¡Dios, Dios, Dios! Scott casi se caga del susto cuando comprobó lo que podía hacer aquél extraño traje rojo y negro, más cuando la voz del interior comenzó a hablarle de la nada, diciéndole lo que tenía que hacer.
—Tengo que devolver este traje del demonio, sí, eso es, no quiero tener nada que ver con estas cosas—murmuraba para sí mientras se lo quitaba en el baño y lo volvía a meter en la mochila como podía.
Se volvió a vestir y quedó en volver a la mansión esa misma noche. No quería volver a saber nada de delincuencia nunca más.
Salió del baño apresurado y casi se choca con Luís que se dirigía a su cuarto.
—¡Scotty, tío! Pensaba que no estabas en casa.
—Sí, y no estaba, eeh…—Scott fue a su habitación a tomar algunas prendas de color negro para camuflarse. —Oye, voy a salir a devolver lo que robamos, volveré tarde, no te preocupes por nada.
—¡Espera, no sabes lo que me ha pasado esta tarde!
Pero Scott salió del piso cerrando de un portazo. Luís ya se estaba molestando de que siempre lo dejaran con la palabra en la boca.
Pasaron un par de días desde el accidente de Madison. Beth no volvió a celebrar ninguna fiesta pero no tuvo el esfuerzo de limpiar la casa, para el disgusto de la rubia. Estaba realmente molesta.
Todo ese tiempo había estado postrada en su cama con un collarín y los ojos amoratados por el azotón que recibió en el cuello. Odiaba estar enferma, siempre lo detestó.
Consiguió una lesión que bajaba hasta su hombro derecho y varias microfisuras en la columna. Agradecía que las pastillas que le mandaron la relajaran tanto como para dormir por horas. Se sentía llena de energía y ni siquiera podía acudir a la universidad a estudiar.
La peor de todas las cosas es no haber visto a Scott. Pero mejor así, no quería que la viera en ese estado, aunque tampoco le extrañó que no preguntara por ella todos estos días. Se metió de lleno en su vida y sintió todo bastante forzado. Sería mejor dejar las cosas así, para su desilusión. Nunca le fue bien socializar con las personas y menos intentar conquistar a alguien.
Suspiró mientras volvía a tomar la novela que había dejado a medias y distraerse un poco.
—Toc, toc, ¿puedo pasar? —La voz de su prima sonó detrás de la puerta.
—Sí, pasa.
Beth entró con un sándwich en un plato y se sentó al lado de su prima, todo esto la había hecho arrepentirse de hacer tanto desmadre.
—¿Cómo está mi prima favorita…? ¿Estás un poco mejor? —lloró casi como un cachorro arrepentido. Madison arrugó la nariz y la miró acusadoramente. —Mira, te he traído algo de comer.
Maddie suspiró y tomó el sándwich de las manos de Beth, dejando el libro a un lado de la cama.
—Las cosas no pueden seguir así, Beth. Tienes que centrarte en los estudios y dejar las fiestas, y desintoxicarte un poco de los porros, ya que estamos—Beth bajó la mirada avergonzada— eres una chica inteligente y te he estado guardando el secreto ante tus padres, pero ya no puedo seguir así, ¿entiendes?
—Sí… te prometo que la semana que viene volveré a la universidad.
La rubia suspiró aliviada mientras mordía su sándwich de jamón y queso: por lo menos se acabaron las juergas. Un problema menos.
—Por cierto—Madison miró a Beth— ¿qué fue lo que pisaste para que te cayeras como si resbalaras como con una piel de plátano? —seguramente la morena se imaginó una caída de dibujos animados.
—No lo sé, pero era duro y muy pequeño…—intentó recordar de las noches anteriores— e incluso me parece que me impulsó hacia arriba—Beth la miró alzando las cejas— déjalo, seguramente pisé un hielo.
La morena asintió y la dejó a solas, cerrando la puerta tras sí. Maddie terminó el sándwich y dejó el plato en su mesita de noche, volviendo a retomar el libro.
—Em, ¿Maddie? —Beth otra vez al otro lado de la puerta— tienes visita.
"¿Visita?" pensó extrañada, incorporándose en la cama para estar presentable.
—Adelante.
Después de unos segundos la puerta se abrió y los ojos de Madison no creyeron ver a Scott entrando en su habitación con un pequeño ramito de flores en sus manos, con la mirada arrepentida.
Madison, de haber podido, habría mirado hacia los lados por si buscaba a alguien más.
—Qué… ¿Qué haces aquí? —sin poder evitarlo sonó demasiado sorprendida. Scott mientras se frotaba la nuca, algo cortado.
—Luís me dijo lo de tu accidente, siento mucho lo que te ha pasado—le entregó el ramo de florecillas variadas que Madison aceptó, aún sin creérselo. —Perdona si he tardado un par de días en venir, es que… He estado muy ocupado con el trabajo.
No sabía ni por qué le daba explicaciones a esa chica. Bueno, sí, culpabilidad. Porque él fue quien tiró a Madison al suelo y había provocado que se hiciera daño. Se sintió tan mal por ella, y si no fuera por esos tacones tan rosas y brillantes que llevaba aquella noche no habría podido ni identificarla.
—No te preocupes Scott. —Sonrió ella ofreciéndole asiento en su silla de escritorio, cosa que Scott aceptó, acomodándose. Interceptó un agradable aroma a coco que emanaba la habitación, decorada con detalles dorados. —Muchas gracias por las flores.
—No ha sido nada, de verdad. ¿Qué… qué ocurrió?
Madison miró al techo por un momento y luego a los ojos del moreno. Notaba algo en él que no era capaz de descifrar, como si no fuera solo amabilidad por lo que estuviera ahí con ella.
—Nada, es que… pisé algo y me caí, soy un poco torpe como podrás comprobar—rio ella levemente— pero ya estoy mejor, la verdad. Las pastillas me calman y me ayudan a mejorar.
—Me alegro muchísimo Madison—asintió Scott aliviado. Maddie sonrió de medio lado, asintiendo levemente.
—Perdona por tener estas pintas, no esperaba visitas…—dijo Madison volviendo a reír un poco, cerrando los ojos y presionando su puente de la nariz con los dedos. Scott la miró en silencio mientras ella reía sin pena, era increíble, su felicidad irradiaba por toda la habitación.
—Pues yo te veo genial, y ha sido mi culpa por venir sin avisar.
Los ojos de Madison resplandecieron con su sonrisa. Fijó la vista en la frente de Scott, que tenía unos arañones bastante feos.
—¿En qué se supone que trabajas? Te has hecho daño. —Maddie alzó la mano antes de que Scott dijera nada, hasta la herida, posando levemente sus yemas con cuidado y volviendo a retirarlas tan rápido como pudo.
—¡Ah! Es que me he apuntado al gimnasio. Ya ves, el kickboxing es bastante duro —Scott hizo un ademán con la boca para restarle importancia— no te preocupes.
Ella volvió a sonreír, acercando las flores a la nariz y olfateándolas bajo la mirada del moreno.
—¿Te apetece un té? Puedo pedirle a Beth que te prepare uno.
—No quisiera causar molestias, además —Scott miró la hora en su reloj de pulsera— tengo que irme al gimnasio, y no quiero interrumpir más de lo necesario—dijo mientras se levantaba de la silla.
—Muchas gracias por la visita, entonces. Que pases un buen día—se despidió Maddie amablemente.
—Tú también, mejórate, ¿ok?
Salió de la habitación cerrando la puerta con cuidado. Madison se volvió a acostar en la cama y tomó el ramo de flores que Scott le había regalado, posándolo en el centro de su pecho.
Sabía que él le ocultaba cosas, pero qué podía hacer. Sólo era una simple amiga.
