Declaración: Rurouni Kenshin no me pertence, ni ninguno de sus perdonajes. Pertenecen al magnífico Nobuhiro Watsuki. Pero guardo la esperanza de que Kenshin me pertenezca algún día.
Capítulo 4: Intenciones.
Sanosuke miraba atónito como Kenshin se dirigía a paso decidido hacía dos chicas que estaban sentadas en una mesa.
Así era Kenshin, impulsivo. Sanosuke sonrió y tomó otro sorbo de su cerveza.
Kenshin, caminaba directo hacía Kaoru, pero cuanto más cerca estaba, más dudas lo asaltaban. Se dijo que tenía que calmarse. Que tenía que tranquilizar su agitada respiración. No podía llegar allí y despojarla de su camisa como era su intención. El tenía educación, y por sobre todas las cosas, respetaba a las mujeres. Ralentizó su paso y dejó la mente en blanco hasta que llegó al frente de la mesa.
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Tae había estado conversando y bromeando animadamente, pero de sopetón se había quedado muda. Kaoru no comprendía que era lo que había visto su amiga para quedarse así. Decidió seguir con su mirada la dirección que había tomado la de Tae.
Al girarse se quedó pálida. Ahí estaba su Némesis, y mas impresionante que nunca. Llevaba unos vaqueros ceñidos a sus musculosas piernas y adornados con un cinturón negro de hebilla ancha. La camisa era blanca, sin mangas, por lo que se podía apreciar a la perfección sus bien formados brazos y sus anchos hombros. Tan solo llevaba un botón de la camisa abotonado, dejando así ver parte de su pecho y su abdomen.
¿Por qué siempre que lo veía tenía que quedarse tan asombrada¿Qué tenía ese hombre que la dejaba siempre sin palabras?
Kaoru perdió el hilo de sus pensamientos, en el momento en el que notó que Kenshin no estaba delante de ella, sino a su lado. Sentado en su mismo sillón, rozando brazo contra brazo y saludando a Tae, como si ella no existiera.
-¿Qué tal, preciosa? Soy Kenshin. ¿Tú eres…?
Kenshin alargó la mano hasta coger la de Tae que se hallaba descansando encima de la mesa, y depositó un suave beso en sus nudillos.
Tae tragó saliva. –Ta… Tae. Soy Tae.
Kaoru miraba la escena atónita. ¿Cómo podía tener la poca vergüenza de llegar a interrumpir su conversación, sentarse a su lado sin su consentimiento, besar la mano de su amiga en sus mismas narices e ignorarla de la manera en que lo estaba haciendo? Su cara se estaba tornando del color de la grana, y finalmente estalló.
-Señor Himura ¿que diablos se ha creído que esta haciendo¿Piensa que puede venir aquí a molestar de esta manera¿No le quedó bien claro esta mañana que no deseo volver a verlo?
Kenshin la miró de reojo y sonrió victorioso. –Sí, me quedo clarísimo. Pero… ¿quién le ha dicho a usted que estoy aquí por verla? Usted estaba de espaldas. Yo, a quien vi fue a Tae, y me acerqué a ella. Eso es todo.
A Kaoru le costaba dar crédito a la facilidad que tenía ese hombre para darle la vuelta a sus palabras. Estaba perdiendo terreno, y lo sabía.
-¿Sabes Tae? Tienes una amiga demasiado agresiva. ¿Te puedes creer que esta mañana me agredió?
Kaoru quedó con la boca abierta y un gesto de incredulidad se reflejó en su rostro. –Yo no lo agredí, solo fue una cachetada. Y ni le dolió.
Kenshin seguía sonriendo y Tae reparó un momento en su rostro. No le sorprendió ver la cicatriz, porque demás era sabido por todo el mundo que esa era su marca. La que lo hacía único ante los ojos de la gente. Pero si le sorprendió ver el ojo morado, y levemente hinchado.
-¿Te hizo ella ese moratón? - . Tae estaba asombrada. Si que tenía fuerza su amiga…
Kenshin iba a negarlo en el momento en el que le vino a la mente una brillante idea. Ese moratón no se lo había hecho la abogaducha, pero… ¿quién lo sabía a parte de ellos dos y Sanosuke? Por supuesto su amigo no diría nada.
-Toda una fiera¿verdad? Doy gracias a Dios que no me sacó un ojo. Fíjate como me dejó la cara.
Kaoru se levantó de golpe de su asiento y señaló al individuo que tenía al lado con un dedo. –Eso no es cierto. Yo no le hice tal cosa. ¿Por qué no me deja vivir tranquila de una maldita vez, y se va a…?
Sanosuke se acercó a ellos al escuchar los gritos. ¿Había camorra? Pues él no podía perdérsela. Además, ya se había dado cuenta de quien era la señorita que le gritaba con tanto ímpetu a su amigo, y se dijo que aquello prometía. Se sentó al lado de Tae, que cada vez comprendía menos la situación y miraba a Kenshin y a Kaoru como si de un partido de tenis se tratase.
-Hola, señorita Kamiya. ¿Se acuerda de mí?
Kaoru bufó. La habían interrumpido, así que se tragó lo que iba a decir. Si el señor "Don policía perfecto" podía jugar al juego tan lamentable al que estaba jugando, se dijo que ella también tenía derecho a participar.
Sonrió al recién llegado y pasó su pequeño torso por encima de la mesa para besarlo en la mejilla. –Por supuesto que me acuerdo de ti. Tú eres el encantador chico de la rosquilla. Pero por favor, llámame Kaoru.
Sanosuke miró a Kenshin de reojo, y este le dejo muy en claro con su mirada que se mantuviera bien alejadito de la abogada. Sanosuke carraspeó. –Si, un placer conocerte, Kaoru.
Kaoru giró para observar el rostro de Kenshin, pero él ya había recuperado su habitual sonrisa, por lo que se llevó una grata decepción. Había esperado al menos que el hiciera algún gesto de molestia, pero nada.
-Sano, le contaba a Tae, la chica que tienes a tu lado, que la señorita aquí presente, es toda una fiera agresiva. Le enseñaba las marcas de guerra que me ha dejado en el rostro.
Sanosuke puso cara de no entender nada, pero ante la amenaza de muerte que se reflejaba en los ojos de su jefe y amigo, se dijo que lo mejor era darle la razón en todo. –Si, tiene fuerza la abogada.
-Vaya Kao, no me imaginaba que pudieran darte esa clase de arrebatos, y menos con un hombre tan lindo como Kenshin.- Tae reprendió a su amiga que tenía la cabeza gacha y las manos fuertemente apretadas a su cintura.
Kaoru contó hasta diez para tranquilizarse. Sabía que no tenía nada que hacer, eran tres contra una. Tae la había traicionado. Prefería creer a ese policía antes que a ella. Pensó que lo mejor sería irse de allí, por lo que tomó su chaqueta, dejó unas monedas encima de la mesa para cubrir su consumición y se encaminó hacia la salida.
Kenshin siguió sus pasos.
Sanosuke y Tae se miraron el uno al otro, sonrieron y chocaron sus cervezas en señal de brindis. No hacían falta palabras.
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Kaoru caminaba decidida hacía su vehiculo, sin percatarse de que alguien la seguía de cerca.
Metió la llave en la cerradura y echó su cuerpo hacía atrás para abrir la puerta, pero no lo consiguió, porque en ese mismo instante se vio atrapada entre los fuertes brazos de Kenshin y la puerta del coche.
-No se vaya.
Su voz era profunda, enronquecida por el deseo de tenerla entre sus brazos. Tan cerca. Kaoru aguantó la respiración. Podía notar el olor de su colonia, el olor de su piel…las piernas le empezaron a flaquear y sintió como Kenshin aumentaba la presión de su agarre.
-No se vaya. –repitió.
Kaoru se sentía desfallecer, pero se obligó a mantener la cama y hablar. -¿Por qué?
Kenshin enterró la nariz en su cabello y fue bajando hasta rozar con ella el cuello de Kaoru. El olor que emanaba de su piel lo dejó aturdido. Había estado con muchas mujeres, pero nunca había sentido la sensación que estaba sintiendo en esos momentos. Su voz sonó pastosa.
-No quiero que se vaya.
Kaoru no comprendía lo que sucedía. Hacía cinco minutos la había estado acusando de agresión, y habían estado discutiendo. Y en esos momentos la tenía rodeada con sus brazos y le acariciaba el cuello de la manera más deliciosa en que la habían acariciado jamás.
La chaqueta cayó de sus manos y recostó todo su peso contra él. Estaba vencida.
-Yo…no llegué a tocarle el ojo. No pude ser yo la que le hizo eso¿verdad?
Kenshin despertó de su aturdimiento. Su tono de voz era de súplica, y le había parecido notar la voz entrecortada. Por los suaves temblores de su cuerpo, supo que estaba sollozando. ¿Lloraba por él¿Por qué creía que su golpe lo había dañado?
Subió sus manos hasta los hombros desnudos de Kaoru, y después de pasar el pulgar en círculos durante unos segundos, la apartó de él, y se retiró poniendo distancia entre ambos.
-No. No fue usted.
Kaoru suspiró, se enjuagó las lágrimas y giró su cuerpo dispuesta a enfrentarlo. -¿Por qué mintió? Ahora mi amiga cree que soy una salvaje. ¿Se da cuenta de lo que ha hecho?
Kenshin sintió el férreo peso de la culpabilidad sobre sus hombros pero se obligó a mostrarse sereno. –Estaba enfadado. Usted me había herido en mi orgullo con esa cachetada y mis ansias de venganza han hecho el resto.
Kaoru no podía negar que lo que le estaba sucediendo, se lo tenía bien merecido por subestimar a ese hombre. Fijó la vista en el suelo. No soportaba que el viera la humillación en sus ojos.
Kenshin sintió un dolor que le oprimía el pecho. No soportaba verla así. Deseo haberla conocido en otras circunstancias.
-Si quiere puedo hablar con su amiga Tae y aclararle la situación.
La cara de Kaoru brilló con esperanza. -¿De verdad haría eso?
Kenshin sonrió con picardía. Arreglaría la situación, pero no podía permitirse el lujo de dejar de verla. Sentía que la necesitaba. Así que jugó su última baza.
-Claro. Con una condición.
Adiós brillo de esperanza. Hola brillo de resignación. Kaoru contrajo la cara y miró a Kenshin directamente a los ojos.
-Sabía que no podía ser tan bueno. El diablo aunque se disfrace de ángel, sigue siendo diablo.
Kenshin incrementó su sonrisa. La tenía en el bote. Lo notaba en su cara.
-¿Qué condición sería esa?
Como había pensado. En el bote. Bajó su mirada para que no se le escapara la risa y Kaoru se enojara más. Cuando estuvo seguro de que no se le escaparía, fijo su vista de nuevo en Kaoru.
-Una cena. El sábado. Usted y yo, solos.
A Kaoru eso le sonaba a orden más que a petición. Pero no le extrañó viniendo de Kenshin. Lo que no podía llegar a comprender, era por qué quería volver a verla. Las veces que se habían cruzado, habían terminado como el perro y el gato.
-¿Por qué quiere volver a verme?
Kenshin dio un paso hacía Kaoru, quedando a escasos centímetros de ella. Kaoru aguantó la respiración, y ese simple gesto maravillo a Kenshin.
-Ya se lo he dicho, para cenar.
Kaoru sabía que él seguía jugando. Así que ella también movió ficha.
-No hay ningún motivo para que usted y yo nos volvamos a ver.
¿Así que no había motivo, ehh? Muy bien, pues él se encargaría de que lo hubiera.
Kenshin acortó la distancia que los separaba. Colocó una mano en su nuca y acercó su rostro a escasos milímetros del de Kaoru. Su otra mano se posó en su cintura y la acercó un poco más a su cuerpo, sin llegar a tocarse.
-Si necesita un motivo, yo se lo daré.
Kaoru lo miraba con los ojos entrecerrados. Nadie la había preparado para lo que, sabía, sentiría en esos momentos. Notó el aliento cálido de Kenshin en sus labios, en su rostro. Sentía que iba a desfallecer en cualquier momento. Intentó moverse para salir de allí, pero sus piernas no reaccionaron.
Kenshin posó su boca sobre la de ella despacio, con suavidad. La besaba con infinita sensualidad hasta que sintió que su cuerpo empezaba a relajarse. Kaoru suspiró. Le temblaba el cuerpo y se recostó contra su pecho, rodeándole el cuello con ambos brazos.
Para Kenshin eso era como una señal de salida. Incrementó la intensidad de su beso, mientras le daba pequeños mordiscos en el labio inferior para que Kaoru abriera la boca para él. Y lo hizo, dejando así vía libre a Kenshin para que pudiera explorar su boca. Saboreo cada rincón escondido con infinita ternura, pero sin dejar de incrementar su intensidad.
Kaoru empezó a responder a la insistencia de los labios y la lengua de Kenshin, devorada por un fuego abrasador que le hacía olvidar quienes eran ellos y porque estaban así. No existía el antes ni el después. Solo existían ellos y ese momento, el cual quería saborear sin miramientos.
Los segundos fueron pasando en un ardiente compás de placer que iba en aumento. Kenshin profundizó más el beso y estrechó sus caderas contra las de Kaoru. Dejó que la mano que sujetaba a Kaoru de la nuca descendiera, y acariciara con delicadeza cuello y garganta, sin prisas, deleitándose en cada fibra de su cremosa piel.
Kaoru notaba la excitación de Kenshin, pero seguía sin poder mover sus piernas para apartarse. En realidad, se dijo, no quería apartarse.
Kenshin abandonó su boca y deslizo sus labios y su lengua desde las comisuras de los labios de Kaoru hasta el lóbulo de su oreja, para luego descender por su cuello hasta su clavícula, la que colmó de besos y pequeños mordiscos.
Kaoru ardía en deseo. Creía que después de su experiencia con Enishi, no volvería a desear a ningún otro hombre. Pero las atenciones que la boca de Kenshin le prodigaba en esos momentos le estaban haciendo ver cuan equivocada estaba. Era imposible negarle nada a ese hombre. Y a esas alturas él sabía que había ganado la batalla.
Kenshin siguió besando su cuello, hasta llegar al mentón, el cual mordió y saboreo con inmensas ganas. Eso era la gota que colmaba el baso. Kaoru no pudo resistir más las sensaciones tan placenteras a las que Kenshin la estaba sometiendo y dejó escapar un gemido mientras arqueaba su cuerpo hacía el de Kenshin.
Ese gemido le devolvió la cordura a Kenshin, que rápidamente apartó su boca de la piel de Kaoru y echó la cabeza hacía atrás.
Kaoru podía ver que sus ojos brillaban con pasión y frustración contenida. Sabía que era el momento de separarse. La tregua había terminado.
Kenshin dejó caer los brazos a los costados soltándola de su agarre y sin separarse de su cuerpo, se agacho para recoger la chaqueta de Kaoru, la cual había quedado olvidada en el suelo.
Kaoru tomó su chaqueta y tambaleandose un poco dio unos pasos hacia atrás. Habló con voz entrecortada a causa de su agitada respiración. –Iré a la cena. Pero no vuelva a hacer eso.
Kenshin se encogió de hombros y sonrió con su ya típica picardía. –De acuerdo. Pero que quede constancia de que fui yo el que paró a tiempo esta situación. Si fuera por usted, ya me habría metido en el coche, y en estos momentos estaría aprovechándose de mi pobre cuerpo.
Kaoru profirió una carcajada, que para los oídos de Kenshin fue como un cascabeleo, agradable y hermoso. Seguidamente, abrió la puerta de su vehiculo y entró en él. Prendió el contacto y bajó la ventanilla.
-¿A que hora y donde?
Kenshin le sonrió, esta vez con ternura. –A las nueve y media. En su casa.
¿Había dicho en su casa? Ella no le había dado su dirección en ningún momento, y no estaba segura de querer que él la supiera.
-No sabe a donde vivo. ¿Y, sabe? Creo que no me interesa decírselo, así que…
Kaoru no pudo terminar la frase porque Kenshin la interrumpió.
-No necesito que me lo diga. Soy policía¿recuerda? A las nueve y media. En su casa.
Y sin más se dio la vuelta y caminó de nuevo hacía el bar.
CONTINUARA
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