I know I'm making myself a lie,
So I'm sitting alone in this sandy beach
Even though I know I'm just holding on tomorrow's thoughts.
I can slowly see what is beyond the horizon,
If I would cry once, I can be honest with myself.
[I will – Chelsy, traducción al inglés]
Yuri sentía que podía tocar el cielo con las manos si se lo proponía. Iba nuevamente abrazado a la espalda del kazajo, perdido en sus pensamientos, repasando la situación que había vivido minutos atrás. Llevaba una sonrisa estúpida en el rostro, sus mejillas ardían y quería gritar. Ya me parezco a Mila, pensó con desdén. El perfume amaderado de Otabek se impregnaba en sus fosas nasales e iba causando en él el mismo efecto que una droga. Sin darse cuenta se encontró rozando con su nariz la chaqueta, tratando de sentir con mayor profundidad ese aroma que lo estaba embriagando. Otabek se rió por lo bajo. Le estaba haciendo cosquillas y de esa manera podría perder el control de la motocicleta, por lo que aparcó cerca de un restaurant.
Al bajarse del vehículo, descubrió a Yuri mirando al costado con cara de pocas pulgas y las mejillas hechas carbón encendido. Se quitó su casco como si nada de lo que estuviera sucediendo le importara en lo absoluto pero el ruso era un manojo de nervios: no podía lograr que sus manos se quedaran quietas por un segundo y el casco seguía ocultando parte de esa cabellera rubia. Luego de guardar el suyo, Otabek se acercó para retirarlo con suavidad y delicadeza. Deseaba poder mirarlo a los ojos pero seguía evitando su mirada. Se apartó del chico para dejarlo donde lo guardaba frecuentemente. Estaba a punto de caminar hacia la puerta del restaurant pero por el rabillo del ojo notó que su compañero estaba congelado en el mismo lugar.
Había muchas cosas que Otabek no tenía en claro, por ejemplo, no tenía en claro que haría después del GPF, a dónde iría, si seguiría patinando. No quería pensar en ello. Pero había algo que había tenido en claro desde el primer momento, algo que no había cambiado en lo absoluto por más que los años hubieran pasado. Sabía que se había enamorado y que no encontraba una manera para superar ese hecho. Al principio creía estar confundiendo todo, al fin y al cabo, nunca había tenido amigos y quizás lo que sentía era solo amistad, pero con el paso del tiempo logró poner sus sentimientos en el lugar correspondiente e hizo lo posible por ocultarlos. Sin embargo, no estaba funcionando. Había algo en Plisetsky que hacía que todo en él se derrumbara, que dejara de pensar y comenzara a actuar siguiendo lo que el corazón le dictaba.
No se quería mover. Sabía que Otabek había notado que estaba sintiendo su olor, que había actuado como un psicópata y por eso moría de la vergüenza. Seguía concentrado en mirar el suelo cuando sintió como acariciaba su mejilla con su pulgar. Todo su cuerpo se puso en guardia, a la defensiva y se apartó bruscamente, golpeando contra la pared que tenía detrás. Cada vez eran más cosas las que le impedían mirarlo de frente pero eso al kazajo no le importó. Colocó una de sus manos contra la pared al lado del rostro de Yuri y con la otra lo tomó con un poco de brusquedad por debajo del mentón para obligarlo a mostrarle su rostro.
—¿Por qué siento como si estuvieras queriendo huir de mí? —susurró a poca distancia de sus labios.
—¡No estoy huyendo! ¡Idiota! —le respondió Yuri. Antes de seguir con lo que planeaba decirle, sintió como sus labios se rozaban y como todo lo que alguna vez opinó sobre los besos se difuminó. Jamás había pensado en cómo sería su primer beso. Estaba demasiado ocupado tratando de ser el mejor del mundo como para darse esos lujos pero ahí estaba él, en Barcelona, a horas de competir en su primer Grand Prix Final como senior, besándose con el único amigo que alguna vez había hecho, con la única persona que lograba alterar su existencia por completo.
Se dejó llevar. Realmente no sabía que hacer por lo que se limitó a cerrar sus ojos y posar sus manos en las caderas del mayor. Capturó su labio inferior con los suyos estirándolo con delicadeza para luego separarse. Yuri seguía con los ojos cerrados, sintió como sus mejillas hervían y trató de ocultarlas con su cabellera pero Otabek lo impidió levantándole el flequillo y entrelazándolo con sus dedos. Se encontraba en una encrucijada con sus sentimientos: por un lado, se sentía completamente expuesto y deseaba salir corriendo cuánto antes; pero por otro lado quería que se repitiera, quería volver a sentir el roce de sus labios contra los suyos, la adrenalina que corrió por sus venas, la manera en que su corazón se aceleró. ¿A qué lado debía hacerle caso?
Otabek rodeó una de sus muñecas y lo obligó a moverse con él hasta entrar en el restaurant por lo que tuvo que abandonar la idea de salir corriendo. Pidieron una mesa para dos y una moza los acompañó a la parte interior del local, ofreciéndoles una ubicación poco favorable ya que era contra la ventana. Yurio bufó al recordar el alboroto que habían hecho sus fans más temprano. Las quería, sabía que todo lo que ellas hacían era porque no tenían otra manera de demostrarle lo mucho que lo admiraban pero no quería que nada ni nadie en el mundo interrumpiera el reencuentro con su amigo.
Antes de sentarse, el morocho se puso detrás de él para correr su asiento y lo ayudó a acomodarse en la mesa para luego sentarse frente a él. Definitivamente la situación estaba haciendo que Yurio perdiera las riendas de su vida, que no entendiera absolutamente nada de nada. ¿Qué significaba eso? ¿Por qué lo trataba de esa manera?
La misma moza se acercó nuevamente dejándoles el menú sobre la mesa y al alejarse le dedicó una mirada cargada de insinuaciones al mayor de los dos, el cual ni siquiera se dio cuenta, pero el menor estaba a dos segundos de saltarle al cuello como buen tigre que era. Con el ceño fruncido ojeó la lista de comidas que ofrecía el lugar pero nada le llamaba la atención en ese momento, tenía el estómago lleno de mariposas y creía que vomitaría en cualquier momento si seguía actuando y pensando de esa manera tan asquerosamente cursi. Se decidió por un postre, un vaso de jugo de naranja exprimido y cerró con odio la tapa del menú. Planeaba tirárselo por la cabeza ni bien volviera la moza.
—¿Decidiste algo? —preguntó Otabek mirándolo por encima de la carpeta contenedora y recibió un movimiento de cabeza afirmativo como respuesta. Terminó de darle forma a su elección mientras desviaba su mirada de la lista al rostro del ruso. Lo inquietaba la expresión que tenía. ¿Acaso estaba enojado por lo que había pasado afuera? Se preguntó a si mismo si tal vez no se habría excedido...
Volvió la joven. Yurio volvió a embroncarse y a fulminarla con la mirada. Otabek si se dio cuenta de eso y sonrió.
—¿Qué van a pedir? —les preguntó la chica, tratando de mirar a ambos por igual pero le resultaba imposible dejar de mirar al morocho vestido con campera de cuero y un corte de cabello fantástico. Es justo mi tipo, ¿podré dejarle mi número en una servilleta? Se debatió en su mente mientras esperaba respuesta.
—Quiero un brownie con helado. Y un exprimido de naranja —espetó Yuri, tirando con desdén el menú cerca del borde de la mesa y luego cruzándose de brazos.
—Para mí una copa de frutillas con crema. Y para beber... Lo mismo.
—¿Qué esperas, idiota? ¡Ve a llevar los pedidos! Ya miraste demasiado... Si no cumples con tu trabajo voy a pedir un libro de quejas—gritó Yuri, no soportando más que la moza no se moviera de su lugar. Sabía que su amigo era lindo, que su belleza podía considerarse exótica y en partes, entendía que estuviera así de embobada porque a él también le pasaba. Pero, ¡tenía que hacer su trabajo!
Tras ser reprendida de esa manera –y amenazada–, se retiró susurrando disculpas. Otabek no pudo contener más la risa. Llevó una de sus manos a su rostro para esconder su reacción pero no lo logró.
—¿De qué te ríes?
—No me quería reír pero... es que... no pensé que alguna vez te vería de esa manera —se justificó— aunque me hizo recordar las veces que corriste a Mila de mi lado después de los entrenamientos... —agregó llevándose una mano al mentón.
No sabía si enojarse, si sonreír, si saltar sobre él para besarlo o largarse a llorar. Era un manojo de emociones fuertes y lo odiaba. Había estado de esa manera desde que le habían comentado que el kazajo había logrado llegar a la final. ¿Podría alguna vez dejar de preocuparse por esa persona que tenía frente a él? ¿Qué tenía de especial? Se sonrojó y lo miró con vergüenza.
—¿Acaso no viste la manera en que te miraba? Y ni hablar de lo incompetente que es —le respondió tratando de mantenerse sereno.
—¿Te molestó que me mirara porque no te miraba a ti?
—¿Qué? ¡No! ¿Tengo cara de ser como JJ? —hizo un gesto de disgusto al nombrarlo pero al caer en cuenta de lo que había dicho, abrió sus ojos de forma exagerada y se mordió el labio— Lo que quería decir era que no me molestó en lo absoluto...
En su mente había sonado tan bien pero al hacerlo externo sonó como si estuviera siendo sarcástico. Quería que llegara su pedido para poder enterrar su rostro en el helado para luego morir ahogado en él. Estaba pasando demasiada vergüenza, se sentía aterrado, expuesto y frágil. Evitaba mirarlo a los ojos. Se concentró en prestarle atención a los autos que pasaban por la calle: su propósito era inventarle una vida ficticia a los conductores, pero apenas había empezado con la primera historia cuando sintió como Beka acariciaba su mejilla con sus nudillos. Se giró bruscamente y se sorprendió al notar que se había apartado un poco de su asiento y estaba con los codos apoyados sobre la mesa.
—¿No puedo acariciarte sin que te asustes? —le preguntó con un tono de voz más bien bajo, bien íntimo. Con un movimiento arrebatado, le dio un beso en la frente.
—Lamento interrumpir, pero traigo su pedido —escucharon decirle a la molesta moza.
¿Por qué todos los lindos son homosexuales? Se preguntó la chica. Bad timing, pensó Yuri. Pude darle otro beso, se dijo el kazajo a si mismo lleno de orgullo. Se apartó con una sonrisa en el rostro y esperó que ubicara sus platos en sus respectivos lugares.
Hablaron de cosas sin sentido como había sido su costumbre años atrás, como si nada hubiera pasado. A Yuri le dolían las mejillas de tanto sonreír y a duras penas pudo terminar con su pedido. Tenía la mente en otro planeta, en un planeta con sólo un habitante de cabello oscuro y mirada profunda.
—¡Yuri! ¡Davai! —le gritó desde el costado de la pista. Antes de cada práctica individual, se deseaban lo mejor mutuamente. Si no podían hacerlo en el momento, buscaban una solución. No recordaba bien cómo era que había surgido pero se había vuelto una costumbre. Y una muy linda, por cierto.
La primera vez que practicó solo después de huir de Rusia, sintió que algo se faltaba. Y en parte era cierto porque no le faltaba algo: le faltaba alguien. Le faltaba oír que alguien lo animara, que alguien confiara ciegamente en él y que le diera las fuerzas necesarias para poder confiar en sí mismo como lo había logrado durante el verano en Rusia. Le faltaba Yura. Y odiaba sentir que dependía emocionalmente de alguien que había resultado ser tan efímero en su vida.
—¿Recuerdas lo que hacíamos antes de las prácticas individuales? —preguntó rompiendo el silencio cómodo que se había generado después que la moza retirara sus platos con un gruñido dedicado a Yuri. Esos dos se habían declarado la guerra. Nota mental: nunca poner celoso a un ruso.
—Claro que lo recuerdo —le respondió de manera altanera. ¿Quién se creía para preguntarle de esa manera si lo recordaba? Le dolía tener que expresarlo porque le molestaba saber que recordaba cada minuto que había vivido junto a él y que jamás podría olvidarlo por completo.
—Estaba pensando que podríamos volver a implementarlo. Realmente me gustaría escucharlo otra vez... —confesó con un leve rubor en sus mejillas. Había apoyado su rostro en la palma de su mano derecha. La posición que adoptó era la típica posición de alguien que estaba sumamente interesado en su interlocutor. Cada milímetro de su ser gritaba que no había nada más que le interesara tanto como el rubio que evitaba su mirada.
Había muchas cosas en las que eran similares pero había una diferencia abismal: mientras Yuri retrocedía y evitaba mirarlo cada vez que escuchaba algo que lo hacía sentir algo, Otabek no corría la mirada, lo miraba fijamente y doblaba la apuesta dedicándole una sonrisa de lado. Sin embargo, a Yura le comenzaba a agradar el juego y decidió sumarse.
—Claro que voy a animarte... —le respondió tratando de mirarlo a los ojos, con una sonrisa grande en su rostro y golpeando con alegría sus puños contra la mesa— He estado deseando hacerlo desde que dejé de verte.
—¡YURIO! —oyó como una familiar voz molesta lo llamaba por su nuevo apodo y su costado pirómano había despertado. Miró por encima del hombro y descubrió a Victor junto a Katsuki en la puerta. Creyó ver dos cuerpos detrás de ellos pero no estaba seguro. Se golpeó la frente con la palma de la mano. Sin siquiera responderles, se acercaron hasta donde la extraña pareja estaba ubicada— Lamentamos molestarlos, pero Yuri quiere pedirles algo.
—¡Vi-Victor! N-no, yo n-no... —tartamudeó el japonés provocando que el más chico de los presentes pusiera los ojos en blanco.
—¡Vamos a comer todos juntos! ¿Pueden venir? ¡Ya vienen todos para aquí! —exclamó entusiasmado.
—Por mí no hay problema —respondió Otabek, dejando a Yurio entre la espada y la pared. No se negaría. Sabía que no lo haría, sabía que no desperdiciaría un momento así.
Mientras un mozo guiaba a Victor y Yuri a una mesa amplia en el exterior, Otabek pagó la cuenta que ya tenían para evitar problemas. Claro está que Plisetsky se negó rotundamente a ser invitado y claro está que no sirvió de nada. La moza le dedicó una última mirada de odio a Plisetsky mientras le daba el vuelto a Otabek. Una vez que habían terminado con todo, se dirigieron a la parte exterior pero antes de llegar a la puerta, Yuri sintió como lo tomaba del antebrazo obligándolo a frenar de golpe.
—Cuando terminemos de cenar, espérame y volvamos juntos al hotel —le susurró. Se estremeció y los pequeños cabellos de su nuca se erizaron al sentir el aliento de Otabek contra él. Tras soltarse con brusquedad, asintió.
Se apoyó en la motocicleta esperando que Otabek terminara de saludar al resto. Dejó salir un suspiro mientras pensaba en todo lo acababa de vivir: los besos de Otabek, su pedido, la interrupción de Katsuki, la alegría en el rostro de Mari y Minako, los recuerdos del banquete del año anterior y sus deseos de compartir el de este año junto a Beka, el compromiso de esos dos, el clima de rivalidad que se palpó tras los dichos de Victor... Era demasiado para su pequeño y frágil corazón. Quería llegar al hotel para poder encerrarse en sus pensamientos sin tener miedo de ser descubierto. Lilia una vez le había dicho que si alguien lo miraba con cautela, podría leer sus pensamientos con sólo mirar su lenguaje corporal y desde esa vez trataba de dedicarse a pensar en cosas que lo hacían feliz o lo molestaban solo cuando se encontraba en soledad, sin nadie alrededor que pudiera dejarlo al descubierto.
—Bien. Ya podemos irnos —escuchó la voz de Otabek y levantó la mirada con rapidez. ¿Había visto como había estado suspirando? ¿Habría logrado saber que pensaba?
Durante el viaje volvió a aferrarse con fuerza a él. No quería soltarlo. Tenía miedo de hacerlo. ¿Y si soltarlo significaba tener que soltarlo para siempre? ¿Y si jamás volvía a sentir su aroma? ¿Y si no volvía a sentir sus labios contra los suyos? Quería despejar su mente pero sus pensamientos eran recurrentes. Seguía preguntándose todo tipo de cosas. Necesitaba respuestas pero no se animaría a expresar cada una de sus cuestiones. Impulsivamente, le dio un beso en la espalda y volvió a recostarse como lo había hecho antes.
El camino entre el estacionamiento y el pasillo de sus habitaciones les resultó tortuoso. Ambos sabían que había algo que era demasiado extraño pero ninguno tenía el valor suficiente como para exteriorizarlo. Frente a las puertas de las habitaciones, Otabek se recostó contra una pared y se cruzó de brazos. Yuri se ubicó frente a él en el espacio entre las puertas y no dejó de mirarlo ni por un segundo.
—Tengo que decirte dos cosas. En realidad, decirte algo y preguntarte algo —murmuró Otabek en voz baja. El ruso le hizo un gesto con la mano para que prosiguiera. Tras carraspear y tomar aire, empezó con su discurso—Yura, necesito que mañana no olvides en ningún momento lo que deseas. El mundo te está esperando y es tu momento para despegar, para brillar. Eres el único que puede hacer tus sueños realidad y necesito que lo hagas. Sé que el comienzo de una nueva etapa pero si no sale como lo esperas, tienes por delante tu propio camino. Quiero que vivas tu vida al máximo, Yura. Este momento es todo tuyo...
Antes de poder terminar lo que quería decirle, Yura se abalanzó sobre él rodeando su cuello con sus brazos y escondiéndose en el pequeño hueco que quedaba. Correspondió el abrazo con felicidad y nostalgia mientras un nudo se iba formando en su garganta. Le besó la coronilla mientras buscaba la manera de acariciar su brilloso cabello.
—¿Y qué es lo que quieres preguntarme? —susurró Yuri aún entre sus brazos. Un montón de posibilidades habían surgido en su interior y por ello, estaba nervioso, sus manos sudaban y su corazón latía con fuerza.
—Al día siguiente de la final y el banquete, ¿podemos encontrarnos nuevamente en el Parque Güell?
—¿Parque Güell? —preguntó extrañado al mismo tiempo que se apartaba.
—Claro. Al lugar donde fuimos hoy a la tarde. Te puedo explicar cómo llegar si así lo des... —un pequeño dedo índice se posó sobre sus labios interrumpiéndolo.
—Me las puedo arreglar solo... —le respondió con sorna. Se apartó del todo, le dio la espalda y se dirigió a su dormitorio— Buenas noches, Beka.
