Cap. 4; Centauri, Wajir, Arica.

Track de éste trozo: Life of Antarctica, Vangelis

NdA; cualquier parecido de Lizzie con Ulquiorra Schiffer, de Bleach, es deliberado.

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El viaje previo con Ekka desde Hellpoint a Daan no habían preparado a Jim para lo que le esperaba. Una cosa era que alguien más controlara el trineo y otra, hacer obedecer a Tuvok y a Tiny, a más de 130 kilómetros por hora.

Durante todo el primer trayecto, Ekka le fue dando instrucciones –via el comm de su casco- y permitiéndole tomar el control durante trechos cada vez más largos.

Jim pronto notó que los perros tendían a correr por donde hubiese menos rocas altas y a saltar éstas cuando aparecían, manteniendo siempre paralelo el trineo. Un par de veces, los cambios en el viento casi lo hicieron volcar; pero cuando llegaron a Tindalos, Jim ya sabía como frenar, como ordenar a los perros a hacerlo y como aterrizar sin voltear el trineo.

Si el clima no cambiaba y todo se mantenía de acuerdo al programa, no sería un viaje difícil. O no como el joven cadete lo esperaba.

Ekka lo acompañó a la pequeña locación –apenas un campamento de obtención de hielo de agua- habitada por una familia de 25 marcianos, entre suppys (que viven en la superficie) y contens (terranos con euglenas, capaces de respirar el CO2, pero no de vivir en la superficie) donde Jim bebió suficiente agua y obtuvo su siguiente escolta.

Simplemente había ido al baño y acababa de reajustar su casco, para volver a la superficie, cuando el niño lo sorprendió, esperándolo.

—¿Eres Jim Kirk?

El cadete miró asombrado al pequeño marciano; debía tener unos doce años, si bien era de su estatura, el cabello pajizo desvaído y atado en una sola trenza y los ojos de un azul agua impresionante, cubiertos a medias por los párpados escarlata.

—Sip, yo soy.

El chico estiró la mano, para estrechársela.

—Jonah. Soy tu guía hasta Centauri.

—¿Dónde está Ekka?

—Debe estar a medio camino de vuelta ¿No te dijo nada?

Jim negó con la cabeza y Jonah suspiró, aburrido.

Con una chingada… detesto que me pongan de niñera. Vámonos ya.

Fue turno de Jonah para treparse en los patines y de Jim para ir sentado al frente en el trineo, al menos por los siguientes cien kilómetros, antes de llegar a Steel Highs, otra locación, ésta vez, con cultivadores de proteína bajo tierra. Al parecer, todo Marte estaba sembrado de pequeños pueblos y las ciudades grandes eran más bien pocas.

Cada locación –como las llamaban- tenía su propia planta de agua, sus veleros de arena, uno o dos helicópteros y sus consabidos trineos. Y, pese a los apellidos y nombres, que indicaban nacionalidades varias, Jim vió que todos los marcianos eran tanto diferentes como iguales, a la vez; de muy variados tonos de verde y marrón, con los cabellos de colores y con los ojos rasgados y enormes a la vez, producto de las mutaciones y el ultravioleta. Asimismo, los contens no crecían igual que los suppys, debido seguramente a que éstos últimos recibían más radiación solar y eso desarrollaba mejor sus euglenas.

Jonah demostró ser un conversador inacabable.

—¿Por qué eres cadete?

—Es una larga historia.

—Tenemos muchos kilómetros por delante. Y nunca volverás a verme.

Jim frunció el ceño.

—¿Que tiene que ver eso?

—No tienes que contarme toda la verdad, sólo lo que quieras.

Y casi sin saber, Jim acabó diciéndole todo; desde el Corvette de su padre hasta la riña con los cadetes y el reto de Pike. Y por su parte, la historia de Jonah fue escalofriante, salpicada de maldiciones en español, el idioma de sus padres; su escape de la batalla de Syrtis, la muerte de toda su familia, la elección entre ir a la Tierra o quedarse en Marte, pese a ser huérfano, su negocio de prostitución, entre los soldados de la Fuerza Terrestre, antes de que los vulcanos lo rescataran y su trabajo actual, como mensajero entre las locaciones y guía pagado de la Federación.

Jim escuchó con un escalofrío –no provocado por el viento- la suave y calmada voz del chico y sus anécdotas de guerra.

Y en la noche, cuando por fin llegaron a Centauri, lo vió atascarse de comida en el cenador comunal y reírse como si nada.

—Al menos- confesó, después de beber una jarra de jugo de savaa- esto no es Tarsus IV…

Jim casi se atragantó al escuchar eso.

—¿Qué sabe un mocoso como tú, de Tarsus IV?

Jonah le pegó en un codo.

—Mi abuelo escapó de la masacre. Vino a Marte y fue de los primeros en desarrollar los cultivadores de proteína. Se aseguraron de no depender de una sola especie de mir, sino de cinco, a modo de que la tragedia de Tarsus IV no se repitiera. Y tampoco tenemos un gobierno central ¿Vas a dejar ese trozo de tarta?

Repetido el ritual de baño y descanso, partieron al amanecer hacia Negele.

Jim no había tenido oportunidad de sentir el frío de la superficie; su traje era una excelente protección. Sin embargo, podía ver el goce de Jonah, al sentir el viento en la cara, cuando iban a baja velocidad y reconocía cierta envidia. Había visto ese mismo gesto en los contens y sus continuadas vacunaciones, en un esfuerzo sobrehumano por adaptarse a su mundo.

Rosalinda Hills probó ser un lugar de excelentes enchiladas y el mejor tequila que Jim hubiese probado. Copiapó III en cambio, ofreció un gigantesco salmón relleno y alfajores de todas clases, de postre, sin contar con un tinto excelente.

Cada locación parecía enorgullecerse de su comida y de su cocina y Jim tuvo la oportunidad de probar cosas terranas que jamás se habría imaginado, acompañadas con platos netamente marcianos como el mwili wa binadamu –literalmente 'carne humana' en swahili- mir horneado y hecho puré, el primer alimento que habían logrado comer los colonos, con el aspecto repugnante de un picadillo rosado, pero de sabor delicioso.

El VK7 –su traje- era prácticamente, un androide que se alimentaba de dos cosas; el ultravioleta de la superficie y las calorías de su comida. Los marcianos tenían una cantidad de tecnología simbiótica que lo asombró profundamente. Y hacían de paso un gran esfuerzo por mantener su planeta como si estuviera intocado. Desde el exterior, Marte seguía luciendo casi exactamente igual que cuando habían llegado las primeras naves.

Y, en cuanto a los otros miembros de su expedición, Tiny había demostrado ser ruidoso y alegre. Tuvok en cambio, como su nombre vulcano lo indicaba, permanecía solemne e indiferente a la algarabía de su compañero y a las caricias de Jim…aunque de vez en cuando, inclinaba la enorme cabeza para toparlo, no sin cierto afecto.

Jonah había dejado su puesto y Jim esperaba encontrar a su reemplazo en Wajir.

Recorrer el tramo de 250 kilómetros, con viento fronal y un sol brillante por encima de su cabeza, fue lo más cercano a la libertad que había sentido; el trineo volaba y el tap-tap de las patas de sus enormes perros se perdía entre la nube de polvo que levantaban.

Por primera vez en su vida, Jim vió 'perros solares', un fenómeno común en los polos de la Tierra; dos largas rayas paralelas a cada lado del distante y rojizo sol. A la mitad del camino, poblado de suaves dunas, se detuvo para que sus perros bebieran y descansaran y tuvo oportunidad de mirar a Fobos y a Deimos, una persiguiendo a la otra, una con la trayectoria firme y la otra, bamboleándose, como una roca que un niño arroja a un estanque.

Nunca se sintió más feliz.

En Wajir lo esperaba una sorpresa; su guía tenía quince años de edad –¿Es que los marcianos trabajan desde niños?- y era una neutra.

Jim había escuchado hablar de ellas. O ellos.

Eran un invento genético totalmente marciano; seres humanos sin sexo y con el 25% de ventaja metabólica que la ausencia de sexo les daba.

Lizzie Schiffer era bajita de estatura, con el delicado rostro intensamente pálido y los ojos de un verde oscuro y brillante, rodeados de delineador negro, con las trenzas igualmente de un negro profundo. Su coloración se debía a su particular genética. Su voz era entre femenina y masculina y parecía un niño o una chica muy joven. Era mucho más fuerte que Jim y tanto como un vulcano. Sus padres habían decidio que hubiese una neutra en la familia y a Lizzie no le molestaba su condición; veía a los sexuados con indiferencia y cierta superioridad, y ser guía para los cadetes de la Federación era sólo un escalón: de haber vivido en la Tierra, sus genes la habrían vuelto una persona de muy pequeña estatura.

En Marte en cambio, la gravedad le había estirado los huesos, pero la genética se imponía y Lizzie era apenas un poco más alta que Jim.

Esperaba ser la primera neutra en la Academia y Jim pensó en la cantidad de acoso y xenofobia que recibiría. Ello se encogió de hombros.

—Sé que sobran los chicos como tú, que sólo piensan en ver a cuánta gente se llevan a la cama en un semestre, Jim Kirk…

—¡Hey!

—Niega que me estabas coqueteando.

—No voy a admitir ni a negar nada.

Ello le guiñó un ojo.

—Sólo dejaste de hacerlo cuando supiste que era una neutra…

Jim se quedó en silencio hasta que cambiaron de turno, él en los patines y ello sobre el trineo.

Esa noche, en Arica, lo esperaba una sorpresa.

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Entraron a la parte cubierta por la cúpula, del enorme cráter Arica, dando tumbos, la tormenta de cada noche cirniéndose sobre ellos.

Jim fue, agotado, a dar de comer a los chicos y a vigilar que tuvieran un buen cajón de alojamiento y descansaran, para el largo trayecto del día siguiente, y, cuando se dirigía al baño comunal, lo sorprendió un escándalo. Indudablemente, era la inconfundible y extraña voz de Lizzie, en la entrada de los baños.

Cubierta sólo con la toalla en la cintura, se enfrentaba a gritos con dos marcianos tan altos o más que Ekka.

—¡Fenómeno! ¡Lárgate de aquí!

—¡Y que lo digas! ¡Al menos, no soy fenomenalmente feo, como tú!

En todas sus visitas a las locaciones, Jim nunca había visto una verdadera pelea ni tampoco, policía o cosa por el estilo. Los marcianos parecían gente pacífica aunque claro ¿Cómo era posible que estos aldeanos hubieran puesto a la Tierra de rodillas, mas que siendo feroces y salvajes?

Jim se acercó, indignado.

Detestaba el acoso y la xenofobia y no iba a permitir que le hicieran daño a Lizzie.

Silenció la diminuta voz de su concienca –que se parecía sobradamente a la voz de Spock- que le ordenaba no meterse en líos y saltó a la primera fila.

—¿Qué diablos les pasa?

Uno de los marcianos lo miró y soltó la carcajada.

—Mira nada más. La cosa fea trajo a su novio bonito para que la defendiera!

Los demás marcianos se soltaron gritando.

—¡Eso!

—¡Pónla en su lugar!

—¡No queremos cosas como ello aquí!

Jim los enfrentó, casco en mano.

—Se llama Lizzie. Y al menos, ello es agradable de ver…

—Óyeme, hijo de perra terrana…

—¡SILENCIO!

Frente a ellos estaba una de las marcianas, el cabello rubio y los ojos de un gris acero y en el perfil fino y la barbilla desafiane, Jim reconoció a la doctora Pike.

—José, no tienes nada mejor que hacer?- los demás marcianos guardaron silencio frente a la autoridad de la médica. Jim suspiró por dentro, por dos cosas; de alivio, porque lo había librado de una paliza y de rabia, porque se moría de ganas por poner a aquel par de barbajanes en su sitio.

—Cosas como ello, no deberían existir, doctora.

Bianca se rió.

—¿No me digas? Hablas como terrano. Sin ofender a los presentes. Tú eres una aberración de la naturaleza, según dicen ellos, José. O… estás dispuesto a hacer válido tu argumento?

El marciano se estiró hasta donde le daba la estatura.

—No soy ningún cobarde.

Bianca asintió.

—Bien, vamos al Círculo. Pero si pierdes, todos tendrán derecho a cortarte una trenza, por xenófobo ¿Correrás ese riesgo?

Jose sonrió, con desprecio.

—¿Acaso cree que no puedo batirme con un pobre cadete?

Bianca alzó la barbilla hacia él.

—Te batirás conmigo, José. El cadete no va a pelear con desventaja y Lizzie tampoco.

El marciano tragó saliva. Bianca se dirigió al grupo.

—¿Es legal o no?

Y los demás aplaudieron, dando su aprobación. El grupo entero se trasladó a un rincón que Jim había visto antes, en otros baños comunales y que normalmente, permanecía vacío. Era un gran círculo rojo, pintado en el piso, rodeado de bandas de goma por los cuatro lados, una especie de espacio para luchar.

—Doctora ¿Qué hace? ¡No puedo pérmitírselo! ¡Déjeme pelear a su lado!

Ella sonrió.

—¿Y dejar que te maten, cadete? Lizzie no debió ser tan imprudente. Aun tenemos muchos resabios terrestres; alguien se los tiene que quitar a José. No, Jim. Lo haremos a mi modo –le acarició la mejilla- así, podrás contárselo a tu comandante vulcano y tal vez, él me aprecie un poco…

En un dos por tres, los dos marcianos se despojaron de la ropa, quedando sólo en boxers y cada uno ató su matojo de trenzas en una sola. Lizzie se situó al centro del cuadrilátero.

—¡Que los demás sepan que soy de Marte!

Le respondió un coro de aullidos y a una señal de la neutra, Bianca se lanzó contra José.

Y fue cuando Jim reconoció los movimientos.

Suus mahna, el arte marcial vulcano.

Usando sus codos, antebrazos y muñecas, las rodillas y los tobillos, Bianca se encargó de darle una soberana paliza a José, quien no sabía de dónde le llovían los golpes.

Claro que no salió totalmente libre; el labio roto y la sangre en el piso eran evidencia de que, de haber dado José mas veces en el blanco, tal vez la pelea se habría ido en otra dirección.

Cuando el marciano estuvo en el piso, el resto saltó dentro del Círculo y cada uno, cortó un trozo de sus trenzas, dejándolos esparcidos por el piso. Bianca le puso el pié en el cuello.

—No vuelvas a portarte así, José. O me encargaré que los vulcanos te manden a la Tierra…y no te va a gustar.

El marciano se incorporó, ayudado por su silencioso amigo y ambos se retiraron cojeando, dejando un rastro de cabellos en el húmedo piso.

Jim se acercó a la mujer.

—Gracias, doctora Pike.

—Bianca.

Jim se decidió a ser encantador.

—Jim Kirk.

—Chris me habló de ti. Eres el hijo de George, no?

Jim se quedó mudo unos segundos. Era raro que Bianca no se refiriera a Chris como su padre y más aun, que supiera de él. Asintió. Ella se soltó el cabello y recogió su ropa, sacando un pequeño dermorregenerador de su bata médica.

—No sé cómo logró convencerte. Chris es un bastardo, pero es un buen bastardo.

Jim se rió

—Veo que usted no lo aprecia mucho, doctora.

—Al contrario. Es un hombre genial y fue un buen esposo para mamá. Pero de ahí a ser el papi del año? Tsk. No recuerdo una sola fiesta de cumpleaños en la que haya estado conmigo, cuando vivíamos en la Tierra. Y ahora, se digna dejarme de hablar, porque dediqué mi vida a Marte.

Jim comprendió de inmediato. Él había tenido su dotación de ausencia materna con Winnie.

—Son gajes del oficio, supongo…

Ella le pegó en el codo, con familiaridad –y es que los marcianos eran eso; cálidos y amables y se portaban con uno como si te conocieran de toda la vida.

—No lo defiendas. Los dos sabemos que estás aquí en Arica crater porque estás en el Command Track y eso implica que quieres ser capitán. Uno igualito a él…

Jim la miró frente a frente.

—Espero ser mejor que él, Bianca.

La risa de ella fue fresca.

—Vamos a darnos un buen baño, cadete; tendrás que frotar mi espalda y más vale que lo hagas bien ¿Vienes Lizzie?

La neutra miró tímidamente a la marciana.

—Gracias, doctora Pike.

Bianca acarició su delicada cabecita

—No tienes nada que agradecer. Eso sí, esparce el rumor-le guiñó un ojo a Jim- me interesa que cierto vulcano se entere que defendí a sus protegidos…

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