¡Hora de responder reviews! Que por cierto, muchísimas gracias a todos lo que comentáis, dais fav o follow… sin vosotros esta historia no sería posible:
Pau: kink aceptado! Espera hasta el final del capítulo y verás XD espero que te guste cuando lo veas ;)
Mills1: espero que en este capítulo te quede un poquito más claro (a ti y a todo el que lea) porqué Regina se comporta de esa manera. En grosso modo, está divida en varias partes, su personalidad es muy compleja, y aunque siempre ha sido una rebelde por naturaleza, su educación y sus vivencias (la mayoría de veces, malas) han influído mucho en ella y ahora se encuentra en una especie de conflicto consigo misma.
RavenDelacroix: te respondo en español aunque tu review sea en inglés porque así se entera todo el mundo La persona misteriosa será revelada al principio del capítulo y sí, iré cambiando la perspectiva, de hecho, en este capítulo vamos a ver las dos perspectivas: tanto de Emma como de Regina.
Me desperté con dolor de cabeza, el sol brillando y mis ojos quemando, mi boca seca, mi cuerpo condolido. Recordaba la tarde anterior, haber huido y que ella me había encontrado. Recuerdo haberme dormido en el coche, de camino a casa, y recordaba vagamente la promesa de una regañina, de un "eso no se hace, Gina".
Pero al levantarme, nada de eso pasó. Estaba atada al cabecero de la cama, con un fino camisón cubriendo mi cuerpo, mi cabello seco, mi piel limpia. Mi cuello libre, sin ese agónico y punzante sufrimiento que me acercaba a la redención. Me sentía mareada, desorientada, quería gritar aunque me ardiera la garganta y necesitaba librarme de las cuerdas.
— Te quedan mejor las cuerdas que las esposas; son más rudas, más largas, más artísticas. Soy de las que piensas que todo en esta vida tiene arte, hasta el sexo. ¿Te gustaría que te lo enseñara? —dijo con esa estúpida sonrisilla de "te tengo" que me ponía de los nervios. Llevaba algo escondido detrás de la espalda y se acercaba con lentitud; iba vestida con ropa mía, con un moño bien hecho y sus gafas de pasta y un maquillaje más mío que suyo. Se levantó ligeramente la falda y se subió encima de mí, a horcajadas, y sacó mi collar de detrás suya. — ¿Quieres esto, preciosa? —dijo agrandando esa maldita sonrisa, acercándolo a mí, yo luchando contra las cuerdas, con fuego en los ojos, matándola lentamente. — Hagamos un trato: —susurró en mi oído, causándome escalofríos— tú me dices qué coño te está pasando y vuelves a ser tú misma, y yo te devuelvo esto —sacudió en el aire el collar, y yo sonreí con prepotencia.
— Aflójate el moño, Swan, que veo que no te llega la sangre a esa cabecita rubia hueca —fue lo único que dije. Ella me miró con intensidad, esperando algo más, pero sólo se topó con mi mirada desafiante.
— Me lo he puesto, ¿sabes? Duele mucho; muchísimo, diría yo, aunque igual es cosa de perspectiva, nuestros roles nos asignan diferentes cualidades, supongo que un umbral del dolor alto no es una cualidad mía —dijo con suficiencia, como si estuviera descubriendo un gran misterio. Por un momento me preocupé por ella, pensando en lo mucho que debería de haber sufrido con eso en el cuello, pero se me pasó enseguida al recordar que la muy hija de puta me había atado a la cama sin mi permiso y se había tomado ciertas libertades relacionadas con mi cuerpo, ¿o es que el camisón y el collar habían cambiado de ubicación por arte de magia? Me miró unos segundos más y se irguió— ¿por qué, Regina? ¿por qué obligarte a ti misma a sufrir de esta manera? ¿por qué ese cambio radical, esa sumisión tan…? —parecía costarle encontrar las palabras. ¿Patética? Quizás; quizás eso quería llamarme, quizás quería decirme que era una depravada, una descerebrada, una demente, una idiota, una inútil… Quería psicoanalizarme, descubrir todos mis secretos, pero, ¿no es lo bueno de un secreto el tener que guardarlo? No iba a decirle nada, ¿qué podía decirle? ¿Que me agarraba a una falsa esperanza? ¿Que pensaba que si me autoinfligía dolor me estaba acercando más a la redención? ¿Iba a decirle que me había rendido, que tenía miedo? ¿Iba a decirle que… esto era más que sexo para mí? ¿Qué decir cuando ya no te quedan palabras? Cuando no sabes cómo expresar tanto dolor, sufrido y obligado a sufrir, ¿cómo lo explicas? ¿Cómo hablarle de mi madre sin que temiera por el futuro de Henry a mi lado? ¿Cómo contarle nada acerca de mi marido sin que Snow se enterara, o sin que ella me viera como una niñita rota? ¿Qué hacer? Tengo una difunta madre que me pegó una paliza y me rompió dos costillas porque tenía once años, me vino la regla, y como yo no sabía qué era eso, me asusté. Tengo un difunto marido que me violó seis veces en un día porque se enteró de que planeaba huir del castillo, escapar de sus garras.
— Habla conmigo —dijo suave, conciliadora, sacándome de mis pensamientos y devolviéndome a la realidad, con su mano acariciando mi mejilla.
— No —dije sin emoción, con los nervios a flor de piel, apartando la mirada y alejando la cara de ella.
— De acuerdo, si no hablas… no te suelto. Regina, te quedan seis horas para la hora de la comida, hasta entonces, ¡adiós! —replicó cínicamente alegre, bajándose de encima de mí y marchándose. Una rabia desmesurada me invadió y chillé su nombre y un millón de maldiciones, me sacudí violentamente contra las cuerdas, la vi salir y, ahora que mi magia había sido liberada, rompí las cuerdas y me incorporé, acariciando levemente mis enrojecidas muñecas y rumiando mi ira, mirando a la puerta.
Me vestí con avidez, me maquillé, me paseé por el dormitorio y bajé las escaleras. El juego no se había terminado aún. Me encontré a mi hijo y a Emma en la cocina, mirando un libro antiguo que no reconocía.
— Uh, eso tiene que doler, madre mía —dijo Emma poniendo cara de asco. Yo me entusiasmé al ver a mi hijo allí sentado, pero al mismo tiempo me asusté, no sabía si era buena señal que estuviera en mi casa.
— Hola, mami —dijo con un tono tan infantil y tan cariñoso que se me derritieron las lágrimas que tanto había guardado en mi helado corazón.
— Henry —dije agachándome para ponerme a su altura, espachurrándolo fuertemente contra mí. Su abrazo fue más fuerte que el mío propio. Sonreí. Desde el fondo, Emma me guiñó un ojo y algo se alivianó dentro de mí, como si me quitara un peso de encima.
— Venga chico, que la vas a ahogar, deja algo para el resto —comentó Emma jovialmente, y entonces Henry se separó, se giró y le contestó:
— Si ha sido capaz de sobrevivir a sus corsés, podrá sobrevivir a mí.
Yo me reí, Henry se marchó a por algo a su habitación y Emma aprovechó para acercarse a mí, pegando su torso a mi espalda, besando mi cuello.
— Daría lo que fuera por verte en uno de eso apretaditos corsés —dijo lasciva, y yo le clavé el tacón en el empeine del pie.
— ¿De qué coño va esto, Swan? —le espeté intentando controlarme, furiosa con todo lo que se me pusiera delante, y lo que tenía delante ahora era a Emma.
— Henry sabe que estamos juntas, no te preocupes —dijo guiñándome de nuevo un ojo, y de verdad que tuve que contenerme para no abofetearla. La empujé rudamente y subí al dormitorio de mi hijo, esperando así calmarme un poco.
—
Sonreí como una estúpida al verla marcharse. Tenía claro mi plan: sacarla de sus casillas hasta que reventara; Regina Mills estaba ahí, bajo una capa de terrores pasados e inseguridades presentes que reconocía porque yo también lo había vivido, esa angustia, ese malestar. Quería sacarla de ese oscuro lugar, quería que supiera que, yo estaba sintiendo algo más por la versión real de ella, esa que no debía perderse. Cierto, Mills podía ser arisca, borde, repelente, estirada, estúpida, vengativa, desalentadora, manipuladora y cruel, pero también era cariñosa, dulce, amigable, divertida, sensible, inteligente, compasiva, valiente y fuerte, y yo estaba dispuesta a amar las dos partes. Parecía que poco a poco, mi plan iba dando sus frutos; sabía que tenía que ser paciente, había sufrido mucho y no volvería a ser la misma en dos segundos, pero teníamos todo el tiempo del mundo, así tuviera que lanzar una maldición para pararlo y avanzar sin miedo, pero no tenía prisa. Al fin y al cabo, quería que fuera feliz de verdad, y no sólo que lo pareciera.
— ¡SWAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAN! —gritó iracunda y yo pegué saltitos interiormente. Que comience la Operación Reina Cisne.
Subí con rapidez las escaleras, quitándome los tacones para no caerme. Me asomé al dormitorio de mi hijo.
— ¿Qué demonios es esto, Emma? —dijo dando grandes zancadas para alcanzarme, poniéndome violentamente el fichero en el pecho y abofeteándome con fuerza.
— ¿Es que no quieres que seamos una familia? —dijo Henry en la retaguardia, mi cooperador en esta Operación, fingiendo una gran tristeza. Regina se giró con sorpresa, lanzándose a los brazos de su niñito.
— Oh, no, no, no, no, no, claro que no, Henry, o sea… no estoy diciendo eso, claro que quiero que seamos una familia, lo que pasa es que… esto me ha pillado muy de sopetón y…
— ¿Sabías que en el Bosque Encantado había una ley que decía que la mujer debía pertenecer siempre a un hombre? Si no era su padre, era su marido, su hermano, su tío, su abuelo, incluso su hijo. Aunque cuando tú llegaste al poder… eso cambió. Verás, ahora que mis padres gobiernan, no ven lo malo de dicha ley, pero yo sí. Lo único que podía salvarte era un matrimonio y pasar a ser de alguien, y ese alguien… soy yo.
Me fusiló con la mirada y se volvió hacia nuestro hijo, le fundió la cara a besos, bajó a la cocina, y yo la seguí.
— Escucha… —comencé, sujetándola del antebrazo para que me escuchara. Ella me cortó.
— Preferiría la horca —dijo con ferocidad, asustándome ligeramente.
— A las brujas las queman en la hoguera —le aclaré, no iba a dejar que ganara.
— A las elementales de fuego, no —finalizó con una sonrisilla la conversación, y en el camino a la cocina, le grité:
— No te preocupes por cocinar, hoy hago yo la comida. —Se giró hacia mí y le sonreí a la vez que le lanzaba las llaves del coche y su cartera. Sabía que había riesgo de que la liara parda, de que se escapara, de que matara a alguien (y no estoy hablando figuradamente) y de muchas otras cosas, pero lo tenía todo cubierto, todo bajo control. Tenía más aliados de los que cabía esperar, así que no estaba realmente preocupada. Ella miró los objetos y se marchó sin decir nada. Que sea lo que Dios quiera.
—
Me monté en el coche, y ahora que tenía magia, veía necesario un cambio. El Mercedes me había acompañado estos veintiocho años, pero era hora de empezar una nueva vida, así que discretamente lo cambié, y pasé de tener una berlina negra a tener un todoterreno descapotable negro, con siete asientos, un maletero gigante que estaba dispuesta a llenar de bolsas y un montón de cosas guays. Tenía que ponerme al día, vivía anclada en los ochenta y eso no podía ser. Me dejé crecer el pelo e hice algo que quería hacer desde que era pequeña: llenarme de pendientes y tatuajes. Me monté y marché a Boston a gastarme todo el dinero que llevara en la cartera.
Una vez en el coche, al revisar que estuvieran todos los papeles, vi que mi nombre había cambiado a Swan-Mills. Lo que me faltaba.
Respiré hondo varias veces para calmarme. Que me hubiera acostado con Emma un par de veces no significaba que fuéramos pareja, aunque he de admitir que… me gustaba. Mucho. Pero una cosa es sexo casual y otra muy diferente el matrimonio. Madre mía. Respira, respira, respira…
Para calmarme, comencé a comprarme cosas de informática: vivía en el año de la polca, tecnológicamente hablando, y necesitaba un nuevo portátil, un nuevo PC, un nuevo móvil, auriculares, cascos, consolas, videojuegos… Henry iba a flipar. Quién lo diría, yo siendo una nerd; pero claro, cuando llegué aquí y vi todas esas maquinitas, descubrí los videojuegos, la televisión, etc… Se me fue la cabeza. Continué comprando series de televisión (The L Word, qué gran serie), libros, álbumes de cantantes que reconocía por Henry y Emma (y he de decir que me gustaron todos, sobretodo una tal Avril que parecía muy mona), me volví loca con el merchandising y me llamó especialmente una serie llamada Juego de Tronos, que tenía buena pinta.
Cuando Emma me llamó para avisarme de que la comida ya estaba hecha, me fijé en que se me había pasado el tiempo volando, en que había gastado casi todo mi dinero y me di cuenta de que, si quería conseguir más, debía conseguir trabajo.
Volví a casa y me recibió el olor a comida; saqué todas las bolsas y me preparé para darle una sorpresa a Henry. Cuando aterricé en el mundo actual, los cómics me enamoraron: en el Bosque Encantado, apenas había libros y la mayoría no tenían ilustraciones, por eso me fijé en los cómics, tan llenos de colorido y de dibujos, me enamoraron y desde entonces, era una niña pequeña. Mi hijo había heredado ese amor por los cómics de mí, y su gran colección, fue mía tiempo atrás.
— ¡Henry, ven, tengo algo para ti! —exclamé emocionada. Él se acercó corriendo y se plantó frente a mí. Yo saqué un paquete de detrás de mí y Emma se acercó.
— ¡Hala, que chulo, iZombie! —exclamó feliz, abrazándome fuerte y dándome las gracias repetidas veces. Se marchó y llamó a su amiga Grace para contárselo y quedaron para ver los cómics juntos, y yo intenté escaparme, pero no pude.
— ¿Para mí no tienes nada? —dijo Emma seductora, moviendo ridículamente las cejas, y yo intenté no reírme en su cara. Sí que tenía algo para ella, y bien grande.
— Oh sí, qué tonta —dije, y me saqué el chicle de la boca. Ella tenía la suya entreabierta, esperando un beso, y como llevaba los ojos cerrados, aproveché para meterle el chicle en la boca. Ella lo escupió y me miró con asco, y yo sonreí. Ay, qué quisquillosa nos ha salido la princesita. No pude evitar ciertas carcajadas y subí al baño a cambiarme, a ponerme cómoda; coloqué todo lo que había comprado y bajé, y la mesa estaba ya puesta y la comida servida. Hoy iba a vengarme de Emma, por haberme tratado de esa manera en la mañana.
— Antes de empezar, quiero comenzar con una oración —dije con cara de niña inocente, tendiendo las manos y comenzando a rezar. Henry me miró como si fuera un bicho raro, y Emma me preguntó:
— ¿Eres católica?
— No —le contesté, aguantándome la risa.
— Mamá, Emma es judía —dijo Henry con cara de no entender por qué rezaba, si yo era agnóstica.
— Lo sé —me limité a decir. Comimos en silencio. Si tenía que rezar como una cosaca todos los días para molestar a Emma, lo haría.
Llegó la noche, yo me pasé toda la tarde encerrada en mi estudio, buscando trabajo; tras horas, conseguí una entrevista para dentro de dos días, lo cual me hizo tan feliz que animé a hacer la cena. Sorprendentemente, Emma sabía cocinar, y muy bien, debo admitir, aunque parecía insegura de sus habilidades, ¿traumas pasados, quizás? Hice la cena y Emma y Henry entraron en casa como dos huracanes imparables. Invadieron mi cocina y, mientras Emma se zampaba todas las patatas fritas, mis patatas fritas, que había en la casa, Henry me contaba lo bien que se lo había pasado con Grace y lo bien que le caía una chica cuyo nombre no recordaba; mi niño se hacía mayor y yo me alegraba por eso, sabía que no podía retener a un muchacho como él en casa, pero al mismo tiempo deseaba que no le rompieran el corazón cuando se enamorara. Cenamos con rapidez, hablando de cosas del colegio de Henry y yo no comenté que posiblemente encontrara trabajo: no me sentía casada, no sentía que esto fuera una familia de verdad, por lo que ni se me pasó por la cabeza contarles nada. Me fui rápida a la cama y Emma se unió a mí, con una camiseta hiper ancha y unas bragas descoloridas.
— Mmm… hueles a fruta —dijo seductora, en un intento de que pasara algo entre nosotras que no iba a pasar porque si abría las piernas, empezaría a correr un río rojo que dudo que queráis que os detalle. Maldita regla.
— Pues tú hueles a fritanga —le solté sin apartar la vista del libro.
— ¿Qué lees? —dijo quitándome el libro de las manos, enfadada.
— Tú no lo entiendes —dije con suficiencia, Emma seguro que no tenía ni idea de lo que decía el libro.
— ¿Por qué, porque está en español? —se ofendió. ¿Qué? Es rubia, americana… seguro que piensa que España está en Latinoamérica y que todos los Latinos son mexicanos. Le quité el libro y lo dejé en la mesilla. Apagué la luz, intenté dormirme y sentí el strap on presionando ese punto entre mi espalda y mi culo. Ella quería sexo, yo no. Era hora de sacarla un poquito más de sus casillas: me cambié la compresa y le tiré la que estaba llena de sangre a la cara.
— ¿Qué, todavía quieres sexo, Swan? —dije con una gran sonrisa, y al verla hacer aspavientos para quitarse eso de la cara y bufar, levantándose después con la almohada bajo el brazo, me empecé a reír con fuerza. Miré el strap on y lo patética que se veía con eso puesto, y decidí que, por haberme obligado a casarme con ella, iba a darle una lección. La dejé inconsciente con magia e hice que dicho objeto se volviera más… real. Sería divertido cuando se despertara y estuviera en el suelo, con la cara llena de sangre menstrual y con un pene enorme entre las piernas que estaba segura de que no iba a poder manejar.
Sé que vais a pensar "te lo mereces", pero luego, al dormir, soñé que Emma se enfadaba conmigo por haberla fastidiado todo el día y… bueno, las consecuencias no eran buenas. Aun así, no rectifiqué mis acciones, y a la mañana siguiente, cuando yo ya estaba saliendo de casa para llevar al niño al cole, chilló mi nombre y algo dentro de mí dio un vuelco, pues si bien la noche anterior había sido divertido… todo tenía sus consecuencias.
PD: Demasiado bonito parecía ser todo, no? Me gustaría aclarar antes de nada, que Emma nunca le hará daño a Regina, aunque Regina tenga miedo y vea cosas que no existen.
Ah, y si alguien quisiera hacerme una portada para el fic o un video trialer de esto de Youtube, pues vamos, que no mr opongo ;))
