¡Muy buenas de nuevo! Antes de lo esperado os traigo por aquí el capi 4. Ojalá pudiera actualizar siempre tan pronto, pero depende de unas veces a otras, ya sabéis.
Nada de esto es mío, si no propiedad de Lucas y Disney.
A leer y que la fuerza os acompañe.
- Ya hemos llegado - anunció Han terminando de hacer las maniobras necesarias para aterrizar el Halcón con la mayor suavidad posible.
- Por fin - suspiró Leia claramente aliviada. Durante los últimos tres meses había descubierto que viajar a la velocidad de la luz estando embarazada era de esas cosas que no debían hacerse si quería evitar discusiones con Han del tipo "O paras la nave o vomito en tu precioso Halcón Milenario". Y si a eso le sumabas que la paciencia no era exactamente una de las cualidades que las hormonas hubieran mejorado, sino más bien lo contrario, era un milagro de la Fuerza que Leia hubiera accedido a que Han la llevase con los ojos vendados hasta quién sabe dónde para darle una pequeña sorpresa.
Cuando la nave estuvo sobre tierra firme, Han apagó los motores y le dio la mano a Leia.
- Ven - dijo poniéndose de pie, y tirando de ella para que hiciera lo mismo - Sígueme.
- Cómo si tuviera otra opción - murmuró resignada, intentando ocultar los nervios bajo una fachada anti-romántica.
El piloto condujo a una ciega princesa por los pasillos de la nave hasta que llegado un momento paró en seco. Leia pudo escuchar cómo abría la trampilla que llevaba al techo del Halcón, algo que en principio, con los ojos tapados, no le hizo mucha gracia.
- Tranquila - le susurró Han al oído percibiendo la tensión que emitía cada fibra de su cuerpo - Yo ayudo a su Majestad.
- Han, llevo vestido - indicó la Leia, como si no fuera obvio - Podrías haberme avisado de que iba a tener que subir - protestó.
- Te he visto matar Stormtroopers con vestido, podrás hacerlo - argumentó el piloto, restándole importancia a las quejas de su mujer - Además, no es nada que no haya visto antes, ya sabes.
A pesar de llevar los ojos tapados, Leia pudo imaginarse sin problemas la sonrisa ladeada y burlona que lucía en ese mismo momento la cara de su marido. Se movió con rapidez hacia atrás y le pegó un fuerte pisotón al piloto.
- ¡Ouch! - protestó Han - Eso era mi pie.
- Ay, lo siento, cielo - se disculpó Leia con teatralidad - Es que no veo, ya sabes - argumentó utilizando sus propias palabras en su contra.
Han estuvo a punto de responder al ataque, pero sabía que podrían pasarse así horas y no es lo que tenía pensado para aquella velada.
- Bueno, princesa - dijo zanjando la discusión - ¡Arriba!
Leia sintió las manos de Han sobre su cintura y sin quererlo ni saberlo, sus pies se levantaron del suelo.
- ¡Han! - exclamó asustada, sin tener a qué aferrarse - ¡Bájame!
- Venga, Leia. Lo conoces de sobra, agarra las asas, apoya el pie en el saliente de tu derecha y estás arriba - le indicó el piloto con tranquilidad.
- No me sueltes - le suplicó mientras buscaba a tientas las dichosas asas a las que se suponía que tenía que agarrarse. Sabía perfectamente dónde estaban pero lo de carecer del sentido de profundidad dificultaba bastante la tarea.
- Nunca - le prometió Han, reforzando las manos contra sus caderas para que se sintiera más segura. Leia siempre había supuesto un peso pluma cuando se trataba de levantarla del suelo, era tan pequeñita que le encantaba alzarla continuamente por los aires. Cuando se dejaba, claro. Sin embargo, no pudo evitar sonreír al notar un ligero aumento de peso respecto a la última vez que lo había hecho. Estuvo a punto de comentarlo en voz alta pero decidió que prefería llegar vivo al final del embarazo, algo que no ocurriría si le decía a su mujer que había aumentado de peso.
- Vale, ya está - aseguró Leia aferrándose con las dos manos a las asas y apoyando su peso en el pequeño saliente de la pared - ¿Subo?
- A la de tres - le indicó Han - Una, dos y ¡tres!
Y con un último empujón la princesa se encontraba en el techo del Halcón Milenario. O eso suponía, ya que no veía absolutamente nada a través de la venda. A pesar de que no hacía nada de viento y la temperatura era ideal, supo en seguida que estaban al aire libre. Oyó como Han, de un pequeño salto, subía junto a ella y con un chirrido oxidado cerraba la trampilla.
- Por aquí - volvió a cogerla de la mano y la movió unos metros a la derecha - Espera un segundo.
Leia percibió como Han extendía algo en el suelo, una manta, casi con toda certeza y después tiraba encima algo más sólido pero de poco peso, cojines, probablemente. Aquella imagen hizo sonreír a la princesa.
- Vamos - esta vez la agarró de la cintura y la hizo moverse ligeramente a la izquierda. Con apenas un paso noto la diferencia entre pisar el frío metal de la nave a algo mucho más cálido y suave - Ahora siéntate.
Leia obedeció en silencio y notó como Han hacía lo mismo a su lado.
- Bien - siguió Han - Ahora túmbate. Con cuidado.
Leia se dejó caer lentamente hasta que en un punto sintió las manos de Han en su espalda, guiándola. Cuando su cabeza por fin se apoyó en algo firme, supo sin lugar a dudas que se trataba del pecho de Han. Los inconfundibles latidos de su corazón, el sube y baja de sus pulmones al respirar... básicamente, su lugar favorito. En seguida notó el brazo del piloto rodeando su cintura y sin pensarlo dos veces tomó su mano entre las suyas.
Con la mano que tenía libre, Han le retiró la venda de los ojos. Cegada momentáneamente por haber estado tanto tiempo a oscuras, le llevó un par de parpadeos poder ajustar la vista para ver lo que había a su alrededor. Y lo que vio le sorprendió.
Nada. Y a su vez todo.
Les rodeaba la oscuridad absoluta. Mirara donde mirase, un cielo negro, tan oscuro como el carbón, lo cubría todo. Bueno, casi todo. Adornaban el cielo miles, no, millones de estrellas. Algunas brillaban como soles mientras que otras eran a penas un destello a años luz de ellos. Unas eran grandes como planetas y otras tan pequeñas, que solo fijando la vista podía percatarse de su existencia. Las había blancas, pero también rojas, azuladas y doradas.
Era el firmamento más bonito que Leia había visto en toda su vida.
- Han, es... - ni si quiera tenía palabras para describirlo. Era muy difícil sorprender a la princesa de Alderaan, pero si había alguien capaz de hacerlo, ese era Han Solo.
- Me alegro de que te guste - aseguró Han satisfecho.
- ¿Dónde estamos? - preguntó con curiosidad. Siendo sinceros, había muy pocos sitios en la Galaxia que Leia no supiera ubicar con rapidez. Una infancia como princesa suponía estudiar constelaciones, sistemas y mapas planetarios para prepararse para el futuro. Sin embargo, no tenía ni idea de dónde se hallaban en aquel momento.
- Estamos sobre el asteroide XP923 - explicó Han, orgulloso de por una vez, saber algo que su sabia mujer desconocía. Saboreó el momento - También conocido como el punto más estrellado de la Galaxia. Me he informado - añadió para recalcar que lo que estaba diciendo era real, no algún tipo de historia inventada que había elaborado para sorprenderla. Aunque no hacía falta, Leia estaba más que segura de que no mentía, solo tenía que mirar a su alrededor. La cantidad de estrellas aún la tenían absorta.
- Gracias - susurró sosteniendo su mano aún con más fuerza.
- Llevaba mucho tiempo queriendo traerte - aseguró mientras jugaba con una de las trenzas de Leia entre sus dedos - Desde que me dijiste que te gustaban las estrellas.
- ¿Y cuándo fue eso? - preguntó ella intentando hacer memoria de aquel momento sin mucho éxito.
- La primera vez que... - comenzó a decir. Con esas palabras Leia ya sabía a qué se refería - Bueno, que...
- ¿Nos acostamos? - preguntó Leia acabando la frase, enternecida por la repentina timidez de Han al revelar que se acordaba de un detalle tan íntimo.
Había pasado la noche de la Batalla de Endor, como no podía ser de otra forma. Habían ganado, habían derrotado al Imperio. Rebeldes de todas las razas celebraban la victoria, ebrios de júbilo y felicidad. A ellos no les costó más que intercambiar un par de miradas para poder leer la mente del otro. Leia le había cogido de la mano y le había llevado a una cabaña vacía, lejos de la multitud de la celebración. Comenzaron robándose besos con timidez, sorprendentemente más por parte de él que de ella. Han sabía con certeza que era la primera vez de la princesa y estaba nervioso por hacerlo bien, quería que estuviera cómoda, que no se sintiera presionada. Y no lo hizo. Fue la mejor noche de su vida. La mejor de la de ambos, de hecho. El roce se sus pieles, el sabor de sus bocas, el placer que suponía redescubrir al otro. No fue hasta bien entrada la noche, cuando llevaban horas descansando en silencio, disfrutando de la presencia del otro, con las respiraciones coordinadas, cuando Leia detuvo la mano con la que estaba haciendo círculos concéntricos sobre el pecho del piloto produciéndole un agradable cosquilleo, y se giró para mirar el cielo. En el techo de la pequeña cabaña había un par de tablas sueltas que dejaban al descubierto un firmamento estrellado. "Son preciosas, ¿verdad?" había susurrado "Las estrellas". En ese momento Han había asentido, aunque sus ojos no estaban fijos en las luces que bañaban el cielo, si no en la única estrella que veía él, la luz que desprendía la mujer que descansaba desnuda sobre su pecho. Desde aquel día, siempre había querido mostrarle algo tan bonito, que brillara tanto, como a él le parecía que lo hacía ella.
- Sí - asintió Han sonriendo por el recuerdo de aquella noche.
Pensando en lo mismo, Leia se giró ligeramente para poder besarle en los labios. Han respondió al beso encantado, rodeándola por la cintura. Cuando se separaron, ella volvió a acomodarse entre sus brazos.
- Soy muy feliz, Han - dijo Leia sin más. Las palabras salieron de sus labios sin pensarlo, desde lo más profundo de su corazón.
Han se quedó momentáneamente en shock por el peso de aquellas tres simples palabras. De hecho, cuando la princesa se paró a reflexionarlo, se sorprendió a sí misma. Durante mucho tiempo pensó que nunca más sería feliz. No después de la destrucción de Alderaan, después de la muerte de sus amigos, de su familia. Pero si el tiempo le había enseñado algo es que nunca digas nunca. Ahora no solo tenía una familia, a su hermano Luke, si no que tenía un marido y un bebé en camino. Era más feliz de lo que jamás habría soñado y todo lo que podía desear era que durase para siempre. Pero si algo no era Leia, era ingenua. Nada dura para siempre, por eso hay que disfrutarlo mientras se pueda, entes de que se te escape de las manos. Por eso esas tres palabras habían salido de sus labios.
- Yo también soy muy feliz, Leia - aseguró Han depositando un dulce beso en su cabeza - Y todo gracias a ti - admitió con sinceridad. No había día que no diese gracias porque aquella princesa rebelde hubiera entrado en su vida años atrás - Gracias a los dos - se corrigió, haciendo ascender una de sus manos desde la cadera de Leia hasta su ya ligeramente abultado abdomen de tres meses.
- ¿Cómo crees que será nuestro hijo? - preguntó ella, poniendo sus manos encima de las de él.
- Pues mira, yo creo que - comenzó emocionado. Nunca lo admitiría en voz alta pero le encantaba pensar en ello a menudo. En cómo sería el bebé - Espera un momento - se detuvo al darse cuenta de las palabras exactas de su mujer - ¿Has dicho hijo? ¿Cómo...?
Leia sonrió.
- Simplemente lo sé - respondió. No sabría explicarlo, pero suponía que era una de esas sorpresas que la Fuerza que tenía en su interior la daba de vez en cuando. Era un niño.
- Vamos a tener un hijo - murmuró Han para sí asimilando la noticia. En ningún momento le había dado importancia al posible sexo del bebé, pero saberlo lo hacía todo más real, más cercano, más inminente.
- Mmm - asintió Leia, encantada de haberle podido dar la noticia de aquella manera - ¿Sabes qué? - preguntó reflexionando sobre la pregunta que había abierto el tema - Me da igual como sea.
- ¿A qué te refieres? - preguntó un Han todavía confuso por la noticia.
- Que no importa como sea nuestro hijo - explicó jugando con sus manos entrelazadas apoyadas en su vientre - Le voy a querer con locura.
- ¿Le querrás incluso si es un sinvergüenza como su padre? - preguntó Han con una traviesa sonrisa dibujada en los labios.
- Le querré tanto como quiero a su padre - respondió Leia con picardía, girándose de nuevo para besar al piloto, que sonreía como un tonto al escuchar sus palabras.
Esta vez no volvió a su posición original en seguida, se quedó ladeada, apoyada en su pecho y observando su bonito perfil. Si su marido no fuera tan egocéntrico, le diría que esperaba que su hijo fuera tan guapo como él. Pero sabía que se le subiría a la cabeza y se pasaría el resto del embarazo recordándoselo. Era algo que prefería evitar, así que decidió guardárselo para sí.
Se colocó de nuevo mirando hacia arriba, haciéndole frente a la Galaxia entera. Cualquiera se sentiría insignificante ante tal magnificencia pero a Leia le gustaba, le hacía preguntarse qué les depararía el futuro en aquel universo lleno de sorpresas y misteriosas Fuerzas. Si lo afrontaban juntos, no había problema que le asustase. No sabría decir en qué momento exactamente, el sueño la venció y mirando las estrellas se quedó profundamente dormida. Han se quedó despierto un rato más, disfrutando del calor que emitía el cuerpo de Leia encima del suyo. Finalmente también se rindió al sueño, pero al contrario que la princesa, él lo hizo mirando a su única estrella.
¡Esto es todo! He de confesaros que la idea comenzó como una escena cortita para un capi y se ha acabado extendiendo al capi más largo de los cuatro, espero que os haya gustado. Sé que ha sido todo muy fluffy pero ya vendrán tiempos muy, muy oscuros.
Quiero agradeceros a todos los que seguís el fic, tanto a los lectores antiguos como a los nuevo, todos sois bienvenidos a mi historia. Tanto si os ha gustado como si no, hacérmelo saber, estaré más que encantada de leer vuestras opiniones. De verdad que no os hacéis idea de lo mucho que aprecio vuestras reviews.
Dicho esto, ¡hasta la próxima!
