Hola :-) Antes que nada, me gustarìa mucho agradecer las decenas de reviews que me llegaron :-) realmente muy alentadores. Ahora bien, a todos les debo una disculpa, sobretodo a esta historia, que no merece ser dejada a medias. Por lo pronto aquí les dejo algo pequeño, pero que me gustó mucho como termina. Y les prometó que he vuelto para terminarla :-) Muchas gracias y saludos a todos.
Inglaterra
Días transcurridos desde la desaparicin de Harry: 60
Tierra Media
Días transcurridos desde la llegada de Harry: 1154
Equivalencia: 1 día en Inglaterra es igual a 19 días en la Tierra Media
El príncipe de Gondor
Captulo 4
El Fin de la Tercera Edad
El viento soplaba lentamente, acariciando la límpida superficie del agua, formando perezosas olillas que chocaban con gracia en las blancas piedras talladas de los Puertos Grises.
El murmullo del agua al romper las olas en la piedra llegó hasta los oídos del príncipe del reino de Gondor y Arnor, Elerossë Telcontar.
Harry observó la quietud del paisaje que se revelaba ante sus ojos, la belleza de la blanca piedra y del azul profundo de las aguas saladas del Mar, el único y último camino a las Tierras Imperecederas.
- Todo está pronto – llegó el murmullo de una voz como de ensueño hasta los oídos del príncipe, y éste giró los verdes ojos hasta su origen, encontrando a un hombre muy alto y anciano, de larga barba y cabellos grises, y de ojos muy sabios, Círdan el Guardián de las Naves, y he aquí que al fin notó el blanco navío que se ondulaba sobre las oscuras aguas, atado al viejo muelle, y junto a él, esperando, un gran caballo gris montado por una blanca figura, Gandalf el Grande. Con que aquí estaba el viejo mago, pensó, pues al llegar a los límites de la Comarca, el príncipe le había perdido de vista. Y notó que en su mano brillaba abiertamente Narya el anillo de roja piedra como el fuego.
Galadriel adelantó la comitiva, alta y hermosa era ella, y así prefería que se le recordara, y no como una sombra del maravilloso mundo de los elfos.
La Gran Señora de Loríen llegó hasta donde el mago que ahora desmontaba al hermoso meara.
La Dama Blanca se giró hacia la comitiva y extendió el brazo y en su mano brillaba el anillo forjado de mithril, con una sola piedra que centelleaba como una estrella de escarcha, Nenya; y Bilbo Baggins, de ahora 131 años de edad, se encaminó hacia ella no sin antes girarse un poco y regalarle un guiño de ojo al príncipe.
Harry bajó de Fíriel y cuando sus dos pies estuvieron sobre el suelo, sintió una presencia a su lado.
Elrond encaraba el Mar ante él, sus ojos fijos en el horizonte. Elerossë lo observó momentáneamente y se dio cuenta del Gran Señor Elfo que descansaba a su lado, de la sabiduría engarzada en él por el transcurrir de los años entre las Edades. Y el príncipe se dio cuenta de que en verdad tendría que hacer algo realmente grandioso para ser merecedor del linaje de su nueva familia. Y se sintió tan pequeño en ese momento, que todos sus actos en el pasado parecían perderse en la arena del tiempo. Y bajo la cabeza.
Una mano confortante se posó sobre el hombro del joven mago y lo obligó a girar, a encarar a Elrond Medio Elfo. Harry no se atrevió a elevar la mirada, se sentía indigno. Y hasta ahora lo comprendía.
- Lúmëlda tuluva Tu tiempo llegará - dijo - Ana tyasta huorëlda Para probar tu valía - Harry elevó los ojos ante estas palabras y se encontró con una mirada llena de entendimiento y cariño – Ya tyasantëldë limbë or sina nórë, Elerossë La cual ya haz probado muchas veces en este mundo, Elerossë - Elrond observó el lozano rostro del príncipe y se dio cuenta de que era fuerte y hermoso como los hombres del antaño Númenor, excepto por los verdes ojos. Tocado por la gracia de los elfos, el último rocío que deja la noche al despertar la mañana del nuevo día, así era Elerossë, Rocío de Elfo, Elrond sabía que el príncipe afrontaría con valor la prueba final cuando le llegase – Sé que no es necesario pedirte esto, pero, cuida de mi hija, de tu madre – terminó, acariciando la mejilla del príncipe con la mano en donde descansaba un anillo de oro con una gran piedra azul: Vilya, el más poderoso de los tres anillos.
Harry tan sólo atinó a asentir con la cabeza, con una pequeña y fugitiva lagrimilla escapando del final de su ojo. No lo hubiera querido admitir, pero en verdad comenzaba a sentir el peso de lo que iba a acontecer. Sentía el final, el verdadero adiós, no uno vano, no uno donde te despides pero tienes la seguridad de que volverás a encontrarlos o que estarán al otro lado del teléfono o de una carta. Un verdadero adiós.
El suave oleaje de la salada agua y el tropezado avance del hermoso barco eran lo único importante ahora en el mundo de Harry. Tal vez, quizá tal vez, el barco no quería alejarse del muelle. Tal vez, eso haría a sus tripulantes cambiar de opinión. Tal vez, en cualquier momento, el barco giraría, decidiendo atrasar el viaje algunos días más.
Una suave brisa acarició las mejillas del príncipe, alborotando el largo cabello azabache. Y ante los tristes ojos de todos, la suave brisa golpeó con fuerza las desplegadas y blancas velas, dando un nuevo empuje y velocidad al torpe andar del barco, que ahora comenzaba a deslizarse suavemente sobre las aguas. Y en ese momento, Elerossë Telcontar, supo que nunca más vería a sus amados amigos. Lo supo en verdad.
Mára Mesta.
Y el barco se perdió en la infinidad del océano, dejando atrás un murmullo de recuerdos.
Las grises nubes se apretujaban, grandes y majestuosas, formando una sólida pared entre la tierra y el calor de sol. Debajo de ellas, un fuerte y helado viento se arremolinaba sobre tierras inglesas, dando una pequeña prueba del frío invierno que se acercaba. La helada era tal que las, una vez, alegres calles del pueblo de Hogsmead, ahora se encontraban desiertas, excepto por aquellos gatos ambulantes que se esforzaban por mantenerse cálidos al lado de los pesados barriles afuera de las tabernas.
Un chirrido y golpe horrendo espantó a un gato negro que se cobijaba al pie de una vieja y descuidada casa, justo al final del pueblo mágico. Pronto, se vio un brazo salir por el hueco de una de las ventanas del segundo piso para atrapar la puertecilla de la misma. Al parecer, el fuerte viento había logrado zafar la mal cerrada puertecilla, por poco arrancándola con su fuerza.
Remus soltó un par de juramentos revueltos con espasmos por el repentino golpe del viento helado, pero atrapó la puertecilla y logró cerrarla, asegurándose de que esta vez fuera imposible abrirla.
Satisfecho con su trabajo, el hombre lobo sacudió sus manos y prosiguió a frotarlas, para recuperar el calor perdido.
Un fuerte estornudo le recordó el plato humeante de sopa caliente dejado sobre una repisa, y tomándolo rápidamente se apresuró al sofá apostado en uno de los rincones de la alcoba, el cual contenía una figura amorfa de frazadas. Soltando un largo y resignado suspiro, Remus conjuró una mesita para depositar el tazón y enseguida se acercó al sofá y descubrió las frazadas para encontrase con la nariz roja e hinchada del animago Sirius Black.
- Te dije que no era bueno que salieras con esas fachas tan desgastadas y delgadas – dijo con paciencia, tomando el termómetro de la boca del animago.
Sirius estornudo una vez más, no sin antes tirarle una mirada de fastidio a su amigo.
- Tu lo haces todo el tiempo ¿por qué yo no habría de hacerlo? – espetó bravuconamente.
- Yo, mi querido amigo, soy un lycanthropus - respondió, después de interpretar lo arrojado por el termómetro y ahora sacudiéndolo para regresar el mercurio a su lugar – lo cual me hace resistente a muchas enfermedades del hombre.
Una vez que el mercurio estuviera en su lugar dentro de la vara de cristal, se esfumó en el aire, regresando a su acostumbrado lugar dentro de una vieja cómoda.
- Al menos ya no tienes fiebre, come ahora tu sopa, te hará bien – dijo Remus, acercando la mesita al sofa donde reposaba Sirius.
El animago le tiró una mirada de desprecio, pero tomo la cuchara y comenzó a sorber la sopa. No importaba cuan molesto fuera Remus en su modo de 'te lo dije', sus dotes en la cocina eran indudables.
Firiel caminaba mirando de lado de lado, aburrida, deseando que su amo hiciera alguna cosa loca o que algo extraño pasara, incluso deseaba que los pequeños ponis avanzando a su lado hicieran algo tonto para que ella pudiera reírse un buen rato, pero nada pasaba, nada alteraba la lentitud del paisaje... nada alteraba su tristeza, si, tristeza, por que aunque ella fuera una yegua y no un humano, o un elfo, o un hobbit, o un enano, aun podía sentir el sentimiento que embargaba a los seres que acompañaban a su amo, y a éste mismo. Es por eso, y solo por eso, que evitaba hacer alguno de sus tantos berrinches a los que su amo ya estaba acostumbrado.
Dando un fuerte resoplido por la enorme nariz, la yegua meneó su cabeza resignada, pero entonces una mano se posó sobre su lomo, acariciándolo suavemente.
Elerossë se daba cuenta del enfado con el que Firiel avanzaba, pero también sabía que en cualquier otra ocasión, la yegua ya estaría haciendo alguno de sus acostumbrados berrinches. El príncipe sonrió, sabía que Firiel se estaba conteniendo únicamente por él.
Exhalando, Harry giró su cabeza hacia los tres pequeños hobbits que le acompañaban, y los vio tan tristes. Se encontró con los ojos de Pippin, quien le regaló una débil sonrisa y con un gesto de cabeza le señaló a Sam quien se encontraba como en un trance, con la cabeza caída sobre el pecho, la mirada perdida. El joven príncipe entendía que de los tres medianos, el más afectado era, sin lugar a duda, el amable y valiente jardinero.
Tardando poco más de dos días en el viaje de vuelta a casa, lograron al fin llegar a La Comarca.
El camino de vuelta al hogar de los hobbits había sido tranquilo, callado, con cada uno de ellos perdidos en sus propios pensamientos, en sus propios recuerdos. Ninguno nunca dijo nada más que lo absolutamente necesario, respetando siempre el silencio de los otros, entendiéndolo.
Durante el trayecto, durante las noches y durante las cenas y comidas, se habían movido maquinalmente, casi por instinto. Ya habían viajado juntos en el pasado, y disfrutaban mucho de la compañía del otro. Cuando se viven tantas cosas juntos, se llega siempre a un entendimiento, a un respeto. Y nada más falto durante el corto viaje.
El tranquilo andar del jamelgo y de los ponis provocaba un lento golpeteo de cascos sobre el piso de piedra que recorría desde el Puente del Brandivino hasta Bolsón Cerrado.
Harry observaba interesado cada una de las pequeñas construcciones. Era verdad que ya habían pasado dos años desde la Gran Guerra, pero nunca se había dado la oportunidad de visitar el hogar de los hobbits. En Gondor nunca faltaba algo que hacer.
Al lado y adelante del mago, los hobbits se alegraban de estar en casa, absorbiendo con premura y gratitud el sentimiento de seguridad que les transmitía su amada y ya bien conocida Comarca.
No importaba cuan hermosos y maravillosos hubieran sido los lugares conocidos a través de su viaje por la Tierra Media, ninguno podría jamás superar la sensación que tenía en ellos la pequeña Comarca, su hogar.
Delante de la pequeña comitiva, Merry y Pippin se alegraron al ver la conocida colina de Bolsón Cerrado; y justo en el pequeño jardín frontal, a la señora Rosa Gamyi, quien regaba las numerosas flores que decoraban el colorido jardincillo, y una carriola rosada, de la cual salían un par de regordetas manitas tratando de atrapar a la traviesa mariposa que revoloteaba alrededor suyo.
Atrás, en la segunda parte del grupo, Sam montaba su pequeño poni con la cabeza caída sobre el pecho, demasiado triste aún por la pérdida de su gran amigo Frodo. El príncipe tomaba las riendas de Firiel con una mano, mientras con la otra guiaba al distraído poni que seguramente se hubiera salido del camino para comer un poco de ese pasto tierno y verde que cada primavera brotaba alrededor de los buzones en cada colina. Elerossë no se permitía despegar sus pendientes ojos de la triste figura de Sam, imaginando que de un momento a otro caería sonoramente al camino.
Un fuerte y alegre gorgoteo atrajo la pronta mirada de ambos, especialmente de Sam quien conocía de corazón ese sonido.
Una sonrisa asomó en los labios del jardinero ante la escena que se revelaba a sus descuidados ojos, y una inmensa ternura los llenó. Apeando con premura a su montura, Sam se apresuró a llegar a donde su esposa e hija se encontraban, dejando atrás al pequeño grupo.
El príncipe Elerossë se detuvo unos instantes, observando como Sam llegaba hasta la puerta de Bolsón Cerrado, observando como Rosa besaba y abrazaba a su esposo mientras le depositaba suavemente a la pequeña Elanor en sus brazos. Sam sonrió a su hija, sosteniéndola con delicadeza, y depositó un cálido beso sobre los rizos dorados.
- Estoy en casa
Los rayos del atardecer alumbraban a tres figuras que cabalgaban por la rivera del Brandivino. Los hobbits que por ahí retozaban o pasaban, se tomaban la punta del sombrero y hacían una inclinación con la cabeza. Harry sabía que no lo hacían por él, La Comarca no tenía conocimiento de Gondor, mucho menos de la familia real, no, lo hacían por el respeto que le tenían a ese par de grandes señores hobbits que cabalgaban lado a lado del desconocido príncipe, hobbits que se habían ganado el respeto de la pequeña gente no sólo por su estatura – pues eran los más altos de la raza – sino por su forma de actuar, de ser. Ambos semejaban dos grandes señores, cabalgando sobre ponis salvajes del Brandivino con sus vestiduras de Rohan y Gondor respectivamente.
Una vez que el trío alcanzó un desolado camino que bordeaba el Bosque Viejo, se detuvieron.
Los tres amigos intercambiaron tristes despedidas y un anhelante hasta luego. Era hora de partir, y lo sabían, había sido un viaje agotador en todos los sentidos, pero ahora, cada uno de ellos debería ir a descansar, a recuperar las fuerzas que se habían hecho a la mar junto con las blancas velas de los bellos navíos, y junto con sus amigos.
El par de hobbits le dieron un último fuerte apretón de manos a su joven amigo y Pippin le entregó una pequeña bolsa vieja de cuero curtido al príncipe quien la aceptó confundido, para después verlos darle la espalda y comenzar su nueva cabalgata de camino a La Comarca.
Harry observo marcharse, observo sus siluetas dibujadas sobre el sol del horizonte y vio como el brazo de Pippin se apoyaba sobre el hombro de Merry. Una sonrisa curveo los labios del joven príncipe y sus ojos se elevaron al cielo del atardecer. Y mientras veía como la primera y más hermosa de las estrellas brillaba como un punto perdido en el horizonte se dio cuenta de que todo lo que había aprendido a amar en este extraño mundo que lo había aceptado cuando más perdido se sentía había llegado a un punto de no retorno y que aquello que había conocido cambiaría.
Dentro de la bolsa de cuera, el mago encontró la pipa de Frodo y su elegante tabaquera. Una sonrisa en los labios de Harry.
Al fin comenzaba la cuarta edad. La edad del hombre.
¿Qué tal? Espero les haya gustado. Si tienen alguna duda con el tiempo favor de hacermelo saber, trataré de llevar las cuentas para que nadie se pierda ¡Hasta Luego!
