Los personajes utilizados en este fanfic son propiedad de Rick Riordan.
Narración.
—Dialogo
—Aclaraciones—.
(Intervenciones en la narración).
"Pensamientos o frases que se dijeron".
Aclaraciones y Advertencias: Los personajes no me pertenecen. OC. OCC. Una historia random con sus debidos momentos serios.
Summary: Nico estaba teniendo una mañana relativamente normal hasta que Will vino diciendo que se iba a casa. Jamás se le pasó por la cabeza que terminaría viajando con él a California para ser su soporte emocional y, ¿quizá algo más? Lo cierto es que Lou y Cecil no iban a pasar la oportunidad de hacer de celestinos y ganarles unas cuantas dracmas a medio campamento.
Will IV
El sauce llorón.
Apenas bajaron del tren la líder de la Cabaña de Hécate los había arrastrado hacia una esquina de la estación, cerca de donde se encontraban los baños.
—Es experimental —dijo, logrando confundirlos a la primera. Al ver sus caras comprendió que no inició de la mejor forma—. Escuchen, hablé con las chicas de Afrodita hace como un año y medio con fines de investigación.
—Define "fines de investigación" —pidió Cecil.
—Curiosidad. Me preguntaba cómo era posible que sobrevivieran todo un año escolar lejos del campamento, y más con las pobres habilidades de combate que tiene la mayoría —no es que creyeran inútiles a los hijos de Afrodita, simplemente… la colectividad no hacía ningún esfuerzo durante los entrenamientos, como si no les importara su propia supervivencia—. Entonces, luego de un montón de entrevistas inútiles, descubrí algo que por fin valió la pena. Hablando con Lacy finalmente encontré un común denominador en toda la charla superficial, aunque ella simplemente me confirmó todas las sospechas que tenía desde...
—Al grano —la interrumpió Nico, cosa que agradecieron los demás varones en silencio.
—Perfume de diseñador —dijo la muchacha—. El aroma es tal que, considerando el olor divino apenas perceptible de los chicos de la Cabaña 10, el perfume contrarresta totalmente el aroma de semidiós —aquella hipótesis sorprendentemente tenía sentido—. Así que durante mis ratos libres desarrollé un aerosol mágico que, en teoría, nulifica la peste divina.
Dicho aquello sacó de su bolso un atomizador lleno de un líquido que parecía sacado de la Cabaña de Iris, pues cambiaba de color como uno de esos anillos de humor que se ponían los mortales amantes del estilo vintage.
—Inventaste el Oust para semidioses —resumió el hijo de Hermes.
—Sí, lo llamo Héllen —a ninguno le pasó desapercibido el juego de palabras con el apellido de Lou y el nombre de su madre—. Mas no he tenido la oportunidad de probarlo —entonces los miró como suelen hacer los hijos de Hécate cuando han encontrado sus sujetos de prueba ideal para sus pociones—, hasta ahora.
—¿Nos quieres usar de cobayas? —Will estaba entre incrédulo y mortificado. Una parte de él quería probar el invento por genuina curiosidad y la otra, a sabiendas de que Ellen los obligaría de todas formas a usarlo, rezaba para que la cosa funcionase. ¡Sería la solución a todas sus preocupaciones! O parte de ellas, supuso. Al menos así no viviría con la paranoia eterna de si un monstruo se aparecería a mitad de la noche en casa de su madre durante su visita.
Di Angelo fue el primero en encogerse de hombros.
—¿Qué tenemos que perder? —dijo—. Si no funciona, enfrentaremos el mismo peligro que vinimos preparados para enfrentar; si es el caso contrario, entonces salimos ganando.
Y así es como terminaron rociándose aquella cosa en plena estación, ganándose algunas miradas curiosas e incómodas por parte de los transeúntes. Bueno, en realidad lo segundo no sucedió hasta que Cecil empezó a olfatearlos como si fuera un sabueso.
—Huelen raro —declaró—. Tú —apuntó a la única semidiosa—, apestas a una tienda de esoterismo; incienso de canela, creo.
—¿Ah, sí? —se defendió ella—. Pues tú hueles a tierra húmeda, ¿qué tienes que decir en tu defensa?
—Probablemente es pasto de la montaña —le restó importancia con un gesto—. Soy de Montana —el italiano presente hizo una mueca, tal vez pensando que Deméter seguro tenía una casa de verano ahí. Inequívocamente debería ser su lugar favorito después de Kansas—. Mi punto es, ¿se supone que debemos oler así?
Lou lo meditó durante unos segundos.
—No tengo idea.
—Tampoco es para armar escándalo —comentó el hijo de Hades mientras jugaba distraídamente con su anillo de calavera.
—Lo dice el que seguro apesta a momia —sonrió el líder de la Cabaña 7.
Nico alzó las cejas en dirección a Will, pero no contraatacó. En su lugar simplemente apuntó a Cecil con su espada de acero Estigio, impidiéndole que se acercara para olfatearlo y confirmar sus sospechas.
—Espacio personal. Mío. Respétalo.
El sanador no sabía qué era más sorprendente: el que protegiera de esa manera su zona vital o que lograse adelantarse a un hijo de Hermes.
—Ya pues, Señor Delicadeza —Cecil hizo un mohín—. Will, hermano, tú si me vas a dejar olfatearte, ¿verdad? ¡No seas cruel como Tirano Di Angelo! —el mote era altamente irónico considerando que Hitler era medio hermano de Nico.
—Claro —la verdad es que al hijo de Apolo no le importaba ser cateado por una nariz ajena, al menos no si era la de Cecil. El chico simplemente era impetuoso y fisgón, era un comportamiento tan natural como respirar para los descendientes del dios de los viajeros.
—Debe heder como un día de playa —expuso el italiano vagamente.
De cualquier manera esperaron el veredicto.
—Soleado, con una pisca de arena y agua salada. Sep, un día de playa —confirmó el habitante de la Cabaña 11—. Di Angelo, ¿acaso has olfateado a Will antes?
El azabache puso los ojos en blanco.
—Claro que no, tarado. Sólo lo asumí. Vive en Malibú, ¿a qué más va oler?
—Vivía —lo corrigió nervioso el blondo—. Vivía en Malibú, Nico.
—Si ya terminaron de hacer el tonto —los amonestó la hija de Hécate—, es mejor que nos demos prisa.
Nadie discutió.
«Hora de enfrentar el destino», se dijo Will mientras dejaban por fin la estación de Los Ángeles.
Omitiendo su peculiar parada al final para ser los conejillos de indias de Lou Ellen, el resto del viaje en tren los últimos dos días fue sin muchos contratiempos; eso si es que omitimos los Mensajes I. de Jason y Reyna para Nico, los de los hermanos Stoll para Cecil y los de Austin para Will.
Todavía recordaba la última conversación con su medio hermano:
—¡Hombre, te has ido por dos días y medio y esto ya es un caos!
—¡No le hagas caso! —había dicho Kayla, empujando sin delicadeza a su medio hermano para aparecer en pantalla—. ¡Estamos bien! ¡La enfermería se mantiene bajo control y Victoria no ha vuelto a causar un cortocircuito en la cabaña!
—¡Dije que eso fue un accidente! —se defendió la nombrada desde alguna parte, había un mar de caras luchando por aparecer en la toma—. ¡Era la primera vez que conectaba un amplificador!
—Y la última —dijo Solace, recordándole que desde entonces tenía prohibido tocar cualquier cosa sin supervisión de alguien cualificado.
¿Un apagón en la cabaña del dios de la luz? No pudo ser más satírica aquella semana que pasaron entre la penumbra, chocando ocasionalmente entre ellos, sus baúles y camas. ¿Lo peor? Al estar hecha de oro, la cabaña reflejaba sus caras en las paredes y ellos a menudo no sabían si estaban ante un espejismo u otro de sus hermanos, así que hasta de los muros tenían que cuidarse en la noche.
—¡Ah, claro! ¡Me echan la bronca por eso, pero siempre dicen "cómo molan las luces que Nyssa instaló"! —se quejó Victoria—. ¿Y por qué creen que vino en primer lugar, eh?
Aquello sacó unas cuantas carcajadas.
Los extrañaba. Dioses, ¡vaya que lo hacía! Hoy en día le sorprendía lo apegado que se volvió a esos chicos. Claro que, cuando estás acostumbrado a ser el soporte emocional de los demás y has convivido con ellos por tres años las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana, es normal que comiences a depender de ellos a tu manera también.
—¡Will! —Lou lo sacó de sus pensamientos, por su expresión facial se notaban las ganas que tenía de zarandearlo hasta que requiriera de la asistencia de un quiropráctico—. No te quedes ahí parado como un idiota, todavía no sabemos si funciona. Muévete.
—Eh, sí, lo siento —balbuceó, avergonzado de haber bajado la guardia de aquella forma. La hija de la diosa de la magia tenía razón. No podía confiarse.
La idea era tomar un autobús hasta Malibú, pero como les llevaría casi tres horas en caso de que milagrosamente no hubiera tráfico, Di Angelo perdió la paciencia alegando que no tenían tiempo para vagabundear. Se paró al pie de la acera y silbó, atrayendo la atención de un taxi cual si fuera un perro del infierno —Will lo había visto jugar con la Señorita O'Leary cuando Nico creía que nadie miraba— e inmediatamente tras abrir la puerta del copiloto, sacó un fajo de billetes de su chaqueta de aviador que triplicaba lo que Quirón le prestó a Solace para cubrir sus gastos de viaje.
Y dijo:
—Esto es suyo si nos lleva hacia Malibú lo más rápido posible.
Si aquello fuera una caricatura probablemente habría parecido el signo de dólar en la pupila del chofer.
—¡Todos abordo! —cantó el mortal.
Las mandíbulas del trío restante estaban casi tocando el suelo.
—¿Qué? —Nico los miró raro, como si no debiesen lucir sorprendidos—. Mi padre es el dios de la riqueza también.
—Tú —Cecil lo apuntó—, eres un maldito Ricky Ricón. ¿Me prestas dinero?
—No.
Fueron a través del Pacific Coast Highway sin incidentes de ningún tipo. La vista era increíble, aunque no pudieron evitar de vez en cuando buscar monstruos listos para echarles a perder el viaje a través de las ventanas. El único relajado durante el trayecto parecía ser el italiano, a quien el conductor trataba como si fuera un dios —no es que estuviera muy errado— debido al generoso honorario prometido tras culminar su deber.
Mientras el azabache sintonizaba una estación de radio que en ese momento pasaba una canción de Phantom Planet que Will se sabía al derecho y al revés (no por nada llevaba nombre del estado), Lou ya no se aguantó la curiosidad:
—¿Y tú por qué tan calmado?
Claramente éste estuvo esperando a que alguno de los tres viniera con la interrogante, pues contestó casi de inmediato.
—A mí nunca me atacaron los monstruos —la confesión los pilló desprevenidos. ¿Nunca lo atacaron los monstruos? Eso era como lenguaje extraterrestre para un semidiós—. No hasta la noche que conocí a Percy, Annabeth y Grover —aclaró—. Ignoro si eso tiene que ver con el hecho de que mi padre posee en sus dominios la entrada al Tártaro… y salida, si contamos a dónde van a dar Las Puertas de la Muerte en este plano. O si tiene que ver con el hecho de que visitaba a mamá cuando mi madrastra estaba con su madre —divagó—. Pero ahora que recuerdo, Hazel tampoco sufrió ataques hasta que se mudó a Alaska. Supongo que sí debe ser cosa de los hijos de Hades.
—¿Así que estaremos a salvo contigo? —inquirió Cecil.
—Mejor no asumamos nada —dijo la hija de Hécate con sabiduría.
Cuando comenzó a reconocer algunas edificaciones, en lugar de nuevamente ser víctima de los nervios a Solace lo golpeó la nostalgia. El aroma del agua salada fue lo único que precisó para sentirse en casa. Bueno, también los pintorescos parkings de tablas de surf que vieron en el camino. La ciudad seguía tan contradictoria y pintoresca como Will la recordaba, todavía exudaba ese aire de pueblito pequeño a pesar de ser uno de los sitios favoritos de los famosos para tener mansiones. Básicamente era una comunidad de playa con gusto por la elegancia.
—Solace —Nico lo sacó de sus ensoñaciones antes de que tuviera la oportunidad de hundirse en viejos recuerdos—, ¿cuál es el camino?
Parpadeó para juntar la concentración necesaria para poder responder:
—Pasando el muelle —dijo—, por Malibú Lagoon.
Siguiendo las indicaciones dadas, el taxista salió de la carretera principal. En menos de quince minutos se encontraban en una urbanización con pinta de ser privada, si es que la reja y el portero uniformado al estilo californiano —traducido como sandalias de playa, pantalones cortos y camisa sin mangas— decían algo.
—Identifíquense —le pidió el custodio, removiendo los lentes de sol de sus ojos para escrutar al conductor del automóvil. Era un tipo bronceado de dos metros con cinco centímetros, corte estilo militar y algunos piercings en la oreja. Los tatuajes tribales en sus brazos solamente reforzaban su aire rudo, pero el sanador sabía mejor que nadie que era un buen sujeto—. Si su nombre no figura en la lista le pediré que se retire, no puedo dejar pasar vehículos extraños. También tendré que revisar la cajuela del auto —añadió—. Los paparazzi hoy en día buscan cualquier método para molestar a los residentes.
—Tú nunca te relajas, Phil.
—Eh, conozco esa voz —el hombre se asomó a través de la ventana del piloto, obligando al chofer a encogerse sobre sí mismo y hacerse para atrás. Cuando los ojos verde pálido del guarda se toparon con los de Will, supo que éste se acordaba perfectamente de él—. ¡Willow! ¡El enano de la señora Solace! ¿Dónde demonios te habías metido, chico? ¡Llevo años sin saber de ti!
—Ya no soy tan enano, mido el metro ochenta y tres —se defendió—. Y estaba internado en una zona para niños especiales en Nueva York, ya sabes, por lo del TDAH y la dislexia —eso no era una mentira—. Logré conseguir permiso para visitar a mamá, traje algunos amigos —Lou y Cecil agitaron las manos nerviosamente a su conocido mastodonte. Nico se limitó a asentir casualmente, sin inmutarse—. Entonces, ¿nos dejas pasar?
—¡Eso ni se pregunta!
Rápidamente se hizo a un lado y oprimió el botón para abrir los portones.
Una vez lejos, las preguntas de Cecil no tardaron en caer:
—¿De dónde conoces a Donkey Kong? ¿Y por qué te llama Willow? ¿Es otro de esos nombres usados para regaños que no conozco? ¿Tiene que ver con un sauce?
—A ver, a ver. Una pregunta a la vez —lo detuvo antes de que el otro acabara mordiéndose la lengua por la velocidad a la que emergían sus preguntas—. En orden. No es Donkey Kong, se llama Phil y la última vez que lo vi estaba a prueba como guardia primerizo; solía tocarle patrullar por mi casa. Willow es un estúpido apodo que me confirieron la primera vez que me subí a una tabla, terminé cayendo de panza.
—Ow.
—Exacto. Will-Ow —explicó el rubio, poniendo los ojos en blanco—. Una variante del chiste es el apodo "sauce llorón". Como si nunca hubieran visto a un chico de nueve cayéndose de forma dolorosa la primera vez que hace surf.
—Aunque me gustaría seguir escuchando las anécdotas vergonzosas de tu pasado —Nico se hizo notar con el tono sarcástico que venía perfeccionando como sello personal los últimos meses—, todavía tenemos que llegar a tu casa.
—Claro —convino—. Es justamente esa de ahí —señaló una de las viviendas, imposible no reconocerla debido a su estilo toscano.
—Eso no es una casa —dijo Lou—, ¡es una maldita mansión!
—Es una casa de playa —opinó el hijo de Hermes—, y esto una residencia privada. Así es como son.
—Como sea, es mi casa —zanjó Will, incómodo de que sus amigos hablasen así de su antigua vivienda. Para él siempre sería simplemente la casa de dos pisos frente a Lagoon State Beach donde creció—. Puede detenerse ahí —indicó al conductor.
Aparcaron justo en la entrada. No tardaron ni dos minutos en desalojar los asientos de la parte de atrás, aunque de todas formas Nico presionó para que se aseguraran de que no dejaban nada (la indirecta para Cecil fue obvia). Una vez comprobado que todo estaba en orden, el hijo de Hades remuneró al taxista y éste partió de regreso por donde vino.
—Te debo una —dijo el rubio al italiano cuando el auto desapareció de su rango de visión.
—Error —lo contradijo mientras se estiraba, tres días en un tren más hora y media en auto arruinaban el sistema lumbar de cualquiera—. Me debes dos: lo del taxi y salvar tu trasero de los romanos. No lo olvides.
Solace asintió vagamente, tomándoselo como una broma. Nico y él siempre habían tenido un juego tácito de «ver quién le debe más a quién».
—Y tú me debes esos suplementos que no te tomaste —el azabache gimió al saberse descubierto, aunque no es que Will no lo supiera desde el principio. Conocía de sobra los efectos de cada una de las vitaminas recetadas; si Nico le hiciera caso, se le notaría la mejoría—. Por suerte ahora puedo vigilarte 24/7 Di Angelo.
—Hermano —dijo Cecil—, eso se escuchó tan acosador.
Intentó que las mejillas no se le arrebolaran, pero lamentablemente la hemokinesis era otro de los dones que no poseía.
—Oh, cállate. Sabes lo que quise decir —la verdad es que ahora ni siquiera él sabía lo que quiso decir.
Pasado el momento vergonzoso reparó en un detalle importante que no había notado hasta el momento: todos lo observaban. Inclusive Nico, quien fingía observar la mansión como si le causara algún tipo de interés real la estructura.
El semblante de todos parecía decir «Cuándo estés listo» aunque también podía interpretarse como un «¿Y ahora qué hacemos?»
Will observó su casa, esta vez con detenimiento y por primera ocasión en tres años. No había cambiado demasiado en el exterior. La puerta seguía con ese aire desgastado adrede y las ventanas todavía poseían los barrotes de hierro negro forjado que le recordaban la curvatura de un arco, el césped se veía saludable por la temporada y apostaba a que la llave de repuesto todavía era guardada en ese ladrillo suelto junto al término de los escalones de la entrada.
¿Pero el interior seguiría igual?
Caminó rápidamente hacia la puerta, a sabiendas de que podría pasarse horas observando el pórtico y quedarse rememorando historias privadas de su infancia durante horas.
Decidió dejar la mente en blanco, o al menos hacer el intento. Ya habían viajado de Nueva York hasta California, un tramo demasiado largo como para que siquiera considerara arrepentirse; ahora estaban ahí, no existía vuelta atrás. Además, se encontraba totalmente seguro de que Nico lo haría entrar a patadas de ser necesario; sabía que el hijo de Hades no lo dejaría acobardarse, cosa que lo hacía sentirse un poco más tranquilo pero no por ello menos ansioso.
Con esos pensamientos revueltos, Will Solace tocó el botón que lo haría enfrentarse con su pasado, presente y tal vez, su futuro.
Continuará
Nota de la Autora:
¡Actualización! Estuve casi toda la tarde trabajando en ella, so, espero la hayan disfrutado. Sí, fue prácticamente todo el viaje hasta la casa de Will, pero tenía relleno informativo y más cabos sueltos de plot. Soy malvada.
Ahora, sé que más de uno andará diciendo "¿Y los monstruos? ¿Dónde están los monstruos?" ¡Ya habrá! No sería un fic de PJ en todas las de la ley si los pobres no fueran víctimas de la suerte de semidiós. Of course, aclaro que el invento de Lou funciona, pero no es infalible o absoluto.
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Aprovecho para notificar a quien sienta un mínimo de interés (que dudo que sean muchos), que varias de las historias que prometí en el capítulo pasado ya están subidas y/o en proceso de subirse.
—Hijo del Sol | Prólogo/Cap. 1 casi listo.
—It sucks being a demigod | Subido el prólogo. Cap. 1 en proceso. Actualización puede variar dependiendo de los niveles de interés del público.
—La Muerte es una Fiesta | Indeterminado.
—El que va tras flores halla espinas| Prólogo/Cap. 1 en proceso.
—X-over | Subido el prólogo para el que quiera leer, así sea picado por la curiosidad.
| Modo Publicidad OFF |
Ahora paso a unos datos curiosos, simplemente porque me gusta frikear.
| Aclaraciones |
Oust es una marca de ambientadores conocidos por matar los malos olores, no solamente por disfrazarlos.
Pacific Coast Highway es una gran avenida que atraviesa totalmente a la ciudad de Malibú y que lleva hacia las Montañas de Santa Mónica, teniendo como límite sureño al Océano Pacífico y por el occidente al condado de Ventura.
Willow literalmente significa sauce en inglés.
Y bueno, eso es todo.
¿Les gustó? ¿Lo odiaron? ¿Se rieron? Sus reviews son mi gasolina y me hacen el día. (?)
Nos vemos.
