¡Saludos, lectores, de inicio de semana!
Espero se encuentren muy bien. Son inicios de septiembre. Es el mes de Shun y aquí les traigo una actualización más de esta oscura y enredada historia. De nuevo, el capítulo aborda a nuestros consentidos de bronce.
Geminisnocris: Me alegra que te haya gustado la doble actualización. Sí; Manigoldo, creo que ese acto sería muy de él, burlarse, robar, pero ser noble en el fondo, y querer que los mirones no se ensañen con la sentenciada. También pobre Shun, llorando, y es que no hay consuelo aparente; espero disfrutes este capítulo.
SakuraK Li: Aquí hay más Shun para ti, amiga, y como estamos cerca de su cumple, pues el capítulo gira, de nuevo, más en torno a él que a sus compañeros de armas. Gracias por ir leyendo, aunque los dorados no te agraden, jajaja, los capítulos se tornarán mucho más crueles más adelante.
Alyshaluz: Gracias por leer y comentar. El Lienzo era el que Hades iba pintando y a través de esa pintura, los continentes se desprenden de la Tierra y forman ese Lienzo en ell cielo (por lo menos eso entendí en el manga, pues ya no adaptaron a animación esa parte). Aquí vuelvo a abordar a Seiya y compañía, espero que te agrade el capítulo.
Mary Martin: (se esconde) Sí, aquí aparece de nuevo el hermoso peliverde. Muchas gracias por leer. Cierto, más que justificado el llanto y también una fuente de consuelo, mientras se les ocurre cómo solucionar ese mundo extraño. Es triste la historia del anterior Cáncer; vio morir a todos en su pueblo, se dedicó a la rapiña para sobrevivir y así lo encontró el Patriarca y lo llevó al Santuario para hacerlo su alumno, sólo que en este fic es un poco (¿poco?) diferente.
Tot12: Muchas gracias por ir leyendo. Sí, no sé cómo haré, tengo que defenderme porque aquí los caballeros la pasarán muchísimo peor que en mis otras historias, destino del cual se libró mi encantador cuñadito, que se quedó en quién sabe dónde (en el volcán). Como anda solo siempre, ahora sí le tocó no aparecer en la historia… ¡Y todavía me reclama! Jajaja… Es interesante lo de las horas canónicas, yo lo leí en la novela de Umberto Eco.
Liluel Azul: ¡Spoiler, spoiler! Jajajaja, para eso falta mucho, apenas están viendo cómo hacer para resolver ese embrollo. Saori muerta por la flecha… Ya verás, espero sigas leyendo, muchas gracias por comentar.
InatZiggy–Stardust: Gracias, amiga. Por leer y por comentar. Puro sufrimiento aquí, Shunny que no encuentra consuelo y en el siglo XVIII lo horrendo de una ejecución. Mal por la gente y su morbo, pero así he leído que era: casi un día de fiesta, un día para entretenerse. A eso se enfrenta la pobre chica acusada de brujería. Ya verás cómo continúa esta historia, de nuevo con los caballeros de bronce en el presente.
Mel–Gothic de Cáncer: ¡Amiga! Me encantan tus comentarios… Por otro lado, siento mucho esa horrible experiencia que tuviste. La intolerancia (incluso esa palabra está equivocada, he leído por ahí, pues ¿por qué tolerar? ¿Qué, lo otro es lo malo o lo extraño y entonces bueno, hay que tolerarlo a pesar de ese carácter de equivocación?)… Mal por ese tipejo. Yo estoy más bien a medio camino entre hereje y atea, las religiones casi son lo mismo: yo estoy bien, tú mal; yo me voy al cielo con (insértese aquí el nombre de la divinidad), tú te vas al infierno o al lugar de castigo con todo y zapatos. Muy mal. Por cierto, me gustó lo de ser bruja, yo sería una bruja de las palabras, muajajajaja… Y bueno, creo que sufrirás con la pobre chica quemada en la hoguera, aunque aquí regreso al presente de los caballeros de bronce, a sus esfuerzos por arreglar lo ocurrido hace más de dos siglos.
A todos muchas gracias por leer, dejo a su consideración este capítulo de casi–cumpleaños del tierno caballero de Andrómeda. Copyright a Kurumada y a Shiori Teshiroji por sus bellos personajes. Buen provecho, ya pueden pasar a leer.
4.- 1990, octubre 8, 11:30 P.M El lugar de Dohko
Shun se retiró hace unos momentos. Hyoga y Seiya acaban de disculparse luego de aguantar bostezos durante algunos minutos. Shunrei está en la cocina, limpiando para no interrumpir a Shiryu y al viejo maestro de Libra.
Perdieron. Hace dos siglos perdieron y al Dragón todavía le cuesta trabajo creerlo.
–Maestro, ¿por qué decidió quedarse aquí?–, pregunta para llenar el tiempo, para ver si con sus palabras se borra esta extraña dimensión.
La respuesta del caballero de Libra, al contrario de los deseos de Shiryu, reafirma esa línea fuera de la realidad en la que se encuentran. Regresó al lugar que es la réplica del de su nacimiento, donde sus padres murieron durante una de las crecidas del río, donde recibió su entrenamiento de un dragón con mil años de edad, ser que una vez fue un hombre, para conservar su fuerza, para sobrevivir hasta ahora, cuando Athena está por aparecer en el Santuario.
Y funcionó. Sus doscientos cincuenta y ocho años lo comprueban. El deseo de volver a su verdadero lugar alimentó sus poco más de dos siglos
–Allá abajo están mis padres, Shiryu, allá está la vida que conocí, los entrenamientos con mi maestro, el sitio original de la cascada, no puedo creer que no lo recuerdes. Tantas veces te lo conté. Y tú prometiste ayudarme. Dijiste que regresaríamos juntos a tierra firme.
El Dragón se concentra en la voz de Dohko. Y sonríe. Sí, al menos él es el mismo: esa respuesta es una que le habría dado su maestro en algún momento.
–Iremos abajo, maestro, se lo aseguro–, responde Shiryu antes de hacer una reverencia delante de su maestro y retirarse; sus ojos, como los de sus amigos, están cargados de sueño y de lágrimas.
No dijo eso nada más por darle la razón a Dohko; encontrará la forma de cumplir esa promesa junto a Shun, Hyoga y Seiya. Entre los cuatro serán capaces de hallar una solución.
Shiryu entra en la habitación en la que ya duermen sus amigos. O eso parece: por el rumor de las mantas, por las respiraciones más o menos tranquilas en mitad del silencio. Aún de pie, el caballero de bronce imagina el cielo, las estrellas. Eran un pequeño puntito luminoso cuando niño, y hasta hace poco, cuando llegó a ver a su maestro antes de que Mu reparara su armadura y la de Pegaso; ¿cómo se verán ahora? ¿Más próximas a la mano, más luminosas? Eso le gustaría verlo; quizás así dejaría de percibir un poco ese tremor tan molesto que lo recorre todo.
–Sería bueno ver la belleza del cielo–, susurra al meterse debajo de las sábanas, antes de intentar dormir.
Pero le es imposible. El caballero comienza a revolverse, se endereza sobre el colchón, se vuelve hacia la izquierda, hacia la derecha, sus ojos muertos clavados en el techo. Luego de muchísimo tiempo escucha pasos. Tal vez sea Shunrei. Aunque las pisadas son más bien cercanas, nacidas en esta misma habitación. Es uno de sus compañeros, piensa. Y mientras él se queda con la intención de preguntar quién anda ahí, los pasos se alejan, leves, como el sonido dejado por una pluma al arrastrarse.
Un segundo susurro toma el lugar de las pisadas: se trata de sollozos en medio del sueño. Shiryu se siente un poco culpable al pensar en Seiya y en el Cisne. Quien lo derrotara en el Torneo Galáctico tiene lejos a su hermana, y la tumba helada de una madre se encuentra fuera del alcance de un muchacho rubio. A ambos este imprevisto les arrebató algo, a alguien, como a Shun, mientras los dos seres que durante seis años se convirtieron en su familia permanecen a su lado.
El chirriar de los goznes interrumpe al guerrero. Alguien ha abierto la puerta y él prefiere fingir que duerme. Unos momentos, sólo eso pide, alejarse tan sólo unos minutos más de la confusión que les heredara la muerte de Saori.
La puerta se cierra. Hay un sonido leve en la cocina, parece, unos pies avanzando de puntitas. Unos instantes más tarde, voces: te acompaño, gracias, Shun. Era Shunrei, se dice Shiryu, apenado por fingir mientras ella quizá necesitara ayuda. Pero ahí está Shun, el siempre amable y educado caballero de Andrómeda. ¿Qué tanto esconderá?, se le ocurre de pronto, ¿qué habrá detrás de su apacible persona? Perdió a su hermano mayor durante seis años, luego de ser tan apegado a él. Después debió enfrentarlo como a un enemigo y verlo morir en el enfrentamiento con Dócrates, también lo vio regresar a salvarlo de aquel caballero que casi lo ultima a punta de llamas para al final irse de nuevo, molesto siempre porque un lobo solitario no es capaz de andar en manada.
–Shun…
–¿Qué pasa Shiryu, tampoco pudiste dormir?
Esa es la voz de Seiya. Shiryu sonríe cobijado por la penumbra; el Pegaso estuvo roncando poco antes de sollozar.
–No–, responde sin sacar a su amigo de su error. –¿Quién podría dormir en semejante situación?
–Hyoga; está bien dormido.
La risa queda de Seiya cesa casi de inmediato al tropezar con el rostro del Cisne. Un leve haz luminoso lo revela apacible, apacible y sucio de lágrimas blanquecinas.
–Me da pena, seguro no sabe si alguna vez podrá visitar de nuevo la tumba de su madre.
O en qué parte del Lienzo estará tu hermana, se dice Shiryu, sintiéndose afortunado al tener con él a las personas que le importan.
–Vamos a dejarlo que descanse, Seiya, seguro concilió el sueño hasta muy tarde.
–O hasta muy temprano–, ríe con levedad el Pegaso, causándole una sonrisa abierta a su amigo. Es un alivio, ese buen humor con el que Seiya siempre intenta aligerar su entorno.
Ambos salen sin hacer ruido y van a sentarse junto a la puerta de entrada, en el suelo. Shiryu apoya las palmas, siente la tierra, el temblor que es una corriente eléctrica debajo de ella. Le prometí al maestro Dohko que volveríamos a suelo firme, susurra.
–Nosotros te ayudaremos; es bastante molesto sentir que te vas de bruces a cada paso… Además, Saori…
Seiya se detiene. Sí, no deben permitir que maten a la diosa Athena, comprende Shiryu. Aspira el aire limpio de los Cinco Picos, piensa: ¿en qué momento esa niña mimada empezó a importarles tanto? Los atormentó siendo pequeños, siempre los calificó de harapientos y mugrosos huérfanos, nunca a la altura de la señorita de la casa. A Jabu… Dioses, Shiryu continúa viéndolo aunque no quiera. El peso de la niña en la espalda. Su frente fruncida por el dolor. La misma fusta que le cruzara el rostro a Seiya restallando una y otra vez sobre sus glúteos. Y su pantalón, roto para mostrarles a todos unas rodillas heridas. Muchos se acercaron para confortarlo. En especial Shiryu sigue viendo las manos de Shun en los hombros del futuro Unicornio, que trataba de no llorar.
Seiya también recuerda a la nieta del anciano Kido que ahora es una tumba cerca del coliseo donde lo armaron caballero. Se toca la mejilla que hace tanto golpeara ella con una fusta de equitación. Era una mimada entonces, pero luego cambió. Él lo sabe, pues guarda no sólo su arrepentimiento sincero de antes de morir, sino también la visita que Saori le hiciera en su departamento, para entregarle el desafío de Ikki y sus caballeros negros.
El Pegaso no puede evitar la sonrisa. A ninguno se lo ha contado: la elegante heredera de la fortuna Kido toca el timbre mientras él se enjuaga el sueño bajo el chorro de agua fría, en una cocina desordenada, su sonrojo al ver que un Seiya medio vestido abre y cierra la puerta de golpe, los varios minutos esperando a que la aspiradora se llevara un poco del polvo de la sala, a que la ropa sucia estuviera en el cesto y no dispersa por cada rincón.
–Sé que nos hizo sufrir mucho, Shiryu–, dice de repente, sobresaltando al Dragón; ¿acaso su amigo es capaz de leer los pensamientos de los otros? –Pero últimamente no era la misma altanera del Torneo Galáctico… Ella, ella…
–¿Ella qué…?
Seiya parece ignorar esa interrupción del Dragón. Ella pidió perdón cuando estaba muriendo, dice. Luego, el silencio. El que debería disculparse es su mayordomo, piensa en voz alta Shiryu. Arriba, el cielo está claro y en la tierra, Shun ya se acerca junto a Shunrei, una enorme cubeta llena en cada mano.
–Con Ikki y Shun sobre todo–, agrega Seiya.
Y es que los hermanos eran las víctimas favoritas de Tatsumi. Un encierro, unos golpes, una noche sin cenar, causaban sufrimiento por partida doble. Lo último, lo de la despedida de Ikki, Seiya lo sabe por boca de Shiryu, pues el Dragón lo presenció.
El niño estaba dándose un respiro luego de preparar su equipaje, antes de partir. Caminaba por un pasillo alejado de la suntuosidad de la sala cuando lo escuchó: golpes, algo que atravesaba el aire, el reclamo de una voz gruesa. Shiryu se atrevió a empujar un poco la puerta, que nada más estaba entornada. Y entonces lo vio. Ikki colgando cabeza abajo, atado. El arma de bambú de Tatsumi azotándolo en la espalda. El mayordomo reclamándole el hecho de ponerlo en vergüenza con el anciano Kido delante de esa bola de huérfanos mugrosos.
–Sí–, responde Shiryu. –Esa vez yo… Debí detener a Tatsumi; al menos intentarlo.
Seiya sabe que se refiere a la tortura de cuando Ikki iba a partir a Reina Muerte; su amigo se lo contó en el hospital, luego del combate entre los dos.
–Pero no podías hacer nada, todavía no…
–Shun lo ignora, ¿cierto?–, lo interrumpe Shiryu, Seiya dice sí en voz muy baja. –Será mejor que nunca se entere. Se culparía. Y ya tiene suficiente con haberlo enfrentado, con que Ikki haya ido en su lugar a ese infierno.
El Dragón calla justo cuando el caballero de Andrómeda llega con ellos. En silencio, entra junto a Shunrei a la cocina. Seiya y Shiryu lo escuchan dejar las cubetas en el suelo, tomarse un respiro. Escuchan también la voz baja de la chica.
–¿Crees que nos haya oído?
–No…, espero–, es la respuesta de Seiya, que se interrumpe al sentir la llegada de alguien.
–Buenos días–, saluda Hyoga. Los dos caballeros sueltan un suspiro. ¿Pudiste dormir?, le preguntan, desviando así la conversación.
–Un poco, ¿y ustedes?
–También.
Cuando Shun se reúne con los tres vuelve a hacerse el silencio.
–Siento que es el mismo sitio–, murmura Shiryu después de unos instantes y luego les cuenta lo que su maestro le dijo por la noche, cuando ellos tres se habían ido a descansar.
–Quizá con la cadena…
Shiryu, Hyoga y Seiya voltean a ver a Shun sin comprenderlo. El caballero les dice que si la cadena de Andrómeda es capaz de encontrar al enemigo sin importar si se encuentra a años luz de distancia, si puede atacarlo aunque esté en otra dimensión, tal vez también pueda atravesar siglos a fin de encontrar a ese enemigo. Y llevarlos allá.
El rostro de Seiya se ilumina, Hyoga y Shiryu sonríen levemente.
–Tienes razón… ¡Por todos los dioses, eres un genio, Shun!
–Sí, podemos probar eso.
–Podría funcionar.
–Nada perdemos con intentarlo–, dice Shun antes de ir a la recámara a buscar su armadura.
–Creo que deberíamos imitarlo.
Seiya y Shiryu asienten, aceptan la mano que Hyoga les extiende para ayudarlos a ponerse de pie, y entran junto con el Cisne a la cabaña, detrás de Shun.
...Continúa…
Una salida, una salida, puede ser… Aquí dejo por el momento a los caballeros de bronce de la serie clásica; a partir del siguiente capítulo abordaré a los personajes de Lost Canvas, será una maraña complicada la que he planeado desde hace tiempo, así que espero no tardar mucho con las actualizaciones, aunque ya llevo un poco avanzado.
(¡Pretextos, pretextos pseudoescribidora!, se escucha desde el cráter de un volcán; la autora dice que si quiere venir a ayudarle para pensar y redactar y volver a los capítulos anteriores para comprobar que haya coherencia, que no existan errores de continuidad, y el caballero, con una carcajada, vuelve a sumergirse en los vapores medicinales del volcán de isla Kanon. Tú solita te echaste la soga al cuello, dice, ahora te aguantas, y a la autora, aunque no le guste, se le ocurre que tal vez tenga razón).
