CAPITULO IV
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-¿Annie?...
Apenas podía moverme. Todo mi cuerpo estaba paralizado por el frío. Abrí lentamente los ojos para encontrarme tirado en el suelo dentro de lo que parecía una prisión sin luz, con una pequeña ventana cercada por gruesos barrotes, y por donde se filtraba la imagen de la luna llena. El pertinaz ruido de una gotera, me despertó con su hueco golpeteo.
-Estás solo, Archie – dijo alguien del otro lado del muro.
Me recargué sobre mis brazos y me incorporé con dificultad. Miré mis manos vendadas con tiras de gasa sucias, desgastadas y rotas. El aire frío erizó mi piel. Mi ropa, mis zapatos, todo estaba lleno de lodo, y no dudé que mi rostro luciera igual.
-Estás solo – repitió la mujer fuera de aquel calabozo, y me acerqué al lugar de donde provenía su voz.
-¿Qué? – pregunté, recargando mi pecho en el muro enmohecido y desquebrajado por la humedad.
-Solo – dijo –. Completa y absolutamente solo.
-Déjame salir – supliqué -. Tengo frío.
-Atrapado – continuó, con su lúgubre y lamentoso acento –. ¿Para qué quieres salir? Nadie te espera.
-No es cierto – sacudí la cabeza, resistiéndome a creerlo - ¡No es cierto¡Déjame salir!
-Morir – dijo con ronquera -. Te queda morir. No más dolor. Morir para dejar de vivir muriendo.
-¡Cállate¡No quiero morir¡Abre la puerta, déjame salir!
-Nadie te espera, Archie.
-No es verdad – refuté, dejando salir mi llanto y mi miedo a través de mis ojos y mis puños que golpeaban furiosos la pared -. ¡No estoy solo! A alguien le importo, alguien me espera.
-Nadie – repitió la extraña - ¡Nadie¡No te queda nada, no te queda nadie!
-Annie… - susurré dejándome caer al piso -. Déjame salir.
Esa maldita gota caía una, otra y otra vez sobre el charco de agua que reflejaba la luna en la ventana. Me estaba volviendo loco y me cubrí los oídos con las manos. Una puerta se abrió junto a mí. El rechinar del hierro oxidado me hizo levantar la vista para observar a una mujer de túnica negra que entraba con parsimonia y displicencia.
-¿Quién es que te espera, Archibald? – dijo hincándose frente a mí.
-Mi… familia – respondí con los brazos en mi cabeza.
-No tienes familia – sonrió cruel y burlonamente.
-Stear. Tengo a Stear.
-Stear esta muerto – adelantó su rostro para hundir sus pupilas en los mías -. Tú estás muerto.
-No sé quien eres – repliqué, sintiendo hervir mi sangre - ¡Pero no me importa¡Déjame salir!
-Mírate las manos…
-¿Qué?
-Mírate la cara… Lloras como un niño y piensas como un muerto.
-¡Estás loca!
-Sabes quien soy. ¿No me has llamado por ni nombre?
-¡Hipócrita! – grité luchando por ponerme de pie – ¡Maldita callejera, me engañaste!
-¡Mírate las manos! – demandó por segunda ocasión al aventarme contra la pared - ¡Cobarde!
Lo hice. Obedecí temeroso y bajé los brazos para verme las manos. De las vendas sucias y desgarradas, un punto rojo comenzó a extenderse en forma de mancha alrededor de mis muñecas hasta cubrirlas por completo y transformarse en una aparatosa hemorragia de sangre.
-Atrapado – reiteró la mujer al incorporarse y darme la espalda-, acorralado, perdido…
-¡No! – grité aterrorizado, debido a la enorme cantidad de líquido rojo que escurría por mi piel - ¡Basta, detenlo!
-Decídelo tú – dijo antes de salir de la celda –. Vives o mueres, pero aquello que elijas, enfréntalo sin salir corriendo.
La desconocida se fue y la sangre aún recorría irrefrenable el largo de mis brazos. La vida se me escapaba junto con mis fuerzas y mi esperanza. Ya no pude ponerme de pie, o ni siquiera hablar para pedir ayuda. Me quedé ahí, en ese rincón podrido y pestilente de tristeza y ansiedad, con la mirada perdida en un techo desconocido.
-Es verdad – mascullé con los labios blancos y secos -. No hay nadie afuera.
-Florida – dijo la voz de una joven que se materializó del otro lado de la habitación.
-¿Qué? – inquirí débilmente.
-¿Qué tal Florida? – sonrió la chica de forma contagiante, llena de vitalidad y brío –. Tiene un clima exquisito. ¡Vamos¿Qué haces ahí¡Levántate!
No pude escucharla más. Mi cuerpo cayó pesadamente en el suelo y golpeé la cabeza contra el húmedo concreto. Fue cuando brinqué de la cama bañado en sudor. Era un sueño… una oscura pesadilla que me dejó con la respiración agitada y la garganta hecha un nudo.
-¿Florida?
El despertador sonó segundos después y miré mis manos. No había sangre, sólo quedaba el rastro de una de las peores equivocaciones de mi vida. Un par de líneas horizontales cruzaban mis muñecas convertidas ya en cicatrices, y cerré los ojos permitiéndome una vez más, llorar en silencio.
NUEVA YORK
1916
-¡Cinco minutos! – gritó uno de los tramoyistas al pasar corriendo fuera de mi camerino.
-Es hora – se apresuró Karen, en dirección a la puerta.
-¿Qué fue lo que dijiste? – la sujeté del brazo sin poner atención al llamado.
-Terry¿Qué haces? es hora de irnos – pretendió liberarse con un empellón – Después hablaremos.
-¡Después no¡Ahora! – demandé exasperado - ¡No seas hipócrita! No viniste hasta mi camerino para averiguar el buen estado de mi pierna ¡Termina lo que empezaste y dime qué pasa con…!
Karen me calló de una bofetada y clavó con furia su mirada en la mía.
-¿A quién piensas que le estás gritando¡Yo no soy Susana!
Me llevé la mano a la mejilla y pude sentir el acelerado latir de mi corazón viajando por mis venas. Apreté mi otra mano en un puño con la urgencia de devolverle el golpe, pero contuve el deseo cuando vi por un instante frente a mí a la única chica, además de Klaise, que se había atrevido a ponerme una mano encima. Desvié la mirada para borrar aquella alucinación y cerré los ojos intentando tranquilizarme.
-¿Por qué lo hiciste? – pregunté, bajando la voz.
-Nunca vuelvas a jalonearme ¿Oíste? – respondió al acomodarse con súbita serenidad las mangas de su vestido -. Dispuesta estoy yo para soportar tus salvajadas.
-Karen – hablé, medianamente avergonzado -… por favor…
-¿Karen, por favor? – inquirió al volver a su pose de fanfarronería -. Eso sí que es nuevo.
-Por favor – insistí, tirando de mi paciencia -. ¿Qué fue lo que dijiste acerca de Candy?
-Tan fácil que hubiera sido empezar desde ahí y con un poquito de decencia ¿No te parece?
-¡Karen, para ya este juego!
-¡No, yo no estoy jugando¡Y si quieres saber cómo me topé con tu enfermera en la calle, tendrás que esperar hasta que termine el ensayo!
-¡Dos minutos! – tocaron a la puerta.
-Karen… - obstruí su camino y dije suplicante al punto de no reconocerme - ¿La has visto?
-Y hablé con ella, pero no te diré más ¿Listo?
¡Ah, maldita sea! Me tenía en sus manos y lo estaba disfrutando ¿Cómo se supone que iba a esperar tanto tiempo? Sesenta, ochenta… más de cien eternos minutos y más de mil preguntas sin respuesta.
-¡Apúrate! – exclamó al esquivarme, mirando sobre su hombro y sonriendo con malicia – O no te cuento nada…
-¡Me vas a decir o te…!
-¿Disculpa?
-Te… te… - mordí mi lengua para no abrir de nuevo la boca.
-Mejor – dijo socarrona -. Mucho mejor…
Llegamos con los demás hasta el escenario y las luces se encendieron desde lo alto, dejándome ciego por un instante. La inmensa cortina de color marrón y lazos dorados se abrió ceremoniosamente luego de la tercera llamada, descubriendo a un público invisible frente a mí y revelando al actor frente a ellos. Era momento de guardar mis sentimientos en algún lugar de la inconsciencia y dejar de ser yo para prestarle mi voz y mi cuerpo a un personaje salido de una historia imaginada.
-¡Buenos días! – dijo una chillona voz junto a mi oído - ¡Qué hermosa mañana¿Oh no, oh no?
-¿Qué te pasa? – pregunté a Candy, mirándola pegar de brincos.
-¡Arriba dormilones! – gritó hacia el dormitorio del tío - ¡Ya es de día!
-Mediodía – corregí, regresando a mi periódico - ¿Y te has creído que madrugaste? Albert y Aoi están en la cocina.
-Día, mediodía, tarde, mediatarde… ¿Qué importa¡La aventura nos espera al cruzar esa puerta! – dijo como chiquilla, fingiendo portar arco y flecha al señalar la salida.
-Estás chiflada – concluí, bebiendo mi jugo.
-¡Hay que estar locos para vivir la vida¡Vamos, Archie, sonríe!
-¿Te sientes bien? – dije, arqueando una ceja.
-¡Aoi-san, Aoi-san! – tarareó antes de chiflar a todo pulmón, consiguiendo empujarme el tímpano hasta la garganta.
-¡Candy! – protesté, sacando el jugo por mi nariz.
-¿Qué? – repuso con inocencia.
-¡Candy-chan! – dijo Aoi, con el mismo tono jovial y desquiciado - ¡Ohayo gosaimasu!
-¡Ohayo gosaimasu, Aoi-san! – contestó Candy, terminando de atar las ligas de sus botas.
-¡Ohayo gosaimasu, Archie-dono! – saludó Aoi, sonriendo de oreja a oreja.
-Oja… Ojai… - musité, sin entender qué diablos balbuceaba.
-¡Ohayo gosaimasu, Archie! – ofreció Candy su ayuda - ¡Sólo dilo!
-¿Cómo lo escribes? – dije, sonando a tonto.
-¡Qué importa, tú dilo! – me animó, saltando como un resorte.
-¿Por qué hablan a gritos? – pregunté al tío que salía de la cocina con tremendo bostezo y una taza de café.
-Yo que sé – encogió los hombros -. Te acostumbrarás.
-¡Ohayo gosaimasu, Albert! – dijo Candy, pasándonos de lado como bólido rumbo a la nevera.
-Ohayo gosaimasu, Candy – le respondió, bostezando de nuevo.
-Llevamos media hora en esto – agregué, ligeramente fastidiado - ¿Es japonés?
-Ajá – asintió Albert, cogiendo delicadamente mi periódico -. Quiere decir buenos días.
-Disculpa – intervine al mirar desaparecer el diario de mis manos – lo estaba leyendo.
-¿No es hora de que se vayan? – inquirió, interesado en las noticias.
-¿Qué, no vamos a desayunar? – dije decepcionado.
-Lo siento, Archie – se disculpó pasando a la siguiente hoja – Aoi y yo estamos un poco cansados ¿Comemos juntos?
-¿Cansados? – entorné los ojos – Ah… comprendo. Cansados y hambrientos, supongo.
-Cansados, hambrientos y sucios. No dormimos hasta entrada la madrugada terminando de desempacar.
-¿Durmieron? – dije irónico - Nooo…
-Cállate – ordenó, acomodando su silla.
-¿Y puedo preguntar qué estuvieron…?
-No, no puedes – interrumpió de golpe -. Se te hace tarde.
-Quieres la casa para ti solo¿No? – canturreé divertido - Tío ¿Qué clase de ejemplo es ese? – y tomé un último sorbo de jugo.
-O te vas – amenazó con los ojos entreabiertos – O te caso con Elisa.
Escupí accidentalmente el jugo, bañando el rostro de Albert. El hombre estrujó los párpados, con una de sus cejas brincando de furia.
-Tú… lo pediste – dijo, con las gotas escurriendo por sus pestañas.
-¡No¡Ya me iba! – me levanté a toda prisa y salí corriendo, con saco en mano.
-¡Espera, te acompaño! – decía Candy mientras corría hacia mí.
Salimos del edificio marcado con el número 925 de Park Avenue(1) y caminamos hasta mi auto… Mi nuevo auto. Un Cadillac Fleetwood Azul convertible de dos puertas, el cual resplandecía de cabo a rabo gracias a la pálida luz del sol que amenazaba con desaparecer a causa de un nuevo banco de nubes.
-¡Es hermoso! – exclamó Candy deslizando su mano por la pintura - ¿La última moda, no?
-Nada menos que eso, por supuesto – apunté con orgullo -. Todo tiene que ser como su dueño.
-Oh mira, alguien ha roto un espejo.
-¿Qué!
-Es juego, tranquilo.
Demasiado alegre había amanecido esa gatita de ojos verdes. Algo se traía entre manos. Casi podía olerle las intenciones a varias millas de distancia. ¿Pero intenciones de qué? Ah, tonterías. Candy no paraba de mostrarme su sonrisa y no me convertiría en el aguafiestas del día.
-Sube, demos una vuelta – propuse, abriendo su portezuela.
-Perfecto – levantó su pulgar y me guiñó un ojo.
Encendí el auto y el motor rugió como cientos de caballos de carreras, arrastrando las patas sobre el suelo y a punto de echar a correr. En verdad era hermoso. Stear hubiera dado su brazo derecho por armar uno igual con sus propias manos.
-¿Stear, cierto? – dijo Candy, adivinándome el pensamiento.
-Sí – confirmé, agradecido de no ser el único que se detenía en los buenos momentos de la adolescencia.
-Lo sé. Yo lo recuerdo todo el tiempo – miró al cielo –. Especialmente cuando algo se descompone, se incendia o explota en mi casa.
-Je… muy simpática – dije, mordaz.
-¿Aceleras o tendré que bajarme a empujar?
-De acuerdo, de acuerdo.
El automóvil se deslizó bajo mi mando como aceite sobre el pavimento. La sensación de control pero a la vez de libertad y de poder, me hicieron sonreír hasta que me dolió la cara. Miré a Candy de reojo y parecía disfrutar, al igual que yo, del aire, la vista, el ruido, y el incansable movimiento de los neoyorquinos. Quizás no era tan malo estar ahí, quizás ese tiempo podría convertirse en la mejor época de…
-No manejas nada mal – dijo la pecosa sonriendo de medio lado -. Nada mal.
-¿De qué hablas? – contesté con la vista al frente – ¿Acaso lo dudabas, muchachito?
-No me llames así o te va a pasar algo terrible – amenazó con la nariz respingada - ¿Qué es eso? – señaló hacia la izquierda cuando pasamos frente al Metropolitan Museum.
-Un edificio.
-¡Archie!
-Ya, tranquila. Es el Museo Metropolitano, muy interesante por cierto. Habrá que venir a visitarlo.
-Es enorme – dijo, alargando la penúltima vocal.
-Y falta tanto por ver – suspiré, sintiéndome ansioso por aprovechar cada día, cada hora, cada instante de lo que podría ser una corta o larga vida -. Te llevaré a donde quieras, Candy.
-Por lo pronto – pellizcó mi mejilla - ¿Me llevarías con tía Aoi? Estará esperándome.
-Ah… - se desvaneció mi sonrisa – el hospital, cierto.
-No está muy lejos de aquí, creo.
-No, no mucho – dije con indiferencia.
-¿Lo conoces?
-No en realidad.
-Mmh – masculló aduciendo sospecha, y mirándome con aspecto de detective -. No me da confianza, señorito Archibald.
-Cállate, Sherlock (2)
-Elemental, mi querido Watson – dijo imitando la voz de un cuarentón -. Aquel que oculta algo, manda callar a los demás… Mmh…
-Estás chiflada – sonreí de buena gana -. Bien, ya estamos aquí.
-¡Aoi-san, Gomen! – gritó Candy antes de detenernos frente a la fina mujer que nos aguardaba en la entrada del edificio.
-¿Puedes hablar en cristiano? – le pedí, torciendo la boca.
-¡Ie! – me respondió sin importarle que no entendiera lo que acaba de decir.
-¡Kire! - dijo Aoi-san, observando mi auto -. Lindo, Archie-dono. Muy lindo.
-¿Quieren que las lleve? – ofrecí, dejando el motor encendido - ¡Candy, cuidado! – grité al verla saltar del auto.
-No, muchas gracias – dijo Aoi - Tomaremos el tren. Será bueno que Candy lo conozca.
-¿El tren subterráneo¡QUE BIEN! – retozó la enfermera.
-De acuerdo. Entonces las veré luego.
Me despedí antes de acelerar y luego miré por el retrovisor cómo ese par de políglotas se alejaban en una animada conversación. El tren subterráneo era una novedad para los habitantes de La Gran Manzana (3), y estaba seguro que Candy lo disfrutaría al punto de cruzar cien veces la ciudad sin bajar un pie; o tal vez asaltaría la cabina de mando, amordazando al conductor, para así poder guiar los destinos de los infortunados pasajeros. El solo pensamiento me produjo escalofríos. Sin embargo, había otra cosa que rebasó aquella sensación en la piel.
¡Veamos qué haces cuando sea él quien venga a buscarla!
Quise confiar en que el destino no siempre nos lleva a los reencuentros. En que dos personas tan unidas por el amor o el odio, no forzosamente se vuelven a reunir. Pero siendo sinceros, el destino no concedía ninguna garantía, quizás porque de él nunca conseguiríamos escapar.
-Karen… - oí a mis espaldas rumbo a mi camerino, luego de concluir un ensayo exitoso, como de costumbre.
-Terry – me volví a mirarle – Felicidades, estuviste estupendo.
-¿Dónde está Candy¿Dónde la viste?
-Cielos – respondí, sobrecogida – No pensé que en verdad estuvieras tan ansioso. Incluso imaginé que ya habías tenido oportunidad de conversar con ella. ¿Acaso no son buenos amigos?
-¿Me vas a decir o simplemente te has inventado todo esto para fastidiarme? – increpó, con evidente malestar.
-De acuerdo – consentí al abrir la puerta de mi privado -. Pasa. No es mucho lo que sé, pero a estas alturas es más de lo que sabes tú.
-Gracias – dijo, aliviado.
En efecto, no era mucho lo que podía contarle a Terry sobre Candy. La vi caminar sobre Park Avenue metida en sus asuntos, la saludé y después salió corriendo. Simple. Pero Terry escuchaba atento a cada palabra, sin interrumpir o cuestionar. Al término de la conversación… monólogo para ser exacta, esperé paciente un rosario de interpelaciones que nunca llegó. Otelo bajó la cabeza y entrampado en sus pensamientos me dio las gracias y se marchó. ¿Qué había pasado entre esos dos? Era obvio que Terry decidió unir su vida a la de Susana por alguna necedad, pero ¿Por qué¿Acaso la niña bonita de Broadway pudo ganarse el retorcido corazón del inglés y sacar a Candy de la fotografía, tan fácil cómo chasquear los dedos? No era nada que me importara pero…
-Felicidades Candy-chan.
-Gracias Aoi. Albert y Archie también se alegrarán – reconocí sobriamente, con la vista baja.
-Y… ¿Cuándo es que te dan los resultados de los análisis?
-En unos días, pero estoy bien – fingí tranquilidad y confianza – Ya verás que todo es mejor de lo que imaginan.
-Me temo que no. El cuerpo no se cura si la mente sigue enferma.
Miré a Aoi-san intrigada. Ella correspondió mi gesto con una sonrisa. Era medianamente sencillo aparentar que la vida era una fiesta antes dos de los hombres más queridos de mi vida, pero ante personas como Aoi-san, la farsa resultaba ridícula y malhecha.
-Cuando quieras hablar, siempre puedes buscarme – detuvo su paso -. Amo a Albert pero también respeto tu intimidad. No tengas miedo, lo que necesites contarme solo a mí, así se quedará. Entre tú y yo.
-Lo sé – asentí, agradecida.
-¿Y bien? – preguntó, entusiasta - ¿A dónde quieres ir? Hay que pasear antes de empezar a trabajar mañana de sol a sol.
-Yo las puedo llevar a donde ustedes quieran – apuntó una voz que me erizó la piel.
Ambas giramos para descubrir a Neil Leegan dirigirse hacia nosotras.
-Vámonos, Candy-chan – dijo Aoi, cogiendo mi brazo.
-La seguí sin objeciones. No obstante, Neil aceleró su paso y nos interceptó un par de metros adelante.
-Quítate – dije, mirándole a los ojos.
-No – arguyó con descaro.
-¡Quítate! – volví a decir alzando la voz. Aoi-san se sujetó de mi hombro y movió la cabeza negativamente, haciéndome entender que no valía la pena entablar una pelea a media calle.
-Ven Candy, vayamos a celebrar tu nueva contratación – se adelantó Neil, pero Aoi se interpuso entre los dos.
Su imponente personalidad, a pesar de su delgado y frágil físico, bastó para detener a Neil… al menos un instante. Sentí miedo, inexplicablemente sentí miedo cuando Neil la hizo de lado y me jaló hacia su auto.
-Quítame las manos de encima – amenacé entre dientes.
-Pero si esta es la parte más divertida, Candy. Cuando empiezas a defenderte como gato boca arriba.
Alcancé a ver de reojo a mi futura tía, que corría hacia una cabina telefónica. Supe entonces que Albert se enteraría en cualquier momento de lo que ocurría con su sobrino preferido. No era que necesitara ayuda para partirle la cara a este… dolor de muelas, pero otro par de manos no me vendrían nada mal.
-Conozco un lugar que sé que te encantará – dijo Neil, abriendo la puerta del copiloto -. Sube.
-Oblígame – lo reté con la mirada encendida.
-No me provoques, muerta de hambre – espetó, sujetando mi cara y apretando fuerte –. Sube que no te lo voy a repetir.
-Date la vuelta y vete por donde llegaste, Neil – repuse, con la sangre cargada de adrenalina – Yo tampoco te lo voy a repetir.
-¿O si no qué?
-Perdona – interrumpió una voz masculina, que palmeó el hombro de Neil - ¿Te puedo ayudar en algo?
-¿Qué? – dijo Neil arrugando la cara.
Observé al chico y adelgacé la vista para reconocerlo. Me costó solamente unos segundos recordarlo, en especial cuando descubrí sobre su espalda, la silueta recortada de una guitarra.
-Hola, Candice – me saludó con envidiable serenidad - ¿Estás bien?
-Hola, Richard – sonreí ampliamente, sintiendo como una enorme roca se desvanecía de mi espalda.
-¡Largo! – desdeñó, Neil.
-Estoy bien. Terminaré en un minuto – dije mientras permanecía sujeta del brazo -. Lo siento Neil, han venido por nosotras.
-¡No me interesa¡Sube! – rezongó, haciendo gala de su simpleza.
-Pero a mí si me importa – objetó Richard al coger el brazo de Neil y consiguiendo que me soltara -. Disculpa mi rudeza pero… ¿Tú eres?
-¡Oye, me lastimas! – chilló Neil.
El brazo de Richard dobló el de Neil con extraordinaria facilidad y no pude evitar sonreír al mismo tiempo en que el heredero Leegan descomponía sus facciones.
-La ciudad es peligrosa, Candice. Debes tener más cuidado con los desconocidos – dijo Richard sin dejar de hacer presión en la muñeca de Neil.
-¡Suéltame! – vociferó el principito, a punto de llamar a su mamá.
-Gracias, pondré más atención – dije al momento en que Aoi regresaba del teléfono para presenciar la misma escena que yo -. Aoi-san, te presento a Richard.
-Mucho gusto – saludó Aoi, inclinando levemente la cabeza.
-Igualmente – sonrió Richard, sin inmutarse por las protestas de Neil.
Los tres podríamos haber charlado muy a gusto, si los gimoteos del insecto aquel no nos hubieran dificultado la ocasión. Nos resultó insolentemente divertido ignorar su sufrimiento.
-¡No sabes con quién te estás metiendo! – dijo Neil después de liberarse y caminar para atrás, como cangrejo asustado.
-No, francamente no – dijo Richard entretenido, metiendo las manos en su pantalón – No respondiste a mi pregunta… ¿Quién eres?
-Quedas advertido – amenazó, guardando su distancia y sacando nerviosamente las llaves de su auto -. Y tu también, Candy. No es tan fácil pasarme por encima.
-No te preocupes – dije, con una mano en la cintura –. Esta noche lo anotaré en mi diario: No debo hacer llorar a Neil, no debo hacer llorar a Neil…
Los tres lo miramos arrancar y al menos Aoi-san y yo sacamos el aire que habíamos contenido en nuestros pulmones desde que lo vimos acercarse. Me volví a Richard y no sabía cómo empezar a agradecerle su divina intervención… Un ángel trovador… reí con disimulo.
-¿Estás bien? – me preguntó, eclipsando la expresión de serenidad en su rostro. Concluí que él también había esperado a que Neil se esfumara para mostrar su preocupación.
-Sí, muchas gracias. Siento haberte metido en esto.
-¿Qué dices? Pero si no hice nada.
-Casi le partes el brazo – refuté abriendo grande los ojos - ¿O así saludas a todo el mundo?
-Creo que lo aprendí de ti – confesó rascándose la cabeza – me gusta la forma en que saludas… dando de pisotones.
Mi cara se pintó de rojo y Aoi-san reprimió una risita burlona. Busqué una piedra de buen tamaño para esconderme debajo de ella pero no había ninguna disponible sobre la acera.
-¿Quieren que las acompañe? – ofreció Richard, mirándonos a ambas -. Mucho gusto – se dirigió a Aoi con el brazo extendido – Perdón, mi nombre es Richard Daniels.
-Li-Aoi, mucho gusto – estrechó su mano -. ¿Es usted amigo de Candy?
-Víctima en realidad – respondió, para dejarme pensativa –. Había tenido un mal día y decidió desquitarse conmigo.
-¡Eso no es cierto! – exclamé indignada, recordando la escena en la estación de trenes – Aoi-san, no le creas. Está mintiendo.
-Quizás – declaró Richard, encogiéndose de hombros – pero es divertido ver su carita enojada ¿No lo cree?
Allí estaba de nuevo. Ese dulce tono de voz que se introducía en mis oídos como un zumbante mosquito, llegando hasta mi estómago y produciendo una tormenta eléctrica que luché por ignorar hasta el extremo de morderme la lengua.
-¿Puedo llevarlas a su casa? – insistió el músico de largo cabello castaño, recogido en una coleta, mirándome con persistencia.
-Gracias – se adelantó Aoi -. Ya vienen por nosotras.
-Entonces esperaré con ustedes – concluyó, manteniendo su mirada fija en la mía.
-¿Hablaste con Albert? – consulté con Aoi, sumamente apenada, imaginando la gama de colores que iluminaban mis mejillas.
Rompí el contacto visual con Richard cuando en lugar de escuchar la respuesta, la vi llegar. Genial, la caballería llegaba tan a tiempo como la lluvia sobre el desierto. Los autos de Albert y Archie se estacionaban uno detrás del otro con singular sincronía.
"Sí, estamos bien" "Sí, Neil llegó con ocho guardaespaldas y estuvo a punto de secuestrarnos pero pudimos someterlo con un pellizco" "Sí, la próxima vez tendremos más cuidado y cargaremos armas de grueso calibre…" Esas y otras explicaciones repetimos hasta el cansancio para dejar tranquilos a nuestros rezagados salvadores.
Archie se encontraba con Albert cuando Aoi-san llamó para pedir ayuda. No dudé ni por un segundo que mi primo visualizara la forma en que le rompería la boca a Neil, y que quedara terriblemente decepcionado al no encontrarlo en la escena del crimen. Sin embargo, la idea dejó de ser atractiva cuando lo razoné con la cabeza y no con las entrañas. Eran familia, Neil y Elisa eran parte de los Andrey, al igual que Archie y Albert. ¿Y a quién le resulta agradable ver a su familia peleando todo el tiempo? Odiándose, despreciándose, fastidiándose la existencia por causa de una… intrusa.
No, rectifiqué, yo no era una intrusa pero tampoco llevaba la sangre del clan Andrey en mis venas, aunque los llevara metidos en el corazón. Eso no importaba de momento, como hija legítima, ilegítima o simple espectadora, me obligué a terminar con esta guerra que veníamos arrastrando desde la infancia. Si tenía que luchar contra los Leegan por enésima ocasión, lo haría sola sin inmiscuir a nadie que fuera de su propia sangre.
No compartí ninguna de estas conclusiones con aquel cuarteto de felices rostros que me miraban en torno a la mesa del restaurante a donde fuimos a comer luego del mal rato. Albert invitó a Richard e indirectamente colaboré para que no se negara. La manera en que Archie repasaba su presencia, analizaba sus comentarios, seguía sus movimientos y estudiaba su comportamiento, me avergonzaron al punto de pedirle que se detuviera de una buena vez. A pesar de ese agudo escrutinio, Richard no tuvo problema en almorzar con buen ánimo y sobretodo, con buen apetito.
-Gracias de nuevo – dijo Albert, estrechando su mano frente al lugar donde Richard nos pidió llevarle.
-No hay de qué. Mucho gusto señor Andrey, hasta luego señorita Li – agitó su mano -. Hasta pronto Archibald.
-¿Por qué me tuteó si se despidió de todos con la adecuada distancia? – se quejó Archie diez minutos después, de regreso a casa en su auto.
-No seas gruñón – le pedí a medio suspiro -. Es una buena persona.
-Si pero…
-¿Sí, pero?
-Nada – bufó, poniendo atención al volante -. Quisiera haber sido yo el que pusiera en su lugar a ese idiota.
-Archie – lo miré seriamente -. Deja de referirte a tu familia de esa manera.
-¿Qué? – frunció el entrecejo - ¿De qué hablas¿Los Leegan, esa gente es familia por accidente, no por voluntad. ¿A qué viene eso, Candy?
-Es tu familia, punto.
-En todo caso, también es la tuya – aceleró, haciéndome rebotar contra el asiento – Responde¿A qué viene eso?
-A que quiero terminar con tanta hostilidad. Si es necesario, hablaré con quien tenga que hablar para que Neil se aleje, pero no quiero que tú te vuelvas a involucrar en esto.
Archie frenó con rudeza y se giró hacia mí con un gesto sombrío y escalofriante. Daba la idea de que en mi asiento se hallaba un extraterrestre de tres cabezas y ocho brazos. No comprendí su reacción, pero correspondí a su mirada con recelo.
-Hablo en serio – agregué, tragando con dificultad -. Este problema es mío y quiero…
-No te lo voy a repetir, Candy – apuntó fríamente -. Los Leegan significan un accidente para los Andrey. No sólo para Albert o para mí, sino para toda la familia. Eso es sencillo de averiguar y puedo demostrártelo si no me crees – tomó aire y desvío los ojos a la ventanilla, descansando los brazos en el volante -. Desafortunadamente no podemos hacer nada al respecto. Pero lo que sí podemos hacer, y eso te incluye, es dejar de jugar al gato y al ratón. Si ese tipo no entiende por las buenas, lo hará por las malas. Haría por ti exactamente lo mismo que hago ahora, fuera o no Neil parte de mi familia. No voy a sentarme a mirar, Candy ¿Quedó claro? No… y punto.
Quise hacerlo sonreír al cuadrarme frente a él y responder¡Señor, sí señor, pero no lo creí oportuno. Tanto su voz como su convicción resultaron claras y no necesitaba repetirlo, ni yo objetarle. Al menos no por ahora.
-Muy claro – dije convincente.
-Bien – asintió satisfecho.
-Sólo una pregunta.
-¿Cuál?
-¿Qué haces aquí? Pensé que hoy comenzabas la escuela y el trabajo.
-Así era en principio – explicó, retomando el camino - pero Albert me pidió ir directo de la escuela a su oficina.
-¿Por qué?
-Hay una cosa… - dijo dubitativo - que tenemos que hacer.
-¿Cosa?
-Sí… cosa.
-Bueno – me encogí de hombros – no tienes que darme detalles.
-No es eso, es que… te lo diré después¿sí?
-Sí – sonreí conforme – pero no tienes por qué.
-Llegamos – dijo, estacionando el auto.
Bajamos, y Albert junto con Aoi-san aguardaban en la entrada del 925. Nos despedimos por un rato y ambos chicos abordaron el auto de Albert sin dejar otra explicación que "asuntos de negocios urgentes que atender". Pregunté a Aoi-san si sabía algo al respecto pero amablemente respondió que no. Me dio la impresión de que hubiese contestado lo mismo aún sabiéndolo, sobretodo por respeto a una petición directa de Albert. Ni hablar, tendría que esperar a que Archie me contara los detalles de su primer día en Nueva York cuando volviera a casa. ¿Le dije que no tenía por qué contarme detalles? Que tonta, ojalá que no me prestara atención.
-Y decidiste hacer todo lo que te pedí que no hicieras, William.
-A mí también me da gusto verla tía.
-No me hagas perder el tiempo – dijo la tía abuela, con una cara de muy pocos amigos – No te pedí que vinieras para que me exasperes con tus sarcasmos. Quiero que se muden esta misma noche. Sus habitaciones están listas.
-Gracias – respondí, en completa calma y serenidad – pero no, gracias.
-William – me retó la tía, con el usual brillo de exigencia en sus ojos – no te estoy pidiendo tu opinión, es una orden.
-No le estoy dando mi opinión, tía. Únicamente le estoy participando de mi decisión.
No iba a perder el juicio, me conservaría ecuánime, reservado, respetuoso pero firme. Había aceptado sacrificar parte de mi vida al hacerme cargo del destino de la familia Andrey, pero nadie me diría cómo, ni me exigiría un por qué. La tía abuela hizo un trabajo excepcional durante mi ausencia, sin embargo, era momento de dejarle en claro que su punto de vista seguía siendo significativo, aunque no necesario ni requerido.
-¡No te voy a permitir semejante indecencia! – vociferó desde su lugar, endureciendo el rostro - ¡Vivir con esas mujeres y además en compañía de mi nieto¡¿Quién te piensas que eres para avergonzarnos así!
-En primer lugar – tomé asiento, conservándome tranquilo – no es una indecencia. En segunda, esas mujeres a las que te refieres como si hablaras de un par de contagiadas, son mi prometida y mi hija adoptiva, por no decir mi mejor amiga. Y en tercer lugar, soy un hombre mayor de edad que hace y deshace según su conveniencia. Por otro lado, no quisiera recordarte que también soy el jefe de la familia… sólo como detalle adicional.
-No por ser quien administre los bienes de los Andrey, eres quien ostenta el mando de nuestras vidas – replicó imperturbable, buscando ser ella quien ostentara la última palabra de esta "amistosa" charla.
-No dije eso… no escuchas como de costumbre.
-¡Pues ahora sabes qué es hablar con alguien como tú! – espetó, yendo de una postura flemática a otra de completa intolerancia.
-Tú te equivocaste primero, tía. No quisiste escucharme cuando te pedí buscar a Archie – dije al levantarme y plantarme frente al escritorio donde se hallaba sentada -. Estabas al tanto de lo que había sucedido entre él y su prometida, y aún así te quedaste de brazos cruzados.
-Archibald tuvo…
-¡Se encerró casi un mes en aquel hotel, negándose a ver a alguien, negándose a todo. Estaba destrozado y lo ignoraste!
-¡No lo ignoré! Pensé que él…
-¡No me avisaste¡No me dijiste nada hasta el último minuto y preferiste guardar el buen nombre de la familia antes que ayudarle, antes que aceptar que estaba perdiendo la…!
-¡Calla! – se incorporó de golpe - ¡No lo menciones!
-¿Qué¿Desde cuándo te dan miedo las palabras?
-Desde que las dices tú – dijo al pasar a mi lado -. El que se ha vuelto loco es otro, no mi nieto.
-Bien – acepté, liberando un infinito suspiro -. Estoy loco, sí, pídeme ver un psiquiatra o hablar con un terapista, pero no me pidas que deje solo a Archie – caminé hacia ella y la enfrente por segunda ocasión -. Él y Candy vivirán bajo mi techo hasta que encuentren la salida del laberinto donde están metidos.
-Un redentor – repuso con ironía – veo que te resulta atractiva la profesión.
-No me queda alternativa, cuando a ti te resulta atractivo el traje de verdugo.
-¡Basta! – exclamó furiosa – ¡Múdense esta noche y punto!
-Ahora – continué, al ignorarla – en lo que se refiere a la señorita Aoi Li, si crees que vivimos en "pecado", despreocúpate. En las próximas semanas, tal vez días, se convertirá en mi esposa, y la condena al perpetuo infierno quedará conjurada.
-No te eduqué para que me hablaras así – dijo en un incipiente sollozo - ¿Quién eres? – agregó con reproche.
-No me educaste, tía. Afortunadamente no te lo permití – me alejé unos pasos para tratar de controlarme – Eres una gran mujer, capaz de lo que te propongas y de los sacrificios más espectaculares para conservar tu status quo, pero no te voy a permitir que cada uno de esos sacrificios me los quieras cobrar a mí, o a cualquiera de los chicos… Y eso, por supuesto, incluye a una jovencita que su único pecado fue tratar de ser agradable a tus ojos.
-Su pecado fue nacer. Candice White no representa más que desgracias e infortunios. Sus mismos padres la tiraron a la basura en cuanto llegó a este mundo.
Fue un verdadera suerte que no tuviera ocho años de edad al escucharla decir eso. De lo contrario, hubiera corrido a tirarle de patadas a una mujer que más que estricta, parecía malvada. Sin embargo, no era ni lo uno ni lo otro. Tan solo era ignorante, profunda y recalcitrantemente ignorante.
-Haré lo que tú tía, y voy a ignorar lo que dijiste – cogí mi abrigo y me adelanté a la salida – Gracias por la velada.
-Archibald no se irá.
-Si, sí se irá. Vendrá conmigo.
-¡No! – amenazó con energía - ¡No me retes!
-No lo hago – objeté de espaldas y con la mano en la perilla – Déjalo ya, tía. Te hará daño todo esto.
-Por tú culpa estoy enferma – inició su chantaje - ¡Todo esto es tú culpa!
-¿No será que escoges a malos médicos? – inquirí burlonamente – Si te hace falta otro especialista, no dudes en contactarle. Pídele a George que amplíe tu fondo de gastos médicos, y listo.
-¡William!
-Buenas noches, tía – dije sonriente –. Feliz estancia en Nueva York. Ah, y por cierto – añadí antes de salir – si vuelves a Chicago, haz un esfuerzo por llevarte a Elisa y Neil. Sé que te costará trabajo obligarlos pero, imagina que soy yo ¿De acuerdo?
-No aguardé su respuesta y salí con un nudo en el estómago. No era lindo tratarla así. Merecía respeto por su dedicación y cuidados, pero no obtendría ninguna de las dos cosas si quería pasar por encima de los demás.
-Regresé con Archie hasta el recibidor y con movimiento de cabeza le pedí que nos fuéramos.
-¿No quiso hablar conmigo? – preguntó mi sobrino, camino al auto.
-Créeme que no te has perdido de mucho.
-¿Te retó?
Me reí al escuchar esa pregunta. Sentí efectivamente tener ocho años, andando con un amigo de la infancia, angustiado por el castigo que me hubiese impuesto mi madre a consecuencia de haber manchado mi ropa de lodo y mis zapatos de estiércol.
-Sí – contesté, preocupado -. Dejará de darme mi mesada y no podré jugar con Aoi en lo que resta del año.
-¡Tío!
-Y aún no has oído lo que decidió para ti…
-Residencia Andrey – informó la voz de una mujer, del otro lado del teléfono.
-Buenas noches – respondí de inmediato –. Le llamó del departamento de compras y remesas de Bloomingdales, en la ciudad de Nueva York – dije con acento grave y ceremonioso-. Disculpe que la moleste a estas horas pero la señorita Candice White Andrey nos ha solicitado enviarle su pedido de telas y lienzos a la residencia de su familia en esta ciudad. Desafortunadamente uno de nuestros empleados cometió un error y hemos extraviado la dirección – tomé un respiro implorando sonar convincente y continué - ¿Sería tan amable de proporcionarme sus datos?
-¿De dónde dijo que llama?
-Bloomingdales (4), ciudad de Nueva York.
-¿Y su nombre es?
-Ri-richard – trastabillé. Había pensado en todo menos en el nombre que debía dar. Richard fue lo primero que me vino a la cabeza y no me resultó atractivo llamarme así por un rato, pero no tuve otro remedio – Richard Daniels, gerente de la tienda.
-Bien, creo que no hay problema – declaró la mujer -. Déme un segundo.
-Gracias.
Bravo, mis dotes de actor funcionaban aún por teléfono. Sonreí complacido y esperé paciente con lápiz y papel a la mano.
-¿Tiene donde anotar?
-Por supuesto, dígame… Sí, lo tengo – sonreí todavía más -. Le agradezco el favor. Hasta luego.
-Hasta luego, buenas noches.
¡Sí! Al colgar el teléfono alcé los brazos en señal de triunfo y me apresuré a la recámara para cambiarme de ropas. Podría verla, podría hablar con ella, podría… Podría observarla de lejos y quedarme ahí como un imbécil para recriminarme nuevamente lo idiota que fui, lo cobarde que me comporté, lo pusilánime que actué y lo inmaduro que me conduje cuando de valor y osadía se trataba.
¿Gozaría del coraje suficiente para decirle "hola cómo estás", o mejor aún¿Decirle "te amo, no te vayas otra vez"? No tenía la menor idea, pero no iba a quedarme con la duda.
-Buen provecho – dijo Neil al levantarse de su silla -. Gracias por la cena, pero tengo que irme.
-¿A dónde vas? – le cuestioné con desconfianza.
-A saludar a unos amigos – respondió descaradamente.
-Eres un maldito alcohólico – rezongué, aventando los cubiertos - ¿Y luego qué¿Vas a ver a risitos de oro?
-A donde me lleve el destino – dijo socarrón – hasta mañana, Elisa.
¡Zorra infeliz! Debía disfrutar de algún poder infernal para atraer desde el hombre más listo hasta el más idiota. Pero ese poder de atracción estaba a punto de volverse contra ella, aunque me llevara la vida en conseguirlo.
Después de mirar a Neil cruzar la puerta, lo imité para llegar a mi recámara y dirigirme al baño. No podía, sin importar el precio, permitirme alterar mi figura. Todo tenía un precio ¿cierto, la belleza no era la excepción. ¿Una gorda¿Ser una gorda? Primero muerta. Ser despreciada, blanco de burlas y humillaciones… muerta, primero muerta. Nunca una gorda, nunca una mujer fea, nunca una mujer a la que nadie pudiera querer, ya fuera por apego, o por placer.
-¡Itadakimasu! – exclamó Aoi-san, al disponernos a disfrutar de una gloriosa cena.
-¿Y ahora qué dijo? – me susurró Archie, con disimulo.
-Buen provecho – respondí en el mismo tono -. No te preocupes, ya te acostumbrarás.
-Sí, lo mismo dijo el tío – se encogió de hombros.
-Sonreí divertida y empecé a comer. El timbre de la puerta chilló cincuenta y cuatro segundos después. Lo supe porque conté hacia atrás para asesinar al inoportuno entrometido.
-Yo voy – me ofrecí al ponerme de pie -. Sigan comiendo.
Estuve tentada a pasar por la cocina para coger el palo de la escoba y estrellarlo contra la cabeza de Neil, si es que se trataba de él, pero dimití deseando que mis sospechas fueran inciertas. El timbre sonó otra vez. ¿Qué se pensaban¿Qué estábamos sordos y perdidos buscando la puerta?
-Un momento – solicité, a medio metro de tomar la manija.
-Buenas noches, señorita Andrey – saludó el señor Daniels, nuestro portero.
-Buenas noches – correspondí con cortesía.
-Siento molestarlos tan tarde, pero la buscan en la recepción.
-¿A mí? – apunté sorprendida - ¿Quién?
-Me dijo que era una sorpresa. No quiso darme su nombre y me pidió no comentarle nada más.
-¿Es hombre o mujer? – insistí intrigada.
-Mhm… perdón, pero me dijo que tampoco le dijera eso.
-¿Es juego? – argüí, con el ceño fruncido -. No puedo bajar si no sé quién me busca.
-Lo sé, y créame que tengo estrictas órdenes de no permitir a nadie el paso si no se identifica apropiadamente. Pero esta persona me ha suplicado venir a buscarla.
-Bien – resolví inquieta -. Pero usted me acompaña ¿cierto?
-Por supuesto – me sonrió amablemente el hombre de edad avanzada – No se preocupe, yo bajo con usted.
Bueno, el señor Daniels no era exactamente un guardaespaldas de primer nivel debido a sus más de sesenta años de edad, pero al menos "correría" a avisarle a mi familia de cualquier cosa que me sucediera al encontrarme con esa "sorpresa" ambulante.
-La persona que la busca – dijo el portero, entablando conversación al bajar por el elevador –, es muy amable si he de ser sincero. No creo que corra ningún peligro.
-¿Sí, es bueno saberlo – respondí, con un leve toque de ironía - ¿Podría pedirle un favor, señor Di?
-Seguro que sí.
-Si tardo más de diez minutos con esta persona¿Puede avisarle a mi familia? No les avisé que salía. Pero dígales que estoy bien en todo caso.
-De acuerdo.
Caminamos hasta la habitación acondicionada como recepción de visitas, muy similar a un lobby de hotel, y entré con la sensación de un ácido corrosivo viajando por mi abdomen.
-Buenas noches – saludé a la figura sentada en un sillón, a quien no distinguí de inmediato dado que guardé la debida distancia.
La silueta se dio la vuelta para mirarme, y entonces… no pude articular palabra. Enmudecí y mis manos junto con todo mi cuerpo, se volvieron de hielo. Deseé que la tierra me tragara o que estuviera a la mitad de otro de mis locos, confusos, absurdos e inexplicables sueños.
Continuará…
Notas:
Las cosas no son lo que parecen, y lo mismo sucederá en esta historia. Quienes eran adversarios, podrían volverse amigos, los desconocidos en amantes y los amantes en enemigos. ¿Pienso complicarlo todo? En realidad yo nunca me atrevería a hacer tal cosa. Son Candy, Terry y compañía quienes tienen esas oscuras intenciones. Desafortunadamente soy una espectadora más. Hablando de espectadores… que el destino le cobre caro a los que únicamente se sientan a mirar la vida pasar de largo, con el cerebro topado de prejuicios, y el corazón enredado de telarañas. Yo era una de ellas, hasta que me vi reflejada en la imagen de otros y otras, aún más pequeños e insignificantes. Confíen en ustedes y en que tarde o temprano, nos topamos con gente que vale la pena.
Gracias por leer, por aguantar mis momentos de locura (dentro y fuera de la historia) y por hacerme cualquier tipo de recomendación o comentario. Siempre se agradece… siempre
(1) El edificio en referencia existe actualmente en perfectas condiciones y se encuentra ubicado sobre Park Avenue, esquina con la 80th Street y su construcción data del año 1907. Cuenta con 14 pisos y 30 apartamentos de lujo.
(2) El primer libro de aventuras de Sherlock Holmes (autoría de Sir Arthur Conan Doyle) fue publicado en el año de 1887.
(3) El Tren subterráneo de la ciudad de Nueva York (lo que hoy conocemos como Subway) fue inaugurado el 27 de Octubre de 1904. En esa época, contaba con únicamente dos vagones arrastrados por una cabina de control muy similar a una locomotora de vapor.
(4) Una de las tiendas para mujeres más famosas de Nueva York, como lo es Bloomingdales, fue inaugurada por Joseph y Lyman Bloomingdale, en 1860.
Vocabulario:
Ohayo gosaimasu: Buenos días.
Gomen: Lo siento
Ie: No
Kirei: Hermoso.
Itadakimasu: Buen provecho.
