Notas, capítulo 04
Aquella mañana era de esas en las que preferiría quedarse echado todo el día y no moverse por nada en el mundo. Afuera estaba nublado, un poco ventoso y amenazaba con una lluvia inminente que prometía caer con fuerza. Lovino siguió acurrucado en la cama, bajo las sábanas, pensando en lo que le deparaba el día. Tenía que ir al estudio a ver las nuevas modelos que debía contratar y que posarían con su ropa en la próxima pasarela, y por la tarde, casi noche, lo que menos le apetecía hacer en aquellos momentos: tenía una cena en su casa con su hermano y sus amigos por la inminente boda.
-Podría haberlo organizado en casa del macho patatas... -se quejó, girando en la cama para acomodarse sobre su lado derecho, sólo asomado a partir de la nariz para poder ver las ramas del árbol de enfrente balancearse de arriba a abajo y las primeras gotas golpear el cristal. No sabía si es que el tiempo se había aliado con él y reflejaba su estado anímico o que simplemente se había vuelto adverso para complicar aún más las cosas.
Escuchó ruidos a sus espaldas, algo golpeando con suavidad su mesita de noche y el rumor de la voz de Antonio. Se dio la vuelta y vio una taza de chocolate caliente, humeante, cosa que le levantó un poco su decaído ánimo mientras se incorporaba en la cama para coger la taza. La silueta de Antonio era visible como una neblina colorida cerca de él, quieto, como si esperara a que Lovino bebiera y le dijera algo, pero éste se mantuvo callado, dando el primer sorbo, notando al instante cómo su cuerpo se calentaba por dentro gracias a la dulce bebida.
Volvió a escuchar el distante rumor de su voz, sin llegar a identificar palabras concretas. No entendía por qué hacía unos días le había podido escuchar y casi ver con toda nitidez y ahora no era más que una borrosa nube de color que flotaba y un murmullo apenas reconocible. Alzó la mirada, sonrojándose un poco con el pensamiento de que tal vez, si le agradecía con palabras lo que estaba haciendo por él conseguiría verlo mejor. Al fin y al cabo Antonio le había dicho algo sobre creer en él y si le agradecía sería un paso adelante, ¿no? Pero no podía evitar sentir un poco de miedo, además de vergüenza, por no saber si la situación cambiaría para bien, para mal o si seguiría tal cual. Los cambios siempre le habían dado un poco de miedo a pesar de que eso entrara en conflicto con su orgullo.
No obstante... tampoco podría empeorar tanto la situación, ¿no? Y Antonio le había visto en sus peores estados, ¿qué importaba si por una vez se tragaba el ego y era honesto?
-Antonio... -la figura volvió a quedarse inmóvil, como escuchando atentamente lo que fuera a decir-. Q-quería decirte que... -la voz se le apagó y carraspeó. Todo era culpa del chocolate, era tan espeso que se le había quedado pegado en la garganta, maldición-. Que... gra-
Pegó un bote en la cama al sonar el teléfono. El maldito teléfono, en el momento más inorportuno, como siempre. Lovino comenzaba a odiar ese infernal aparato, porque para lo único que le servía era para recibir prisas con su trabajo. Dejó la taza en la mesa y se levantó, yendo hasta el salón para contestar la llamada y encontrarse que no había errado con su predicción.
-¡Vargas! ¿Dónde estás? ¡Ya son pasadas las once, la entrevista para elegir a las modelos era a las diez y media! -escuchó la voz airada con fuerte acento inglés de su ayudante al otro lado de la línea. Lovino suspiró, alzando la vista para ver el reloj del salón y comprobar que efectivamente ya eran las once y veinte.
-Pensaba que podrías encargarte tú sólo de elegirlas, ¿no? -gruñó, dejándose caer en el sofá.
-Fuiste tú el que dijo que quería encargarse personalmente de elegir a las chicas más guapas para el desfile. Y cito tus palabras: "Quiero las chicas más guapas de Italia, ninguna chica de otro país le podría hacer tanta justicia a la ropa italiana como ellas".
Lovino se pasó la mano por el cabello, apartándoselo de la cara. Sí, había dicho eso, pero joder, no podía decirle que no le apetecía ir porque tenía un poco de bajón anímico por la boda de su hermano, que estaba harto de tanto trabajo y que el único que aún seguía a su lado y le hacía compañía era un misterioso fantasma español que no conseguía ver ni oír bien.
-Vale, vale -suspiró, viendo la neblina que era Antonio moverse frente a él, acercándole la taza de chocolate que Lovino volvió a coger y tomó otro sorbo antes de proseguir-. En diez minutos salgo de casa y me tienes allá, diles que esperen un poco más...
-Espero que sea cierto -dijo la seria voz del otro hombre antes de colgar.
El italiano se dejó caer hacia atrás en el sofá, gruñendo y sin ganas de moverse de allí, observando de reojo la mancha que era Antonio, un poco más nítida sin razón ahora. Incluso podría haber jurado que podía distinguir su cabello y lo que parecían los ojos del brillante color verde que apenas había visto en un par de ocasiones. Parecía inquieto por la manera de moverse y al final se acercó a un trozo de papel, escribiendo con lo primero que encontró.
"¿Qué ibas a contarme antes?"
El calor de las mejillas volvió de nuevo, a la vez que un cosquilleo en la boca del estómago fruto de la vergüenza y la excitación de lo que había estado a punto de decirle. Pero no podía, cada vez que abría la boca para intentarlo las palabras se aferraban a las paredes de su garganta, negándose a salir. Al final negó con la cabeza, poniéndose en pie para ir a vestirse.
-Luego te lo diré... -dijo bajito, cerrando la puerta de su habitación tras él-. ¡Y no entres a espiarme mientras me cambio! Que ahora te veo -le advirtió, quitándose el pijama que había tenido que comenzar a usar por su culpa. Hasta ahora siempre había dormido desnudo, pero el saber que había alguien observándole terminó por hacerle cambiar de hábitos, aunque de poco sirviera si ya le había visto.
Se puso una ropa simple pero elegante, un poco holgada y de color negro por razones que él sabía. Salió y se encontró de nuevo la taza de chocolate flotando a la altura de su rostro, haciéndole gruñir de cansancio cogiéndola.
-Que sí, pesado, no me iré sin terminar el desayuno...
-Muy bien~ -alcanzó a distinguir que decía, incluso aquella línea que veía... ¿no era una sonrisa? Sólo de imaginárselo volvió a notar el cosquilleo en su estómago y tuvo que caminar rápidamente para que Antonio no alcanzara a ver su sonrojo.
Como era costumbre, la cocina se encontraba completamente recogida y limpia, y en la mesa había un plato con un desayuno poco habitual para Lovino: churros.
-¿Y esto...? -murmuró, tomando asiento y alzando una de las frituras, brillando tentadoramente de aceite y azúcar. ¿Cómo habría podido hacerlo sin que notara el olor a frito? De hecho, todo estaba tan reluciente que nunca hubiera imaginado que ahí se habían hecho churros.
Antonio le acercó una nota a Lovino mientras mojaba su churro en lo que aún le quedaba de chocolate.
"Sé que últimamente no lo has pasado muy bien, así que te he hecho algo rico para animarte. Además, parece que hoy hará bastante frío y no hay nada mejor contra eso que un chocolate caliente con churros para desayunar :D"
Lovino se sonrojó, con la boca llena de comida, saboreando lentamente tanto el desayuno como las buenas intenciones de Antonio. Fuera, la lluvia comenzó a arreciar con mucha fuerza, pero Lovino sólo era capaz de pensar en todos aquellos detalles de Antonio, aquellos gestos, su preocupación, la ganas de hacerle compañía...
-Grazie... -susurró por fin después de tragar. No iba a llorar, aunque poco le faltaba. Porque aquella maldita palabra no podía describir todo lo agradecido que le estaba en realidad. Pensó que no se lo merecía, pero de nuevo fue cobarde y se calló, por miedo a que si lo admitía en voz alta se lo tomara al pie de la letra y dejara de ser amable con él. O desapareciera.
-De nada~ -la voz fue tan clara en ésta ocasión que sobresaltó a Lovino, el cual alzó sus ojos ligeramente aguados para ver casi perfectamente a Antonio, sonriendo de nuevo. Esa sonrisa tan bonita de la que nuevamente se quedó hipnotizado, grabándola a fuego en su mente-. ¿Te encuentras mal? Tienes los ojos rojos...
Lovino volvió de su trance, negando rápidamente con la cabeza, bajándola y cerrando los párpados con fuerza, notando que una lágrima se caía a pesar de sus esfuerzos por contenerla. Se echó a reír, secándose el rostro con la manga del jersey.
-Estoy bien, idiota -sonó un poco tembloroso, le fue imposible evitarlo-. Pero esto no ayudará mucho a mi línea... Antonio... -el contraste de las lágrimas que acaban de refrescar su rostro con el nuevo sonrojo le hizo sentir extraño aunque bien, y si a eso se le añadía aquel delicioso desayuno, ya no tenía motivos para sentirse triste.
Antonio pareció doblemente contento, dando una vuelta sobre sí mismo demostrando su entusiasmo. Primero porque le había llamado por su nombre. Y segundo y más importante: porque le había oído y sus ojos seguían sus movimientos. Era una sensación increíble, con la que de alguna manera, volvía a sentirse vivo, no simplemente el hombre invisible que veía el mundo desde un frasco de cristal.
-Lo siento, Lovi~ -dijo, parando con su bailecito de alegría y deteniéndose frente a él, mirándole fíjamente a los ojos-. Pero dicen que una vez al año no hace daño, ¿no? -sonrió de oreja a oreja.
-Idiota -rió a carcajadas ésta vez, sonrojándose por la súbita proximidad del otro y sus bonitos ojos fijos en los suyos-. No es que haya comido nunca muy sano, pero sí, un poco más tampoco me hará daño... -el desayuno siguió con una sonrisa en los labios de ambos, charlando despreocupadamente, sin ningún tipo de tensión entre ellos ya, hasta que llegó el momento en que Lovino se tuvo que marchar.
Antonio le acompañó hasta la puerta, acercándole un paraguas aunque la lluvia hubiera amainado, pero uno nunca sabe si no le hará falta. Lovino lo sujetó fuerte entre sus dedos y en todo el trayecto en su coche hasta su lugar de trabajo no se dio cuenta de que aún tenía una pequeña sonrisa en sus labios.
Lovino Vargas tenía fama de que, a pesar de ser un faldillero, era bastante exigente con las modelos que iba a contratar. Sin embargo hoy se disculpó con las pobres quince chicas una por una y les invitó a tomar algo en una cafetería cercana, obsequiándolas por su paciencia con la contratación inmediata sin ninguna prueba de selección y dejando como único requisito que llevaran con orgullo su ropa.
Arthur Kirkland, su ayudante, secretario, manager, fotógrafo... o lo que era lo mismo: el que se encargaba de todo el trabajo restante, estudió con recelo el comportamiento de Lovino. Se habían terminado haciendo socios debido, entre otras cosas, a que tenían un carácter parecido a la hora de trabajar (aunque a veces tuviera que gritarle que se diera más prisa con los vestidos porque no iban a llegar a tiempo), pero sobre todo por la experiencia de trabajo con su ex-jefe: un francés que ambos conocían muy bien y del que se había tenido que encargar de lo mismo que con Lovino pero con el plus del acoso y manoseo constante. Al menos con el italiano estaba seguro que jamás pasaría aquello, bastaba con ver cómo coqueteaba con todas aquellas chicas a la vez.
El rubio de origen inglés carraspeó audiblemente para llamar la atención del moreno, que fijó su mirada en él con fastidio para ver que le señalaba el reloj. A lo tonto ya era la hora que había quedado con toda aquella gente en su casa, entre los cuales Arthur también se encontraba invitado, así que no tuvo otro remedio que despedirse de las damas con una sonrisa y un par de besos porque el otro hombre era muy capaz de explicar al resto de invitados el motivo real de su tardanza.
-Has estado de un humor muy extraño hoy -comentó Arthur, sujetando su maleta negra de trabajo con firmeza mientras marchaban hacia su coche. Lovino siempre se preguntó qué diablos llevaría allí si todos los diseños los guardaba él entre su casa y el maletero de su Fiat 500, pero tampoco sentía ganas de preguntarle, no era de su incumbencia.
-¿Por qué no dices que estuve de buen humor y ya está? -le espetó con una sonrisilla irónica en sus labios, sacando las llaves para abrir y subir ambos. Arthur estaba lo suficientemente concienciado en ecología como para negarse a ir en coche al trabajo, mientras que Lovino, por su parte, disfrutaba demasiado conduciendo su coche como para escatimar si la ocasión se le presentaba.
-¿Buen humor? No sabía que podías llegar a ese estado -le contestó con una nota de sarcasmo en su voz, colocándose el cinturón. El coche arrancó y avanzaron por la estrecha ciudad, saliendo rápidamente a la periferia, donde vivía Lovino.
-No es que tú puedas alardear de estar siempre de buen humor, signore Kirkland -el aludido bufó y se quedó callado el resto del viaje. Ese era otro de los motivos por los que se llevaban bien: ambos eran unos amargados a los que pocas cosas les hacían sonreír. Así que por una vez, Lovino sintió que le había ganado.
Cuando llegaron a su destino no les extrañó ver un par de coches conocidos aparcados delante de la casa, ni tampoco que al abrir la puerta se encontraran con que ya había gente dentro. Lovino se sacó la chaqueta y la colgó en el perchero del recibidor mientras hacía pasar a Arthur al salón, donde todos estaban ya reunidos: su tonto hermano, el macho patatas, el hermano del macho patatas o el gilipollo (Lovino lo pasó mal cuando entró una vez en su habitación por error y lo encontró lleno de polluelos de todos los tipos), y Francis Bonnefoy, o lo que era lo mismo: el pervertido exhibicionista al que le encantaba acosar todo ser viviente. Menos mal que por ahora aún se encontrara vestido.
-Feliciano -se acercó a su hermano pequeño con el ceño fruncido, con un aura intimidante para que nadie comenzara ya con su juego favorito de siempre- Te dije que no dejaras entrar a nadie si yo no estaba. Menos aún a estos tipejos -y le importaba bien poco que le oyeran, ya todos sabían la opinión que tenía de ellos.
-Ve~, lo siento fratello, es que el viento soplaba tan fuerte que creí que se los llevaría volando... -se excusó con voz lastimera, refugiándose en los brazos del que sería su futuro marido.
Lovino dejó escapar un suspiro, pateando las piernas de Gilbert, que estaban apoyadas encima de la mesita del salón con las mugrientas y desgastadas zapatillas aún puestas.
-El que podría salir volando eres tú, los otros ni aunque quisieran -empujó un poco a su hermano para hacerse sitio a su lado, negándose a sentarse en cualquier otro lugar. Sonrió con malicia cuando vio que a Arthur no le quedaba otro remedio que sentarse al lado de Francis, lo rígido que se encontraba, como si tuviera un palo clavado en su trasero, y la cara de felicidad del francés que comenzó con sus caricias sin molestarse en disimular.
-Mira quién fue a hablar -canturreó con sorna la estridente voz de Gilbert, que volvió a colocar los pies sobre la mesa a pesar de que su hermano mayor también le estuviera mirando mal-. Vamos, ¿cuánto pesas, tapón? Seguro que casi tanto como Lud, ¿eh?
Lovino enrojeció de vergüenza e ira. ¿Tapón él? ¡Si casi medían igual! ¿Y por qué tenían que meterse siempre con su peso? ¿Es que no había ningún otro tema mejor del que hablar?
-Bruder, para, bitte... -pidió Ludwig, observando con cautela la reacción de Lovino, el cual simplemente se había quedado en silencio. Solía pasarle: no era capaz de responder mordazmente cuando se metían con él, se quedaba bloqueado y al final acababa haciendo todavía más el ridículo si intentaba responder. Y debía aguantar, ésta vez no quería que tuvieran más motivos para reírse.
-Es cierto lo que dice Gil -Lovino odiaba la voz melosa de Francis, usada habitualmente para hacer caer en sus garras a sus víctimas. Él no sería nunca una víctima más, se negaba en rotundo-. Creo que deberías hacer ejercicio, si quieres podría ayudarte~ -le guiñó un ojo coquetamente, inclinándose hacia delante de manera seductora. ¿Aún creía que aquello le funcionaría?
-¡Oh, sí! ¡Sería una buena idea! -exclamó Gilbert-. ¡Vamos, Lovino, seguro que no siempre tienes oportunidades así!
-¡Bruder!
Imbéciles... Por eso les odiaba tanto, ¿por qué no podían dejar de fijarse en sus malditos defectos? ¿Por qué no se fijaban, por ejemplo, en el éxito que había tenido su última pasarela? ¿Por qué no se fijaban en el fama que estaba empezando a ganar? ¿Por qué siempre tenía que ser simplemente el hermano defectuoso, el que por más que se esforzara siempre sería sólo su sombra, un cúmulo de fallos mirase por donde mirase...?
Se levantó del sofá, sin hacer caso al griterío que se formó, ignorando a su hermano que se había colgado de su brazo para que no se marchara, sacudiéndolo para soltarse. Cerró la puerta de la cocina detrás de él, mordiéndose el labio inferior con fuerza para no dejar escapar ningún sonido. Aún fue capaz de oír a Gilbert sugerir que se habría encerrado ahí para que no le vieran comer. ¿Pero cómo podía ser tan...?
-¿Lovi...?
El chico alzó la vista, sus mejillas surcadas de lágrimas. Antonio le observaba con cara de preocupación y perplejidad, acercándose con los brazos en alto dirigidos hacia él, como si quisiera tocarle para reconfortarlo, tal vez darle un abrazo. Aunque eso no fuera a tener ningún efecto físico.
-¿Qué ha ocurrido? ¿Quiénes son? -preguntó, agarrando una servilleta y pasándosela con cuidado por las mejillas a Lovino, que cerró los ojos, relajándose por el superficial contacto.
-Amigos de mi hermano... Vinieron para ayudar a planear su boda... -extrañamente, se comenzó a sentir mejor ahora que estaba Antonio con él-. Son unos imbéciles, nunca me han tomado en serio...
-No entiendo por qué -dijo el fantasma, todavía con la sorpresa reflejada en su rostro, el ceño fruncido fijando sus ojos en los de él-. Puede que no tengas el mejor carácter o que no seas el más ordenado del mundo, pero tus vestidos son hermosos y trabajas muy duro en ellos, te esfuerzas tanto porque sean perfectos que no te alcanza a hacer prácticamente nada más. Eres muy inteligente y creo que por eso te costó tanto creer en mí, pero sobre todo... -Antonio hizo una pausa y sonrió cálidamente, consiguiendo que el corazón de Lovino latiera un poco más rápido todavía, no sólo por los halagos-... Eres una buena persona. Te preocupas mucho por tu hermano y he visto que últimamente te quedas observando las tomateras y las riegas cuando me olvido -alzó de nuevo una mano, llevándola a la cabeza del italiano, tocándola a pesar de que ninguno de los dos notara nada-. Creo que como tienes el corazón tan grande es más sencillo que te hieran, por eso tratas tanto de protegerte que nadie te comprende, ¿no?
Lovino se quedó en silencio, estupefacto por todo lo que le acababa de decir. Sabía que le había estado observando durante mucho tiempo, pero no se esperaba que supiera tanto, ni tampoco había esperado, bajo ningún concepto, que tuviera tan buena opinión de él. De hecho, el único que le había demostrado aprecio alguna vez era su hermano (y de aquella manera...), a pesar de que éste fuera el causante inocente de la mayoría de sus problemas. Y no, ninguna de las novietas que llegó a tener pensaron esas cosas de él tampoco.
-Qué cursi eres... -se sonrojó, notando palpitar hasta sus orejas por la vergüenza-. No se te ocurra decirme esas cosas de nuevo o te echo a patadas de aquí... -le advirtió, aunque muy en su interior estaba profundamente agradecido e incluso más feliz que aquella mañana.
-Vale~ -Antonio asintió y rió, balanceándose un poco, y Lovino vio que realmente no llegaba a tocar el suelo con los pies-. Pero no puedo perdonar que hicieran llorar a mi amigo -dijo con tono serio aunque con una sonrisa divertida dibujada en sus labios-. ¿Me das permiso para que los eche de casa?
El italiano parpadeó un par de veces. ¿Qué podría hacer Antonio para echarles? La verdad es que le encantaría que les hiciera marchar, incluso tenía ganas de que se fuera su hermano, porque él ya sabía lo mal que se llevaba con aquella gente y que no había estado de acuerdo en ningún momento que vinieran aquí, así que se lo merecía también.
-Está bien, pero ¿qué harás?
-Oh, no te preocupes, nadie saldrá herido~ -el animado fantasma alzó un pulgar y Lovino no pudo evitar sentir un poco de miedo por lo que estuviera planeando-. Déjaselo al jefe, tú encárgate de llevarles algo para beber, actúa normal y luego vendré yo a asustarles~.
¿Acababa de llamarse jefe a sí mismo...? La curiosidad comenzó a picarle con ganas pero ahora no era tampoco el momento adecuado de preguntarle quién era, así que simplemente hizo lo que le mandó: cogió algunas botellas de cerveza aunque dejó el abridor en la cocina, previniendo que realmente llegaran a beberlas, y salió de nuevo al salón.
Nada más salir, Feliciano se lanzó a sus brazos, casi tirando todo lo que llevaba.
-Fratello, lo siento mucho... -había estado esperándole cerca de la puerta y se colgó de él de manera pegajosa-. No quería que te hicieran sentir mal, ya les he reñido y no seguirán, te lo prometo.
-Suéltame, Feli, harás que tire algo -sacudió un poco su brazo para que le dejara libre-. Sólo fui a atender una llamada, no me fui porque me estuvieran molestando -miró a otro lado para que no viera que sus ojos aún estaban un poco rojos por llorar y se diera cuenta que mentía.
Feliciano pareció creerle y suspiró aliviado, sentándose de nuevo en su sitio en el sofá. El resto de hombres allí se quedaron en silencio y pudo observar un par de visibles chichones en la cabeza de Gilbert, seguramente de su hermano menor, y un tortazo que cruzaba el rostro de Francis, lo más probable que de parte de Arthur por meter las manos donde no debía. Todo estaba mucho mejor ahora, pero mejor que estaría.
-Disculpad, una llamada de Bela -mintió, aunque tampoco hubiera sido tan difícil de creer, era la maquilladora y peluquera de sus modelos y se llevaban muy bien, aunque con su carácter tan independiente era imposible que llegaran a ser algo más que buenos compañeros-. Os he traído algunas cervezas para disculparme -por dentro se reía, jamás se disculparía con ellos de verdad.
-No, discúlpanos a nosotros, no deberíamos haber traído a este... par... aquí -se notaba que Ludwig se esforzaba por mantenerse correcto y no pegarles otro par de tortas-. Y vosotros pedidle perdón ahora mismo -ordenó con furia contenida.
-Perdón -se disculparon los dos al unísono, aunque sus tonos no sonaron muy convencidos. Bueno, mientras se tuvieran que rebajar un poco ya se daba por satisfecho.
La conversación que siguió fua bastante más normal, planeando cosas como el color y corte del traje de los novios, cómo podría ser la tarta y a quién se la encargarían, si ir a un restaurante u otro... Hasta que Gilbert, harto de forcejear con la botella de cerveza sin poderla abrir, terminó quejándose.
-Oye, ¿no tienes algún abridor? Esto es imposible así.
A buenas horas se daba cuenta, pensó Lovino. Arthur y Ludwig, que también había querido beber su cerveza pero que por educación no quisieron molestar más al italiano, parecieron contentos de que alguien lo pidiera por ellos.
-Sí, ahora voy a por uno -Lovino se levantó y volvió a la cocina, buscando con deliberada lentitud por los cajones. Se preguntaba qué habría sido de Antonio hasta que oyó risas en el salón. Salió con el abridor y observó la sábana flotante que le había dado un susto de muerte no mucho tiempo atrás. Una sonrisa incrédula se dibujó en sus labios.
-Oh, vamos, ¿nos quieres dar un susto con eso, Lovino? Ya veo que sí te jodimos antes~.
-Ve~, fratello, esto no es divertido...
-¿Llevará ropa debajo de la sábana~?
Se acercó hasta el centro del salón, deleitándose con la cara de estupefacción que se les quedó al ver a Lovino y la sábana flotando a su lado.
-¿Cómo...? -Gilbert se levantó, mirando alternativamente al italiano mayor y la tela blanca, balanceándose un poco de lado a lado-. ¿Quién hay aquí...? -Lovino oía las risas previas de Antonio, contagiándole un poco por su malicia.
-Ni idea -dijo, alzándose de hombros, fingiendo sorpresa, aunque no era muy buen actor.
-Ya basta, ¿quién eres? -Gilbert no aguantó más y retiró la sábana para encontrarse que no había absolutamente nada-. W-was...? -oh, cómo le gustó a Lovino ese tono de pánico en su chillona voz.
-Mon Dieu... -Francis se echó hacia atrás, trepando encima de Arthur, que no parecía muy divertido con todo aquello.
-¿Cómo lo has hecho, fratello? -preguntó Feliciano, igual de pegado a su perplejo novio, pero antes de que llegara a decirles nada, la sábana voló de las manos de Gilbert y revoloteó por el salón, haciéndoles gritar a todos, un par de una manera bastante más femenina de lo que deberían y ninguno de ellos era Feliciano.
Lovino no pudo evitar seguir riendo mientras veía huir despavoridos a todos, con miedo de que la tela terminara por atacarles o algo peor. La verdad es que no había esperado que tuvieran tanto miedo por eso, pero como había servido para su propósito, ¿qué importaba? Que se fastidiaran todos.
Sin embargo, aunque todos hubieran corrido por sus vidas, hubo uno al que tuvieron que obligarle a entrar en el coche para llevárselo de allí. Arthur le había visto, oído y sabía lo que era, pero no entendía por qué estaba allí todavía. Mientras el francés que lo secuestró se lo llevaba corriendo a su casa (y no sólo para refugiarse), pensó que tendría que volver pronto a aquella casa a hablar con el fantasma.
Continuará~
Siento haber tardado =~= La pereza y la vida diaria, que me deja drenada y sin ganas de leer/escribir X'D
Ésta vez tengo ganas de comentar cierta cosa sin importancia del fic: la elección que hice con el coche de Lovino. Quería para él un coche pequeñito que fuera bien para moverse por la ciudad, además que él apenas está comenzando a ganarse las habichuelas como tener un coche como, por ejemplo, un Ferrari (que es el que he visto que le han dado varias veces las fanescritoras a Lovino).
Buscando para que encajara en las características que buscaba encontré el Fiat 500. Pequeño y lindo, además el rojo es llamado "rojo pasodoble", así que razón de más para dárselo~. Pero buscando más información encontré que el antiguo Fiat 600 fue vendido en España por la marca española Seat después de firmar un acuerdo con Fiat, y que son el mismo coche. O sea: me encontré con un poco de Espamano en la historia de un coche y ese es motivo suficiente como para querer explicarlo aquí :3
Edito: Como las cosas con TsunderellaP se arreglaron, borro el mensaje que dejé para ella aquí. Siento mucho el malentendido y espero que no me lo tengáis en cuenta, soy de sangre caliente y exploto con facilidad, diciendo a veces muchas tonterías.
Espero que os gustara y gracias por leer.
