No soy Stephenie Meyer, los personajes no me pertencen... nada nuevo, pero no está de más aclararlo.

¡¡MUY FELIZ 2010 PARA TI, OH LECTOR DE ESTA HUMILDE HISTORIA!! Mis mejores deseos en el nuevo año, que venga cargado de buenos fics y quizás, por qué no, el final oficial de Sol de Medianoche.

Aquí, mientras tanto, continúa la historia. Recuerden que los capítulos impares corresponden a Bella narrando lo que la llevó a convertirse en agente secreto, y los pares recrean Crepúsculo y Luna Nueva desde la perspectiva de Bella agente encubierto.

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Forks. Dormitorio de Bella. 03:20 AM del día posterior al regreso de Volterra.

-Todo comenzó cuando yo tenía doce años, y en la escuela a la que iba se cometió un asesinato –empecé, mirando fugazmente a Edward.

Yo no tenía una idea ni siquiera aproximada de qué tipo de reacción podía esperar de él ante mi confesión. Sin duda estaría dolido y traicionado, ahora que resultaba ser que él sí me amaba. Pero yo todavía no sabía si se enfurecería, si empezaría a gritar o si su cólera sería silenciosa, si iba a amenazarme, si dejaría de controlar su instinto y acabaría conmigo…

Lo único que tuve en claro era que no iba a salir impune de esto. No es como si lo pretendiera. Yo me merecía sobradamente que Edward dejara de esforzarse por no matarme y me convirtiese en su presa. No me resistiría, es más, hasta me parecería correcto. Yo lo había delatado como vampiro, que él me retribuyera actuando como uno no era más que lo justo.

En ese momento, su hermoso rostro tenía una expresión insondable, tremendamente expresiva, pero a la vez como en blanco. Era imposible adivinar en qué estaba pensando, o cómo se estaba tomando las noticias.

Haciendo un esfuerzo por ignorar el dolor de cabeza, suspiré y clavé la mirada en las mantas antes de seguir hablando.

-Mi escuela había organizado una competencia intercolegial de natación. No sé si te lo dije alguna vez, pero nadando no soy del todo mala… al menos, soy menos torpe en el agua que en tierra firme. El caso es que vinieron chicos y chicas de otras escuelas llegaron de visita a la mía, que era la anfitriona por ser la que tenía la mejor piscina cubierta. Fue como una gran fiesta, con un montón de gente yendo y viniendo. Hasta gané dos de las tres carreras en las que participé –rememoré con cierta nostalgia.

»A la mañana siguiente, al llegar a la escuela, las puertas estaban cerradas y había un montón de policías alrededor del lugar, que no le permitían a nadie acercarse. Todo era muy confuso, los estudiantes tratando de averiguar qué sucedía, los policías mirando con cara de perro a cualquiera que se acercaba, unos cuantos periodistas estirando el cuello, los profesores que exigían saber qué pasaba… Por fin, apareció la directora con un megáfono y dijo que todos los estudiantes regresaran a sus hogares, que se había producido un "hecho violento" y que por ese día y el siguiente no habría clases, la escuela debía permanecer cerrada.

»Acabamos enterándonos por la televisión qué era lo que había pasado, y era algo realmente malo. Una chica había aparecido muerta. Era una alumna de otra escuela, parte de las delegaciones que estaban de visita el día anterior. La primera hipótesis fue que se había ahogado, ya que apareció en el fondo de la piscina. Pero al ver su foto en el reporte de las noticias, a mí de inmediato me sonó raro, porque era una de las chicas con las yo había competido en día anterior, y ella nadaba muy bien. La carrera que yo perdí, ella la ganó. No parecía muy coherente que se hubiese ahogado al anochecer, después de ganar la competencia de nado por la tarde.

Me arriesgué a echarle un pequeño vistazo a Edward, que no se había movido un milímetro. Toda su atención estaba puesta en mí, casi creí que no estaba siquiera respirando. Volví a mirar la sábana y seguí hablando. El dolor de cabeza remitía por momentos, lo cual era bueno.

-Los padres de la chica muerta, que se llamaba Leyla, denunciaron de inmediato que su hija no se había ahogado por accidente o por no saber nadar, sino que había algo muy turbio de por medio, y exigieron una autopsia realizada por un equipo especializado para determinar sin lugar a dudas la causa de muerte –seguí explicando, sin poder evitar el leve escalofrío que me recorrió al recordar a la desesperada madre exigiendo ante las cámaras que el crimen de su hija, que sólo tenía nueve años, no quedara impune-. Lo que tanto yo intuí como los padres sostuvieron desde siempre resultó cierto, ya que la autopsia probó que Leyla no tenía agua en los pulmones. Es decir, ya estaba muerta cuando la arrojaron al agua. La causa de muerte, según se estableció, fue asfixia.

»Empezó entonces un largo y penoso camino para la Justicia, y ni hablar para los padres de la chica. No parecía haber razones para que nadie quisiera matar a Leyla, y tampoco había sospechosos. Se señaló al hombre encargado del mantenimiento de la piscina, principalmente porque tenía algún grado de retraso mental. Parece que de pequeño había sufrido no sé qué enfermedad que le causó una inflamación en el cerebro, y a causa de eso no tenía muchas luces. Era un hombre callado y muy tímido, y ya estaban por echársele encima como sospechoso de asesinato cuando resultó que la noche en que Leyla murió él estaba animando el cumpleaños de su sobrino, disfrazado de payaso, y podía aportar a más de cuarenta testigos, entre niños y adultos, que declaraban que en toda la noche él estuvo a quince kilómetros de la escuela.

Hice una pequeña pausa, recordando para mí ese tiempo. La policía había hecho lo posible por encontrar alguna pista, pero en rigor no habían llegado a nada concluyente.

-Los padres de Leyla movieron cielo y tierra en busca del asesino de su hija. Todo el mundo los apoyó y les dio la razón, pero con el paso de los días el caso fue perdiendo interés para la mayoría de la gente. La policía estaba desconcertada y sin saber qué buscar; el crimen parecía obra de un loco. Leyla no había sido abusada sexualmente, como se especuló en un principio; no presentaba golpes ni heridas, y no había sido drogada. Sólo tenía el labio superior un poco lastimado, porque usaba una ortodoncia y al asfixiarla habían apretado el labio contra la ortodoncia, o eso conjeturaron los forenses que realizaron la autopsia. Lo único que quedaba en claro era que alguien le había cubierto la boca y la nariz con algo, un almohadón, o quizás una camisa hecha un bollo o una toalla, causándole la asfixia; y después la había arrojado a la pileta. El por qué era el misterio más completo, aunque ante la falta de respuestas comenzaron a circular todo tipo de rumores.

»El más firme decía que Leyla había visto algo que no debía y que la habían matado por eso. Respecto a qué era lo que había visto, las versiones variaban. Algunos decían que a unos profesores en posición comprometedora; otros, a la directora de la escuela con su amante; otros, a alguien recibiendo sobornos.

»Cuando siguió pasando el tiempo y no había avances, empezaron a circular versiones más fantasiosas: que el padre de Leyla estaba metido en "algo raro", que tenía muchas deudas; que era un mensaje mafioso, porque la chica había sido asfixiada y luego arrojada al agua; que la madre tenía un amante y que él había matado a la chica; que… bueno, un montón de cosas. Hasta se habló de suicidio, por más que eso era claramente imposible. Pero no había nada en firme para sostener ninguna de esas versiones, no eran más que rumores.

Tomé aire profundamente una vez más. Mi cabeza ya no martilleaba, aunque seguía doliendo. Parpadeé para aclarar mis pensamientos, estaba llegando a una parte fundamental de la historia, la que desencadenaba el desastre en que se había convertido mi vida poco después.

-Yo… siempre fui muy torpe. Mamá dice que hasta los dos años me caía más de lo que caminaba –admití, sonriendo un poco tímidamente ante los recuerdos-. Esto no era distinto en Phoenix. La escuela era muy grande, pero enfermera escolar y yo éramos prácticamente amigas, tantas veces me había visto ella en la enfermería. Me tropezaba y caía tanto como aquí. La escuela tenía escaleras, y después de que yo me cayera por tercera vez en un mes, la dirección instaló pasamanos y alfombras antideslizantes… yo en verdad era un peligro público.

»Un día, recuerdo que había llovido y todo estaba más resbaladizo que de costumbre, me tropecé más de lo usual. Estaba llegando tarde a clases, y decidí acortar camino cruzando el salón cubierto de deportes, algo que en teoría estaba prohibido, en lugar de dar un largo rodeo. Me confié que estaría vacío y que yo podía pasar sin ser vista, pero no tuve suerte y había un grupo de muchachos mayores jugando al básquet allí. El entrenador obviamente me vio, hizo un par de comentarios hirientes sobre si iba a ver a mi novio, los chicos se rieron, yo me puse muy nerviosa y se me cayeron los libros. Los chicos se rieron más, el entrenador me ladró que juntara mis cosas y me fuese a clases sin molestar a los demás. Yo junté mis bártulos lo más rápido que pude, avergonzadísima, y salí corriendo.

»Tenía intenciones de refugiarme en los vestuarios femeninos hasta que estuviese más tranquila… sabes que tengo la mala costumbre de empezar a llorar cuando me enojo, y entre lo enojada y avergonzada que estaba, casi no podía ver por dónde iba. En mi estado de nervios y agitación confundí el camino; me metí en lo que creí que era el vestuario, azoté la puerta tras mí y cerré los ojos deslizándome hasta el piso, con la espalda pegada a la puerta, en un intento de calmarme.

Tragué saliva con esfuerzo y parpadeé. A pesar de que hacía seis largos años de ese día, y que habían pasado montones de cosas en ese lapso, recordaba ese día con todo detalle. Era el día en que mi vida cambió para siempre.

-Cuando estuve más tranquila, abrí los ojos y miré alrededor atentamente por primera vez. Descubrí recién entonces con cierta sorpresa que no estaba en el vestuario femenino, sino en una especie de depósito, un cuartucho en el que se guardaban redes rotas, pelotas pinchadas, bates astillados, uniformes descartados y un montón de trastos mayormente inútiles. Yo había entrado por una puerta lateral que estaba sin llave; la puerta principal estaba clausurada y trabada con una barra de hierro del lado de adentro. El lugar era extraño, y tenía algo de siniestro, en parte porque estaba en penumbras. Las ventanas también estaban cegadas y casi no se filtraba luz, lo que lo hacía parecer más tétrico de lo que era realmente.

»Me puse de pie y abrí la puerta dispuesta a salir… entonces la luz del pasillo iluminó parte de la habitación, y descubrí algo muy extraño. Frente a la puerta, contra la pared del fondo del cuartucho, había una estantería de madera, alta hasta el techo, repleta de bolsas de plástico llenas de algo blanco que en un primer momento me pareció harina o quizás almidón de maíz. Una de las bolsas se había caído, vi el hueco en uno de los estantes superiores, y se había reventado al impactar con el piso. Me llamó la atención, y mucho, qué hacía tanta harina embolsada escondida en la escuela… me acerqué más para ver mejor, sentía curiosidad. Bueno, ya sabes lo que dicen: la curiosidad mató al gato –me permití bromear, mirando a Edward sólo por un segundo. Él seguía inmóvil.

Me aclaré la garganta, que empezaba a arderme, y me pasé una mano por el cuello. Edward se puso de pie de inmediato, y al cabo de dos segundos estaba de regreso trayéndome un vaso de agua, con la misma expresión como en blanco en su rostro divino.

-Gracias –le dije tras tomar unos sorbos. Respiré profundamente y continué con la historia-. Quedamos en que acababa de ver todas esas bolsas, y que una estaba rota en el suelo. Al acercarme, descubrí que parte de la estantería estaba cubierta por una bandera de confección casera que alentaba a un equipo escolar, creo que de voley. Era una bandera vieja y estaba desteñida, pero lo que me llamó la atención en verdad fue que tenía unas manchas marronosas que enseguida identifiqué como sangre seca. Yo había tenido accidentes suficientes como para saber qué color tenía la sangre seca, y estuve segura que eso era sangre y no otra cosa.

»Me agaché para ver el contenido de la bolsa con más cuidado, y descubrí con cierta sorpresa que eso no era harina, sino algo más blanco y de granulado más fino, más cercano al almidón de maíz o al azúcar impalpable… mojé la yema del dedo índice derecho en saliva y toqué eso. Lo probé, sólo para descubrir que no era ni lo uno ni lo otro. Eso era algo distinto, algo que yo nunca había probado antes.

»Lo que viene ahora te parecerá estúpido, extraño y hasta ridículo –atajé, levantando las manos delante de mí como si quisiera frenar a Edward, que seguía tan inmóvil como sólo un vampiro puede estarlo-, pero por favor recuerda que yo sólo tenía doce años, que sabía poco del mundo y que jamás me metía en problemas. Bueno, a lo que voy es que me llevó como tres segundos caer en la cuenta que una bandera manchada de sangre seca y docenas de bolsas plásticas con un polvo blanco, escondidas en una habitación en desuso cegada y clausurada que es el depósito de una escuela en la que se cometió un extraño asesinato, es algo sospechoso.

»Me asusté. No sabía bien por qué, pero me aterroricé del modo más completo. Salí corriendo del cuartucho y de la escuela misma, de pronto esta inexplicablemente asustada. Me metí en la primera cabina telefónica pública que encontré, y como si actuara por instinto, gasté las monedas de mi almuerzo llamando a Charlie. No sé por qué llamé a Charlie, que estaba en Forks, y no a Reneé, que estaba en Phoenix como yo, pero como dije, fue como si actuara por instinto. Le conté todo lo que había visto en ese depósito, le describí lo mejor posible el polvo blanco y le juré que las manchas eran de sangre. Él me ordenó en tono mortalmente serio, tanto como yo nunca lo había oído antes, que fuera a mi casa y me atrincherara ahí dentro, que me encerrara y no la abriera a nadie ni atendiera el teléfono.

Tomé otro poco de agua. Yo había sido tan ingenua en ese momento, tan completa y rematadamente estúpida. Me había asustado, y eso sin sospechar siquiera la gravedad de lo que había descubierto por accidente.

-Pasé un día largo y aterrador. Cualquier ruido me sobresaltaba, estaba al borde del ataque de nervios. Cuando Reneé llegó del trabajo, le dije que me había sentido mal y que por eso había regresado antes de clases. Yo estaba pálida, más de lo habitual quiero decir, y tenía un aspecto algo enfermizo, de modo que ella me creyó sin más. Ya había oscurecido cuando alguien golpeó a la puerta de casa y entró, sin esperar a que nadie abriera.

»Casi empecé a gritar –admití con un poco de vergüenza-. Sólo me calmé al escuchar la voz de Charlie, que preguntaba por mí, ansioso y preocupado. No estaba solo: junto a él iban dos hombres de uniforme, que Charlie presentó como los agentes Jason Phillips y Sean Jackson. Reneé no entendía nada. Una vez que todos nos calmamos, llegaron las explicaciones.

»Después de recibir mi llamada, Charlie se había puesto en contacto de inmediato con un par de conocidos suyos, agentes del FBI. Después, tomó el primer avión que lo llevara a Phoenix. Sospechó, y no sin razón, que si el polvo blanco que yo había descubierto era lo que él creía que era, la policía posiblemente estuviese involucrada, aunque sea parcialmente, en lo que podía ser un grave delito, por lo que prefirió remitirse de inmediato a las instancias superiores. El FBI, tras recibir su denuncia, se encaminó directamente a la escuela y localizó el depósito, donde estaban, tal como yo lo había dicho, la bandera vieja manchada de sangre y las bolsas de polvo blanco.

»Lo que yo en mi cándida inocencia o reverenda estupidez, aún no sé cuál de las dos, había descrito como algo parecido al azúcar impalpable o al almidón de maíz… era en realidad cocaína. Sin proponérmelo, ya había descubierto casi media tonelada, exactamente 498 kg., de cocaína de máxima pureza. Las manchas de sangre, según estableció el análisis de laboratorio más tarde, pertenecían a Leyla, la chica muerta. ¿Recuerdas que tenía el labio roto? La habían asfixiado con esa bandera vieja.

Edward por fin estaba reaccionando. Sus ojos se habían abierto un poco por la sorpresa, y también su boca estaba entreabierta de asombro. Ya no era la máscara de perfecta serenidad, sino alguien aturdido y absorto.

-La escuela estaba de pronto en medio del ojo de la tormenta –seguí en voz baja-. Todos eran sospechosos. Los profesores, los alumnos, los encargados de limpieza, los padres y hasta las delegaciones de otras escuelas que habían ido de visita… todos estaban paranoicos, además. Nadie confiaba en nadie. Los padres empezaron a retirar a sus hijos de la escuela, y mis padres coincidieron en que no era seguro que yo siguiera cursando ahí. Todavía nadie había sido capaz de dar con el o los asesino o asesinos de Leyla, y si descubría que yo había dado por pura casualidad con el lugar donde se escondía la droga, no sería raro que yo acabara igual que ella, o quizás peor.

»El profesor de educación física, al igual que una treintena de muchachos, me habían visto cerca del lugar, y podrían decirle a cualquier persona que les preguntara, sin malas intenciones, si no habían visto a nadie pasar por allí. Aunque no creo que ninguno de ellos me conociera y sólo difícilmente alguno de ellos fuese capaz de reconocerme, el peligro aún así existía. Constaría en los expedientes judiciales que Charlie había realizado la denuncia, y concluir que quien había descubierto el lugar era yo parecía demasiado fácil.

»Jackson llegó al extremo de decidir que la casa en la que vivíamos Reneé y yo no era segura, y nos metió en una de ésas para testigos protegidos, las "casas seguras". Lo que nos pareció a mis padres y a mí una exageración, resultó ser apenas suficiente. A la mañana siguiente de habernos ido, una bomba explotó en casa y destrozó los dormitorios, donde a esa hora Reneé y yo hubiésemos estado en circunstancias normales. Nos salvamos de la muerte por cuestión de horas…

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¿Qué les pareció? ¡Y esto recién empieza! Aún falta un trecho largo para que Bella acabe como agente. Un largo trecho, adrenalina, un par de muertos, sangre, sudor y lágrimas. Si se atreven, sigan leyendo.

Como siempre, sugerencias, observaciones, críticas constructivas, comentarios, opiniones, correcciones, preguntas y consideraciones en general, son bien recibidos.