Bloodlines, lineas de sangre.

Colaboración con Apheront.

.

.

.


4: Química mortal.


"Es un mundo cruel de hombres" - Bad mans's world, Jenny Lewis

.

.

.

Al sentir los cálidos rayos del sol rebotando contra su rostro Judy despertó. La mañana pintaba bien; no veía a su marido, pareciese que no llegó la noche anterior aunque no le importaba mucho el hecho que no apareciera. Se levantó de la cama y preparó el baño para darse una ducha. Se vistió y arregló para entonces bajar a la cocina encontrando finalmente a su esposo, quien yacía fresco como lechuga sentado en la mesa con una taza de café.

—¿Dónde estabas anoche? —preguntó la coneja con gentileza.

—¿Qué ya me vas a interrogar? —le respondió con hostilidad.

—No… sólo que no viniste anoche por mí —comentó cabizbaja.

—Tenía que atender unos asuntos —dice bebiendo de la taza.

—Asuntos ¿Qué asuntos? —expresaba intrigada.

—Eso no te incumbe —le dijo con molestia—. ¿Quién te trajo?

—Ben —mintió con rapidez.

—Bien —dijo mientras veía el periódico—. Hoy tenemos que ir al médico para que te revise.

—Pero… —soltó sorprendida—. No estoy enferma.

—Alístate, nos vamos en 15 minutos —declaró levantándose de la mesa.

Con incertidumbre Judy acata las órdenes de Noah. Era extraño, primero no mostraba interés alguno en su bienestar y ahora de la nada una cita al médico, ella no estaba segura de qué pensar en ese momento.

Subieron al auto y en el camino Judy trató de encontrar alguna explicación lógica; no lograba entender la insistencia de ir al médico, no estaba enferma y no sentía ningún malestar. Todo el viaje fue sólo silencio.

La revisión fue rápida, hubo una serie de preguntas, muestras de sangre y fue examinada de pies a cabeza. No se le dio ninguna información a Judy, sólo escuchaba a Noah y al doctor murmurar lo suficientemente bajo como para que ella no lograse escuchar nada. Al pasar de unos minutos se despidieron y Judy subió al auto manteniéndose seria y callada, la intriga la mataba pero no se atrevía a abrir la boca. Noah la miró detenidamente y por un momento sintió lástima por ella, sólo la tomó de la mano y le sonrió.

—Tranquila, todo estará bien —le dijo con gentileza, un gesto muy extraño en el conejo.

Judy no sabía cómo reaccionar ante lo dicho, ¿Qué podría salir mal? Había pasado un año viviendo lo mismo ¿Qué cosa podría salir remotamente mal? Todo iba bien, es lo que se decía a sí misma día tras día. Pero no, no estaba bien y no lo iba a estar, ella sabía que no iba a estar bien, no lo ha estado desde hacía tiempo.

Al fin arribaron al bar, Noah simplemente la dejó fuera del mismo y entonces se despidió

—Dile a Ben que te lleve a casa, tampoco llegaré esta noche —miraba al frente.

Judy le miró pero no por mucho, sólo bajó del auto y esta vez no le dijo palabra alguna. Escuchó el sonido del motor y vio como Noah se perdió en el horizonte. La coneja entró al bar y se preparó para servir las mesas, siempre con la imagen de aquél misterioso zorro en la cabeza, pasarían varias horas antes de que pudiera ver a ese imponente y atractivo depredador.

Al momento de subir al escenario no logró verlo, no estaba presente aún y de manera inexplicable para ella, eso le hizo sentir cierta desilusión, parte de ella lo necesitaba ahí, entre el público, escuchándola y mirándola, pero claro, ¿Cómo iba a volver a verlo? Y más importante aún, ¿Por qué pensaba en él? Ella era casada, no debía siquiera emocionarse con la idea de tener una amistad, y mucho menos en un zorro desconocido. Aunque mentiría si dijera que no quería verlo otra vez, en el fondo, muy en el fondo deseaba que hubiera aparecido y que una vez más la llevara a casa esa noche, pero no, esa vez sí fue Ben quien la llevó de regreso a su hogar, realizó su rutina nocturna y se quedó dormida.


Su marido no llegó a la mañana siguiente, Judy se vio en la necesidad de salir de casa sola y al caminar un par de calles completamente perdida en sus asuntos, tan inmersa en sus pensamientos, no vio el auto que se estacionó a lado de ella, a la par que el zorro pelirrojo con lentes oscuros que conducía la miró.

—La puedo llevar a su trabajo, señora Savage? —el zorro alzó sus lentes para ver mejor a la coneja—. Vamos Judy, suba.

La presa lo pensó dos segundos, miró a ambos lados en cierta manera temiendo ver a su marido y entonces subió al auto. Observó al apuesto zorro mientras le sonreía, el pensamiento de que tan apuesto lucía le vino a la mente logrando ruborizarla.

—Dígame Judy, ¿Cómo ha ido su mañana? —preguntaba Nick virando el volante para incorporarse a la calle.

—Bien, va mejorando —le contestó con una sonrisa.

Nick llegó a una pequeña cafetería en el centro de la ciudad, no cumpliendo el llevar a la coneja a su trabajo aunque ninguno de los dos protestó. Comieron un almuerzo hogareño y aunque Nick disfrutaba mucho la compañía de Judy ésta se encontraba demasiado cohibida, más que nada por el temor de que su marido hiciera acto de presencia aunque no tuviera que hacerlo, era irónico, él no solía frecuentar el centro, pero la paranoia la perseguía, se sentía como si hiciera algo malo aunque no era así, era sólo un simple almuerzo.

No lograban pasar desapercibidos por las miradas de los otros comensales, una amistad tan inusual, una coneja y un zorro, más que inusual era controversial, aunque bastaba una mirada del zorro hacia la multitud para que todos volvieran a lo suyo, eso por supuesto hizo que Judy se sintiera aún más apenada, ¿Quién era ese zorro que tenía tan imponente presencia?

—Judy ¿Está bien? —preguntó Nick mirándola, la coneja apenas y había probado bocado.

— ¿Perdón?

—Apenas y ha tocado la comida ¿Se siente bien?

—Sí, es sólo que —se detuvo a pensar—. No sé, es la primera vez que almuerzo con alguien que no sea mi esposo.

— ¿Y eso la incomoda?

—No, no —responde sonriendo apenada—. Está bien.

¿Su marido no la deja tener amistades?

—No lo sé —miraba hacia la mesa—. Jamás había sucedido.

—Dígame Judy ¿Cómo es su esposo? —preguntó Nick con intriga.

Sabía que había dado en el clavo, la presa claramente sentía un temor hacia el hombre que la había desposado y podría haber muchos motivos para ello; podría tratarse de un machista controlador que golpeaba a las hembras, quien sabe…

—Es amable —Recordaba las veces que Noah la callaba—. Atento… recordaba las veces que él la ignoraba cuando quería decirle algo—. Respetuoso —Recordando las veces que la obligaba a estar con él en la intimidad.

—Y dígame ¿Lo ama? —inquirió con descaro.

Judy lo miró con indignación —¿Disculpe?

—Pregunté si usted lo ama.

—Me parece inapropiada la pregunta, si no fuera así, no me habría casado.

—Casarse no quiere decir que se ame a una persona, Judy —dijo Nick bebiendo de su café.

—Creo que no deberíamos hablar de estas cosas, señor Wilde.

—Puedes tutearme Judy —respondió sonriente.

—No creo que eso sea conveniente.

—Seremos amigos, ¿No?

—Prefiero referirme a usted como señor Wilde y le sugiero que usted también haga lo mismo —declaró levantándose de la silla.

—Me disculpo —expresó Nick levantándose—. No se vaya, se lo suplico —deteniéndola del brazo—. Perdone mi imprudencia, puedo ser muy insolente a veces.

Judy lo miró, tan amable, tan servicial, disculpándose por sus impertinencias, todo lo opuesto a Noah.

—Déjeme llevarla a su trabajo.

—Dijo lo mismo ésta mañana y terminamos aquí.

—Ésta vez le prometo que cumpliré mi palabra.

Judy le concedió una segunda oportunidad aunque no dejaba de estar algo indecisa con su idea de entablar una amistad con el depredador, bien sabía que le traería problemas en cuanto Noah se enterara, conociéndolo, en uno de sus arranques de celos sería capaz de matarlo a él y a ella de paso, tendría que poner fin a esa idea loca.

Llegaron afuera del bar, ella sonrió con gentileza y bajó del auto.

—Gracias por el almuerzo.

—La veré aquí esta noche —le dice con una sonrisa.

La coneja asintió con la cabeza, vio el auto alejarse y entró al bar, intentaría no pensar en ese hombre que no dejaba de alterarle el pensamiento.


Entró a su camerino faltando algunos minutos para salir, miraba en el espejo, se miró a sí misma, a una Judy que no logró cumplir su sueño como Noah se lo había prometido.

"Maldito patán mentiroso" pensó.

— ¿Estás lista, Judy? —preguntaba Ben del otro lado de la puerta.

—Sí —contestó Judy viendo su reflejo en el espejo.

Tomó su guantes blancos de encaje y se levantó de la silla, caminó por el pequeño pasillo que dirigía afuera y subió al escenario, logrando divisar entre la multitud al hombre que la había llevado esa tarde. Nick le hizo una seña con su trago y le dedicó una sonrisa, ella lo miró con incertidumbre, luego observó a los chicos de la banda y empezó la música, no sucedió lo que paso la primera vez, en esta ocasión había algo en el aire que los conectaba; con la mirada, con la voz, con la música, él quiso perderse entre las silabas de su voz y ella quiso perderse entre las fantasías de su mente, quería escapar, ser libre, quería volar.

En cambio, Nicholas Wilde se estaba fijando en una hembra prohibida, prohibida en todos los sentidos, una que era simplemente inalcanzable para él, tendría que hacer algo atroz para poder acercarse, tenerla y poder estar con ella, y aun así a pesar de ello, era algo que sería mal visto ante la sociedad.


Judy terminó su turno en el bar y se preparó para regresar a casa a sabiendas que su esposo no iría por ella. Estaba por decirle a Ben que la llevara, pero Nick insistió en hacerlo y Judy aceptó. Ambos subieron al auto y emprendieron el regreso, una vez aparcado fuera de la casa de los Savage, Judy se despidió gentilmente de Nick.

—Gracias señor Wilde —se despidió.

—Espere —soltó al detenerla—. Si le pasa algo puede decirme Judy.

Judy lo miró, era como si el supiera algo más, lo miró con intriga.

— ¿Pasarme algo? ¿Cómo qué? —le dijo confusa.

—Lo que fuera.

—No tiene que preocuparse por mi señor Wilde.

—No puedo evitarlo —contestó el zorro mirando hacia atrás de la coneja.

— ¿Evitarlo?

—Judy… —interrumpió una voz detrás de ella.

La sangre de la coneja se heló por completo y casi pudo sentir su corazón deteniéndose abruptamente, Judy se giró y entonces vio a su marido detrás de ella; sus ojos llenos de ira al verla con otro animal, al verla con Nick.

—Creí que Ben te traería —habló Noah.

Judy calló en todo momento, sólo bajó la mirada.

—Yo me ofrecí a traerla señor Savage —dijo el zorro rompiendo la tensión.

—Y usted es... —se dirigió a él con hostilidad.

—Nicholas Wilde —respondió estrechando su mano y presumiendo una sonrisa que fácilmente podía malinterpretarse.

—Le agradezco que se haya tomado la molestia de haber traído a mi esposa enfatizó Noah—. Pero a la próxima absténgase de hacerlo.

—No fue ninguna molestia —se inclinó hacia Judy para despedirse–. Señora Savage

Judy solo lo miró y le hizo un gesto de despedida, Noah miro el auto del nuevo amigo de su mujer alejarse y entonces la tomó del brazo y se dirigieron a la casa, el conejo puso algo de fuerza en el agarre del delgado brazo de Judy

—Me lastimas —se quejó Judy.

— ¿Y qué hay de ti? —dijo Noah con furia, sacudiendo su brazo—. ¿Cómo te atreves a aparecer frente a mi casa con un tipejo?

¿Qué?

— ¿Andas de puta en el bar acaso? —le preguntó con euforia—. ¿Necesitas más dinero?

Judy no sabía si reír o enojarse, ya solo faltaba eso, era el colmo, sólo intentó alejarse de él, ya tenía el brazo rojo de tanto zarandeo.

— ¿Qué te pasa? —dijo enojada—. Él sólo se ofreció a traerme, es un cliente frecuente del bar.

— ¡PATRAÑAS! —le gritó Noah—. ¿Cuánto te pagó por hacerle el favor?

Judy le propinó una bofetada, una cosa era ser sumisa y otra muy diferente a ser insultada sin razón. Seguido de eso, Noah la aprisionó con sus brazos contra la pared, el conejo claramente estaba más allá del fondo de la botella de alcohol, Judy aún no se explicaba cómo fue que su esposo estaba en casa, por qué no fue por ella al bar, incluso se comenzaba a cuestionar porque aceptó que el señor Wilde la trajera.

— ¿Dónde te tocó? —le decía el al oído con suma furia—. ¿Aquí? —acariciaba su muslo derecho.

— ¡Basta! nadie me tocó —exclamó Judy.

— ¿Dónde te besó? —la jalaba de las orejas y besaba su cuello.

—Me lastimas —se quejaba llena de temor.

—Tú me lastimas a mí —le contestó jadeando alrededor de su cuello—. ¿Por qué me haces esto? —decía mirándola a los ojos—. Yo te lo he dado todo.

Judy lo miraba con enojo y temor, no podía escapar de su agarre y el coraje que sentía empezaba a hacer brotar lágrimas de sus ojos. El olor que el despedía de su cuerpo le causaba asco, más aun cuando el irrumpió en sus labios con su sabor a ginebra.

—Ahora no, Noah —decía Judy empujándolo.

— ¿Y con él sí? —tomándola de los brazos

—No me metí con nadie… ¡Entiéndelo!

Judy volvió a empujar y subió las escaleras rápidamente, se encerró en el baño sintiendo una mezcla de temor y asco, no quería que ni por asomo Noah se atreviera a tocarla de nuevo, no a la fuerza. No pudo evitar recordar la primera vez que hizo el amor con él; tan delicadamente, lleno de amor, gentileza, deseo.

Tomó un baño rápido y se acostó, Noah por su parte abrió otra botella de brandy y se la empinó toda en seco. Horas después volvió a subir al dormitorio para despertar a su esposa con una sesión de besos, Judy empezó a estremecerse de miedo y coraje, no quería que la tocara más.

—No ahora, Noah —intentaba empujarlo fuera de sí.

—Yo quiero ahora, Judy… eres mi esposa, tengo todo el derecho.

—No, por favor —se levantaba de la cama.

Noah la detuvo del brazo y la regresó bruscamente a la cama.

—No vas a ir a ningún lado —la aprisionó debajo de él.

—Por favor, estás ebrio.

—Te deseo tanto —le susurraba al oído.

Judy sintió las garras de Noah recorriendo su cuerpo, estalló de furia y lo empujo tirándolo de la cama, se levantó pero antes de que pudiera hacer algo el conejo la detuvo de nuevo, furioso la abofeteó tirándola al suelo, Judy lloraba desconsolada, puede que Noah fuera un machista ¿Pero de eso a un golpeador?

La levantó bruscamente del brazo, la tomó de las orejas y la arrojó contra la cama, casi arrancándole la ropa a zarpazos.

— ¡Por favor!… —soltó entre lágrimas—. Me lastimas.

— ¡Cállate! —le gritó Noah y entre la embriaguez le asestó un fuerte golpe en el rostro.

Judy intentó forcejear con él pero era inútil, Noah era considerablemente más alto y con un cuerpo notablemente más fuerte que el de ella. La besuqueó por todas partes, la jalaba de las orejas para que no opusiera resistencia a sus besos, Judy nunca había sentido tanto asco ante los labios de su marido, era una intromisión de su espacio personal, nunca había sido tan violento. Sus manos tocándole cada centímetro de su ser, era una violación a su alma, su corazón, cada grito de dolor y furia, un llamado de auxilio, quería un milagro que la salvase de las garras de su opresor.

Pero el milagro no llegaba, ni su salvador ni nada. Noah tapaba su boca para parar los llantos, se despojó del camisón de la coneja dejándolo casi hecho tiras y la penetró violentamente; cada embestida era como un puñal enterrándose dentro de su corazón, el sentir su miembro dentro de su interior, irrumpiendo de manera temeraria y brusca, una punzada de dolor, en su alma y en su intimidad, ardía por la falta de lubricación que su cuerpo no pudo crear, aquel conejo que cuando lo conoció parecía dulce y amable, se convirtió en un monstruo superior al más temido depredador del mundo.

Ella ya se había rendido, solo dejó que su marido terminara con la profanación de su cuerpo. Entre lágrimas y un dolor enorme en sus piernas, sus brazos, su cara, su entrepierna, sintió un alivio al sentir aquel líquido espeso y caliente entrando en su interior, no por el placer, sino porque así podría librarse de él.

Y así fue, tan sólo Noah terminó de satisfacer su deseo, cayó rendido en la cama. Judy se levantó lentamente, sintiéndose derrotada, herida y usada, se abrazó a sí misma y soltó las más amargas lágrimas de toda su vida, por unas horas más sólo se lamentó sentada en el suelo recargándose en la cama. Miró al hijo de puta que había destruido su sueños, su vida y su dignidad, ya faltaba poco para el amanecer, no había dormido nada y ya no había más lágrimas que derramar, sólo se levantó del suelo y entró al baño a sabiendas que no podría lavar aquella suciedad que Noah había dejado en ella, y no suciedad literal, sino emocional.

Se miró en el espejo, se quitó lo poco que le quedaba del camisón roto, se vio demacrada, con un ojo hinchado y una mejilla entre roja amoratada. Pasó su mano sobre su cuerpo comenzando en el cuello; su pobre y sensible piel, que era propensa a crear marcas rápidamente, había dibujado marcas rojas desde su cuello a sus brazos, su pecho, casi en todo el cuerpo, Judy soltó unas lágrimas sin sollozar, abrió el grifo de la bañera y se sumió en un largo baño caliente, pensando en todo lo que le quedaba por vivir.

Salió del baño y se puso ropa que tapara la mayor parte de sus moretones, no tenía a la mano algo que pudiese ocultar las marcas que tenía en la cara, ni tampoco la tristeza que sentía, bajó a hacer el desayuno y rato después bajó Noah, ya arreglado y sobrio, miró a su mujer sentada en la mesa bebiendo de un café, con la mirada perdida, triste y con su bello rostro deshecho por esos golpes, se acercó a ella lentamente lleno de remordimiento y arrepentimiento, ambos comiéndolo por dentro.

—Judy —la tomó del hombro.

Ella se alejó por inercia o más bien por temor, uno primitivo que solo las presas conocían, el temor a morir.

—Anoche yo, no era yo —decía arrepentido—. Nos excedimos.

Ella lo miró con ojos asesinos — ¿Nos?

—Perdóname —pedía el hijo de puta.

—Nunca me habías golpeado —dijo con un nudo en la garganta.

—Perdóname —suplicó arrodillándose frente a ella.

—Ya te escuche la primera vez.

—Judy...

Judy se levantó de la mesa, ignorando a su imbécil y malparido marido. Buscó entre su baúl de sombreros uno que tuviera algún tul que cubriese su rostro de la atrocidad que Noah le había hecho, tomó sus lentes oscuros y salió de casa.


Judy tuvo que mentir ante Ben sobre lo que le había pasado en el rostro, por ende no dejó que esta sirviera las mesas, le sugirió que descansara y que sólo subiera a hacer su presentación en la noche y eso hizo, al anochecer subió al escenario, nuevamente el señor Wilde se encontraba en la misma mesa de siempre, esperando por escuchar la voz de su cantante, ella lo miró con tristeza, cerró sus ojos y empezó a soltar las primeras palabras al micrófono; sus pensamientos estaban dispersos, sus ojos empezaban a engañar a su cerebro haciendo todo borroso.

Nick se levantó lentamente de su silla, Ben volteó al escenario. De pronto ya no se escuchaba la voz de Judy, solo la música. El zorro corrió al escenario para encontrarse con el cuerpo desplomado de Judy en el suelo, los comensales miraban aterrados la escena, Nick miraba el frágil cuerpo inerte de la chica, la levantó del suelo con suma delicadeza y la sacó del lugar…

Continuará…