CAPÍTULO 4 – EL CALLEJÓN DIAGON

Se encontraban en medio de una calle adoquinada, llena de curvas situada en medio de Londres invisible al ojo muggle. El callejón estaba muy animado todo lleno de gente haciendo las últimas compras antes del nuevo curso. Mary estaba muy sorprendida, no podía creerse donde estaba ni todo lo que había a su alrededor. Estaba lleno de gente vestida con túnicas de distintos colores y hasta algunas personas llevaban sombreros de punta.

Snape quitó a Mary de su ensoñación y le indicó que lo siguiera. Ella, sin decir nada, le siguió hasta llegar al final del callejón donde se encontraba una tienda llamada Ollivander's.

— Esta tienda es del señor Ollivander, un gran fabricante de varitas — le indicó Snape.

Mary únicamente pudo asentir debido a los nervios que habían invadido su cuerpo. Tenía mucho miedo y, a su vez, una gran excitación ya que tenía muchas ganas de poseer una varita con la que poder hacer magia.

Snape abrió la puerta y la sujetó para que Mary pasara. Se encontraban en una destartalada y estrecha tienda llena de miles de cajas con varitas que llegaban hasta el techo. De repente apareció un hombre anciano de pálidos ojos plateados.

— Buenos días profesor Snape, ¿qué es lo que desea? — anunció el señor Ollivander.

— Esta señorita— dijo Snape señalando a Mary — necesita una varita.

— No recuerdo haberle vendido ninguna varita — dijo Ollivander observándola extrañado, pensando que debió de comprar su primera varita a otro ya que tenia la edad suficiente — ¿ha tenido algún problema con su antigua varita?

— Ella nunca ha poseído una varita — aclaró Snape.

— No entiendo — dijo Ollivander observando con curiosidad a la muchacha pelirroja.

— No tiene porqué entenderlo, solo tiene que encontrar una varita adecuada para ella— dijo finalmente Snape totalmente crispado.

Ollivander no hizo más preguntas y se puso a trabajar. Se acercó a Mary y empezó a andar a su alrededor lentamente, observándola.

— ¿Con qué brazo hace servir la varita señorita…?— Ollivander no sabía el nombre de la chica.

— Señorita Bray, y soy diestra.

— Muy bien señorita Bray, levante el brazo derecho— Ollivander empezó a tomarle las medidas: del hombro al dedo, alrededor de la cabeza, etcétera.

Mientras la cinta métrica seguía midiendo ella sola el señor Ollivander se puso a buscar entre las estanterías llenas de cajas e iba cogiendo algunas de ellas.

— Muy bien — dijo Ollivander, y la cinta dejó de medir — pruebe esta varita, cójala y muévala.

Mary no sabía muy bien lo que pretendía el hombre pero agarró la varita y la movió. El señor Ollivander se la sacó rápidamente de las manos negando con la cabeza y dándole otra varita, y así un par de veces más hasta que, finalmente, al coger la varita Mary sintió calor en la punta de los dedos y, al levantar y bajar la varita, de la punta salió un hilo de chispas rojas y doradas. Entonces el señor Ollivander sonrió.

— Muy bien, ya hemos encontrado su varita: madera de pino negro, centro de corazón de dragón, 26.75 centímetros de largo y razonablemente flexible — dijo Ollivander mientras empaquetaba la varita.

— Muchas gracias señor — dijo Mary entusiasmada.

Snape pagó la varita y él y Mary salieron de la tienda. Mary estaba encantada, tenía unas ganas desesperadas de probar su magia y ver de qué era capaz pero sabía que por ahora no la podía usar ya que Dumbledore le había comentado que los menores no podían usar su magia fuera de la escuela.

— Ahora toca ir a la papelería a comprarte tinta, plumas y pergaminos, y después iremos a comprarte un animal — le comentó Snape.

— ¿Un animal? — dijo Mary extrañada.

— Sí, todos los alumnos de Hogwarts han de tener una lechuza, un sapo o algún otro animal. Lo más práctico son las lechuzas ya que de este modo puedes enviar cartas — le explicó Snape.

— Oh, vale — dijo Mary pensativa.

Mientras Snape la guiaba hasta la papelería, Mary estuvo pensando cuál sería el animal más adecuado y decidió que, como había dicho Snape, lo mejor sería una lechuza pero ella nunca había tenido una mascota y no sabía si podría cuidarla bien de modo que volvió a ponerse nerviosa.

Ya en la papelería Mary observó la gran cantidad de materiales que ahí había; los diferentes tipos de tinta: desde la más normal a tinta invisible; plumas de diferentes medidas y cualidades, etcétera. Snape cogió lo básico: unas cuantas plumas, un par de tinteros y bastantes pergaminos y fue a pagarlo.

Salieron de la tienda y Mary se paró de repente.

— ¿Le sucede algo? — le preguntó Snape.

— Señor, el dinero que está utilizando para pagar mis cosas, ¿cómo puedo devolvérselo?

— No se preocupe, este dinero es de Hogwarts para aquellos alumnos que no tienen los recursos necesarios. Además, el ministerio está arreglando la herencia de sus padres muggles para que el dinero se destine a una cámara a su nombre en Gringotts, el banco de los magos. Pero estos trámites suelen tardar un tiempo de modo que por ahora la escuela cubre sus gastos.

— Vale, y exactamente ¿cómo funciona el dinero de los magos? — Mary llevaba haciéndose esa pregunta desde que había visto las monedas que Snape le había dado a Ollivander para pagar su varita.

— Los magos tenemos tres tipos de monedas — Snape sacó tres monedas distintas— esta grande y de oro se la llama galeón, la de plata es un sickle y la pequeña de bronce es un knut. Un galeón son diecisiete sickles y un sickle son veintinueve knuts.

— Oh, vale. Muchas gracias.

— Bueno, ahora ya solo nos falta comprarle un animal.

Se dirigieron hacia una tienda que se encontraba delante de la papelería y que estaba llena de lechuzas de distintas especies y colores en jaulas colgando. Esta tienda se llamaba El Emporio de las Lechuzas.

Al entrar Mary estuvo observando las distintas lechuzas y al final se decidió por una de color gris oscuro ya que al acercarse a ella se puso a dar brincos dentro de la jaula. A Mary le hizo tanta gracia que se la quiso quedar. Snape avisó a la dependienta y le dijo que se la quedaban. Una vez en el mostrador Mary observó un pequeño libro con indicaciones de cómo se tenían que cuidar las lechuzas. Snape, al darse cuenta de lo que estaba mirando Mary cogió el libro y lo añadió a la compra.

— No es necesario señor, ya me lo compraré en cuanto disponga de mi dinero — Mary no quería que se gastara tanto dinero en ella.

— No se preocupe, esto es un regalo de mi parte — y sonrió a Mary con amabilidad.

— De verdad que no hace falta…

— Insisto.

— Vale, pues muchas gracias señor — dijo Mary tímidamente y bajando la mirada hasta sus pies.

Una vez fuera se dirigieron hacia el Caldero Chorreante donde cogieron dos habitaciones y, en cuanto dejaron las cosas en la habitación fueron a comer. Entonces, mientras comían, Snape le explico que hasta el día uno de septiembre se quedarían allí y que, en cuanto los Weasley hubiesen dejado a sus hijos en la estación de King's Cross, la vendrían a buscar para llevarla a su casa y allí empezar las clases de magia.

— Pero señor, ¿no se supone que los alumnos menores de edad no pueden usar la magia fuera de la escuela?

— Sí tienes razón pero el ministerio nos ha dado permiso para hacer una excepción en tu caso y únicamente podrás usar la magia dentro del recinto de los Weasley.

Mary asintió y la comida siguió con el profesor Snape explicándole las distintas materias que aprendería, desde historia de la magia hasta defensa contra las fuerzas del mal. Mary tenía muchísimas ganas de empezar a aprender y a devorar todos los libros de magia que pudiese. Fue entonces cuando cayó en que no habían comprado ningún libro escolar.

— Perdone que se lo pregunte señor pero ¿con qué libros voy a estudiar? No hemos comprado ninguno — le dijo Mary con vergüenza.

— Por eso no debe preocuparse, los Señores Weasley tienen todos los libros necesarios ya que tienen bastantes hijos y algunos de ellos ya han acabado Hogwarts de modo que tienen muchos libros.

— Es verdad, me comentaron que sus hijos mayores me ayudarían — comentó Mary.

— Sí, su hijo mayor Bill trabaja para Gringotts ayudando a quitar las maldiciones de las pirámides en Egipto. Y Charlie, su segundo hijo, trabaja en Rumanía con dragones. Ambos te ayudarán durante la temporada que pasen visitando a su familia — le explicó Snape.

Una vez terminaron de comer decidieron ir a descansar a sus respectivas habitaciones. Mientras caminaban por el pasillo la puerta de una habitación se abrió y de ella salió un muchacho de unos trece años, pelo negro y ojos verdes ocultados detrás de unas gafas. Snape iba delante y al ver al muchacho frenó un poco.

— Señor Potter — dijo Snape.

— Professor Snape — dijo el muchacho.

Y Snape siguió su camino. Mary observó como el chico miraba con una pizca de despreció a Snape y, en ese momento el giró la cabeza y la observó a ella. Al cruzar las miradas Mary sintió nostalgia y añoranza, no sabía porque ese chico le provocaba esos sentimientos. Ambos se quedaron un rato mirándose hasta que Snape se giró.

— Vamos señorita Bray.

Y Mary siguió su camino quedándose solo con el nombre del muchacho, Potter, y muchas preguntas sin responder en su cabeza.

Durante los días que estuvieron allí esperando el uno de septiembre Snape se dedicó a enseñarle las distintas tiendas del callejón: el boticario donde le enseñó distintos ingredientes con los que haría pociones, la tienda de Quidditch donde le explicó un poco por encima el deporte de los magos, la heladería Florean Fortescue donde fueron un par de veces. Pero el sitio al que fueron más veces y en el que ella disfrutó más fue la librería Flourish y Blotts dónde había todo tipo de libros pero los que la había intrigado más fueron unos libros que se encontraban dentro de una jaula titulados El Monstruoso Libro de los Monstruos. Allí Snape le enseñó distintos libros con los que estudiaría. Mary agradeció mucho esos ratos que pasaba con Snape ya que él era muy amable con ella y hacía que se sintiese bien pero Mary había notado algún cambio de actitud de su profesor en algunas comidas y cenas que hacían en el Caldero Chorreante y, curiosamente, siempre pasaba cuando el muchacho llamado Potter se encontraba allí también, sobre todo en los momentos en que ella y el chico se quedaban mirándose un buen rato. Mary quería saber quién era pero le daba miedo preguntarle y decidió guardarse esas preguntas para más adelante.

Finalmente llegó el uno de septiembre, la noche anterior Mary estaba tan nerviosa que no consiguió dormirse hasta las tantas de la madrugada y, por culpa de esto, no se despertó hasta casi la once de la mañana. Cuando bajó a desayunar Snape ya estaba allí leyendo el Profeta, Snape ya le había explicado que era el diario de los magos. Se sentó en su mesa y él cerro el periódico.

— ¿Cómo se encuentra? Se le han pegado un poco las sábanas — dijo Snape un poco divertido.

— Disculpe señor es que anoche me costó mucho dormirme — dijo Mary.

— Lo entiendo. Bueno, son las once menos cuarto de modo que los Wesley llegaran aproximadamente en unos veinte minutos.

— Oh, vale pues será mejor que vaya a terminar de preparar mis cosas.

Mary estaba levantándose pero Snape la cogió de la mano para detenerla.

— Ya preparará sus cosas después primero tiene que tomar algo para desayunar — dijo Snape en tono paternalista.

— Pero no quiero hacerlos esperar — se quejó Mary.

— Entonces será mejor que empiece a desayunar cuanto antes.

Mary se sentó y desayunó un par de tostadas tan rápido como pudo bajo la supervisión de Snape y luego corrió arriba a terminar sus maletas. En cuanto terminó volvió a bajar con todas sus cosas y se encontró a Snape de pie al lado de una pareja. Snape al verla le indicó que se acercara y la pareja se giró para verla. La mujer era baja y un poco regordeta, con un pelo rojizo y unos ojos marrones que desprendían calidez. En cambio el hombre era alto y delgado, también con el pelo rojizo y ojos azules. Al llegar a su lado Snape los presentó.

— Señorita Mary Bray ellos son el señor Arthur Weasley y la Señora Molly Weasley.

— Encantada de conocerlos — dijo Mary.

— El placer es nuestro — dijo el señor Weasley estrechándole la mano.

— Estamos encantados de tenerte con nosotros — dijo la señora Weasley abrazándola cálidamente.

— Bueno, hechas las presentaciones si me disculpan yo debo ir a Hogwarts a ocuparme de mis responsabilidades como profesor — anunció Snape.

— Oh pues les dejamos para que se despidan — dijo el señor Weasley al ver la cara de tristeza de Mary y ambos llevaron las cosas de Mary hasta al lado de la chimenea y se quedaron ahí a esperarla.

— Mary ha sido un placer estar contigo durante estos días. Espero que a partir de ahora aprendas muchas cosas — dijo Snape.

— ¿Cuándo nos volveremos a ver? —para Mary Snape era su protector y lo necesitaba. Desde que sus padres habían muerto él no se había separado de ella y no sabía si sería capaz de estar apartada de él.

— Supongo que nos veremos los días que vengas a hacer los exámenes a Hogwarts.

— Pero, ¿no puede ser antes? — Mary estaba empezando a llenarse toda ella de miedo y dudas. No sabía si sería capaz de afrontar todas esas novedades sin él.

Snape, al ver la desesperación gravada en la cara de la chica se acercó a ella y la puso entre sus brazos, acercándola a su pecho, abrazándola.

— No te preocupes todo va a salir bien, de verdad. Vas a estar con buena gente, te cuidaran, te enseñaran muchas cosas, lo vas a disfrutar mucho y, cada vez que tengas miedo, o que tengas ganas de contarme algo alegre o triste, solo tienes que coger la pluma y escribir cada palabra en una carta que yo leeré encantado — Snape le dijo cada palabra con todo el cariño del mundo.

— Muchas gracias — dijo Mary mirándolo a los ojos.

Después de unos segundos más abrazados él se separo de ella, le dio un beso en la mano y desapareció. Mary se acercó a los Weasley y les dijo que ya estaba lista. El señor Weasley cogió el equipaje de Mary y la señora Weasley cogió la mano de Mary y ellos también desaparecieron para aparecer en la Madriguera.