N/A: Algunos capítulos tienen canciones incluidas en medio del texto. No está puesto el enlace, pues me veo incapaz de cuadrarlo; tuve que conformarme con nombrar la canción y confiar en que vosotros la escuchárais. Valdrá la pena.


Wanheda volvió a mirar al vacío. A esas alturas ya pocas cosas la sorprendían, pero su situación en aquel momento la estaba descolocando. Wallace la había llamado para darle la gran noticia de que los competidores habían fallado en la misión de matar a la hija de Woods y que ahora ni siquiera la encontraban, por eso le habían llamado a él, para renovar el encargo. Gustus Woods se encontraba en medio de una convención empresarial, sin tener la menor idea de que habían intentado asesinar a su hija como venganza por hacer malos tratos con la mafia. Pero esta vez, esas peligrosas personas se habían cansado de juegos y sicarios estúpidos y ahora simplemente cortarían por lo sano; lo matarían a él.

Lexa no supo qué contestar. Algo le presionaba el pecho, se sentía mareada, se sentía soñando, no sabía qué de lo que sucedía era real, o si algo era real en absoluto. Su padre estaba condenado a muerte; su padre, quien la crio tras la muerte de su madre cuando ella tenía solo seis años. A veces pensaba en ella, pero no la recordaba muy bien; solo algunas imágenes fugaces de una mujer muy alta y guapa con un collar de oro que ahora colgaba de su cuello. Se llevó la mano al pecho y acarició los dorados eslabones.

-¿Y qué vas a hacer? –Preguntó reuniendo todo su valor, casi susurrando. Tenía miedo de escuchar la respuesta de Wanheda.

-Vete a dormir. –Le respondió con un hilo de voz señalando la única habitación que había aparte del salón en el que se encontraban y el baño. Lexa caminó pusilánime hacia el dormitorio sin siquiera contestarle, demasiado cansada para pensar, sentir, o figurarse si algo de lo que estaba sucediendo tenía sentido alguno. Se dejó caer en la cama.

La noche estaba preciosa. Wanheda se acostó en el sofá del salón, estaba junto a una gran ventana por la que entraba la luz de una farola. Se fumaba un cigarrillo mirando hacia el cielo oscuro, sintiendo su cuerpo harto entumecido, pensando en lo que le había ocurrido. Ella nunca creyó en el destino… Las cosas simplemente suceden, nada dictamina ni nadie tiene el poder de cambiarlo. Solo pasa. Pero aquello estaba tan bien hilado, era tan puntilloso y desquiciante que no pudo evitar planteárselo. Si a Lexa no se le hubiera roto la llave, no tendría que haber llamado a un cerrajero, no tendría que haber esperado fuera y no hubiera llamado jamás a su puerta. Pero aquel impulso estúpido de llamar a su puerta la había salvado del cerrajero. Wanheda no quería ocuparse de ella, pero no quería dejarla. No quería que se fuera y quedarse sola. Tenía la caricia de su pulgar grabada a fuego en el cuello. Tenía doce horas para decidir si se ocuparía de Woods o le dejaría a alguien más el trabajo; por ahora decidiría dormir un poco, y sus párpados se desplomaron hasta oscurecerle los ojos.

[Depeche Mode- When the body speaks]

Lexa estaba comenzando a sentir arrepentimiento. Quería llorar. Quería estar en casa, pero eso no sería posible ni aunque decidiera desentenderse de

Wanheda. Esa aventura que acababa de abordar le había estallado en el estómago cuando vio cómo la especialista robaba aquel Citroën. Su curiosidad hacia ella no se había disipado y creía que por fin empezaba a calarla, y, a pesar del precario trato que Wanheda le dedicaba, dándole órdenes groseras, sin tener en cuenta sus sentimientos, esa hosquedad con la que se relacionaba con ella, no impedían que se sintiera a salvo bajo su protección. Se sentía a salvo, pero se sentía terriblemente sola. Incluso empezaba a necesitar uno de los pastosos abrazos de Andrew. Se acarició la mejilla para secar una fina lágrima y se levantó, dirigiéndose al salón. Vio a Wanheda dormida, su teléfono móvil vibraba sobre la mesita que estaba junto al sofá- Lexa lo garró por inercia y vio en la pantalla un mensaje de "Niylah". "Esta noche has vuelto a fallarme. Dijiste que vendrías hace dos horas, y otra vez, me he quedado bebiéndome el vino yo sola. Disfruta de tu noche, Wanheda" Lexa la miró mientras dormía. Tenía los labios ligeramente despegados, estaba boca arriba con las manos sobre el abdomen. A Wanheda le gustaban las mujeres, pero Lexa no podía decir que eso le sorprendiera en absoluto. Si bien no parecía un hombre de ninguna forma, tampoco parecía el tipo de chica que se siente bien entre los brazos de un chico. Sintió una culpable ilusión de corroborarlo, quizás así pudiera salvar a su padre, y esa culpabilidad la llevó a dejar otra vez el teléfono en su lugar. Estaba sentada en el suelo y seguía mirando el terso rostro de la especialista. Quería acariciarla con el dorso de los dedos.

-A ti nunca te enseñaron que no se tocan las cosas de los demás, ¿verdad, niña rica? –Dijo Wanheda sin abrir los ojos ni cambiar su posición en lo más mínimo. Lexa se asustó. Casi suelta un grito, pero logró contenerse y relajarse, aunque no sabía qué contestar.

-Pensé que dormías. –Balbuceó, aunque eso era una excusa estúpida y delatora a haber leído su mensaje sin permiso. Wanheda abrió los ojos y se quedó mirando otra vez al oscuro cielo, a la brillante farola que brillaba tras la ventana.

-Esta noche me cuesta. –Suspiró sin apartar la vista del blanco fulgor de la lámpara.

-A mí también. –Musitó Lexa dejando caer la cabeza sobre el cojín. Yulia torció el cuello para mirarla, topándose sorprendentemente con el olor que le brotaba de los voluptuosos bucles. Escuchó un leve, levísimo, casi mudo quejido y vio a Lexa llevarse una mano a la cara para sacudir algo que colgaba de su mejilla.

-¿Estás llorando? –Le susurró, encaramándose hacia su rostro para encontrar ella misma la respuesta. Tenía esos hermosos ojos humedecidos y llenos de tristeza, rehuía su mirada. -¿Tienes hambre?

-No. –Sonrió Lexa ante esa tierna pregunta. Wanheda era como un niño pequeño, un animal o alguien que se había criado en una selva. Sí. Era exactamente eso.

-¿Entonces? ¿Qué te pasa? –Lexa se encogió de hombros mirando al suelo y derramando otra lágrima que se escapó y cayó sobre el sillón, dejando un punto más oscuro sobre su tela.

-No lo sé. –Musitó con la voz entrecortada.

-No me mientas. –Advirtió Wanheda haciendo que Lexa la mirara a los ojos inmediatamente.

-Me siento un poco… sola. –Se atrevió a decir a riesgo de que aquello sentara mal a Wanheda, tenía miedo de hacerla sentir como si su compañía no valiera de nada. –No esperaba enterarme de que mi padre es un corrupto, huir con mi vecina misteriosa de unos tipos que quieren matarme y encontrarme a mil kilómetros de mi casa todo el mismo día. –Wanheda se arrastró por el sillón hasta caer al suelo levemente y sentarse junto a Lexa, adoptando una posición similar a la suya. –Pero no sé qué derecho tengo de quejarme. Tú habrás pasado por miles de cosas peores. –Wanheda se encogió de hombros.

-Supongo que no puedes echar de menos lo que nunca has tenido. Pero debe de ser muy difícil renunciar a todo lo que tú has renunciado esta noche. –Lexa derramaba lágrimas mudas, su rostro no se endurecía, permanecía igual de terso y bonito. El único indicio de que lloraba eran las precipitaciones de agua salada que pendían de sus ojos verdes.

-¿Has tenido tú que renunciar a muchas cosas esta noche?

-Ninguna que valiera la pena. –Lexa se sintió de pronto volar. Quiso sonreír, pero logró reprimirse escondiendo los labios entre los dientes. –Deberías intentar dormir un poco.

-¿Qué pasará con mi padre? –Wanheda suspiró.

-¿Tienes familia en el extranjero?

-¿Eso significa que no hay nada por hacer? ¿Va a morir y no hay vuelta atrás?

-Lo siento. –Lexa se irguió y abrazó sus rodillas con los brazos, apoyando su rostro sobre ellos. –Deberías salir del país. A cualquier lugar. –Sintió cómo Wanheda utilizaba aquellas palabras para atravesarle el pecho con ellos y apuñalar a su corazón. Lexa solo asintió otra vez con la cabeza y se limpió las lágrimas por enésima vez. Se puso de pie para irse a la habitación y Wanheda volvió a tenderse sobre el sofá.

Había una televisión en el dormitorio. Lexa no podía dormir, no quería seguir llorando, así que decidió distraer su dolor mirando algo de telebasura de madrugada, y se quedó dormida sin apagar el televisor. Wanheda se despertó con la dañina luz del sol incidiéndole sobre los ojos y escuchó la tele encendida en la habitación en la que dormía Lexa. Eran las seis y media de la mañana. Entró sin discreción para apagarla, pero no pudo hacerlo.

-Noticias de última hora. Ha desaparecido Alexandria Woods la hija de Gustus Woods, el dueño de la famosa cadena de perfumería "La Fragancia de Alexandria". Ha sido él quien ha puesto la denuncia al saber que hace apenas unas horas un vecino alertó a la policía de unos sonidos sospechosos proviniendo de su domicilio, concretamente los gritos de un hombre llamándola por su nombre. Más tarde bajó para comprobar qué había ocurrido y se encontró con media llave obstruyendo la cerradura y nadie respondía a la llamada del timbre.

Fue más tarde, cuando llegó la policía, cuando se encontró el domicilio desvalijado y además, en el domicilio adyacente, un enorme charco de sangre de un sujeto no identificado. No se conocen datos del ocupante de esa vivienda, ningún vecino tenía constancia de que viviera alguien allí. Ahora se está investigando al dueño del inmueble, Cage Wallace. Será acusado de desertor, y será investigada su posible participación en la desaparición y posible asesinato de Alexandria Woods.

-Lexa, Lexa, despiértate. –Dijo Wanheda agitada, sacudiendo el cuerpo de Lexa y obligándola a abrir los ojos.

-¿Qué pasa? –Preguntó con la voz adormilada.

-Tenemos que salir de aquí ahora mismo.

-¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? –El susto la llevó a ponerse de pie súbitamente a pesar de sentir mareo.

-Creo que el tipo que me consigue los trabajos va a delatarme. Y si el recepcionista ve las noticias y recuerda tu cara, estamos perdidas, porque vendrá la policía, me arrestarán por secuestrarte, y, antes de que pueda decir "mu", algún agente corrupto ya te habrá rajado como a una sandía.

-¿Y qué vamos a hacer?

-Por ahora, irnos de aquí, a alguna otra ciudad, quizás a Filadelfia. Conozco a alguien allí que puede ayudarnos. –Le explicaba mientras recopilaba todas su pertenencias y dejaba el dinero sobre la mesa mientras se marchaban de allí con prisa pero con sigilo.

-¿Y mi padre?

-Tu padre es el que puso la denuncia, así que probablemente siga vivo unos días más.

-¡Tengo que llamarlo! ¡Se preocupará!

-Es mejor que siga preocupado en vano a que lo llames, nos encuentren y te maten. –Lexa asintió nerviosa y corrieron hacia el Citroën cuya desaparición aún no habían denunciado porque era demasiado pronto para que su dueño se hubiera si quiera despertado.

Wanheda llamó a su contacto de Filadelfia y ordenó a Lexa ocultar su rostro tanto como pudiera, que evitara que cualquiera pudiera verla y reconocerla. Se hizo con un coche alquilado clandestinamente y emprendió un largo viaje en carretera con Lexa y Leon hasta Filadelfia, donde encontraría a la única persona que le diría cómo podría salir de esa situación sin acabar muerta o en la cárcel.

-¿Tienes hambre? –Le preguntó Wanheda algo preocupada. Lexa sintió cierto remordimiento… No quería causarle más problemas aún, pero su estómago rugía como un motor viejo.

-Un poco. –Mintió. En realidad tenía un hambre feroz.

-Está bien, no te preocupes. Pasaremos a comprar algo antes de llegar.

-Muchísimas gracias por… -Las palabras de Lexa se vieron interrumpidas por el incesante ring-ring del teléfono móvil de Wanheda. Ella simplemente contestó.

-Sí. –Asintió sin dar su nombre, al ver que quien llamaba había ocultado su número.

-Soy el abogado de Wallace. –Dijo una masculina voz del otro lado. –Si no me ayudas a sacarlo de aquí en tres días, te delatará.