De todas las veces que Emma Swan había perdido el control, ésta era sin lugar a dudas la más intensa. El mundo -y todos aquellos que lo poblaban- se había convertido en una imagen borrosa y lejana para enfocarse en la preciosa mujer morena que tenía delante. Besar a Regina Mills superaba con tal amplitud al resto de besos que había dado en su vida que sería injusto compararlo con cualquier otra experiencia. Se fundía en ella. Sus labios resbalaban acompasados en una danza húmeda, apremiante, como si de pronto hubieran hallado su función en el mundo y no pudieran renunciar a ejercerla.

En su intento por atraerla hacia sí, la morena había quedado sentada sobre la mesa del despacho y la idea de tenerla completamente atrapada enloqueció a la salvadora. Notaba los dedos de su compañera asiendo la cinturilla de su pantalón negro con tanta fuerza que parecía que iba a arrancárselo de un momento a otro. Deseó que éso ocurriera, y aquel pensamiento dirigió sus manos a los muslos de la morena casi al límite de su propia consciencia. Los acarició con firmeza, ascendiendo lentamente mientras echaba su cuerpo hacia delante e introducía su lengua despacio entre los rojos labios de la alcaldesa, que gimió ante el avance. Emma aprovechó ese momento de debilidad para separarle aún más las piernas mientras sus pulgares exploraban con audacia la cara interior de los muslos. La falda ascendía más y más con cada movimiento arrugándose provocativamente en la cadera de Regina.

"Dios. Oxígeno".

La rubia se recordó a sí misma que tenía que respirar, pero la sola idea de suspender el contacto hizo que lo ansiase aún más. Reunió la poca fuerza de voluntad que le quedaba para apartarse de la perfecta boca que le devolvía el beso. Un solo centímetro. Regina emitió lo que pareció ser un quejido de disgusto al notar la abrupta ausencia, mientras la otra abría los ojos para observarla. Era una imagen arrebatadoramente tentadora. La alcaldesa Mills con los ojos cerrados y la boca entreabierta mientras la blusa negra subía y bajaba al compás de su respiración acelerada amenazando con saltar algún botón. Emma se permitió disfrutar un instante de aquella irresistible estampa.

Aquella mujer era la definición pura de erotismo. Cada centímetro de su anatomía parecía diseñado específicamente para excitarla. Y estaba ahí, a su merced. Sentía la seda de sus medias bajo los pulgares guiándola cada vez más arriba. Sin prisa. Sin pausa. Notaba su dulce aliento escapando en agonía de su boca con cada respiración. La piel suave de su rostro reclamando el regreso del suyo. Sus largas pestañas morenas que se resistían a revelar el color café de sus ojos cerrados.

- Emma... -suplicó Regina.

No se hizo esperar más. Recorrió con la lengua el perfil completo de los labios de su amante imitando el movimiento de las agujas del reloj y deteniéndose, sólo una centésima de segundo más, en la cicatriz que hacía tan sólo unos minutos había desatado este apocalipsis, para culminar atrapando entre sus dientes el labio inferior de la morena. Fue en ese preciso instante cuando una de sus manos alcanzó la húmeda ropa interior de la alcaldesa, que arqueó la espalda en un gemido que resonó contra las cuatro paredes del despacho.

Emma sintió como su propia ropa interior se mojaba al escucharlo.