¡Holaaa! ¡Nuevo capítulo!

Espero que les guste... Y que comenten :) (Por favor, es necesario que lo hagan para que yo pueda vivir y seguir escribiendo)

Capítulo 4: Me hice ñoña

Era Lunes y, en la escuela, Carly llegaba a la zona de los casilleros con paso muy decidido. Al llegar, vio una situación algo extraña: Freddie manipulaba el casillero de Sam. Al principio no comprendió lo que estaba pasando pero, dos segundos después, le llegó una suposición.

—¡Freddie! —exclamó Carly, entre asustada, disgustada y algo fastidiada... Alterada. Así el chico se dio cuenta de la presencia de la castaña.

Entonces, Freddie miró a Carly y no supo cómo sentirse... No darle importancia y seguir haciendo lo que estaba haciendo o mirarla con cara de culpabilidad... Optó por lo segundo.

—Hola, Carly —saludó él, pasmado.

—¿Qué estás haciendo en el casillero de Sam? —preguntó sólo asustada y alterada, esta vez.

—¡Nada!

—¿Siguen con eso? ¡No han parado de hacerse maldades uno al otro en toda una semana!

—¡No es eso! ¡Y ella no ha parado de hacerme maldades desde siempre!

—Oh, eso cierto —dijo Carly rápidamente—. Pero, ¿te acuerdas de lo que te hizo cuando tú decidiste pintar su cabello de color verde?

Freddie puso los ojos en blanco. Mientras Freddie sentía que estaba siendo regañado por su madre, Carly sentía que estaba regañando a Sam. Comúnmente, solamente era a Sam a quien debía retar. ¡El mundo estaba de cabeza! ¿Qué le pasaba a Freddie últimamente con Sam?, se preguntó Carly en su interior.

—Le regaló mi PearPhone nuevo a un grupo de fans de ICarly que se nos acercó a pedirnos un autógrafo —respondió Freddie, con voz suave pero molesto al recordar aquel suceso—. ¡Y no me lo devolvieron! —gritó Freddie aquello último.

—¿Y bien? ¿Y sigues queriendo que ella te haga alguna broma...?

—Es... diver...tido... —dijo él, casi sin querer admitirlo—. Y ver a Sam enfurecida... Bueno... Es gratificante... ¿No te pasa?

—¡CLARO QUE NO! —gritó Carly, asustada. —Ahora dime, ¿qué hiciste?

—Bueno... le cambié la combinación... —sonrió Freddie, como si fuera la mejor broma del mundo.

Carly largó una risita.

—¿Eso es lo mejor que se te pudo ocurrir? —preguntó.

—No es peor que ponerle un pescado en el casillero a Gibby —dijo Freddie, sonriendo y con sarcasmo.

Carly puso cara de cachorro mojado.

—Sí que era divertido eso —dijo y luego se volvió hacia su casillero, para abrirlo.

Freddie se rió.

Enseguida, llegó Sam y saludó a Carly y Freddie como casi acostumbraba. Un "Hola, Carly" a su mejor amiga y un "Hola, Fredmono" a Freddie, quien la miró ceñudo de la confusión.

—¡Quítate! —le ordenó Sam a Freddie, que estaba delante de su casillero, y luego lo empujó a un lado con fuerza. Freddie la miró bastante disgustado por eso, pero luego sonrió al ver que Sam intentaba abrir su casillero. Tiraba y tiraba de la puerta pero esta no se abría.

—¡Ajá! —exclamó Freddie y Sam se dio vuelta a mirarlo para darse cuenta de que se dirigía a ella—. ¡A que no te esperabas eso! —expresó luego el chico, sonriendo.

Sam rodó los ojos, se sacó su mochila, la abrió y sacó de allí una de esas herramientas que llevaba consigo casi siempre y destruyó su casillero con ella. No parecía molesta ni sorprendida ni confundida. Luego acomodó sus libros, cerró como podía el casillero, dio media vuelta y se fue al aula de su primera clase.

Freddie le dirigió la mirada ceñudo.

—Sí, es peor que poner un pez muerto en el casillero de Gibby —dijo Carly, sonriendo, y luego precedió a la rubia a clase.

Más tarde, Sam, Freddie y Carly salieron del aula de ciencias y Sam y Carly se quejaban (Sam más que Carly), mientras Freddie sonreía, por la tarea que le habían dejado.

—¿Por qué dan tarea? —se quejó Sam.

—¿Por qué es la escuela? —preguntó Carly, pareciéndole obvio.

Sam miró a Freddie y lo vio sonriendo.

—Oooow… Al torpe le gusta que nos hayan encargado un proyecto —dijo Sam.

—Pues ya tengo la idea —dijo el chico.

—No quiero información ñoñezca —dijo Sam y luego siguió caminando en silencio, igual que Carly y Freddie.

La semana siguiente, Sam y Carly estaban en la habitación de la última. Mientras la castaña estaba sentada en su cama, la rubia se había acostado en el sillón, con una pierna doblada debajo de la otra. Carly tenía sobre su cama cuadernos, carpetas y libros abiertos. Además, tenía en su mano uno de los libros y lo estaba ojeando.

—¿Por qué tanto ruido, Carls? —preguntó Sam, con los ojos cerrados.

—¡Sólo estoy pasando las páginas de un libro, Sam! —respondió Carly con mirada de "¿Qué estás diciendo?".

—¿Por qué? –gritó Sam abriendo los ojos, entre molesta y sorprendida.

—¿Te acuerdas de la escuela? —preguntó Carly, sarcásticamente.

—¿Ridgeway? —preguntó Sam, como confusa.

—¡Tenemos un proyecto que entregar en clase de ciencias la semana que viene!

—Ay, no te preocupes —dijo Sam como si nada—. Está Freddie para eso.

—¡Sam! —espetó Carly—. ¡No voy a robarle la tarea a Freddie! —exclamó la castaña después, aterrada.

—Bueno, yo sí –dijo Sam, como diciendo: "No me detendrá que tú no lo hagas".

—Ay, Sam —se resignó Carly.

Esa misma semana, dos días anteriores a la exposición de la clase de Ciencias, antes de la escuela, Carly iba a abrirle la puerta a Freddie, que había tocado hacía unos segundos atrás. Sam ya estaba allí, puesto que se había quedado a dormir la noche anterior, y parecía que lo seguía estando... Estaba acostada a lo largo del sofá, boca abajo, con un brazo colgando, y además, tenía los ojos cerrados y roncaba ligeramente. Freddie llevaba con sus dos manos una maqueta donde se podía ver un pequeño volcán. Carly se lo quedó mirando extrañada, pero sabiendo de qué se trataba lo que llevaba. Freddie vio a Sam durmiendo de aquella manera y rió un poco, divertido.

—¡No intentes nada! —exclamó Carly, al darse cuenta.

—¿Después de lo de la clase de la semana anterior? —se inquietó Freddie.

Después de que no se hubiera abierto su casillero, Sam tomó una silenciosa represalia... Bueno, no tan silenciosa, por lo menos, para Freddie y para los demás compañeros de clase no había sido silenciosa. Freddie y Carly habían entrado al aula cuando casi todos los estudiantes ya estaban acomodados, incluida Sam, y, entonces, al sentarse, Freddie, en su lugar habitual, se escuchó un ruido de gas y toda la clase se empezó a reír, dirigiéndole la mirada a Freddie. Freddie, avergonzado y, sabiendo quién había hecho eso, algo resignado, quitó la pequeña bolsa en la que se había sentado. Miró entonces hacia delante, donde Sam y Carly se sentaban. Ellas lo miraron riéndose, y Freddie, muy disgustado, dejó la bolsa a un lado en la mesa.

—Tonto —le había dicho Sam y pronto volvía la mirada al frente, dejando a Freddie enfurruñado.

—¿Ese es tu trabajo de ciencias? —preguntó Carly luego—. Vaya... —se sorprendió Carly, al tiempo que Freddie dejaba el volcán sobre la mesita ratona.

—Decidí dejarlo ya en el aula... Creo que estará más seguro —dijo Freddie.

Enseguida, Carly se acercó a la mesita que dividía la cocina del living, agarró un cepillo que había dejado allí antes de ir a abrir la puerta y se empezó a cepillar otra vez el cabello.

—¿Quieres que te muestre como funciona? —preguntó entonces Freddie.

—Em... Bueno... —Carly iba a decirle que no era necesario.

—¡Genial! —exclamó Freddie, sonriente y enseguida empezó a preparar todo.

—¡Oh, claro que sí! —dijo entonces Carly.

Sam abrió los ojos dos segundos después y se sentó en el sofá, viendo que Freddie andaba manipulando un pequeño volcán.

—¡Miren, miren! ¡Pronto hará erupción! —exclamó Freddie sonriendo anchamente, entusiasmado, mirando algo exaltado de la impaciencia hacia el pequeño volcán.

—¿No podrías hacer que hiciera erupción tu cara? —soltó Sam, sonriendo entusiasmada. No se sabía si se hacía o era enserio.

Freddie la miró disgustado un segundo y luego puso los ojos en blanco. En aquel instante, el volcán hizo erupción… Demasiada para Freddie. El líquido de su interior saltó del supuesto volcán y fue a darle en la cara. Miró avergonzado mientras Carly y Sam se reían.

—Sólo necesita unos ajustes —dijo el chico todavía avergonzado, mientras sacaba un pañuelo de sus vaqueros y se lo pasaba por la cara. Luego se agachó a la altura de la mesita ratona para hacer aquellos ajustes de los que hablaba.

—Tu cara los necesita más, ¿sabías eso? —le espetó Sam—. Pero ya es tarde —dijo ella.

—¡Ya basta, Sam! —le gritó Freddie a la rubia, enfurecido, dirigiéndole la mirada sólo un segundo, para luego seguir con lo que estaba haciendo.

—¡Claro que no! —exclamó la chica.

Freddie rodó los ojos y preguntó, mirando a Carly y Sam sucesivamente y poniéndose de pie, creyendo que los ajustes ya habían sido realizados:

—¿Ustedes qué hicieron?

—Algo –dijo Carly, apresuradamente y avergonzada.

—¿Algo qué? —le preguntó Freddie, riendo apenas, y poniéndose los pulgares en los bolsillos delanteros de los vaqueros.

—Bueno… Todavía estoy en ello…

No lo estaba… Ni siquiera había empezado. No porque no hubiera querido, pero no le salía muy bien esos proyectos.

—¡Oh, qué bien!

—¡Claro!

—¿Y tú Sam?

—Me resulta demasiado aburrido pensar —respondió ella.

—Ay, no se le ocurre nada —molestó Freddie.

Casi sin pensarlo, Sam, agarró, con los labios apretados, una almohada del sofá y se la tiró con fuerza a Freddie, a quien le cayó en plena cara, lo hizo trastabillar hacia atrás y lo dejó un poco despeinado, con los pelos parados.

—¡Sam! —se quejó él, peinándose con los dedos.

—¡Tú eres la ñoña de las tres! —exclamó Sam.

Freddie la miró con disgusto y luego quiso defenderse:

—¡Soy un chico, y no soy ñoño!

—"¡Miren, miren! ¡Pronto hará erupción!" —imitó Sam el entusiasmo de Freddie, como una burla.

Freddie le hizo una burla silenciosa y Carly rodó los ojos.

—¡Vayamos a la escuela ahora! ¡Y dejen de pelear! —exclamó Carly.

Carly y Freddie tuvieron que esperar a que Sam fuera al baño y luego se encaminaron a la escuela. Freddie, sosteniendo con sus dos manos, sobre su estómago, la maqueta del volcán. Cuando llegaron a la escuela, Freddie dijo:

—Guardaré esto en mi casillero… Espero que siga allí... —advirtió Freddie, dirigiéndose a Sam.

—¡Ay, no! ¡Yo quiero jugar con tu volcancito! —dijo Sam, sarcásticamente, haciéndose la que se lamentaba y con voz de burla. —¡Freddzoto! —le espetó acto seguido.

Freddie le hizo una burla y luego espetó:

—¡Sam… em… eh…! —No se le ocurría ningún insulto con que disgustarla o ninguna combinación rara. Mientras, Sam lo miraba expectante, con las cejas alzadas. —Ya me voy —se apresuró a decir el chico, empezando a caminar hacia su casillero.

Carly y Sam largaron una risita.

Más tarde, en un receso, Freddie estaba dispuesto a llevar su trabajo de ciencias al aula para que quedara allí hasta el día del proyecto, pero cuando abrió su casillero para asirlo, la maqueta no estaba.

—¡Hey! —exclamó, metiendo la cabeza adentro, creyendo que era la mejor manera de verla o como si se hubiera escondido solita. Enseguida, enfurecido, cerró el casillero y, viendo que Sam y Carly se acercaban, fue directo hacia ellas.

—¡Sam! ¡Me robaste mi volcán! —le espetó él, apuntándola con el dedo.

—¿Quién querría tus raras…? —empezó a preguntar Sam, pero Freddie la cortó.

—¡Enserio, Sam! ¡Devuélvemelo ahora!

—¡Claro! ¿Desaparece algo de tu casillero y fui yo, cierto? —preguntó Sam, bastante enojada de pronto.

—¡No sería la primera vez!

—¡No fui yo!

Freddie la miró fulminantemente.

—¿Por qué lo ocultaría? —preguntó Sam. ¿Por qué se sentía tan afectada por el asunto de que Freddie no le creía? ¡No se tenía que dejar afectar por un ñoño!... Por ese ñoño, precisamente.

Freddie se quedó pensando… Rara vez Sam ocultaba sus… ¿Locuras? ¿Travesuras? ¿Molestias? ¿Bromas? ¿Maldades? ¿Salvajidades?... "Bueno, como se llame", pensó Freddie.

—Sí, bueno… Pero si no fuiste tú… ¿Entonces?

—No sé y no me importa —espetó Sam y Freddie la miró disgustado.

—¿Por qué eres tan…? —Freddie apretó los labios y se la quedó mirando. Sam lo miraba confundida, igual que Carly, y él la miró pensando que nunca la había visto antes como una niña inocente… Lo que ahora estaba pasando… Se estaba adentrando demasiado en sus ojos, pudo darse cuenta... ¿Qué significaba eso? — ¿Por qué eres tan… tan… tan… ODIOSA? —dijo el chico por decir y luego se fue. Sam y Carly le dirigieron una mirada extrañada al alejarse.

—¿Qué le pasa a ese tonto? —preguntó Sam.

Mientras, el chico se sentía sorprendido por lo que había pasado, por aquel dolor que sintió al pensar que Sam le hubiera hecho algo así, por aquella manera en la que la había mirado a los ojos, y por aquella manera en la que la había visto. Como si Sam fuera sólo una niña divertida y traviesa, no mala. Era buena y demasiado especial. Y eran amigos, eso lo sabía... ¿Pero Sam pensaba eso?

Freddie decidió ir a hablar con el maestro de ciencias al aula, para contarle al nuevo profesor de la asignatura, sobre el desafortunado incidente de su proyecto, y cuando entró al aula, lo encontró vacío, salvo por una maqueta de un pequeño volcán que había sobre un pupitre cerca de le mesa del profesor. ¡Se trataba de su volcán! Corrió hacia él, lo tomó entre sus manos y dio dos pasos hacia la puerta del aula hasta que el profesor entró y lo vio.

—¿Qué hace con eso, Señor Benson? Ese trabajo ha sido registrado por el Señor Stevenson... ¿A dónde cree que lo lleva?

Carly y Sam iban hablando mientras se dirigían al aula de la última clase del día: Carly, con mirada de asco, escuchaba a Sam decir:

—Entonces, yo se lo apreté con mis dos dedos y…

—Iuuu —expresó Carly, con una mirada perdida. —¡Ya deja de hablarme de eso!

—Pero el pus no… —quiso replicar Sam.

—¡Deja de hablar de eso! —repitió Carly. Esta vez, más alterada.

—¡De acuerdo! Pero cuando a ti te pase, no me vengas con que…

—¡Ya!

En ese momento, vieron que la Señorita Briggs se acercaba, llevando a Freddie del brazo. El chico tenía una mirada ceñuda. Carly lo miró preocupada mientras Sam tan sólo lo saludó: "Hola, Freddimbecil". Freddie le dirigió una mirada con los ojos entrecerrados mientras:

—¡Espere, espere! —exclamó Carly, acercándose a ellos—. ¿Qué hizo Freddie? ¿Por qué se lo lleva? —preguntó Carly a la Señorita Briggs, poniéndose enfrente de ellos.

La señorita Briggs se detuvo y Freddie miró a Carly al tiempo que la señorita Briggs gritaba:

—¡LARGO DE AQUÍ!

Carly hizo un pequeño saltito con los ojos abiertos bien grandes, aterrada, y enseguida exclamó apresuradamente:

—¡Claro, está bien!

Y salió corriendo de vuelta hacia Sam.

—¡Este niño irá a la dirección y a ti no te importa, niña! ¡Agg, odio los niños! ¡Camina!

Carly, entonces, volteó a mirar a Sam con las cejas alzadas y vio que la chica estaba comiendo tocino que había llevado en la mochila.

—¡Freddie acaba de ser llevado a la dirección y tú sólo comes!

Sam puso los ojos en blanco.

—No puede ser tan malo —dijo Sam como si nada.

—¡Sam!

Sam puso los ojos en blanco otra vez.

Después de clases, Carly entraba en su departamento con Sam, viendo que Spencer estaba haciendo un robot con botellas rojas, parecido al que ya tenía. Freddie había ido directamente a su departamento, bastante deprimido por lo que le había pasado.

—¡Hola, chicas! ¿Qué tal la escuela? —preguntó el hermano mayor de Carly—. ¿Y no sabes dónde queda tu casa, Sam? —cuestionó luego.

—Sí, pero no me la recomiendo —dijo ella.

—Freddie quedó suspendido tres días y le bajaron, un 50%, la calificación de ciencias —dijo Carly, dolida por Freddie.

—¿Por qué? —preguntó Spencer, dejando de trabajar en la escultura un rato y prestándoles más atención a ellas.

—Bueno —empezó a explicar Sam, con voz suave... También se sentía dolida y no podía evitarlo—. Un tal Stevenson del Club de Ciencias robó su proyecto y lo hizo registrar como propio... Entonces, Freddie se lo quiso llevar con él, lo vieron y lo llevaron a la dirección.

—Quéé maal —expresó Spencer.

—Sí —dijo Sam, mirando hacia la nada—. ¿Tienen comida? No se molesten... Yo me fijo —dijo después, acercándose, sin más, a la cocina.

—¿Y ese robot? —preguntó Carly a Spencer, señalando por un segundo a la obra.

—El otro robot necesita compañera —dijo él.

Carly y Sam se rieron ante tal pensamiento.

Sam llegaba a la escuela al día siguiente con el pensamiento de que nadie le hacía esas cosas a ninguno de sus amigos… Solamente ella. Se dirigió directamente a la oficina del Director Franklin. Abrió la puerta sin golpear antes e hizo que el Director Franklin, que estaba sentado tras su escritorio, pegara un gritito y tirara al aire unos papeles que estaba leyendo.

—¡Samantha Puckett, qué haces aquí!

—¡Ted!

—¿Qué ocurre?

—¿Por qué lo castigó a Freddie?

—¿Fuiste tú, entonces?

—¡No! —exclamó la rubia—. Y él tampoco. ¡Ese volcán raro es realmente su proyecto! ¡Usted sabe lo ñoño tecnológico que es!

—Sí... Es decir, no... Pero ¿tienes pruebas?

—No, pero las voy a conseguir.

Segundos después, Sam salió algo enfurecida de la oficina del director, y de pronto, vio acercarse a una chica de cabello largo y lacio sujeto en una cola de caballo. Llevaba enormes anteojos, camisa holgada, pantalones largos que le quedaban cortos, medias visibles y varios libros en la mano. Además, tenía una enorme mochila tras la espalda colgada en sus dos hombros. Enseguida, la rubia se le puso adelante, haciendo que la chica se asustara abriendo los ojos de par en par, mirando a un lado y a otro, pensando cómo podía escapar. Todos conocían la fama de Samantha Puckett.

—¡AHÍ! —exclamó Sam, imperativamente, señalando la dirección hacia el baño de las chicas.

—¡Sí, sí, sí! —expresó la otra chica, con miedo y corriendo hacia el baño.

Sam se acercó a la puerta del baño, miró de un lado a otro, y entró en el baño también al ver que no había nadie por allí.

Minutos más tarde, Sam salía otra vez con los anteojos de la chica puestos (le había arrancado sus vidrios), dos trenzas hechas en su cabellera rubia y enrulada y vestida como lo estaba haciendo antes la otra chica. También llevaba en las manos varios libros que antes no tenía y la enorme mochila.

—¡Si le dices esto a alguien, probarás tu propio pie! —amenazó Sam, mirando al interior del baño, donde uno de los miembros del Club de Ciencias estaba agazapada contra la pared y con mirada aterrorizada, con los ojos abiertos bien grandes y con la ropa de Sam.

Entonces, Sam cerró la puerta del baño y comenzó a caminar hacia el Club de Ciencias, que se reunían casi siempre media hora del horario de clases. ¡Eso era lo que el ñoño le hacía hacer!

En el camino, intentó que nadie la viera. Cuando llegó a la puerta del aula del club, la abrió apenas un poquito para asomarse y distinguir el interior sin que ninguno la descubriera. En aquel momento, aquellos ñoños, según Sam, estaban discutiendo sobre la Gravedad y esas cosas. Uno que otro empezó a mencionar a un tal Newton, pero Sam no comprendía nada. Tan sólo siguió observando lo que allí sucedía: unos escribían fascinados los comentarios que lanzaban sus compañeros, pero uno de ellos, el que estaba sentado al final del aula, cerca de la puerta, tan sólo dibujaba autos en su cuaderno. Y otro era lindo. Ya lo había visto antes, junto a Carly, y se les caía la baba cuando lo veían... "Lastima que es un ñoño", decía Sam en esas ocasiones, haciendo que Freddie se enfadara, como si se lo hubiera dicho a él... En fin, decidió concentrarse en el que dibujaba autos. Ese era Stevenson. Claro, era el rebelde de la mayoría de la escuela... No trabajaba en sus deberes pero se dedicaba a robar la tarea de otros.

—Ironía —susurró Sam, quien pronto, decidió entrar, haciendo que todos se la quedaran observando extrañados. —Hola. Soy nueva aquí y me llamo Victoria...

—Ah, hola...

—¡Sí, hola!

—¡Ven, siéntate!

—¡A estudiar!

Exclamaron todos y enseguida empezaron otra vez a hablar sobre ese tal Newton.

—Sí, a estudiar —dijo Sam a sí misma, nada entusiasmada, y yéndose a sentar, deliberadamente, al lado de Stevenson.

Pronto, agarró uno de los libros e hizo como que leía... Enganchó una página que hablaba sobre la química de los alimentos y le dio hambre, pero, por lo menos, se dijo, había algo interesante en el que concentrarse unos segundos.

Sólo leyó dos frases y luego miró de reojo. Stevenson seguía con sus dibujos.

—Chizt... Chizt... —le chistó Sam y Stevenson volteó a mirarla confundido.

—¿Qué?

—¿No estudias?

—Eso es lo que estoy haciendo —dijo él.

—¿Dibujando autos? En realidad, no te interesa estar aquí, ¿cierto?

Sólo te interesaba robar el proyecto de otros.

—¿Para qué vendría...? ¿Y tú qué haces leyendo "Química de los alimentos"? Creo que están hablando de la gravedad.

—Bueno, los alimentos se caen, ¿o no? —espetó la chica, como si fuera lógico. Stevenson la miró ceñudo.

—Todos los ñoños son extraños —dijo él.

¿Y qué estabas haciendo ahí, eh? ¿Buscando información para saber a quién robar deberes y sacarte una A?

—Sólo me preocupo por la gravedad —dijo entonces Sam—... y los alimentos... Estoy trabajando en un proyecto importante —dijo ella—... Para la Exposición Tecnológica Científica del sur de Seattle. Ganaré un premio enorme.

—¿Existe algo así? —preguntó Stevenson.

—¡Por supuesto! ¿No lo sabes? ¡Todos aquí lo saben!

—¿Así que sos buena en ciencias?

—Sí, y escuché que se acerca un examen pronto.

—¿De verdad? ¿Para qué clase?

—Del Señor Bender.

—¡Pero yo estoy en esa clase!

—¿De qué te preocupas? Si estás aquí, será porque eres de diez...

—¡Sí, claro! —se apresuró a decir Stevenson.

—No entiendo aquellos chicos que no estudian y sólo roban las respuestas de los exámenes en la oficina del Director Franklin —"Dios, sueno como Freddie y Carly", se sorprendió Sam en su interior.

—¿Respuestas? ¿Oficina del Director Franklin? Por Dios, lo importante aquí es estudiar...

En ese segundo, sonó el timbre de la escuela.

—¡Adiós! —dijo el chico y salió apresurado del aula.

Sam sonreía, mientras también se ponía de pie. Pronto, empezó a seguir al chico, que, como había pensado, entraba a la oficina del director después de fijarse que allí no había nadie. Sam entró cuando el chico estaba fijándose los cajones del escritorio y luego de quitarse la enorme mochila y dejarla a un lado de la puerta.

—¡Victoria! —exclamó él, al verla. Ella se estaba acercando al escritorio.

Sam apretó, disimuladamente, el botón para que toda la escuela, que estaba entrando en aquel momento, escuchara toda la conversación por el micrófono.

—¡Stevenson! —exclamó ella—. ¿Robando las respuestas del examen? ¿Siempre robas los deberes de los demás?

—¿Qué dices, niña?

—¡Vamos, Stevenson! ¡No hay nada de qué avergonzarse! ¡Yo hago eso todo el tiempo!

—¿Ah, sí? —preguntó Stevenson, mirándola ceñudo.

—Claro —dijo Sam, corriendo la silla que estaba frente al escritorio y sentándose cómodamente en ella. —Porque... ¿Para qué hacerlo uno?

—¿Y tú por qué estabas en el club de ciencias?

—Creo que por lo mismo que tú... Buscando víctimas a quiénes robar sus excelentes trabajos.

—Sí, son todos unos ñoños... Creí que tú lo eras. Eres genial.

—Gracias.

—Y bien, Stevenson... Entre nosotros —"Sí, claro"—, ¿tú le robaste a Freddie su proyecto y lo registraste a tu nombre? Fue increíble —aduló la rubia.

—¡Sí! Porque bueno... Era un trabajo genial.

—Sí, el mío también.

El Director Franklin salió pronto del armario de la oficina.

—Lo mismo pienso yo, Samantha... Buen trabajo. Stevenson, queda expulsado de la escuela.

—¿Qué? ¡Pero!

Sam se puso de pie luego de apagar el micrófono y sin decir nada, salió de la oficina. Vio a Carly apoyada en su casillero, y la miraba extrañada.

—Sam, ¿qué hiciste para salvar a Freddie? Toda la escuela escuchó tu conversación con Stevenson... —dijo Carly—. ¡Por qué no me dijiste nada! ¡Y por qué estás vestida así!

—¡Oh, Dios! —exclamó Sam, que no se había acordado de su disfraz.

Quiso empezar a sacárselo cuando de pronto llegó Freddie, sonriendo.

—¿Qué haces acá? —preguntaron Carly y Sam al mismo tiempo.

—Vine a hablar con el Director Franklin sobre mi asunto —y luego sonrió anchamente viendo a Sam—. Hola, Samñoña —dijo él entonces, recordando que ella le decía Fredñoño.

Sam pronto lo tiró al suelo de un golpe.

—¡Au! —se quejó Freddie desde el suelo mientras Carly giraba los ojos y se iba, dejando que se mataran. —¡Sam! —exclamó luego el chico, poniéndose otra vez de pie.

Enseguida, Sam se quitó los anteojos y Freddie volvió a sonreír.

—¿Te hiciste la ñoña por mí? —le preguntó.

—¿Eh?

—El Direcotr Franklin me llamó y dijo...

¡Demonios!, exclamó Sam en su interior.

—No fue por ti... Por ese chico lindo... Llamado Jack.

Freddie puso los ojos en blanco.

—Lastima que sea ñoño.

Freddie puso los ojos en blanco otra vez.

—El Director Franklin me informó de lo que ustedes acordaron —dijo él.

—Ouh —dijo ella, avergonzada.

—Gracias.

—¡Me debes un burrito! —exclamó ella.

—Está bien —se resignó el chico.

—Y un pollo entero.

—De acuerdo.

—Y un Licuado grande.

—Sam, no...

—Y Grasitos —siguió pidiendo Sam, agarrándose una de las trenzas y empezando a desarmarlas.

—¡Claro que no! —exclamó el chico, con disgusto.

Luego, sonrió, se acercó un poco a ella, agarró su otra trenza y, mientras empezaba a desarmarla, dijo:

—Déjame ayudarte.

Sam se lo quedó mirando a los ojos, súbitamente enternecida por ese acto. Freddie la miró también, sonriendo, hasta que una chica iba caminando en cuatro patas por el suelo, con los ojos entrecerrados y diciendo:

—¡Mis lentes! ¿Dónde están mis lentes? ¡No veo nada! ¡Mis lentes!

Aquello los hizo mirar en dirección a aquella chica. Luego se miraron y se rieron apenas.

¡Espero que no me haya ido de la personalidad de los personajes! Si es así, me gustaría que me lo dijeran. Me gustaría su opinión general sobre este capítulo, por favor (en realidad, sobre todos los capítulos)... Por favor, dejen Review, ¡no saben la felicidad que siento al recibirlos! Sin comentarios, siento que nadie lee mi historia o que la leen y no les gusta (algo que puede ser, pero me gustaría que me lo dijeran si es así).

Díganme qué no les gustó y lo que sí les gustó, por favor (pido con mirada de cachorro mojado jeje)

Review

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¡Hasta el próximo capítulo, que espero que sea pronto!

¡Saluditos!

¡Y feliz cumpleaños JaviieraArredondo! :)