Los personajes de Bleach pertenecen a Tite Kubo.

Las leyendas pertenecen a la herencia cultural del pueblo mexicano.

Advertencias: Contiene OoC .

Este one shot pertenece al tercer día "histórico". Ocurre en la época del México Colonial.


EL EXTRAÑO ARTEFACTO DE LA FAMILIA SHIHOIN

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CAPÍTULO 3.- EL ÚLTIMO BESO.

—¡Señorita!¡Señorita! despierte por favor. —Ante aquellas palabras cargadas de angustia Rukia abrió los ojos lentamente.

Frente a ella estaba una señora de edad avanzada, morena, con el cabello recogido en un chongo y una ropa poco usual para ella, un vestido largo y amplio y una tela blanca que le cubría parte de la cabeza.

—Doña Rukia, me dio un susto terrible, se desmayó de repente. —le dijo la señora guardando un abanico, con el que supuso le acababa de soplar.

—No te preocupes, estoy bien. —trató de sonreír para tranquilizarla y miró hacía los costados para reconocer el lugar.

Estaba en un gran parque, en medio había una fuente circular con adornos ostentosos, alrededor había abundantes árboles y también se podían apreciar construcciones antiguas y elegantes a lo lejos.

Era obvio que no estaba en Japón. Las personas paseaban por ahí con ropas muy elegantes para su gusto, los hombres en trajes de colores oscuros mayoritariamente, con sombreros y algunos usaban bastón, las mujeres con sofisticados peinados, largos y amplios vestidos con encajes, listones y diversos adornos y acompañadas por una señora que casi siempre caminaba unos pasos atrás.

Se miró y sí, ella también portaba un vestido azul muy vaporoso que era ceñido a la cintura, lo que dificultaba su respiración, se tocó el cabello y pudo sentir unos rizos y una peineta amplia que sostenía una mantilla.

¡Oh por Dios! ¿A dónde había ido a parar?

En ese momento tres hombres pasaron frente a ellas y no le habría dado importancia sino fuera porque uno de ellos era Ichigo, quien por cierto se veía muy bien de traje. Pero como no era momento para pensar en tonterías, se puso de pie y corrió hacia él.

—¡Ichigo!¡Ichigo! —lo llamó.

El grupo de hombres se detuvo y volteó a verla. Sus miradas eran de desconcierto y el de los acompañantes, de desagrado.

—¿No me recuerdas? —le preguntó a Ichigo, pero su mirada le dijo todo. Se sintió desconsolada. —Somos amigos, tienes que recordarme.

—Lo siento. —respondió el muchacho de ojos avellana quitándose el sombrero.

A una indicación de un amigo, se giró y empezó a avanzar, aunque lentamente.

—Ichigo, soy Rukia. —exclamó ella intentando alcanzarlo, pero fue detenida por la señora que la acompañaba.

—Déjalo mi niña. —le suplicó angustiada. —Lo que has hecho hoy no es propio de una dama y si tu padre se entera se enojará mucho.

En ese momento los recuerdos de esa vida le llegaron de golpe, mareándola, por lo que tuvo que buscar donde sentarse.

Ella era Rukia Kuchiki, hija de Byakuya Kuchiki, un comerciante acaudalado. Ella había nacido ahí, en México, aunque de descendencia japonesa.

Su madre murió cuando era un bebé, y desde ese momento se convirtió en el único interés de su padre, que aunque trataba de consentirla en todo, tenía mal genio y la sobreprotegía por temor a perderla.

Ya más calmada regresó a casa, en el camino se impresionó por el lugar. Los edificios y casas construidos con ladrillo y pintados de colores pastel con techos de tejas rojas daban muestra de la arquitectura clásica de la época y las calles de piedra y los balcones de las casas le daban un estilo acogedor.

Por estar situada en una colina, la ciudad estaba llena de estrechas calles y callejones. Muchas de las calles eran tan angostas que los balcones de las casas colindaban, por lo que pensó sería muy fácil salir al balcón y tocar con la mano la pared de enfrente.

Pero también se inquietó, por la época era muy mal visto que una mujer se acercara a un hombre y conversara con él a solas, y además su padre siendo tan celoso no la dejaba andar sin compañía. No sabía cómo podría acercarse a Ichigo para hablar con él y mucho menos sabía cómo regresar a su época.

Al llegar a su casa se dirigió a su cuarto para pensar un poco, le pidió a su nana investigar sobre Ichigo a pesar de sus temores.

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Rukia terminaba de revisar en su cajonera por si la moneda se encontraba ahí cuando la puerta de su habitación se abrió de pronto, por ella entró Byakuya envestido con un traje negro muy elegante y el cabello recogido en una coleta, pero con un gesto de severidad y coraje que no le había visto antes.

—Nii…padre. —se corrigió al momento. —¿Qué se le ofrece?

—Me han dicho lo que sucedió esta tarde. —señaló Byakuya con enojo. Caminó a prisa hacia su hija y la tomó del brazo. —¿Cómo pudiste? —la zarandeó con rudeza. Rukia no supo que hacer, él no era su hermano pero le costaba separar las realidades. —Ya te lo he advertido, no quiero que te enredes con ningún hombre, y menos con un minero como ese. —le volvió a decir con enojo y la empujó hacia la cama.

—Padre, no hice nada malo. —exclamó ella, seguía impresionada por la actitud de Byakuya.

—¿Nada malo? —preguntó incrédulo. —¿te perece normal que una dama de sociedad aborde a un hombre con la desesperación con la que lo has hecho? —cuestionó.

—Esas son sólo ideas retrógradas. —expresó y de inmediato se arrepintió de ello. Byakuya le dio una bofetada en la mejilla izquierda.

—No sé qué te ha pasado, pero necesitas reflexionar sobre tu comportamiento. —señaló Byakuya y salió de la habitación cerrando la puerta con llave.

No reconocía su preciada hija, nunca se había atrevido a desobedecerlo, ni mucho menos a levantarle la voz.

Rukia se acostó entonces sobre el colchón, depositando se cabeza en una almohada, que fue impregnada por sus lágrimas.

No sabía quién lloraba exactamente, si la Rukia de esa época por el dolor que le causaba haber avergonzado a su padre o ella, por sentir la misma angustia de no poder ver de nuevo a Ichigo, así como aquella vez en la torre.

Unas horas después, con la mente fría llegó a la conclusión de que no podía quedarse sentada esperando a que alguien llegara a rescatarla.

Salió al balcón. Ya estaba oscureciendo y el horizonte se tenía de tonos naranjas, un paisaje muy bello para contemplar, pero no tenía tiempo. Se asomó en un costado, pues al frente su balcón colindaba con el de otra casa que estaba a oscuras, no era muy alto, así que no corría riesgos de fracturas.

Agarró la falda del vestido para subirla un poco y trepó al balcón, luego brincó hacia el suelo. La caída fue dolorosa pero soportable, se puso de pie, se sacudió el vestido y empezó a caminar en línea recta para no perderse.

—Creo que no fue buena idea. —murmuró tras unos minutos de caminata. La verdad es que no sabía a donde ir, ni mucho menos si podría encontrárselo.

Su trayecto la llevó a la alameda, un parque público que a esas horas estaba muy concurrido. Pudo observar pequeños puestos de comida, a señores que tocaban un organillo mientras un pequeño mono agarrando un plato pedía unas monedas, otros metros más alejado había un hombre que invitaba a escuchar la suerte de un papelito que un pájaro sacaba de una cajita.

Las mujeres y hombres caminaban ataviados en sus mejores prendas y joyas. Todo bajo la luz de las farolas.

Miró alrededor, quizá Ichigo también estuviera ahí.

—Nos volvemos a encontrar. —escuchó una voz a su costado.

—Ichigo. —susurró girando para quedar frente a él.

Él sonrió.

—Primero me abordó sin muestra de timidez, aun cuando no nos conocíamos, y ahora me habla de manera informal. —Mencionó él. —Sí que es una dama muy peculiar.

—¿Y eso es malo? —preguntó interesada.

—Para mí no. No sé cómo explicarlo pero eso es parte de mi interés por usted. —mencionó Ichigo para su sorpresa. —siento como si la conociera de antes.

—Igual yo. —mencionó ella. Iría poco a poco, primero ganaría su confianza y después le soltaría la verdad de golpe. Sólo esperaba que no la creyera loca.

Ichigo la invitó a caminar a su lado y hablaron de varios temas, entre ellos rencarnaciones y viajes entre dimensiones, para sorpresa y alivio de Rukia, Ichigo se mostró muy interesado en el tema.

—Hay una leyenda que me gusta mucho, se llama el sol negro, narra la historia de un hombre inmortal que está destinado a vagar por el mundo esperando a que su amada por fin lo recuerde, mientras él sólo puede aspirar a vivir un corto tiempo con ella antes de que ella muera.*

—¡Rukia! —la conversación fue interrumpida por la furiosa exclamación de un padre celoso.

Byakuya había ido a disculparse con su hija y no la halló en su habitación, sospechando lo que hizo, salió a buscarla. Su coraje creció al encontrarla a solas con ese hombre en una banca del parque.

—¡Padre! —se levantó Rukia sorprendida.

—Otra vez me has fallado. —expresó acercándose a ella para tomarla del brazo.

El ambiente se tornó tenso, varias personas se quedaron viendo la escena, susurrando sobre la infeliz suerte de don Byakuya Kuchiki, quien perdió a su esposa y tenía una hija inmoral.

—Permítame explicarle. —intervino Ichigo, que ya se había puesto de pie.

—No tengo nada que decirle, sólo que se aleje de mi hija, no quiero verlos juntos de nuevo. —la ira lo consumía, no le dejaría su mayor tesoro a él.

—Por favor. —rogó él dando unos pasos para acercarse. —Me he enamorado de su hija y quiero casarme con ella.

Y la cara de sorpresa de Byakuya apenas se pudo comparar a la de Rukia.

De acuerdo, no era a ella a la que se le habían declarado, pero no podía evitar que el corazón se le acelerara. De seguro tantos viajes entre dimensiones le estaban afectando a su organismo.

―Un simple minero como tú no puede aspirar a mi hija. ―expresó de forma arrogante. ― Se los advierto. ―les dijo con mirada fría. ―si los vuelvo a ver juntos, te mataré… Rukia. ―amenazó mirando a su hija.

Pero ni Ichigo ni Rukia creyeron en aquella amenaza, ¿cómo iba un padre a matar a su hija? Y menos él que le profesaba un gran amor.

Byakuya se llevó a su hija del brazo, mientras Ichigo se quedó contemplando con tristeza como aquel hombre le arrebataba al amor de su vida.

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Dos días pasaron sin que Rukia pudiera salir de su casa, ni siquiera al balcón. Estaba angustiada, no podía ver a Ichigo y no sabía si podría regresar a casa.

Esa tarde escuchó ruidos afuera, se asomó por la ventana, hacia el balcón. Su sorpresa fue grande al ver a Ichigo saltando el balcón de la casa vecina para llegar al suyo.

Ichigo desesperado por la angustia de no volverla a ver, se hizo mil conjeturas para solucionar su problema, eligiendo la más adecuada.

Decidió comprar la casa que colindaba con la de ella, por la parte de atrás. Como sus dueño se reusaban a venderla, les ofreció una elevada cantidad de dinero que no pudieron despreciar. Nada lo sabía, pero al no tener familia y gracias a ser tan trabajador y emprendedor, él había acumulado una pequeña fortuna.

Él la miró con alegría y con cariño y luego caminó hacia su ventana, estaba cerrada con llave, así que la pateó con fuerza repetidamente hasta que cedió.

―Te he extrañado. ―le dijo él tomando su mano para depositar un beso en ella. ―Pensé en lo que platicamos, y lo creo. Creo que nuestro destino es conocernos en cualquier vida. ―mencionó.

Para sorpresa de Rukia, la atrajo en un fuerte abrazo. Ella, no acostumbrada a ese tipo de muestras de cariño, se sonrojó.

Tan absortos estaban que no sintieron a Byakuya llegar.

El padre, presa de los celos y la ira por saberse robado del cariño de su hija, sacó de entre sus ropas un revolver.

―Si Rukia no es mía, no será de nadie. ―exclamó apuntando el arma hacia su hija.

―¡Padre! ―gritó ella con horror.

Ichigo se colocó frente a ella, justo a tiempo para recibir el impacto de la bala, sin embargo esta lo atravesó y también se incrustó en Rukia.

Los cuerpos de los jóvenes cayeron al suelo, él sin vida, ella con apenas un pequeño aliento. Sobre su pecho Rukia fue capaz de pronunciar unas últimas palabras.

―Nos encontraremos de nuevo…en esta vida o en otra.

Mientras cerraba los ojos una luz azul los envolvió.

Como si la venda se le hubiera caído de los ojos, Byakuya reaccionó y se arrepintió de lo que había hecho, se arrodilló frente al cuerpo inerte de Rukia y lloró desesperado. Luego con el revolver que le quitó la vida a su amada hija, se apuntó a la cabeza. Si ella ya no estaba en ese mundo, no tenía caso vivir.

Esa noche los cuerpos sin vida de dos jóvenes enamorados fueron encontrados. Las personas creen que las almas de doña Rukia y don Ichigo se reencontraron en el cielo, y que desde ahí mandan bendiciones y felicidad a todas las parejas de enamorados que se besan en ese callejón, al que desde ese trágico día se le conoció como el callejón del beso.


Espero que les haya gustado la historia. La leyenda en la que me basé se llama "El callejón del beso" y es de la ciudad de Guanajuato, México.

Tengo un fic titulado "Antología de amores eternos", son adaptaciones de varias leyendas por si les interesa.

Me gustó como sonaba el "doña Rukia" y "don Ichigo", por eso lo utilicé algunas veces. Saludos y que estén bien.