Gracias a lagenerala, a Cafekko Maya-chan y a Zilia-K por sus comentarios :).
IV. Depresión
Ya ni siquiera sabía cuánto tiempo llevaba durmiendo. Su templo era un lugar desde el que resultaba difícil contar puestas de sol: mirara por donde mirara, lo único que sus ojos encontraban era oscuridad. Una oscuridad profunda, amenazante, que, lujuriosa, penetraba por cada rincón de su alma, buscando poseerla, destruirla. Ansiaba acabar con todo lo que Ella había protegido.
Su poder no era suficiente para poner fin al Oscuro. Patético: la Diosa encargada de defender la tierra y la Trifuerza resultaba incapaz de derrotar a la única amenaza grave a la que había tenido que enfrentarse. Lo único que la ayudaría era el poder omnímodo del que los dioses no podían hacer uso…
Realmente patético.
Odiaba tener que hacerlo, lo odiaba con todo Su ser, a pesar de que sentir odio o cualquier otra emoción tan fuerte resultase más propio de mortales que de dioses. Tuvo que volver a buscar ayuda —preferiría decir algo como «colaboración», pero no le gustaba engañarse a Sí misma— entre sus protegidos. Un mortal capaz de portar la Trifuerza, un mortal con suficiente dominio sobre sí mismo como para poder cargar con el poder de los dioses. Un mortal, en suma, que no existía.
Aun así, tal mortal era su única esperanza. Por muchas décadas que pasaran, no consiguió encontrar a alguien con el poder, la sabiduría y el valor necesarios… ni siquiera a alguien en que destacasen especialmente alguna de esas virtudes.
Observó a sus protegidos hasta que uno de ellos le llamó la atención: un joven humano, miembro de los caballeros del reino. A pesar de que los motivos por los que el resto de su raza lo admirasen estuviesen relacionados con hazañas que, en opinión de la Diosa, tenían escasa importancia, lo que le atrajo de él fue algo muy diferente: su sufrimiento.
Por muchas desgracias con las que se tropezara en el camino, el joven conseguía seguir adelante una y otra vez. Se levantaba, le restaba toda importancia a lo que había sucedido y sonreía. Sonreía de oreja a oreja, como si quisiera retar al destino y decirle que lo que le había enviado no había sido suficiente para romper su voluntad. En aquella mirada desafiante ardía fuego.
Y pese a todo el dolor que le había deparado su vida, el joven continuaba amando su tierra y a sus habitantes. Luchaba con todas sus fuerzas por defender a aquellos a los que quería, sin que le importase el trato que le hubiesen dado en el pasado. Aquel humano poseía la capacidad, supuestamente divina, de perdonarlo todo.
Haciéndose pasar por una mortal más, fue al encuentro del joven humano. Necesitaba conocerlo mejor antes de saber si de verdad sería el mortal que había buscado durante tanto tiempo. Consiguió presenciar de primera mano la amabilidad del caballero con todas las razas. Incluso pudo llegar a jurar que, a veces, lo sorprendía mirándola con una expresión que no sabía cómo interpretar.
Sin embargo, debía ponerlo a prueba antes de tomar una decisión: a pesar de todas sus virtudes, todavía seguía sin confiar en que el joven pudiera portar la Trifuerza tal y como era en aquel momento. No había duda alguna de que su espíritu inquebrantable era una gran muestra de valor, pero en él resultaba más difícil vislumbrar poder y sabiduría. El poder del que hacía muestra no era de la clase que la representante de tal dote valoraba, y, desde luego, no figuraba entre los mortales más sabios que había conocido. Se adentraba en cualquier peligro sin pensar con claridad en las posibles consecuencias de sus actos, si ello significaba salvar a un ser querido. Se dejaba arrastrar con facilidad por sus impulsos; era excesivamente apasionado (a decir verdad, a la Diosa la mayor parte de los mortales le resultaban excesivamente apasionados).
El tiempo se agotaba: los gritos del Oscuro resonaban más y más desde las profundidades de la tierra. El joven no podría superar las pruebas que la Diosa le había preparado antes de que el Mal lograse romper la barrera. Pero Ella sabía que su poder sí sería suficiente para retrasar tal hecho.
El desencanto inundó el gesto del joven cuando Ella le reveló Su verdadera forma, que distaba un tanto de la de un humano normal, y Su identidad como la diosa que los mortales adoraban; esperase lo que esperase de Ella, era algo que no podía concederle. Mas el desencanto pronto se tornó en decepción y luego en ira cuando la Diosa le comunicó que debía sumirse en un descanso para detener por un tiempo los peligros que acechaban su tierra.
El joven no musitó palabra. Ella siguió hablándole sin mirarlo: no soportaba ver ese rostro traicionado. Le encomendó advertir a todas las razas de la amenaza del Oscuro. Le explicó qué pruebas debería recorrer para hacerse con el poder de los dioses.
Pero él seguía sin responderle. La Diosa podía ver por el rabillo de sus ojos que las manos le temblaban ligeramente.
—Lo siento. Te he engañado. —Siempre había poseído un talento escaso para las relaciones personales con mortales, y esta había sido una de las pocas ocasiones en que le había dirigido semejantes palabras a uno.
El joven pareció tranquilizarse un poco y le dirigió una sonrisa amarga. Pero sus ojos la miraban con su amabilidad característica. Finalmente, le respondió que no sabía cómo una Diosa mostraba tal confianza en él, pero que, si siguiendo sus instrucciones conseguía salvar la tierra que tanto amaba, haría todo lo que estuviese en su poder y más para ayudarla.
En aquel momento, la Diosa supo que había encontrado a Su héroe. Se quitó el manto rojo que le cubría la cabeza y los hombros y rodeó al joven con él. Le dijo, sonriendo, que esperaba que se lo devolviese.
—Ah, por cierto... la estatua no te... no le... eh... os hace mucha justicia —musitó él, mirando las alas de pequeñas plumas carmesíes que la Diosa tenía a la espalda.
—No.
La Diosa se acercó más a Su héroe. Esos ojos... la llama de la Diosa del Valor ardía con fuerza en ellos. Llevó una mano a su mejilla; la piel era más suave de lo que esperaba, sobre todo en comparación con la áspera y callosa de sus manos. Se maldijo por haber pasado tanto tiempo entre humanos: ahora que lo tenía tan cerca, se preguntó qué sentiría al rozar Sus labios con los del héroe.
La miró fijamente mientras Ella aproximaba Su rostro poco a poco hacia el suyo. No reaccionó hasta que sus narices chocaron y se vio obligado a inclinar un poco la cabeza. ¿Qué estaba haciendo la Diosa?
Por fin encontró sus labios: quebrados, secos... un tacto similar al de la mano que ahora le acariciaba el rostro tímidamente.
Y la Diosa seguía sin saber cuánto había durado su letargo.
Añoraba el cielo de su bosque natal, la cúpula que los protegía a todos de todo el mundo exterior y que no le dejaría ver lo que estaba viendo ahora mismo. Por mucho que levantase la cabeza, le resultaba imposible averiguar hasta dónde se alzaba la torre. Cayó rendido; ni siquiera sabía cómo había logrado llegar hasta allí.
Lo que si capturaban sus ojos era la Luna. Era todo muy extraño: conforme más tiempo pasaba en el ciclo, más le daba la sensación de que la Luna era otro... otro ser atrapado en la espiral de desesperación que ahogaba aquella tierra. La mirada demente, la boca torcida en una mueca de moribundo... las expresiones que vio en los rostros de los que vivieron en los siete años que nunca fueron volvían a la mente del muchacho. Se mostraban en los rostros de los habitantes de la tierra maldita a partir de la noche del segundo día.
Pero en el cielo opaco de su bosque había pocas noches en las que la Luna pudiera vislumbrarse, de cualquier manera. Oh, lo echaba tanto de menos, por mucho que pensara que aquel cielo no le pertenecía. Aunque, al menos, no se habría llevado a la niña del rancho como se la llevó.
Sí, esas cosas tendrían que haberse chocado contra la esfera de cristal del cielo —no fue el mejor momento para descubrir que su idea infantil lo era en más de un sentido— y haberla soltado de inmediato. La hermana mayor no habría llorado como la Luna, entonces, ni desde sus ojos se marcarían surcos tan profundos como los que dejaban las lágrimas de la Luna al caer.
Detestar el cielo de tal forma era ridículo, completamente ridículo. Estaba demasiado cansado como para dedicar sus escasas fuerzas a eso.
Parecía que su compañera estaba tan cansada como él y se echó a dormir dentro de su gorro. El muchacho se rodeó las piernas con los brazos, como hacia siempre que las burlas de los demás cuando era niño se volvían insoportables. Ahora era el mismo cielo el que se burlaba de él y le recordaba que, a pesar de todo, seguía siendo un niño, alguien demasiado pequeño como para cargar con tanta responsabilidad sobre sus hombros. Una lección tan dura no debería aprenderse dos veces.
Pese a todas sus experiencias, seguía siendo un niño que aún necesitaba contar con los demás. Y esta vez contaba con muy poca ayuda.
Quizá, pensó, debería volver al cañón. No, no. La irritante melodía de esa casa ya había hecho desaparecer a los muertos... de cualquier forma, resultaría difícil que los mismos muertos que habían vagado durante siglos pudiesen ofrecerle algún tipo de descanso.
Él, a quien le habían encomendado devolver la luz al cañón, solo veía oscuridad en su camino. Ojalá la melodía también pudiese transformarlo a él en un soldado sin corazón, en un autómata sin sentimientos únicamente entregado a su deber. No tendría, entonces, que sufrir las lágrimas del fracaso como lo hacía. Se olvidaría del cielo que se tragó a la chica del rancho y ascendería hasta las alturas para cumplir su misión.
Pero no era más que un chiquillo que había vuelto a descubrir que las responsabilidades que el mundo le imponía resultaban una carga demasiado grande para él. No era más que un chiquillo ansioso de volver a su hogar —¿y qué significaba «hogar»?—, de descansar, de no pensar que él y el mundo que lo rodeaba iban a morir dentro de unas pocas horas.
Era un niño que deseaba con todas sus fuerzas ser como otros niños, no un héroe. Y había fracasado en su interpretación de los dos papeles. Debería irse a dormir y esperar que no lo interrumpiesen sus pesadillas habituales (¿acaso los niños normales tenían pesadillas?).
¿Cómo era la nana? Sacó el instrumento que lo había salvado ya en tantas ocasiones de su alforja. Ella le contó que, a pesar de que ya fuera un poco mayor para ello, la canción siempre la ayudaba a dormir. Hasta había noches en que llevaba los peores sueños. Los premonitorios, sin embargo, resultaban imposibles de eliminar, por lo que el muchacho se preguntaba cuáles serían los «peores sueños».
La melodía era suave, dulce. Melancólica, como el brillo que aparecía en algunas ocasiones en los ojos de su amiga y que desentonaba tanto con su cara de niña (el muchacho se negaba a creer que fuera el mismo que ella mostraba tras esos siete años, por muy semejante que fuese). Una mirada demasiado vieja para un rostro tan joven.
Al fin, cerró los ojos. El cielo burlón ya había desaparecido de su vista.
Otra vez el mismo sueño. Oscuridad, oscuridad. Perdida, sola con su aya —la sentía más como madre en el sueño—. No tenían ningún lugar al que ir ni ninguno al que regresar. Y era real, terriblemente real. Las formas eran claras y sólidas; podía palparlas y distinguirlas con facilidad. El sudor frío de quien cree que su muerte es inminente; la vergüenza de haber hecho algo horrible y la mayor vergüenza de que quienes respetas no te culpen por ello; el temblor y la falta de fuerzas para seguir adelante; el sufrimiento por el sufrimiento de su pueblo.
Todas aquellas sensaciones eran de verdad. Y sus profecías nunca fueron tan detalladas. Por las Diosas, ¿qué significaba todo aquello?
Trató de contárselo a su padre, pero él la calmaba diciéndole que era una pesadilla sin importancia: el reino no corría ningún peligro, no cuando conocían las auténticas intenciones del hombre del desierto. Ahora que la muchacha lo recordaba, su padre solo aparecía en sus sueños como una imagen inmóvil, con una espada atravesándole el pecho y una expresión en el rostro que la aterraba —los ojos desencajados, la boca torcida en una mueca grotesca entre una sonrisa irónica y un lamento.
Jamás volvió a hablar de los sueños con él: no soportaba ver eso de nuevo. Lo intentó, entonces, con su aya. También le dijo que solo se trataba de una pesadilla, y le recordó que todavía no tenía que preocuparse tanto por el bienestar del reino. Todo llegaría con el tiempo.
Pero la muchacha insistió. Algo así no podía ser una simple pesadilla: parecía, opinaba, más como un recuerdo. Un recuerdo de otra vida.
Su amigo del bosque le hablaba en ocasiones de sus aventuras pasadas. Muy vagamente, le relataba sus hazañas en otro tiempo que no había ocurrido ni ocurriría nunca. Se mirase por donde se mirase, las historias sonaban a mera fantasía infantil, y ella, a pesar de todo, las creía. Él le hablaba de mansiones abandonadas en el bosque, de prisiones en volcanes, de laberintos bajo lagos, de cultos del desierto. Desviaba la mirada cuando se interesaba por los pueblos, por la gente que conoció en sus viajes. Perdía la palabra si le preguntaba si ella formó parte de sus aventuras.
Dejó por fin de divagar, se bajó de la cama y abrió con todo el cuidado que pudo uno de los paneles de la ventana de sus aposentos. Sin embargo, el crujido que sonó fue tan fuerte como para haber despertado no solo a su aya, que dormía en la habitación de al lado, sino hasta al castillo entero. Se quedó paralizada unos momentos, sin hacer ruido, hasta que comprobó que no venía nadie.
Con los codos apoyados en el alféizar, observó el cielo. Sus tutores ya le habían dado numerosas y largas explicaciones acerca de lo raro que resultaba que hubiese luna nueva ahora. Ya hacía unas doce noches que debería de haber pasado a la siguiente fase. Sus cálculos, obviamente, no podían ser incorrectos.
Y pese a la petulancia de sus maestros, a la muchacha le gustaría que tuviesen razón. El cielo se veía raro sin la Luna. Oscuridad, oscuridad. Sentía un gran vacío cada vez que oteaba el firmamento; un sudor frío le recorría la espalda.
Ya deberían haber vuelto. Él y su potrilla y su hada. Debería haber vuelto, y así ella podría dejar de temer sin motivo y podría preguntarle si acaso existiría algún tipo de relación entre sus sueños y las historias que le contaba. ¡Ah!, ¿qué le oprimía el pecho?
Juntó sus manos temblorosas y se arrodilló. Era una noche fría: no había duda de que ese era el motivo del castañeo de sus dientes y de su nariz mocosa. Lo que, sin embargo, no explicaba el frío eran las lágrimas que le surcaban las mejillas ni el nudo en la garganta.
—D... Diosa del Tiempo —¿no debería tener la Diosa un nombre?—... por favor, ayuda. Ayúdalo... ayúdame...
La Diosa escuchó un ruego desde más allá del tiempo. La misma chiquilla de hace siglos y separada de Ella por milenios. Por algún motivo, la Diosa, esta vez sentía el ruego como algo más personal. ¿Y esa punzada en el corazón?
Desconocía cómo pudo llegarle una plegaria en su letargo, cuando tan solo soñaba de vez en cuando con Sus recuerdos. Pero podía extender Su poder un poco, lo suficiente como para concederle otros tres días más al muchacho bendecido por la Diosa del Valor.
Oscuridad, oscuridad. En el cielo no se vislumbraba ni una estrella; la Luna lo cubría todo. ¡Qué hedor a muerte, por todas las Diosas!
Carne quemada, desesperación, miedo, gritos de espanto. Y el muchacho dormía plácidamente junto al hada. La Diosa nunca antes había tratado de establecer contacto con el chiquillo, pero ahora se abalanzó sobre él. ¿Qué demonios se le había pasado por la cabeza para dejar que eso sucediera?
El muchacho sonrió ligeramente al notar el roce de las manos de la Diosa —la sensación le resultaba tan familiar—, pero su expresión cambió cuando abrió los ojos y fue recibido con una mirada de hielo.
No obstante, tuvo poco tiempo para reaccionar, pues al momento la Luna comenzó a ascender de nuevo hacia lo alto del cielo y el cañón de los muertos se vio transformado en la ciudad que, de nuevo, seguía manteniendo una fe plena en la vida.
Tomémonos un momento para apreciar la gran elocuencia de Hylia.
Los hechos narrados al principio no son como en el manga de Hyrule Historia porque... sinceramente, contradice algunas partes de SS. Eso ya me parece suficiente como para no considerarlo del todo canon. La apariencia de Hylia está basada en las imágenes que se ven de ella en el juego; sí, esas en las que tiene alas. Lo del color carmesí de las plumas es una referencia al pelícaro/neburi de Link.
Se aprecian todo tipo de comentarios.
