Disclaimer: Todos los personajes de Crepúsculo y su saga le pertenecen a Stephenie Meyer. Las situaciones y creaciones que no reconozcan son míos.


Presencia / Greendoe

Capítulo tres

LLAMAS

Edward tomó la carretera que llevaba hacia La Push. Se aferró al volante con los nudillos blancos por la fuerza que empleaba, y aceleró hasta que los árboles que lo rodeaban se hicieron simples motas de intenso verde. La música, un suave adagio de ya no recordaba quien, contrastaba con la violencia de su velocidad y la manera en que sujetaba el coche bajo sus manos. Con los dedos fuertes y temblorosos, los únicos opositores férreos a ese cúmulo de sensaciones que cada vez tenían más posibilidades de salir, fijó los feroces ojos verdes en la carretera que desaparecía bajo su coche.

Aparcó a un lado de la carretera pasados varios kilómetros, cuando encontró un familiar sendero que solían usar los excursionistas extranjeros que llegaban a Forks. Echando un vistazo a través de la ventanilla, se percató de que unos grisáceos nubarrones comenzaban a enredarse en el cielo, pero decidió dejar su cazadora en el coche para ir más ligero. Miró su celular y vio que tenía un mensaje de Jasper.

¿Dónde has estado? Juntémonos en mi casa a las cinco. Voy a asesinar a la chica nueva.

Edward tecleó rápido una respuesta y dejó el celular en la guantera del coche, sin deseos de irse al bosque con él.

Estoy fuera.

Luego, salió con pasos perdidos del Volvo y se adentró, no en el sendero que seguían todos, sino a través de la espesa hierba que colindaba con el lugar. La mullida alfombra de helechos aun permanecía aplastada desde la última vez que había ido allí, y sabía que era con seguridad el único que lo conocía. Caminó a pasos rápidos a través del denso follaje, sin tropezar gracias a que era ágil y escurridizo, y notó como las ansias por llegar iban acrecentándose en su pecho a medida que avanzaba por aquel mundo verde sumergido bajo los árboles. Sintió, a la vez, como todo quedaba atrás, todo lo triste y malo que tenía Forks. Todo lo angustiante, también, como una lluvia incapaz de penetrar en el denso follaje de los árboles, que lo protegían de todo el exterior.

Huye.

Echó a correr. Rápido, acelerado, a quince minutos de su real destino. Ansioso, se alegró de no haber cogido la cazadora, pues comenzaba a entrar en calor y solo habría sido un estorbo para sus propósitos. Las suaves notas de una melodía que rondaba en su cabeza hacía siglos invadieron su mente y entonces, como siempre, se sobrecogió por el espectáculo al ingresar a un claro del bosque que contrastaba con el aire alienígeno que solía presentar Forks.

Vivir en un pueblo tan pequeño como ese era ideal para que un niño quisiera perderse en el bosque y vivir la aventura de su vida. El mismo Edward recordaba haberla vivido junto a su hermano Emmet cuando ambos tenían menos de ocho años, pero afortunadamente, después de aquella desagradable noche que pasaran perdidos en el bosque, sus padres no se habían vuelto del todo aprehensivos. A su regreso a Forks, después del conservatorio, las excursiones en solitario por esos lados se habían multiplicado. Así era como había conocido aquel prado, su prado, y jamás había dejado de asombrarse de la facilidad con que la naturaleza invadía los sentidos y embotaba los sentimientos.

Ante una panorámica como esa nada podía atormentarlo, o, al contrario, todo podía asediarle. Se daban los dos extremos, dependiendo del día, pero nunca un estado intermedio. Olvido o tormento.

Se desplomó sobre la mullida hierba con los brazos detrás de la nuca, en la viva representación del relajo. Observó los jirones de nube en el firmamento, contemplando fascinado como de pronto una fugaz luz deslumbrante bañaba el prado de un ambiente místico. Segundos después, el trueno estrello la magnitud de su sonido sobre el bosque, y algún animal se removió, inquieto, entre los arbustos.

Lo correcto habría sido irse, pero tenía escasas ganas de acatar su consciencia más madura. Sabía bien que a su madre no le haría gracia que anduviera sin una cazadora, en medio del bosque, mientras se largaba a llover en una tormenta que se presentaba promisoria, amenazante. Lo más sensato, lo más contrario a Edward en una situación como esa, era protegerse en su cálida casa, disfrutando del delicioso silencio que debía embargarla en ese momento, quizás tomando un café o simplemente durmiendo.

No obstante, aquel pensamiento pasó fugazmente por su cabeza. Lo abandonó al instante al cerrar los ojos, suspirando aliviado al comprobar que sería uno de esos días en que nada parecía atormentarlo. La imagen de Bella Swan, antes nítida, se fue deslavando de sus ojos gracias a la lluvia que comenzó a empapar su cuerpo y cara…

¿Qué importaban las personas ante un espectáculo tan fascinante como el silencio?

Llegó a su casa pasadas las siete de la noche, cuando el sol se había puesto, trayendo nuevamente la noche implacable. Nunca supo cómo, pero milagrosamente no había estrellado su coche contra algún árbol en el asfaltado camino de la carretera. Durante el trayecto, lejos de pensar o recelar, había añorado con fervor el cálido cobertor y el suave colchón que estarían esperándole en su habitación. Le dolían los ojos, tenía dolor de espalda, estaba embarrado de pies a cabeza, y la cabeza le iba a estallar. Tenía, además, un ardor en la garganta, la señal previa antes de un resfriado tan esperable como esa tormenta en Forks, en vista de lo descuidado que se había mostrado. Se sentía verdaderamente mal, y no ayudaba que en el salón de su casa su hermano hubiera encendido la televisión para ver un partido de béisbol a un volumen inadecuado para el oído humano.

Mala idea la del prado, pero efectiva.

Pasó hecho un bólido hacia las escaleras, ignorando a todas las posibles personas que pudieran estar acompañando a Emmett en ese momento. Seguía tiritando notablemente gracias a sus ropas mojadas, pero el calefactor, aquel que sus padres habían instalado varios años atrás con la intención de palear el clima de Forks, amortiguó la sensación que tenía antes de entrar al hogar. Mientras afuera el viento azotaba la fría agua nieve en la cara, y Edward se veía obligado a andar con una cazadora y un grueso impermeable, en el interior de su habitación comenzó a desprenderse de toda su ropa sin sentir más que los leves tiritones, cada vez más en descenso.

Agradeciendo la privacidad de un baño para él solo, se metió a la ducha para calentarse y sacar el barro y las hojas que habían quedado como secuela de su estúpida incursión al bosque. Se tomó su tiempo, lavándose el pelo y tratando de relajar su cuerpo lentamente, pero las tercianas habían comenzado a expandirse como un tumor maligno que amenazaba con metástasis, una cadena imposible de parar. Después de media hora, derrotado y con el cuerpo igual de tenso que antes, salió del baño y se enfundó en pantalones de pijama, con el torso de desnudo, mientras se secaba el cabello con la toalla y se desplomaba sobre el edredón de su cama, mullida y acogedora.

Comenzaba a quedarse dormido gracias al cansancio, el dolor de cabeza y la suave música que salía de su moderno reproductor, cuando alguien llamó a la puerta de una manera muy característica. Edward antes lo asociaba con una cosa de la edad, pero con el paso de los años había tenido que hacerse a la idea de que, ni de niño ni de adulto, Emmett Cullen había aprendido a tocar una puerta con el menor sentido del tacto, o del respeto.

Edward gruñó con fuerza, indicando que se podía pasar.

— Hey… – murmuró Emmet, medio indeciso – ¿Qué tal?

Edward volvió a gruñir.

— Ya veo – continuó su hermano. Hizo una pausa corta y luego volvió a hablar – Llamó papá. Dijo que el doctor Snow se ha roto una costilla y que tendrá que reemplazarle hasta mañana por la mañana hasta que llegue un sustituto.

— Ajá – gruñó Edward, intentando descubrir la verdad en las palabras de su hermano.

— Y mamá ha quedado con unas amigas en Port Angeles. También llegará tarde – dijo Emmet.

— Ajá – Edward perdía la paciencia – ¿Qué más se te ofrece, Emmet?

— Pues…

— Emmet…

— Préstame el Volvo.

Lo dijo con tanta confianza en que lo conseguiría que Edward, volviendo del sopor en el que estaba inmerso, se sintió pasado a llevar por la seguridad de Emmett. ¿Es que, aparte de perder la confianza y la felicidad, Bella Swan estaba sacando su lado más humano y convirtiéndole en alguien incapaz de atemorizar, como lo hacía antes?

Se volvió a mirar a Emmett con los ojos entornados.

— No.

Era un no bastante rotundo, a pesar de su estado. Edward sintió como su hermano se estiraba en la cama, moviendo un poco su lánguido cuerpo, e intentaba juntar las ideas y argumentos necesarios como para lograr hacerse con el coche. Casi podía escuchar sus pensamientos, tan claros como el agua cuando se trataba de Emmett, y de alguna manera intuía que su hermano acabaría por embaucarlo esa noche, considerando que, indefenso entre medio de las sábanas, con un calor antinatural, no tenía ni una pizca de ganas de discutir o iniciar un tira y afloja con Emmett.

Era carne para el enemigo, en todos y cada uno de los sentidos de su vida.

— ¿Qué hiciste con el jeep esta vez?

— Rose me lo pidió para experimentar, no pude negarme. Y queríamos ir al cine con los chicos – murmuró Emmett con voz que intentaba ser persuasiva.

— Tomen un bus, algo, lo que sea – puntualizó Edward – Pero deja mi coche en paz.

— Lo haría, pero vamos varios. Es peligroso regresar de noche en bus desde Port Angeles – murmuró Emmett, con tono de comercial de prevención de accidentes automovilísticos.

— ¿Quiénes van? – preguntó Edward, sintiendo como los párpados se le caían.

— Pues yo, Rose, Jazz…

Así que por eso Jasper le había mandado ese mensaje tan poco natural en él, pensó Edward. Había intentado escapar de esa salida que su hermano estaba armando, y aunque presentía que debía sentirse mal por no haberle ayudado, Edward pensó que lo mejor para su amigo era que pasara más tiempo con personas con disposición a ser felices.

— ¿Y quién le había puesto Jazz?

— ¿Jazz? – expresó en voz alta, en medio de la somnolencia.

— Alice – respondió Emmett – De milagro no se han sacado los ojos con Jasper. Le ha puesto ese mote para molestarlo. Ella también va, y Bella.

— Ah… – No era necesario ni pensarlo.

— ¿Entonces?

— Maneja Jasper – sentenció Edward, y agregó rápidamente, al sentir que Emmett iba a protestar – Ni loco te dejo mi auto, Jasper o nada.

— Vale – gruñó su hermano – ¿No quieres ir?

— Ve a jugar al arenal, Emmett.

El peso de su hermano abandonó la cama, pero Edward siguió con la sensación de que alguien lo observaba por un rato más. Sabía, con seguridad sabía, que Emmett era el que más disgustado se había mostrado cuando Edward había ingresado al conservatorio, y también el que más había sufrido cuando su hermano había regresado de él. Cambiado, callado y, sin dudas, insoportablemente maduro. No muy Edward, o no como el Edward que solía ser en su infancia.

Al principio, claro, en los primeros meses de su llegada, era el mismo en esencia. Algo más cultivado, inteligente, astuto y meticulosamente músico, pero básicamente una personita similar a la que se había ido. El tiempo, sin embargo, y la escasa conexión de Edward con los de su misma edad en Forks, habían logrado que su hermano se fuera volviendo una criatura más taciturna y reservada, aunque a veces Emmett lo escuchara hablar con su amiga Tanya y creyera estar escuchando al mismo chico lleno de vida de antes. El mismo antipático divertido que solía molestarlo ya desde el primer año de vida, y, sin duda, el cerebro del dúo que habían conformado de niños.

— ¿Qué es lo que te está pasando, Edward? – susurró Emmett – Tú no eras así.

Se estaba enfermando de deseo por culpa de una chica que difícilmente sabía de su existencia, la única persona que lo entendía estaba cuidando osos en Denali, y todos lo observaban como si estuviera incubando alguna clase de enfermedad. Sobre todo, lo que le estaba pasando a Edward era Bella, Bella y solo Bella. El prado no había ayudado, Edward se engañaba al creer que actuaría como una especie de somnífero, pues los sentimientos, violentos y ultrajantes por la potencia con que le asaltaban, habían regresado con más fuerza de la que habían tenido antes de ir al bosque.

¿Cómo habría sido su vida en Forks después del conservatorio de no haberse topado Bella Swan con su música, una tarde varios años atrás? ¿Se sentiría Edward tan vacío como lo hacia ahora, o era la existencia de esa chica, el conocimiento de la existencia de esa chica, lo que le había hecho plantearse la teoría de no ser más una criatura completa, así, solo por sí mismo?

Edward conocía la respuesta. Se veía a sí mismo soportando los años en Forks con total relajamiento. Aburrido, sí, pero no deprimido ni taciturno, totalmente sumergido en su música y en el mundo con el que tan a gusto se sentía. Completo por su propia mano, sin la necesidad de más aderezo que el de su familia y sus escasos amigos, sin desear la compañía y el afecto de alguien como nunca antes lo había deseado. Sin sentirse como un irrevocable pecador que deseaba un bien ajeno, algo que no le pertenecía ni en sus más repugnantes e inalcanzables sueños.

Porque Bella no podía ser para él.

— Solo estoy cansado – murmuró – Ve y diviértete con tu novia y tus amigos, hermano.

Que para eso, pensó Edward, Emmett ya había dado con su seudo chica de los sueños, aunque él no pudiera comprender en qué clases de sueños alguien como Rosalie Hale podía ser una muchacha ideal.

— Descansa – fue lo último que le dijo.

Emmett se escabulló fuera de la habitación con sorpresivo silencio. A lo lejos, casi en una experiencia onírica, creyó escuchar las voces conocidas de algunas personas hablando animadamente en la planta de abajo. Minutos después de su hermano, sintió pasos seguros de alguien, potencialmente Jasper, acercándose a su puerta, pero su amigo desistió apenas tocó el pomo de la puerta. Debía creer que dormía, y en parte así era.

No supo con seguridad cuándo se vio sumergido en un sueño intranquilo y perturbador. Veía sombras y todo quemaba, se desdibujaba a su alrededor, en un infierno en todo el sentido literal y metafórico de la palabra. Soñó con una realidad difusa, en la que sus padres y hermanos se aburrían de él y le dejaban solo, y donde Tanya y Jasper se alejaban al sentir que Edward solo lograba deprimirles y estancarlos más. Por estar tan vacío que ya nada le importaba en realidad, sintiendo que ahora todo dependía de una sola criatura por la que gimió desesperado en sus sueños, sabiendo que ella debía estar al otro lado de esa luz clara, lejos de las llamas del infierno donde él se quemaba.

Edward no quería estar solo para siempre. No le habría importado antes, pero la había conocido, y de pronto, una serie de anhelos y sentimientos que él mismo consideraba no hechos para sí, lo habían golpeado sin la capacidad de dar vuelta atrás y regresar a donde estaba. Como el cambio que se le hace a una piedra fría, irreparable, eterno.

Bella se disculpó cuando él le alcanzó, diciendo que simplemente ellos no estaban hechos el uno para el otro, que no estaban destinados a ser…Y entonces el sonido del timbre de su casa, inquietante y desesperado, lo despertó en medio de la noche.

Edward se incorporó, tambaleándose, viendo todo con una luminosidad inusitada. Todo brillaba de pronto, y ardía. ¿Estaba así de mala la calefacción que súbitamente él sentía como el fuego bullía a través de cada parte de su cuerpo? Se sentía demasiado cálido, tenía los pantalones pegados al cuerpo y la espalda y el pecho perlados de suave sudor frío.

Salió de la habitación dando tumbos en medio de la oscuridad de la casa. Por fuerza de los años, del conocimiento sin necesidad de ver, se aferró a tiempo a la barandilla de las escaleras para comenzar a bajar con lentitud. Esperaba que fuera su madre la que estaba llegando, aunque era poco probable, pues la necesitaba a ella o alguien aun más cálido. Ansiaba con urgencia que alguien le dijera que todo se iba a arreglar, que pronto las cosas estarían bien y que no habría de qué preocuparse. Despertaría y sería solo una pesadilla, un amor creado por su imaginación. Él pensaría únicamente en su futuro, en su música, y con seguridad nunca se enamoraría.

Podía vivir con eso. Quería.

Necesitaba un abrazo maternal, pensó en la semi inconsciencia, avanzando hacia la puerta como un inválido. Que le acunaran como solo una madre podía hacer, como lo hacía Esme con él cuando era pequeño.

Aunque ahí, en el umbral de su puerta, no fue su madre la que lo esperaba ansiosa, sino una muchacha empapada de la lluvia que seguía cayendo con fuerza mientras él dormía. Por razones correspondientes al cuerpo o al corazón, Edward sintió como todos sus esfuerzos se veían de pronto reconfortados. Sin mediar palabra, se dejó caer, seguro de la confianza de esa persona.

— ¡No! – exclamó una voz sorprendida y alterada, consternada al ver que el cuerpo de Edward se le caía encima.

Era demasiado delgada como para aguantar la altura y el peso de Edward sobre ella. Ambos rodaron hasta el suelo, quedando la frente de él a la altura de los labios de ella, que rápidamente se dio cuenta de la fiebre que lo mantenía en llamas. Complicada, escabulléndose por debajo del cuerpo de Edward, se apresuró a ponerse de pie, pensando a toda máquina en qué debía hacer.

Mientras la mente de Edward comenzaba a divagar en fiebre.


Hola! Primero que nada debo agradecer a los numeros y agradables comentarios que me llegaron. Me alegro que ninguno haya sido anónimo, así que pude responderle a todos, creo. Solo me gustaría recordarles que Bella no es mala aquí, solo es... despistada, esa sería la palabra. Oh, y lamento si este capi ha estado un poco lento y tedioso, pero es absolutamente necesario! (GreenDoe se defiende con garras y pezuñas). Eso sería, nuevamente gracias por sentir tanta lástima por Edward. Creo que las estoy haciendo sufrir junto a él, jejejeje.

Un beso, GreenDoe.