DOS SABUESOS DESPISTADOS

DISCLAIMER:Casi todo es de Rowling. Lo de siempre, vamos.

CAPÍTULO 4

Destino desconocido

Percy volvió a casa sin haber progresado nada en el asunto de la alfombra voladora y, curiosamente, no se sentía preocupado por eso. De hecho, lo único que tuvo en mente durante toda la tarde fue el papelito que Audrey Ramsey le había dado. Era casi como tener a Penny delante y estaba tan ansioso por encontrarla que el trabajo carecía de importancia para él. Lo cual no dejaba de ser muy extraño.

Percy observó los números. Sin duda, habían sido trazados con rapidez y con una llamativa tinta verde. A Percy nunca le había gustado la tinta de colores. Cada ensayo, cada carta, cada insignificante anotación, siempre era escrita con tinta negra. A pesar de su –estúpida- rectitud al respecto, a Percy no le molestó mucho el color verde de esos números, seguramente porque, verdes y todo, dichos números abrían una puerta a la esperanza. A Penny.

Suspiró profundamente al caer en la cuenta de que no todo era tan fácil como pudiera parecer. El principal problema que se le venía a la mente era el hecho de no tener ni idea de cómo utilizar un teléfono. Creía que su hermano Ron sí que había aprendido a usarlo para comunicarse con Harry y Hermione, y suponía que su padre, siendo un ferviente admirador de toda clase de objetos muggles, también tendría unos conocimientos mínimos, pero a él nunca le había hecho falta aprender. Penny era hija de muggles, cierto, pero el correo vía lechuza siempre ha sido el medio de comunicación más cómodo para ambos.

Percy dejó el papelito sobre la mesa con sumo cuidado, casi con veneración. Aunque había memorizado los números en cuanto Audrey desapareció, no deseaba correr el riesgo de perder tan valiosa información. A pesar de su inexperiencia, Percy sabía que existían teléfonos públicos que podría utilizar para llamar a ese tal Gordon Archer. Funcionaban con dinero muggle y eran exactamente iguales a la entrada para invitados del Ministerio de Magia, por lo que no serían muy difíciles de localizar. Por supuesto, hubiera sido lógico pedir ayuda a Ron o a Hermione, pero no quería que ni ellos ni nadie supieran lo que estaba haciendo. Y era estúpido por su parte, puesto que su familia sabía perfectamente que estaba buscando a Penny. Quizá sólo quería encontrarla solo. Él mismo se había encargado de perderla; recuperarla era su problema.

Percy conjuró un libro desde su cómoda posición en el sofá de su apartamento. Conservaba todos los libros de texto de Hogwarts –los que no había tenido que ceder a sus hermanos- y recordaba perfectamente que en "Estudios Muggles" habían dedicado una semana a hablar de los teléfonos y otras vías de comunicación no-mágicas. Tenía la ligera sensación de que el libro no estaba todo lo actualizado que debería, pero no dudó en buscar en el índice el capítulo dedicado a los teléfonos y, más específicamente, a las cabinas.

A priori parecía sencillo. Sólo había que descolgar el auricular, introducir unas monedas y marcar los números. Después, debía establecerse la comunicación. Así de fácil.

Aunque Percy estaba bastante seguro de que no tendría problemas a la hora de hablar con Gordon Archer, tuvo la precaución de copiar las instrucciones en un trozo de pergamino, junto al número de teléfono. Después, lo dobló cuidadosamente y se lo llevó al dormitorio para guardarlo en el cajón de la mesita de noche. Por la mañana se aseguraría de llevarlo todo en la túnica porque, aunque se muriera de ganas de encontrar a Penny, no le parecía conveniente molestar al señor Archer a las once de la noche. Al fin y al cabo, tenía toda una vida por delante.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

-No vas a creerte a quién he visto hoy en el callejón.

Cillian agitó la cuchara, asegurándose de que el puré de patatas cayera en el plato, y miró de reojo a Audrey. Stan, que estaba terminando de cocinar unas salchichas, escuchaba la conversación en silencio. Como casi siempre.

-¿Acaso tengo cara de adivino?

Audrey torció el gesto e ignoró el tono desdeñoso de su amigo.

-Percy Weasley.

No tenía ganas de discutir con él nuevamente, así que fue directa al grano. Normalmente, cuando Cillian decía cosas como esa, especialmente chasqueando la lengua y poniendo los ojos en blanco, Audrey le recordaba lo idiota y maleducado que era y no le contaba las cosas, pero esa noche tenía ganas de hablar de Percy. Le alegró mucho comprobar que la noticia lo dejaba un poco descolocado.

-¿El intruso de la Noche del Misterio?

-¿Conocemos otro Percy Weasley que no sea un personaje ficticio?

Cillian clavó el tenedor en el puré de patatas e intercambió una mirada con Stan, que en ese momento estaba apartando la sartén del fuego y sonreía como si encontrara la conversación simplemente adorable.

-Para que luego digas que el Destino no existe. ¿Qué otra cosa podría haberlo traído aquí?

-¿La casualidad? –Cillian recuperó la compostura y empezó a comer –En serio, Audrey. El destino no existe.

-Pobre incrédulo –La chica le dio a sus palabras un aire místico- Lo que no existen son las casualidades.

Cillian agradeció con un gesto a Stan por las salchichas que le sirvió y se mordió el labio inferior en actitud reflexiva.

-Está bien. Supongamos que el destino existe. Me parece absurdo, pero fingiré que me creo tus teorías durante un par de minutos –Audrey sonrió casi con entusiasmo -¿Para qué crees que el destino ha puesto en tu camino a Percy Weasley?

Esa vez fue Audrey la que se quedó sin palabras. En realidad, ni siquiera se lo había planteado. Le gustaba pensar que todas las cosas ocurrían por alguna razón, no porque el azar hiciera confluir en un hecho un montón de situaciones diferentes. Quizá hubiera sido lógico pensar en ello, pero no tenía ni idea de cómo responderle a Cillian. Y debía hacerlo rápido, antes de que él perdiera interés y se pusiera a hablar sobre cosas aburridas, como política o economía.

-Quizá sea su media naranja.

Era evidente que Stan había intervenido sólo para bromear y, de paso sacar a Audrey de un pequeño apuro. Lo que sin duda no se esperaba era que Cillian pusiera su mejor cara de maníaco y que Audrey se atragantara con el agua.

-¡Stan!

-¡No, Audrey! ¡Déjalo! Su teoría es mucho más interesante que la tuya.

Audrey arrugó la nariz. Odiaba que las cosas se le fueran de las manos. No se enfadó mucho con Stan porque el hombre la miró como disculpándose, pero sí que pensó en decirle que le gustaba más cuando estaba callado. Al menos no metía a nadie en problemas.

-Ni ese hombre ni nadie es mi media naranja.

-¡Vamos, Audrey! ¿Crees en el destino y no crees en las almas gemelas? Mira que eres rara.

-No estamos hablando de eso. Y, además, el destino es algo desconocido.

-¡Claro, claro! Pero si ese hombre fuera tu media naranja, no estaría tan mal. Después de David, cualquiera es mejor.

-Olvídate de David.

Cillian alzó las cejas. Se reía un poco todavía, pero no volvió a mencionar al antiguo amigo, novio, amante o lo que fuera, de Audrey. Tampoco era como si viniera a cuento y, además, sólo estaban bromeando.

-En serio, Audrey. Háztelo mirar. Pareces una pirada.

Audrey hizo ademán de tirarle una botella a la cabeza, pero se contuvo porque no quería que Stan pensara que eran unos críos. Por supuesto que habían tenido discusiones aún más absurdas que esa en presencia de su inesperado inquilino, pero procuraban no quedar como idiotas demasiado a menudo. Ya eran bastante adultos, o eso les gustaba pensar a ellos.

-Bueno. La cuestión es que lo he visto en el callejón. Esta mañana y esta tarde.

-¿Y qué hacía por aquí?

Audrey se encogió de hombros. La verdad era que él no había dicho gran cosa ninguna de las dos veces, así que todo era muy misterioso y extraño. Y realmente eso le gustaba. Estaba harta de que todo en su vida fuera normal.

-A lo mejor es un psicópata que viene a por ti. Le gustaste en la fiesta y no ha podido olvidarte. O a lo mejor el Señor Destino lo ha cogido de una oreja y lo ha traído a casa para convertirlo en tu media naranja. Antes de que te des cuenta, estarás casada con él y tendréis veinte o treinta hijos.

-¡Imbécil!

Audrey le pellizcó el brazo a conciencia y ni siquiera el gritito del joven le impidió escuchar la risa alegre de Stan. Cillian era idiota, todo el mundo lo sabía, y tenía un talento especial para ponerla nerviosa. Por eso le gustaba tanto pegarle e insultarle. Era una buena forma de liberar estrés y Cillian lo pedía a gritos con su actitud.

-Le he dado el teléfono de Gordon Archer –Soltó Audrey de sopetón, concentrándose en la comida.

-¡Joder, tía! No puedes ir por ahí dándole a la gente los números privados de otras personas.

-¿Intentando darme lecciones de moral, Cillian?

Él chasqueó la lengua. En cierta forma tenía razón, pero Percy le había dado tanta pena que no pudo contenerse.

-Está buscando a su novia. ¿No te parece romántico? Claro que él no me lo ha dicho directamente, pero yo sé que la quiere.

-No me hables del brillo de su mirada, por favor.

Audrey sonrió y suspiró teatralmente.

-¡Es tan bonito!

-No sé yo que decirte, chica. Porque será romántico, melodramático y todo lo bonito que quieras, pero si yo tuviera una novia no la perdería de vista y te aseguro que tendría su número de teléfono para llamarla cuando quisiera. No tendría que buscarla.

También era verdad. Audrey volvió a morderse los labios. Estaba obligada a darle la razón a Cillian y, sinceramente, no le hacía mucha gracia.

-Sigue siendo romántico.

-"Romeo y Julieta" también es romántico y mira cómo termina.

-Cómo si tú hubieras leído algo de Shakespeare alguna vez en tu vida.

-¡Oh, perdona! ¿Para cuándo nos vas a dar un recital, Audrey? Como tú te sabes toda su obra de memoria.

-¡Bah! Tú no entiendes de estas cosas. ¿Cuánto hace que no tienes una relación de verdad?

-Lo mismo te digo.

-Niños. Es maravilloso escucharos discutir, pero las salchichas van a enfriarse y el puré de patatas amenaza con solidificarse. ¿Podéis seguir con esto después de la cena?

Audrey, que estaba preparada para dar una respuesta hiriente al no menos hiriente comentario de Cillian, apretó los labios y comprobó que su compañero hacía lo mismo. Stan parecía tener experiencia tratando esa clase de situaciones. Nunca había comentado nada de su pasado, pero Audrey pensaba que tenía ese aire tranquilo y sabio que sólo un padre podría tener. De hecho, siempre los trataba así, regañándoles e inculcándoles un poco de disciplina. Como un padre.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

-Puedes irte, Weasley. Los profesionales ya estamos aquí.

Percy entornó los ojos ante el comentario jocoso de Nolan Fawcett. Obviamente no creía haber visto a ningún profesional de nada por allí cerca, pero sabía perfectamente que ya no podía seguir trabajando en el asunto de la alfombra voladora. Los muggles que la tiraron a la basura debieron haber actuado de noche, así que no había ningún testigo –o él no había podido encontrarlo. Además, esos mismos muggles no hablaban del asunto absolutamente con nadie, algo bastante lógico tratándose de ellos. Sabía por experiencia que la gente no-mágica prefería ignorar aquellas cosas poco comunes que les ocurrían; tal y como decía su padre, si alguien hechizaba sus llaves para que encogieran, los muggles afirmaban haberlas perdidos. Si veían una alfombra voladora, debían suponer que lo habían soñado o algo así.

Percy estrechó la mano de Nolan, traspasándole oficialmente aquel caso, y se preparó para volver al Ministerio. Era temprano aún y tendría todo el día para dedicarse a los asuntos que le estaban esperando en su despacho, pero antes tenía que ocuparse de otra cosa. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón. Fue un acto reflejo, inconsciente. Percy se aseguró de que Fawcett ya no le prestaba atención y sacó el número de teléfono de Gordon Archer. Ahora sólo tenía que encontrar una cabina telefónica y todo sería pan comido.

Miró a la izquierda y a la derecha y se encontró con una calle casi desierta. Un par de hombres mayores se metieron en el pub de la esquina y un grupo de mujeres charlaba en la puerta de uno de los bloques de apartamentos. Algunos rostros le resultaron vagamente familiares, algo normal después de pasar dos días dando vueltas por allí, pero la mayoría de ellos no le decían absolutamente nada. Percy sabía que, posiblemente, no volvería a verlos jamás.

-Esto está comenzando a convertirse en una extraña costumbre.

Obviamente, la cara de aquella chica tardaría un poco más de tiempo en borrarse. Audrey Ramsey le sonreía con alegre amabilidad, sin la sorpresa de días anteriores.

-Supongo que sí.

-No te haré perder mucho tiempo. Tengo que trabajar, ya sabes.

Percy inclinó la cabeza educadamente y le sonrió. A pesar de lo dicho, Audrey se quedó para junto a él. Costaba bastante reconocer en ella a la chica rubia fastuosamente vestida de su primer encuentro. Esa mañana llevaba un pantalón y un abrigo evidentemente muggles, tenía el pelo oscuro caóticamente recogido y, eso sí, llevaba zapatos de tacón. A Percy le pareció que demasiado altos para ir a trabajar. Trabajara donde ella trabajara.

-Sé que no es asunto mío pero. ¿Te has mudado al barrio?

Percy entornó los ojos un instante. No sabía que le parecía más extraño: si la pregunta o el hecho de que acababa de darse cuenta de que ella siempre le tuteaba. Ambas cosas podían delatar una falta de modales absoluta, pero curiosamente no le importó.

-En realidad estoy aquí por trabajo, pero ya he finalizado mis funciones.

-¡Oh! Eso significa que no volveremos a encontrarnos. ¿Verdad?

-Yo diría que no.

El leve gesto de decepción no le pasó desapercibido a Percy. Vio a Audrey morderse en labio inferior y agitarse un poco sobre sus pies. Después, recuperó la sonrisa en toda su amplitud y se metió las manos en el bolsillo del abrigo.

-Es una lástima.

-¿Lo es?

Audrey alzó una ceja. Percy juraría que incluso le guiñó un ojo. Después, ella se encogió de hombros y se dio media vuelta. Percy la observó mientras se alejaba calle abajo y se preguntó si era posible que esa chica hubiera estado flirteando con él. Porque eso no era posible. ¿Verdad?

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Audrey no dejaba de preguntarse cómo era posible que hubiera dicho una tontería como aquella. Aunque no había sido su intención, aquel "Es una lástima" había sonado a ligoteo. Y ella podía querer muchas cosas en su vida en ese momento, pero tener un ligue no era una de ellas. Estaba bastante harta de los hombres después de David. De hecho, sólo se creía con fuerzas para soportar a Stan y, siendo muy generosa y paciente, a Cillian.

De todas formas, sí que era una pena que Weasley fuera a desaparecer de su vida para siempre. No sentía ninguna clase de atracción por él, pero le parecía un chico misterioso. Era evidente que no había llegado a su vida de una forma precisamente normal y le gustaba dedicar su tiempo libre a pensar en los motivos que podría tener el Señor Destino para hacer que se conocieran. Eran estupideces, Audrey lo sabía perfectamente, pero necesitaba abstraerse y olvidarse de las cosas reales que ocurrían en su vida. Porque, francamente, las cosas reales eran una mierda total.

Más aún en el turno de tarde.

Le gustaba el hospital por la mañana. La gente iba a las consultas, a visitar a sus familiares y los pasillos solían mostrar cierto bullicio que agradaba a Audrey. No era un bullicio alegre, pero era mejor que el ambiente más sombrío de las tardes, cuando la mayoría de los visitantes querían ver a pacientes que realmente estaban muy enfermos. Como Sadie.

Audrey sabía muchas cosas de esa chica. Sabía que tenía veintiún años, que había estado estudiando leyes en Oxford y que enfermó durante una excursión al campo, durante las vacaciones de Pascua. Sabía que fue su novio quién se la encontró tirada al lado de un arroyo, con la vista perdida y medio congelada por un frío que sólo ella podía sentir. Audrey sabía que tenía un padre silencioso, una madre luchadora y dos hermanos menores que cada vez la visitaban menos. Audrey sabía que ella y su novio habían planeado casarse y que él le había devuelto una especie de anillo de compromiso tres semanas antes, cuando comprendió que no se recuperaría y decidió seguir viviendo sin su compañía.

Audrey sabía que no había esperanza para ella y, sin embargo, no dejaba de cuidarla como si Sadie fuera a levantarse de un momento a otro.

A pesar de que era muy posible que Helen se hubiera encargado de limpiarla y alimentarla aquella mañana, en cuanto Audrey tuvo un rato libre fue a visitarla. Le estaba dando un poco de leche cuando David entró en la habitación.

No estaba allí por Sadie, eso era obvio. David era pediatra y Sadie dejó de ser una niña mucho tiempo antes. Audrey lo miró de reojo y se puso a la defensiva en el acto. Le pareció que David suspiraba antes de verlo acercarse a la cama y colocar la mano en la frente de la paciente.

-Sabía que estarías aquí.

-¿Qué quieres, David?

-¿No puedes concederte un respiro?

Ella cerró los ojos un instante, se puso en pie y recogió la comida de Sadie. Pensaba marcharse sin decir nada más, pero David la asió suavemente por el hombro. Sólo fue un instante, pues ella se removió con una furia considerable, pero bastó para detener su huida.

-Quiero hablar de trabajo –Audrey apretó los dientes y no le dijo nada- Esta tarde tengo una operación y he pensado que te gustaría asistir.

-Eso es irregular. Yo no estoy en tu equipo de trabajo.

-Mildred está enferma. Puedes sustituirla.

Audrey chasqueó la lengua. Se moría de ganas por tener una oportunidad como aquella, pero ya había rechazado la ayuda de David cuando estaban juntos. Ahora era totalmente improcedente.

-No quiero que me ayudes, David. Quiero que me dejes en paz o tendré que poner una queja contra ti.

Lo vio apretar los puños y resoplar, algo que sólo ocurría cuando se enfadada de verdad. Aún así, Audrey no temió una explosión de furia. David hacía gala de un gran autocontrol. Tenía demasiada experiencia como para no haber aprendido de sus errores.

-No es necesario que me amenaces, pero si insistes en hacerlo…

Audrey alzó la barbilla, dispuesta a enfrentar a cualquier cosa que él quisiera decirle. Sin embargo, David se arrepintió en el último momento.

-Esto no tiene por qué terminar así, Audrey.

-Yo creo que sí.

-Eres muy terca.

Audrey esbozó una sonrisa irónica, ayudó a Sadie a recostarse y le cubrió las piernas con una manta.

-He hablado con un amigo de Glasgow. En su hospital tienen dos pacientes con los mismos síntomas que Sadie. Y sabe de al menos otra docena de enfermos repartidos por todo el país.

Audrey se mordió el labio. Sabía perfectamente que aquello era una nueva forma de congraciarse con ella, pero decidió no discutir. Quería saber más cosas de Sadie, descubrir qué le ocurría para poder ayudarla.

-¿Sabe algo más de la enfermedad?

-Creen que puede ser algo bacteriológico. Lo más posible es que hayan sufrido algún ataque contra el sistema neurológico, aunque son simples conjeturas. De momento no han encontrado ningún agente extraño en los organismos de los pacientes. Que, por cierto, presentan perfiles tan distintos entre sí que es prácticamente imposible encontrar un nexo en común.

Audrey cabeceó y se golpeó la barbilla con el dedo índice. Miró a Sadie de soslayo, lamentando que la Medicina aún no fuera capaz de poner fin al mal que la asolaba.

-Podrías hablar con el doctor Doyle para que se ponga en contacto con tu amigo. Podrían intercambiar información. Trabajar juntos.

David se encogió de hombros. En realidad ya le había comentado algo a Doyle, pero el hombre estaba tan absorto en sus tareas directivas que apenas le había escuchado.

-Lo intentaré.

Audrey hizo un movimiento seco con la cabeza y pasó frente a él para marcharse. David no le detuvo en esa ocasión y ella casi se lo agradeció.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Utilizar una cabina de teléfono no era tan difícil si seguías las instrucciones del libro. Percy, que había obtenido unas cien libras muggles para iniciar la búsqueda de Penny, no tardó más que media hora en dar con una reluciente y enrojecida cabina. No se había molestado en ocultar una sonrisa mientras se introducía en su interior, descolgaba el auricular y, tal y como esperaba, escuchaba el característico pitido que indicaba que todo estaba bien.

Durante un par de agónicos segundos, Percy temió que no fuera a ser capaz de hacerlo, pero después de introducir el dinero por la ranura adecuada –siempre según el libro- presionó con alegría los botoncitos numerados. Sabía que después de aquello debería oírse un nuevo pitido, intermitente esa vez, y que después Gordon Archer le contestaría, pero eso no ocurrió. Ni siquiera escuchaba el pitido intermitente.

Percy entornó los ojos y se dio cuenta de que las monedas no habían encontrado correctamente por la rendija. Las apretó hacia dentro, descubriendo que no se deslizaban hacia el interior de esa maldita caja asquerosa y suspiró frustrado, preguntándose por qué demonios tenían que estar tan desactualizados los libros de Hogwarts.

Si aquello no le salía bien, se aseguraría de promulgar una ley para asegurarse de que Estudios Muggles sirviera para algo. ¡Qué demonios! Lo haría aunque lograra hablar con Gordon Archer.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Cillian se colocó la gorra, asegurándose de que la visera le protegiera los ojos, y abrió el paraguas. La lluvia no era ninguna cosa rara en Londres, pero Cillian no se había podido acostumbrar a ella. La odiaba. Siempre se había prometido así mismo que algún día, en cuanto le fuera económicamente posible, se marcharía a vivir a algún país soleado y caluroso en el que no lloviera jamás.

Pero estaba en Londres y eso significaba acelerar el paso si no quería llegar al trabajo con los bajos de los pantalones empapados de agua. La parada del metro estaba un par de calles más abajo y él, que estaba más que acostumbrado a correr, esquivó a unas cuantas personas con una presteza digna de admiración. Hubiera conseguido llegar al metro en un tiempo récord si no hubiera visto a ese hombre dándole golpecitos al teléfono de una cabina.

Pensó en Audrey de forma inmediata y en todas las tonterías que solía decir, todas ellas relacionada con los fantasmas, los extraterrestres y el destino. Realmente sí que le parecía que era un poco raro que hubiera tantos encuentros fortuitos entre dos personas, más aún teniendo en cuenta que vivían en un país bastante grande, pero no pensaba darle alas a Audrey ni borracho. Quizá hubiera sido más fácil seguir con su camino y olvidarse de ese hombre, pero una fuerza desconocida para él le impulsó a golpear el cristal de la cabina.

Tenía ganas de ayudar a alguien. Quería creer que hacía eso sólo por Audrey. No conocía los motivos para ello, pero sabía, quería saber, que esa era la realidad.

-¿Algún problema, amigo?

Percy se sobresaltó un poco. No había esperado que nadie interrumpiera sus infructuosos intentos para llamar por teléfono. Cuando giró la cabeza y miró a ese hombre, no logró reconocerlo. Su cara le sonaba muchísimo, quizá porque el tipo aquel tenía una pinta bastante corriente. Lo único medianamente destacable en él era su altura.

Cillian entornó los ojos al ver que estaba intentando meter las monedas por la obertura destinada a las tarjetas telefónicas. Dudaba muchísimo que existiera una sola persona en el mundo que no fuera capaz de utilizar correctamente una cabina y se convenció de que ese hombre era raro, no sus encuentros fortuitos con Audrey.

-No. Está todo bien. Gracias.

Cillian miró las monedas (algunas de ellas estaban desparramadas por el suelo) y se encogió de hombros. Él lo había intentado, no tenía nada más que hacer allí. Aunque, tal vez pudiera echarle un cable después de todo.

-Es el otro agujero –Le dijo, señalando con la mano.

Percy arrugó la nariz, miró las monedas que tenía en la mano y el teléfono. Después, quiso hacerle algún gesto de agradecimiento a ese hombre, pero ya se alejaba calle abajo. Suspirando, recuperó el dinero muggles y, en esa ocasión sí, logró hacer su llamada.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Audrey y Cillian regresaron prácticamente a la misma hora, poco después de que empezara a amanecer. Stan les había preparado un jugoso desayuno y estaba por ahí, limpiando el piso. Era un hombre que no trabajaba –ni parecía tener interés por hacerlo- y que por lo tanto no les pagaba alquiler y, sin embargo, su presencia era útil. Era como tener un mayordomo. Un buen mayordomo que trabajaba a cambio de techo y comida. Cillian encontraba la situación divertida. Audrey había sugerido con cierta delicadeza que Stan debía hacer otras cosas a parte de estar constantemente encerrado.

De todas formas, la joven se olvidó del tema mientras devoraba unas tostadas y se bebía un tazón de café. Frente a ella, Cillian comía con la misma voracidad y Stan sólo los observaba. Sonreía como si se sintiera orgulloso de ellos y quisiera achucharlos como a dos críos. Era un poco perturbador.

-Sé que no debería decirte esto –Dijo Cillian, tragándose un bocado de manzana acompañado de zumo- Pero el Señor Destino ha hecho que tu media naranja se cruce en mi camino.

Audrey masculló algo muy parecido a un "¿Qué estás diciendo?" y le brindó toda su atención.

-Ayer, cuando iba al metro, me encontré a Weasley en la calle. Intentaba utilizar un teléfono público. Sin demasiado éxito, he de añadir.

-¿Qué?

-Que ese chico especial, o lo que tú creas que es, es muy raro. Mira que no saber por dónde se meten las monedas…

-¿Sólo por eso te parece raro? Hay mucha gente que no ha utilizado una cabina jamás.

-Ya. Lo que tú digas. Pero para mí que ese tipo ha pasado su vida en otro mundo. Ya lo verás.

-¿Ahora eres tú el que habla de extraterrestres?

-O de universos paralelos. Vete tú a saber.

Audrey soltó una risita. Cillian agitó la cabeza y rió a su vez. Iba a añadir algo más cuando llamaron a la puerta. Era un poco raro, puesto que no recibían muchas visitas, menos aún a esas horas. Stan fue el encargado de atender al recién llegado.

Era uno de esos empleados de las compañías eléctricas. Vestía un uniforme azul y llevaba una pesada caja de herramientas en una mano. Se presentó con una frase concisa y educada y barrió el apartamento con una mirada inquisitiva. Cillian se limpió con una servilleta y fue a recibirlo, extrañado por su presencia.

-El casero no nos dijo nada de una inspección.

-Creo que ya vino un compañero suyo hace tres o cuatro meses –Añadió Audrey, levantándose a su vez- Fue en verano.

-Yo sólo cumplo con mi trabajo –Les mostró una ficha rellenada con letra pulcra y elegante y dejó la caja de herramientas en el suelo- Me han dicho que tengo que revisar todos los apartamentos de esta zona y eso es lo que hago.

Cillian se encogió de hombros y se hizo a un lado, esperando a que el hombre aquel fuera a echarle un vistazo a los fusibles o algo. Audrey, que se abrazaba a sí misma y parecía realmente expectante, lo miró con extrañeza. El visitante no parecía tener mucha idea de lo que estaba haciendo, porque sólo miraba a su alrededor y afirmaba de vez en cuando con la cabeza.

-¡Oh! Aquí estáis.

Audrey parpadeó. Estaba sentada frente a Cillian y no recordaba haberse comido sus tostadas. Miró a su alrededor y comprendió que sus compañeros parecían tan confundidos como ella. No sabía con exactitud que había pasado, pero después de hacer un par de comentarios sobre Weasley –algo que se estaba empezando a convertir en una costumbre- había tenido una especie de flash. No sabía qué era, pero tenía la sensación de que le faltaba algo.

-Creo que me voy a dormir un rato –Cillian apoyó ambas manos en la mesa y echó un vistazo al apartamento, fijando la mirada en algún punto junto a la tele. Era como si él también intentara recordar algo y no fuera capaz de hacerlo. Entonces, miró a Stan y chasqueó la lengua- No sé qué le has puesto al desayuno, pero esto es… Raro.

Escupió la palabra con el viejo aire insolente que tuvo en su adolescencia. Audrey afirmó efusivamente con la cabeza y Stan no se molestó por el comentario. De hecho, él también estaba experimentando esa sensación de absoluto desconcierto.

-Quizá había algo en mal estado.

Cillian se encogió de hombros y se encerró en su habitación. Sólo entonces Audrey se dio cuenta de lo cansada que estaba y se dispuso a acostarse hasta el mediodía. Si tenía suerte, hasta un poquito más tarde.

Stan los vio desaparecer y luego sólo pudo pensar en que Cillian estaba perdiendo facultades. Su próxima Noche del Misterio se acercaba y aún no había comprado la famosa alfombra que tanta falta parecía hacerle.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Percy estampó su firma en un nuevo pergamino y suspiró de frustración. Le estaba siendo bastante difícil concentrarse en su trabajo y todo por culpa de Gordon Archer. Él, que tan solo unas horas antes había estado absolutamente emocionado ante la perspectiva de encontrar a Penny, no tenía nada.

Al parecer, Archer había adquirido la casa a través de una inmobiliaria, una empresa dedicada expresamente a la compra, venta y alquiler de viviendas, solares, locales comerciales y cosas así. Archer sólo sabía que le había atendido un chico joven llamado Chris y que no le habían dado ninguna información sobre los antiguos dueños. Afirmaba que le habían hecho un buen precio y que se sentía bastante satisfecho, pero no sabía por qué habían vendido la casa ni adónde fueron después de hacerlo. Así pues, Percy estaba en un callejón sin salida y su trabajo se estaba resintiendo.

Un poco.

Miró el reloj. Eran casi las siete de la tarde y debería haberse ido a casa una hora antes. Normalmente, cuando Percy se quedaba en la oficina hasta tarde era para adelantar trabajo, pero ese día estaba muy distraído. La verdad era que no le apetecía volver a La Madriguera para que alguien notara que estaba raro y empezaran a hacerle preguntas tontas. Estaba demasiado enfadado para soportar algo así.

La verdad era que no tenía verdaderos motivos para estar tan cabreado. Le había salido todo mal, cierto, pero quizá fue la inevitabilidad del destino la que le llevó a encontrarse en una tesitura como aquella. En cualquier caso, su familia no era responsable de nada y Percy no quería que formaran parte de toda esa impotencia acumulada.

Plegó el pergamino con sumo cuidado y lo levitó hasta un archivador ubicado al otro lado del despacho. Las ventanas mágicamente encantadas mostraban una noche lluviosa y con pinta de ser bastante fría. Percy observó la lluvia durante unos minutos y, cuando se disponía a marcharse para tomarse algo por ahí, llamaron a la puerta. Nolan Fawcett asomó la cabeza un instante después.

-Suponía que seguirías aquí. ¿Puedo entrar?

Percy le hizo un gesto para invitarlo a pasar y dejó que se sentara frente a él. Fawcett tenía aspecto de querer irse lo antes posible.

-Te traigo buenas noticias. Hemos encontrado a los muggles que compraron la alfombra voladora.

-¡Oh, vaya! Enhorabuena.

La verdad era que le molestó un poco que Nolan consiguiera en unas pocas horas lo que él no había podido hacer en dos días, pero se esforzó para que no se le notara. La verdad era que los aurores tenían métodos más efectivos para dar con la verdad que los simples empleados ministeriales.

-Una chica y un par de hombres. Uno de ellos ni siquiera fue testigo de las capacidades especiales de la alfombra, pero los otros dos sí que la vieron volar. Y la bajaron al suelo a escobazo limpio.

Nolan torció el gesto como si aquello le pareciera muy divertido y toqueteó uno de los pisapapeles de Percy. Eso tampoco fue de su agrado, pero se limitó a lanzarle una mirada de advertencia que el otro ignoró por completo.

-Les he borrado la memoria y los he dejado en su casa como si nada hubiera ocurrido. Ha sido un procedimiento totalmente rutinario y no hemos tenido ningún problema. Sólo quería que lo supieras. De todas formas, te pasaré el informe a primera hora para que puedas cumplimentar correctamente el expediente.

-Me parece bien.

Nolan se levantó y se dirigió a la salida tan rápido como había llegado. Percy quiso preguntarle por la identidad de aquellos muggles, por si lograba recordar a alguno de ellos, pero no lo hizo. Tampoco era algo demasiado importante.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Hola a todos

En el próximo capítulo se producirá el encuentro definitivo entre Percy y Audrey. No diré como será, por supuesto, para averiguarlo habrá que leer un poco más. Si es que tenéis paciencia, claro.

En este capítulo, aparte de cerrarle las puertas a Percy para encontrar a Penny, he introducido un par de líneas argumentales que serán más o menos importantes. Una de ellas es la de Sadie. No es que me vaya a centrar específicamente en lo que le pasa, por qué le pasa y todo eso, pero será importante para el futuro de Audrey y Percy. De la misma forma que lo serán algunas cosas que le pasaron a Stan en el pasado. La cuestión es que en el fic quiero plantear cómo pueden afectar los conflictos del mundo mágico al mundo muggle. Espero poder conseguirlo.

Nada más por mi parte. Siento haber tardado una semana en actualizar, pero es que me he sentido como Enjuto Mojamuto en el peor día de su vida. Para los que no veáis Muchachada Nui, decir que se me ha jodido el rúter y que los listos de Telefónica han tardado un montón de tiempo en saber lo que le pasaba. A veces, dudo que realmente lo hayan averiguado.

Por cierto, si queréis conocer a Enjuto, en Youtube hay un montón de videos suyos que no tienen despercidio.

Gracias por leer. Con suerte, mañana o pasado cuelgue el siguiente capítulo. Ya veré.

Besos

Cris Snape