Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está hecha con el único fin de entretener.

Advertencias: lime y lemmon, muerte de personaje, violencia y agresión psicológica/física, y un poquito de gore.


"Los placeres violentos poseen finales violentos y tienen en su triunfo su propia muerte, del mismo modo en que se consumen el fuego y la pólvora en un beso voraz"

Romeo y JulietaWilliam Shakespeare


Polvo & Traición

Los siguientes días, que fueron pocos y pasaron con tanta rapidez a pesar de que a ambos se les antojaron eternos, ninguno habló de los desagradables acontecimientos que los habían perseguido cual maldición, cada uno sumido en sus pensamientos, similares pero muy diferentes a la vez, lo suficiente como para no tener el valor de confesarlo al otro.

Ambos lidiaban con la verdad inminente y cruel de lo que les deparan sus precarias vidas en un futuro que, por desgracia, era cada vez más cercano; un futuro que les pisaba ya los talones así como siempre lo había hecho la misma muerte desde el momento justo en que ambos respiraron, un futuro que creyeron ingenuamente que podían controlar, ávidos de libertad y rebeldía, pero esos eran pensamientos que se guardaban en sus propias cabezas cual sucio secreto. Siempre era humillante darse de narices contra la pared.

Kagura esperó a Bankotsu desde la entrada del templo, recargada contra el marco de madera con una pose relajada, apenas fastidiada por el caluroso día que los aquejaba y que parecía tener intenciones de dejarlos morir en sus sitios sudando y con el cuerpo ardiendo.

Desde su lugar observó al guerrero sacar sin esfuerzo alguno una cubeta de agua del pozo. Lo vio beber de ella como endemoniado, igual que lo haría un pobre diablo que había pasado días sin probar una sola gota de ese cristalino líquido. En los labios del mercenario se le antojaron a gloria y le refrescaron los labios ligeramente secos por el calor. El agua viajó por su garganta como un torrente fresco y helado y la saboreó como nunca antes lo había hecho, satisfecho al saber que aún resucitado era capaz de sentir y saborear las delicias simples del mundo como la comida, la bebida y sobre todo, la sensación de penetrar en el interior de una mujer; lo había comprobado con Kagura docenas de veces.

Un último trago de agua fresca, sería el último, por eso se dedicó a disfrutarlo tanto a sabiendas de que la hechicera de los vientos lo observaba impasible en su sitio, con los brazos cruzados, abanico en mano y esa pose caprichosa que a él lo volvía loco.

Estaba esperando por él.

Con un brusco gesto se limpió los restos de agua de los labios y regresó con paso despreocupado al templo, contemplando a sus anchas la figura de Kagura ataviada con su colorido kimono, aunque él, sinceramente, prefería verla desnuda.

—Hoy hace bastante calor —comentó distraídamente al alcanzar a su amante, tomándola del brazo posesivamente y conduciéndola con él al interior del sagrado recinto que había sido su refugio durante los últimos días.

Ella se dejó hacer sin oponer ninguna falsa resistencia, como solía hacerlo. Al mismo tiempo dejó caer el brazo que sostenía su abanico y cerró los ojos con pesar antes de atreverse a hablar.

—¿No serás tú el que tiene calor? —Con sus comentarios desubicados le había dado el pretexto perfecto.

Hombres… siempre metiéndose en problemas por culpa de sus estúpidas pollas, pensó la demonio.

Kagura entrecerró sus peligrosos ojos carmines y sonrió de medio lado, justo como solía hacerlo cuando quería provocarlo. Él le devolvió el gesto con la misma picardía, pero ya no la pudo ver más cuando su amante lo atrajo hacia ella jalándolo bruscamente de la ropa y lo besó con frenesí sin mediar otra palabra. Él devolvió el beso, incauto, con sus sentidos nublados ante la agradable sensación de sus labios frescos, recién tocados por el agua, danzando contra el delicado tacto de los de ella.

La dominadora de los vientos profundizó el gesto pasando los brazos detrás de su cuello, acercándolo un poco más, llevando sus dedos a juguetear con la trenza del mercenario. Sólo luego de unos segundos, cuando sintió que el aire se le acababa a ambos y que en cualquier momento tendrían que romper el beso, tuvo las agallas de abrir los ojos y mirar sus propias manos.

Se dio cuenta que temblaban, pero se obligó a ignorar ese detalle que manifestaba toda la agonía que le causaba la sola idea de tener que meter una de sus manos dentro de la manga de su otro brazo y rebuscar entre la tela la afilada daga que guardaba, una daga que había encontrado dos días antes en un viejo baúl que había quedado en el olvido dentro del templo. Lo hizo cuando supo que tendría que matar a Bankotsu.

La mirada de sus ojos se volvió tan afilada como el brillo espectral que iluminó el filo plateado de la daga, y luego de unos segundos, al tomar aire, se endureció tanto como seguramente lo era el arma y su acero.

Los labios de Bankotsu sobre ella le recordaron que esa sería la última vez que lo besaría. Se maldijo por no poder disfrutarlo como debiera al tener sobre ella la resolución irrevocable de que tendría que matar a su amante.

Ella había provocado muchas muertes; había asesinado a todo un clan de hombres lobo y matado a otro tanto numero de ogros, demonios y enemigos en su forzada búsqueda de fragmentos y misiones de Naraku. Pero ahora, lo que estaba a punto de hacer, no se trataba de una misión ni mucho menos, era más bien una verdad que siempre la persiguió desde que comenzó su irrefrenable amorío con él, una aventura que finalmente explotaría, que estaba por explotar, y que le demostró una vez más que su libertad estaba mucho más lejos de lo que ella podía alguna vez imaginar.

Naraku estaba vivo. Lo sabía. Era tan obvio y tan sencillo de adivinar que su misma presencia viva y vacía le indicaba que su amo y creador seguía pululando con toda su maldad en el mundo. Sabrá el cielo dónde se escondía exactamente, pero su sola existencia la perseguía y la impulsaba a seguir órdenes que siempre odió, tal y como odiaba la idea de lo que pretendía hacer.

El simple hecho de que estuviera viva no significaba que su corazón simplemente se hubiera quedado a la deriva en medio de la nada, esperando ser regresado a su sitio de origen, con su verdadera dueña. Kagura cayó en la cuenta de que si Naraku vivía, ella vivía; si Naraku moría, ella también dejaría de existir, se iría al infierno con él. La razón de que siguiera ahí de pie, besando a su amante con tanto ahínco, sólo respondía a la obvia conclusión de que su amo seguía vivo y no había muerto en manos de InuYasha ni Sesshōmaru, ni siquiera en manos del propio monte que lo resguardó y luego destruyó.

Había sido hasta ingenuo pensar que podría liberarse de las garras de Naraku y salvarse el pellejo. La única posibilidad que tenía de encontrar verdadera libertad era en la muerte de él o la propia, al final de cuentas el resultado era el mismo, no tenía ninguna otra opción más que tomar la decisión menos difícil y dolorosa.

—"Pero esta vez realmente me duele" —Pensó la mujer, intentando olvidarse del nudo que comenzaba a acecharle la garganta.

Su verdadera libertad era su propia muerte, sin embargo la sola idea de morir la aterrorizaba a niveles insospechados y, por otro lado, la idea de vivir bajo torturas, arrodilla ante humillaciones que se cernían sobre si como una nube tóxica, también la llenaba de un horror que no era capaz de siquiera describir.

Había escapado descaradamente de las garras de Naraku, mano a mano con un amante que había sido su aliado y que luego había traicionado sin miramientos. Él no iba a dejarla escapar nunca, y mucho menos dejaría escapar un fragmento de la Perla de Shikon.

Fuera como fuera, Bankotsu también moriría, y por todos los cielos que no deseaba que muriera bajo las ideas extravagantes y crueles de alguien como Naraku.

Si debía morir, si no había otro destino más que ese para él, prefería matarlo ella misma; si consiguiendo su fragmento de Shikon para, irremediablemente, volver a manos de Naraku con el vago perdón de regresar sin las manos vacías, lo haría. Haría lo necesario para sobrevivir, para que Bankotsu muriera en sus brazos y no en las garras de un pérfido como su amo, y haría todo para finalmente alargar un poco más su miserable vida, si es que era perdonaba, y de ser posible verlo morir antes de que ella lo alcanzara al siguiente segundo de verlo extinguirse.

Cuando el aire se le acabó en un beso que ambos prolongaron todo lo que sus pulmones les permitieron, la hechicera de los vientos tomó con una precaria firmeza el mango de la daga y la apuntó directamente a la espalda de Bankotsu. No podía perder más tiempo. Si lo miraba a esos ojos, tan inusuales azules, perdería todo el coraje que le había costado ganar para soportar la idea de clavar ese filo en la misma espalda que arañó y sujetó en sus momentos de mayor placer, la misma espalda que también abrazó en sus momentos de angustia.

Lo apuñaría tras la espalda mientras lo besaba y seducía. Que el muy maldito regresara a la muerte con la última sensación de sus labios sobre él y sus manos sujetándose a su cintura, apretando su cuerpo contra el suyo como tanto le gustaba. Esa era la mejor muerte que le podía dar, pero también era la peor de las traiciones al saber que no podría atreverse a degollarlo de frente.

¿Realmente se podía considerar una traidora? se pregunto en medio de su ofuscación. ¿Realmente él podía tacharla de traidora cuando la realidad es que no se atrevía a matarlo mientras él la miraba?

No, ¿para qué se engañaba? No importaba si tal vez, sólo tal vez, se encontrara dándose cuenta que estaba enamorada de él. Eso no mermaba el hecho de que era una traidora y siempre lo sería. Era una verdad que tuvo presente desde que se dio cuenta de cómo era Naraku realmente. Sería siempre una traidora mientras no tuviera opciones y la orillaran a decidir entre su vida y la de los demás hasta que, finalmente, no pudiera soportarlo más y decidiera ceder su vida ante alguien con mucha más oportunidad que ella para derrotar a aquel que jamás la dejó ser ni vivir como ella tanto deseó.

¿Quién sería esa persona ante quien tendría que ceder su vida en un posible futuro, si es que aún le quedaba alguno?

¿Sesshōmaru, tal vez, el demonio en quien siempre depositó sus esperanzas e idealizaciones, ese mismo demonio que ignoraba su ayuda y al mismo tiempo la aprovechaba sin siquiera darle las gracias? ¿O quizás InuYasha y su grupo, con la chiquilla de ropa extraña que no conocía ni sus propios alcances y poder hasta que se veía orillada a usarlos tal y como ella se veía orillada a traicionar y matar? ¿Ante la enigmática sacerdotisa de barro y huesos, la peor pesadilla de Naraku? ¿Kohaku, quizás, el niño autómata que en ocasiones le daba la impresión de no estar tan perdido como aparentaba? Tal vez él también era un traidor, ¿y quién no podía serlo estando bajo el control de Naraku?

Daba igual. Lo que sí sabía es que Bankotsu no estaba incluido en esa lista, dependiente del poder de la Perla que le daba vida y ahora, solo en el mundo, sin su escuadrón de guerreros ni su fiel arma, como enemigo de todos los enemigos de Naraku, no tenía ni una sola oportunidad.

Rompió el beso unos segundos y tomó una gran bocanada de aire, tan fugaz y profunda que pareció un gemido de dolor cuando ya no lo pensó más. Si seguía pensando no podría moverse, si pensaba demasiado no podía reaccionar. Entonces su mano viajó con rapidez hacia la espalda de su amante, con la puntiaguda y afilada punta de la daga apuntando a su cuerpo, lista para penetrar en su piel.

El filo ni siquiera pudo rozar al mercenario. El movimiento quedó bruscamente interrumpido cuando el guerrero rápidamente la tomó del brazo derecho y la alejó de él como si el solo tocarla significara el riesgo a la exposición a una enfermedad mortal. El trayecto de la peligrosa arma se vio alejada de su objetivo de un segundo a otro y para cuando Kagura acordó, el moreno la sostenía de la muñeca con una fuerza mermada, como si realmente hubiese alcanzado a lastimarlo.

—Sabía que me traicionarías.

La voz de Bankotsu fue severa y cruenta. Sus bellos ojos azules de pronto se convirtieron en acero contra un ella, un azul índigo que la golpeaba en todo su orgullo y en el corazón que no tenía. Kagura abrió los ojos como platos y lo miró descolocada, con el mismo terror de verse descubierta deformando sus facciones tal y como le sucedía con Naraku.

Al instante comenzó a forcejear para soltarse de su agarre, pero antes de poder hacerlo el hombre le arrebató bruscamente la daga y, una vez que la tuvo en sus manos, la alejó definitivamente de ella al arrojarla con precisión a otro lado de la habitación.

La daga fue a clavarse en una de las paredes de manera del templo. El agudo silbido de su filo rompiendo el viento en su furioso trayecto los dejó paralizados a ambos por unos instantes, mirándose sin saber cómo hacerlo ante el hecho rotundo de que ella había sido descubierta tratando de apuñalarlo por la espalda, y ante el hecho de que él ya imaginaba, probablemente desde el principio, que sería traicionado por ella.

Después de todo se había aliado con una traidora.

—¿Si lo sabías por qué mierda no me mataste? —Kagura se paró con firmeza en su sitio, frente a él y sin desviarle el rostro, tratando de no desfallecer ante la verdad que él le escupía de manera descarnada a la cara, pero sus palabras y su voz no fueron más que una súplica disfrazada de reclamo, sintiéndose más incomprendida que nunca al saber que él pudo haber acabado con su agonía desde un principio, en lugar de orillarla a probar las delicias de aquella libertad que ahora perdía a pasos agigantados, que le era arrebatada la distancia y que, estaba segura, el mercenario no alcanzaba a entender que le había brindado.

—Porque quería follarte, pequeña zorra. Le quería quitar a Naraku su extensión más deseaba y de paso un par de fragmentos. ¿Te parece esa una buena respuesta? —Vio cómo Kagura se preparaba, ya por puro instinto, para pelear, y no podía esperar menos de una demonio como ella luego de soltarle semejantes palabras.

La vio apretar el puño contra su abanico y supo que en cualquier momento saltaría a hacerlo pedazos con sus cuchillas, unas cuchillas diabólicas de viento mil veces más afiladas que la daga que había pretendido usar contra él, y luego de tratarla de zorra y motín de guerra, estaba seguro de que esta vez su amante no se tocaría el corazón para degollarlo. Ni siquiera tenía uno.

Pudo haberlo matado mientras dormía desde el mismo momento en que se percató que no había futuro para ninguno de los dos, mucho menos juntos, y de que tendría que tomar la cruel decisión entre él o ella, pero no lo hizo. Esperó a tenerlo despierto, a besarlo y dejarse abrazar y tocar por él mientras tenía pretensiones de acabar con su vida con un arma mucho más débil que sus propias habilidades de viento dominadas a la perfección, habilidades contra las cuales él no se podía defender realmente.

Aquello, adivinó, no era más que una duda en medio de las muchas angustias que perseguían a Kagura y la orillaban a tomar decisiones que odiaba. Su duda en atacarlo se vio aún más palpable cuando tardó más de la cuenta en abrir su abanico y asestar el ataque contra él. Estaba dudando en si atacarlo o no, a pesar del desagradable y vulgar comentario que recién le había soltado.

La mujer de los vientos seguía siendo tan complicada como siempre, demasiado para un hombre de pensamiento practico como Bankotsu.

Antes de poder blandir su abanico, viendo temblar apenas por debajo de su kimono, aprovechó el momento para tomarla del brazo y atraerla a él. Kagura soltó un gruñido de frustración cuando se encontró a sí misma de espaldas a Bankotsu, con este sosteniendo sus dos manos tras ella tratando de quitarle también su fiel arma.

—¡Eres un maldito bastardo! —masculló iracunda, luchando porque en su voz no se trasluciera el estúpido dolor de sentirse nuevamente utilizada a placer, cual objeto de guerra y adorno, pero una cosa era sufrirlo por Naraku, y otra muy distinta por parte de Bankotsu, un hombre al que siempre consideró fue el mejor que alguna vez había conocido, al cual incluso le permitió convertirse en su amante a pesar de arriesgar el pellejo por él hasta que no tuvo más opción que decidir entre su vida o la de ella.

—Y tú eres una traidora mujerzuela —dijo antes de finalmente arrebatarle el abanico entre violentos forcejeos. Arrojó el arma lejos de ella, al mismo lugar a donde había ido a parar la daga, y cuando pudo sostener las femeninas manos con una sola, con la otra, libre y apenas temblorosa por la adrenalina, tomó a la que fuera su amante por el mentón y la obligó a levantar el rostro. Con su boca accesible la besó con la misma fiereza de siempre, como si aquello no fuera más que un juego donde actuaban papeles idiotas para ver quién ganaba y a quién le tocaría dejarse dominar en el siguiente asalto.

Aunque Kagura, influenciada por sus palabras que respondían a sus verdaderas intenciones, al principio se resistió al beso, luego de unos segundos lo correspondió con la misma energía devastadora y por unos instantes pensó que nada de eso estaba sucediendo, que seguían escondidos en el templo dejando el tiempo pasar en los momentos donde las angustias no los asediaban.

Deseó que nada de eso estuviera pasando y que no fuera más que otra de sus pesadillas, pero en el momento en el cual él rompió el beso y la empujó lejos de él bruscamente, Kagura despertó de su breve ensoñación y se encontró frente a la confiada mirada del hombre, quien se levantaba frente a ella como el guerrero que siempre había sido, indispuesto a dejarse vencer.

—Vamos, pelea conmigo. Veamos si me puedes manejar —la retó mirando de reojo el sitio donde había quedado clavada la daga y el abanico, que se había estrellado contra la pared y ahora yacía en el suelo.

Kagura endureció su mirada intentando esconder su miedo, a sabiendas de que Bankotsu era muy fuerte, físicamente más fuerte que ella y que contaba con el poder de un fragmento de Shikon que, tal vez, para él no fuera mucho luego de haber poseído nueve de ellos, pero que aún así incrementaba sus fuerzas y habilidades a un nivel exacerbado que la demonio había visto muchas veces en demonios y en su propio amo.

Lo primero que pensó es que no tendría oportunidad. El muy maldito seguramente la violaría en venganza y luego le desgarraría el pecho con sus propias manos, matándola, diciendo que lo había traicionado por un pecho vacío y un vago perdón por parte de su amo, un perdón que Bankotsu seguramente no estaba dispuesto a brindarle antes de entregarla a la muerte.

Sin embargo no se paró a pensarlo ni por dos segundos. Se obligó a tomar impulso con las piernas y se abalanzó hacia el lugar donde habían quedado las armas. Le costaría mucho trabajo pelear cuerpo a cuerpo contra alguien como Bankotsu. Necesitaba, por lo menos, la daga. Una vez que tuviera un arma punzocortante en su poder su nivel de ataque se incrementaba; después de todo, lo suyo era el viento y todo lo que pudiera cortar de tajo.

Apenas había dado unos pocos pasos cuando Bankotsu la alcanzó e igual que si fuese un niño tramposo y caprichoso indispuesto a perder en un infantil juego, le puso el pie en el camino y ella trastabillo. Soltó un gritito de espanto y se preparó para poner las manos al frente, lista para recibir el golpe contra el suelo, pero en ese instante el guerrero detuvo su caída tomándola de la cintura como si fuera un auténtico caballero.

—¡Imbécil! —reclamó ante la trampa que se le antojó infantil y tonta, pero él en respuesta soltó una carcajada y apretó de manera sugerente su mano contra la estrecha cintura, de la misma manera que lo hacía cuando quería mostrarle cuánto la deseaba y cuánto quería tomarla. El mercenario disfrutó como nunca aquel roce entre sus cuerpos, por muy breve, fugaz y ambiguo que pudiera ser.

Quería tocarla una última vez, y si tenía que hacerlo en medio de una pelea tonta, lidiando con una chica enfurecida a la cual había provocado deliberadamente, así lo haría.

Forcejó un poco, pero él se dio la vuelta, poniendo su cuerpo entre las armas abandonadas y ella a modo de barrera, y la empujó al otro lado del recinto como si aquello fuera un baile demencial que se movía entre una falsa violencia y un jugueteo tan discreto como pícaro.

—Mira que tratar de apuñalarme por la espalda —Bankotsu se plató firmemente en su lugar y se cruzó de brazos mientras ella respiraba agitada, a sólo unos metros de distancia y mirándolo llena de una rabia que apenas y era capaz de contener—. Desde el primer momento en que estuviste dispuesta a matar a tu propio creador supe que eras una arpía traidora.

—¡No tengo opción! —argumentó enérgica, con el bichito de la culpa carcomiendo su pecho tanto como lo hacían los constantes dolores a los que se había visto sometida los últimos días con el claro mensaje de que regresara, de que no era libre, y el dolor pesado y cruento de saber que no importaba lo que hiciera, al final todos la consideraban una traidora. ¡Como si ellos tuvieran derecho a hablar tan fácilmente estando libres de las garras de Naraku! Y precisamente por eso hablaban, porque ellos eran libres.

—Pero lo pasamos bien —declaró el hombre con galantería, coqueteando y jugando tal y como lo hiciera la primera vez que la conoció. El comentario sacó de juego a Kagura unos instantes, sin entender cómo primero la acusaba de mujerzuela y traidora, asegurando que siempre supo que ella terminaría traicionándolo, para después hacer alusión a los placenteros momentos que pasaron juntos y que, a juzgar por cómo se había trastocado la situación, por desgracia jamás volverían a vivir.

—Idiota. No es momento para hablar de esas cosas —masculló frunciendo el ceño, apretando sus puños con fuerza hasta que sus nudillos se tornaron blancos y sus afiladas uñas se encajaron en su piel. El moreno pudo notar ese detalle y al hacerlo alzó una ceja, sosteniéndole la mirada.

—Si no es ahora, ¿cuándo? Quieres asesinarme —Bankotsu descruzó los brazos y se encogió de hombros, como si la afirmación de la amenaza no fuera más que un juego para pasar el rato. La mujer hasta se sintió ofendida de que no la tomara en serio.

—¡No quiero hacerlo, pero tengo que hacerlo! —Pareció quedarse sin aliento unos instantes, como si la declaración, soltada sin pena ni control alguno, la hubiese dejado al borde de la muerte y su propia locura—. No puedo regresar ante Naraku con las manos vacías. Necesito tu fragmento para que me perdone. Tengo que matar al malnacido.

—Siempre supe que él estaba vivo.

La confesión hizo que Kagura echara el cuerpo hacia atrás y abriera los ojos sorprendida, pero casi enseguida su gesto volvió a ser el fiero de siempre.

—Si lo sabías, ¿por qué diablos no dijiste nada? ¡Traté de decírtelo muchas veces y tú…!

—¿Y eso importa? —la interrumpió él, alzando ambas cejas—. Lo que importa es que él está vivo, que tú estás tratando de matarme y créeme, linda, soy un guerrero, no me dejo matar tan fácilmente.

Hubo un silencio incómodo ante la amenaza implícita. ¿Qué significaba eso? ¿Qué estaba dispuesto a devolverle el gesto con tal de conservar su fragmento y consecuentemente, su vida? ¿Acaso el muy idiota creía que sólo y sin aliados podría escapar de la persecución de Naraku y su obsesión por la Perla? ¡Vaya pedazo de imbécil! Sobre todo teniendo la oportunidad de tomarla a ella como rehén, por muy mínima que fuese la posibilidad de que Naraku estuviera dispuesto a hacer un trato a cambio de su esclava y salvar su miserable vida de resucitado.

—Si así están las cosas… —prosiguió Bankotsu, dedicándole una mirada traviesa y sensual, como si en realidad estuvieran coqueteando y no tratando de sacarse los ojos mutuamente—. ¿Qué esperas para venir por mí, preciosa?

El reto impulsó a Kagura al instante y corrió hacia él dispuesta a soltar el primer puñetazo, y así lo hizo. Su puño, rápido y probablemente tan peligroso como el de él, poseedor de la fuerza de una demonio, se dirigió a su rostro sin miramientos, pero no alcanzó la mejilla que ella intentó golpear.

Era lógico. Bankotsu tenía mucha más experiencia que ella en peleas de cuerpo a cuerpo, y Kagura estaba mucho más acostumbrada a valerse de su abanico y sus fatídicos ataques que podían ser mucho más letales y peligrosos que un simple puñetazo o rodillazo al estomago, pero sin ese trasto de madera, estaba relativamente desvalida.

Bankotsu se echó hacia atrás ágilmente, esquivando el primer golpe. La escuchó gruñir furiosa por su fallo y eso sólo le sacó una risilla que la hizo enojar aún más.

Lo siguiente que sucedió no fue más que una pelea precaria y extraña para cualquiera que los hubiera visto, pero en ese instante el único testigo de su lucha arrítmica era el mismo Naraku, al otro lado del espejo de Kanna, quien se regodeaba en su sádico egocentrismo al verse dueño, una vez más, de la ruptura imposible de sanar de otra relación que se había dado en sus propias narices, en sus propias filas, y que veía romperse a cada golpe que su extensión daba contra su amante y que él esquivaba con tanta facilidad, alimentando un poco más la frustración de Kagura y el orgullo herido de su ingenuo amante.

Kagura se dedicaba a lanzar golpes sin parar contra Bankotsu, presa de la adrenalina imperdonable de la lucha que siempre la impulsaba a moverse, a perseguir a quien ahora era su escurridiza presa sin temor a sentir el golpe de vuelta.

Aunque esperaba ser parada en seco por un puñetazo certero de él que le dejara una buena marca en el rostro, una que sabía se merecía, eso jamás sucedió. Bankotsu se comportaba como un animal que se fingía presa y se escurría del alcance de ella limitándose a esquivarla, a echar el cuerpo hacia atrás, a detenerle el golpe de un segundo a otro y soltar de cuando en cuando una risilla de burla o un gruñido al verse a punto de ser golpeado en algo más que su orgullo.

—Te falta practicar la lucha cuerpo a cuerpo —comentó el hombre cuando ambos se tomaron un mutuo descanso, apenas a un metro de distancia, preparándose para ver cuándo y quién soltaba el próximo movimiento—. De haber estado libres yo te habría enseñado cómo hacerlo.

—Olvídate de esas tonterías —respondió de mala gana, volviendo a levantar los puños lista para defenderse o atacar, pero el siguiente comentario que soltó contrastaba brutalmente con su posición—. Por lo menos supe lo que es sentirse libre, aunque fuera por ratos.

—Me alegra saber que fui yo el responsable.

Las palabras de Bankotsu la confundían y le dolían tanto que tuvo que forzarse a gruñir para no parecer dolida por tener que enfrentarse a él, una niñita sentimental capaz de ceder, rebasada por sus propias emociones; ya tenía suficiente con sus impulsos de ira. Tenía que alcanzar el fragmento que residía en su brazo derecho y acabar con ese calvario de una vez por todas. No podía soportarlo más, no podía soportar por más tiempo el tener que verse forzada a pelear con él y, finalmente, luego de tener primero que pelear contra sí misma, tuvo la suficiente fuerza para interrumpir el descanso y volver a abalanzarse sobre el moreno.

Bankotsu se fingió sorprendido cuando ella atacó y él esquivó, pero había adivinado el movimiento de Kagura, demasiado alterada y cansada como para pelear correctamente, quizá hasta dolida. Sus rabiosas muecas antes de lanzarse a la lucha siempre la delataban.

Cuando se le acercó se atrevió a aprisionarla una vez más y con todo el descaro del mundo le bajó ligeramente el cuello del kimono. Mientras la tuvo sujeta besó salvajemente su hombro desnudo, y el contacto desesperado y firme de sus dientes y labios sobre su ardiente piel hizo estremecer a Kagura, quien hubiese deseado poder tirarse ambos al suelo y descargar la tensión y el deseo que siempre los atrajo como si fuese un incomprensible magnetismo que se empeñaba en arrojarlos a ambos directo al abismo.

La sensación no duró mucho tiempo. Kagura tuvo que obligarse a seguir lanzando golpes que nunca acertaron su objetivo. Sólo hasta ese entonces se dio cuenta de que Bankotsu en realidad no estaba pelando: lo que estaba haciendo era esquivarla, ni siquiera defenderse. La distraía por momentos y cuando lo lograba, aprovechaba para acercarse a ella, rozar sus manos contra su cuerpo y aspirar su aroma a profundidad, como si quisiera tocarla una última vez mientras se burlaba de ella haciendo alusión a sus ahora mermadas habilidades de combate que no se comparaban contra las de un guerrero que pasó toda su vida luchando por mera diversión y dinero.

Y era cierto. Bankotsu la había provocado para pelear porque le gustaba verla así, fiera y en combate; había conocido a Kagura rabiosa, furiosa por su esclavitud y su insolencia para hablarle y coquetearle, y así le había gustado. Le parecía que enojada, presa de la ira ciega, se veía más fatal y amenazadora que nunca, y eso lo excitaba a niveles inimaginables. Admiraba la determinación que tenía para luchar por su vida incluso contra la corriente, contra la vaga esperanza de ser perdonada, contra la idea apremiante de ser una traidora por naturaleza y ante el hecho de que por dentro se carcomía un poco más cada vez que intentaba atacarlo.

Por otro lado, él era un asesino que podía llegar a niveles increíblemente sádicos y enfermizos cuando le pagaban una buena cantidad de dinero y de paso se divertía, pero tenía un honor que siempre mantuvo en alto como guerrero y sabía apreciar el valor de las personas, sobre todo de aquellas que luchaban hasta la muerte, incluso si sus metas no eran más que causas perdidas que, irónicamente, los ayudaban a sobrevivir mientras peleaban por ellas aunque al final de estas no hubiera más que la soporífera y eterna muerte como único resultado.

Es por esa razón que, creía Bankotsu, se había enamorado de Kagura. O al menos eso creía; jamás se había enamorado de nadie, y tampoco podía pararse en ese momento a analizar demasiado sentimientos tan asquerosamente escabrosos.

Sí, sabía desde un principio que Naraku no estaba muerto, que un simple derrumbe no lograría matarlo y que InuYasha y sus amigos, ni siquiera el mismo Sesshōmaru, habían logrado acabar con él en el Monte de las Ánimas. También supo desde un principio que los dolores que Kagura sufría y las pesadillas que estos le inducían eran producto de su corazón aún en las manos de su creador, mandándole mensajes dolorosos y atroces que buscaban orillarla de a poco a perder el juicio y forzarla a levantarse contra él.

Siempre supo eso, desde el primer momento en que ella despertó entre los gritos desgarradores de sus pesadillas, y por lo mismo se negó a escucharla. Sabía que eran observados y espiados por Naraku. El que ella admitiera frente a él sus sospechas y preocupaciones no habrían hecho más que acelerar ese momento que llegaría tarde o temprano, un momento que finalmente había llegado más temprano que tarde.

Bankotsu había buscado alargar su tiempo junto a Kagura todo lo posible, por eso no le interesaba hablar de nada relacionado con sus histéricas preocupaciones. No quería ser otro cómplice declarado del tramposo y sucio destino que les tendía aquella trampa y los separaba sin miramientos. Si iba a vivir con Kagura el tiempo que fuera, buscaría que fuera el mejor, incluso si tenía que ir contra corriente tratando de compensarlo en ese demencial torbellino en el que ella se hundió entre el placer y el dolor.

Por supuesto que no. Naraku no dejaría escapar un fragmento de Shikon y tampoco a su extensión más deseada, porque eso era Kagura para él, por mucha rabia que eso le provocara. Ella nunca mintió cuando jugaba a ponerlo celoso; Kagura era la esclava favorita de Naraku, en quien descargaba toda la furia que sentía contra esa mujer llamada Kikyō, buscando desesperado someter la libertad que representaba y exudaba su creación por cada poro de su piel, aún inquebrantable ante la voluntad insidiosa de su creador porque, si no era así, ¿entonces por qué ella se empeñaba en buscar maneras de traicionarlo y crear alianzas a las sombras para acabar con aquel que le dio la vida? ¿Entonces por qué él no la mataba sabiendo que ella lo había traicionado ya una vez y que probablemente seguiría haciéndolo?

La respuesta le daba rabia, pero sabía que Kagura tenía muchas más posibilidades contra Naraku que él dada su posición de favorita, por muchas desventajas que eso trajera consigo.

También sabía que solo, sin armas ni aliados, no lograría vencer a Naraku, enemigo de los enemigos de él, con sólo un fragmento, sin su escuadrón, dependiente de la vida de algo que anhelaba el amo de Kagura con todas sus fuerzas. Tenía la batalla perdida e incluso alguien tan arrogante como Bankotsu, que llegó a ser uno de los guerreros más temidos de su tiempo, debía aceptarlo.

En cierto momento la mujer de los vientos logró alcanzar su brazo derecho. Bankotsu no supo si él le permitió llegar o si ella logró alcanzarlo por su cuenta, no tuvo tiempo para pensar en eso cuando la demonio apretó sus uñas alrededor de la tela que cubría su antebrazo, el mismo que resguardaba el fragmento.

Él se detuvo y ella también, y aunque esperó paciente a que le arrebatara el trozo de la joya, que se vengara por las mentiras que le había echado en cara de manera tan descarnada, Kagura bajó la mirada y levantó frente a ella la barrera de su oscuro fleco que ocultaron sus ojos cansados y dolidos. Pudo ver que comenzaban a anegarse en lágrimas que se tragó contra su voluntad, por mucho que deseó dejarlas correr libremente.

Bankotsu la escuchó soltar un lastimero sollozo y cerró los ojos unos instantes, paciente, sabiendo que todo acabaría de un momento a otro. No le molestaban las lágrimas, había provocado el llanto de dolor y miedo de centenares de personas, pero por alguna razón las lágrimas que ella se tragaba le martillaban esa fortaleza de la cual presumía tanto, una fortaleza ahora mermada que lo hacía sentir irremediablemente débil ante ella.

—Eh, no llores —le pidió con voz grave. Kagura levantó la vista hacia él, sorprendida, y se lo encontró sonriéndole como antaño y encogiéndose de hombros—. Está bien. Yo ya tuve una vida llena de libertades y placeres. Espero que tú algún día los tengas.

—¿Qué…?

Kagura entrecerró los ojos, con la vista ligeramente nublada a causa de las lágrimas que aún pugnaban por salir. No pudo pensar más en eso porque Bankotsu movió su brazo de tal manera que las uñas de ella desgarraron la vieja tela de su ropa y se incrustaron en el sitio donde se enterraba su fragmento, apenas debajo de su piel.

El roce de sus uñas contra la joya le sacó un quejido de dolor al mercenario y sus piernas temblaron cuando el pedazo de Perla que lo mantenía con vida se movió dentro de él.

—Mata al bastardo por mí —Esta vez su cuerpo tembló un poco más cuando ella hizo amago de alejar su mano del sitio, pero la mantuvo en su lugar cuando aprisionó su muñeca y la obligó a rozar el fragmento, preparado para el momento en que ella se lo quitara, así tuviera que forzarla a hacerlo—. No permitas que ese malnacido te haga sufrir más.

En ese momento cayó sobre sus rodillas, casi vencido, y Kagura lo acompañó también dejándose caer, vencida por sus propias angustias y sus actos. Él, descarado como siempre lo había sido, aprovechó para posar la cabeza contra el femenino pecho mientras ella lo rodeaba con su brazo, sin atreverse a mover a ningún lado la mano cuyas uñas se encajaban en la piel de su amante. Podía sentir el poder del fragmento de la Perla de Shikon y la sensación de ser capaz de arrebatarlo en cualquier instante le causó escalofríos.

—También tuve mis libertades y placeres —susurró ella tratando de que su voz no sonara tan quebradiza, porque sí, a pesar de todo, a pesar de semejante final, había tenido sus placeres y libertades mano a mano con él. No quería que lo último que se llevara de ella fuera su imagen vulnerable, llorando una perdida irremediable.

En ese momento lo entendió todo: las motivaciones de Bankotsu, su empeño en evadirla e ignorar sus preocupaciones con tanto descaro, su empeño en tratarla de arpía y traidora y su empeño en forzarla a quitarle el fragmento, fingiendo haber peleado para no hacerla sentir tan culpable.

El nudo en su garganta se formó al instante y temió no poder decir nada más, aunque realmente ya no quedaba mucho qué decir entre ellos. Todo estaba dicho, incluso aclarado, y la idea de que no tuvieran más que decirse sólo indicaba que lo suyo estaba terminándose así como se terminaba la vida del moreno entre sus brazos. Se conocían mejor de lo que cualquier otra persona los había conocido, pero Kagura se maldijo por no haber entendido desde antes las mismas angustias que probablemente persiguieron también a Bankotsu. Él y su puto orgullo.

El mercenario soltó un suspiro tranquilo y dejó su cabeza descansar con pesadez, aprisionada entre el brazo y el pecho de ella, disfrutando la suavidad de sus senos y la calidez que desprendía el cuerpo de Kagura. Luego llevó una de sus manos a la que estaba incrustada en su brazo y la guió para quitarle el fragmento de a poco. Quería alargar el momento todo lo que fuera posible para poder ver su rostro y sentir la tibieza que despedía ese cuerpo agitado y tembloroso que lo abrazaba.

—Ve por él, preciosa —susurró mientras seguía moviendo los recelosos dedos de Kagura hacia el fragmento, a pesar de que ya se sentía moribundo. No había tenido esa dolorosa sensación cuando lo asesinaron; simplemente le habían cortado la cabeza en un páramo que ni siquiera había sido un campo de batalla, sino una mar embravecido de flechas. Como guerrero jamás había tenido la intención de morir entre los brazos de una mujer, pero sin duda alguna el anuncio de la inminente muerte incluso sonaba como algo lindo en los brazos de ella.

La dominadora de los vientos siguió tragándose las lágrimas, entrecerrando los ojos para que estas no se notaran y torciendo la boca con fuerza para evitar que su barbilla temblara. Cuando sus miradas se cruzaron ambos hicieron el esfuerzo por acercar sus rostros, pero el último beso que ambos pudieron sentir del otro no fue más que un roce de sus labios, suave y ligero, pero poseedor de una sensación tan electrificante como fue el primero, aunado a la sensación que tuvo el mercenario cuando sintió cómo el fragmento que lo mantenía con vida salía de su cuerpo lentamente en manos de Kagura y la propia. No le quedaba ya casi nada de tiempo, pero al menos había podido besarla una última vez.

Después de todo, puede que sí se hubiera enamorado de ella. Se había sacrificado para salvarla, ¿era eso lo que llamaban amor? No lo sabría nunca, pero se quedaría satisfecho con la idea de que ella viviría y que, tarde o temprano, también conseguiría su libertad. Ni siquiera deseó encontrarla en el más allá, únicamente deseó que fuera tan libre como el viento que ella encarnaba.

—Sé libre por mí, ¿vale?

Aquello fue lo último que alcanzó a decir Bankotsu al separar sus labios de los de ella. Como si su misma boca le insuflara vida y luego de verse privada de ella, al instante de hacerlo su cuerpo, antes imponente, lleno de cicatrices de batalla, tostado por el sol y poseedor de toda la confianza que podía tener un guerrero que se había comido al mundo, pasó a convertirse en un montón de polvo y huesos que cayeron en el regazo ahora solitario de Kagura.

La dominadora del viento se encontró únicamente con los restos del que fue su amante sobre la tela de su kimono, con el esqueleto como una muestra irrefutable de la muerte sobre ella, descansando con sus miembros secos y blanquecinos en el suelo, desprovistos de todo rasgo de vida.

La calavera de Bankotsu quedó entre su pecho y su brazo, y lo único que quedó como residuo de que aquella estructura de hueso alguna vez tuvo vida, fue el fragmento aprisionado entre sus dedos ligeramente manchados de sangre. La sangre de Bankotsu.

Soltó el aire acumulado en sus pulmones con un quejido doloroso que la hirió al momento de sacarlo y atravesar su garganta. Apretó la tela de la ropa que cubría la estructura ósea, asediada por una rabia dolorosa que la estaba carcomiendo. Se sintió más devastada que nunca en toda su vida.

Se sentía devastada por no haber comprendido las razones de Bankotsu, por haber desperdiciado los momentos en que pudo darse el lujo de disfrutar de su ilusoria libertad con él por estar pensando en algo que no podía evitar. ¡Cuánto había dejado pasar! Se maldijo una y mil veces y sintió el irrefrenable impulso de romper en mil pedazos el cráneo de Bankotsu si es que aquello la hacía sentir que jamás había desperdiciado nada, pero no fue capaz de hacerlo como no fue capaz de entender al guerrero en su momento, sus impulsos y acciones para quedarse con ella y poseerla todas las veces que pudo; quizá hasta había pensado miles de manera para evitar ese momento.

No supo comprenderlo en su momento porque, ¿qué se podía entender de un joven presumido y vengativo que había logrado hacerse del mundo a su antojo y placer? Siempre haciendo lo que había querido sin límites ni fronteras, incluso disfrutando de su nueva oportunidad de vivir por el simple hecho de matar y disfrutar de ello hasta que la misma muerte lo alcanzó a él.

Joder, el muy idiota había hecho todo lo que jamás había hecho nadie por ella. Se había esforzado en hacerla feliz cuando perfectamente habría podido huir, abandonarla e irse lejos a seguir con sus fechorías y alargar un poco más su vida huyendo de Naraku y su deseo por el fragmento, pero no, se había quedado con ella sabiendo que tarde o temprano Naraku los alcanzaría para cobrar el precio de su fragmento, de su esclava y la traición de ambos. El precio de una traición tras otra. Incluso pensar en un final feliz para una historia que se había moldeado a base de traiciones, secretos e intrigas era una verdadera estupidez.

Aquello le dolió mucho más que todos los apretones y desgarres que causaba Naraku en su corazón, usando lo que por derecho le pertenecía como un arma de chantaje contra ella, pero ahora únicamente le quedaba una calavera desprovista del iris azul que antaño poseyeron los ojos de Bankotsu, ese que se parecía tanto al amanecer y a las primeras luces del día. Ahora lo único que le quedaba de él era recordar el color de sus ojos cada vez que tuviera la oportunidad de admirar el alba, porque ahora su libertad se había convertido en una perra de piedra y no en la sensación deleitosa de creerse una diosa que podía hacer lo que le diera la real gana.

Bankotsu le había dado la libertad que ella tanto quiso y deseó. Por un segundo, entre todo ese torbellino de placer y dolor, aunque fuese sólo uno, ella había logrado dejarse llevar por él y soñar que de verdad el mundo era para ellos. Para lo que quisieran, lo que se les antojara, y por unos instantes perdidos entre los últimos días que pasaron juntos, lo habían logrado.

Eso era algo que sólo se podía apreciar para siempre si se era un esclavo como ella. Sin embargo, mano a mano con Bankotsu, la hizo sentir como si nunca hubiera nacido para ser una esclava.

Fin


Se los juro, cuando escribí este capítulo no pude evitar llorar. Jamás me había tocado llorar mientras escribía algo o.ó no sé si a ustedes los haya hecho llorar xD pero espero les haya gustado.

Por esto había dicho que el fic me había quedado más de tragedia que de otra cosa. Intenté que no fuera muy cursi el final, espero no haya quedado así, pero sí me gustó la idea de que terminara en algo trágico, con un final un tanto agridulce.

Como pudieron ver, Bankotsu desde un principio supo que Naraku estaba vivo, que reclamaría su fragmento y a Kagura, y como estaba consciente de eso pero también tenía la oportunidad de vivir un poco más con ella, decidió hacerse el tonto, como si nada pasara, sobre todo cuando el tipo apreciaba tanto su propia vida y su nueva oportunidad de vivir, pero la razón por la cual al final decide darle su fragmento a Kagura cuando las cosas explotan y cederle su vida, es por el hecho de que sabe que ya ha perdido, sin embargo ella aún tiene la posibilidad de ganar contra aquel que les jodió todo su amorío a pesar de que Kagura intentó traicionarlo. De igual forma, la razón por la cual la trató de zorra y traidora y fingió pelear con ella fue para no hacerla sentir tan mal o culpable, sabiendo que a Kagura le dolía tener que hacer todo eso.

Y como se podrán imaginar, jamás hubiera llegado a esto de no ser porque la idea para el final y muchas cosas de la trama me la dio Ari's Madness (en serio, esa mujer me ha salvado el culo incontables veces). Así que, denle las gracias a ella o.ó sin Ari no hubiera podido escribir esta historia.

Y bueno, este fue el final del fic. Creo que entre todos los capítulos deben ser unas 50 hojas D: sí, que la verdad me puse intensa con este fic.

Chicos, muchas gracias por tomarse el tiempo de leer este fic, gracias a aquellos que me dejaron review y gracias por la paciencia n.n

[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido

Agatha Romaniev