Capitulo IV
Bien, sí, era muy tonta e hice muchas tonterías. ¡Pero lo peor es que ahora también lo haría! ¿Estaré así por la falta de alimento? ¿Puede ser? Seguramente ya he perdido la cabeza, porque heme aquí, hablando para las paredes, contando historias de hace siglos sólo para entretenerme. Ya no sé ni dónde está mi boca, pero sigo hablando. ¿Qué nos impulsa a los seres humanos a torturarnos recordando? ¿Por qué nos gusta tanto sufrir? No puedo entenderlo ahora ni pude entenderlo entonces.
El Sr. Todd, de vez en cuando, se llevaba alguna mujer a su habitación y hacían... las cosas que suelen hacer las mujeres de la calle. Pero yo no me acordaba, estaba completamente convencida de que era un enfermo de esos, y aquella noche, cuando para saber si estaba enamorada de él me puse a fantasear (descubriendo que él encajaba en casi todas mis fantasías) pegué tal respingo al retumbar sus gemidos por toda la casa que casi se me saltaron las lágrimas.
Sentí dolor, miedo e impotencia. Era como si me estuvieran arrancando algo del pecho, pero no sabía qué era. Quería gritar y llorar y tampoco podía. Recuerdo que me recosté de lado y traté de dormir, pero era imposible. También intenté imaginar que era los vecinos, o que estaba conmigo y no con algún pendón. Todo eso me trajo más dolor.
Al amanecer no pude más y me levanté. Habían parado hacía horas, entre gritos, y para entonces ya me había desvelado, pero el dolor no se había ido en ningún momento. Tendría que ir al médico, no era normal. ¿Y si tenía tisis? Tosí un poco. No, no salía sangre. ¿Entonces por qué me dolía tanto el corazón?
Suspirando tristemente me encaminé al desayuno y la limpieza, cosa que pasaría haciendo toda la mañana. Cuanto más se acercaba la hora de llevarle la comida peor me ponía, me estaban entrando nauseas y no podía respirar. ¿Qué podía ser?
A mi alrededor estaba todo ordenado y colocado. Por ejemplo; había quitado el polvo de las sillas, tanto de la que estaba junto al fuego como de las verdes tras las mesas, las cuales estaban junto a la ventana con un mantelito reluciente y unas flores frescas. Esas eran las mesas elegantes, fuera estaban al descubierto y el polvo se lo llevaba el viento. ¿Y si me había infectado con el polvo? Dicen que la mugre...
"¿El Sr. Todd no ha bajado?"
"¿Qué?"
"Que si el Sr. Todd no ha bajado" me contestó dormido el pobre chiquillo.
"Ah, no. ¿Por qué?"
"Me dijo que bajaría temprano para acompañarme a unas compras" se rascó el trasero dejando claro que no me diría qué compras y se sentó en una de mis impecables mesas, sólo para destrozármela apartando el mantel y todo.
"Oiga Toby" le llamé tras unos minutos de intenso trabajo. "¿Qué habló con el Sr. Todd aquél día?"
"¿Qué día?"
"Cuando unos bándalos entraron y me dieron una paliza..." carraspeé.
"Oh, ese día. Cosas de hombres" fue tajante.
"¿Qué cosas? A mí puede contármelo, sabe..." fui hacia él, y siempre me sentiré culpable de esto, pero usé mis armas de mujer.
"No, no puedo, porque no lo entenderá" se frustró y se fue. Genial, ahora mis dos hombres me odiaban a muerte.
En serio, a día de hoy me pongo en mi piel de entonces y realmente me compadezco de mí misma. ¿Cómo iba yo a saber todo lo que estaba pasando? Lo pienso y me asusto. Lo que estaba claro era que ninguno me quería lo suficiente. ¿Por qué sino iba a irse con una pilingui? ¿O por qué no iban a confiar en mi? Deberían estar pendientes, deberían haberse preocupado. Pero... nada. Uno no bebía los vientos por mi y el otro, que practicamente le había criado y había sido como su hermana mayor, casi madre, no quería contarme nada. No sabía cómo sentirme, así que me pillé un cabreo...
Cuando me tocó subirle el desayuno ya iba caliente por si me decía algo, pero no estaba allí. ¿Este hombre qué entendía por temprano? ¿Las dos de la madrugada? No, porque entonces estaba... ocupado. Gruñí y dejé la bandeja con más fuerza de la necesaria sobre el tocador antes de fijarme en que la cama, que YO hacía con TANTO esmero, ¡estaba llena de sangre! ¡Pero este hombre! ¿Qué se creía? ¡Ahora tendría que limpiar yo el estropicio! ¿No le gustaba tanto hacer la colada? ¡Pues ala!
"¿Qué hace aquí?" me gruñó mientras yo, como una tonta, le cambiaba las sábanas tan concentrada que pegué otro respingo.
"Como no deje de pegarme estos sustos a mi corazón le dará un ataque" jadeé al verle.
"¿Qué hace aquí?" me repitió impasible.
"¿Usted qué cree que hago?"
"Husmear."
"No husmeo."
"Váyase a husmear a otra parte."
"¿O qué?"
"O esa bonita cara suya podría quedar marcada de nuevo por unos bandoleros."
"Uno más uno menos, ¿qué más da?" resoplé cruzándome de brazos. "Si ya me han deformado la cara. Sr. Todd..." suspiré y me acerqué a él con timidez. "... esta situación se me está haciendo insostenible..."
"¿Ah, sí?" estaba siendo sarcástico, eso me pudría.
"Sí. ¡Me siento como una captiva!" bufé.
"Pero es que ES una captiva" contestó mirando mi desayuno con disimulado asco.
"¿Qué?" cuestioné atónita. "Genial, me pregunto si habrá algún barbero, o carnicero, o zapatero o alguien demoniaco que quiera venir a liberarme como a Johanna" se lo recriminé, y no me arrepiento de ello.
"NO OSE PRONUNCIAR ESE NOMBRE, ¿¡ME OYE!" antes de que pudiera darme cuenta me había agarrado del pelo con tanta fuerza que me quedé sin respiración.
"¿Por qué no?" tomé aliento suavemente. "Es verdad."
"NO LO ES."
Iba a matarme, yo lo sabía, pero lo prefería antes que esa miseria de vida. Mmmm... de hecho, ahora que lo pienso, en cuanto a vida salí ganando.
"Sé que sonará egoísta, pero tampoco me importa."
"¿Qué dice?" pude sentirle asustado y confuso.
"La necesito, aquí, conmigo. No me puedo permitir perderla en estos momentos" susurré con los ojos cerrados, llorando.
"¿Por qué me cita?"
"Adelante, máteme... sólo quería recordarle aquellas palabras que todavía no comprendo."
"¿Quién ha dicho que vaya a matarla?" se apartó y me soltó.
"La navaja de su mano" sollocé agarrándome el pelo. Pude ver en sus ojos el terror al darse cuenta de que no se había dado cuenta de sus actos.
"Sra. Lovett... yo... no busque el sentido de esas palabras, por favor." Asentí. "Si lo hace deberé matarla."
"¿Por qué, Sr. Todd? ¿Qué es tan grave que no puede contarme?"
"Correría peligro."
"¿Correr peligro? No más del que ya corro ayudándole. Por favor, Sr. Todd..." supliqué. "No lo soporto más, no me habla, ¡me gruñe! Y Toby está muy raro y..."
Suspiró.
"Pronto. Se lo prometo. Ahora váyase. Ya me ocupo yo de la cama."
Le miré con tristeza y asentí, yéndome cabizbaja. Pronto me lo diría, pronto. ¿Pero cuánto tiempo era pronto? En realidad iba a descubrirlo yo sola.
El chico de la otra vez vino de visita y se asustó al ver mis golpes. Le expliqué la trola de siempre, y me pareció que miraba hacia el techo. Paranoias mías, fijo. Él me contó de sus problemas y negocios y lo agradecí mucho porque necesitaba distraerme. El Sr. Wilson (él) tenía la increíble capacidad de apaciguarme cuando peor estaba. A veces sentía la necesidad de estar todo el día con él.
"Si lo desea podría llevarla algún día a dar un paseo" me propuso cariñosamente. "Estoy seguro de que le vendrá bien a su piel alejarse de esta ciudad. Está muy pálida."
"No, no, muchas gracias" me sonrojé. "El Sr. Todd no lo aprobaría..." comenté haciendo otras cosas muerta de vergüenza.
"Y el Sr. Todd es..."
"Mi guardián" sonreí.
"Pues no parece haberla protegido mucho."
"Estaba protegiéndome de otras cosas en aquellos momentos, Sr. Wilson."
"... está bien" se dio por vencido. "La oferta sigue en pie, querida."
Al irse la tienda se cerró oficialmente y me puse a recoger. Tobías no habia vuelto y me había dejado con todo el marrón. Ese crío... le iba a cantar las cuarenta cuando viniera.
"¿Qué quería don guaperas?" murmuró molesto el Sr. Todd a mi lado y del miedo que me entró grité. "Perdón."
Quería gritarle pero no me salían las palabras, así que meneé los brazos en descontento. ¡Menudo susto!
"¡Don Guaperas quería no asustarme!" le grité.
"Venga, mujer, no se ponga así."
"¡!"
"Tranquilícese."
"¿Y A USTED QUÉ DEMONIOS LE IMPORTA LO QUE ESE HOMBRE ME DIGA? ¿¡ACASO NO VA USTED ACOSTÁNDOSE CON PUTAS POR AHÍ Y DESAGRÁNDOLAS!"
"Sí, ¿y qué? ¿Está celosa, Sra. Lovett? ¡Oh! Está celosa, Sra. Lovett..." rió siniestramente.
"No lo estoy. No conozco esa palabra."
"Celos..."
"No sé lo que significa."
"Es lo que usted tiene."
"No sé de lo que habla" crucé los brazos y le di la espalda. "Nunca escuché ese término."
"Es cuando... una mujer..." sentí que se me acercaba. Sus manos se posaron en mis hombros y deshicieron los nudos uno a uno. Ni que fuera difícil conmigo. "... se siente mal... porque otra toca a su hombre..." susurró en mi oído, su aliento me hizo cosquillas y me arrancó una sonrisa.
"Yo no tengo de eso" contesté seria aun así.
"Entonces vaya a leer sus novelas rosas y corte esa tabarra" suspiró frustrado y se alejó.
"¡Yo no sé leer!"
"¡Pues aprenda! ¿Qué le cuesta? ¡Tiene a ese zapaterucho!"
"¿Cómo sabe que es zapatero?" me di la vuelta suspicaz. "¿Le ha estado investigando? ¡Le ha estado investigando!" mi dedo acusador temblaba de ira.
"No, he estado escuchándoles, que es diferente."
"¡No hablabamos tan alto como para que nos oyera desde ahí arriba!"
"Estaba aquí al lado."
"Eso no es cierto. Su presencia es inconfundible, Sr. Todd, es imposible no notarle."
"Se le pasaría al estar tan... concentrada."
"¿¡Qué insinúa!"
"¿Yo? Nada. ¿Por qué se da por aludida?"
"... ¡deje de usar palabras y conteste!" exclamé al no poder averiguar el contexto de su acusación.
"Y dígame, Sra. Lovett, ¿qué haría un zapatero demoniaco?"
"Usar la piel de sus víctimas en los zapatos, ¡contésteme de una vez, maldita sea!"
"Espero que el Sr. Wilson no tenga una vecina y cómplice tan pesada como la tengo yo" suspiró yéndose a encender un cigarrillo.
Me quedé helada. ¿Y si la tenía? ¿Y si ella estaba enamorada del zapatero mientras que él, claramente, me estaba buscando a mi? ¿Y si estaba pasando eso con mi barbero? Oh, Dios mío, pensé. ¡Qué sola me siento!
Y yo pienso ahora; cariño, tu todavía no sabes lo que es estar sola.
Cuando le subí la cena no me disculpé, y él tampoco. Siempre nos decíamos todo lo que pensabamos, por duro que fuera, éramos brutalmente sinceros el uno con el otro. Aunque antes, cuando habíamos hablado me había llamado vecina y cómplice... pero no me llamó amiga... Oh... ¿Es que ya no me consideraba su amiga?
"Sr. Todd. Usted y yo somos amigos, ¿verdad?" pregunté dejándole la cena sobre el tocador.
"Claro. Llévese la cena."
"¿Claro que sí o claro; váyase? ¿Y por qué quiere que me la lleve?"
"Me da nauseas."
"¡No sabía que estuviera tan mal hecha mi comida!" exclamé ofendida.
"Y no lo está."
"Entonces no entiendo..."
"Usted sólo hágalo, ¿de acuerdo?"
"¿Es que se encuentra mal?"
"Algo así."
"Coma algo... por favor... sino se enfermará..., aunque sea un trozo del pastel, por favor, por favor..." supliqué.
"Está bien" y con gran esfuerzo vino hacia mí. Todavía me siento culpable de esa petición. Si hubiera sabido...
Vi cómo se comía uno a uno los pequeños trocitos de pastel que se iba partiendo, hasta terminar una porción completa.
Le besé en la mejilla para transmitirle mi agradecimiento, yo no entendía que él no quería comerlo porque se iba a poner malo, yo sólo quería lo mejor para él.
Le llevé un té más tarde antes de irme a dormir, más tranquila después de todo lo que había pasado sabiendo que sólo era que se encontraba mal.
Pero a medianoche me desperté escuchando unos extraños gruñidos y quejidos cerca de mi ventana. Miré hacia abajo, y en el callejón, lo vi.
"¡Sr. Todd!" exclamé asustada cogiendo una bata y corriendo escaleras abajo. "Sr. Todd, Sr. Todd, ¿qué ocurre?"
Estaba vomitando, y no cualquier cosa. Vomitaba una sustancia negra horrible, olía a azufre y él parecía estar pasándolo muy mal. Le froté la espalda blanca como la nieve, pálida del miedo que sentía, aun así queriendo confortarle.
"Cuénteme qué le ocurre... por favor..."
"No."
"Sr. Todd..." supliqué llorosa.
"No."
"Cuéntemelo..."
"No quiero... no es bueno... no... no quiero..." estaba tan débil... mi amigo, mi compañero. Oh, ¿qué te había pasado?
"¿Qué es lo que no quiere?" sollocé sujetándole con toda mi fuerza.
"... no quiero que se aleje..." susurró antes de desmayarse en mis brazos.
"Oh, Sr. Todd..." gemí esforzándome por no caerme al suelo.
Poco a poco le arrastré hasta la casa, asustada. Sentía que se me moría en los brazos. A pesar del verano estaba muy frío, y en Londres por la noche uno puede pillar una pulmonía, esté donde esté.
Estuve cuidándole toda la noche. De haber sido más lista hubiera sabido que eso no era necesario. No iba a morirse, nosotros no podemos morirnos. Pero le sentía muy lejos. Seguramente, si ahora volviera a pasar por esa situación reaccionaría igual.
Todavía me cuesta asumir que le he perdido.
