido en él y lo regresó a su bolsillo.

—Siendo sincero —Aceptó, ya más tranquilo—. Pensaba que podías tener problemas mucho más graves.

Sora parpadeó rápido, confundida.

—¿A qué te refieres? —Lo miró fijo buscando una respuesta, no la obtuvo. Al menos no dicha con palabras. Yamato se limitó a observarla, sus ojos azules se fundían en el rostro de la muchacha. Sora lo supo entonces, lo conocía, sabía a qué se refería—. Son solo rumores.

El músico cogió al animal entre sus brazos, Sora el paraguas. Se pusieron de pie.

—No es mi problema si quieres que no lo sea —Aclaró, comenzando a caminar—. Solo no me mientas. Siempre has sido muy mala haciéndolo.

Las mejillas de Sora se tiñieron de carmín. No le gustaba cuando sentía que hacía las cosas mal y la manera —aunque su tono de voz no parecía diferir mucho del habitual— en que Yamato le hablaba se inclinaba a favor de su mal comportamiento.

A ciencia cierta, Sora no podía culparlo. Yamato se preocupaba por sus amigos tanto como ella. Que fuera callado no significaba que no se diera cuenta de lo que sucedía a su alrededor como en algunos casos sucedía con Koushirou. Ambos, Sora y Yamato, eran detallistas, vigilantes de sus amigos que procuraban prestar atención a su entorno para, de ser el caso, socorrer a quienes les importaban. La diferencia era sus personalidades: Sora actuaba por medio de las palabras, mimos y consejos. Yamato era más de acciones mudas, de mantener la distancia hasta que tuviera que intervenir porque no había de otra.

—Los rumores dicen que estoy siendole infiel a Taichi —A veces Sora tergiversaba la verdad. Nada en ella deseaba preocupar a nadie por tonterías de una adolescente despechada—. ¿También lo crees?

—Hay más de un rumor entonces.

El primer rumor se desprendía de otro mucho más viejo. Se suponía que Taichi y Sora eran novios —de este derivaba el chisme que actualmente circulaba por los recovecos de la preparatoria— y que luego de que este partiera al extranjero, bajo la promesa de mantener la relación a distancia, Sora lo engañó con aquel otro jugador del equipo de fútbol de un colegio rival.

—Supongo que es lo que sucede cuando pasas demasiado tiempo con el cantante juvenil del momento y el capitán del equipo de fútbol —Sora dijo a modo de broma para restar importancia a sus problemas—. Las personas comienzan a hablar de ti.

—¿Por qué esa chica te busca pleitos?

El segundo rumor que giraba en torno a Takenouchi no era solo un rumor propiamente dicho. Había tenido problemas con una estudiante, una porrista enamorada de Taichi desde que, en el curso pasado, la salvó de ser el hazmerreír de toda Odaiba —quizás exageraba—. Durante una pirueta en el descanso del primer tiempo en un partido de basquet, la chica cayó al suelo aparatosamente. La primera impresión del público fue una exhalación de asombro colectiva. Al ver que esta físicamente estaba bien, las risas estallaron. Taichi había sido el único en ponerse de pie e ir a ver que todo estuviera bien de verdad. Aquella acción amable hizo que la porrista se enamorara de la peor manera de él. La muchacha no aceptaba la derrota. Se confesó, fue rechazada pero no se dio por vencida. En lugar de aceptar la realidad, creó resentimiento hacia Sora. Le echaba la culpa. No tomó cartas en el asunto directamente, sino hasta que Taichi se marchó. Buscó la manera de humillarla escribiendo sus nombres debajo de paraguas dibujados para avergonzarla, esparcía chismes que la enrollaban con chicos, muchos; la enfrentaba directamente poniéndole apodos, asechándola en grupo cuando Sora iba sola, dejándola encerrada en el baño de chicas, ocultando su corpiño u otra prenda cuando esta se iba a las duchas. Lo peor de toda la situación se veía cuando la porrista no hacía nada para ocultar sus desagradables proezas. Las contaba en el almuerzo y durante las salidas de clase. Como era de esperarse, el colegio entero cargaba las anécdotas de boca en boca, inventándose en el camino una más que otra.

—Está celosa porque Taichi la rechazó en su declaración de amor —Fue toda la defensa de Sora.

Yamato no dijo nada —salvo algunas veces con Taichi— no le gustaba forzar a las personas a decir en palabras lo que sus ojos evidenciaban.

Llegaron al consultorio veterinario. La médico los hizo esperar fuera. Debía suturar y desinfectar la herida.

Yamato y Sora se sentaron a esperar. La lluvia estalló entrando al hospital veterinario. Las gotas de lluvia se estampaban contra la superficie tan fuerte que alcanzaban a escucharse dentro del edificio. El silencio en la sala era acallado solamente por los ladridos de un perro y el cantar de un loro.

Yamato miraba a Sora, pensativo.

—Sabes que si quieres hablar, sobre cualquier cosa estoy dispuesto a escuchar.

—No es nada. Puedo arreglármelas con Megumi. No representa peligro para mi.

—No solo hablo de ella.

—¿Qué si no?

—Taichi.

—¿Taichi? ¿Qué pasa con él?

Mucho pasaba con él. Escuchar su nombre la entristecía. Un mes pasó desde la ultima llamada y luego nada. Se preocupó al no recibir e-mails ni ninguna noticia. No durmió en noches enteras. Se encontraba con Hikari y aguardaba por una señal, cualquier atisbo que delatara cuan preocupada estaba su hermana menor. Descubrió pasado tres semanas que Taichi seguía comunicándose con sus padres y ella, incluso había mantenido conexión con Mimi y Koushirou. ¿Qué lo había llevado a ignorar sus mensajes, a no llamarla cada noche al teléfono? Lo desconocía y dolía como si se tratara de una traición.

—Yamato, no estoy triste. Te lo aseguro. Siempre supe que sus seis meses fuera se extenderían. Me hace ilusión que le esté yendo bien.

—¿No te molesta que lo hayan convertido en el mejor jugador de la temporada y que esto pudiera estirar su estadía en Alemania y no te haya dicho nada?

Sora se estremeció. No conocía aquella noticia. Relajó los hombros tenso al cabo de un segundo, sonrió con la sonrisa melancólica.

—No, no me molesta.

—Eres una tonta si no lo haces. ¿No se supone que eres su mejor amiga?

—Quizás siempre lo fuimos porque nunca estuvimos separados tanto tiempo. Quizás el estar lejos le hizo ver que en realidad no tenemos tanto en común.

—Eres una tonta.

—Yamato...

—No puedes creer eso que dices. Taichi no es Taichi si no estas tú a su lado. A Taichi le importas...

—¿Entonces quien es el que está en Alemania y no contesta mis mensajes de texto?

—Por eso lo digo, no es él sin ti para que pueda serlo.

Sora no dijo nada, cogió una revista sobre la mesita a un lado de ella, se cruzó de piernas y fingió que leía. Una parte de ella le decía que estaba siendo maleducada pero no le quedaba de otra, Yamato hurgaba en una herida que de por sí tardaba en curarse.

Al cabo de un buen rato, la doctora salió dando las buenas noticias. El perro, al que Sora llamó Ichi porque requería de un nombre para abrir su historial médico, estaba fuera de gravedad. Un par de antibióticos, analgésico y mucho cuidado era todo lo que necesitaba para una pronta recuperación.

—Gracias por hacer esto —dijo Sora al salir de la clínica—. Siento haberte hecho saltar horas de clases.

—No hice nada que no quise hacer, descuida —Después agregó tras una breve pausa—. Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, ¿cierto? No estás sola, incluso si...

—¡Gracias! —Sonrió con los ojos cerrados y la urgencia en su tono de voz para evitar que continuara diciendo lo que diría.

Podía ser su culpa si lo pensaba detenidamente, Yamato no estaría tan preocupado si ella se sinceraba. A Sora la detenía de confesar sus sentimientos el miedo. Nunca antes temió tanto el tener que enfrentarse a la realidad, de tan solo pensar que Taichi ya no quería saber nada de ella la mataba figurativamente por dentro. Se sentía una extraña que iba a un colegio extraño al que personas amables le hablaban y no lograba conectar con ellos por la simple razón de saber que su mejor amigo se había marchado lejos y ni siquiera se atrevía a contestar sus mensajes. Le faltaba una parte de ella, se sentía como tener que aprender a utilizar la mano izquierda —siendo diestra— porque la derecha le había dejado de funcionar.

Se odiaba tanto por regresar los pasos que hubo avanzado desde que estuvieron en el Digimundo. La Sora que huía por miedo a no ser querida eclipsaba a la Sora que superó sus miedos y salió adelante gracias al amor que sus amigos le brindaron. No se lo merecía, luchó tanto por cambiar la oscuridad que en su corazón creció como para volver a sentirla. ¿Y si Yamato tenía razón? ¿Si Taichi era Taichi porque ella estaba a su lado y ahora que estaba lejos hubo cambiado? ¿Y si ella avanzaba solo porque sabía que él la cogía del brazo dispuesto a no dejarla caer? ¿Si ella era Sora porque Taichi la acompañaba siempre? No quería pensarlo, llegar a esa conclusión; sin embargo, la pregunta debía hacerse porque lo demandaba: Si ya no estaba Taichi a su lado, ¿quien era Sora Takenouchi?

—Vayamos a casa, Yamato.

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Frente a la nevera Sora se quedó observando el calendario; la fecha no le decía nada, simplemente sus pensamientos la invadieron y retuvieron en el lugar mientras iba por un vaso de agua. Su novio le hubo enviado un mensaje de texto al que ella no quería responder, aunado a ello, no dejaba de pensar en Ichi; se preocupaba que pudiera causarle problemas a Yamato y, por sobre todo, que no estuviese respondiendo bien al tratamiento. Negó con la cabeza y se dispuso a abrir la nevera.

El teléfono de casa timbró, Sora se detuvo en seco con la sensación de que podía ser para ella.

—Sí, diga... —La madre hubo contestado.

La hija sostuvo el aliento inconsciente de que lo hacía. Agudizó el oído para poder escuchar más atenta.

—No hay problema. Sí. Descuide, le avisaré tan pronto logre acabar con el pedido. No es molestia, descuide. Hasta luego.

Pensó, por un momento, que era él quien llamaba y aquello la alteró de tal manera que acabó sin aire en los pulmones y con el corazón latiendo tan de aprisa y errático que, en lugar de distribuir la sangre en todo su cuerpo, la aglomeraba en sus orejas y cuello; las cuales hervían a causa de la misma.

¿Por qué su mejor amigo la ignoraba? Tras no recibir respuesta a sus tres últimos e-mails, comprendió que algo sucedía. No logró disimular su rostro de confusión en cuanto se enteró de que a la única que no devolvía los mensajes era a ella. Incluso llegó a sentirse mal por haber preferido una mala noticia a saber que sí, que estaba siendo ignorada, pero ¿por qué? ¿Había dicho palabras desagradables? ¿Pudo haberlo ofendido de alguna manera? Se lo preguntaba a diario cuando lo buscaba un puesto detrás suyo o cuando se descubría mirando con anhelo el teléfono que jamás sonaba.

Tan sumergida estuvo dentro de sí, que no alcanzó a escuchar el teléfono sonar otra vez o a su madre llamar.

—Hija —Llegaba Toshiko al umbral de la cocina—. Te he estado llamando, ¿no me escuchabas?

—Lo siento, mamá —explotó de la burbuja en donde se hubo encontrado atrapada—. Estaba... pensando.

—Deberias hacerlo luego de contestar el teléfono. Un amigo tuyo está esperando que lo cojas. Ah, no te olvides de lavar los trastes, te corresponde hacerlo hoy.

Corrió, al menos deseó hacerlo; apuró el paso y tragó pesado antes de hablar. Volvía a esperar que fuera él y las ansias la carcomían por dentro.

—Sora —Reconoció la voz de Yamato y la desilusión se adueñó de su cuerpo—. Disculpa que te llame de pronto, pero ¿crees que es normal que Ichi siga llorando a pesar de que ya le di su medicina, la comida y tiene donde dormir? ¿Deberia de llevarlo al veterinario?

—Depende, ¿lo hace cuando te alejas de él? Puede que solo se sienta solo.

Hmmm.

Sora río.

—Tiene sentido, ¿no?Lo hace cuando te alejas, ¿no es cierto? Es un cachorro un poco cobarde. Quizás solo tenga miedo a la soledad. ¿Pediría mucho si te preguntara si puedes tenerlo en tu habitación?

—Sí —Afirmó despreocupado—. Pides mucho. No importa, si logré acostumbrarme a tener al cabezahueca de Taichi metido todo el tiempo en el apartamento, podría comprometerme un poco más con su doble de cuatro patas.

—¿Ya te dije que eres genial? Gracias por...

—No. Ni me adules ni vuelvas a agradecerlo. Si pudieras hubieses hecho lo mismo por él. Nos vemos mañana en el colegio. Hasta luego.

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La campana que daba final a la jornada de clases se hizo escuchar. Takenouchi guardaba en su maletín los libros y cuadernos de la última clase cuando lo miró salir a toda prisa. Tuvo que caminar al trote para lograr alcanzar las largas y apuradas zancadas de Ishida.

—¿Sucede algo? —preguntó frente al casillero con la mano en él, inclinaba el cuerpo para poder alcanzar el talón y así quitar uno de sus zapatos.

—No sucede nada. ¿Por qué habría que suceder algo?

—Te vi salir a toda prisa y creí que Ichi podía estar...

Yamato la miró insondable, negó al siguiente segundo.

—Él está bien. Durante estas dos semanas ha ganado peso y fuerza.

—Entonces... —Dudó en reformular la siguiente inquietud.

—Nada pasa —Yamato la cortó, adelantándose a su preocupación—. Nada más no me gusta dejarlo solo.

Sora sonrió enternecida y Yamato supo que había dado información de más. Ocultó un sonrojo al desviar la mirada hacia otro lugar. Una vez Sora se calzó el nuevo par de zapatos, caminaron juntos hasta la salida.

—¿Estarás ocupado?

—No. ¿Quieres ir a verlo?

Ella asintió con alegría.

—Siempre intuí que eras más de tener mascotas. Aunque te comparaba siempre con un lobo. Debe ser por tu banda antigua o por Garururmon.

Yamato la miró de reojo, Sora era muy pequeña en comparación a su propia altura.

—A mí me parecía que eras más de perros que de gatos.

—¿Lo dices en serio? Taichi aseguraba lo mismo. Recuerdo una vez en que Mimi nos forzó a hacer el test: "¿Qué tan mejores amigos son?", había una pregunta que buscaba saber cuál era la inclinación del otro en cuanto a sus gustos por los animales. Taichi dijo que yo prefería a los perros pero que, si pudiera, adoptaría un gato. Yo dije lo mismo de él, pero invirtiendo los animales.

Cuando hubieron respondido, Mimi pareció confundida. Enarcó una ceja y preguntó el por qué.

Sora recordaban cada palabra de Taichi.

—Porque Sora es muy responsable. Los perros requieren de mucho cariño y tiempo y sabe que no podría dárselo tanto como quisiera. En cambio, los gatos, son más independientes, como ella, por lo que no se preocuparía tanto. En el fondo sabe que se engaña porque sería una gran dueña canina; es muy amorosa y disciplinada.

Mimi redirigió la duda a Sora que, con una amable sonrisa, contestó:

—Lo mismo que con Taichi, él es más de perros, tienen por mucho la misma personalidad que la mayoría de ellos, pero en el fondo reconoce que prefiere un animal más independiente y, aunque Miko le ha arañado un par de veces, preferiría un gato. Es de los que busca dar cariño y no recibirlo tanto, ¿cómo explicarlo? Ehhh...

—Me gustan ariscas y mandonas —reconoció, encogiéndose de hombros.

—Hablas de los gatos, ¿no? —Volvía a cuestionar Mimi.

—Y de Sora —añadió sin vergüenzas—. Al final, si lo miras desde mi punto de vista, no cualquiera puede ganarse el amor de un gato.

Mimi agregó, burlándose:

—Y el de Sora.

—Ya me entiendes, Princesa.

Sora lo miró con el cejó fruncido y en desaprobación, Taichi se limitó a sonreír y Mimi le dio con el bolígrafo en la mano, odiaba que le llamaran por ese apodo, aunque podía notar que pese a su agresión leve, Taichi prestaba más atención a la mirada de advertencia de Sora.

—¿Les han dicho antes que son un par de amigos un poco extraños? Deberían de salir juntos.

Tanto la chica como el chico dieron un respingo y se apuraron en decir que solo eran amigos.

—Nada más —puntualizó Sora.

La Sora del presente se preguntaba si tenía razón Taichi, si acaso era posible que la hubiese leído tanto porque daba la casualidad que, pese a que su madre tuviera una gata a la que ella adoraba en la floristería, un lado de Sora reconocía que le gustaba más estar cerca del fiel, necesitado y alegre Ichi.

Otra Sora, una escondida muy, muy dentro en ella, dijo tan alto dentro suyo que resonó en cada esquina de su pecho: Igual que Yamato y Taichi, ¿no? Odiaba tener que sentirse alterada por sus propios pensamiento, odiaba pensar que había elegido a Yamato en el pasado solo por creer que no podría con un Taichi hiperactivo y con muchas más necesidades que las del primero, pero ¿desde cuándo comparaba a los gatos y perros con Yamato y Taichi? Los había dejado a ambos en el pasado, si hablábamos de enamoramientos y amores acabados... Tan solo fue un fugaz pensamiento que suplantó con las distracciones típicas del medio ambiente urbano en Japón.

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Ichi se encontraba con la panza al aire y las patas arribas. Sora lo acariciaba sentada en el suelo, Yamato también lo estaba, pero sobre un cojín y con el bajo reposando en su regazo.

—¿Cómo va todo? —Yamato preguntó a Sora.

—Igual que la última vez.

—¿Quieres que hable con él?

La aludida frunció el ceño exteriorizando su confusión.

—Creí que te referidas a Megumi.

—No —dijo—. Hablo de Taichi, si quieres puedo preguntar.

—No hace falta —Luego se sintió el resentimiento en su voz—, seguro su novia roba toda su atención.

Yamato enarcó una ceja, perspicaz.

—Suenas celosa.

La aludida detuvo la caricia en Ichi y tembló durante un segundo, el suficiente como para que Yama sintiera el cambio de aire en el ambiente.

—¡No lo estoy! —Enfatizó, esperaba que Yamato no se hiciera ideas absurdas de ella con respecto a Taichi.

—Bien. No lo estas.

Le molestaba cuando usaba aquél tono de voz tan condescendiente en los demás, sobre todo en ella.

—No suenas muy convencido —respondí sarcástica.

Yamato sonrió.

—No lo estoy, seguro es por eso.

—Eres un amigo cruel. ¿Te lo han dicho?

El otro se puso de pie, cogiendo los vasos vacíos donde hacía un par horas atrás había jugo de limón.

—Mimi. —recordaba—. Y siempre termina agregando que soy un tunder, ya ni sé a qué rayos se refiere.

Caminó a la cocina, Sora se entretenía con Ichi el Ciel mordía juguetón los dedos de Takenouchi.

—Ultimamente pasan mucho tiempo juntos —dijo Sora casual, pese a que el pensamiento de una Mimi y Yamato pasando mucho tiempo juntos había nacido mucho antes de la partida de Taichi.

Ichi corrió, cogió un juguete en el suelo, lo zarandeó en el aire y ladró seguido de su acción. Sora se rio de él entenecida, el animal, como si supiera, regresó y se echó sobre las piernas de Sora muy campante.

—No entiendo qué intentas decir —respondió Yamato—, también paso mucho tiempo contigo.

—¡No! ¡Yo me refería...!

—... A lo extraño que es que un hombre y una mujer pasen tiempo juntos. Hmmm, ¿en dónde he visto que se repite este patrón?

—No seas sarcástico, no quise decir...

—Tú más que nadie deberías de saber que nada es lo que parece. Reconozco, pese a ello, que cuando el río suena.

—¿Estás saliendo con Mimi?

Salvado por la campana. El teléfono lo sacó del compromiso de responder.

—Seguro es Takeru que se le hizo tarde para venir —Comentó Ishida, se secaba las manos del delantal cuando Sora se ofreció a atender el llamado por él.

—Si, diga...

¿Sora, eres tú?

El corazón bombeó tanta sangre a la cabeza que Sora sintió vértigo.

—¡¿Taichi?!

Eres tú... —Su voz quebrada y confundida. Sora no lo vio, pero Taichi se sintió traicionado— ¿Sora, qué haces en casa de Yamato?

—Yo... yo... lo siento.

¿Lo sientes? ¿Sora? Escucha, no vayas a...

Pese a sus ruegos, Sora dejó caer el teléfono sobre el mueble. Fue como si cogiera un bicho inofensivo que de pronto le hubo quemado las manos. Escuchar su voz fue indescriptible. Nunca antes estuvo tan nerviosa como para quedarse sin nada que decir al punto de acabar disculpándose.

Yamato la miraba debajo del umbral de la sala, Ichi corría, jugando con el juguete que mordía, lanzaba al aire y luego atrapaba para volver a morder.

Paralizada, miraba el teléfono con culpa. Ni siquiera se atrevió a ver a Yamato a la cara.

—Debo irme —Susurró y echó sus pasos hacia la salida.

El cachorro la siguió, Yamato quedó con la palabra en la punta de la lengua. Se escuchó la puerta cerrarse y al perro chillar, rascando la madera con el propósito de volver a ver a Sora.

Yamato cogió el teléfono.

—¿Sigues allí?

Yamato, ¿por qué Sora no quiso hablar conmigo? ¿Por qué contestó el teléfono de tu casa? Acaso ustedes están...

—No. —Interrumpió—. Tampoco tienes derecho a preguntarlo. ¿Te das cuenta de cuanto le ha dolido escucharte hablar?

Taichi tardó en dar una respuesta.

¿Por qué debería? —Su voz apagada descubría la transparencia tras su respuesta—. No debería...

No lo decía por decir, rara vez aminoraba las emociones de otros para quedar bien delante de terceros.

Había gato encerrado en todo aquél meollo.

—¿Qué esta sucediendo? —preguntaba una vez más Yamato, quería dar con el problema