Día 35

Acababa de soñar con el orfanato, con los días que habían sido en verdad días en lugar de noches, y que ahora veía tan lejanos. Por el cantar de los pájaros, calculó que faltaban pocas horas para el amanecer. Hacía casi veinticuatro horas que se había refugiado en el sofá, más que nada revolviéndose entre las mantas y rememorando sucesos desagradables, así que agradecía que durante el poco tiempo en que se había quedado dormido su mente le hubiese regalado un sueño agradable. Se dio vuelta para chequear los números del reloj electrónico: las 4:43 de la madrugada. Mello se había levantado e ido como de costumbre. Si lo del día anterior le había afectado de alguna manera, nunca lo demostró.

Matt sintió la boca seca y una molesta necesidad de nicotina. No tenía fuerzas ni para ir al baño, por lo que tampoco se había movido para alcanzar la cajetilla de cigarrillos que yacía sobre la mesa. Sin embargo, alentado por un tercer factor (un horrendo dolor de espalda), se obligó a abandonar el sofá y desperezarse. Inmediatamente se volvió a sentar y observó el departamento con apatía: un sofá, una cama, una mesa, dos sillas, una ventana, un mueble lleno hasta reventar, un baño minúsculo, una cocina aún más minúscula. Y Mello no estaba en ninguna parte. ¿Regresaría? Una parte de Matt deseaba que nunca lo hiciera, así no tendría que enfrentarlo, volver a mirarlo a los ojos… Pero ¿qué haría él sin Mello? Al fin y al cabo, lo había abandonado todo.

Como si hubiese sido capaz de invocarlo con el pensamiento, oyó pasos en el pasillo y el sonido de la llave al meterse dentro de la cerradura. Tuvo el impulso de arrojarse sobre el sofá y fingir que dormía, pero su cerebro somnoliento volvió a traicionarlo y lo hizo ponerse de pie.

Detrás de la puerta apareció el cabello claro y prolijo, la ropa oscura, las botas acordonadas, la piel…

El corazón de Matt dio un vuelco como si le hubiesen asestado una bala en medio del pecho. Cayó en la cuenta de que era demasiado temprano aún para que el rubio regresara, y acababa de notar su mirada perdida y los movimientos rígidos que realizaba.

Olvidando los remordimientos que hasta ese momento lo habían torturado, Matt corrió hasta él e intentó hacerle levantar el rostro para observar el moretón que se le había formado alrededor del ojo.

—Voy a matarlo —declaró—. Dime dónde está, ¡voy a matarlo ahora mismo!

Mello se interpuso entre él y el agujero de la puerta cuando pretendió atravesarlo.

—Tranquilízate —le ordenó casi en un susurro.

—¡Déjame! ¡Te dije que voy a matar al que te hizo esto, y lo haré!

—¡No harás nada!

En el momento en que el rubio lo tomó del brazo para obligarlo a entrar nuevamente al departamento, Matt descubrió que la manga de su camiseta se teñía de rojo por los restos de sangre que manchaban la mano de Mello. Antes de que pudiera preguntarle o decirle nada al respecto, sus dudas fueron despejadas con tres simples palabras:

—Yo lo maté.

Matt cerró rápidamente la puerta y retrocedió tres pasos.

—¿Que hiciste qué?

Su voz se había convertido en un murmullo. El departamento de pronto se sentía más pequeño y asfixiante; claustrofóbico.

—Yo lo maté. Hice lo que me pidieron. Hice lo necesario para entrar…

El pelirrojo parpadeó, confuso.

—Espera, espera. ¿Para entrar en dónde?

—A la mafia. —Mello lo miró a los ojos por primera vez desde que llegó. Los suyos eran unos ojos oscuros, profundos—. Eso era lo que intentaba hacer. Todo esto era para entrar a la mafia. Lamento no haberte dicho nada al respecto, pero no podía involucrarte.

Por primera vez en su vida, Matt se vio a sí mismo como una persona terrible. Un monstruo desagradable que se reducía lentamente a una masa viscosa y se derramaba por todo el piso del apartamento. Así se sentía al enterarse de que su compañero le había ocultado parte de la verdad para protegerlo. ¿O no era eso lo que acababa de decirle? Sí, definitivamente no había sido el único en pensar que ellos dos solos no iban a poder rivalizar con Near ni acercarse a Kira. Y unirse a la mafia coincidía tanto con el estilo de Mello que no entendía cómo no había sospechado antes.

El rubio avanzó hasta sentarse en una de las sillas y comenzó a mordisquear una tableta de chocolate.

—El dinero que me dejaste ayer sirvió para terminar de pagar el préstamo. Eso casualmente coincidió con el día en que debía eliminar a este sujeto, por lo que se puede decir que ya estoy dentro. Ahora las cosas pueden ponerse realmente peligrosas… Lo mejor será que siga por mi cuenta.

—¿Cómo dices? —le preguntó, inseguro de lo que acababa de oír.

—Esto es solo un pequeño paso dentro de mi plan, un simple experimento. Una vez que haya entendido el funcionamiento de la mafia de aquí, escalaré más alto e iré a Los Ángeles.

Mello no parecía haber oído su pregunta, o al menos fingía no haberlo hecho. Matt no insistió, deseoso de que hubiese sido un dicho sin importancia. Sabía que a veces le sentaba bien el autoengaño. Se negaba a pensar en la posibilidad de que él mismo se tratara de "un pequeño paso" dentro de aquel plan.

Mientras oía caer el agua de la ducha, Matt se hundió nuevamente en el colchón viejo del sofá. Sospechaba que le llevaría un buen rato conciliar el sueño, si es que llegaba a lograrlo, pero no tenía ganas de hacer otra cosa. Con la intención de distraerse y de calmar su ansiedad, encendió el primer cigarrillo del día. Sin embargo, no logró fumar ni la mitad, pues en el momento en que estaba dándole una larga calada, alguien se lo arrancó de los labios. Abrió los ojos, sorprendido, y vio cómo Mello sostenía su cigarrillo entre los dedos pulgar e índice, y luego lo estrellaba contra la mesa para apagarlo.

—Lo siento, olvidé abrir la venta…

Su disculpa fue interrumpida por los labios de Mello atrapando los suyos; un acto tan complejo y tan inesperado que hizo que Matt diera un respingo y abriera grandes los ojos. Pronto la boca ajena se abrió y dio paso a la calidez de su interior y a la humedad de su lengua. El pelirrojo sintió entonces que ya no había necesidad de estar tenso, por lo que respondió al beso con soltura. Al notar la barra de chocolate sostenida por una de las manos del rubio, comprendió a qué se debía aquel sabor mezclado con el de su saliva. Cigarrillo amargo; chocolate dulce. ¿Era esa una combinación posible? Matt pensó que no sabía nada mal.

Sin embargo, cuando notó que Mello abandonaba su boca para escurrirse en dirección a su pecho, y más abajo, algo hizo clic en su mente y le hizo entender lo que iba a suceder.

—Yo… lamento lo que pasó ayer —se apresuró a decir, temiendo perder el valor si esperaba más tiempo.

—Shh —fue toda la respuesta que recibió, acompañada de la caricia de un dedo sobre sus labios.

De pronto Matt se sentía confuso e incómodo. Los recuerdos de la noche anterior aún lo atormentaban. Había barajado la posibilidad de que Mello nunca regresara, o que dejara de dirigirle la palabra, o que mínimamente le reprochara al respecto. ¿Acaso estaba jugando con él? Sus sentidos, sus pensamientos y sentimientos se convirtieron en una maraña gigantesca y pesada que se alojó en medio de su pecho. Sin saber de qué otra manera manejar la situación, hizo a Mello a un lado y saltó del sofá (lo suficientemente cuidadoso como para no arrojarlo al suelo, pero lo suficientemente rápido como para no darle tiempo a cuestionar nada). El único refugio que concibió dentro del minúsculo monoambiente que rentaban fue el baño, por lo que se dirigió hacia allí, trabó la puerta y se sentó acurrucado sobre la tapa del inodoro con ambas manos alrededor de la cabeza.

—¿Matt?

Silencio.

Consideró que no se atrevería a responder ni en un millón de años.

—Oh, púdrete.

—¡Cállate!

Quizás estuviese dispuesto a pudrirse allí dentro. Apretó más los dedos sobre su cuero cabelludo y parpadeó, vaticinando el llanto. Pero las lágrimas no llegaban.

Entornó levemente los párpados y se preguntó, en un intento de distraerse (o de torturarse), qué estaría haciendo en ese mismo momento si no se hubiese marchado del orfanato. Quizás dormiría. O más probablemente se estuviese pasando la noche en vela, obsesionado con terminar alguno de sus videojuegos. Entonces Mello, no conforme con que hubiese silenciado su consola, le habría arrojado una almohada quejándose de que la luz o el ruido de las teclas o el mero sonido de su respiración no lo dejaba dormir.

Qué tonto. Acababa de recordar que, por más de que él se hubiese quedado en Wammy's House, eso no significaba que Mello hubiese hecho lo mismo. La cama vecina estaría vacía, u ocupada por algún niño estúpido que no se atrevería a protestar por sus desvelos. Él estaría solo.

—Mello…

Con simplemente pronunciar aquel nombre, Matt lo comprendió todo. Comprendió que lo único más doloroso que enfrentarse a su único amigo sería separarse de él. Se puso de pie, apretando los puños y los labios, y abrió la puerta con tanta fuerza que produjo una correntada de aire. Mello se encontraba de pie frente a la ventana abierta, mordisqueando una tableta de chocolate, observando la calle oscura con expresión taciturna. Apenas lo vio salir del baño, se giró hacia él y abrió la boca como si le fuera a decir algo desagradable, pero Matt lo silenció con un beso mientras lo acorralaba contra la pared. El rubio se mostró confuso en un primer momento, pero enseguida respondió introduciendo la lengua dentro de su boca. El beso fue torpe y vehemente, como si ambos hubiesen estado esperando aquello durante demasiado tiempo. La urgencia se adueñó de sus cuerpos y de sus movimientos.

—Sí… Sí, Matt… —susurró Mello apenas el pelirrojo se separó un poco para besarle el cuello y la clavícula.

Oír su nombre pronunciado por aquella voz tan familiar pero en ese tono hizo que todo su cuerpo vibrara de excitación. Deseoso de mayor contacto, introdujo sus manos por debajo de la camiseta negra y las deslizó por la piel tibia de su abdomen, por su pecho, y finalmente las alojó en su espalda para apretarlo contra sí mientras volvía a hundir la lengua en su boca. Pero no pudo mantener sus manos quietas por demasiado tiempo: como si hubiesen cobrado vida propia, se dio cuenta de que estas comenzaban a tironear de aquella camiseta que de pronto le parecía tan inoportuna. Mello no se mostró para nada molesto con la idea. Por el contrario, levantó los brazos por encima de la cabeza y dejó que se la quitara. Su torso quedó entonces descubierto, un torso lampiño que había visto en muchas otras ocasiones pero que ahora le provocaba sensaciones antes desconocidas.

Mello torció una sonrisa, probablemente divertido por sus reacciones. Su respiración se había vuelto pesada y sus ojos azules tenían un brillo especial. Sin decir nada, empujó a Matt un poco hacia atrás y se arrodilló en el suelo sin dejar de mirarlo a los ojos. Su sonrisa se intensificó en cuanto comenzó a desabrochar el cinto y los botones del jean. Las suyas eran sonrisas a veces perturbadoras, pero en ese momento Matt sintió que le hacía hervir la sangre.

Aún en silencio, observó y sintió cómo el rubio le bajaba los pantalones e introducía la mano en sus bóxers para acariciarlo. Matt se mordió el labio inferior, sin dejar de mirarlo, adivinando que el rostro se le acaloraba y sus mejillas enrojecían. Pretendía demostrar que podía tener el control de la situación; sin embargo, en cuanto la lengua de Mello se deslizó a lo largo de su miembro, un gemido se escapó de su garganta.

Era bueno en eso.

Por un momento se le cruzó por la mente el motivo por el cual su compañero tenía tanta habilidad dando sexo oral, pero inmediatamente agitó la cabeza hacia los lados para no arruinar el momento.

—¿Te gusta, Matt? —le preguntó Mello, quien quizás hubiese tomado el repentino movimiento como una señal de impaciencia, pues lo siguiente que hizo fue introducirse todo el miembro en la boca cálida y húmeda.

El pelirrojo emitió otro gemido aún más audible y extenso que el anterior mientras doblaba la espalda hacia adelante y se aferraba con fuerza de los hombros del otro. No respondió la pregunta, pero Mello pareció satisfecho con su reacción y continuó con su tarea, lamiendo y moviendo la cabeza hacia adelante y hacia atrás.

Ahora sí era el paraíso. Un paraíso hecho de labios, de saliva cálida, de melena rubia haciéndole cosquillas en el abdomen, de aquella sensación de calor que nacía en su entrepierna y se expandía por todo su cuerpo. Y Mello habitaba allí. Era una deidad misteriosa e incomprendida, pero irresistible; era todos los videojuegos del mundo; era el cáncer y el placer del tabaco.

De pronto, Mello se detuvo para volver a ponerse de pie. Lo tomó de la mano y lo guió hacia el centro de la habitación. Matt se demoró un momento en terminar de quitarse los pantalones, y el otro lo imitó con prisa antes de arrojarlo sobre el sofá. Antes de echarse él también, fue a buscar su bolso y de allí extrajo una caja de condones. Sacó uno, lo abrió y desenrolló el látex lubricado sobre la erección palpitante de Matt. Luego tomó una de las manos del pelirrojo y le lamió los dedos, los cuales a continuación guió hacia su trasero. Matt introdujo un dedo y lo movió lentamente durante unos instantes; luego introdujo otro, y se deleitó tras oír el primer gemido de su compañero. Este comenzó a temblar levemente mientras su respiración se volvía más agitada y pesada.

—Estoy listo… —le susurró, provocándole un estremecimiento.

Lo siguiente que hizo fue alejar la mano de Matt y sentarse lentamente sobre él para penetrarse. El pelirrojo observó cómo su miembro desaparecía dentro de aquel cuerpo deseado, y luego echó la cabeza hacia atrás, apretando los dientes y ahogando un gemido mientras Mello comenzaba a moverse hacia arriba y abajo.

—Ah… ¡Matt! —jadeó el rubio al tiempo que inclinaba la espalda y aumentaba la velocidad de sus movimientos.

Matt sintió que no aguantaría mucho más. Entonces clavó las puntas de los dedos en la cintura de su compañero y levantó la cadera para buscar mayor fricción, cosa que pareció gustarle a Mello pues sus labios se separaron más y sus gemidos se hicieron más fuertes.

—Mello, voy a… —intentó advertirle, pero la frase fue interrumpida por un beso repentino y feroz.

Ambos ahogaron sus jadeos en la boca del otro, hasta que Matt experimentó un calor abrasador en su bajo vientre y, sin poder evitarlo, alcanzó el orgasmo.

Durante algunos minutos, los dos adolescentes permanecieron inmóviles, uno sobre otro, respirando agitados mientras intentaban recuperar el aliento. Mello había apoyado la cabeza sobre el pecho de Matt, y no parecía incómodo con que este se expandiera y contrajera indefinidamente.

El pelirrojo juntó los párpados, disfrutando el momento y sintiendo cómo su ritmo cardíaco volvía a la normalidad. Todo su cuerpo se encontraba distendido y liviano, como si pesara treinta kilos menos. Apenas se dio cuenta cuando Mello se incorporó para quitarle el condón, y luego…

—Ey, ¿qué haces? No… —protestó, dando un respingo, al sentir una intrusión dentro de su cuerpo.

—Me lo debes —le respondió, mitad en tono de broma y mitad de reproche, antes de introducir su dedo mayor completamente.

Matt no supo decir si se refería a lo que acababa de ocurrir o al incidente de la noche anterior, por lo que se encogió de hombros, derrotado.

—Pero me va a doler. Yo nunca…

—No si yo te lo hago —sonrió con altivez—. Tú solo relájate.

El pelirrojo obedeció, inseguro y temeroso, volviendo a echar la cabeza sobre la superficie mullida del sofá y perdiendo la mirada en las manchas de humedad del techo. En realidad, él no contaba con mucha experiencia en asuntos sexuales (al menos no en practicarlo), por lo que la dosis de nerviosismo se duplicaba.

—Ugh, Mello… No creo que esto sea buena idea —insistió cuando el rubio logró meter el tercer dedo.

No era dolor lo que experimentaba, sino una sensación extraña, quizás incómoda (además del miedo).

—Cambia esa cara, idiota. No te va a pasar nada. Bueno, sí… Pero te va a gustar.

"Delicadeza" no era exactamente una palabra que describiera a Mello como amante. Bueno, si lo pensaba bien, no era algo que lo describiera en absoluto, y a Matt eso le parecía bien. Luego de decir aquello, Mello se puso un condón y lo hizo darse la vuelta y colocarse en cuatro patas para hacerlo con mayor comodidad. Matt cerró los ojos con fuerza, se mordió el labio inferior y respiró profundamente, recordando que debía relajarse.

—Eres un ridículo. Ni que fuera a apuñalarte o a arrancarte algún órgano —se mofó el rubio justo antes de comenzar a penetrarlo.

Matt clavó las uñas en el cuero del apoyabrazos y sintió cómo un sudor frío le cubría la piel. La sensación seguía siendo incómoda y extraña, pero era a su vez excitante. A medida que las embestidas de su compañero se fueron haciendo más rápidas y profundas, cada vez menos cuidadosas, sus gemidos también se intensificaron, y no tardó en darse cuenta de que lo estaba disfrutando con locura. Ser penetrado era cien veces diferente a penetrar, pero se sentía increíblemente bien cada vez que el miembro de Mello se hundía con vehemencia en él.

No se dio cuenta en qué momento había comenzado a balbucear incoherencias intercaladas con gemidos y con el nombre de su compañero. A Mello pareció gustarle aquello, pues sus caderas se movieron más rápido hasta que este alcanzó el clímax y se derrumbó sobre su cuerpo febril.

—¿Y…? ¿Qué tal te ha parecido? —le preguntó al oído con voz jadeante. Pero a Matt ya no le quedaba aliento para responder. Tenía los párpados apretados y la boca abierta como un pez fuera del agua; se veía exhausto—. Bien, supongo que ya es hora de dormir —declaró, descubriendo la claridad que se asomaba tímidamente por la ventana, antes de salir de su cuerpo y dirigirse al baño.

Al regresar, para sorpresa de Matt, en vez de acostarse en la cama, lo obligó a hacerle un lugar y se echó a su lado en el sofá. El pelirrojo se dio vuelta para observarle el rostro, y le acarició con cuidado el ojo amoratado antes de quedarse profundamente dormido.

Continuará...