NA: Holaaaa *esquiva un tomatazo* ejem, sí, sé que ha pasado tiempo. Peeero bueno, lo de siempre, tengo más fics que actualizar y una vida con la que hacer algo de provecho xD Gracias por seguir interesados en que continúe, he recibido unos cuantos reviews estos días y me hace muy feliz que haya gente que realmente espere con ganas un nuevo capítulo. Me ha salido medio corto pero sentí la necesidad de terminar ahí. Sigo teniendo todas las ideas en la cabeza así que intentaré volver a ponerme con esta historia tan pronto como pueda.

Varias personas me han preguntado esto, así que respondo por aquí... No, Ron y Ginny no son hermanos en este fic :)

De nuevo gracias por estar ahí. Besitos.


Capítulo 4: Cold and warm.


Hermione todavía no había visto toda la habitación y ya se encontraba fascinada. Frente a ella se mostraba una amplia sala de tonos suaves con varios sillones y un sofá en el centro de la misma, de color beige y aparentemente bastante cómodos. Una pequeña mesa de té separaba el mobiliario de la nuevísima chimenea de gas que se encontraba bajo la enorme televisión de plasma colgada de la pared. Había un jarrón enorme en una de las esquinas con un gran ramillete de flores visiblemente frescas. Había un amplio escritorio cerca de la puerta de entrada y unos cuadros bastante neutros, pero a la vez bonitos, colgados estratégicamente para que no dieran sensación de sobrecargado. Una lámpara sobre dicho escritorio y otras cuantas de pie iluminaban tenuemente la habitación, dándole un aspecto confortante y tranquilo. Unas blancas puertas dobles al final de la habitación daban a entender que la estancia no acababa ahí, pero Hermione se había quedado demasiado consternada como para dar un paso al frente. Por el contrario se apresuró a girar sobre sí misma para mirarlo a él, que con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones miraba despreocupadamente los techos de la Suite mientras masticaba un chicle que debió haberse metido en la boca en el tiempo en el que ella se había quedado ensimismada con la habitación.
Sin saber muy bien qué decir decidió empezar por lo obvio, esperando que no se le quebrara demasiado la voz.

—Sé que te dije que tenía dinero ahorrado —musitó tan bajo que pensó que tendría que volver a repetirlo. Pero cuando Draco dejó de mirar hacia arriba para posar los ojos en ella, se aclaró la garganta y prosiguió—. Pero no sé si me da para pagar esto.

Draco puso los ojos en blanco y echó a andar hacia el final de la habitación.

—No tienes que darme nada —comentó.

—Oh, claro que tengo que… —replicó ella, tropezándose con los tacones mientras lo seguía, afortunadamente logrando recuperar la estabilidad rápidamente.

—No, no tienes que hacerlo —la interrumpió sin girarse para mirarla.

Ella estaba a punto de rechistar cuando él presionó los pomos dorados de las puertas y las empujó hacia fuera. Hermione se quedó sin habla.

Una enorme e impoluta cama redonda fue lo primero que llamó su atención. Se encontraba a la izquierda, frente a un cabecero también curvo. Encima de él había un vaso de tubo con agua hasta la mitad y un clavel en su interior. Las sábanas blancas parecían recién extendidas y unos cojines de diferentes tonalidades de marrón le daban el toque necesario de color. Al lado de la cama había un sofá como el de la sala anterior pero de esquina, con una gran alfombra cuadrada colocada bajo el mismo con precisión. A su lado había una pequeña mesa con un teléfono negro, un bloc de notas y una pluma. En la parte derecha había un mueble bar que abarcaba casi toda la pared, así como una mesa de madera oscura y cuatro sillas acolchadas blancas. Entre ellos había otra puerta, y Hermione supuso que era la que daba al baño.
Draco descorrió las pesadas cortinas marrones, llamando su atención. Al otro lado había otro par de puertas acristaladas que daban a un balcón lo suficientemente grande como para albergar otra pequeña mesa cuadrada y dos asientos demasiado acolchados para tratarse de sillas de terraza.
Hermione ni siquiera recordaba haberle dado a su cerebro la orden de caminar, pero pronto se descubrió mirando maravillada hacia fuera a través del cristal. Aquella habitación situada en la quinta planta del hotel gozaba de unas privilegiadas vistas a Hyde Park, uno de los parques más grandes de Londres. Fuera ya había oscurecido, pero la luz de las farolas iluminando sutilmente los caminos y los verdes árboles a sus lados le daba un aspecto de cuento.

—¿Ronald? —Aquel nombre hizo a Hermione girar la cabeza bruscamente. Draco estaba sentado en el sofá de la esquina con las piernas estiradas, sujetando el teléfono en su oído con una mano y sosteniendo una especie de menú con la otra—. ¿Va a tomarnos la comanda?

Hermione suspiró. No podía negar que ver la cara que se le había puesto a su ex al verla de la mano de aquel desconocido le había dado un chute de confianza en sí misma… porque sabía que aquella noche estaba guapa. Hermione se sentía guapa, más que nunca, y era consciente de que Ronald no habría imaginado verla nunca dentro de aquel provocador y ceñido vestido y caminando en unos tacones de infarto. Y sabía que le había hecho arrepentirse, tragarse sus palabras, incluso sentirse celoso... pero tampoco estaba segura de hasta qué punto estaba bien torturarlo aquella noche. Y no era que no lo mereciera. Hermione recordaba muy bien todas esas veces en las que la había tratado como basura; la había engañado infinidad de veces, había jugado con ella todo el tiempo. Pero Hermione no quería terminar pagándole con su misma sucia moneda. Se apoyó en la pared para quitarse uno de los tacones, apoyó la planta del pie en la alfombra y se quitó el otro. Ya había conseguido hacerlo callar. No quería pensar en aquello como una venganza, más bien como algo necesario para, como bien había dicho Draco anteriormente, recuperar su dignidad. Pero no se rebajaría a su nivel, ni siquiera un poco.
Hermione se acercó al sofá y se sentó cerca del tatuador.

—Bien, pues para mí el estofado de ternera con verduritas y especias —dijo él, volviéndose hacia ella—. Hermie, ¿tú qué quieres?

Hermione tomó la carta y le echó un rápido vistazo antes de contestar.

—Ensalada de pollo y mango.

—Ensalada de pollo y mango —repitió él—. De beber tráiganos una botella de vino tinto —Draco ignoró por completo las señas de Hermione con respecto al alcohol— y de postre la especialidad del chef. Sí, de acuerdo. Gracias, Ronald.

Draco colgó y ambos se quedaron en silencio unos segundos.

—Sigo insistiendo en pagar la mitad de esto —dijo ella, subiendo los pies descalzos al sofá—. No sé cuándo, pero algún día.

—No vas a parar hasta hacerlo, ¿verdad?

Ambos discutieron sobre aquello durante una media hora larga. Hermione sostenía que no era justo que fuera él el que corriera con todos los gastos de la habitación –que no quería ni imaginarse a cuánto ascendía–, y que probablemente una habitación doble simple también hubiera bastado. Draco repetía una y otra vez que si había hecho aquello había sido exactamente porque le había dado la gana y porque le apetecía, aparte de por darle el merecido escarmiento a su ex.
Hermione estaba a punto de decir algo cuando llamaron a la puerta. Draco se levantó y salió del dormitorio para abrir. Hermione volvió a bajar las piernas al suelo y se aseguró de que el vestido no dejaba demasiada piel a la vista.

—Oh, no —se apresuró a decir Draco cuando el camarero estaba a punto de coger los platos del carrito para dejarlos en la mesa del dormitorio—, queremos cenar fuera, por favor.

—Por supuesto, señor —respondió el chico.

Draco se adelantó y le abrió la puerta que daba a la pequeña terraza. El camarero montó la mesa rápidamente pero con una minuciosidad envidiable. Se escuchó un sonido extraño, y Hermione supuso que había descorchado la botella. Luego, volvió a entrar, dio las buenas noches y salió de la habitación.

—¿Cenamos? —preguntó Draco, apoyado en la pared mientras la miraba.

Hermione sintió rugir las tripas. No había comido nada desde las tres de la tarde, así que se puso de pie sin vacilar ni un segundo y salió fuera. La mesa ahora estaba vestida con un mantel ocre y servilletas de tela un par de tonos más oscuro. Sobre ellas estaban los relucientes cubiertos, y al lado de ellos había dos platos, uno hondo y otro alargado. Hermione se sentó frente al hondo, que contenía unas hojas de lechuga aliñadas y unos más que apetecibles trozos de pollo y mango. Draco se sentó frente a ella y su estofado con verduritas, que había sido colocado en el centro del plato con unas pequeñas flores comestibles alrededor. Un par de copas de cristal empezaron a ser llenadas por un líquido rojizo que emanaba un olor para Hermione desconocido.

Draco tomó su copa e hizo un gesto con la cabeza para que ella lo imitara. Luego las hizo chocar levemente y se llevó la suya a la boca, catando aquel vino lentamente. Hermione olisqueó disimuladamente el interior de su copa antes de mojarse los labios con él. Para su sorpresa, y a pesar del fuerte olor a alcohol, aquel sabor le resultó interesante.

—Aquí falta algo —comentó él de repente mientras paseaba la mirada por la mesa.

—¿Qué? —quiso saber ella.

—Velas —respondió con una amplia sonrisa en el rostro, haciendo el amago de levantarse—. Voy a llamar a Ronald y a pedirle que nos suba unas cuantas.

—No —se apresuró a decir Hermione, haciendo que Draco se quedara a un paso de entrar de nuevo en la habitación.

Él se volvió, interrogante.

—¿Por qué no?

—No deberíamos… es decir, ya hemos… —Hermione cerró los ojos un segundo y respiró profundamente—. No tiene por qué ver esto.

—¿Ver una cena sobre la mesa? —preguntó, sin lograr entender a lo que se refería.

—Unas velas le darían a la mesa un aspecto… diferente —dijo ella, recogiéndose el pelo detrás de la oreja—. Creo que no es necesario, ya ha tenido suficiente.

Él frunció el ceño y apretó muy débilmente los labios. Luego volvió sobre sus pasos y se sentó de nuevo mientras la miraba. Ella le dedicó una media sonrisa y ambos empezaron a cenar. No pasaron más de un par de minutos hasta que Draco habló de nuevo.

—¿Por qué eres así?

Esa pregunta cogió con la guardia baja a Hermione, que dejó de pinchar las hojas de lechuga con el tenedor y levantó la vista para mirarlo.

—¿Así cómo?

—Es decir… a juzgar por el mensaje que leí antes y por cómo te cambió la cara cuando lo leíste tú, estoy seguro de que la persona que está ahí abajo, en recepción, no sólo ha sido irrespetuoso contigo verbalmente.

—Yo no…

—No quiero que me cuentes nada que no quieras —le interrumpió—. Pero estoy bastante seguro de que ha sido un completo imbécil contigo y de que se merece ser humillado por todas las veces que te faltó al respeto. ¿Por qué eres tan benevolente?

Hermione tragó el trozo de mango que llevaba masticando un buen rato. Luego miró a Draco directamente a los ojos.

—Tienes razón cuando dices que ha sido un idiota. Yo lo sé mejor que nadie. Pero creo que no me corresponde a mí hacerle pagar todo lo que me ha hecho. No lo estoy disculpando, sólo quiero esperar a ver cómo la misma vida le da el escarmiento que merece.

El rubio se echó hacia atrás en su asiento mientras parecía sopesar sus palabras con detenimiento.

—¿Sabes qué harían las serpientes en tu caso? —Hermione volvió a mirarlo por encima de la copa de vino mientras bebía un poco más, instándole a continuar—. Se vengarían de la persona que les hizo daño de todas las formas posibles, poco a poco y sutilmente para que la presa no se diera cuenta de que le están atacando. Y después, y sólo después de haberle visto caer, se quedarían a observar cómo la vida lo remata.

Aquellas palabras provocaron que Hermione sintiera una repentina tensión, pero ambos terminaron de cenar en silencio después de aquello. Retiraron los platos y destaparon los postres. Era una mousse de chocolate con leche sobre una base de sirope de chocolate blanco con ralladura de naranja por encima. Los dos hicieron gestos de aprobación al dar el primer bocado.

—Tú dices ser una serpiente —dijo ella de repente. Draco asintió con la cabeza—. Tu ex, Ast…

—Astoria.

—Astoria. ¿Sufrió ella el linchamiento del que hablas?

La expresión de Draco se ensombreció notoriamente. Aquella pregunta le había pillado por sorpresa.

—Desapareció —confesó—, no volví a verla. Y aunque lo hubiera hecho no podría haberla lastimado.

Aquella respuesta pareció relajar un poco a Hermione, que se mordía el labio con nerviosismo. Draco prosiguió:

—No considero que fuera su culpa. Ella me pedía más de lo que podía darle. Siempre decía que era demasiado frío, tanto que se quemaba… y tenía razón. La conocí en un momento de mi vida bastante duro. Y aunque se fuera sin decir nada, no la culpo. Al fin y al cabo su cariño consiguió darme el impulso para no quedarme atrás. —Draco dejó la cucharilla sobre el plato y se terminó de un trago la media copa de vino que le quedaba—. Además, ella también era un poco serpiente. Bueno, en realidad lo era bastante. Y nadie quiere ver a dos serpientes peleando, ¿verdad? —Intentó esbozar una sonrisa, pero Hermione notó que no le llegó a los ojos—. Supongo que fue eso lo que hizo que lo nuestro no funcionara.

A pesar de lo riquísimo que estaba aquel postre especialidad del chef, Hermione también dejó la cucharilla a un lado. Ya no tenía hambre. Ahora aquel vestido que llevaba puesto le quemaba la piel. De repente se sentía una usurpadora. La manera en la que a Draco se le quebraba la voz al hablar de su ex le hizo sentir que no debía estar ahí, en aquella Suite frente a Hyde Park, en esa terraza con ese hombre cuyo corazón todavía pertenecía a otra mujer… Ese hombre al que ella había decidido entregar demasiado y demasiado pronto.
Una estúpida punzada de dolor se agarró a su pecho de repente. Fijó la vista en el plato y tragó saliva.

—La extrañas —comentó. No era una pregunta, él se dio cuenta de aquello.

—Claro que la extraño —admitió él—. Pero ella me enseñó que no todas las personas que pasan por tu vida lo hacen para quedarse. Algunas personas sólo llegan, te marcan y se van. Y dejan una huella que puede ser positiva o negativa. Y en tu mano está quedarte con lo que te ha enseñado esa persona y aprender de ella o borrar su imagen de tu memoria. —Draco se quedó unos segundos mirando su vestido con un atisbo de melancolía en los ojos—. Y más vale que te des cuenta lo antes posible, porque es entonces cuando empiezas a disfrutar y valorar cada segundo que una persona te regala. Porque ya sabes que cabe la posibilidad de que se vaya. Y tienes que aprender a vivir con ello… sólo así sabrás darle la oportunidad a otras personas de que entren en tu vida.

Una ráfaga de viento helado les hizo entender que probablemente ya era demasiado tarde para estar fuera en una noche londinense. Pusieron los platos en el carrito y entraron dentro, donde una agradable calefacción les hizo estremecer. Draco se estaba quitando los zapatos cuando Hermione volvió a romper el silencio.

—¿Por qué me has dejado entrar a mí?

—¿Cómo? —preguntó él, despistado.

—A tu vida —aclaró ella.

Draco se incorporó y la miró pasarse una nerviosa mano por el pelo al otro lado de la habitación. Él sonrió ampliamente.

—Me daba la sensación de que eras la persona menos serpiente que he conocido nunca.

Ella se mordió un labio a medida que lo veía acercarse lentamente.

—¿Eso es algo malo? —musitó.

Draco salvó la distancia hasta ella y le quitó un mechón de la cara.

—Tal vez sea exactamente lo contrario.

Hermione ya sentía sus mejillas arder cuando él se quitó la camisa y la tiró al suelo, dejando al descubierto su piel tatuada. Ella trató de bajar la cremallera del ceñido vestido, pero sus temblorosos dedos no atinaban a llevar la tarea a cabo. Draco sonrió ladeadamente y apartó sus manos para hacerlo él. Hermione se quedó sin aliento cuando él se arrodilló frente a ella y le subió el vestido a la altura de las caderas. Con un dedo apartó su braguita y acercó el rostro a su sexo, que ya había empezado a latir de excitación. Draco pasó la lengua por él antes de mirarla. El hecho de que ella hubiera cerrado los ojos y entreabierto los labios le hizo excitarse tanto que la erección le dolía bajo los pantalones. Siguió lamiendo y besando su intimidad hasta que ella profirió el primer gemido. Entonces, se levantó del suelo y se quitó los pantalones con rapidez, volviendo a enfrentarla unos segundos después.
Ella había empezado a tocarse, lo que hizo que él rugiera por lo bajo. Agarró el vestido que todavía llevaba puesto y comenzó a deslizarlo por su cuerpo para sacárselo por la cabeza. No supo cómo ni por qué, pero por un momento pensó que después de quitárselo del todo vería a Astoria frente a él. Cuando bajo él volvió a aparecer Hermione y su enredado cabello, Draco sacudió la cabeza. Ella no era Astoria y no lo sería nunca. Pero tampoco le molestaba que fuera una persona completamente distinta, como le había pasado con varias chicas en el pasado. Hermione acarició vergonzosamente su miembro bajo la ropa interior. Draco la vio sonrojarse aún más, lo que le hizo volver a sonreír. Si la había dejado entrar tan rápido a su vida era porque había sido la primera mujer a la que no había sentido la necesidad de comparar con Astoria. Ni tenía intención de hacerlo.

Draco acarició unos segundos la piel de su bajo vientre antes de atravesar la frontera de aquellas bragas con sus dedos. Hermione tragó saliva mientras Draco iba bajando con delicadeza. Las yemas de sus dedos deslizándose por su cuerpo provocaban en su interior un ardor incontrolable. Apoyó la cabeza en su pecho y cerró los ojos. Él ya sabía que su sexo estaría completamente húmedo para cuando sus dedos llegaran a él, por lo que no dudó en introducirle un par hasta el fondo.
Ella dejó escapar un gemido de placer. Él sacó los dedos muy despacio y volvió a meter tres. Draco observó una mueca de dolor en su rostro y decidió posar los labios en su frente, pero el ardor en sus partes ya era demasiado insoportable.

Él se quitó la ropa interior, la cargó y caminó hacia la pared más cercana, haciendo que su espalda pegara contra ella. Apartó la tela de las braguitas y entró en ella lentamente.
Hermione apoyó la cabeza en la pared y rodeó su cintura con las piernas y su cuello con los brazos. Él ya había llegado al final, provocando que se le erizara el vello de la nuca de repente. Un cúmulo de sensaciones recorrió el cuerpo de la muchacha, que se estremecía con cada embestida. Se olvidó de todo; de sus estrictos padres, de Ron, de los que decían ser sus amigos y de las responsabilidades de la Universidad. Se olvidó de todo y se centró en disfrutar del placer que tanto se merecía.

Unos minutos más tarde, Draco suspiró y la dejó en el suelo, tirando de su brazo para acercarla a la cama, donde presionó sus hombros para que se inclinara sobre la mullida superficie, quedando tendida boca abajo. Draco apreció la curvatura de su espalda y la manera en que daba paso a sus glúteos. Se mordió un labio y puso las manos en ambos, agarrándolos con fuerza y moviéndolos sensualmente. Pronto entró en ella de nuevo, agarrando sus caderas para darse impulso. Se pasó la lengua por los ya empapados labios. Hermione movía el cuerpo al ritmo que él marcaba. No podía dejar de gemir, completamente extasiada de placer. Él estiró una mano e hizo de su cabello una rienda. Manteniendo su cabeza completamente inmóvil, Draco siguió tomándola en aquella postura un rato más, hasta que ella se liberó de su agarre y se giró sobre la cama. Ahora cara a cara, Draco volvió a inclinarse sobre ella, apoyando los antebrazos a cada lado de sus hombros. Ella lo miró a los ojos mientras introducía su miembro dentro de ella de nuevo. Él empezó a moverse a un ritmo más veloz y ella rodó la cabeza sobre la almohada, concentrándose en aquella profunda y plácida sensación.

Él agarró sus piernas y las abrió un poco más, observando con excitación cómo entraba y salía de ella sobre las caras y suaves sábanas. Ella se mordía un labio mientras estiraba los brazos para que se acercara. Draco se recostó sobre su cuerpo, hundiendo el rostro en la desordenada melena castaña que yacía sobre la almohada.

La presión de unos dedos clavados en su espalda le hizo volver a mirarla. Sudaba levemente y parecía estar conteniendo a duras penas el momento de acabar.
Él suspiró, ambos estaban a punto. Sus cuerpos lo sabían. No podían soportar aquel ardor por más tiempo. Ella se llevó una mano al clítoris, masajeándolo con rapidez. Él agarró uno de sus pechos mientras hacía las embestidas más fuertes y precisas.

Los gemidos subieron de tono, el calor de sus cuerpos se hizo más latente, y ambos alcanzaron el clímax sintiendo un estremecimiento recorrer sus vértebras una a una.
Él se separó un poco para verla, ella abrió los ojos para mirarlo.

Un pesado silencio inundó la habitación, interrumpido solamente por las respiraciones entrecortadas y los latidos del corazón. Él observaba el rubor de sus mejillas, ella el grosor de sus labios. Y era… extraño. Porque eran desconocidos, pero en cierto modo ya se conocían. Aunque lo más inusual era que, siendo tan diferentes, se sentían bien el uno con el otro.